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Un examen que demuestra que lo obvio no lo es

Como juego infantil navideño, hemos recopilado un examen de 40 preguntas capciosas, con apariencia elemental y tono sencillo, pero cuyas respuestas no son tan obvias como parecen, siguiendo el espíritu del ejemplo de la imagen. Las respuestas van aparte, en el primer comentario.

  1. ¿Cuántos años duró exactamente la Guerra de los Cien Años?

  2. ¿De qué país proceden realmente los croissants?

  3. ¿Qué animal da nombre al hipopótamo?

  4. ¿En qué idioma están escritas las cifras romanas?

  5. ¿Qué día comenzó oficialmente el siglo XXI?

  6. ¿De qué color es en realidad un oso polar?

  7. ¿Cuántos sentidos tiene el ser humano según la biología moderna?

  8. ¿Qué invento se utilizó antes: el tenedor o el sacacorchos?

  9. ¿Cuántos huesos tiene un bebé al nacer?

  10. ¿Qué sustancia se conocía históricamente como “azogue”?

  11. ¿Cuál es el animal nacional de Escocia?

  12. ¿Qué idioma tiene más hablantes nativos: el inglés o el español?

  13. ¿Qué parte del cuerpo humano no deja de crecer nunca?

  14. ¿Cuántos meses tienen 28 días?

  15. ¿Qué puedes sostener en tu mano derecha, pero nunca en la izquierda?  

  16. Si en una carrera adelantas al segundo, ¿en qué posición quedas?  

  17. París empieza con P, ¿y termina con...?  

  18. ¿Qué se moja mientras seca?  

  19. ¿Qué animal camina con cuatro patas al principio, con dos luego y con tres al final? 

  20. Dos madres y tres hijas van a comer, sólo piden tres menús, pero comen un menú completo cada una. ¿Cómo es posible?  

  21. ¿En qué mes los rusos celebran la Revolución de Octubre?  

  22. ¿Qué palabra se escribe incorrectamente en todos los diccionarios?  

  23. ¿Cómo levantar un elefante con una mano?  

  24. ¿Qué tiene cuello pero no cabeza?  

  25. ¿Cuál es el día más largo de la semana?  

  26. ¿Qué es lo que siempre viene, pero nunca llega?  

  27. ¿Qué puedes romper sin tocarlo ni cogerlo?  

  28. ¿Qué tiene hojas pero no es árbol?  

  29. Si tienes una cerilla en una habitación oscura con una vela, una estufa y una lámpara, ¿qué enciendes primero?  

  30. ¿Cuántos animales llevó Moisés al arca?  

  31. ¿Qué es lo que cuanto más grande es, menos se ve?  

  32. Un padre y un hijo tienen un accidente; el padre muere y el hijo va al hospital. El cirujano dice: "No puedo operar, es mi hijo". ¿Cómo es posible?  

  33. ¿Qué tiene dientes pero no muerde?  

  34. ¿Qué sube siempre pero nunca baja?  

  35. ¿Qué puedes encontrar en el centro de América?  

  36. ¿Qué invento permite ver a través de las paredes?    

  37. ¿Qué tiene un ojo pero no ve?  

  38. ¿Cuál es la pregunta que nadie puede responder con "sí"?  

  39. ¿Qué cosa es que cuanto más le quitas, más grande se hace?  

  40. ¿Qué puedes sostener sin tocarlo nunca?

Marcha Radetzky: compás que aplaude su propia contradicción

Repasaremos el álbum musical que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts). Cada 1 de enero, cuando el reloj del Musikverein vienés marca el final del Concierto de Año Nuevo, miles de espectadores en todo el mundo comienzan a batir palmas al compás de una pieza que dura apenas dos minutos y medio. Pocos de ellos —quizá ni siquiera los japoneses que la corean con más entusiasmo, como se ha señalado con cierta ironía— se detienen a pensar en lo que están celebrando. La Marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss padre en 1848 en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, es mucho más que un bis festivo: es un artefacto sonoro donde se condensan las tensiones no resueltas de un imperio y, por extensión, de toda modernidad que celebra sin memoria.

El contexto de su composición resulta decisivo (otros posts). El 31 de agosto de 1848 se celebró una fiesta en el Wasserglacis de Viena, y Strauss padre recibió el encargo de contribuir con una composición, justo en el año revolucionario que sacudía Europa entera. Strauss se posicionó claramente del lado de los leales al emperador, en contraste con su propio hijo, que simpatizaba con los revolucionarios. Ese enfrentamiento doméstico —padre e hijo en bandos opuestos de la historia— anticipa ya el destino ambiguo de la pieza. Radetzky había derrotado al ejército sardo en la batalla de Custozza el 25 de julio de 1848, a la edad de 81 años, consolidando el poder austríaco en el norte de Italia y fortaleciendo a las fuerzas conservadoras frente a los levantamientos liberales surgidos tras la Revolución de Marzo.

Aquí reside la paradoja que interesa a cualquier lector atento a la relación entre estética y poder: la marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austríaco, pero cuando Radetzky tomó parte después en la represión del movimiento revolucionario en el propio territorio austríaco, la pieza pasó a ser vista como símbolo reaccionario. Strauss padre, recordemos, no era ajeno a la polémica: sus propios compatriotas llegaron a llamarle traidor por su fidelidad a la Corona. Componer para el poder, incluso en clave puramente festiva, nunca ha sido un gesto neutral.

Esta ambivalencia encontró su traducción literaria más lúcida en Joseph Roth, cuyo título de 1932 tomó prestado el nombre de la pieza. La marcha Radetzky de Roth narra el declive y la caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de la familia Trotta, y no es casual que exista un paralelismo entre las vicisitudes de esa familia y las que padeció la propia marcha, expresión primero del nacionalismo austríaco y después símbolo reaccionario. La música, convertida en metáfora narrativa, se transforma en el eco melancólico de un mundo que se sabe condenado incluso mientras baila.

Cabe además una reflexión sobre la memoria histórica selectiva del propio ritual navideño-vienés. El Concierto de Año Nuevo se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939, por iniciativa del entonces ministro de Propaganda del régimen nazi, aunque la Radetzky no se sumó al programa hasta después de la guerra. Que una pieza nacida de la represión de 1848 se instalara en un concierto de origen tan comprometido añade una capa más de sedimento histórico bajo los aplausos.

Musicalmente, la marcha no es un artefacto tan original como su fama sugiere: Strauss ya había empleado el tema en su Jubel-Quadrille, y su ritmo guarda un notable parecido con el segundo tema del Allegro de la Sinfonía n.º 100 de Haydn. Aun así, su poder de convocatoria —ese aplauso colectivo, casi litúrgico, que Gustavo Dudamel u otros directores invitan a compartir— revela algo profundamente humano: la necesidad de ritual compartido, incluso cuando el ritual celebra, sin saberlo del todo, las cicatrices no cerradas de la propia historia.

ResumenStrauss padre, Radetzky y el vals contra la revolución de 1848. Cómo una marcha militar se volvió símbolo reaccionario en Viena. Joseph Roth y la melancolía del imperio en la Marcha Radetzky. El aplauso ritual del Concierto de Año Nuevo y su origen incómodo. Padre contra hijo: Strauss y las dos caras de 1848. La marcha que celebra una represión sin que el público lo sepa. El himno no oficial de Austria y su pasado contradictorio. 

El libro total, una biblioteca gratuita que ofrece 50 mil obras

El libro total, una biblioteca gratuita que ofrece 50 mil obras
El Libro Total es la biblioteca digital más grande de América. Comprende 50.000 libros diferentes,  que son audio-libros que pueden escucharse, muchos de ellos traducidos a 13 idiomas, donde el lector tiene a su alcance más de 50 diccionarios distintos para absolver sus inquietudes. 

Están categorizados por país de origen pero dentro de cada nivel pueden también buscarse por autor o por título. La biblioteca digital El Libro Total facilita el acceso a mucho material que está disponible, que se presenta bajo licencia Creative Commons, lo cual habilita la copia y distribución gratuita siempre que se mencionen las fuentes.
Conviene hacerse una cuenta personal en El Libro Total, siempre de modo gratuito, para ir seleccionando los libros preferidos, como en la imagen superior. Los libros son versiones de bolsillo, sintetizados y muy orientados a lectores infantiles o juveniles, o a quienes prefieren versiones condensadas.
El abuelo y el nieto, de los Hermanos Grimm
A modo de ejemplo, el cuento de Los Hermanos Grimm, titulado "El abuelo y el nieto"

Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, le dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera le llenó de improperios a que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Compráronle por un cuarto una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.

Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.

–¿Qué haces? preguntó su padre.

–Una tartera, contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.

El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.
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Disponible también en versión APP para móviles Android o Apple iOS.

Melancolía educativa

Dos anécdotas, verídicas y tristes, en homenaje a los educadores y desde la melancolía vacacional que acompaña al entusiasmo laboral.

Hace ya muchos años, unos alumnos que me seguían con gran fidelidad, me hicieron una pregunta que, a un mismo tiempo, me halagó y me desconcertó: “Tú, con lo que vales, ¿qué haces aquí,… enseñando?” Lo más doloroso fue que la pregunta no provenía de físicos o ingenieros en formación, sino de estudiantes de último año de Magisterio y, por tanto, de próximos profesores.

El segundo caso fue más reciente, trabajando en la administración educativa. El padre de un alumno de Educación Especial, un caso de Síndrome de Down, vino a cursar una petición. El padre, creyendo plena y meritoriamente en su hijo, llegó a confiarme sus expectativas máximas, lo que le enaltecía y demostraba que era un padre ideal. Pero lo hizo de un modo que transmitía su valoración de la acción educativa. Literalmente, y en la discreción de una conversación privada sin la presencia de su hijo, me confesó: “Ya sé, que Jon (nombre ficticio) nunca podrá ser médico o abogado. Pero aspiro a que mi hijo haga un trabajo sencillo, algo como lo que hacen ustedes, los funcionarios de educación”.

La docencia no ha encontrado aún la estima profesional y social que merece entre nosotros, comenzando por el propio profesorado. Si un futuro docente no cree que ejerce un puesto crítico para el futuro, probablemente no merezca ser educador. Si una familia no considera trascendental la labor del profesorado, posiblemente esté limitando la educación de sus hijos.

El mejor chiste de la vuelta al colegio

El mejor chiste de la vuelta al colegio
Este chiste es un clásico, pero siempre ha sido uno de nuestros preferidos, del eterno tema de la vuelta al colegio tras las vacaciones veraniegas. Arriba una versión para nuestro TikTok (en esta ocasión con Sara y su gran capacidad de improvisación teatral) y, abajo, otra posible transcripción.

Una madre despierta a su hijo por la mañana y le dice: 

- Vamos, hijo, levántate, que tienes que ir a la escuela. 

- Mamá, no quiero ir más al colegio. 

- ¿Y por qué no quieres ir? 

- Mira, te diré cuatro motivos: primero, porque no tengo ganas que yo le había agarrado tanto cariño a las vacaciones; segundo, porque allí me aburro mucho; tercero, porque los profesores no me quieren y cuarto, porque todos los niños se ríen de mí. 

- Vale, vale. Pues yo te daré cuatro razones por las que sí tienes que ir: 

Primera, porque te lo digo yo que soy tu madre, es septiembre y es tu obligación.
Segunda, porque ya han ido todos los alumnos.
Tercera, porque todo el claustro de profesores pregunta por ti.
Y cuarta razón, hijo mío, porque tienes cincuenta y cinco años, llevas 30 años dando clase y, además, ahora tú eres el director de la escuela.

El deseo de Teseo

La leyenda del Minotauro es muy esperanzadora para niños y adultos, que compartimos con Teseo el deseo de Paz.

El mito de Teseo, Ariadna, Fedra y el Minotauro procede de la cultura minoica de hace 40 siglos, si bien fue recogido literariamente por el poeta latino Publio Ovidio Nasón en el inicio de nuestra era, poco antes del nacimiento de Jesucristo. Esta compleja tragedia de célebres personajes ha sido objeto de atención continuada por autores como Nietzsche, Freud, Cortázar o Borges.

La crónica comienza en Creta cuando reinaba el poderoso rey Minos. Cnosos, la capital de la isla, era famosa por el laberinto de intrincados corredores, en cuyo interior vivía el cruel Minotauro, un engendro con cabeza de toro y cuerpo de hombre, fruto de los amores de la Reina Pasifae con un toro que Poseidón, dios de los mares, hizo surgir de las aguas. Minos recibió la noticia de que su hijo Androgeo había sido asesinado cuando se dirigía a participar en unos juegos olímpicos. El monarca reunió un ejército y cercó Atenas que se rindió, aceptando la condición de que cada nueve años enviaría siete jóvenes y siete doncellas a Creta para que ser arrojados al Minotauro. Sólo si alguno de los atenienses mataba al Minotauro y salía del laberinto, Atenas sería eximida de la condena.

Teseo, hijo único del rey de Atenas Egeo, se ofreció como candidato cuando por tercera vez hubieron de pagar tan ominoso tributo, embarcando con las víctimas en una nave de velas negras. El monarca y su heredero convinieron en que si Teseo lograba la hazaña, el navío retornaría con velas blancas. Estando ya en la prisión cretense, Teseo fue visto por Ariadna y Fedra, hijas de Minos. Cautivada Ariadna por la valentía del príncipe, decidió ayudarle a derrotar al Minotauro, indicándole un ardid sugerido por el constructor Dédalo: un hilo tendido para encontrar la salida cuando acabase la lucha.

Teseo exterminó al temible Minotauro y pudo regresar hasta la puerta, salvando la vida de sus compañeros y liberando a su ciudad de tan horrible condena. Al reembarcar Teseo, también subieron a bordo en secreto Ariadna y Fedra, que acompañó a su hermana mayor. Durante la travesía se refugiaron en la isla de Naxos para protegerse de una pavorosa tormenta. Vuelta la calma, emprendieron el viaje sin Ariadna, al haber desaparecido tras dormirse en el bosque, extenuada por el cansancio. Dionisio, o Baco dios del vino, la rescató y le ofreció casamiento e inmortalidad.

En Atenas cundía la angustia por la tardanza y diariamente el anciano Egeo acudía a la orilla, esperando el retorno de su hijo. Cuando el barco apareció en el horizonte, traía las velas negras. El rey desesperado se suicidó arrojándose al mar, que desde entonces lleva su nombre. Teseo, abatido por la desaparición de Ariadna había olvidado izar el signo de su éxito, las velas blancas. Teseo fue elegido nuevo soberano, rigiendo los destinos atenienses por largos años, y casándose con Fedra (lo que originó nuevos dramas épicos).

Esta leyenda exhibe un torrente de enseñanzas sobre las cualidades y los defectos humanos. Destaca atributos como el altruismo y el valor de Teseo, o el amor y la inteligencia de Ariadna, junto a yerros como el abandono de Ariadna, el olvido de Teseo o la desesperación de Egeo. Las metáforas también son innumerables: un ideal con estrategia, la confianza en uno mismo, la superación del miedo a lo desconocido, la fe depositada por otra persona, la validez de un buen consejo, la salida por amor del laberinto, la descuidada gestión de la victoria,…

La Humanidad se ve reflejada en Teseo y Ariadna. Con amor, resolución y talento podemos superar al monstruo de la guerra (Minotauro), que reclama una continua matanza de víctimas inocentes. Sólo cuando la violencia desaparezca de nuestras vidas, saldremos del laberinto histórico de muerte y desolación. No desesperemos nunca, ni abandonemos nuestras convicciones, porque algún día, nosotros también, avistaremos las velas blancas de la paz.

El hijo del acordeonista

©Mikel AgirregabiriaUna lectura recomendada para el verano, junto a un breve análisis personal del libro y de la crítica suscitada.

Bernardo Atxaga es uno de mis autores contemporáneos habituales, y mi elección nada tiene que ver con la opción política que Joseba Irazu libre y legítimamente mantenga, aunque reconozco que me disgusta que este partido (Ezker Batua-Berdeak, Izquierda Unida) haya exhibido la imagen del escritor como uno de sus iconos en la última campaña electoral vasca.

Suelo reservar ciertas obras para su lectura estival, y este libro quedó adquirido desde septiembre pasado por un doble motivo: La calidad literaria reconocida de su autor, a mi juicio, y una excéntrica crítica de Ignacio Echevarría que hizo mucho ruido por aquellas fechas. La leí en Babelia el 4-9-2004 y, sin haber hojeado aún la novela, me sorprendió la descalificación total que suponía del escritor vasco, desde un paupérrimo análisis de sesgo politiquero con nula perspicacia bibliográfica. Pospuse a este verano el despejar mis dudas, tras escudriñar el contenido del texto.

No pretendo añadir una valoración adicional a los argumentados dictámenes literarios que generó su publicación hace algunos meses, y que oscilan en toda la escala desde algunos pocos desfavorables a otros más entusiastas. A mí esta lectura me ha absorbido (la he leído de un tirón en dos tardes), me ha emocionado, y he rememorado muchas vivencias de mi infancia y juventud. No sé si porque también soy vasco, porque amo las varias lenguas (5 ó 6) que maneja el relato, porque sólo un poco más joven que Atxaga o porque comparto su disgusto por la saturación política que impregna a muchos medios de comunicación.

“El hijo del acordeonista” no es un tratado de política, ni lo pretende; es un retrato de ficción de personajes que desatan ecos propios de cualquier ser humano en toda época o lugar. Recomiendo fervientemente esta última entrega de Atxaga y he adquirido varios ejemplares adicionales, en euskera y castellano, para regalarlos a personas muy cercanas en quienes creo que despertará el mismo aprecio que he sentido con su lectura.

Versión final en: mikel.agirregabiria.net/2005/hijo.htm

El futuro no está en manos ajenas, de Juan Ignacio Pérez Iglesias

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Por su interés, reproducimos el artículo "Todos somos responsables" de Juan Ignacio Pérez Iglesias, ex rector de la Universidad del País Vasco, en los diarios del grupo Vocento.

Echar la culpa a otros de lo que nos ocurre difícilmente nos pondrá en disposición de encontrar solucione.

Dicen que Zapatero, el pasado 13 de mayo, en respuesta a un parlamentario de ERC, responsabilizó a «los mercados» (aunque quizás fue a los especuladores o, para el caso, al lado oscuro de la fuerza) de las medidas que se había visto obligado a tomar. Difícilmente puede encontrarse mejor imagen de una epidemia que se ha extendido por todo el cuerpo social: ésa que consiste en eximirnos de toda culpa y endosar a otros la responsabilidad de lo que hacemos. Es como si las decisiones que han conducido a que España tenga en la actualidad el enorme déficit público que tiene las hubiesen tomado entes ajenos al Gobierno. O como si decisiones tales como gastar 400 euros por contribuyente en alegre piñata, arreglar aceras y paseos en pueblos y ciudades o ayudar al personal a cambiar de coche y cocina hubiesen sido forzadas por esos malos tan malos que nos acechan sin descanso.
La desleal oposición culpa de todos los males a Zapatero y recuerda, con fingida añoranza, los años que estuvo en el poder. Pero lo cierto es que también a ellos cabe asignar su parte de responsabilidad en la situación que hoy vivimos: entre 1996 y 2004 malgastaron la oportunidad que brindaba la prosperidad de entonces para renovar la economía española y reorientarla hacia sectores más intensivos en conocimiento. En vez de apostar por la innovación, se acomodaron en la adormidera del ladrillo.
Pero los políticos no son diferentes del resto de ciudadanos. Al fin y al cabo, no son sino muestra representativa del conjunto de la población. También el común de los mortales echa la culpa a los demás de lo que le ocurre. Ahora resulta que la gigantesca deuda que acumulan España y los españoles debe de ser también culpa de otros. Cuenta el economista Tano Santos (en el blog Nada es gratis) que la deuda privada española es superior al 300% del PIB (para comparar, la pública se queda, de momento, cerca de un modesto 60%). Los deudores máximos son empresas no financieras (sospecho que muchas serán de la construcción), pero los particulares no nos hemos quedado atrás: acumulamos unas deudas que representan el 87% del PIB. Es, al parecer, la lógica consecuencia de la famosa burbuja inmobiliaria cuya existencia negaban nuestras autoridades contra toda evidencia.
Pues bien, habrá que suponer que de esa burbuja también tienen la culpa los malísimos especuladores. Como la deben de tener de que tantos y tantos ciudadanos hayan decidido pedir préstamos para cambiar de vivienda o de coche, que de todo hay. Cuando pidieron los préstamos pocos pensaron que el trabajo quizás no era para siempre. Porque se da la circunstancia de que no todos los ciudadanos que se endeudan son funcionarios o tienen uno de esos empleos fijos que con tanto ardor defienden los sindicatos. Sé que todos tenemos derecho a una vivienda digna, pero la cuestión es otra: nadie nos ha obligado a adquirir esto o aquello, y tampoco a endeudarnos de forma tan extravagante.
Esto de asignar responsabilidades a los demás y, a poder ser, a malignos entes de consistencia difusa y siempre ajenos o lejanos, se ha puesto muy de moda en asuntos de naturaleza económica, dadas las dramáticas circunstancias que vivimos. Pero tenemos otros ejemplos más habituales, aunque ahora los hayamos relegado a un cierto olvido. Pienso en la educación, por ejemplo. En eso no andamos muy bien que digamos, tampoco en Euskadi, aunque prefiramos mirar para otro lado. Los profesores universitarios echamos la culpa al Bachillerato de lo mal preparados que nos llegan los jóvenes. Claro que los profesores de Bachillerato hacen lo propio con los de ESO y éstos, a su vez, con los de Primaria. La cadena no acaba ahí: finalmente son los de Infantil los que los malean con tanto juego y tanta payasada. En resumen: nadie tiene la responsabilidad ni, claro está, el mérito. Y es curioso, porque a pesar de esa sensación general -justificada o no- de que nuestros jóvenes tienen ciertas carencias formativas, resulta que a las escuelas se les plantean cada vez mayores demandas y cada vez más absurdas, como si la escuela debiera ocuparse de todo y padres y madres sólo estuviésemos para procrear.
Echar la culpa a otros de lo que nos ocurre tiene un problema. Me contaba una amiga algo que, allá en los duros años 80, oyó a la madre de un adicto a la heroína en un pueblo de la costa vizcaína. El contexto era una reunión de madres de drogadictos, en la que había quienes afirmaban que la culpa de que sus hijos tuviesen aquella desgracia era de la Guardia Civil. Aquella madre, con coraje y clarividencia, dijo a las otras que la culpa de que su hijo fuera heroinómano la tenía, en primer lugar, el propio hijo, y después, quizás, su marido y ella. Dijo también que no quería engañarse a sí misma, y que si lo que le ocurría a su hijo era responsabilidad de otros, entonces también la solución estaría en manos de esos otros y que, por lo tanto, poco podría hacer por ayudarle. En definitiva, que quien piensa que la responsabilidad de algo es ajena a uno mismo, difícilmente se encontrará en la disposición adecuada para encontrar la debida solución. El corolario es que esa actitud escapista, por serlo, deviene fatalista, y nos conduce a pensar, con el lógico pesimismo, que el futuro está en manos de fuerzas que nos son ajenas, que no depende de nosotros.
Por esa razón, porque me parece que ésa es la peor de las maneras posibles de actuar ante los problemas, he querido traer aquí unas palabras de mi admirado Karl Popper, de la introducción a El mito del marco común. Dice: «El futuro está abierto. No está predeterminado y no se puede predecir, salvo accidentalmente. Las posibilidades que encierra el futuro son infinitas. Cuando digo tenéis el deber de seguir siendo optimistas, no sólo incluyo en ello la naturaleza abierta del futuro, sino también aquello con lo que todos nosotros contribuimos a él con todo lo que hacemos: todos somos responsables de lo que el futuro nos depare. Por tanto, nuestro deber no es profetizar el mal, sino más bien luchar por un mundo mejor».
«Todos somos responsables de lo que el futuro nos depare». Estaría bien que todos compartiésemos esas palabras y, sobre todo, que nuestros líderes las hiciesen suyas y actuasen en consecuencia.

Isabel Zendal, enfermera referencial como Florence Nightingale


Clara Estrems de GuruWalk interpretando a Isabel Zendal.

Isabel Zendalnacida en Santa Marina de ParadaÓrdenesLa Coruña, fue una heroína olvidada que entregó su juventud a la medicina y a la ciencia. Inmersa de lleno en el siglo XVIII, esta enfermera decidió abandonar su tierra natal para poner rumbo al Nuevo Mundo como parte de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna. Su apellido Zendal también se recoge como Sendalla, Zendalla, Sandalla, Cendalla, Cendales, Gandalla, Sendales o Cendala.

Es difícil de entender en una época donde las mujeres luchaban todavía por abrirse camino en la sociedad. A lo largo de un viaje que anhelaba erradicar la viruela en todos los recovecos del renqueante Imperio español, la gallega se encargó del cuidado de los niños inoculados con el virus; una tarea que le granjeó su cariño y un espacio en la Historia. 

Poco sabemos de la infancia de Isabel Zendal Gómez. Tan solo que nació en Santa Marina de Parada, allá por 1773 y que tuvo una infancia turbulenta. «Durante la epidemia de viruela de 1786 perdió a su madre y tuvo que abandonar una casa familiar con pocos recursos para ponerse a trabajar». Cuando sumaba una veintena de primaveras a sus espaldas nació su hijo, Benito Vélez, centro de su vida debido a que fue una madre soltera
Isabel Zendal, otra enfermera referencial como Florence Nightingale
La muerte de sus padres, «quasi pobres de solemnidad» según sus respectivas partidas de defunción, denotan que Isabel Zendal no provenía de una familia acaudalada. Pero esa condición no acabó con su ilusión de convertirse en enfermera y, ya en 1800, entró a trabajar como Rectora en una inclusa destinada a cuidar de niños abandonados. Aquel sería su sino en la vida, y lo llevaría como bandera en los siguientes años, como bien narra la «Asociación Isabel Zendal» en los muchos artículos sobre el personaje que albergan en su excelente página web

Así discurría su vida cuando, en 1803, Carlos IV, que había perdido a una hija por culpa de la viruela, ordenó que un convoy partiera desde la Península para extender la vacuna contra esta enfermedad por todos los territorios de ultramar. El resultado fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que puede considerarse como la primera misión humanitaria de la historia. Solo había un problema: ¿Cómo trasladar la muestra? La respuesta llegó de la mano del médico alicantino Francisco Javier Balmis, al frente de esta aventura, y consistió en transportar el suero dentro de 22 niños vivos. Para ser más concretos, veintidós huérfanos de La Coruña. 
Isabel Zendal en el telefilme '22 ángeles', sobre la expedición de la vacuna de la viruela.

Así lo narró la «Gaceta de Madrid»: «Son varios los facultativos comisionados, y llevan 22 niños, que siendo sucesivamente inoculados brazo a brazo en el curso de la navegación, conservarán el fluido vacuno vivo y sin alteración. No por eso se han omitido otros medios de conducirlo, así para mayor seguridad, como para experimentar cuáles son los que a largas distancias y en diferentes climas deben preferirse». 

Aunque en principio no se barajó la participación de una mujer en la expedición, se cambió de opinión al poco tiempo. Se pensó, y no sin razón, que los niños necesitarían una figura maternal que les diera confianza durante el trayecto. «El 14 de octubre de 1803, mes y medio antes de la partida, Javier Balmis, su director, la contrató con un sueldo igual al que disfrutaban los varones de su formación y funciones, tres mil reales con destino a su habilitación y un sueldo de quinientos pesos anuales. 

Fue la última expedicionaria que se incorporó al convoy humanitario». Así fue como comenzó su aventura en la corbeta «María Pita» con un Capitán nacido en Somorrostro (Bizkaia), que partió del puerto de La Coruña el 30 de noviembre de 1803. Como enfermera, Isabel Zendal se encargó de cuidar a los niños tanto en tierra como en el mar. «La rectora tenía unas funciones privativas y específicas: cuidar, acompañar, entretener y serenar a los niños durante el viaje». Entre los más pequeños, por cierto, se encontraba su hijo Benito Vélez, que hizo las veces de «receptáculo vivo», como señalaron los medios de comunicación de la época. 
Isabel Zendal, otra enfermera referencial como Florence Nightingale
La coruñesa hizo bien su trabajo, pues recibió los elogios de unos superiores que, en los documentos, la definieron como «abnegada rectora», «madre de los galleguitos» y «mujer de probidad». Tras pasar, entre otras regiones, por Canarias, Puerto Rico, Caracas o México, Isabel Zendal partió en 1805 hacia el Pacífico. 

En ese caso junto a veintiséis niños mexicanos. Tras los últimos viajes, decidió quedarse en México a pasar el resto de sus días. Allí trabajó en un hospicio de Puebla de los Ángeles junto a su pequeño. «Del final de su vida conocemos poco. Lo último que sabemos de ella es que en 1811 continuaba solicitando una pensión de 3 reales mensuales a la que tenía derecho su hijo por ser uno de los niños de número que vino con la vacuna y no se la pagaban las Cajas Reales de Puebla donde se hallaba viviendo. Se desconoce la fecha y el lugar de su muerte».

Isabel Zendal es considerada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la primera enfermera de la historia en misión internacional. Es medio siglo anterior a la británica, aunque nacida en FlorenciaFlorence Nightingale (1820-1910), reconocida como “La dama de la lámpara” que salvó vidas con las matemáticas y fundadora de la enfermería moderna así como la primera teórica de la profesión. 
Entre otras las enfermeras más famosas de la historia pueden citarse a las diez siguientes:

Neurociencia para educar: Acompañar, no controlar

Resumen: Se 
aborda cómo la neurociencia educativa sostiene que educar significa acompañar, no controlar, favoreciendo la autonomía, el pensamiento crítico y la resiliencia en lugar del obedecer mecánico. Esta visión, vinculada con teorías clásicas de parentalismo autoritativo descritas por Diana Baumrind, promueve un equilibrio entre límites claros y respeto emocional, respaldado por hallazgos que destacan la importancia del entorno afectivo y la seguridad emocional para el desarrollo cerebral óptimo. Según la evidencia científica, un enfoque de acompañamiento fortalece la motivación intrínseca y el bienestar del niño.

El Dilema de la Crianza: ¿Somos Carpinteros o Jardineros de la mente?  La tesis central, que resuena con la psicología del desarrollo contemporánea, divide a los progenitores en dos arquetipos fundamentales:  el Carpintero y el Jardinero En la era de la optimización constante, la educación de los hijos se ha convertido, para muchos, en un proyecto de ingeniería de alta precisión. Buscamos el mejor colegio, la actividad extraescolar más disruptiva y el método de disciplina más eficaz, como si estuviéramos ensamblando una pieza de tecnología delicada. Sin embargo, las recientes reflexiones del  Prof. Jiang , popularizadas en plataformas digitales, nos invitan a detenernos y cuestionar la raíz misma de nuestra labor:  ¿Estamos intentando fabricar un producto o cultivar un ser vivo?

Padres Carpinteros: El peso del diseño previo.  El modelo del "Carpintero" es, quizás, el más prevalente en las sociedades competitivas actuales. Este tipo de progenitor opera bajo una premisa clara: el niño es una materia prima que debe ser moldeada según un plano preexistente. El objetivo es la precisión. Si el "producto final" (el adulto) no se ajusta a las especificaciones deseadas —éxito académico, prestigio social, estabilidad emocional rígida—, el Carpintero siente que ha fracasado en su construcción. 

Desde una perspectiva científica, este modelo genera una presión constante tanto en el adulto como en el menor. Al centrarse en el resultado y no en el proceso, se corre el riesgo de asfixiar la plasticidad cerebral del niño. La neurociencia nos indica que el aprendizaje más robusto ocurre a través de la exploración y el error, elementos que el "Carpintero" suele tratar de eliminar para evitar defectos en su obra. El resultado suele ser una fragilidad subyacente: hijos que funcionan bien bajo instrucciones, pero que carecen de la resiliencia necesaria cuando el plano de la vida real deja de encajar.

Padres Jardineros: La creación de un ecosistema Frente a la rigidez de la madera tallada, el Prof. Jiang y teóricos de la talla de Alison Gopnik proponen la figura del Jardinero . Para este tipo de padre, la prioridad no es controlar la forma exacta que tomará la planta, sino garantizar que el suelo sea fértil , que haya suficiente luz y que el entorno esté protegido de tormentas devastadoras, pero expuesto al clima real.

El "Jardinero" no intenta que un rosal se convierta en un roble; su labor es que ese rosal sea la versión más sana y fuerte de sí mismo. En términos educativos, esto se traduce en proporcionar un entorno de seguridad afectiva (apego seguro) que permita al niño tomar riesgos. Aquí, la educación no es una serie de comandos, sino la gestión de un ecosistema donde el niño puede ejercer su autonomía.

Por qué la ciencia se inclina hacia el jardín La biología evolutiva nos ofrece una lección fascinante: la infancia humana es excepcionalmente larga en comparación con otras especies porque nuestro cerebro necesita tiempo para aprender de la imprevisibilidad . Si los padres eliminan toda incertidumbre (como hace el Carpintero), están privando al cerebro en desarrollo de la información necesaria para adaptarse a un mundo cambiante.

El modelo del Jardinero fomenta la auto-determinación. Al no tener un plano rígido que cumplir, el niño desarrolla una motivación intrínseca. No estudia para satisfacer el diseño del padre, sino para entender su propio entorno. Este enfoque reduce significativamente los niveles de cortisol (la hormona del estrés) y promueve una salud mental más sólida a largo plazo, ya que el individuo aprende que su valor no depende de su parecido con un ideal, sino de su capacidad de crecimiento.

Un cambio de paradigma necesario Abrazar la filosofía del Prof. Jiang no significa caer en la permisividad o el abandono. Un jardín descuidado se llena de maleza. La crianza tipo "Jardinero" exige, paradójicamente, más atención y paciencia que la carpintería. Requiere observar, escuchar y ajustar el entorno constantemente, aceptando que, a veces, el clima no estará bajo nuestro control.

En última instancia, la pregunta que el Prof. Jiang lanza a la comunidad educativa es profunda: ¿Queremos hijos que sean estatuas perfectas pero inertes, o seres orgánicos capaces de florecer en cualquier terreno? La respuesta definirá no solo la felicidad de nuestras familias, sino la capacidad de la próxima generación para navegar un futuro que ningún plano actual puede predecir.

En uno de esos vídeos breves que condensan ideas complejas con sorprendente eficacia, el profesor Jiang plantea una distinción aparentemente sencilla: dos tipos de padres. La escena es minimalista, casi esquemática, pero su impacto es profundo porque conecta con décadas de investigación en psicología del desarrollo y educación: no todos los estilos parentales generan los mismos efectos en la autonomía, la motivación y el bienestar emocional de los hijos.

Aunque el vídeo no utiliza terminología académica explícita, lo que muestra se corresponde de manera clara con dos enfoques clásicos: el parentalismo controlador frente al parentalismo orientador o acompañante. Esta dicotomía no pretende juzgar intenciones —la mayoría de los padres desean lo mejor para sus hijos—, sino analizar cómo se ejerce la autoridad y qué consecuencias tiene a largo plazo.

El padre que controla: obediencia sin comprensiónEl primer tipo de padre que muestra el profesor Jiang es aquel que decide por el hijo, marca el camino y exige resultados. Su mensaje implícito es: “Yo sé lo que te conviene”. Este estilo parental se basa en normas rígidas, recompensas externas y castigos, con escaso espacio para el diálogo.

Desde el punto de vista psicológico, este modelo se aproxima al estilo autoritario, descrito por Diana Baumrind en los años sesenta. Sus efectos pueden ser positivos a corto plazo: niños obedientes, organizados, aparentemente exitosos en contextos muy estructurados. Sin embargo, la evidencia empírica es clara respecto a sus riesgos: menor autonomía, mayor ansiedad ante el error y una motivación predominantemente extrínseca.

El hijo aprende a cumplir, pero no necesariamente a comprender. Aprende a responder a la autoridad, pero no a autorregularse. Cuando la figura de control desaparece —en la adolescencia tardía o la vida adulta—, el sistema puede colapsar. “La obediencia no es sinónimo de madurez.

El padre que acompaña: autonomía con responsabilidadEl segundo tipo de padre representado en el vídeo adopta un enfoque radicalmente distinto. No empuja ni arrastra: camina al lado. Plantea preguntas, ofrece orientación y acepta que el hijo experimente, incluso que se equivoque.

Este estilo se corresponde con el parentalismo democrático o autoritativo (no confundir con autoritario), ampliamente respaldado por la investigación psicológica. Combina normas claras con afecto, límites con escucha, exigencia con respeto. Aquí, el mensaje implícito es: “Confío en tu capacidad para aprender”. El objetivo no es el resultado inmediato, sino el desarrollo de competencias internas: pensamiento crítico, toma de decisiones, resiliencia y motivación intrínseca.

Numerosos estudios muestran que los hijos educados bajo este modelo presentan mayor autoestima, mejor ajuste emocional y una relación más sana con el esfuerzo y el fracaso. “Educar no es dirigir cada paso, sino enseñar a caminar”.

Ciencia, no moda educativa. Uno de los grandes aciertos del vídeo del Prof. Jiang es su claridad conceptual. No se trata de una moda pedagógica ni de una dicotomía simplista entre “padres buenos” y “padres malos”. Se trata de modelos mentales sobre qué significa educar. La neurociencia educativa refuerza esta visión: el aprendizaje profundo requiere seguridad emocional, autonomía y sentido. El control excesivo activa circuitos de estrés; el acompañamiento favorece la exploración y la consolidación del aprendizaje.

Desde la teoría de la autodeterminación (Deci y Ryan), sabemos que los seres humanos necesitamos tres cosas para desarrollarnos plenamente: autonomía, competencia y relación. El segundo tipo de padre satisface estas tres necesidades; el primero, habitualmente, solo una: la competencia entendida como rendimiento. 

Un espejo incómodo, pero necesario. El éxito del vídeo en YouTube no se debe solo a su sencillez visual, sino a que actúa como un espejo. Muchos padres se reconocen —a veces con incomodidad— en el primer modelo. Y eso abre una oportunidad: repensar la educación como un proceso, no como un control de resultados.

Educar es caminar al lado, no delante. Educar es aceptar la incertidumbre. Es comprender que proteger no es evitar toda caída, sino estar disponible cuando ocurre. Como sugiere el profesor Jiang, la diferencia entre ambos tipos de padres no está en el amor, sino en la confianza.

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