Arriba y abajo en educación, una metáfora televisiva

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Segunda entrega de la colaboración mensual con SMconectados, atendiendo a su amable invitación. La primera entrega fue "Repensando premisas en las etapas obligatorias del aprendizaje" que os invito a leer y comentar preferentemente en la prestigiosa área de Colaboraciones del portal de SMConectados. Seguidamente adjuntamos el segundo post titulado "Arriba y abajo en educación, una metáfora televisiva".
Arriba y abajo educativo

En la actualidad es una constante pedagógica afirmar la primacía del aprendizaje sobre la enseñanza, enfocándose las metodologías escolares más en cómo el alumnado aprende que en cómo el profesorado enseña.
Incluso somos muchas y muchos docentes quienes apostamos por pasar de los "centros de enseñanza" a los "centros de aprendizaje". Y con ello, denotando que si antes los "centros eran de las y los enseñantes", ahora deben ser "centros de las y los aprendices", que el alumnado sienta como construidos, estructurados y adaptados a quienes aprenden allí.
Esto es una profunda mutación, que debe recorrer una trayectoria que comenzó en la era del maquinismo, para lograr que el alumnado rural, tipo Tom Sawyer, se habituase en aquellas escuelas para pasar a trabajar en una fábrica. Por ello, el maestro-capataz omnipotente y sabelotodo estaba sobre una tarima, obligaba a cumplir un horario de entrada y salida y todo estaba programado, dejando poca o nula iniciativa a quienes allí se escolarizaban con objetivos de una alfabetización pasiva (porque bastaba que entendiesen lo que leían, sin necesidad de que se expresasen).
Esa escuela del siglo XIX es historia pretérita en el siglo XXI, cuando los perfiles de salida del alumnado deben garantizar múltiples competencias para seguir aprendiendo a lo largo de su vida, aprendiendo a conocer, a hacer, a convivir y a ser como estableció el Informe Delors.
La arquitectura y la organización escolar ha ido evolucionando paulatinamente, pero aún se advierten demasiadas pistas de "para quién están construidos" los "centros docentes" (que deberían ser "centros discentes").
Más patente en la universidad que en infantil, más en Secundaria que en Primaria, los mejores despachos son exclusivos de docentes, las mejores instalaciones (comedores, aseos,...) destinadas al profesorado y las zonas de asueto mejor preparadas y acondicionadas son para quienes "sirven", para quienes son "remunerados" por esa labor y no para quienes están destinados, para los auténticos protagonistas: las alumnas y los alumnos.
Las escuelas deben parecerse más a un club selecto de colegiales donde se aprende, donde los servidos son los discentes (y no los docentes), que a una factoría de trabajo infantil (como las que hubo no hace tantas décadas... en el Primer Mundo, y todavía funcionan con mano de obra infantil y producen dividendos en otras latitudes y longitudes).
Para explicarlo con una metáfora, utilicemos una serie televisiva (que quizá sólo recuerde el profesorado de cierta edad): "Arriba y abajo". La galardona serie abarca las tres primeras décadas del siglo XX en una victoriana, estratificada y clasista mansión de Londres. Relata la vida y las relaciones de una familia aristocrática (cuyo hogar es el centro noble de la residencia) y de sus sirvientes (que se mueven por los sótanos y pernoctan en las buhardillas).
El profesorado debiera reconocerse como esos miembros de la servidumbre, luego matizaremos algo más. En nuestras pomposas y expertas reuniones corporativas, bien en un simple claustro de centro o en un multitudinario congreso, debiéramos buscar (confiemos que con menos reminiscencias machistas) al Hudson de turno (el mayordomo de la serie, que pone orden y no permite que se critique a los señoritos -el alumnado- que llegan inopinadamente), o a la señora Bridges (la cocinera que manda en su sótano), a Rose (la fiel primera doncella), a Sarah (la díscola sirvienta que acaba repudiando aquella situación y rompe el esquema, no sin abandonar su "zona de confort") y a otros personajes más episódicos.
El profesorado, la inspección, la administración educativa,... y toda la educación, establecida socialmente como la mayor apuesta para asegurar el futuro de cualquier sociedad,... SOMOS QUIENES SERVIMOS A QUIENES APRENDEN, somos quienes recibimos un salario para atender y hacer crecer a quienes son servidos, el alumnado.
Es cierto que el alumnado puede ser menor de edad, quizá no saben exactamente qué necesitan en cada momento (pero escucharles es preceptivo) y obligatorio amarles y atenderlos, especialmente en sus peores momentos. Como hacen las y los progenitores con su prole,... puede que no siempre les concedan lo que piden, pero siempre les atienden, no dejan a nadie atrás y saben que son lo más trascendente de su vida. 
Veamos algunos indicadores de "para quién" está pensado y organizado un deseable "centro de aprendizaje" de infantil, primaria, secundaria,...:
·       ¿Cómo se reparten cuantitativa y cualitativamente las instalaciones". Malo si el profesorado se reserva los mejores entornos, peor si no son accesibles por el alumnado y pésimo si sólo los docentes pueden organizarlo todo a "su gusto".
·       ¿Qué concepción prevalece entre el profesorado? Confiemos  que aún no queden docentes, y hasta que traten de convencer al resto, que las familias (en el caso de menores) o el alumnado molestan con su intento de participar activa y decididamente en el proyecto educativo de centro.
·       ¿De quién es el centro? Ojalá sea el alumnado quien siente, percibe y obre como si todo el entramado escolar está buscando ofrecerle un entorno de aprendizaje óptimo, a su escala y medida (¡atención a las alturas!) para que individual y colectivamente pueda crecer, tomar decisiones y prepararse para ser lo más autónomo posible y competente en todos los aspectos el resto de su vida. 
·       ¿Para quién están pensadas todas y cada una de las iniciativas que se organizan en el centro? Afortunadamente, ya existen centros donde el alumnado se pone en zapatillas al llegar al aula, sintiendo que aquello es su casa, su mansión del aprendizaje.
Este artículo supone que este volteo de protagonistas, subir encima de las mesas al alumnado (como en "El club de los poetas muertos") para estar más arriba que el profesorado, no finalice ahí, como otro modo de entender el "flipped learning". Aspiramos a un plano de igualdad, sin arriba ni abajo, aunque con roles diferenciados en torno a procesos de aprendizaje conjunto, el alumnado descubriendo, pensando, haciendo, cocreando,... y el profesorado guiando desde su preparación y experiencia.
Concluyamos con algunas recomendaciones docentes que hemos de compartir. Somos servidores de nuestro alumnado, por vocación o profesión libremente elegida. Verles crecer, ser cada día más interdependientes, más libres y que nos necesiten menos es nuestra mejor recompensa. Nuestra misión es protegerles y servirles. ¡Buen servicio!

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