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Hopecore, la rebelión del optimismo en las redes sociales

Hopecore, la rebelión del optimismo en las redes sociales

Hoy un rayo de ilusión que cruza el mundo virtual: Hopecore, esas pequeñas dosis de esperanza contra el ruido de las redes. ¿Qué ocurre cuando, entre la avalancha de noticias malas, aparece un vídeo de diez segundos en el que un desconocido se reencuentra con su perro, un anciano baila con su nieta o unos vecinos aplauden a quien acaba de terminar un tratamiento? Que nos detenemos. Esa pausa es, en esencia, el hopecore.

El término une las palabras inglesas hope (esperanza) y core (núcleo, y también sufijo estético, como en cottagecore). Designa una tendencia en TikTok, Instagram y X que consiste en compartir clips breves y emotivos para contrarrestar la negatividad diaria de internet: superaciones, gestos de bondad, reencuentros, paisajes en calma, casi siempre con una música que subraya la emoción. Suele situarse su auge en los años posteriores a la pandemia, cuando el doomscrolling, el desplazamiento compulsivo por contenidos negativos, ya tenía nombre propio. 

Conviene entender qué es y qué no es. El hopecore no es optimismo ingenuo ni propaganda de la felicidad. Muchos de sus vídeos nacen del dolor: alguien que cuenta cómo salió de una depresión, un duelo compartido, un barrio que se reconstruye. Lo que propone es un contrapeso. Si los algoritmos premian la indignación porque retiene atención, ¿por qué no ensayar que premien también el consuelo?

Tiene, claro, sus riesgos. Una emoción empaquetada en 15 segundos puede convertirse en mercancía, y la ternura (posts muy dedicados desde hace años), en estrategia para ganar seguidores. Hay quien denuncia que algunos vídeos están escenificados o descontextualizados, y quien teme que el "buen rollo" adormezca la mirada crítica. Son objeciones serias y merecen respuesta: verificar el origen de lo que compartimos es tan necesario aquí como en cualquier otro terreno. 

El hopecore, en su mejor versión, es eso: narración breve que ayuda a sostenernos. En última instancia, el hopecore no supone la erradicación del cinismo digital ni la transformación de las estructuras corporativas que gobiernan la red. Es, en cambio, un síntoma revelador del malestar de época y de la perseverancia de la sensibilidad humana en entornos altamente tecnificados.

Muestra que, incluso en plataformas optimizadas para el conflicto y la polarización, los usuarios buscan grietas por las cuales reintroducir el asombro, el consuelo y la dignidad compartida. La vigencia del hopecore nos recuerda que la esperanza,lejos de ser un mero candor ingenuo,puede articularse como una exigencia ética imprescindible para habitar el presente.

Proponemos una prueba sencilla de esta ingenuidad digital o antídoto contra el doomscrolling: fijarnos en cómo nos sentimos al cerrar la aplicación. Si salimos más serenos y con ganas de hacer algo, el contenido cumple. Si salimos con la sensación de haber consumido una emoción ajena sin más, conviene cambiar la dieta. Recomendamos tres hábitos: elegir con cuidado a quién seguimos, comprobar la procedencia de lo que compartimos y convertir la emoción en un gesto concreto.

Para pasar a la acción con este consuelo en lugar de la indignación (lectura, escritura y voluntariado), con objetivos y evaluación: A 2 años: leer un libro al mes que alimente la esperanza razonada, escribir una nota breve cada semana sobre un gesto bueno que hayamos visto o hecho, y dedicar dos horas mensuales a una causa local. Evaluación: un registro trimestral con tres líneas de balance. A 10 años: mantener el hábito, haber contado al menos cien historias de esperanza y haber sumado a diez personas más. Evaluación: relectura anual del cuaderno y revisión de qué cambió en nuestro entorno. ¿Lo has probado?

Un ejemplo de hopecore en China.

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