Saludar al llegar, despedirse al partir: Normas de cortesía

Llega el fin de agosto y es tiempo de despedidas y llegadas. Y con ello, la prueba del protocolo que es el arte universal de saber llegar y saber retirarse. Y conviene repasar esa delicada arquitectura de la cortesía, sobre el modo educado de saber llegar y, aún más decisivo, el saber despedirse. Brevemente repasaremos desde la hospitalitas clásica al omotenashi: la ética del saludo y la despedida. Así se marcan las pautas cada vez menos conservadas de aparecer y retirarse como se debe, con la precisa gramática invisible de la elegancia social. 

El sentido comunitario del saludo y la despedida para una correcta transición entre espacios. La convivencia en comunidad no se sostiene únicamente mediante leyes escritas o códigos normativos; se nutre, en primer lugar, de una filigrana cotidiana de gestos sutiles pero determinantes. Entre estos ritos mínimos de la urbanidad, dos destacan por su sencillez y su profundo impacto ético: la obligación de saludar al incorporarse a un espacio compartido y el deber de despedirse al abandonarlo. A menudo considerados meros formalismos, un análisis desde la pedagogía de la convivencia y la sociología revela que constituyen la estructura misma que articula nuestra interacción con el prójimo: los corchetes que delimitan el encuentro humano. 


El filósofo Emmanuel Levinas (otros posts nuestros) recordaba que la ética comienza en la atención hacia el rostro del otro. Bajo esa premisa, la iniciativa de quien llega al pronunciar el saludo inicial representa un acto de reconocimiento ontológico: es el recién llegado quien pide permiso simbólico para alterar, con su sola presencia, el equilibrio de la estancia. No en vano, en la tradición japonesa, el concepto de omotenashio la etiqueta del dōjō impone una inclinación precisa (rei) al cruzar el dintel, marcando la transición de la esfera exterior al recinto sagrado del grupo. Del mismo modo, en el mundo árabe, el inequívoco As-salamu alaykum —«la paz sea contigo»— es la llave verbal indispensable con la que el viajero o el visitante inaugura su interacción con la comunidad. En todos los meridianos, la omisión del saludo al entrar no se lee como simple distracción, sino como una declaración de indiferencia o una intrusión no deseada.


No menos determinante resulta el arte de la partida. Si saludar es anunciar la presencia, despedirse es restituir la armonía del grupo que permanece. Quien se va tiene el deber de cerrar el ciclo de la interacción. La retirada furtiva —aquello que los anglosajones denominan French leave y los franceses, en deliciosa simetría, partir à l'anglaise— genera una discontinuidad incómoda, un vacío sin explicaciones. En la cultura mediterránea, la despedida suele dilatarse en una conversación pausada en el dintel de la puerta, un rito de transición donde se refrenda el afecto y se proyecta el reencuentro. En el humanismo clásico, despedirse era expresar gratitud (hospitium) por el tiempo compartido y devolver al espacio la tranquilidad original. 


Desde una perspectiva educativa y humanista, estas formas invisibles son las que salvan a las sociedades modernas del anonimato deshumanizante. En una época paulatinamente inclinada hacia el individualismo y la prisa digital, recordar que la iniciativa del encuentro pertenece al que llega y la responsabilidad de la clausura al que parte supone educar en la atención hacia el otro. No se trata de imponer rigideces protocolarias, sino de cultivar la sensibilidad social.


La comunidad, en definitiva, no se edifica sobre la indiferencia. Saludar al entrar y despedirse al salir son las señas de identidad de quien comprende que vivir en sociedad exige presencia, conciencia y respeto. Son los cimientos invisibles y cosmopolitas que transforman un simple aglomerado de individuos en una verdadera comunidad humana.

Elementos químicos que forman el cuerpo humano

Cuando Carl Sagan afirmó que somos "polvo de estrellas", no recurría a una metáfora poética gratuita, sino a una descripción rigurosamente científica de nuestra composición material. El cuerpo humano, en su intrincada arquitectura biológica, no es sino una disposición particular de átomos forjados en el interior de estrellas que murieron mucho antes de que existiera el sistema solar. Comprender qué elementos químicos nos constituyen, y en qué proporciones, es adentrarse en una de las conexiones más profundas entre la física, la química y la biología.

Aproximadamente el 96% de la masa corporal humana se concentra en solo cuatro elementos: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno. El oxígeno, el más abundante con cerca del 65% del peso corporal, no se encuentra libre sino combinado mayoritariamente en forma de agua, que constituye entre el 55% y el 60% de nuestra masa. El carbono, columna vertebral de toda química orgánica, ronda el 18% y es el elemento que permite la formación de las cadenas y anillos moleculares sobre los que se sostienen proteínas, lípidos, carbohidratos y ácidos nucleicos. El hidrógeno, presente en casi todas las moléculas orgánicas y en el agua misma, aporta cerca del 10%, mientras que el nitrógeno, esencial en aminoácidos y bases nitrogenadas, contribuye con algo más del 3%.

Un segundo grupo de elementos, minoritarios en masa pero indispensables en función, completa buena parte del resto: calcio y fósforo, protagonistas de huesos y dientes pero también del metabolismo energético celular; potasio y sodio, reguladores del equilibrio hídrico y de la transmisión de impulsos nerviosos; azufre, presente en ciertos aminoácidos y en la estructura terciaria de las proteínas; cloro, ligado al equilibrio electrolítico; y magnesio, cofactor de cientos de reacciones enzimáticas.

Más allá de estos elementos mayoritarios, el organismo alberga una veintena de elementos traza, entre ellos hierro, zinc, cobre, yodo, selenio, manganeso, cromo, cobalto, molibdeno y flúor, presentes en cantidades minúsculas, a veces miligramos o incluso microgramos, pero cuya ausencia resulta incompatible con la vida. El hierro, componente de la hemoglobina, permite el transporte de oxígeno; el yodo es indispensable para la síntesis de hormonas tiroideas; el zinc participa en la actividad de cientos de enzimas y en la expresión génica. La química de la vida, se diría, opera tanto por acumulación como por escasez calculada. 

Lo verdaderamente notable de este inventario elemental no es solo su diversidad, sino su origen. Salvo el hidrógeno, formado en los primeros minutos tras el Big Bang, el resto de los elementos que componen nuestro cuerpo se sintetizó en el interior de estrellas, mediante procesos de fusión nuclear, o en las explosiones catastróficas de supernovas que dispersaron esos átomos por el cosmos. El calcio de nuestros huesos, el hierro de nuestra sangre, el oxígeno que respiramos: todo procede de hornos estelares extinguidos hace miles de millones de años. Esta perspectiva, lejos de disolver la singularidad humana en un frío inventario químico, invita a una forma distinta de asombro: la de reconocernos como el resultado transitorio y organizado de una historia cósmica que nos antecede y nos excede con largueza.

La biología, en este sentido, no contradice a la química ni a la física, sino que las culmina: organiza la materia dispersa en sistemas capaces de metabolizar, reproducirse y, en el caso humano, de preguntarse por su propio origen. Saber de qué estamos hechos no resuelve el misterio de la existencia, pero sí lo sitúa en su escala justa: la de una materia que, tras miles de millones de años de evolución cósmica, ha aprendido, contra toda probabilidad, a mirarse a sí misma.


El cuerpo humano está constituido por unos 60 elementos químicos, aunque casi el 99% de su masa total se concentra en tan solo seis de ellos.

Elemento

Símbolo

% en masa

Función principal

Oxígeno

O

65,0%

Formación del agua celular y respiración oxidativa.

Carbono

C

18,5%

Esqueleto estructural de las moléculas orgánicas (proteínas, lípidos, glúcidos).

Hidrógeno

H

9,5%

Componente del agua y de la mayoría de compuestos orgánicos.

Nitrógeno

N

3,2%

Presente en aminoácidos, proteínas y ácidos nucleicos (ADN y ARN).

Calcio

Ca

1,5%

Rigidez en huesos y dientes, contracción muscular y transmisión nerviosa.

Fósforo

P

1,0%

Estructura ósea, membranas celulares y transferencia de energía (ATP).

Potasio

K

0,4%

Regulación de impulsos nerviosos y volumen celular.

Azufre

S

0,25%

Componente de aminoácidos esenciales como la cisteína y la metionina.

Sodio

Na

0,2%

Control de la presión arterial y transmisión de impulsos eléctricos.

Cloro

Cl

0,15%

Mantenimiento del equilibrio de fluidos y digestión (ácido clorhídrico).

Magnesio

Mg

0,1%

Cofactor en más de 300 reacciones enzimáticas metabólicas.


Oligoelementos o elementos traza (< 0,1% en conjunto)

El porcentaje restante, aunque diminuto, resulta biológicamente imprescindible para el correcto funcionamiento del organismo: Hierro (Fe): ~0,006% (transporte de oxígeno en la hemoglobina). Zinc (Zn): ~0,0033% (sistema inmunitario y división celular). Otros elementos microscópicos: Cobre (Cu), Yodo (I), Flúor (F), Manganeso (Mn), Selenio (Se), Cromo (Cr), Molibdeno (Mo), Cobalto (Co) y Silicio (Si). Aunque esta distribución varía ligeramente según la edad, la masa muscular y el nivel de hidratación individual, el agua (H_2O) representa entre el 55% y el 65% del peso total de un adulto, lo que explica la alta presencia de oxígeno e hidrógeno.

Grabaciones del eclipse lunar parcial de 2026

Eclipse parcial de Luna desde Mil Palmeras
Álbum de imágenes.

A pesar de las nubes y de que ha chispeado un pco de lluvia, hemos podido grabar la parte final y más completa del eclipse parcial de la Luna (post previo con los detalles). Nos han acompañado y sorprendido por su aparición, a pesar del madrugón, los más fieles amigos, Sara y su padre Rafael. Post en elaboración.    
@agirregabiria

Eclipse parcial de Luna desde Mil Palmeras

♬ Total Eclipse of the Heart - Bonnie Tyler

Mirar y admirar: El abismo entre el ojo y el alma

Hay verbos que se disfrazan de sinónimos y que, sin embargo, señalan dos formas irreconciliables de estar en el mundo. Mirar y admirar comparten el mismo instrumento —el ojo— pero no el mismo destino. Mirar es una función casi biológica, un reflejo que el cerebro ejecuta miles de veces al día sin que medie voluntad alguna; admirar exige, en cambio, detención, entrega, una suspensión del tiempo que nuestra época, saturada de pantallas y estímulos fugaces, apenas se permite ya. 

La filosofía occidental intuyó esta distancia desde su origen. Aristóteles sostuvo que la filosofía nace del asombro, del thaumazein: no del simple ver, sino de un ver que se detiene y se interroga ante lo que parecía evidente. Ese extrañamiento es, precisamente, lo que separa la mirada de la admiración. Spinoza, siglos después, definió en su Ética la admiratio como el estado en que la mente queda fija en un objeto por su singularidad, sin relacionarlo aún con ninguna otra idea: un instante suspendido que puede ser tanto el umbral del conocimiento como su trampa, si el espíritu se detiene ahí y no avanza hacia una comprensión más adecuada. 


La literatura ha explorado esta misma frontera con instrumentos propios. Marcel Proust escribió que el verdadero viaje no consiste en buscar paisajes nuevos, sino en mirar con ojos nuevos; la frase condensa una convicción compartida por buena parte de la tradición moderna: lo que cambia no es el mundo, sino la calidad de la atención que le dedicamos. Rainer Maria Rilke llevó esa idea hasta sus últimas consecuencias en su soneto sobre el torso arcaico de Apolo: contemplar de verdad una obra de arte —admirarla— nos devuelve una mirada que exige transformación; el poema termina con una orden que resuena como advertencia: hay que cambiar de vida. Mirar una estatua es catalogarla; admirarla es sentirse observado por ella.


La pensadora Simone Weil, muy citada en este blog, ofreció quizá la formulación más precisa: la atención, llevada a su grado más alto, es idéntica a la plegaria. Admirar sería entonces una forma laica de oración, un acto de generosidad hacia lo contemplado, mientras que mirar permanece en el registro de la utilidad, del reconocimiento funcional que nos permite orientarnos sin detenernos a comprender.


Miguel de Unamuno, por su parte, habría discrepado de cualquier admiración fría o meramente estética: para el hombre de carne y hueso que él reivindicaba, admirar sin implicarse, sin que el objeto contemplado nos duela o nos alegre, sería una forma sutil de seguir mirando. La admiración auténtica compromete, no solo contempla. 


Juan Ramón Jiménez pedía a la inteligencia el nombre exacto de las cosas; esa exactitud solo llega tras la admiración, nunca tras la mirada apresurada. John Berger, por su parte, recordó que ver es siempre un acto de elección: elegimos lo que miramos, pero admirar añade a esa elección una entrega que no todo acto de ver posee.


En un tiempo de scroll infinito, donde los ojos recorren miles de imágenes sin posarse en ninguna, recuperar la admiración —esa mirada que se detiene, se pregunta y se deja transformar— no es un lujo estético, sino una forma de resistencia. Mirar es recorrer la superficie del mundo; admirar es, todavía, habitarlo. En una época saturada de imágenes, fotografías, vídeos y estímulos fugaces, recuperar la diferencia entre mirar y admirar constituye casi un ejercicio de resistencia cultural. Mirar consume un instante; admirar reclama tiempo. Mirar registra; admirar interpreta. Mirar puede distraernos; admirar puede transformarnos.


Quizá educar sea, en buena medida, enseñar esa segunda mirada. Porque al final no vemos solamente con los ojos. Vemos con nuestra memoria, nuestra inteligencia, nuestra sensibilidad y nuestros valores. Y cuando todas esas facultades se reúnen ante algo que reconocemos como valioso, la mirada deja de ser mera percepción y se convierte en admiración. La diferencia es enorme: mirar es ver que algo existe; admirar es descubrir por qué merece nuestra atención. 

49º aniversario de boda de Carmen y Mikel

Hoy, 26 de agosto de 2026, celebramos las bodas de cedro o de circón. Son 49 años desde que nos casamos, y más de 53 años juntos. Nos conocimos en otro verano, a mediados de agosto de 1973. Ella tenía entonces 18 años y yo, 20. Nos casamos este mismo día de 1977. Suman exactamente 17.897 días de amor y felicidad

Dicen que el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus hijos, aparte de la educación, es seguir unidos después de muchos años. Suponemos que también es el mejor don que unos abuelos pueden legar a sus nietos. Esto lo hemos cumplido como padres y abuelos. 

Hace años solíamos comer una paella todos juntos en un restaurante cercano. Hoy estamos en continentes distintos respecto a nuestros familiares más cercanos, hijos y nietos, pero pronto -pasado el verano- nos reuniremos todos

Se adjunta una imagen del día, con los primeros regalos sorpresa que hemos recibido de unos buenos amigos. Arriba una canción creada para la fecha por Aitor con ayuda de la IA (APP Suno AI). 

Entradas previas de nuestro aniversario en los años
20092010201120122013201420152016201720202022, 2023, 2024, 2025,...

Eclipse lunar parcial del próximo 28 de agosto de 2026

Post siguiente con las imágenes grabadas.

El eclipse lunar parcial del próximo viernes 28 de agosto de 2026 se desarrollará durante la madrugada y el amanecer. La fase de máxima cobertura ocurrirá cuando la Luna se encuentre a baja altura sobre el horizonte en dirección Oeste - Suroeste (SSO), por lo que es esencial situarse en zonas con perspectiva despejada hacia esa orientación (tierra adentro).


Horarios del eclipse (madrugada del 28 de agosto) 

  • 03:24 h – Inicio de la fase penumbral: Sutil oscurecimiento en el brillo lunar.
  • 04:34 h – Inicio de la parcialidad: Comienza a ser claramente visible la sombra terrestre en el disco lunar.
  • 06:13 h – Máximo del eclipse: La Luna alcanzará un 93% de ocultación, adquiriendo tonos rojizos cerca del horizonte.
  • 07:35 h – Puesta de la Luna: La Luna se ocultará por el horizonte mientras se aproxima el amanecer.

Dónde observarlo en Mil Palmeras y alrededores: 


Playa de Mil PalmerasOfrece una amplia visión del cielo nocturno y un entorno accesible para situarse cómodamente durante la madrugada. Aunque la Luna estará al oeste (hacia el interior de la costa), la amplitud del paseo y de la playa permite encontrar zonas despejadas lejos de obstáculos inmediatos.

Torre de la Horadada. Situada a corta distancia al sur de Mil Palmeras, esta franja litoral cuenta con amplias explanadas abiertas. Sus vías de acceso despejadas facilitan enfocar el horizonte terrestre hacia el oeste sin interferencia de grandes edificios.


Playa del Conde. Un enclave tranquilo junto a la emblemática torre vigía. Sus espacios abiertos permiten apostarse con comodidad para seguir el descenso de la Luna y capturar fotografías combinando la silueta del paisaje local con la tonalidad rojiza del eclipse.

Consejos prácticos: 

  • Orientación: Asegúrate de colocarte en puntos con la vista despejada hacia el Oeste / Suroeste, evitando que las urbanizaciones de primera línea o árboles altos tapen la Luna a partir de las 05:30 h, cuando estará más baja.
  • Observación directa: Los eclipses de Luna son 100% seguros a simple vista, sin necesidad de filtros solares.
  • Equipo recomendado: Unos prismáticos estándar (7x50 u 8x42) o una cámara con trípode te permitirán apreciar detalles del borde de la sombra y la superficie lunar.

Ardillas en nuestro paraíso: Lección de felicidad cotidiana

Ardillas en su paraíso

Una vez más escribimos sobre ardillas, incluyendo imágenes suyas. Ya ni de lejos se cumple aquel célebre mito de la ardilla que podía cruzar la península ibérica de árbol en árbol —desde los Pirineos o el mar Cantábrico hasta la Bética o Gibraltar— sin tocar jamás el suelo forma parte del imaginario popular sobre la exuberante cobertura forestal de la antigüedad.

Aunque la imagen resulta sugerente, la realidad ecológica e histórica muestra un panorama distinto. Esta cita popularmente se ha atribuido esta afirmación a autores clásicos como Plinio el Viejo o Estrabón. La realidad histórica es que en los textos de Estrabón (Geografía) y Plinio (Historia Natural) se describe una Iberia muy arbolada en amplias zonas del norte y del interior montañoso, pero ninguno de ellos escribió exactamente la frase de la ardilla. Se trata de una reconstrucción o hipérbole literaria nacida muy posteriormente.

Nuestro obligatorio baño matutino en la piscina comunitaria (posts), nos permite ver a diario a algunas de las tres ardillas felices que tenemos localizadas en el arbolado adyacente. Incluso, a nivel interno de familia, les hemos puesto nombre tirando de uno de nuestros libros favoritos: Momo (posts previos) de Michael Ende.

 A continuación, se explica quién es cada ardilla, aún no hemos conseguido una fotografía con los tres colegas,  y por qué les relacionamos con dicha obra:

  • Momo: Es la protagonista, la ardilla más habitual. Representa una niña pequeña, huérfana y misteriosa que vive en las ruinas de un antiguo anfiteatro. Su mayor virtud no es hablar, sino saber escuchar. Gracias a su capacidad de atención, logra que las personas que la visitan resuelvan sus propios problemas, encuentren la paz y jueguen de manera creativa.
  • Bepo el Barrendero: Es la segunda ardilla que le acompaña como uno de los mejores amigos de Momo. Es un hombre mayor, trabajador y muy silencioso que se dedica a barrer las calles. Bepo habla muy poco y es extremadamente reflexivo; sus respuestas suelen ser meditadas y solo dice la verdad. Es paciente y leal, y representa la sabiduría de la tranquilidad.
  • Gigi Cicerone (Girolamo): Es la ardilla más difícil de ver, y otro gran amigo de Momo. Es un joven soñador y contador de historias. Trabaja como guía turístico (de ahí el apodo "Cicerone") y se dedica a inventar cuentos fantásticos e inverosímiles para entretener a los niños y a la gente del barrio. Representa la imaginación y la creatividad.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ nhạc nền - Walker Music - Yêu ツ
Vídeo con las gafas Meta 2 de cómo fue grabado el TikTok anterior.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ оригинальный звук - music23.