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Una semana fuera del tiempo: ¿Pasado o futuro?

Hoy en la piscina un viejo amigo murciano muy viajado, Javier Navarro Pina, nos ha planteado a un grupo una pregunta con mucha enjundia, que hemos ido respondiendo como hemos improvisado. Esta era la formulación: Si pudieras pasar una semana en cualquier momento de la historia pasada o del futuro, ¿qué año y lugar elegirías? 

Ahora, con un poco más de tiempo, descomponemos la pregunta en dos posts, porque es una cuestión sumamente interesante para un blog de historia, literatura, filosofía y educación: 1º ¿Preferirías conocer el pasado que nos explica o viajar al futuro para saber qué nos espera? 2º Sería definirte por un tiempo y lugar (en el siguiente post).

¿Viajarías al pasado para comprenderlo o al futuro para descubrirlo? Siete días para conocer mejor el pasado o para descubrir el futuro de la humanidad en este viaje imposible que todos querríamos hacer, hacia el ayer (incluso previo a  nuestro nacimiento) o al mañana cercano o remoto. ¿Conocer nuestros orígenes o nuestro destino? Serían dos formas fascinantes de conocer la humanidad, su principio y -quizá- su final, revivir cómo fuimos o cómo seremos.

Es una pregunta excelente porque obliga a elegir entre la nostalgia de lo que sabemos que ocurrió y la curiosidad por lo que todavía no conocemos. Si la elección fuera realmente libre —una semana, cualquier lugar, con regreso garantizado y sin alterar la historia—, yo distinguiría entre una elección intelectualmente fascinante y otra emocionalmente poderosa. Analizamos sus pros y contras de cada opción.

Una semana en el pasado. 

Ventajas: 1. Ser testigo de un momento histórico real. Podrías estar en Atenas durante la época de Pericles, en Florencia con Leonardo, en París durante la Revolución Francesa, en Bilbao durante la industrialización o contemplar una civilización desaparecida.

2. Ver a grandes personajes sin intermediarios. Conversar —si fuera posible entenderse— con Sócrates, Aristóteles, Cervantes, Shakespeare, Einstein o Marie Curie sería una experiencia incomparable.

3. Resolver enigmas históricos. ¿Quién dijo realmente determinadas frases? ¿Cómo era exactamente una batalla? ¿Qué ocurrió entre bastidores? ¿Cómo vivía una persona corriente en una época concreta?

4. Comprender la vida cotidiana. Los libros conservan acontecimientos, pero rara vez transmiten completamente los olores, sonidos, comidas, enfermedades, miedos, trabajos y relaciones humanas de una época.

5. Comparar mito y realidad. Quizá descubriríamos que algunas épocas que idealizamos fueron mucho más duras de lo que imaginamos.

Desventajas: Higiene, enfermedades y medicina: una semana podría ser mucho más peligrosa de lo que parece. Barreras lingüísticas: incluso viajando a nuestro propio país podríamos no entender fácilmente la lengua de hace siglos. Violencia y desigualdad: muchas sociedades históricas eran extraordinariamente inseguras. Ausencia de comodidades modernas: electricidad, antibióticos, agua corriente, comunicaciones… Riesgo psicológico: comprobar que nuestros héroes eran seres humanos bastante menos admirables podría resultar decepcionante. Y existe una gran paradoja: sabemos cómo terminó el pasado, pero no podemos cambiarlo.

Una semana en el futuro

Ventajas: 1. Conocer qué ocurrió realmente. Podríamos saber qué tecnologías triunfaron, cómo evolucionó la humanidad y qué problemas actuales fueron resueltos.

2. Contemplar tecnologías hoy inimaginables. Medicina regenerativa, inteligencia artificial, energía ilimitada, exploración espacial, longevidad inverosímil, realidad aumentada, teletransporte,…

3. Conocer el destino de la humanidad. ¿Habrá ciudades en Marte? ¿Habrá desaparecido el automóvil privado? ¿Cómo será la educación? ¿Seguirán existiendo los Estados?

4. Resolver incertidumbres personales y colectivas. Incluso podríamos descubrir qué ocurrió con nuestra familia, nuestra ciudad, nuestra cultura o nuestro propio legado.

5. Volver con conocimiento extraordinariamente valioso. Una semana en el futuro podría proporcionar información capaz de transformar nuestro presente.

Desventajas: Y aquí aparece el gran problema de una experiencia que sería radicalmente distinta. Podría ser un futuro que no quisiéramos conocer. Podríamos encontrarnos con: cambio climático irreversible; guerras devastadoras; pérdida de libertades; sociedades profundamente desiguales; una inteligencia artificial dominante; desaparición de especies; colapso demográfico; una humanidad que ya no reconocemos.

Además, existe un riesgo filosófico y científico (porque nada con masa puede viajar al futuro): si conocemos el futuro, quizá dejamos de ser libres respecto a élY otro todavía más inquietante: ¿qué ocurriría si descubrimos que nosotros mismos ya no existimos, o no que nada del legado propio personal o colectivo?

¿Qué elegiría yo?

Si la condición fuese regresar exactamente al presente al cabo de siete días y no modificar nada, elegiría el futuroPero no viajaría miles de años. Elegiría probablemente unos 100-150 años hacia adelante, quizá alrededor de 2150-2175.

¿Por qué? Porque 150 años permitirían contemplar transformaciones enormes sin convertir el viaje en una visita a un universo completamente incomprensible. Me interesaría especialmente observar: cómo viven las personas, cómo aman, cómo educan a sus hijos, qué leen, qué consideran trabajo, qué significa ser humano y qué relación mantienen con las máquinas. Más que conocer los inventos del futuro, querría descubrir qué ha ocurrido con la condición humana.

Y hay una segunda opción que parece todavía más tentadora: viajar al pasado a un momento concreto de Bilbao o del País Vasco, para observar durante una semana la vida cotidiana de nuestros antepasados. Porque el futuro podemos intentar construirlo; el pasado ya es irrecuperable.

La verdadera elección, en realidad, las dos opciones responden a dos deseos humanos legítimos pero diferentes: Pasado → “Quiero saber de dónde venimos.” o Futuro → “Quiero saber hacia dónde vamos.”

La generación ansiosa: Infancia, móviles y salud mental

En 2024 el psicólogo social Jonathan Haidt (otros muchos posts nuestros), profesor de la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, publicó The Anxious Generation, traducido al castellano como La generación ansiosa (Deusto). El autor, conocido ya por La hipótesis de la felicidad y por La mente de los justos, y coautor junto a Greg Lukianoff de La transformación de la mente moderna, vuelve sobre un terreno que domina desde hace década y media: la psicología moral aplicada a los grandes desajustes de nuestro tiempo. Esta vez el objeto de estudio es más íntimo y más alarmante: el derrumbe de la salud mental de los adolescentes occidentales desde comienzos de la década de 2010. 

El libro sostiene que la generación nacida después de 1995 —la llamada generación Z— desarrolló su identidad en medio de una transformación tecnológica y cultural sin precedentes, marcada por el uso extendido de los smartphones y de redes sociales diseñadas para generar dependencia. Haidt describe dos tendencias simultáneas y, a su juicio, igualmente dañinas: la sobreprotección de los niños en el mundo físico —patios vigilados, juego libre casi extinguido, autonomía infantil reducida al mínimo— y, en paralelo, una desprotección casi total en el mundo virtual, donde bastaba con marcar una casilla para acceder, sin control real, a plataformas concebidas para adultos. El autor identifica cuatro daños fundamentales derivados de este entorno: la privación social, la falta de sueño, la fragmentación de la atención y un mecanismo de recompensa que libera dopamina sin llegar nunca a saciar, generando algo parecido a un síndrome de abstinencia. De ahí sus propuestas, tan citadas como discutidas: posponer el acceso al smartphone hasta la educación secundaria, retrasar las redes sociales hasta los dieciséis años, instaurar centros educativos libres de móviles y devolver a la infancia el juego no supervisado.

La solidez del libro reside en la acumulación: cientos de notas, gráficos y estudios que dibujan una correlación temporal muy marcada entre la difusión del smartphone —hacia 2012— y el aumento de la ansiedad, la depresión y las hospitalizaciones por autolesión entre adolescentes, especialmente chicas. Pero es precisamente esa acumulación la que ha desatado la controversia académica más intensa en torno a un ensayo de divulgación psicológica en años recientes. La psicóloga Candice Odgers, en una reseña muy comentada publicada en Nature, sostuvo que cientos de investigadores han buscado los grandes efectos que describe Haidt y solo han hallado asociaciones nulas, pequeñas o mixtas, en su mayoría de naturaleza correlativa, no causal. Otros especialistas, como Andrew Przybylski o Peter Etchells, coinciden en que los datos sobre tiempo de pantalla y bienestar distan de ser concluyentes. 

 Haidt ha respondido punto por punto, defendiendo que la variedad y convergencia de métodos —estudios longitudinales, cuasiexperimentales y de dosis-respuesta— apunta más allá de la simple coincidencia temporal. El debate sigue abierto, y probablemente lo estará durante años: la psicología social rara vez ofrece pruebas de causalidad tan limpias como exigiría el rigor experimental puro.

Más allá de quién tenga razón en el detalle metodológico, La generación ansiosa ha logrado algo poco frecuente en un ensayo académico: instalar en la conversación pública, en los claustros docentes y en los hogares, la pregunta de si hemos delegado la crianza de una generación entera en arquitecturas digitales diseñadas para capturar la atención antes que para cuidarla. No es la primera vez que una tecnología nueva —el cine, los cómics, la televisión, los videojuegos— provoca una alarma moral que después la investigación matiza o desmiente en parte; los críticos de Haidt no dejan de recordarlo. Pero tampoco es descartable que esta vez la escala del cambio —la sustitución casi total del juego presencial por la pantalla en apenas una década— merezca la seriedad con la que el propio Haidt, desde su cátedra de ética en Stern, ha decidido tratarla. 

@ani.pocino Este libro se tiene que leer sí o sí 📖🤯 Lo recomendó Bill Gates como uno de los mejores libros que había leído en el último año ¡es brutal! 🙌🏼 #emprendedor #motivacion #libros #redesociales #ansiedad #lageneracionansiosa #jonathanhaidt ♬ sonido original - Ani Pocino

Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras característicasLa segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidezEsta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicadaEl criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conductaCipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivoLa cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosaLa quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

Eclipses en la literatura desde Homero a Stephen King

El eclipse es, ante todo, una fractura: el instante en que el orden visible del cielo se rompe y el mundo, por unos minutos, deja de reconocerse a sí mismo. Desde que los primeros relatos humanos intentaron nombrar lo inexplicable, ese apagón repentino del sol o la luna se ha convertido en uno de los recursos narrativos más fecundos de la literatura universal: no como simple curiosidad astronómica, sino como bisagra dramática capaz de sellar destinos, revelar verdades y medir la distancia entre lo humano y lo cósmico. 

Las primeras huellas de eclipses en las letras universales se confunden con el mito y la épica. En la Odisea de Homero (Canto XX), el adivino Teoclímeno profetiza la inminente caída de los pretendientes de Penélope exclamando: "¡El Sol se ha extinguido en el cielo y una penumbra infernal lo cubre todo!". Astrónomos y filólogos modernos sugieren que esta cita alude al eclipse total registrado en las islas jónicas el 16 de abril del 1178 a.C. Siglos más tarde, el poeta griego Arquíloco de Paros inmortalizó en verso el eclipse del 648 a.C.: "Nada hay en el mundo insospechado desde que Zeus hizo la noche en pleno mediodía". En este punto, el fenómeno astronómico trasciende la crónica histórica para convertirse en metáfora pura de la vulnerabilidad humana ante el cosmos.

Ya en la Odisea, Homero convierte la oscuridad repentina en presagio de la matanza de los pretendientes: el cielo se apaga justo antes de que Ulises ejecute su venganza, y los filólogos todavía debaten si el poeta describía un fenómeno real —algunos sitúan ese eclipse en el año 1178 antes de nuestra era— o si simplemente heredaba el lugar común que identificaba el sol apagado con la muerte inminente. Esa ecuación entre oscuridad y catástrofe atravesó los evangelios, donde la tiniebla que cubre la tierra en la crucifixión, según Lucas, fijó durante siglos la lectura teológica del fenómeno. 

Resulta significativo que fuera Dante quien, a comienzos del siglo XIV, torciera esa tradición: en el canto XXIX del Paraíso hace que Beatriz se burle de los predicadores que fabulan explicaciones sobre los eclipses y zanje, con una frase que roza la física antes de tiempo, que la luz simplemente se ocultó por sí misma. El eclipse deja de ser sólo augurio y empieza a ser objeto de conocimiento.

Esa tensión entre saber y asombro reaparece siglos después con un giro pragmático en Mark Twain: en Un yanqui en la corte del rey Arturo, el protagonista salva la vida en la hoguera fingiendo controlar el sol gracias a que conoce de antemano la fecha exacta de un eclipse. La escena es también una sátira sobre la superstición y el poder de quien posee información que otros ignoran, un tema que la ciencia ficción retomaría décadas más tarde: en 2001: una odisea del espacio, Arthur C. Clarke convierte una alineación cósmica entre el sol, la luna y la tierra en el umbral de un salto evolutivo, actualizando el viejo lenguaje del presagio con vocabulario científico.

En El rey Lear de William Shakespeare, el conde de Gloucester vincula el colapso político de la obra con los eventos astronómicos: "Estos últimos eclipses de Sol y Luna no nos presagian nada bueno". H. Rider Haggard en Las minas del rey Salomón (1885), una alineación astronómica permite a los exploradores salvar sus vidas frente a una tribu hostil, emulando la estratagema histórica usada por Cristóbal Colón en Jamaica en 1504.

El siglo XX añadió una dimensión que antes apenas existía: la experiencia vivida en primera persona. Virginia Woolf dejó en su diario, y luego en el ensayo El sol y los peces (1928), el relato de un viaje nocturno hasta Yorkshire para presenciar el eclipse de 1927, convertido en una suerte de acontecimiento colectivo casi cinematográfico. Annie Dillard llevó ese impulso aún más lejos en su crónica Eclipse total (1982), escrita tras desplazarse hasta el valle de Yakima en 1979: su texto insiste en que ver un eclipse total es una experiencia radicalmente distinta de cualquier cosa que se pueda saber de antemano sobre él, una lección de fenomenología pura.

También la literatura latinoamericana encontró en el eclipse un símbolo político. En Los recuerdos del porvenir (1963), Elena Garro tiñe el cielo de Ixtepec, el pueblo ficticio devastado por la Guerra Cristera, con una luz mortecina que subraya el fatalismo y la opresión de sus habitantes, fundiendo realismo mágico y memoria histórica en una de las novelas fundacionales de la narrativa mexicana moderna. Stephen King, por su parte, devolvió el eclipse al terreno íntimo: en Dolores Claiborne y El juego de Gerald, ambas de 1992, la oscuridad de 1963 enmarca una liberación tan traumática como necesaria.

Revisitar los eclipses en los libros es celebrar la interdisciplinariedad entre la ciencia, la educación y la cultura. Comprobar cómo la humanidad ha leído el cielo a lo largo de los siglos nos invita a observar el firmamento con la precisión del físico y el asombro renovado del poeta.

8/8: Día del Infinito, celebrado en matemáticas y literatura


El calendario, tan afecto a las conmemoraciones improvisadas, ha decidido que hoy, 8 de agosto, sea el Día del Infinito. Conviene decirlo con la prudencia que exige la honestidad: no hay detrás ninguna resolución de la ONU ni acuerdo alguno de sociedad matemática internacional que respalde la fecha. Se trata, según cuentan quienes han rastreado su origen, de una ocurrencia surgida hacia 1987 de un filósofo y poeta neoyorquino, Jean-Pierre Ady Fenyo, que propuso dedicar ese día a pensar, crear y filosofar libremente sobre lo ilimitado. La gracia reside en la geometría: un 8 tumbado sobre su eje dibuja exactamente la lemniscata, el símbolo ∞ que el matemático inglés John Wallis introdujo en 1655 para representar la idea de infinito. Ocho del ocho, pues, como un guiño visual que la aritmética convierte en emblema. 

Que la efeméride sea de origen informal no resta interés al motivo que celebra. Pocas nociones han inquietado tanto a la razón humana como el infinito, y pocas han exigido un trabajo intelectual tan arduo para ser domesticadas sin perder su vértigo. Aristóteles ya distinguió entre un infinito potencial —el de la serie de los números naturales, que siempre admite un paso más— y un infinito actual, dado de una vez, que su lógica prefería evitar. Hubo que esperar a finales del siglo XIX para que Georg Cantor demostrara que existen infinitos de distinto tamaño: el infinito numerable de los naturales y los enteros, y el infinito no numerable, estrictamente mayor, de los números reales. La imagen del Hotel de Hilbert —un hotel con infinitas habitaciones, todas ocupadas, capaz sin embargo de alojar a un huésped más con solo desplazar a cada inquilino a la habitación siguiente— sigue siendo la mejor invitación pedagógica a ese territorio donde la intuición cotidiana deja de servir de guía.

La filosofía ha tratado el infinito con una mezcla de fascinación y cautela. Spinoza situó en el centro de su sistema una sustancia infinita, causa de sí misma, que se manifiesta en infinitos atributos de los cuales solo conocemos dos, el pensamiento y la extensión: un infinito que no está en otro lugar, sino que es la textura misma de lo real. Unamuno, en cambio, convirtió el infinito en una herida: el ansia de pervivencia sin término, esa «hambre de inmortalidad» que recorre Del sentimiento trágico de la vida, nace precisamente de la conciencia de que somos finitos y de que no logramos resignarnos del todo a serlo. 

La literatura ha sabido narrar lo que la lógica solo puede demostrar. Bernardo Atxaga, en Obabakoak, construye relatos dentro de relatos que se remiten unos a otros como si buscaran, sin decirlo, esa misma lemniscata: un recorrido que vuelve siempre sobre sí mismo sin cerrarse del todo. Algo semejante persiguió Borges con su Biblioteca de Babel, catálogo imposible de todos los libros posibles.

Así que este 8/8, más allá de la broma numerológica y de los «portales astrales» con que algunos lo han decorado esta semana, deja una lección aprovechable: el infinito no es solo un número muy grande, sino una pregunta que las matemáticas, la filosofía y la literatura llevan siglos formulando, sin agotarla jamás. Celebrarlo un día al año, aunque sea por capricho de un poeta neoyorquino de 1987, no parece mal punto de partida.

Una oportunidad didáctica en el aulaDesde una perspectiva pedagógica, la celebración del 8 de agosto brinda un pretexto didáctico valioso. La enseñanza de las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) sufre a menudo de un exceso de mecanicismo que desconecta las herramientas operativas de sus implicaciones conceptuales. Discutir el infinito en el aula permite tender puentes inmediatos entre el cálculo algebraico y la reflexión humanística.

Interrogar a los estudiantes sobre si existen más números enteros que números pares (la paradoja del hotel de Hilbert) o utilizar fragmentos literarios para introducir nociones de límites y series no solo estimula el pensamiento abstracto, sino que derriba la división artificial entre ciencias y letras. Utilizar el 8/8 como hito simbólico invita a recordar que la búsqueda del saber es un continuo tan vasto y dinámico como el símbolo que hoy se celebra.

Cultura y simulacro: Baudrillard predijo la posverdad

En 1978, cuando Editorial Kairós encargó a Pedro Rovira la traducción de unos ensayos dispersos de Jean Baudrillard, nadie podía sospechar que aquel volumen modesto, Cultura y simulacro, contenía ya el germen de una de las intuiciones más inquietantes del pensamiento contemporáneo: la sospecha de que la realidad, tal y como la entendíamos, había dejado de existir. Casi medio siglo después, en plena era de algoritmos, deepfakes y realidades aumentadas, el libro se lee menos como una reliquia académica que como un mapa —él mismo hubiera apreciado la ironía— de nuestro presente.

Jean Baudrillard (Reims, 1929 – París, 2007) fue sociólogo de formación y filósofo por vocación. Estudió filología germánica en la Sorbona, tradujo a Marx y a Brecht, y en 1966 defendió en Nanterre una tesis dirigida por Henri Lefebvre. Tras dedicar sus primeros libros —El sistema de los objetos y La sociedad de consumo— a diseccionar el fetichismo de las mercancías, derivó hacia una crítica radical de la representación que lo convirtió, junto a Lyotard y Deleuze, en una de las voces centrales de la posmodernidad. Su fama mundial llegó más tarde, cuando los hermanos Wachowski convirtieron su obra mayor, Simulacra and Simulation (1981), en atrezo filosófico de Matrix, gesto que el propio autor recibió con escepticismo: sospechaba, no sin razón, que el cine había simplificado su tesis hasta la caricatura.

El corazón de Cultura y simulacro es el ensayo «La precesión de los simulacros», donde Baudrillard invierte la célebre fábula de Borges sobre los cartógrafos del Imperio, que dibujaban un mapa tan detallado que terminaba por cubrir el territorio. Hoy, sostiene, ya no queda territorio que precise mapa: es el mapa —el modelo, el simulacro— el que genera el territorio, y son sus jirones los que se pudren en el desierto de lo real. De ahí nace la hiperrealidad, ese régimen donde la copia ya no remite a ningún original y donde Disneylandia cumple una función precisa: hacer creer que fuera de sus muros, en Los Ángeles, en América entera, existe todavía algo real.

Los ensayos que completan el volumen —«El efecto Beaubourg», «A la sombra de las mayorías silenciosas» y «El fin de lo social»— trasladan esa lógica al terreno político. Baudrillard describe a las masas como un agujero negro que absorbe sin devolver: ni la historia, ni la ideología, ni el sentido logran atravesarlas, porque las masas no son sujeto político sino pura inercia neutralizadora. La tesis dialoga, sin buscarlo, con La rebelión de las masas de Ortega y Gasset: donde el pensador temía la imposición de la mediocridad mayoritaria, Baudrillard describe algo aún más inquietante, una masa que ni siquiera aspira a imponerse, que simplemente disuelve cuanto se le arroja. Hannah Arendt, desde otra tradición, había advertido ya cómo las sociedades de masas erosionan el espacio común donde la política resulta posible; Baudrillard lleva esa erosión hasta su extremo lógico.

Leído hoy, el libro se adelanta con precisión inquietante a nuestro presente: campañas electorales convertidas en escenificación de signos, atentados que se disputan en el terreno de la interpretación antes que en el de los hechos, redes que fabrican consenso sin referente real alguno. No es casualidad que Cultura y simulacro recupere lectores en la era de la inteligencia artificial generativa, cuando distinguir una imagen real de una sintética ha dejado de ser un ejercicio académico para volverse cotidiano. Baudrillard no ofrece salidas ni consuelos —nunca fue su estilo—, pero sí una herramienta afilada para nombrar el vértigo. Volver a este librito de apenas doscientas páginas sigue siendo, cerca de cinco décadas después, un ejercicio de higiene intelectual.

ResumenBaudrillard, medio siglo después: cuando el mapa devora el territorio. Qué nos enseña «Cultura y simulacro» sobre las redes y la IA. De Borges a Baudrillard: el simulacro que sustituyó a la realidad. Por qué releer a Baudrillard en la era de los deepfakes.

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

ResumenCuando la utopía decide intervenir: La Cultura de BanksIain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y AsimovIain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi

H. L. Mencken: Iconoclasta de Baltimore que se rió de todo

Pocas plumas han combinado el rigor periodístico con la mordacidad como la de Henry Louis Mencken (otros posts), nacido en Baltimore el 12 de septiembre de 1880 y fallecido en la misma ciudad el 29 de enero de 1956. Hijo de un fabricante de tabaco de origen alemán, Mencken fue un autodidacta voraz: la lectura de Huckleberry Finn y la imprenta de juguete que le regaló su padre marcaron su vocación temprana por la escritura. 

Trabajó brevemente en el negocio familiar hasta la muerte de su padre en 1899, momento en el que, sin perder un solo día, se lanzó al periodismo en el Baltimore Morning Herald. En 1906 se incorporó al Baltimore Sun, diario con el que mantendría un vínculo casi vitalicio, y en 1908 empezó a ejercer la crítica literaria en la revista The Smart Set. En 1924 fundó su propia publicación, The American Mercury, que alcanzó rápidamente difusión nacional y lo consolidó como uno de los intelectuales más influyentes de la América de entreguerras.

Su hito periodístico más recordado fue la cobertura del célebre Juicio del Mono (Scopes Trial) de 1925 en Tennessee, donde un profesor fue procesado por enseñar la teoría de la evolución. Mencken bautizó el proceso con ese apodo burlón y convirtió sus crónicas en un ejercicio de sátira feroz contra el fundamentalismo religioso y la estrechez de miras provinciana. Fue amigo cercano de figuras como Theodore Dreiser, F. Scott Fitzgerald y el editor Alfred Knopf, y se erigió en defensor incondicional de la libertad de expresión y de conciencia, en una época en la que ambas se veían constantemente amenazadas por la censura moral.

Lo que hace de Mencken una lectura tan vigente cien años después no es solo su biografía, sino su estilo: un humor corrosivo que convertía cada frase en un dardo. Sobre la democracia, escribió que es la creencia de que la gente común sabe lo que quiere y merece conseguirlo, para bien o para mal. Definió el puritanismo como el temor obsesivo de que, en algún lugar, alguien pudiera ser feliz. Advirtió que ante todo problema complejo existe siempre una respuesta sencilla, clara... y equivocada. Y describió al cínico como aquel que, al oler unas flores, busca instintivamente el ataúd cercano. Su escepticismo alcanzaba también a la política institucional: llegó a sostener que todo gobierno es, en esencia, una forma de explotación organizada, y que un buen político resulta tan improbable como un ladrón honesto.

Algunas de sus citas más célebres: "El amor es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia." "La conciencia es la voz interior que nos advierte de que alguien podría estar mirando." "Un idealista es quien, al notar que una rosa huele mejor que una col, concluye que también hará mejor sopa." "El puritano es alguien que vive con el miedo permanente de que otra persona pueda estar divirtiéndose." "El objetivo práctico de la política consiste en mantener a la población alarmada mediante una interminable serie de amenazas, la mayoría imaginarias." "Nadie se ha arruinado jamás subestimando la inteligencia del público." 

Mencken no se libró de la controversia: sus posturas sobre raza y su tono a veces despiadado le valieron críticas que persisten en las relecturas contemporáneas de su obra, un matiz necesario para entender a un autor que nunca buscó ser complaciente. En la década de 1940 publicó su trilogía autobiográfica —Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days— donde repasó con la misma ironía su propia vida. En 1948 sufrió un derrame cerebral que lo dejó consciente pero incapaz de leer o escribir, una ironía cruel para quien había vivido de la palabra; pasó sus últimos años escuchando música clásica y hablando de sí mismo en pasado, como si ya hubiera muerto. Fue enterrado en el cementerio de Loudon Park, bajo un epitafio que él mismo redactó y que pedía, en lugar de lágrimas, comprensión hacia un pecador y un guiño a alguna joven poco agraciada.

Rival de Ambrose Bierce y Mark Twain en el arte del aforismo estadounidense, Mencken sigue siendo hoy una referencia obligada para entender el periodismo de opinión, el escepticismo ante el poder y el uso del ingenio como herramienta de crítica social. En tiempos de polarización y de eslóganes vacíos, releer al Sabio de Baltimore es un ejercicio saludable de humildad intelectual disfrazada de carcajada.

ResumenCitas mordaces y vida del periodista más temido de América. El humor corrosivo de Mencken, cien años después. Retrato del hombre que "lo odiaba todo" con estilo.