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Turistas o viajeros: no consumir lugares sino comprenderlos

Este es un tema recurrente en este blog, diferenciando viajero de turista: qué distingue a quien compra turismo de quien viaja para aprender. Nosotros hemos viajado bastante, nunca compulsivamente, y siempre con alguna razón: por trabajo, visitar familia o para mejorar un idioma. Hemos preferido países donde conociéramos su lengua, para practicarla. Frente a esta realidad, cada verano vemos que se repite la escena. Ante la fachada de una catedral, doscientas personas levantan el teléfono con el brazo extendido, apuntan tres segundos al monumento y bajan la vista para comprobar cómo ha salido. Nadie ha leído el tímpano; casi nadie sabría decir qué se habla en la calle de al lado. 

¿Cuándo dejó el viaje de ser una forma de saber para convertirse en una obligación de calendario? La escala es enorme: UN Tourism calcula que en 2025 se registraron 1.520 millones de llegadas internacionales, casi sesenta millones más que en 2024. 

Veinticinco siglos de preguntas con maleta. Heródoto recorrió en el siglo V a. C. buena parte del Mediterráneo oriental interrogando a sacerdotes, marinos y comerciantes. Llamó historía a su oficio, y la palabra significaba exactamente eso: indagación. Hacia el año 629, el monje chino Xuanzang salió hacia la India en busca de textos budistas, aprendió sánscrito por el camino y regresó en 645 con su cargamento de manuscritos. Ibn Battuta partió de Tánger a los veintiún años para peregrinar a La Meca; entre 1325 y 1354 cubrió unos 120.000 kilómetros, y trabajó como juez en Delhi durante ocho años. Su libro se llama sencillamente Rihla, «el viaje».

Ninguno de ellos hacía turismo. Viajaban porque necesitaban algo que en casa no había, un texto, una respuesta, un oficio, y dependían de la hospitalidad ajena, que obliga a aprender lenguas, normas y silencios. 

Del Grand Tour al billete de un chelín. Entre los siglos XVII y XVIII, los jóvenes de la aristocracia británica completaban su formación con el Grand Tour: meses por Francia e Italia para ver arte, aprender idiomas y adquirir mundo. Era un privilegio, pero tenía un programa. El cambio de escala llegó con el ferrocarril: el 5 de julio de 1841, Thomas Cook llevó a una sociedad de templanza en tren de Leicester a Loughborough, casi quinientas personas, a un chelín por cabeza. Democratizar el viaje fue una conquista, y conviene decirlo sin ironía. El problema aparece cuando el itinerario se convierte en producto y la lista de lugares «imprescindibles» sustituye a la pregunta. Se acumula ver; se pierde entender. 

Por qué ahora importa tanto. Hay causas materiales: la capacidad aérea y el tráfico de pasajeros crecieron un 7 % hasta octubre de 2025. Y hay una causa simbólica, que ofrezco como interpretación y no como dato: el viaje funciona como moneda social, prueba de que uno ha salido de su rutina, y las redes han convertido esa prueba en espectáculo. A ello se suma un deseo antiguo y legítimo, el de la novedad. Nada de eso es condenable; lo discutible es confundir el síntoma con el fin. 

Turista, viajero y «no turista». El turista acumula. Llega con la lista hecha, compara con casa, valora si «ha merecido la pena» y vuelve con fotos. No es un malvado: es un consumidor de experiencias, y a menudo un cliente agradecido de la hospitalidad. El viajero llega con preguntas. Ha leído algo antes, sabe decir veinte frases en la lengua local, se queda más de lo cómodo en un sitio y acepta equivocarse. Vuelve distinto, no más fotografiado.

Hay una tercera figura, la del «no turista», que necesita proclamar que no lo es. Huye de las multitudes, busca lo «auténtico» y con frecuencia solo cambia de escaparate: el desprecio al turista es otra forma de turismo, con más vanidad. La diferencia no está en el destino ni en el medio de transporte, sino en la pregunta con la que se llega. Y una misma persona puede ser las tres en una sola semana.

Una propuesta a diez años. Propongo un plan modesto y medible. En lectura, un relato de viaje clásico al año (Heródoto, la Rihla), con una nota de dos folios al terminar. En lengua, preparar cada viaje con doscientas palabras y diez frases del idioma local, y alcanzar en tres años un nivel A2 en una lengua nueva, acreditado con un examen oficial. En voluntariado, a los cinco años, acoger a estudiantes del Programa Erasmus, activo desde 1987, o colaborar con una entidad de acogida de personas migrantes. Para evaluarlo, basta un cuaderno de viaje anual y una revisión a los diez años: ¿cuántos viajes nos dejaron algo que seguimos usando?

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