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Adiós a Edgar Morin, conciencia crítica de un siglo

Hoy dedicamos este obituario a Edgar Morin, o la imposible tarea de vivir solo un siglo. El 29 de mayo de 2026 falleció en París Edgar Morin a los 104 años, cerrando una de las trayectorias intelectuales más influyentes del siglo XX y los albores del XXI. Con él desaparece algo más que un filósofo o un sociólogo: se apaga la voz de quien acaso mejor encarnó la vocación de comprender el mundo en su irreductible complejidad.

Nacido con el nombre de Edgar Nahoum en el seno de una familia judía sefardí, Edgar Morin (otros posts) se formó como sociólogo, aunque prefería definirse a sí mismo como un "humanólogo", fusionando filosofía, psicología, etnografía y biología para intentar comprender la naturaleza de la humanidad. Esa negativa a quedarse en un solo campo del saber no era capricho intelectual sino imperativo ético: el mundo, creía, no se deja apresar por ninguna disciplina aislada.

Su biografía personal es, en sí misma, un compendio del siglo más violento de la historia europea. Pacifista y activista antifascista ya en los años treinta, fue miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi y participó en el Partido Comunista Francés hasta su expulsión disidente. Más tarde se opuso a la guerra de Argelia. La coherencia entre pensamiento y acción, tan rara en el mundo intelectual, fue en Morin una constante de décadas. A sus 102 años alzó aún su voz para denunciar lo que consideraba la masacre del pueblo palestino en Gaza, convocando a una "nueva resistencia" que tomara partido por Eros —la potencia creadora— frente a Pólemos y Tánatos, la guerra y las pulsiones de muerte.

Su contribución teórica central, el llamado pensamiento complejo, es una de las grandes apuestas epistemológicas de la segunda mitad del siglo XX. Frente a la especialización creciente del conocimiento científico —que Morin identificaba con una forma de barbarie cognitiva—, propuso una racionalidad capaz de articular contradicciones, asumir la incertidumbre y dialogar entre saberes. Su monumental obra El Método, en seis volúmenes, es la arquitectura más ambiciosa de ese proyecto. No pretendía dar respuestas definitivas, sino enseñar a formular mejores preguntas.

En el ámbito educativo, su influencia fue igualmente profunda. Su ensayo Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999, sigue siendo un texto de referencia inevitable. Allí argumentaba que la escuela enseña saberes parcelados pero no enseña a vivir, ni a afrontar la incertidumbre, ni a comprenderse como ciudadanos de una tierra común. La educación, para Morin, debía formar seres humanos capaces de pensar su condición planetaria: una tarea que, décadas después, sigue pendiente con la misma urgencia.

Fuera del ámbito estrictamente académico, Morin también dejó huella en el cine documental: en 1961 codirigió junto a Jean Rouch Chronique d'un été, considerada una obra clave del llamado cinéma vérité. Ese gesto —descender del púlpito filosófico para escuchar la voz de la gente en la calle— era coherente con toda su antropología.

El presidente Emmanuel Macron lo calificó como el "pensador del siglo", mientras que el expresidente François Hollande destacó que Morin dejaba "las llaves para la comprensión de la evolución humana". Son homenajes merecidos, aunque Morin habría sido el primero en advertir que ninguna llave abre todas las puertas, y que la complejidad de lo humano siempre desborda a quien pretende comprenderla del todo.

Queda su obra. Queda su ejemplo de intelectual comprometido que nunca confundió el compromiso con el dogmatismo. Queda, sobre todo, esa pregunta que atraviesa toda su escritura y que él encarnó con una longevidad casi inverosímil: ¿cómo aprender a vivir con la incertidumbre sin rendirse ante ella? A los 104 años, Edgar Morin no respondió esa pregunta. Simplemente la vivió.

Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre

Los impuestos son el precio justo de convivir juntos, no son un castigo, son una conquista histórica. Pagar impuestos es el acto más solidario que existe, pero esta palabra maldita es precisamente la que sostiene nuestra civilización. Existe una paradoja lingüística de enorme consecuencia política: la palabra impuesto lleva inscrita, en su propia etimología, una carga de imposición, de coacción, de algo que se nos hace contra nuestra voluntad. 

Y esa trampa semántica ha sido el mayor regalo que la historia le ha dado a quienes desean desmantelar el Estado del bienestar. Porque si logramos convencer a la ciudadanía de que los impuestos son una agresión, habremos ganado la batalla ideológica sin necesidad de argumentos. Hay que decirlo con claridad: lo peor de los impuestos es su nombre. Todo lo demás son virtudes.

La contribución como fundamento civilizatorio. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la caridad individual ni sobre la benevolencia espontánea del mercado. Se construyeron sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo: carreteras, ejércitos, hospitales, escuelas, sistemas judiciales, redes de agua potable. Lo que hoy llamamos impuestos fue, durante milenios, la condición de posibilidad de cualquier vida organizada en común. 

John Rawls nos enseñó que una sociedad justa es aquella que elegiríamos diseñar sin saber qué posición ocuparíamos en ella. Nadie, bajo ese velo de ignorancia, elegiría un mundo sin sanidad pública, sin educación universal, sin pensiones dignas. Y sin embargo, ese mundo sin impuestos es exactamente lo que nos promete el populismo de derechas cuando agita el fantasma del "robo fiscal". 

El asedio al contrato socialEn la última década, hemos asistido a un resurgimiento de discursos que, bajo una pátina de libertad individual, agitan la impopularidad del tributo para erosionar los pilares del Estado del bienestar. Estas corrientes, a menudo situadas en la ultraderecha o el libertarismo radical, presentan al Estado como un ente extractivo y al ciudadano como una víctima de "expolio".


Sin embargo, como estudiosos y ciudadanos, debemos ser claros: la fiscalidad no es un robo, es el precio de la libertad. No existe mercado libre sin seguridad jurídica, ni innovación privada sin una base de educación pública, ni paz social sin una red de seguridad que amortigüe la caída de los más vulnerables. La retórica anti-impuestos no busca "liberar" al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo de redistribución que garantiza la igualdad de oportunidades.


Ética, justicia y el valor de lo públicoDesde una perspectiva ética, los impuestos representan la materialización de la solidaridad orgánica. Los impuestos son la herramienta técnica que hace posible esa visión ética. Permiten que: • La sanidad no sea un privilegio de cuenta corriente, sino un derecho humano. • La educación actúe como ascensor social, rompiendo el determinismo de la herencia. • La infraestructura común facilite el desarrollo económico de las regiones periféricas. Sin una base fiscal sólida, la meritocracia es un mito; se convierte simplemente en la perpetuación de la ventaja de quienes ya lo tienen todo.


El rentismo moral de la ultraderecha, que odia los impuestos porque odia lo común. La retórica ultraliberal y ultraderechista sobre los impuestos descansa en una ficción antropológica: la del individuo soberano que ha generado su riqueza en soledad, sin infraestructuras públicas, sin trabajadores formados por escuelas financiadas colectivamente, sin contratos protegidos por jueces pagados con fondos comunes. Esa ficción es, intelectualmente, insostenible. Toda fortuna privada es, en parte, una deuda con lo público.

Adam Smith —ese clásico liberal que los neoliberales citan sin haberlo leído— fue perfectamente consciente de que los mercados requieren instituciones sólidas para no degenerar en monopolios, fraudes y depredación. Los impuestos no son el enemigo del mercado; son su condición de supervivencia.

Hay una dimensión ética que con frecuencia se olvida en el debate fiscal. Pagar impuestos progresivos —más quien más tiene— no es solo una política redistributiva eficiente: es un acto moral. Es reconocer que la suerte, la herencia y el capital acumulado no confieren títulos absolutos sobre la riqueza, sino que esta está social y políticamente mediada desde su origen.

Y hay, también, una dimensión democrática irrenunciable. Las democracias liberales necesitan Estados capaces de actuar con autonomía frente a los poderes privados. Un Estado sin recursos fiscales suficientes es un Estado capturado: por las corporaciones, por los mercados financieros, por los donantes de campaña. La evasión fiscal masiva y la competencia fiscal entre países no son sólo problemas económicos; son amenazas directas a la soberanía popular.

Recuperar las palabras. Quizá la tarea más urgente sea, paradójicamente, lingüística. Necesitamos rescatar la dignidad semántica de lo fiscal. Hablar de contribución solidaria, de inversión común, de pacto de civilización. No porque las palabras cambien la realidad, sino porque la realidad que queremos construir necesita palabras que la hagan deseable.

Los países con mayor bienestar, menor desigualdad y democracias más robustas —los escandinavos a la cabeza, pero no solo ellos— son también los que tienen presiones fiscales más elevadas y ciudadanías más convencidas de su legitimidad. No es una coincidencia. Es una lección que podríamos aprender, si dejáramos de escuchar a quienes confunden el precio de la civilización con un robo. Los impuestos son lo que pagamos por no vivir solos.

Señales del fascismo que Umberto Eco identificó en 1995

Humberto Eco (posts previos) lo advirtió hace más de 30 años: el fascismo eterno regresa con traje nuevo y discurso antiguo, y nos enseñó a reconocerlo entre nosotros. En 1995, con motivo del cincuentenario de la liberación italiana, Umberto Eco pronunció en la Universidad de Columbia una conferencia que el tiempo ha convertido en texto de referencia ineludible. Su título, Ur-Fascismo —fascismo originario, primordial, eterno—, contenía ya una tesis provocadora: el fascismo no fue un episodio histórico clausurado en Nuremberg o en Piazzale Loreto. Es una condición latente, un conjunto de rasgos que pueden reaparecer combinados de distintas formas, adaptados a cualquier latitud y cualquier época. 

Humberto Eco sabía de lo que hablaba. De niño había respirado el aire del régimen mussoliniano, y esa experiencia biográfica confería a su análisis una densidad que la mera erudición académica no puede fabricar. El semiólogo boloñés no construyó una definición cerrada del fascismo —empresa que él mismo consideraba imposible, dada la naturaleza contradictoria del fenómeno— sino una lista de 14 rasgos o síntomas, suficiente cualquiera de ellos para diagnosticar la presencia del virus.
  1. El culto a la tradición: Rechazo a la modernidad y aceptación de un sincretismo cultural que combina creencias contradictorias, bajo la premisa de que "todo lo verdadero ya ha sido dicho". El Ur-Fascismo nace de una nostalgia irracional hacia un pasado mítico, idílico y amenazado. 
  2. El rechazo al modernismo: Del anterior punto deriva el rechazo a la modernidad: la ciencia, la crítica, el pensamiento complejo son peligrosos porque disuelven certezas. La Ilustración y la razón crítica son vistas como el principio de la depravación moderna, fomentando un pensamiento antiliberal.
  3. El culto a la acción por la acción: La acción se valora por sí misma, sin necesidad de reflexión previa. Pensar es visto como una forma de emasculación o debilidad. 
  4. El desacuerdo es traición: No se tolera el espíritu crítico, el cual opera distinciones. El desacuerdo es visto como un ataque directo a la nación o al movimiento. No resulta casual que el desacuerdo interno, la matización intelectual, sean vividos como una forma de deslealtad. El movimiento fascista impone unanimidad.
  5. Miedo a la diferencia: El fascismo es racista por definición, naciendo del miedo contra los intrusos y el "otro". Eco subrayaba con especial énfasis el miedo a la diferencia: La otredad —el extranjero, el judío, el inmigrante, el disidente— es siempre el origen del mal. Este racismo puede revestirse de argumentos culturalistas o identitarios, pero su lógica profunda es idéntica. 
  6. Apelación a la frustración social: Búsqueda del apoyo de una clase media frustrada, temerosa de crisis económicas o humillaciones políticas. Conectada con este miedo al extraño está la apelación a una clase media malograda, que ha perdido identidad económica o social y busca algún chivo expiatorio antes que un análisis estructural de su situación. 
  7. La obsesión por una conspiración: Se promueve la idea de que la nación está bajo asedio, ya sea por enemigos internos o externos (frecuentemente apelando a prejuicios antisemitas o nacionalistas).
  8. El enemigo es a la vez fuerte y débil: Los seguidores deben sentir que están sitiados, pero también que pueden vencer al enemigo porque este es simultáneamente demasiado poderoso y peligrosamente débil. El fascismo eterno necesita también un enemigo a la vez poderoso y débil. Fuerte para justificar la movilización permanente; endeble para que la victoria sea posible y el héroe resulte plausible. La contradicción no incomoda al pensamiento iletrado y mágico. 
  9. El pacifismo es colaboración con el enemigo: La vida se concibe como una lucha constante, por lo que la búsqueda de la paz es una traición. Ligado a lo anterior aparece el concepto de guerra como estado natural: la paz es sospechosa, la convivencia es cobardía, la diplomacia es rendición.
  10. Desprecio por los débiles: Un elitismo popular en el que todo ciudadano pertenece al "mejor pueblo del mundo", despreciando a todos los demás que son considerados inferiores.
  11. Culto a la muerte y el heroísmo: Al ser la vida una lucha, se educa a los ciudadanos para ser héroes y morir por la patria, a menudo minimizando el valor de la vida individual.
  12. Machismo y armas: Elevación de la masculinidad agresiva, con desdén por las mujeres y condena de comportamientos sexuales no convencionales, desde la castidad hasta la homosexualidad. Y puesto que también el sexo es un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista juega con las armas, que son su Ersatz 8sucedáneo) fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente.  
  13. Populismo selectivo: Se asume que existe una "voluntad común del pueblo" que el líder interpreta. Esto lleva al desprecio por los parlamentos o instituciones democráticas al considerar que no representan al "verdadero" pueblo. Quizá el rasgo más perturbador para las democracias contemporáneas sea el que Eco denominó democracia cualitativa versus democracia cuantitativa. El Ur-Fascismo desprecia los parlamentos, los procedimientos, las mayorías contadas. Postula en su lugar una voluntad popular mítica —el pueblo, la nación, la raza— que el líder encarna y expresa sin necesidad de mediación institucional. El líder no representa al pueblo: es el pueblo.
  14. El uso de la "neolengua": Se utiliza un vocabulario limitado y frases hechas para reducir la capacidad de pensamiento crítico.

La actualidad de estas catorce señales del Ur-Fascismo resulta difícil de ignorar. En distintos países y bajo distintas banderas, asistimos al culto al líder carismático, al desprecio por la prensa libre, a la militarización del lenguaje político, a la construcción permanente de enemigos internos. Eco no pretendía profetizar: pretendía enseñarnos a leer. 

Ésa es quizá su lección más duradera. No es necesario que un régimen exhiba los rasgos restantes para que uno solo baste como señal de alarma. El fascismo eterno no llega siempre en uniforme. A veces llega con una sonrisa, con una promesa de grandeza recuperada, con el lenguaje de la víctima que aspira a convertirse en verdugo. Leer a Humberto Eco hoy no es un ejercicio de nostalgia intelectual. Es, sencillamente, higiene cívica.

El zoo como metáfora del desorden humano

Comprobamos que nunca habíamos destinado un post a Joël Dicker, un fenómeno literario suizo. Elegimos una obra en la que abandona el thriller y conquista todas las edades: La muy catastrófica visita al zoo. Una fábula coral repleta humor y pedagogía. Hay libros que llegan con una promesa inhabitual: la de poder ser leídos por cualquier persona, desde los siete hasta los ciento veinte años. 

Esa es la declaración de intenciones con la que Joël Dicker presenta La muy catastrófica visita al zoo (Alfaguara, 2025), su obra más reciente y, sin duda, la más sorprendente de su carrera. No porque sea inferior a sus thrillers anteriores, sino porque apunta en una dirección radicalmente distinta: la del humor coral, la mirada infantil y la crítica social disfrazada de aventura.

La trama: una catástrofe que nunca llega sola. Es víspera de Navidad. La clase de Joséphine acaba de regresar del zoológico, pero algo ha salido muy mal. Nadie sabe exactamente qué ha ocurrido, y los padres de la niña están decididos a averiguarlo. Mientras la investigación avanza, comprendemos poco a poco que una catástrofe nunca llega sola, que las apariencias engañan y que los acontecimientos pueden tomar un giro que nadie imagina. En el centro del misterio: una inundación, un bloqueo de tuberías con plastilina y un grupo de niños que venían de una escuela especial y se enfrentan al mundo —y a sus prejuicios— con una desarmante honestidad.

La novela se construye con los mecanismos que han hecho famoso a Dicker: los giros narrativos, los saltos temporales, los finales que reconfiguran lo anterior. Pero aquí esos recursos sirven una historia más luminosa, menos oscura que sus grandes thrillers, narrada con un ritmo ágil que recuerda, por momentos, a los clásicos de la literatura infantil europea. Una novela corta que se lee de un tirón y que contiene una magia que perdurará en la mente de cada uno de sus lectores. 

Más allá de la anécdota: educación, democracia y diversidad. Lo que distingue a esta obra de un simple relato de aventuras es su carga reflexiva. La novela está repleta de guiños sobre nuestra sociedad, sobre la democracia, la educación inclusiva y el rol de los padres y de los maestros. Los niños protagonistas, venidos de una escuela especial, son víctimas de burlas e incomprensión al integrarse en un centro ordinario. Dicker no moraliza; prefiere dejar que los hechos hablen solos, con esa técnica suya de revelar la crueldad cotidiana sin estridencias. El resultado es una obra que invita a pensar sobre la diferencia, la empatía y la fragilidad de los sistemas educativos cuando se enfrentan a la diversidad real.

El propio autor ha explicado el propósito que guió la escritura: quería un libro que pudiera ser compartido por lectores de toda condición y edad, sin distinciones, que sirviera de puente entre generaciones y que recuperara el placer sencillo y poderoso de leer juntos. 

Joël Dicker nació en Ginebra en 1985. En 2010 obtuvo el Premio de los Escritores Ginebrinos con su primera novela, Los últimos días de nuestros padres. Fue, sin embargo, La verdad sobre el caso Harry Quebert (2013) la que lo catapultó a la fama internacional: galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Lire, fue traducida a cuarenta y dos idiomas y se convirtió en un fenómeno literario global. Junto a El Libro de los Baltimore (2016) y El caso Alaska Sanders (2022), conforma la trilogía del personaje Marcus Goldman. A estas obras se suman La desaparición de Stephanie Mailer (2018) y El enigma de la habitación 622 (2020). Con veintidós millones de lectores en todo el mundo, Dicker es hoy uno de los narradores europeos más leídos del siglo XXI.

Lo que hace singular su trayectoria es precisamente esta capacidad de reinvención. El autor que durante años cultivó la tensión del thriller de largo aliento decide ahora descender a la escala de una excursión escolar para demostrar que la condición humana —su ridiculez, su ternura, su injusticia— cabe perfectamente en una historia breve, narrada por una niña, sobre una visita al zoo que acaba en inundación. Y que, incluso así, hay preguntas que siguen siendo grandes.

La muy catastrófica visita al zoo no es la obra más ambiciosa de Dicker, pero sí quizás la más generosa. Un libro que no pide nada al lector salvo que deje de correr durante unas horas. En tiempos de fragmentación y prisa, eso tiene más mérito del que parece.

@uncapituloconvic 📚 ¿Merece la pena el nuevo libro de Jöel Dicker? 🦒 Hoy os traigo la reseña de “La muy catastrófica visita al zoo” el nuevo thriller juvenil/infantil del autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o Un animal salvaje. 👉🏻 Totalmente diferente a sus anteriores novelas de thriller, pero igualmente adictivo. Pero, ¿pagaría otra vez 20€ por él? #booktok #booktokespaña #joeldicker #lamuycatastroficavisitaalzoo #reseñalibro #reseñaliteraria #thrilleejuvenil #thriller #librosthriller #thrillerbook #joeldickerbooks #fyp #parati #creatorsearchinsights #Invertido ♬ Demise of a Nation - Secession Studios

La Ilustración Oscura: Contracultura letal del siglo XXI

La denominación Ilustración Oscura (Dark Enlightenment) designa un movimiento intelectual contemporáneo que emerge, principalmente, a través de ensayos, blogs especializados y redes digitales a partir de los años 2000. Se trata de un pensamiento explícitamente contrailustración que rechaza los pilares filosóficos que han estructurado la modernidad occidental desde el siglo XVIII: la universalidad, la igualdad, la democracia y la idea del progreso lineal.

El término cristaliza especialmente en los escritos de Nick Land, filósofo británico nacido en 1962, cuya obra se inscribe en genealogías que incluyen a teóricos de la ciencia ficción especulativa, la teoría de sistemas complejos y la crítica posmoderna. Land no es el único exponente—otros nombres como Curtis YarvinJohn Derbyshire o Peter Thiel (en otros posts sobre tecnofeudalismohan contribuido a articular este pensamiento—, pero es quien articula de manera más explícita y coherente la posición neoreaccionaria que la Ilustración Oscura encarna.

En su enfoque, Land sostiene que la Ilustración moderna introdujo ilusiones peligrosas: la creencia en la razón universal, en la bondad intrínseca de la democracia liberal y en la inevitable marcha del progreso humano. Estas ilusiones, argumenta, han conducido a una serie de catástrofes materiales y culturales. La Ilustración Oscura, por tanto, propone un diagnóstico pesimista de la modernidad ilustrada y ofrece una alternativa intelectual que recupera, paradójicamente, ciertos elementos premodernos o antimodernos: jerarquía, orden natural, determinismo histórico, y una visión profundamente escéptica respecto a la capacidad de la razón para transformar positivamente la realidad humana.

Lo peculiar de este movimiento es su articulación a través de nuevos medios. No se trata de una escuela tradicional, sino de una constelación de ensayistas, blogueros y comentaristas que conversan, debaten y colaboran en línea. Su influencia, aunque limitada en círculos académicos convencionales, ha resultado significativa en determinados espacios digitales, especialmente en comunidades conservadoras, libertarias y radicalmente escépticas respecto a las instituciones liberales.

Desde una perspectiva analítica, la Ilustración Oscura merece atención no tanto por la solidez de sus argumentos como por lo que revela sobre las fracturas del consenso moderno. Expresa un malestar genuino con ciertos aspectos del progresismo contemporáneo—particularmente con su optimismo tecnológico, su universalismo moral y sus políticas redistributivas. Al mismo tiempo, su propia retórica contiene inconsistencias notables: invoca la razón científica para socavar la fe en la razón, utiliza plataformas digitales producto de la modernidad ilustrada para criticar esa misma modernidad, y recurre a genealogías intelectuales complejas para argumentar contra la complejidad reflexiva.

Intelectualmente, la Ilustración Oscura representa un síntoma de la crisis contemporánea en torno a qué significa la Ilustración en el siglo XXI. ¿Es la Ilustración un proyecto incompleto que requiere profundización, como defendió Habermas (otros posts)? ¿O es un proyecto fracasado que debe ser abandonado, como sugieren los pensadores neoreaccionarios? La importancia de estos debates no radica en determinar quién tiene razón, sino en reconocer que la pregunta misma sigue abierta y que nuevas formas de pensamiento crítico—incluso las más contrarias a la modernidad—encuentran espacio en nuestro presente.

LIlustración Oscura encierra peligros sustanciales que trascienden el ámbito meramente especulativo. Su pensamiento jerarquizante y antidemocrático proporciona un andamiaje intelectual a posiciones políticas que pueden legitimizar la discriminación, la exclusión y la negación de derechos fundamentales. Al descartar la universalidad y la igualdad como ilusiones ilustradas, socava los fundamentos normativos de cualquier orden social justo. Más aún, su determinismo histórico y su pesimismo radical pueden generar una actitud de resignación política que desmoviliza las capacidades colectivas para transformar equitativamente las condiciones materiales de existencia. La Ilustración Oscura no es simplemente una alternativa teórica: Es una amenaza conceptual a los valores de dignidad humana, inclusión política y emancipación colectiva que constituyen el legado más valioso, aunque siempre incompleto, de la modernidad ilustrada.