Multiverso: física cuántica, cosmología y literatura

Multiverso: física cuántica, cosmología y literatura

Revisamos -otra vez- un concepto nada moderno, pero muy en boga actualmente: Mil mundos posibles en la larga historia del multiverso (véase otros posts nuestros de multiverso). En 1584, un fraile dominico fugitivo publicó en Londres un diálogo que sostenía algo escandaloso: que no existe un solo mundo, sino infinitos, y que cada estrella es un sol con sus propios planetas. Giordano Bruno murió en la hoguera en 1600. Su cosmología fue solo uno de los cargos entre muchos, pero la idea sobrevivió a quien la defendía. Cuatro siglos después, el multiverso ya no se discute en tribunales de la Inquisición, sino en revistas de física, en laboratorios de computación cuántica y en las aulas.

Una idea más vieja que la ciencia. Antes de Bruno, los atomistas griegos Leucipo y Demócrito ya habían razonado que, si los átomos son infinitos y se mueven en un vacío sin límites, nada impide que se formen innumerables mundos. Epicuro lo heredó y lo convirtió en consuelo: la naturaleza no gasta su fecundidad en un único ejemplar. Frente a ellos, la tradición aristotélica defendió un cosmos único, finito y ordenado, que dominó el pensamiento europeo durante casi dos mil años. 

La palabra «multiverso», en cambio, es reciente. Suele atribuirse a William James, que la empleó en 1895 con un sentido moral y no cosmológico, para decir que la experiencia humana es más variada de lo que cabe en un sistema único. Entre tanto, Leibniz había sugerido que nuestro mundo es el mejor de los posibles, lo que ya presupone un catálogo de mundos que no llegaron a existir.

La física entra en escena. El salto decisivo llegó en 1957, cuando el joven Hugh Everett III propuso en su tesis doctoral que la mecánica cuántica no necesita «colapsar» ante la medición: todos los resultados posibles ocurren, cada uno en una rama distinta de la realidad. Su idea fue ignorada durante años y rescatada después por Bryce DeWitt, que la bautizó como interpretación de los muchos mundos.

Un segundo camino surgió de la cosmología. La teoría de la inflación, formulada por Alan Guth en 1980 y desarrollada por Andrei Linde y Alexander Vilenkin, sugiere que el espacio pudo seguir expandiéndose de forma eterna, generando «burbujas» que serían universos con sus propias constantes físicas. La teoría de cuerdas añadió un tercer elemento, el «paisaje» de soluciones posibles, con cifras que se citan en torno a 10^500 configuraciones. Max Tegmark ordenó todo esto en 2003 en una jerarquía de cuatro niveles de multiverso. 

Conviene separar aquí hechos de hipótesis. Ninguna de estas variantes ha sido observada. George Ellis y Joe Silk advirtieron en Nature en 2014 del riesgo de aceptar teorías que no pueden refutarse con experimentos, y esa es la objeción de fondo: una explicación que lo abarca todo corre el peligro de no explicar nada. Otros físicos replican que el método científico siempre ha ampliado sus fronteras cuando la teoría lo exigía. El debate sigue abierto, y lo honesto es presentarlo así.

Mundos que la literatura ya había visitado. Mientras la física dudaba, la literatura se adelantó. En 1941, Jorge Luis Borges imaginó en «El jardín de senderos que se bifurcan» un tiempo que se ramifica en futuros que no se anulan entre sí. Décadas más tarde, el filósofo David Lewis defendió en On the Plurality of Worlds (1986) que los mundos posibles no son meras ficciones lógicas, sino realidades tan concretas como la nuestra, una tesis que casi nadie comparte y que casi todos han tenido que discutir.

También la tecnología se ha apropiado de la imagen. Algunos defensores de la interpretación de Everett, como David Deutsch, ven en la computación cuántica un indicio a favor de los muchos mundos, aunque otros físicos sostienen que los mismos resultados se explican igual de bien sin ramas. Un ordenador cuántico funciona, y esa es la parte comprobada; qué significa que funcione es... filosofía.

Lo que el multiverso enseña en el aula. Quizá el mayor valor educativo del multiverso no esté en su verdad, sino en el tipo de pensamiento que exige. Para discutirlo hay que distinguir entre lo observado, lo calculado y lo imaginado; hay que preguntarse qué evidencia haría cambiar de opinión; y hay que pensar en términos contrafactuales, el «¿qué habría pasado si…?» con el que los buenos profesores de historia, de ciencias y de literatura despiertan la curiosidad. Un alumno que aprende a sostener una hipótesis sin confundirla con un hecho ha aprendido algo más útil que cualquier cifra.

Una propuesta para los próximos años. Es una maravilla cuando la física se parece a la literatura. Si la historia del multiverso es la de una pregunta que se niega a cerrarse, merece la pena mantenerla viva. Lectura: leer en los próximos doce meses una obra de divulgación (Tegmark, Deutsch o Greene) y un relato de Borges, y contrastarlos. Escritura: a dos años vista, escribir cada trimestre un texto breve sobre un «mundo posible» de la propia vida o del propio pueblo. Voluntariado: a cinco años, colaborar en una biblioteca, aula o asociación científica local para organizar un ciclo anual de charlas de divulgación. Evaluación: anotar cada año lecturas completadas, textos publicados y asistentes a las charlas, y revisar a los diez años si la curiosidad compartida ha crecido o solo la propia.

Hopecore, la rebelión del optimismo en las redes sociales

Hopecore, la rebelión del optimismo en las redes sociales

Hoy un rayo de ilusión que cruza el mundo virtual: Hopecore, esas pequeñas dosis de esperanza contra el ruido de las redes. ¿Qué ocurre cuando, entre la avalancha de noticias malas, aparece un vídeo de diez segundos en el que un desconocido se reencuentra con su perro, un anciano baila con su nieta o unos vecinos aplauden a quien acaba de terminar un tratamiento? Que nos detenemos. Esa pausa es, en esencia, el hopecore.

El término une las palabras inglesas hope (esperanza) y core (núcleo, y también sufijo estético, como en cottagecore). Designa una tendencia en TikTok, Instagram y X que consiste en compartir clips breves y emotivos para contrarrestar la negatividad diaria de internet: superaciones, gestos de bondad, reencuentros, paisajes en calma, casi siempre con una música que subraya la emoción. Suele situarse su auge en los años posteriores a la pandemia, cuando el doomscrolling, el desplazamiento compulsivo por contenidos negativos, ya tenía nombre propio. 

Conviene entender qué es y qué no es. El hopecore no es optimismo ingenuo ni propaganda de la felicidad. Muchos de sus vídeos nacen del dolor: alguien que cuenta cómo salió de una depresión, un duelo compartido, un barrio que se reconstruye. Lo que propone es un contrapeso. Si los algoritmos premian la indignación porque retiene atención, ¿por qué no ensayar que premien también el consuelo?

Tiene, claro, sus riesgos. Una emoción empaquetada en 15 segundos puede convertirse en mercancía, y la ternura (posts muy dedicados desde hace años), en estrategia para ganar seguidores. Hay quien denuncia que algunos vídeos están escenificados o descontextualizados, y quien teme que el "buen rollo" adormezca la mirada crítica. Son objeciones serias y merecen respuesta: verificar el origen de lo que compartimos es tan necesario aquí como en cualquier otro terreno. 

El hopecore, en su mejor versión, es eso: narración breve que ayuda a sostenernos. En última instancia, el hopecore no supone la erradicación del cinismo digital ni la transformación de las estructuras corporativas que gobiernan la red. Es, en cambio, un síntoma revelador del malestar de época y de la perseverancia de la sensibilidad humana en entornos altamente tecnificados.

Muestra que, incluso en plataformas optimizadas para el conflicto y la polarización, los usuarios buscan grietas por las cuales reintroducir el asombro, el consuelo y la dignidad compartida. La vigencia del hopecore nos recuerda que la esperanza,lejos de ser un mero candor ingenuo,puede articularse como una exigencia ética imprescindible para habitar el presente.

Proponemos una prueba sencilla de esta ingenuidad digital o antídoto contra el doomscrolling: fijarnos en cómo nos sentimos al cerrar la aplicación. Si salimos más serenos y con ganas de hacer algo, el contenido cumple. Si salimos con la sensación de haber consumido una emoción ajena sin más, conviene cambiar la dieta. Recomendamos tres hábitos: elegir con cuidado a quién seguimos, comprobar la procedencia de lo que compartimos y convertir la emoción en un gesto concreto.

Para pasar a la acción con este consuelo en lugar de la indignación (lectura, escritura y voluntariado), con objetivos y evaluación: A 2 años: leer un libro al mes que alimente la esperanza razonada, escribir una nota breve cada semana sobre un gesto bueno que hayamos visto o hecho, y dedicar dos horas mensuales a una causa local. Evaluación: un registro trimestral con tres líneas de balance. A 10 años: mantener el hábito, haber contado al menos cien historias de esperanza y haber sumado a diez personas más. Evaluación: relectura anual del cuaderno y revisión de qué cambió en nuestro entorno. ¿Lo has probado?

Un ejemplo de hopecore en China.

Universidad Autónoma de Bilbao: 12 años de la UPV/EHU

Universidad Autónoma de Bilbao: antesala 12 años de la UPV/EHU

El día pasado tuve que insistir para que alguien más joven reconociese la existencia de la Universidad de Bilbao, y que mi primer título de Licenciado en Ciencias Físicas era de tal universidad (foto inicial y con más detalle). Los siguientes títulos ya sí eran de la Universidad del País Vasco (foto del Máster en Museología). Esta es la historia de esa universidad que duró doce años, de 1968 a 1980, y que quienes nos licenciamos en ella llevamos todavía en el título y en la memoria. 

Cuando Bilbao empezó a tener universidad pública, en octubre de 1968, treinta profesores y quinientos estudiantes de Medicina y Ciencias se instalaron provisionalmente en la provisional sede de la anterior Escuela de Náutica de Botica Vieja, junto al puente de Deusto. No había campus, ni cafetería universitaria, ni un solo bloque de hormigón en Leioa. Había aulas prestadas, ganas y una paradoja: se llamaba Universidad de Bilbao, la gente la conocía como Universidad Autónoma de Bilbao y, sin embargo, su autonomía consistía sobre todo en carecer de algo, un distrito universitario propio. 

El primer rector de la Universidad de Bilbao fue Juan Echevarría Gangoiti, nombrado en 1968 y siendo previamente decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales de Sarriko. De su extenso compromiso con el País Vasco, cabe destacar que fue el encargado de llevar en avioneta urgentemente el texto del Estatuto de Gernika al registro del Congreso en 1978, por lo cual el de Gernika fue el primero en aprobarse.

Pedían una facultad y recibieron una universidad. La ciudad llevaba tiempo reclamando una Facultad de Medicina oficial. Bilbao era un gran núcleo industrial, con una población que crecía a golpe de fábrica, y su única enseñanza superior pública era la Facultad de Económicas de Sarriko, abierta en 1955 y dependiente entonces del distrito universitario de Valladolid. Ayuntamiento, Diputación y colegios profesionales insistieron. La respuesta del Estado fue más grande de lo pedido: una universidad entera. La propia historiografía de la UPV/EHU habla de una sorpresa. 

Detrás había un cálculo de política educativa. Los Planes de Desarrollo del tardofranquismo habían detectado que las viejas universidades no podían absorber a las nuevas generaciones urbanas, y el Gobierno optó por crear instituciones nuevas, rápidas y baratas, en lugar de reformar las antiguas. 

Tres universidades autónomas en un mismo decreto. Bilbao no estuvo sola. El Consejo de Ministros aprobó el 22 de mayo de 1968 el proyecto, y el Decreto-ley 5/1968, de 6 de junio, publicado en el BOE del día siguiente, alumbró a la vez las universidades autónomas de Bilbao, Madrid y Barcelona. La coincidencia con el mayo francés del 68 es tentadora, y el profesor Paulí Dávila ha escrito que, para los universitarios vascos, su mayo del 68 fue la creación de la Universidad de Bilbao, en un mes gris, del color con que vestía la policía de entonces. Conviene no confundir los planos: la iniciativa era ministerial, no estudiantil, aunque no tardaría en llenarse de estudiantes inquietos.

El adjetivo «autónoma» engaña al lector moderno. Un decreto del 17 de julio de 1968 aclaró que significaba, ante todo, que la nueva universidad no tendría distrito propio. Era una autonomía administrativa, no política. La UAM empezó a dar clase el 25 de octubre de aquel año en edificios prestados y adaptados a toda prisa, y la de Bilbao, como se ha visto, ya lo había hecho el 1 de octubre del 68.

Los centros: de Sarriko a Leioa. Al nacer, la Universidad de Bilbao integraba la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de Sarriko, la nueva Facultad de Medicina y, añadida en agosto casi de rebote aprovechando que el primer curso de Medicina era común con Ciencias, una Facultad de Ciencias. Ese trío lo cuentan los archivos de la propia universidad. Hubo además un hecho curioso: el mismo decreto-ley preveía una facultad en San Sebastián, que se concretó en Derecho, aunque adscrita todavía a Valladolid.

Medicina se repartió por la ciudad. Los tres primeros cursos, los preclínicos, se daban en la sede provisional de Deusto; a partir de 1969 los clínicos se trasladaron a la Unidad Docente del Hospital de Basurto. En 1972 la Facultad aparece ya en el área de Leioa-Erandio, donde el Ministerio quería situar las universidades autónomas: lejos de los núcleos urbanos y con edificios baratos y de construcción rápida. Así nació el campus de Sarriena, a once kilómetros del centro, que sigue siendo la sede del rectorado. Más tarde llegaron la Escuela Universitaria de Enfermería de Leioa (1978), la Escuela de Estomatología (1978) y la Unidad Docente de Txagorritxu (1979).

1975, un año de licenciaturas. Hay una aritmética sencilla que explica por qué aquella universidad empezó a «dar» licenciados a mediados de los setenta. Con seis cursos de Medicina, quienes entraron en 1968 podían terminar hacia 1974, y las promociones siguientes, la de 1975 entre ellas, fueron las primeras numerosas. Esto es un cálculo mío, no una cifra oficial: no he encontrado un recuento publicado de licenciados por año, y quien lo tenga merecería ver su dato en esta página. Para entonces la matrícula se había disparado: de unos 3.000 estudiantes en 1968 a unos 15.000 en 1976. Los hijos e hijas de las clases medias y trabajadoras entraban en una universidad que no estaba preparada para recibirlos, con aulas masificadas, profesorado joven y precario, y un año, 1975, que terminó con la muerte del dictador y con la sensación de que algo se abría.

Quienes recogimos entonces el título nos fuimos con una cosa curiosa, y es que el papel decía «Universidad de Bilbao», una institución que cinco años después ya no existiría con ese nombre. 

Del distrito a la universidad del país. La reivindicación de una universidad propia no era nueva. Se hablaba de la antigua Universidad de Oñati como antecedente remoto, de un proyecto de Universidad Vasco-Navarra presentado en 1866 por la Diputación de Navarra, y de una Universidad Vasca de efímera existencia, decretada por el Gobierno vasco en octubre de 1936 y con una Facultad de Medicina inaugurada el 1 de diciembre de aquel año, en plena guerra. El hilo reaparece en 1977, cuando a la Universidad de Bilbao se suman los centros universitarios de Álava y Gipuzkoa, y se consolida tras el Estatuto de Autonomía, de diciembre de 1979. El 25 de febrero de 1980, el Ministerio autorizó el cambio de denominación: nacía la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, que hoy se reparte en tres campus.

La lección histórica tiene una ironía agradable. Un Estado que quería descongestionar universidades antiguas terminó sembrando, casi sin querer, la semilla de la universidad pública de todo un país.

Qué podemos hacer con esta memoria. Una historia así se pierde si nadie la cuenta. Propongo un plan a diez años con tres frentes. En lectura, dedicar los dos primeros años a leer las fuentes de la propia UPV/EHU, empezando por el artículo de Paulí Dávila y los fondos del Archivo General, y organizar un pequeño círculo de lectura con tres o cuatro personas de la misma promoción. En escritura, recoger entre 2027 y 2030 al menos cien testimonios breves de quienes estudiaron entre 1968 y 1980, con una ficha común (facultad, sede, profesores, cómo se vivía el curso), y depositarlos en un repositorio abierto. En voluntariado, ofrecerse hacia 2030 al Museo de la Educación de la UPV/EHU o a las asociaciones de antiguos alumnos para digitalizar fotografías, apuntes y carnés.

Se evalúa con tres indicadores sencillos: testimonios archivados cada año, personas distintas que participan, y consultas o citas que reciba el repositorio al cabo de cinco y diez años. Si en 2036 hay cuatrocientos testimonios y una exposición itinerante, la universidad habrá recuperado su propia infancia.

Monasterio de Leire, la visita que debíamos desde 1983

Hoy alcanzamos 26 millones de visitas a las12 horas del mediodía (foto) en apenas 6 días desde el anterior 25º millón. Es tiempo de cumplir una promesa. Ya estamos programando para este mes de noviembre de 2026 una visita por Navarra, donde hemos estado y pernoctado muchas veces, con un lugar pendiente muy especial. Esta es una guía improvisada para una visita demorada ya 43 años. 

Nuestra primera hija se llama Leire. Nació en 1983 y desde entonces teníamos pendiente una visita que cualquiera daría por obvia: conocer el monasterio que le da nombre. Han pasado cuarenta y tres años. Ella sí ha estado, con su familia y con sus hijos. Nosotros, todavía no. Prometemos un álbum de imágenes en menos de un mes,... 

¿Cómo se explica? Quizá como se explican casi todas las cosas cercanas: «ya iremos el mes o el año que viene». Lo próximo siempre espera, y lo lejano se planifica con meses de antelación. Conviene confesarlo con humildad, porque de ahí nace esta guía. 

El monasterio de San Salvador de Leire (Yesa, Navarra) se alza en la falda de la sierra del mismo nombre, con el embalse de Yesa a sus pies. Las primeras noticias fiables lo sitúan en el siglo IX, con una visita de san Eulogio de Córdoba hacia el año 848. Durante siglos fue panteón de los primeros reyes pamploneses y centro espiritual del reino naciente.

Lo primero que pensamos hacer es empezar por la cripta, del siglo XI, la parte más antigua del conjunto. Sus bóvedas bajísimas descansan sobre columnas gruesas y capiteles toscos, y aguantan en pie desde hace casi mil años. Es arquitectura de supervivencia: sostener un templo entero sobre la roca y hacerlo con modestia.

Arriba espera la iglesia románica, consagrada en 1098, con tres ábsides esbeltos y una nave de austeridad cisterciense. Los cistercienses llegaron en 1236. Después, la Porta Speciosa, la portada occidental del siglo XII, con sus arquivoltas pobladas de figuras. Es el contrapunto exacto de la cripta: aquí la piedra se ha vuelto narración.

La historia posterior tiene su dramatismo. La desamortización de Mendizábal (1835-1836) vació el monasterio y lo dejó en ruina durante más de un siglo. Los benedictinos volvieron en 1954, procedentes de Silos, y desde entonces la comunidad mantiene viva la liturgia con canto gregoriano. Si el calendario lo permite, intentaremos coincidir con algún oficio. Escuchar ese canto bajo bóvedas del siglo XI no es una actividad turística, es otra manera de estar en un lugar.

Unamuno llamó intrahistoria a la vida callada de quienes sostienen un país sin salir en los libros. Leire es un buen sitio para entender la palabra, y también nuestra propia familia lo es: un nombre elegido en 1983, una hija que lo ha paseado después con sus hijos, unos padres que llegan los últimos. Es una intrahistoria pequeña, pero nuestra.

Para quien quiera organizarse, se llega con facilidad desde Pamplona (unos 50 km) por la carretera de Yesa, y hay hospedería en el propio monasterio. Horarios, precios y días de cierre cambian con la temporada, así que conviene confirmarlos antes en la web oficial [www.monasteriodeleyre.com]. Nuestro plan es llegar temprano, bajar a la cripta y dejar para el final el mirador, con el pantano a un lado y la sierra al otro.

Recomendamos este tipo de visitas a quien tenga un lugar cercano esperando desde hace años. ¿Cuál es el tuyo? Nosotros ya tenemos fecha, y Leire, la nuestra, sabrá guiarnos mejor que cualquier folleto. Eskerrik asko, Leire!

Llamada a la acción. Proponemos elegir este año un lugar cercano que llevemos tiempo aplazando y visitarlo, mejor en compañía de quien ya lo conoce, para escuchar su versión. Objetivo a 2 años: cuatro de esas visitas, con crónica breve en el blog. A 5 años: una pequeña ruta familiar de «lugares pendientes» de Euskal Herria y Navarra. A 10 años: un álbum comentado, con fotografías y fechas, que puedan heredar hijos y nietos. Evaluación: revisión anual de visitas hechas, crónicas publicadas y lectores que cuenten la suya.

Reality+: David Chalmers dice que lo virtual es realidad genuina

Hoy nos detendremos a analizar una vieja sospecha o paranoia muy habitual, inducida o natural, en muchos de nosotros. Lo haremos con el libro Reality+ de David Chalmers y la realidad que cabe en unas gafas. 

¿Y si el mundo en el que desayunamos esta mañana fuese un programa? Con esa pregunta, vieja como la filosofía y nueva como un casco de realidad virtual, abre David Chalmers Reality+: Virtual Worlds and the Problems of Philosophy, publicado en enero de 2022 por W. W. Norton. Chalmers, nacido en Australia y profesor en la Universidad de Nueva York, es conocido desde 1994 por formular el «problema difícil de la conciencia»: por qué sentir algo se parece a algo. Aquí cambia de escala y se pregunta qué es, en el fondo, lo real.

Su tesis cabe en una frase y es valiente: los mundos virtuales son realidades genuinas, no sucedáneos. Un objeto digital, dice, tiene poderes causales sobre nuestra experiencia, existe de verdad en el ordenador y puede importarnos tanto como una mesa. Lo llama «realismo virtual». Lo que ocurre dentro de un mundo virtual puede ser tan auténtico como lo que ocurre fuera, y una vida plena puede vivirse en él.

El libro recorre los clásicos con ojos nuevos. El demonio maligno de Descartes (Meditaciones metafísicas, 1641) y la caverna de Platón se convierten en antepasados de Matrix. La hipótesis de la simulación, formulada por el filósofo sueco Nick Bostrom en 2003 en su artículo «Are You Living in a Computer Simulation?», pasa de pesadilla escéptica a hipótesis metafísica. Si vivimos en una simulación, no se sigue que nada exista: solo cambiaría la naturaleza de lo que existe. Las mesas, las montañas y el café siguen ahí, hechos de otra materia, de información. Es una idea que mareará a unos y consolará a otros.

Quizá lo más hermoso es que esta discusión tan de 2022 ya la tuvimos en castellano en 1914. En Niebla, Miguel de Unamuno hace que Augusto Pérez visite a su autor para protestar porque este quiere matarlo, y el autor le replica que él no es más que un ente de ficción. Augusto se rebela, y el lector sale dudando de quién es más real de los dos. 

Según nuestra experiencia, el libro tiene una virtud rara en filosofía: se deja leer. Son unas 500 páginas que alternan rigor y humor, con ejemplos de videojuegos, realidad aumentada e interfaces cerebrales. Quien enseña sabe lo difícil que es que un alumno de 16 años se interese por Descartes, y quien tenga un casco de realidad virtual en casa, o un nieto que lo tenga, encontrará aquí una excusa magnífica para empezar la conversación. 

Queda una cuestión ética que Chalmers no esquiva: si esos mundos son reales, lo que ocurre en ellos tiene consecuencias éticas. Hay que pensar en la dignidad de quien habita una plataforma, en los derechos digitales, en quién manda en un universo que es propiedad de una empresa. Esa tarea nos espera a todos.

Recomendamos Reality+ a quien guste de pensar despacio, y recomendamos releer Niebla a continuación, a modo de contrapunto. Y una pregunta final, de las que no se resuelven en una tarde: si mañana supieras con certeza que tu mundo es una simulación, ¿vivirías de otra manera? Yo, desde luego, seguiría escribiendo este blog.

Para pasar a la acción (horizonte 2–10 años): Leer: un libro de filosofía al trimestre, empezando por Reality+, y Niebla en el segundo. Objetivo a 2 años: 8 lecturas comentadas. Evaluación: una ficha de 200 palabras por libro en el blog. Escribir: una entrada mensual que cruce tecnología y humanidades. Objetivo a 5 años: 60 entradas. Evaluación: revisión anual de visitas y comentarios. Voluntariado y activismo: ofrecer un taller de alfabetización digital y pensamiento crítico en una biblioteca o aula de Getxo y Bilbao. Objetivo a 10 años: 100 personas formadas. Evaluación: encuesta de 5 preguntas al inicio y al final de cada taller.

El Recreo vuelve: el podcast educativo tras 7 años de pausa

En unas semanas haremos un nueva entrevista con Gorka Fernández (ver en otros muchos posts). En esta ocasión será para El Recreo: el podcast de educación que se tomó siete años de descanso. ¿Cuánto tarda en volver de un recreo? En el caso de Gorka Fernández, siete años y medio. Su podcast El Recreo arrancó el 9 de enero de 2015 con un episodio sobre libros, lecturas y bibliotecas junto a José Luis Bracamonte, y se despidió el 27 de febrero de 2019 tras 69 episodios. Ahora, en este 2026, ha vuelto con el número 70.

Nos interesa el caso por lo que enseña sobre las conversaciones pausadas. El proyecto nació con una idea sencilla: entrevistar a profesionales de la educación de forma distendida, como si estuviésemos en un recreo, con secciones de cultura y literatura. Su lema es un juego de palabras que nos gusta: recreo, recree, vuelve a creer. Gorka Fernández venía de la radio, también de la comunitaria Radiópolis, y quería conservar un espacio para hablar de educación de una manera diferente.

La nómina de invitados explica el interés. En junio de 2015 el micrófono se abrió a adolescentes de un instituto; después llegaron docentes de escuela rural, defensores de una gamificación que no tiene por qué ser digital, voces a favor de la diversidad en el aula y hasta una conversación sobre la supervivencia del gallego. Es decir, educación vista desde la tiza, desde el pupitre y desde la familia.

En 2019 el podcast se despidió, pero su autor no se quedó quieto. Anunció nuevas aventuras: un programa diario de desarrollo personal, El timbre, y un programa de televisión, Mesa Camilla. También un libro, Aprende y disfruta, que recoge 40 conversaciones mantenidas, entre otros podcasts, en El Recreo. Más tarde él mismo reconocería que los proyectos se le acumularon y fue dejando de lado el más personal, el que había nacido simplemente para conversar.

El regreso ha sido con un episodio sobre comunidades de aprendizaje, junto a Daniel Maestre. Gorka pretende publicar dos episodios al mes y abrir el espacio a docentes, directores y otros profesionales. La próxima invitada será Begoña Iza, profesora de Geografía e Historia y parlamentaria andaluza. Lo más honesto de su anuncio es que no sabe cuánto durará esta nueva etapa. 

Según nuestra experiencia, tras más de veinte (20) años de blog, desde abril de 2005, los proyectos que se pausan rara vez mueren: esperan. Hemos visto entradas dormidas durante años que, al retomarlas, tenían más sentido que el día en que las escribimos. Quizá lo mismo valga para un podcast. 

Recomendamos escuchar juntos el primer y el último episodio publicados: el de 2015 sobre bibliotecas y el #70. Entre ambos hay un tramo de la educación española contado en voz de quienes la hacen cada día. Eskerrik asko, Gorka, por devolvernos el recreo.

Llamada a la acción (2–10 años). Os proponemos escuchar un episodio al mes y comentarlo por escrito. A dos (2) años, el objetivo es haber escuchado 24 episodios y publicado seis reseñas propias; a cinco (5), montar un pequeño club de escucha en un centro educativo o asociación, o ayudar como voluntario a quien grabe conversaciones docentes en tu entorno; a diez (10), contribuir a un archivo abierto de voces educativas en castellano y euskera. Para evaluarlo, una revisión semestral con tres cifras: episodios escuchados, textos publicados y personas implicadas. Listado de episodios en Podcast Republic.