Quienes ya hace más de tres décadas éramos profesores universitarios hemos asistido a una radical transformación del alumnado que accede a la universidad. Un análisis profundo de tal mutación exigiría múltiples tesis doctorales y ensayos sesudos. Quizá una descripción más anecdótica y liviana denote para la ciudadanía media cómo se ha pasado de aquella selecta minoría preferentemente masculina al actual alumnado universitario más plural y con mayoría femenina.
Tomemos un momento paradigmático de la actividad académica: los exámenes. Antes el estudiantado acudía con pocos elementos, que aún se mantienen. Un bolígrafo que no fallase, un reloj para distribuir el tiempo, el carné y la materia, más o menos dominada. Ahora, sin considerar aparatos informáticos inexistentes anteriormente, la mesa del examinando está repleta de nuevos cachivaches, que dejan el pupitre sin espacio para los folios de la prueba.
Parecen ser imprescindibles los siguientes objetos: varios bolígrafos, lápices, rotuladores y subrayadotes con sus correspondientes estuches, uno o dos botellines de agua, algún caramelo o chocolatina, un paquete de pañuelos de papel, el móvil (apagado, se supone), la calculadora, unos auriculares del mp3,.. y uno o varios muñequitos de formas variadas (tanto chicas como chicos) que cuidadosamente se depositan en alguna esquina específica con misión de talismán. Posiblemente todo ello sea reflejo de las amplias mesas de casa donde se supone que estudian; o un síntoma de infantilismo tardío producto de la sobreprotección familiar,… y social.
En todo caso, nuestra juventud es “buena gente” que va a su ritmo, personas serenas y tranquilas que no pierden ni el ánimo ni el humor por tomarse un par de años más en cursar o abandonar una o varias carreras. Definitivamente, no es que ‘sean así’: es que ‘así les hemos hecho’ los adultos, especialmente quienes somos progenitores o docentes de todos los niveles.
Versión final en: mikel.agirregabiria.net/2006/hoy.htm