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Imaginemos por un momento el instante preciso tras una parada cardíaca irreversible. El corazón, ese metrónomo incansable, calla. En la narrativa clínica, ese es el momento de la muerte. Pero para los aproximadamente 37 billones de células que componen el cuerpo humano, la historia no termina ahí. De hecho, acaba de entrar en un nuevo y fascinante capítulo bioquímico. ¿Cómo se enteran estas células, aisladas en sus nichos tisulares, de que el "todo" del que forman parte ha dejado de funcionar? La respuesta es un complejo y escalonado sistema de comunicación que mezcla el silencio de unas señales y el estruendo de otras.
Primer mensajero: El apagón eléctrico. La primera y más inmediata señal no es química, sino física: la cesación del potencial de membrana. Nuestras células, especialmente las neuronas y las musculares, viven en un estado de polarización eléctrica mantenido por bombas de iones (como la Na+/K+ ATPasa) que consumen ATP. Esta polarización es el sustrato de la excitabilidad neuronal, la contracción muscular y, en definitiva, de la función coordinada.
Cuando el corazón se detiene, la circulación se paraliza. Sin sangre, no llega oxígeno a los tejidos. Sin oxígeno, la mitocondria no puede producir ATP mediante la respiración aeróbica. En cuestión de segundos o minutos, según el consumo energético del tejido, las reservas de ATP se agotan. Las bombas iónicas se detienen. El gradiente electroquímico a través de las membranas celulares, cuidadosamente custodiado, se colapsa. Este colapso generalizado —una despolarización masiva— es el primer "aviso" a escala microscópica. Las células "sienten" que su integridad bioeléctrica fundamental se desvanece. En el cerebro, esta despolarización terminal difusa marca el fin de la actividad consciente y coordinada.
Segundo mensajero: La hipoxia y el cambio metabólico. Paralelamente al apagón eléctrico, opera un mensajero químico más sutil pero ubicuo: la hipoxia. La caída dramática en la tensión de oxígeno (pO₂) es detectada por sensores moleculares en prácticamente todas las células, como los factores inducibles por hipoxia (HIF). En vida, estos sistemas activan respuestas adaptativas. En la muerte, su activación sostenida y extrema desencadena programas alternativos. La célula, al no poder realizar la fosforilación oxidativa, recurre a la glucólisis anaeróbica. Esto acidifica rápidamente el medio intracelular y extracelular, cambiando el pH local. Este ambiente ácido es otra señal clara para las células vecinas: algo va profundamente mal.
Tercer y más dramático mensajero: La liberación de "señales de peligro". A medida que la energía falla, los sistemas de mantenimiento celular colapsan. Los iones calcio (Ca²⁺), normalmente secuestrados en el retículo endoplásmico, se liberan al citosol en concentraciones tóxicas. Este calcio activa enzimas destructivas como lipasas, proteasas y nucleasas. Las membranas celulares y mitocondriales comienzan a fallar.
Es aquí donde se emite la señal más explícita. Las mitocondrias dañadas liberan proteínas como el citocromo c, un componente vital de la cadena respiratoria que, en el contexto equivocado, se convierte en un potente activador de la apoptosis (muerte celular programada). Más aún, cuando las membranas se rompen, se liberan al espacio extracelular moléculas que nunca deberían estar allí: el ATP intracelular (ahora en el exterior), fragmentos de ADN, y proteínas de estrés. Para las células inmunitarias aún viables (como los macrófagos residentes en tejidos), estas moléculas actúan como Patrones Moleculares Asociados a Daño (DAMPs). Son la bandera química que clama: "¡Hay daño masivo y descontrolado!".
En un organismo vivo, esta señal reclamaría una respuesta inflamatoria reparadora. En un organismo muerto, marca el inicio del proceso de autólisis (autodigestión) y, posteriormente, de descomposición. Las células no reciben una "notificación" elegante de la muerte del organismo. Más bien, perciben el cese abrupto de las señales de vida (oxígeno, gradientes electroquímicos, ATP) y, simultáneamente, la avalancha de señales de caos y daño irreversible (despolarización, acidificación, DAMPs).
La ética de la frontera y el reloj biológico. Este proceso no es instantáneo ni uniforme. Algunas células, como los queratinocitos de la piel o los osteocitos del hueso, pueden mantener cierta viabilidad durante horas o incluso días. Esta asincronía en la muerte celular tiene profundas implicaciones éticas y médicas. Es la base científica de los plazos viables para la donación de órganos, donde tejidos como córneas, válvulas cardíacas o huesos pueden ser extraídos horas después de la muerte declarada porque sus células aún "viven" a nivel metabólico básico.
Comprender esta cascada thanato signaling (de Thanatos, la muerte en griego) no es solo una curiosidad mórbida. Ilustra un principio fundamental de la biología: la vida es un fenómeno emergentista, que depende de una comunicación constante y de un flujo de energía. La muerte, a nivel celular, es la lenta y desordenada desconexión de esa red de información. Nos recuerda que no somos un conjunto de piezas, sino una conversación electroquímica sostenida en el tiempo. Cuando la conversación se detiene, cada célula, tarde o temprano, se da cuenta del silencio.
La muerte como proceso, no como interruptor. En definitiva, las células no reciben una notificación de defunción. Lo que experimentan es la pérdida progresiva de energía, orden y comunicación. La vida se apaga como una ciudad tras un gran apagón: primero cesan los servicios centrales, luego los barrios, y finalmente cada edificio queda a oscuras. La ciencia contemporánea nos recuerda así que morir no es pulsar un interruptor, sino atravesar un proceso complejo, silencioso y profundamente biológico. Morir no es un momento, es un proceso: esto es lo que la biología nos revela sobre el final de la vida.
Ejemplo silencioso: abuelos, nietos y verano
Hay una pedagogía que no se enseña en ningún manual y que, sin embargo, resulta más eficaz que cualquier discurso bienintencionado: la que ejercen los abuelos simplemente viviendo delante de sus nietos. Cuando la diferencia de edad entre los menores abarca de los ocho a los dieciséis años, el reto no es transmitir un mensaje único, sino sostener una coherencia que cada uno pueda interpretar desde su propio estadio de desarrollo. Una breve estancia veraniega en una casa costera ofrece, en este sentido, un laboratorio privilegiado.
El primer aprendizaje, acaso el más sutil, es el del tiempo. A los setenta años, liberados ya de la tiranía productiva que organiza la vida adulta, los abuelos pueden mostrar —no explicar, mostrar— que existe un ritmo distinto al de la inmediatez digital. Un paseo sin destino fijo, una sobremesa que se prolonga sin que nadie mire el reloj, una tarde dedicada a observar el mar: estos gestos comunican, sin pronunciar palabra, que el tiempo lento no es tiempo perdido. Para el nieto de dieciséis años, probablemente el más expuesto a la aceleración contemporánea, este contraste puede operar como una grieta por la que se cuela una intuición valiosa: la de que la calma también es una forma de inteligencia.
El segundo eje es el cuidado del entorno natural, especialmente pertinente en un contexto costero. Enseñar a no dejar rastro en la playa, a reconocer mareas, a respetar la fauna marina, conecta de manera natural con una sensibilidad ecológica que hoy resulta más urgente que nunca. Lo interesante es que este aprendizaje se despliega en distintos registros según la edad: para el más pequeño es juego y asombro; para el de doce años, conocimiento que empieza a articularse en categorías; para el mayor, una posible puerta hacia una conciencia ambiental más amplia y políticamente informada.
Pero quizá el ejemplo más perdurable —y el que la psicología del desarrollo y la sociología de la memoria familiar coinciden en señalar como decisivo— es la transmisión narrativa. Contar la propia infancia, la juventud, los errores y los aciertos, no como sermón sino como relato genuino, deja una huella que ningún consejo directo logra igualar. Los nietos rara vez recuerdan lo que se les ordenó hacer; sí recuerdan, en cambio, las historias escuchadas mientras se pelaba fruta en la cocina o se jugaba una partida de cartas en el porche. Esa narrativa oral, casi artesanal, es quizá la forma más antigua de educación que existe, y el verano —con su disponibilidad de tiempo compartido— es su escenario natural.
Finalmente, está la coherencia en lo cotidiano: el trato hacia un vecino, la manera de resolver un imprevisto sin perder la serenidad, la gratitud expresada ante lo simple. Son gestos que no buscan ser pedagógicos y que, precisamente por eso, lo son más que cualquier intento deliberado de educar. Si hay una conclusión posible, es esta: el mejor ejemplo que pueden dar unos abuelos no es un mensaje, sino una presencia. No se trata de qué se dice, sino de cómo se vive delante de quien observa. Y los nietos, a cualquier edad, observan siempre más de lo que parece.
El monje que vendió su Ferrari: Fábula del éxito personal
Hace tiempo teníamos un borrador de este libro clásico de autoayuda, El monje que vendió su Ferrari: cuando el éxito exterior no basta. Hay libros que no se leen tanto como se atraviesan, y "El monje que vendió su Ferrari" (1996), de Robin S. Sharma, pertenece a esa categoría de fábulas contemporáneas que buscan menos la sofisticación literaria que la eficacia terapéutica.
Su protagonista, Julian Mantle, es un abogado de éxito fulminante —mansión, coche deportivo, honorarios desorbitados— que se derrumba, literalmente, en pleno tribunal, víctima de un infarto que funciona como umbral simbólico entre dos vidas posibles. A partir de ahí, Sharma construye una narración de raíz clásica: el héroe abandona su mundo conocido, viaja a un territorio remoto —el Himalaya, poblado por los sabios de Sivana— y regresa transformado para transmitir lo aprendido. Es, en esencia, el viaje del héroe de Joseph Campbell trasladado al lenguaje del management y la autoayuda de finales del siglo XX.
El libro se sostiene sobre siete virtudes o "pilares de la sabiduría" —el dominio de la mente, el propósito definido, la disciplina, el tiempo, el servicio desinteresado, la simplicidad y el presente— que Sharma dramatiza a través de metáforas fáciles de recordar: el jardín como símbolo de la mente que hay que cultivar, el faro como imagen de un propósito claro, el reloj de arena como recordatorio de que el tiempo es el único capital irrecuperable. Esta arquitectura mnemotécnica explica en buena medida su éxito comercial: más de tres millones de ejemplares vendidos y traducciones a medio centenar de idiomas convierten a esta fábula en uno de los fenómenos editoriales del género de autoayuda contemporáneo.
Conviene, sin embargo, leer el libro con la distancia crítica que merece cualquier texto de este tipo. Su estructura dicotómica —Occidente frente a Oriente, materialismo frente a espiritualidad, prisa frente a contemplación— simplifica tensiones que la tradición filosófica ha tratado con mayor matiz. Ortega y Gasson recordaba que "yo soy yo y mi circunstancia", y esa circunstancia no siempre permite el retiro purificador que Sharma propone como solución universal: no todos disponen de los recursos, el tiempo o el privilegio de vender el Ferrari, precisamente porque no todos han tenido uno. Unamuno, por su parte, entendía el sentimiento trágico de la vida no como algo que se resuelve mediante fórmulas de autoayuda, sino como una tensión permanente entre razón y fe, entre finitud y anhelo de eternidad, que ninguna fábula de sabios himalayos disuelve del todo.
Aun así, sería injusto despachar el libro como mera literatura de aeropuerto. Su mensaje central —que la vida contemplativa y la vida activa no son necesariamente incompatibles, que el éxito medido en posesiones puede convivir con un vacío interior profundo— conecta con una tradición filosófica mucho más antigua, de Spinoza a los estoicos, que distinguía entre bienes verdaderos y bienes aparentes. Leído así, como puerta de entrada popular a preguntas que la filosofía lleva siglos formulando, el libro cumple una función legítima: introduce a millones de lectores en la posibilidad de examinar su propia vida, aunque sea con herramientas conceptuales modestas.
Para el lector que llega desde la filosofía o la literatura, "El monje que vendió su Ferrari" funciona mejor como síntoma cultural que como sistema de pensamiento: revela una época obsesionada con la aceleración, el rendimiento y el agotamiento, y el hambre consiguiente de relatos que prometan una salida sencilla. Su valor pedagógico —especialmente en contextos de educación emocional— es innegable; su profundidad filosófica, más discutible. Como toda fábula, simplifica para enseñar. La tarea del lector maduro es tomar la enseñanza sin renunciar a la complejidad de la vida real que la fábula, por necesidad, deja fuera.
Robin S. Sharma nació el 16 de junio de 1964 en Port Hawkesbury, Canadá. Se licenció en derecho en la Universidad de Dalhousie y ejerció durante algunos años como profesor de derecho antes de continuar su carrera como abogado litigante. Dejó esa profesión a los veinticinco años, una experiencia personal que se convirtió en el germen de su obra más célebre.
"El monje que vendió su Ferrari" fue inicialmente autopublicado; su éxito llegó cuando Sharma coincidió por casualidad con Ed Carson, expresidente de HarperCollins, editorial que supo promocionar el libro hasta convertirlo en un fenómeno global. Publicado en el año 2000 por HarperCollins, ha vendido más de tres millones de copias hasta 2013 y ha sido traducido a 51 idiomas diferentes, lo que llevó a Sharma a abandonar la abogacía para dedicarse por completo a la escritura.
Desde entonces se ha consolidado como uno de los conferenciantes y expertos en liderazgo más reconocidos internacionalmente. Ha sido reconocido como el segundo mejor experto en liderazgo por una publicación independiente y dirige Sharma Leadership International Inc., firma de formación en liderazgo cuyos clientes han incluido a GE, Nike, FedEx, NASA, Unilever, Microsoft e IBM. Es autor de una veintena larga de libros, entre ellos "El club de las 5 de la mañana" y "El líder que no tenía cargo", y suele resumir su filosofía en la máxima "lidera sin título", que resume su convicción de que el liderazgo es una actitud personal antes que un cargo jerárquico. Actualmente reside en Toronto.
Resumen: Siete virtudes para una vida simple: releer a Robin Sharma hoy. Del bufete al Himalaya: el viaje interior de un abogado agotado. ¿Autoayuda o filosofía práctica? Una metáfora sobre el tiempo que no recuperamos. El libro que vendió tres millones de copias hablando de vacío interior.
"¿De qué sirve ganarlo todo si perdemos el tiempo, la paz o el propósito? 'El monje que vendió su Ferrari' plantea preguntas viejas con un lenguaje nuevo. Analizamos sus luces y sus sombras en el blog. 🚗➡️🏔️" https://t.co/RXbk5EX8XU
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 20, 2026
"Zertarako balio du dena irabaztea denbora,… pic.twitter.com/jUSzXAyupE
@ygarciacorpas La técnica de la rosa. (El monje que vendió se Ferrari) #crecimientopersonal #crecimientoespiritual #yosvanygarcia #crecimiento ♬ sonido original - YGarciaCorpas
(R)Evolución energética
HAMAR entrevista a Gorka Urtaran y Álvaro Iturritxa
Gorka Urtaran (blog.gorkaurtaran.com) captó nuestra atención previa por su iniciativa de generar unos encuentros denominados GorKafe (gorkafe.com) para reunir personas que aportasen ideas para gestionar el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, para el que se presenta como alcaldable por EAJ-PNV. Solicitamos participar en alguno de ellos, pero finalmente preferimos un espacio propio para una entrevista según el formato que estamos creando en HAMAR, nuestro colectivo de bloggers que escriben sobre política vasca.
Mediante las oportunas gestiones con Vale Tena (asesor del Grupo Municipal de EAJ-PNV en Gasteiz), nos han recibido el tándem formado por Gorka Urtaran y Álvaro Iturritxa, un doblete joven donde se complementa la frescura de Gorka Urtaran con la acreditada experiencia de Álvaro Iturritxa. Nos ha recordado, de nuestra memoria vitoriana en la época de "Tecnología y Educación", el equipo cuyo buen hacer conocimos y que marcó una impronta imborrable en todos los ámbitos de Vitoria-Gasteiz compuesto María Jesús Agirre (madre de Gorka ) y José Ángel Cuerda.
Recomendamos visionar los vídeos adjuntados, donde se repasan temas variados como la visión que su ciudad proyectada hacia el futuro, junto al reconocimiento de cierto descrédito de la clase política (que tratarán de enmendar con más transparencia y una democracia participativa sin dejar de ser representativa), la recomendación conocer mejor toda la oferta turística y cultural de la capital administrativa de la CAPV (incluido el ocio nocturno) o la visión más políRica de otras formaciones políticas.
El perfil público de Gorka Urtaran en LinkedIn anuncia que, actualmente, es Juntero en Juntas Generales de Álava y funcionario en el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz. Álvaro Iturritxa, aparte de su faceta profesional, tiene menos desarrollada su identidad digital. Ambos apuestan por abrir también estas vías de comunicación con sus conciudadanos y mantener una presencia activa de escucha y conversación por estas vías digitales, una vez asuman las responsabilidades municipales que les otorguen las urnas.
Hemos grabado en euskara la parte final de la entrevista con Gorka Urtaran. En conjunto, y como una impresión inicial nos hemos sentido muy cómodos en la reunión, y creemos que estos políticos también (una vez que se ha roto el hielo). Como percepción general, tras la reunión y cuando la noche caía sobre la Plaza de la Virgen Blanca (foto), los tres HAMAR kideok hemos coincidido en valorar positivamente cierto distendimiento del modo de protagonizar la política, valorando el servicio a la comunidad, desde su perfecto conocimiento y con una cercanía a sus diversas realidades e, incluso, comprendiendo la trascendencia del complejo equipo administrativo (en definitiva de los funcionarios cuya defensa han asumido, la "sangre de la administración", pero -eso sí- sin retirar el reloj de control ;-).
A quienes creemos en la políRica (política lírica) nos interesaba especialmente reunirnos con candidaturas como ésta, fruto de un plan B de la cúpula territorial política al no poder seguirse los habituales y trillados cauces de continuidad que los aparatos pre-cocinan. Creemos que el resultado es mejor cuando se abren las opciones y se reactivan los capitales humanos que todos los partidos contienen y que no siempre descubren.
Muchas preguntas se quedaron en el tintero, y especialmente alguna sobre cómo valoraban las varias reuniones mantenidos con la fórmula del GorKafe, aunque sí comprobamos la destreza adquirida por Álvaro Iturritxa y Vale Tena con la tecnocafetera de Nespresso, cuya calidad de producto es apreciable.
Link en el wiki de HAMAR. Crónica con grabación (completa en castellano y en euskara, y otros vídeos parciales en alta definición (HD), 1º, 2º, 3º y 4º en castellano y uno en euskara) y el álbum de fotos. Las otras crónicas de Noemí Pastor y de Idoia Llano.

Desde HAMAR aceptamos invitaciones de todos los partidos a entrevistar a sus candidaturas a Diputaciones Forales y a Alcaldías (véase el modo de contactar).
La ilusión del tiempo: El enigma temporal visto por la física
Alberto Casas, físico teórico español e investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Instituto de Física Teórica (IFT) UAM-CSIC, nos invita en “La ilusión del tiempo” a cuestionar una de las certezas más arraigadas de nuestra existencia: la naturaleza del tiempo. Doctor en Física Teórica por la Universidad Autónoma de Madrid, Casas ha dedicado su carrera al estudio de la física de partículas elementales y la cosmología, campos que lo han situado en la vanguardia de la divulgación científica en España. Su capacidad para transformar conceptos complejos en narrativas accesibles lo ha convertido en un referente para quienes buscan comprender los enigmas fundamentales del universo.
“La ilusión del tiempo” no es simplemente otro libro de divulgación científica; es una exploración profunda y rigurosa que nos lleva desde nuestra experiencia cotidiana del tiempo hasta las fronteras más abstractas de la física moderna. Casas construye su argumento con la meticulosidad de un físico y la claridad de un maestro, guiándonos a través de siglos de pensamiento científico y filosófico.
El libro comienza desmontando nuestras intuiciones sobre el tiempo. Esa sensación de que el pasado es inmutable, el presente fugaz y el futuro abierto a posibilidades, resulta ser mucho más problemática de lo que imaginamos. A través de las teorías de Newton, Einstein y la mecánica cuántica, Casas demuestra cómo la ciencia ha ido erosionando progresivamente nuestra comprensión intuitiva del tiempo.
La obra se adentra en la relatividad especial y general, explicando cómo el tiempo no es absoluto sino relativo al observador, cómo puede dilatarse o contraerse según la velocidad y la gravedad. Más perturbador aún, nos muestra cómo, desde la perspectiva de las ecuaciones fundamentales de la física, no existe una dirección privilegiada del tiempo. Las leyes microscópicas son simétricas temporalmente: funcionan igual hacia adelante que hacia atrás.
Uno de los aspectos más fascinantes que aborda Alberto Casas es la aparente contradicción entre la reversibilidad temporal de las leyes fundamentales y nuestra experiencia del tiempo como unidireccional. ¿Por qué envejecemos? ¿Por qué recordamos el pasado pero no el futuro? La respuesta, nos explica, reside en la termodinámica y el concepto de entropía. El tiempo, tal como lo experimentamos, emerge de procesos estadísticos y del aumento constante del desorden en el universo.
El autor también explora territorios más especulativos pero igualmente rigurosos: la naturaleza del “ahora”, la posibilidad de que el tiempo sea una ilusión emergente de algo más fundamental, y las implicaciones de la mecánica cuántica para nuestra comprensión temporal. ¿Es el universo un bloque tetradimensional donde pasado, presente y futuro coexisten eternamente? ¿O el tiempo posee alguna característica fundamental que aún no comprendemos?
Resumen de algunas ideas destacadas: No existe un presente único e inmutable: la relatividad relativiza la simultaneidad. La flecha del tiempo está ligada al aumento de entropía; eso explica por qué recordamos el pasado y no el futuro. La mecánica cuántica introduce indeterminación que complica cualquier imagen determinista simple del tiempo. Interpretaciones como la de «muchos mundos» o la idea de bloques espacio-temporales aparecen como herramientas conceptuales, no como certezas empíricas.
Dos citas: “El tiempo no es una ilusión, pero la manera en que lo percibimos sí lo es.” “La sensación de que el pasado ya ocurrió y el futuro está abierto puede ser una ilusión debida al incremento de entropía.”
Lo que distingue “La ilusión del tiempo” es su capacidad para conectar la física con cuestiones filosóficas profundas. Casas no rehúye las implicaciones de sus explicaciones científicas para conceptos como el libre albedrío, la consciencia y el significado de nuestra existencia. Sin caer en la especulación gratuita, el autor mantiene un delicado equilibrio entre el rigor científico y la reflexión humanística.
El libro resulta accesible para lectores sin formación científica avanzada, aunque demanda atención y disposición para enfrentar ideas contraintuitivas. Casas utiliza analogías efectivas y ejemplos cotidianos que iluminan conceptos abstractos sin simplificarlos en exceso. Su prosa es clara, directa y ocasionalmente impregnada de un humor sutil que alivia la densidad conceptual.
“La ilusión del tiempo” pertenece a esa categoría especial de libros que modifican permanentemente nuestra forma de ver el mundo. Después de leerlo, es imposible mirar un reloj con la misma inocencia. Nos deja con más preguntas que respuestas, pero son preguntas más profundas, más interesantes, más cercanas al corazón del misterio de la existencia.
Este ensayo es perfecto para lectores de divulgación científica con interés por la física fundamental, la filosofía de la ciencia y la cosmología. También resulta útil para profesores y estudiantes de ciencias y humanidades que quieran un puente entre formalismo físico y consecuencias conceptuales sobre la realidad y la conciencia.
Alberto Casas logra lo que todo gran divulgador aspira: no solo transmitir conocimiento, sino despertar asombro. En una época donde el tiempo parece acelerarse paradójicamente mientras lo medimos con precisión nanoscópica, este libro nos recuerda que los misterios más profundos a menudo se esconden en aquello que damos por sentado.
“La ilusión del tiempo” aporta claridad a un asunto que suele oscurecerse por jergas y paradojas. Casas no promete respuestas definitivas —la física aún busca la reconciliación entre relatividad y mecánica cuántica—, pero sí ofrece un mapa valioso para entender por qué la percepción temporal es un problema científico y filosófico vivo.
Alberto Casas, físico: “El libre albedrío es una ilusión creada por nuestro cerebro. Todo lo que va a suceder está ya escrito” https://t.co/tANALFlk4P vía @el_pais El científico publica ‘La ilusión del tiempo’, un viaje por las disciplinas que abordan una esquiva “coordenada…
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) November 3, 2025
El Muelle de Hierro en Portugalete
El Muelle de Hierro en Portugalete es una obra esencial para el desarrollo de Bilbao y de Bizkaia. Antiguamente, para arribar al puerto de Portugalete o remontar la ría, las embarcaciones debían salvar un potente banco de arena que cegaba la desembocadura del Nervión. Fue el ingeniero Evaristo Churruca quién se encargó de realizar un estudio sobre la desembocadura del Nervión para después llevarlo a la práctica con la construcción de un muelle y un rompeolas, que resultaron ser la solución definitiva a un problema que había existido durante siglos. Esta obra contribuyó a impulsar el desarrollo industrial de Bizkaia, en tres sectores: el de la construcción naval, el de la industria siderúrgica, y el del movimiento portuario. A los veinte años de haber comenzado Churruca su obra, Bilbao era ya el segundo puerto comercial de España, después de Barcelona (texto de Wikimapia). El Muelle de Hierro tenía una longitud de 800 metros, de los cuales, 600 estaban construidos en armazón de hierro y los 200 restantes en piedra. Estaba formado por los siguientes elementos : armazón de hierro sobre pilotes de rosca, basamento de escollera entre dichos pilotes y un macizo de hormigón descansando sobre la escollera.
Fallos del Asus Eee PC 701 4G
Tras unos meses de utilización casi diaria del Eee PC 701, el original con S.O. Xandros (una variante de Linux), ha llegado la hora de evaluarlo más críticamente, aunque sigue siendo un equipo válido para multitud de ocasiones. Como complemento a mi primer análisis a fondo, he aquí mi principales quejas debidamente matizadas:- La pantalla se queda un poco corta. Quizá bastaría pasar de 7" a 9", y la resolución en anchura igualar o superar los 1.024 pixeles. Resulta molesto el necesario scroll lateral, con demasiada frecuencia.
- La 512 MB de memoria RAM se queda muy al límite, y convendría duplicarla... al menos. Sin embargo, la memoria flash de 4G me parece suficiente, porque todo debe estar ubicado y guardado en Internet. Y, menos aún, tampoco necesito un ruidoso y pesado minidisco duro.
- El microprocesador no es capaz de reproducir sincronizadamente vídeo y audio en muchos servidores de YouTube,... aunque sí permite ver películas DIVX en pendrive... y mejor si está conectado a la red eléctrica.
- La batería con la que lo suministraron en el primer momento en MediaMarkt de 4.400 mAh es demasiado limitada usando wifi, lo que es imprescindible casi siempre.
- Una cierta tendencia a voltearse hacia atrás, por pesar casi tanto la zona de la pantalla como la del teclado.
Algunos otros problemas derivados de Xandros (y no me recomienden cambios a otros Linux, porque soy un usuario que no me entretienen esas tareas... continuas):
- Reloj y calendario no sincronizados por conexión permanente a Internet (o yo no he encontrado la aplicación, que tampoco viene instalada de origen).
- El navegador específico, pieza esencial del software y una variante de Firefox antiguo, NO es actualizable (esa opción está desactivada en la ayuda).
Marcha Radetzky: compás que aplaude su propia contradicción
Repasaremos el álbum musical que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts). Cada 1 de enero, cuando el reloj del Musikverein vienés marca el final del Concierto de Año Nuevo, miles de espectadores en todo el mundo comienzan a batir palmas al compás de una pieza que dura apenas dos minutos y medio. Pocos de ellos —quizá ni siquiera los japoneses que la corean con más entusiasmo, como se ha señalado con cierta ironía— se detienen a pensar en lo que están celebrando. La Marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss padre en 1848 en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, es mucho más que un bis festivo: es un artefacto sonoro donde se condensan las tensiones no resueltas de un imperio y, por extensión, de toda modernidad que celebra sin memoria.
El contexto de su composición resulta decisivo (otros posts). El 31 de agosto de 1848 se celebró una fiesta en el Wasserglacis de Viena, y Strauss padre recibió el encargo de contribuir con una composición, justo en el año revolucionario que sacudía Europa entera. Strauss se posicionó claramente del lado de los leales al emperador, en contraste con su propio hijo, que simpatizaba con los revolucionarios. Ese enfrentamiento doméstico —padre e hijo en bandos opuestos de la historia— anticipa ya el destino ambiguo de la pieza. Radetzky había derrotado al ejército sardo en la batalla de Custozza el 25 de julio de 1848, a la edad de 81 años, consolidando el poder austríaco en el norte de Italia y fortaleciendo a las fuerzas conservadoras frente a los levantamientos liberales surgidos tras la Revolución de Marzo.
Aquí reside la paradoja que interesa a cualquier lector atento a la relación entre estética y poder: la marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austríaco, pero cuando Radetzky tomó parte después en la represión del movimiento revolucionario en el propio territorio austríaco, la pieza pasó a ser vista como símbolo reaccionario. Strauss padre, recordemos, no era ajeno a la polémica: sus propios compatriotas llegaron a llamarle traidor por su fidelidad a la Corona. Componer para el poder, incluso en clave puramente festiva, nunca ha sido un gesto neutral.
Esta ambivalencia encontró su traducción literaria más lúcida en Joseph Roth, cuyo título de 1932 tomó prestado el nombre de la pieza. La marcha Radetzky de Roth narra el declive y la caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de la familia Trotta, y no es casual que exista un paralelismo entre las vicisitudes de esa familia y las que padeció la propia marcha, expresión primero del nacionalismo austríaco y después símbolo reaccionario. La música, convertida en metáfora narrativa, se transforma en el eco melancólico de un mundo que se sabe condenado incluso mientras baila.
Cabe además una reflexión sobre la memoria histórica selectiva del propio ritual navideño-vienés. El Concierto de Año Nuevo se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939, por iniciativa del entonces ministro de Propaganda del régimen nazi, aunque la Radetzky no se sumó al programa hasta después de la guerra. Que una pieza nacida de la represión de 1848 se instalara en un concierto de origen tan comprometido añade una capa más de sedimento histórico bajo los aplausos.
Musicalmente, la marcha no es un artefacto tan original como su fama sugiere: Strauss ya había empleado el tema en su Jubel-Quadrille, y su ritmo guarda un notable parecido con el segundo tema del Allegro de la Sinfonía n.º 100 de Haydn. Aun así, su poder de convocatoria —ese aplauso colectivo, casi litúrgico, que Gustavo Dudamel u otros directores invitan a compartir— revela algo profundamente humano: la necesidad de ritual compartido, incluso cuando el ritual celebra, sin saberlo del todo, las cicatrices no cerradas de la propia historia.
Resumen: Strauss padre, Radetzky y el vals contra la revolución de 1848. Cómo una marcha militar se volvió símbolo reaccionario en Viena. Joseph Roth y la melancolía del imperio en la Marcha Radetzky. El aplauso ritual del Concierto de Año Nuevo y su origen incómodo. Padre contra hijo: Strauss y las dos caras de 1848. La marcha que celebra una represión sin que el público lo sepa. El himno no oficial de Austria y su pasado contradictorio.
🎼 ¿Por qué millones de personas aplauden cada 1 de enero la Marcha Radetzky? https://t.co/v2OaSO3gM8 Mucho más que un brillante final del Concierto de Año Nuevo de Viena, esta obra de Johann Strauss padre resume casi dos siglos de historia europea, tradición, controversia y… pic.twitter.com/wkbOiEINZ5
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 18, 2026
Cómo frenar el tiempo con la Ley de Paul Janet
Conviene situar al autor de esta idea. Paul Alexandre René Janet nació y murió en París, entre 1823 y 1899, y fue una de las figuras centrales del espiritualismo francés, la corriente idealista que dominó la filosofía académica del país durante buena parte del siglo XIX. Formado en la École Normale Supérieure bajo la tutela de Victor Cousin, y a través de él heredero de ciertos ecos hegelianos, enseñó filosofía moral en Bourges y Estrasburgo, lógica en el liceo Louis-le-Grand y ocupó desde 1864 la cátedra de filosofía de la Sorbona, además de ser miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Entre su obra destacan La familia, El materialismo contemporáneo —una crítica al reduccionismo biológico del doctor Büchner— y Los maestros del pensamiento moderno. Fue, además, maestro de un joven Henri Bergson, que acabaría construyendo, en las antípodas de su profesor, una filosofía del tiempo vivido, la durée, irreductible a cualquier medida o proporción aritmética: donde Janet cuantifica, Bergson insiste en que el tiempo interior no se deja trocear.
Conviene también no confundirlo con su sobrino, Pierre Janet, el psiquiatra que unas décadas después sentaría las bases de la psicología dinámica y del estudio de la disociación. Tío y sobrino comparten apellido y un interés común por la vida interior, pero pertenecen a generaciones y disciplinas distintas: uno filósofo de gabinete, el otro clínico de hospital.
La idea de Janet no quedó confinada a la filosofía académica. William James la recogió en 1890 en sus Principios de psicología, y desde entonces la investigación empírica —cuestionarios generacionales, experimentos de estimación de intervalos— ha corroborado que las personas mayores tienden a subestimar la duración de los lapsos breves respecto a los jóvenes. Otros autores, como Paul Fraisse, matizarían después que la densidad de novedad y atención también modula esa sensación: los días cargados de experiencias nuevas se recuerdan más largos, mientras que la rutina los comprime.
Ahí reside, quizá, la lección más útil para quien se ocupa de la felicidad y la educación: si el tiempo se dilata con la novedad y se contrae con la repetición, cultivar el aprendizaje, la curiosidad y la atención a lo largo de la vida no es solo una virtud pedagógica, sino una forma modesta de resistencia frente a la aceleración que Janet describió. Como intuyó Ortega y Gasset, vivir bien exige no dejar de interrogar la propia circunstancia; frente al tiempo que se acelera, la respuesta filosófica más antigua sigue siendo la más eficaz: prestar atención.
@hondondelosfrailes El filósofo francés Paul Janet propuso en el siglo XIX la teoría proporcional del tiempo, también conocida como la ley de Janet. Esta idea explica que percibimos el paso de los años de forma relativa: cada nuevo año representa una fracción cada vez más pequeña de nuestra vida total ya vivida... #tiempo #laleydejanet #pauljanet #france #viral ♬ sonido original - Alberto Perez
Tareas pendientes...
La ajetreada vida real, esa que acontece fuera de Internet, nos ha impedido cumplir algunos compromisos prometidos y que esperamos entregar apurando plazos... Iñaki Murua, y HeziBerri contarán con nuestras reflexiones que hemos ido acumulando (más en la cabeza que en otros soportes... más fiables y perdurables). Y un artículo sobre "política lírica" está en el tintero,... pero hay que escribirlo (¡qué pereza como en aquellos remotos tiempos de exámenes y de oposiciones que te lo sabías todo, pero había que escribirlo para probarlo!) [¡Tarea cumplida!]. Así mismo, por Twitter y Plurk (ver hilo) me comprometí a redactar un post largo bajo el epígrafe siguiente: "Peter Pan se toma un respiro...". También llevamos muy adelantada la lectura de "Cuentos para gente impaciente" de Javier de Ríos Briz, que nos contactó por Twitter (¿o fué Plurk?), pero hemos ido degustando relato a relato sus narraciones con deleite y sin prisas [¡Tarea cumplida!]. La vida real y un entorno como el de la foto no dejan mucho tiempo para la lectura, ni para la escritura... Lo cierto es que llegan las 24:00 y ningún post escrito. Pero queda la madrugada y retrasar el reloj de Blogger para improvisar algo como esto: las deudas blogosféricas sin pagar. Los paseos, las amistades, las lecturas y las tertulias se concentran en verano. Ya llegará el otoño,...
Pasamos al Apple iPhone 13 Pro Max
Durante años defendimos que las tabletas mejor que sean iPad (lo seguimos creyendo y hemos tenido casi todos los modelos desde el iPad primero de 2010), pero los móviles Android. De hecho, con esta novedad, en nuevo Apple iPhone 13 Pro Max es solamente nuestro tercer iPhone: Tuvimos un iPhone 4 en verano de 2011, nuestro aún valioso iPhone 7 Plus desde diciembre de 2016 y ahora renovamos con el iPhone 13 Pro Max.
Llevamos unos días de uso y, tras este salto de casi 6 años de evolución, lo mejor es:
- La alta calidad de las fotos y vídeos.
- Las tres cámara, con Super Gran Angular 0.5 y TeleObjetivo 3.0, con 5.7mm f/1.5.
- Modo retrato con efecto bokeh avanzado y Control de Profundidad, incluso en la cámara frontal.
- El sensor LIDAR de láser pulsado para usar en aplicaciones de realidad aumentada (AR), mejorar la precisión de la distancia y la medición, generar sorprendentes modelo 3D,...
- El paso a 5G y el salto de microprocesador y en tamaño y calidad la pantalla OLED hasta 6,7" (antes, 5,5").
- La recarga inalámbrica con el recomendable MagSafe Charger.
- El reconocimiento Face ID, aunque con la mascarilla puede ser un inconveniente.
- La facilidad de traspaso de APPs y cuentas, aunque aún estamos sin conectar lo más sensible.
- Incontables mejoras desde un equipo con años y el actual, tales como el hotspot para tethering que le costaba conectarse con el Tesla, la cámara frontal que se nos había "enrarecido" por el uso de líquidos limpiadores,...
- El precio desorbitado, 1.379€ del Apple iPhone 13 Pro Max con 256 GB. Es cierto que un móvil actual cumple las funciones de cámara, reloj, agenda, ordenador,... pero, a cambio, cuesta la suma de todos aquellos apartaos.
- El conector Lightning que aún no ha sido transformado en un USB C para transferencia rápida de archivo, carga acelerada,...
- El peso que ha subido a 238 gr desde los 188 gr anteriores, si bien las dimensiones externas son muy parecidas.

Se pospone 80eDays, tercera Vuelta al mundo en 80 días y coches eléctricos
Se acercaban las fechas de inicio de esta Tercera Edición de 80eDays desde Barcelona, 11-7-2020, y de paso por Bilbao, 16-7-2020. Este pasado domingo el organizador junto con los equipos participantes inscritos, han decidido no iniciar el viaje el 11.7.2020 sino encontrar otra fecha mejor. Se ha barajado como una posibilidad preferente iniciar esta travesía planetaria en Junio 2021.
El argumento más decisivo para retrasar esta Vuelta sostenible al Mundo en 80 días ha sido que las fronteras de Canadá, EEUU, Rusia y Ucrania estarán cerradas, al menos hasta Septiembre 2020. Siendo así, que los vehículos (muchos de la marca Tesla, como fueron todos los anteriores) quedarían bloqueados en Europa.
Hashtag: #80eDays.




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