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Aristófanes y el arte de reírse del poder

Alguna vez escribimos sobre Aristófanes, un caso paradigmático de mordacidad clásica, pensamiento crítico y la fragilidad del debate público que desafió al poder en Atenas. Cuando pensamos en el teatro griego clásico, la tragedia —Esquilo, Sófocles, Eurípides— suele acaparar la atención. Sin embargo, existió un género paralelo, igual de vigoroso y mucho más incómodo para el poder: la comedia. De ella, Aristófanes (c. 448 – c. 385 a. C.) es el único autor cuya obra ha sobrevivido en piezas completas, lo que lo convierte en la ventana más nítida que poseemos hacia el humor, la política y las costumbres de la Atenas clásica

Sabemos poco de su biografía. Probablemente nació en el demo ateniense de Cidateneo, aunque algunas fuentes tardías —quizá por motivos políticos, dado que fue acusado de usurpar la ciudadanía— lo vinculan con Egina. Vivió los años más turbulentos de la historia ateniense, marcados por la Guerra del Peloponeso contra Esparta, un conflicto que atraviesa buena parte de su producción. Compuso más de cuarenta comedias, de las que solo once han llegado completas: Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Lisístrata, Las tesmoforiantes, Las ranas, La asamblea de las mujeres y Pluto.

Su primera obra, Los banqueteadores, se representó en el 427 a. C., cuando el autor rondaba apenas los veinte años, y ya entonces mostró el rasgo que definiría toda su carrera: una audacia crítica que no respetaba a nadie, ni a generales, ni a demagogos, ni a filósofos. En Los caballeros ridiculizó sin tapujos al político Cleón; en Las nubes convirtió a Sócrates en cabeza de una absurda «Pensadería» dedicada a sofismas huecos, una caricatura que —según cuenta el propio Platón en la Apología— contribuyó a fraguar la mala fama que llevaría al filósofo al juicio y la condena. En Las ranas, Esquilo y Eurípides discuten en el Hades sobre cuál merece regresar al mundo de los vivos para salvar la tragedia, en una de las parodias literarias más finas de la Antigüedad.

Pero el sello más reconocible de Aristófanes es su rechazo obstinado de la guerra. Los acarnienses, La paz y, sobre todo, Lisístrata —donde las mujeres de Grecia deciden negarse a sus maridos hasta que estos depongan las armas— son comedias antibelicistas que, bajo el disfraz de la carcajada, denuncian el desgaste, el hambre y el absurdo de un conflicto fratricida. Esa misma imaginación desbordada construye en Las aves una ciudad utópica suspendida entre el cielo y la tierra, Nefelococigia —la «Ciudad de Cuco en las Nubes»—, neologismo que resume su capacidad para inventar mundos posibles desde la sátira pura.

El estilo aristofánico combina registros que hoy nos resultarían incompatibles: la obscenidad más desenfadada convive con pasajes corales de gran lirismo, y la invectiva política se entrelaza con la parábasis, ese momento en que el coro se dirige directamente al público para opinar sobre la actualidad de la ciudad. Pocos ejemplos ilustran mejor esa mezcla que el coro de ranas de Las ranas, con su célebre estribillo onomatopéyico «Brekekekex, koax, koax», que ha sobrevivido veinticinco siglos como una de las frases más reconocibles del teatro universal.

La huella de Aristófanes llega hasta Rabelais, Cervantes, Molière o Voltaire, y su fórmula —reírse del poder para poder pensarlo mejor— sigue siendo, en cualquier época, un ejercicio de libertad. Leerlo hoy no es solo un ejercicio de arqueología literaria: es recordar que la risa, cuando se dirige contra quienes mandan, ha sido siempre una forma seria de resistencia. 

Aristófanes trasciende la mera broma de coyuntura histórica para consolidarse como un pilar fundamental en la historia de la literatura universal. Su obra nos recuerda que la comedia, cuando se ejerce con rigor intelectual y libertad de espíritu, representa una de las formas más elevadas del examen democrático y del pensamiento crítico.

@mercedescruz.1093 La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre. #maestros #alumnos #aristofanes #consejo ♬ sonido original - Mercedes Cruz💋

Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras característicasLa segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidezEsta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicadaEl criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conductaCipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivoLa cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosaLa quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

H. L. Mencken: Iconoclasta de Baltimore que se rió de todo

Pocas plumas han combinado el rigor periodístico con la mordacidad como la de Henry Louis Mencken (otros posts), nacido en Baltimore el 12 de septiembre de 1880 y fallecido en la misma ciudad el 29 de enero de 1956. Hijo de un fabricante de tabaco de origen alemán, Mencken fue un autodidacta voraz: la lectura de Huckleberry Finn y la imprenta de juguete que le regaló su padre marcaron su vocación temprana por la escritura. 

Trabajó brevemente en el negocio familiar hasta la muerte de su padre en 1899, momento en el que, sin perder un solo día, se lanzó al periodismo en el Baltimore Morning Herald. En 1906 se incorporó al Baltimore Sun, diario con el que mantendría un vínculo casi vitalicio, y en 1908 empezó a ejercer la crítica literaria en la revista The Smart Set. En 1924 fundó su propia publicación, The American Mercury, que alcanzó rápidamente difusión nacional y lo consolidó como uno de los intelectuales más influyentes de la América de entreguerras.

Su hito periodístico más recordado fue la cobertura del célebre Juicio del Mono (Scopes Trial) de 1925 en Tennessee, donde un profesor fue procesado por enseñar la teoría de la evolución. Mencken bautizó el proceso con ese apodo burlón y convirtió sus crónicas en un ejercicio de sátira feroz contra el fundamentalismo religioso y la estrechez de miras provinciana. Fue amigo cercano de figuras como Theodore Dreiser, F. Scott Fitzgerald y el editor Alfred Knopf, y se erigió en defensor incondicional de la libertad de expresión y de conciencia, en una época en la que ambas se veían constantemente amenazadas por la censura moral.

Lo que hace de Mencken una lectura tan vigente cien años después no es solo su biografía, sino su estilo: un humor corrosivo que convertía cada frase en un dardo. Sobre la democracia, escribió que es la creencia de que la gente común sabe lo que quiere y merece conseguirlo, para bien o para mal. Definió el puritanismo como el temor obsesivo de que, en algún lugar, alguien pudiera ser feliz. Advirtió que ante todo problema complejo existe siempre una respuesta sencilla, clara... y equivocada. Y describió al cínico como aquel que, al oler unas flores, busca instintivamente el ataúd cercano. Su escepticismo alcanzaba también a la política institucional: llegó a sostener que todo gobierno es, en esencia, una forma de explotación organizada, y que un buen político resulta tan improbable como un ladrón honesto.

Algunas de sus citas más célebres: "El amor es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia." "La conciencia es la voz interior que nos advierte de que alguien podría estar mirando." "Un idealista es quien, al notar que una rosa huele mejor que una col, concluye que también hará mejor sopa." "El puritano es alguien que vive con el miedo permanente de que otra persona pueda estar divirtiéndose." "El objetivo práctico de la política consiste en mantener a la población alarmada mediante una interminable serie de amenazas, la mayoría imaginarias." "Nadie se ha arruinado jamás subestimando la inteligencia del público." 

Mencken no se libró de la controversia: sus posturas sobre raza y su tono a veces despiadado le valieron críticas que persisten en las relecturas contemporáneas de su obra, un matiz necesario para entender a un autor que nunca buscó ser complaciente. En la década de 1940 publicó su trilogía autobiográfica —Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days— donde repasó con la misma ironía su propia vida. En 1948 sufrió un derrame cerebral que lo dejó consciente pero incapaz de leer o escribir, una ironía cruel para quien había vivido de la palabra; pasó sus últimos años escuchando música clásica y hablando de sí mismo en pasado, como si ya hubiera muerto. Fue enterrado en el cementerio de Loudon Park, bajo un epitafio que él mismo redactó y que pedía, en lugar de lágrimas, comprensión hacia un pecador y un guiño a alguna joven poco agraciada.

Rival de Ambrose Bierce y Mark Twain en el arte del aforismo estadounidense, Mencken sigue siendo hoy una referencia obligada para entender el periodismo de opinión, el escepticismo ante el poder y el uso del ingenio como herramienta de crítica social. En tiempos de polarización y de eslóganes vacíos, releer al Sabio de Baltimore es un ejercicio saludable de humildad intelectual disfrazada de carcajada.

ResumenCitas mordaces y vida del periodista más temido de América. El humor corrosivo de Mencken, cien años después. Retrato del hombre que "lo odiaba todo" con estilo.

El tiempo que no se recupera: una lección de felicidad

Nos gustó Una cuestión de tiempo (About Time, 2013), o cómo vivir cada instante como si fuera el últimoPorque el tiempo no se recupera. O quizás sí. Pero es una película que no olvidarás con el tiempo. Richard Curtis lo intenta con ternura, humor y una melancolía que cala hondo. Hay películas que se anuncian como comedias románticas y terminan siendo algo mucho más hondo: una reflexión sobre la felicidad, la pérdida y el arte de habitar el presente. Una cuestión de tiempo (About Time, Reino Unido, 2013) pertenece a esa rara categoría de films que engañan al espectador para bien, conduciéndole desde la risa hacia la emoción sin que advierta el instante exacto en que se produjo el cambio.

Richard Curtis: el arquitecto de las emociones británicas. Escrita y dirigida por Richard Curtis, About Time es una comedia dramática y romántica británica protagonizada por Domhnall Gleeson, Rachel McAdams y Bill Nighy. Curtis es ya un nombre mítico en el género: el hombre que escribió Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y Love Actually lleva décadas codificando el amor con acento inglés, esa mezcla de torpeza, ironía y sinceridad que resulta tan universalmente reconocible.

About Time fue solo su tercera película como director, y el propio Curtis reconoció que probablemente sería la última en ese rol, aunque aseguró que continuaría vinculado a la industria cinematográfica. La génesis de la idea surgió durante un almuerzo con un amigo, cuando salió el tema de la felicidad. Al admitir que no era verdaderamente feliz, la conversación derivó hacia la descripción de un día ideal; Curtis se dio cuenta entonces de que aquel almuerzo constituía precisamente uno de esos días, lo que le llevó a escribir una película sobre cómo se alcanza la felicidad en la vida cotidiana. Pensando que el concepto resultaba demasiado "simple", decidió añadir el elemento del viaje en el tiempo.

Argumento: el tiempo como segunda oportunidad. La película trata sobre un joven con la capacidad de viajar en el tiempo que intenta cambiar su pasado con la esperanza de mejorar su futuro. Tim Lake (Gleeson), al cumplir veintiún años, recibe de su padre una revelación extraordinaria: los hombres de su familia pueden desplazarse al pasado. Basta encontrar un espacio oscuro, cerrar los ojos y apretar los puños. Con ese don aparentemente irresistible, Tim se lanza a conquistar el amor de Mary (McAdams) y a enmendar los errores de su vida cotidiana. Pero el relato evoluciona con inteligencia: Curtis deja muy claro que hay hechos y momentos que solo se tienen que vivir una vez, y que viajar en el tiempo y tratar de prevenir ciertos desastres puede causar muchos otros, borrando incluso a personas de la propia vida. El verdadero viaje no es temporal, sino interior.

Un reparto de altura. El joven actor Domhnall Gleeson se maneja de manera perfecta entre lo cómico y lo dramático, siendo uno de los puntos fuertes de la película junto con el guión. Bill Nighy impregna ese toque de dulzura y elegancia muy británica que resulta imprescindible para el tono del film. Rachel McAdams, completamente diferente al estilo de papeles que había interpretado anteriormente, aparece aquí más dulce y natural, formando con Gleeson una dupla perfecta. En los papeles secundarios destacan Tom Hollander, Lydia Wilson como la frágil y entrañable hermana Kit Kat, y una breve pero memorable aparición de Margot Robbie.

Inteligente y dulce, divertida y realmente emotiva, About Time no es una película perfecta en términos técnicos. Los críticos han señalado los agujeros de la trama relacionados con el viaje en el tiempo, y su metraje podría haberse recortado. Pero esos defectos se disuelven ante la autenticidad de lo que propone: que la verdadera magia no está en retroceder en el tiempo, sino en aprender a vivir cada jornada con plena conciencia. "Todos viajamos juntos a través del tiempo, cada día de nuestras vidas. Todo lo que podemos hacer es disfrutar al máximo de este extraordinario viaje", dice Tim en su monólogo final. Pocas moralejas cinematográficas resultan tan genuinas.

En 2025, la película fue incluida en la edición "Readers' Choice" de la lista del The New York Times con las 100 mejores películas del siglo XXI, alcanzando el puesto 160. Un reconocimiento tardío, pero merecido, para una obra que ha ido ganando adeptos con los años.

@ruso.recs ⏳ “About Time” (2013) no es solo una historia de amor. Es un recordatorio de que cada día, por más simple que parezca, puede ser extraordinario si sabemos vivirlo de verdad. Una película que te hace reír, llorar y valorar el presente. ❤️🎬 #AboutTime #LiveTheMoment #TimeTravelMovie #MovieThatStaysWithYou #RomanticDrama #FilmRecs #EmotionalCinema #Movies #DomhnallGleeson #RachelMcAdams ♬ original sound - Ruso.recs

El zoo como metáfora del desorden humano

Comprobamos que nunca habíamos destinado un post a Joël Dicker, un fenómeno literario suizo. Elegimos una obra en la que abandona el thriller y conquista todas las edades: La muy catastrófica visita al zoo. Una fábula coral repleta humor y pedagogía. Hay libros que llegan con una promesa inhabitual: la de poder ser leídos por cualquier persona, desde los siete hasta los ciento veinte años. 

Esa es la declaración de intenciones con la que Joël Dicker presenta La muy catastrófica visita al zoo (Alfaguara, 2025), su obra más reciente y, sin duda, la más sorprendente de su carrera. No porque sea inferior a sus thrillers anteriores, sino porque apunta en una dirección radicalmente distinta: la del humor coral, la mirada infantil y la crítica social disfrazada de aventura.

La trama: una catástrofe que nunca llega sola. Es víspera de Navidad. La clase de Joséphine acaba de regresar del zoológico, pero algo ha salido muy mal. Nadie sabe exactamente qué ha ocurrido, y los padres de la niña están decididos a averiguarlo. Mientras la investigación avanza, comprendemos poco a poco que una catástrofe nunca llega sola, que las apariencias engañan y que los acontecimientos pueden tomar un giro que nadie imagina. En el centro del misterio: una inundación, un bloqueo de tuberías con plastilina y un grupo de niños que venían de una escuela especial y se enfrentan al mundo —y a sus prejuicios— con una desarmante honestidad.

La novela se construye con los mecanismos que han hecho famoso a Dicker: los giros narrativos, los saltos temporales, los finales que reconfiguran lo anterior. Pero aquí esos recursos sirven una historia más luminosa, menos oscura que sus grandes thrillers, narrada con un ritmo ágil que recuerda, por momentos, a los clásicos de la literatura infantil europea. Una novela corta que se lee de un tirón y que contiene una magia que perdurará en la mente de cada uno de sus lectores. 

Más allá de la anécdota: educación, democracia y diversidad. Lo que distingue a esta obra de un simple relato de aventuras es su carga reflexiva. La novela está repleta de guiños sobre nuestra sociedad, sobre la democracia, la educación inclusiva y el rol de los padres y de los maestros. Los niños protagonistas, venidos de una escuela especial, son víctimas de burlas e incomprensión al integrarse en un centro ordinario. Dicker no moraliza; prefiere dejar que los hechos hablen solos, con esa técnica suya de revelar la crueldad cotidiana sin estridencias. El resultado es una obra que invita a pensar sobre la diferencia, la empatía y la fragilidad de los sistemas educativos cuando se enfrentan a la diversidad real.

El propio autor ha explicado el propósito que guió la escritura: quería un libro que pudiera ser compartido por lectores de toda condición y edad, sin distinciones, que sirviera de puente entre generaciones y que recuperara el placer sencillo y poderoso de leer juntos. 

Joël Dicker nació en Ginebra en 1985. En 2010 obtuvo el Premio de los Escritores Ginebrinos con su primera novela, Los últimos días de nuestros padres. Fue, sin embargo, La verdad sobre el caso Harry Quebert (2013) la que lo catapultó a la fama internacional: galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Lire, fue traducida a cuarenta y dos idiomas y se convirtió en un fenómeno literario global. Junto a El Libro de los Baltimore (2016) y El caso Alaska Sanders (2022), conforma la trilogía del personaje Marcus Goldman. A estas obras se suman La desaparición de Stephanie Mailer (2018) y El enigma de la habitación 622 (2020). Con veintidós millones de lectores en todo el mundo, Dicker es hoy uno de los narradores europeos más leídos del siglo XXI.

Lo que hace singular su trayectoria es precisamente esta capacidad de reinvención. El autor que durante años cultivó la tensión del thriller de largo aliento decide ahora descender a la escala de una excursión escolar para demostrar que la condición humana —su ridiculez, su ternura, su injusticia— cabe perfectamente en una historia breve, narrada por una niña, sobre una visita al zoo que acaba en inundación. Y que, incluso así, hay preguntas que siguen siendo grandes.

La muy catastrófica visita al zoo no es la obra más ambiciosa de Dicker, pero sí quizás la más generosa. Un libro que no pide nada al lector salvo que deje de correr durante unas horas. En tiempos de fragmentación y prisa, eso tiene más mérito del que parece.

@uncapituloconvic 📚 ¿Merece la pena el nuevo libro de Jöel Dicker? 🦒 Hoy os traigo la reseña de “La muy catastrófica visita al zoo” el nuevo thriller juvenil/infantil del autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o Un animal salvaje. 👉🏻 Totalmente diferente a sus anteriores novelas de thriller, pero igualmente adictivo. Pero, ¿pagaría otra vez 20€ por él? #booktok #booktokespaña #joeldicker #lamuycatastroficavisitaalzoo #reseñalibro #reseñaliteraria #thrilleejuvenil #thriller #librosthriller #thrillerbook #joeldickerbooks #fyp #parati #creatorsearchinsights #Invertido ♬ Demise of a Nation - Secession Studios

Hay 3 tipos de personas: Quienes saben contar y quienes no

Ya estamos, por desgracia absoluta, acostumbrados a escuchar barbaridades a determinados líderes políticos, aunque cuenten con el máximo poder militar en el mundo. Niegan la ciencia, reniegan de la ética humanitaria más elemental, pero cuando su prepotencia e incultura rodeada de nepotismo complaciente llegan a la torpeza de mostrar su incapacidad matemática para superar la educación primaria, hay que decir basta. Hasta aquí hemos llegado con un nuevo negacionismo aritmético.

Esto ha sucedido con el desatino de los porcentajes de rebaja del 600%  que han comunicado al mundo el Presidente Trump y su Secretario de Salud y Servicios Humanos Robert F. Kennedy Jr. Para estos mentecatos "dirigentes" y, sobre todo para los millones de zopencos que les votan, vamos a recordar cómo se calculan los porcentajes de descuentos:

Pasar de 600 dólares a 10 dólares significa una reducción de 590 dólares. Dividiendo 590 entre 600, el resultado es 0,9833. En porcentaje sobre cien, sería 98,33%. La bajada máxima no puede superar el 100%, que sería hacer gratuito algo. Por tanto, cualquier escolar sabe que una rebaja no pasa nunca del cien por ciento. 

Esto también trae a colación que la principal diferencia radica en que la ignorancia es la falta de conocimiento (un vacío corregible mediante el aprendizaje), mientras que la estupidez es la incapacidad o negativa a utilizar la inteligencia y la razón, a menudo persistiendo en el error a pesar de la evidencia. La ignorancia es no saber, la estupidez es no querer comprender o razonar. Todos somos ignorantes en algunas materias, pero no caigamos en la estupidez de creer en ruedas de molino porque lo digan personajes que debieran cuidar sus expresiones y corregirse cuando se equivoquen.  

Adiós a la ternura melancólica de Alfredo Bryce Echenique

Ayer, 10 de marzo de 2026, la literatura en español perdió a Alfredo Bryce Echenique, quien falleció en Lima (Perú) a los 87 años. Con su partida se cierra un capítulo fundamental en la narrativa latinoamericana contemporánea, marcado por una voz literaria inconfundible que supo combinar el humor, la melancolía y la observación social para crear un universo narrativo de profunda humanidad.

Nacido en Lima el 19 de febrero de 1939 en el seno de una familia vinculada al sector financiero peruano, Bryce Echenique se licenció en Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde posteriormente obtuvo el doctorado en Letras. Sin embargo, su verdadera vocación se manifestó en la literatura, ámbito en el que alcanzó reconocimiento internacional con su primera novela, Un mundo para Julius, publicada en 1970. 

Esta obra revolucionó la narrativa peruana al presentar un retrato de la alta sociedad limeña desde la mirada de un niño que descubre las contradicciones, discriminaciones y abusos de su propio entorno familiar y social. La novela, que cumplió 55 años en 2025, sigue siendo considerada un clásico de la literatura hispanoamericana y constituye una lectura esencial para comprender las dinámicas sociales del Perú contemporáneo.

A diferencia de otros autores de su generación, Bryce Echenique optó por una narrativa que privilegiaba la ternura, el humor y la empatía con sus personajes, alejándose del realismo confrontacional característico de gran parte de la literatura latinoamericana de la época. Su estilo narrativo, cálido y cercano, estableció un puente entre el llamado boom latinoamericano y las generaciones posteriores de escritores, consolidando una voz propia que supo captar las sutilezas del sentimiento humano sin caer en el patetismo ni en el juicio moral.

Su producción literaria se extendió a lo largo de más de cinco décadas e incluyó novelas como Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Martín Romaña (1981), El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985) y No me esperen en abril (1995), novela que el propio autor consideraba la más querida de su obra y que definió como su trabajo más exigente. Bryce Echenique exploró recurrentemente temas como el desarraigo, la memoria, el exilio y la experiencia de los latinoamericanos en Europa, reflejando su propia trayectoria vital, ya que residió gran parte de su vida en Francia y España.

Su obra recibió múltiples galardones a lo largo de su trayectoria, entre los que destacan el Premio Casa de las Américas (1968), el Premio Nacional de Literatura del Perú (1972), el Premio Planeta (2002) por El huerto de mi amada, y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2012), uno de los reconocimientos más prestigiosos para escritores en lengua española. Además de sus novelas y cuentos, publicó varios libros de carácter autobiográfico, como Permiso para vivir (1993), en los que reconstruyó episodios de su vida personal y literaria con la misma franqueza y humor que caracterizaron su ficción.

Algunas de sus citas que recordamos"Mi patria son los amigos". "Muchas veces, sólo el humor nos permite sobrevivir al espanto". "Lo mío ha sido contar y nada más". “A cada uno su pena, pero a todos la alegría”

El fallecimiento de Bryce Echenique ha generado numerosas reacciones en el ámbito cultural de Perú y América Latina. Escritores, instituciones y lectores han destacado su capacidad para retratar la condición humana con sensibilidad y honestidad, así como su contribución a la formación de varias generaciones de lectores. 

Sus restos fueron velados en la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, institución donde estudió y que representó un espacio fundamental en su formación intelectual. Con la muerte de Alfredo Bryce Echenique, la literatura en español pierde a uno de sus narradores más singulares y entrañables, cuya obra seguirá siendo leída y valorada por su capacidad para captar la complejidad del alma humana y las contradicciones de la sociedad contemporánea.

@minculturape

La literatura peruana despide a una de sus figuras más representativas. 📚🕊️ Alfredo Bryce Echenique dejó una obra que retrató con profundidad las contradicciones de la sociedad peruana y la experiencia humana en su conjunto. Su obra, que hizo propias la inteligencia, el humor y la sensibilidad, es un legado que ahora enriquece la tradición narrativa del Perú. 🇵🇪✨

♬ sonido original - Ministerio de Cultura del Perú

La Teoría del Escalón de Sheldon Cooper

En la serie, una de las mejores, The Big Bang Theory se demuestra la microfísica del error humanoEn el episodio piloto de The Big Bang Theory, Sheldon Cooper introduce una de sus observaciones más memorables: la llamada “Teoría del Escalón”. Aunque el nombre sugiere una formulación científica solemne, en realidad se trata de un comentario humorístico sobre la física cotidiana, la percepción humana y la tendencia a buscar explicaciones lógicas incluso en los accidentes más triviales. 

Según Sheldon, su padre murió al tropezar en un escalón “ligeramente más alto de lo normal”, lo que —en su interpretación— convierte al escalón en el verdadero culpable, no a la distracción del individuo. La anécdota, presentada como un gag, encierra sin embargo un trasfondo sorprendentemente rico para quienes se interesan por la ciencia, la tecnología, la ética y la educación.

La idea central de Sheldon es que “la lógica prevalece sobre la distracción”: si un elemento del entorno está mal diseñado, incluso mínimamente, el error humano no es un fallo moral ni cognitivo, sino una consecuencia natural de la física y la biomecánica. En otras palabras, la culpa no es del caminante, sino del escalón. Esta afirmación, aunque exagerada para efectos cómicos, conecta con un principio real de la ingeniería y la ergonomía: los sistemas deben estar diseñados para minimizar la probabilidad de error humano, no para exigir una atención perfecta e ininterrumpida.

Aquí entra en escena un concepto técnico que rara vez aparece en una sitcom, pero que ilumina la broma desde una perspectiva científica: la ley de Blondel. Formulada por el ingeniero francés André Blondel a principios del siglo XX, esta ley establece una relación entre la altura y la huella de un escalón para garantizar una marcha cómoda y segura. Su expresión más conocida es: 2*contrahuella + huella ≈ 63 cm.

Esta fórmula empírica describe la proporción óptima para que el movimiento humano resulte natural. Cuando un escalón se desvía de estos parámetros —aunque sea por un centímetro— el cuerpo lo percibe como una anomalía. La zancada se descoordina, el ritmo se rompe y el riesgo de tropiezo aumenta. En otras palabras, Sheldon no estaba tan desencaminado: un escalón “ligeramente más alto de lo normal” puede ser, efectivamente, un problema físico y no psicológico.

La ley de Blondel es un recordatorio de que la interacción entre humanos y objetos no es intuitiva, sino profundamente regulada por patrones biomecánicos. La arquitectura, la ingeniería y el diseño industrial llevan décadas estudiando cómo pequeños desajustes pueden desencadenar fallos desproporcionados. Desde botones mal colocados en cabinas de avión hasta interfaces digitales confusas, la historia de la tecnología está llena de “escalones” que provocan errores no por torpeza humana, sino por un diseño que ignora los límites naturales de la percepción y el movimiento.

La “Teoría del Escalón” también invita a reflexionar sobre la comunicación no verbal. En la escena, Sheldon no solo explica un accidente: está justificando su obsesión por el orden, la simetría y la predictibilidad. Para él, el mundo debe ser un sistema perfectamente calibrado. Cualquier desviación —un escalón irregular, un asiento mal alineado, un compañero de piso impredecible— amenaza su estabilidad emocional y cognitiva. La anécdota funciona así como una metáfora de su personalidad: un ser que busca refugio en la lógica para protegerse del caos cotidiano.

Desde una perspectiva ética, la historia plantea una cuestión relevante: ¿hasta qué punto somos responsables de nuestros errores cuando el entorno está mal diseñado? En educación, por ejemplo, se insiste en la importancia del esfuerzo individual, pero rara vez se analiza si las herramientas, los espacios o los métodos facilitan realmente el aprendizaje

. En tecnología, se habla de “fallo del usuario” cuando una interfaz confunde, pero pocas veces se reconoce que la responsabilidad recae en quien la diseñó. La comedia de Sheldon, en este sentido, funciona como una crítica suave pero incisiva a la tendencia a culpar al individuo antes que al sistema.

Finalmente, la “Teoría del Escalón” nos recuerda que la ciencia no sólo se encuentra en los laboratorios o en las ecuaciones complejas. También habita en los detalles cotidianos: en cómo subimos una escalera, cómo interpretamos un gesto o cómo atribuimos causas a los accidentes. La física, la ergonomía y la psicología convergen en esos pequeños momentos que solemos pasar por alto, pero que determinan nuestra seguridad, nuestro bienestar y nuestra comprensión del mundo.

En definitiva, lo que empieza como un chiste en una sitcom se convierte, si lo miramos con atención, en una invitación a pensar. A veces, un escalón es solo un escalón. Pero otras veces, es una lección sobre diseño, percepción y responsabilidad compartida.

@lumieretik Sheldon siempre con sus datos empíricamente comprobados. 🤣 1er capítulo- The Big Bang Theory #thebigbangtheory #sheldoncooper #Leonard #datos #escalones #escalera #serie #funny #gracioso #tv #actor #viral #trending #parati ♬ sonido original - LumièreTik

Slow Horses, humor británico con antihéroes del espionaje

Hoy repasamos la serie Slow Horses en Apple TV. Es, sin duda, una de las joyas más brillantes de la televisión actual. Ha logrado revitalizar el género de espionaje alejándose del glamur de James Bond para sumergirse en la burocracia, el sarcasmo y el olor a tabaco rancio. Una lección con la redención de unos espías torpes abandonados en la trastienda del MI5. Una delicia sobre la estética del fracaso y la ética del espionaje en la era del desencanto.

En el panteón del espionaje cinematográfico y televisivo, solemos encontrar figuras impecables que dominan idiomas, artes marciales y tecnología de punta. Slow Horses, basada en las excelentes novelas de Mick Herron, rompe este molde de forma estrepitosa. La serie nos presenta la "Casa de la Ciénaga" (Slough House), un purgatorio administrativo donde el MI5 envía a sus agentes caídos en desgracia: aquellos que dejaron un rastro de pruebas en un tren, que arruinaron una operación de vigilancia o que, simplemente, resultaron molestos para la cúpula del poder en Regent's Park.

Aunque la serie ha contado con distintos directores por temporada (como James Hawes o Saul Metzstein), la unidad visual es asombrosa. La dirección apuesta por una Londres gris, húmeda y táctil. No vemos la ciudad de las postales, sino la de los callejones traseros y las oficinas con moquetas manchadas de café. El ritmo es magistral: sabe ser una comedia de oficina cínica en un momento y un thriller de alta tensión al siguiente, sin que las costuras se noten.

Un guión afilado como un bisturí. El showrunner Will Smith (no el actor, sino el veterano guionista de Veep) ha logrado algo casi imposible: traducir el monólogo interior y el humor negro de Herron a diálogos eléctricos. Toda una lección de economía narrativa. Cada insulto de Jackson Lamb tiene una función; cada silencio de Catherine Standish cuenta una década de arrepentimiento. La serie no subestima al espectador; confía en su inteligencia para unir los puntos de una trama geopolítica que siempre es más sucia de lo que parece a primera vista.

El reparto de lujo: Gary Oldman y el resto de los parias. Hablar de Slow Horses es hablar de Gary Oldman. Su interpretación de Jackson Lamb es una de las mejores de su carrera (lo cual es mucho decir). Lamb es grosero, antihigiénico y parece estar en un estado de descomposición constante, pero bajo esa capa de desidia late una mente táctica superior y, muy a su pesar, una lealtad inquebrantable hacia sus "caballos lentos".

Junto a él, Jack Lowden brilla como River Cartwright, el joven ambicioso atrapado en la burocracia, y Kristin Scott Thomas ofrece el contrapunto perfecto como Diana Taverner, la subdirectora del MI5 cuya elegancia gélida esconde una ambición maquiavélica. La química entre Oldman y Scott Thomas es, sencillamente, televisión de alto nivel.

Espionaje en las sombras donde esta serie sigue a este grupo de agentes repudiados que, a pesar de estar destinados a triturar papel y rellenar formularios, terminan involucrados en conspiraciones que amenazan la seguridad nacional. Lo fascinante no es solo la resolución del misterio —que siempre es sólido— sino cómo estos personajes buscan desesperadamente la redención. No son héroes; son personas rotas intentando demostrar que todavía sirven para algo.

Desde un punto de vista educativo y crítico, Slow Horses es un material de análisis fascinante por tres razones: 1º La deconstrucción del mito: Es ideal para debatir cómo los medios construyen la imagen del "héroe". Aquí, el éxito no viene de la perfección, sino de la persistencia y el aprendizaje del error. 2º La ética del poder: La serie muestra cómo las instituciones suelen protegerse a sí mismas antes que a los ciudadanos, un tema vital para la educación cívica y política. 3º Narrativa transmedia: Es un caso de estudio perfecto sobre cómo adaptar literatura contemporánea a la pantalla manteniendo la esencia del autor pero aprovechando el lenguaje visual.

Valoración final: 9.5/10. Es inteligente, divertida, tensa y profundamente humana. Una cita obligatoria para cualquier amante del buen cine que se esconda en la pequeña pantalla.