Comoditizar el conocimiento, descomoditizar el talento

Comoditizar el conocimiento, descomoditizar el talento

Cuando saber es gratis, qué ha de hacer la educación vasca ante la inteligencia artificial. En 1783, en un laboratorio de Bergara, los hermanos Elhuyar aislaron el wolframio. El hallazgo nació en una institución, el Real Seminario sostenido por la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, que había entendido algo que hoy olvidamos con facilidad: el conocimiento no brota por generación espontánea, se cultiva en lugares concretos, con personas concretas y con dinero paciente. Dos siglos y medio después, una niña de Getxo puede pedirle a una máquina que le explique el wolframio en euskera a las tres de la madrugada. La pregunta incómoda llega sola: Si la respuesta es gratuita e inmediata, ¿para qué sirven escuelas, aulas y profesorados?

Durante buena parte de la historia, estudiar fue privilegio para pocos. La Ilustración vasca abrió Bergara a hijos de familias acomodadas; el pueblo llano seguía fuera. Lo notable de la trayectoria posterior es que la universalización se hizo, en buena medida, desde abajo. Con hitos sencillos también, desde la microhistoria o intrahistoria, como cuando en 1944, Elbira Zipitria abrió en Donostia una ikastola clandestina en su propia casa. 

Dos verbos prestados de la economía. Comoditizar un bien o un servicio es volverlo estándar, abundante, intercambiable y barato, como la electricidad o el agua del grifo. Descomoditizar es lo contrario: dotarlo de rasgos propios que lo hagan valioso y difícil de copiar. Un sistema educativo con equidad y excelencia necesita las dos operaciones a la vez, porque la sociedad exige que todos accedan a lo básico y, al mismo tiempo, que cada persona llegue lo más lejos que se pueda. La inteligencia artificial acelera ambos movimientos y los hace chocar. 

Entre el acceso universal y el polo de excelencia: futuro pedagógico vasco. Desde la creación de la biblioteca de Alejandría hasta la difusión de la imprenta de tipos móviles en el siglo XV, la historia del conocimiento humano ha respondido a una pauta recurrente: toda tecnología disruptiva reduce drásticamente los costes de empaquetar, almacenar y distribuir la información. Cada salto técnico desata una primera ola de democratización del acceso, seguida de una profunda reorganización de lo que una sociedad considera mérito, maestría y alta cultura. Nos hallamos hoy en el epicentro de la mayor mutación cognitiva desde la invención de la escritura. La inteligencia artificial ya no solo custodia o transmite la información; la sintetiza, la traduce, la contextualiza y la imparte a la carta. En el contexto de la educación vasca —históricamente comprometida con la equidad social y la vanguardia técnica e industrial—, este fenómeno desencadena una doble fuerza de gravedad: la comoditización de la instrucción formal y la descomoditización de la experiencia viva del aprendizaje. 

La comoditización como conquista del acceso universal. En la teoría económica, la comoditización describe el proceso mediante el cual un bien o servicio previamente escaso, complejo o exclusivo pasa a convertirse en una mercancía o servicio estandarizado, indiferenciado y accesible a bajo coste. Aplicado al ámbito pedagógico, las funciones tradicionales de la enseñanza instruccional —la lección magistral, la explicación de conceptos matemáticos complejos, el entrenamiento gramatical o la resolución guiada de problemas tipo— están dejando de ser un recurso limitado para transformarse en una utilidad pública tan disponible como el agua corriente o la luz eléctrica. 

Para el sistema educativo vasco, esta dinámica ofrece una oportunidad histórica de cohesión territorial y equidad. Desde la Educación Infantil y Primaria hasta la Educación Secundaria Obligatoria, un alumno matriculado en una escuela rural de Enkarterri o en una ikastola urbana de Getxo puede interactuar de forma cotidiana con tutores algorítmicos capaces de adaptar el ritmo, la metodología y los ejemplos a sus requerimientos neurológicos y cognitivos singulares. La IA comoditiza la instrucción básica: democratiza el acceso a explicaciones personalizadas en euskera, castellano o lenguas extranjeras, erosionando las desigualdades asociadas al entorno socioeconómico o al capital cultural de origen. El saber formal deja de ser un monopolio institucional para convertirse en un suelo común. Ahora bien, cuando la respuesta correcta y el dato preciso se vuelven ubicuos y de coste marginal nulo, el valor relativo de la mera memorización o repetición de contenidos desciende radicalmente. 

La descomoditización: la búsqueda de la excelencia singular. Como respuesta a la banalización del dato, emerge con fuerza la fuerza opuesta: la descomoditización. Si cualquier usuario dispone en su bolsillo de un asistente interactivo capaz de redactar un ensayo, resolver una ecuación diferencial o generar código de programación en segundos, ¿dónde reside el valor diferencial de una institución educativa? La respuesta se traslada hacia aquello que el algoritmo no puede replicar ni estandarizar: la presencia viva, la comunidad de indagación, la mentoría humana, la infraestructura experimental de vanguardia y la ética aplicada en entornos reales. 

La descomoditización transforma las escuelas, los institutos y los campus en centros de excelencia donde la educación se reafirma como una artesanía insustituible. En la Formación Profesional en Euskadi —articulada sobre polos de innovación como Tknika y redes de alto rendimiento— y en el ámbito universitario liderado por la Universidad del País Vasco (UPV/EHU), la excelencia ya no se mide por el volumen de teoría acumulada en los programas, sino por la capacidad de articular laboratorios de prototipado, investigación en ciencia de materiales, biotecnología o computación cuántica. Los centros educativos de alto nivel se descomoditizan convirtiéndose en espacios de incubación intelectual y humana, donde la inteligencia artificial actúa como infraestructura transparente mientras que la interacción entre docentes, alumnado e investigadoras alcanza una dimensión de alta complejidad imposible de reproducir a través de una pantalla.

Un recorrido vertebrado: desde Infantil hasta la Universidad. Este ajuste entre lo universal y lo excelente se despliega de manera diferenciada en cada etapa académica del modelo vasco: 

Educación Infantil y Primaria: La IA comoditiza el diagnóstico precoz de dificultades de aprendizaje y la diversificación de itinerarios de lectura. Simultáneamente, el aula física se descomoditiza reivindicando la psicomotricidad, la empatía, el juego simbólico, el contacto con la naturaleza y la alfabetización emocional no digitalizable. 
Secundaria y Bachillerato: La ejercitación repetitiva y el repaso conceptual son asumidos por entornos interactivos universales. La excelencia del aula presencial se reubica en la retórica, la verificación de fuentes, el debate filosófico, la lectura profunda en papel y el desarrollo del pensamiento crítico frente a los sesgos de los propios algoritmos.
Formación Profesional y Universidad: La simulación de procesos y el diseño de código se comoditizan como herramientas cotidianas; en cambio, la experimentación en taller industrial, la transferencia directa con el tejido socioeconómico, la bioética y la investigación básica y aplicada de frontera se descomoditizan, erigiendo faros de especialización competitiva regional e internacional. 

Marco de acción pedagógica y social (2026–2036). Para articular de forma coordinada la comoditización inclusiva y la descomoditización de la excelencia, se propone un plan de activación institucional a diez años centrado en tres compromisos evaluables:

Pilar 1: Lectura profunda y pensamiento crítico (Plazo: 3–5 años). Objetivo: Garantizar que el 100% del alumnado de Secundaria y Bachillerato analice anualmente al menos ocho obras ensayísticas e históricas completas en papel, evaluando de forma reflexiva los límites y sesgos de los modelos sintéticos. Evaluación: Auditorías periódicas de comprensión lectora compleja y pruebas anonimizadas de razonamiento ético-argumentativo.
Pilar 2: Cuadernos de investigación y taller analógico (Plazo: 2–4 años). Objetivo: Generalizar en la FP y la Universidad los "Cuadernos de Campo y Taller", donde la memoria metodológica escrita a mano, la defensa oral pública y la ejecución experimental directa constituyan al menos el 60% de la evaluación final. Evaluación: Rúbricas de defensa ante tribunales mixtos académicos e industriales y tasas de titulación basadas en proyectos reales de investigación. 
Pilar 3: Mentoring intergeneracional y voluntariado educativo (Plazo: 5–10 años). Objetivo: Crear una red vasca de voluntariado en la que estudiantes universitarios y de FP tutoricen la alfabetización digital crítica de alumnado de Primaria, colaborando paralelamente en la inclusión digital de personas mayores. Evaluación: Índice de participación estudiantil (meta: 50% de la matrícula universitaria/FP) y encuestas anuales de impacto en la cohesión comunitaria. 

Un reparto de tareas. La imagen que emerge es la de una pirámide con dos regímenes. La base, donde conviven el cuidado, la lectura, la lengua y el pensamiento crítico, debe ser común, accesible, inclusiva y gratuita. La cima, donde se forman las personas capaces de juzgar, crear y mejorar las propias máquinas, debe ser singular, personalizado y exigente. La tecnología abarata procesos del acceso universal a la información; esto es condición necesaria, nunca suficiente. Pero ninguna máquina asegura el conocimiento. El peligro está en confundir los regímenes: Ni someter la cima a la lógica del producto estandarizado, de modo que todos entreguen el mismo ensayo generado, ni encerrar la base en una excelencia para unos pocos.

La educación vasca no debe temer a la comoditización del saber instruccional, sino utilizarla como el cimiento universal sobre el que erigir, con rigor y sentido comunitario, verdaderos espacios de excelencia humana e intelectual. Bergara lo intuyó en 1783 sin tecnología alguna parecida: lo valioso de una institución no es lo que enseña, sino la clase de personas que forma. ¿Qué personas queremos que salgan de nuestras aulas de educación permanente a lo largo de la vida cuando las respuestas ya no cuesten nada?

Vida y obra de Anne Carson, Premio Nobel de Literatura

Vida y obra de Anne Carson, Premio Nobel de Literatura

Teníamos pendiente leer la obra de Anne Carson, una filóloga que convirtió las palabras en un laboratorio, una escritora sin fronteras, que recoge de los clásicos para iluminar el presente y que ha merecido el Premio Nobel de Literatura 2026. Su arte es convertir el conocimiento en poesía con una literatura que rompe los géneros, reivindica la libertad de la poesía y nos anima a aprender a mirar de otro modo. La literatura sigue viva cuando el pasado deja de ser una respuesta y vuelve a convertirse en una pregunta.

A los quince años, en una librería de Ontario, una adolescente aburrida abrió una edición bilingüe de Safo. A un lado, un griego impenetrable y hermoso; al otro, su traducción. Ese hueco entre dos páginas, el lugar donde un texto se rinde o se reinventa, es el territorio en el que Anne Carson ha vivido desde entonces. El 8 de octubre de 2026, la Academia Sueca le concedió el Nobel de Literatura por una obra audaz que dialoga con sentido del juego con la tradición clásica y ha creado formas nuevas para la literatura contemporánea. 

Una alumna de latín que quiso aprender griego. Anne Carson nació en Toronto en 1950, hija de un empleado de banca que cambiaba de destino por Ontario. Fue una profesora de latín, Alice Cowan, quien se ofreció a enseñarle griego a la hora del almuerzo, y la propia Carson dice que le debe su carrera. Abandonó dos veces la Universidad de Toronto, pasó un tiempo en las artes gráficas y regresó para licenciarse en 1974 y doctorarse en 1981 con una tesis sobre Safo. Ha enseñado en McGill y en Míchigan. Una trayectoria de abandonos y regresos, como sus libros. 

Los géneros, rotos como papiros. Su primer libro, Eros. Poética del deseo (1986), parte de una idea del griego: el deseo es siempre un triángulo, y eros significa carencia. Con Autobiografía de rojo (1998) contó de nuevo el mito de Gerión en una novela en verso. La belleza del marido (2001), «un ensayo ficticio en 29 tangos», le valió el Premio T. S. Eliot. En Nox (2010) convirtió en libro el duelo por su hermano, de quien llevaba años sin noticias. En Norma Jeane Baker of Troy hizo coincidir a Marilyn Monroe con Helena de Troya. Y tradujo a Safo, Sófocles y Eurípides: su versión de Antígona subió a escena en 2015 con Juliette Binoche. Es, según Reuters, la decimonovena mujer que recibe el Nobel de Literatura. 

Conocer es completar lo que falta. Hay un recorrido histórico en esta obra, y es el de la búsqueda del conocimiento. Safo nos llegó en jirones: copistas, bibliotecarios y papirólogos han tratado durante siglos de saber algo a partir de lo que falta. Carson convierte esa cadena en método. Ella misma señala la etimología como punto de partida de toda su obra, y el comité del Nobel habla de la obsesión del filólogo por las palabras unida al deseo del poeta de encontrar sentidos nuevos. Conocer no sería poseer, sino mirar el hueco con paciencia. Lo resumió así: «Si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir». 

El universo intelectual de Carson desdibuja con elegancia las fronteras entre ensayo filosófico, crítica literaria y creación poética. Frente a la inmediatez efímera que caracteriza al ecosistema digital contemporáneo, su producción reivindica la lentitud de la lectura, la precisión terminológica y la profundidad del análisis intergeneracional. Su magisterio recuerda que educar y aprender son actos de profunda humildad epistémica: reconocer lo que ignoramos para poder nombrarlo con rigor. En un tiempo fascinado por la automatización de la respuesta rápida, Carson contrapone la belleza del dilema, la investigación tenaz y el valor transformador de las Humanidades.

Una propuesta a diez años. Leer a Carson pide lentitud, y la lentitud se entrena. Durante los dos primeros años, lea un libro suyo por año (Eros. Poética del deseo, Autobiografía de rojo, La belleza del marido, todos en castellano) y anote cada semana una palabra con su etimología. Meta: 100 palabras y tres reseñas breves; se evalúa releyendo el cuaderno al final. Hacia el quinto año, organice en una biblioteca o aula un taller intergeneracional de traducción de fragmentos de Safo de Mitilene, con 10 a 12 participantes; se evalúa por asistencia (al menos el 75 %) y por un cuadernillo final. Al décimo año, un círculo de lectura estable, con encuesta anual de satisfacción y un registro de textos propios publicados.

Réplica de la Nao Victoria en Portugalete

Conferencia de Tomás Mazón, rutaelcano.com, a quien veremos este miércoles.
Recomendamos su libro: Elcano, viaje a la historia. Edición V Centenario: 98       

Apurando fechas, finalmente ayer domingo visitamos la Nao Victoria en Portugalete. Era el último día para subir a bordo. Hemos sentido un vértigo especial al ser verdaderamente conscientes de lo que supuso navegar hacia lo desconocido hace más de quinientos (500) años? Hace pocos días nos acercábamos a la terminal de cruceros Getxo 1 para admirar el imponente buque escuela ARC Gloria de la Armada de Colombia (post). Ayer, domingo 18 de octubre de 2026, la historia naval nos convoca de nuevo, esta vez en la otra margen de nuestra Ría. La legendaria réplica de la Nao Victoria apuraba sus últimas horas atracada en el Puerto de la Canilla de Portugalete.

Esta embarcación de doscientas (200) toneladas, una fiel recreación construida por maestros carpinteros de ribera en madera de pino e iroko, evoca la mayor hazaña marítima de la historia: la primera circunnavegación del globo terráqueo. Tras zarpar en 1519 al mando de Fernando de Magallanes, solo dieciocho (18) hombres regresaron exhaustos en 1522 bajo la capitanía del guipuzcoano Juan Sebastián Elcano. Esta réplica, además, atesora su propia gloria: entre 2004 y 2006 logró dar la vuelta al mundo, siendo el primer barco histórico en conseguirlo en tiempos modernos. 

Hemos observado a lo largo de estos últimos días cómo el muelle portugalujo se llenaba de familias, curiosos y estudiantes. Según nuestra experiencia, recorrer sus cubiertas y descender a la bodega es el mejor modo de comprender las extremas condiciones de vida de aquellos marineros. Las entradas estaban disponibles en taquilla o en la web oficial (8 € adultos, 4 € niños y acceso gratuito para menores de 5 años).

¿Cuánto cuesta medir el mundo? A quienes zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 les costó tres años, cuatro de los cinco barcos y a la inmensa mayoría de la tripulación: salieron alrededor de 240 hombres y regresaron dieciocho (18), el 6 de septiembre de 1522, a bordo de la Victoria, bajo el mando de un marino de Getaria, Juan Sebastián Elcano. Ayer, domingo 18 de octubre de 2026, pudimos pisar la cubierta de una réplica de aquel navío sin salir de la ría del Nervión.

Los datos, según la Fundación Nao Victoria, son estos. La nao atracó el 6 de octubre en el Puerto de la Canilla de Portugalete y abrió sus cubiertas al público del 8 al 18, con horario ininterrumpido de 10:00 a 20:00. Ayer era, por tanto, la despedida. Es además el primer puerto español al que regresa tras una gira europea de ocho meses por más de veinte puertos de España, Francia, Alemania, Países Bajos y Reino Unido. 

Conviene recordar qué es y qué no es esta nave. No es el barco de 1522, que se perdió hace siglos, sino una réplica construida con rigor histórico y convertida en museo flotante (junto al Museo Rialia -posts). Ya ha dado su propia vuelta al mundo, entre 2004 y 2006, y ha recorrido cientos de puertos de Estados Unidos y Europa. Esa es quizá su mejor lección: una nao de madera no se contempla, se navega. La visita permite recorrer las cubiertas, bajar a la bodega y conocer la vida de la joven tripulación que hoy sigue embarcándose. 

Hay algo muy nuestro en esta escala. Elcano era vasco de Getaria, y la Primera Vuelta al Mundo (1519-1522) se parece poco a una gesta de héroes de estatua y mucho a una historia de hambre, motines, escorbuto y obstinación. Basta asomarse a la ría para entender la desproporción entre aquel casco de madera y el océano. Quien quiera ir con niños, que vaya: se les queda grabado para siempre que el planeta, un día, fue desconocido.

Recomendamos, para quien se quede sin tiempo hoy, leer la crónica de Antonio Pigafetta, testigo y cronista del viaje, que cuenta la travesía con una frescura que sorprende. Eskerrik asko a Portugalete por la acogida y a la Fundación por traer la historia hasta casa.

Y un pequeño reto con fecha. En dos años, visitar el Espacio Exploraterra de Sanlúcar, donde empezó todo. En cinco, haber leído a Pigafetta y una biografía de Elcano y habérselas contado a alguien joven. En diez, haber dedicado algún tiempo al voluntariado cultural o marítimo. Para evaluarlo, una libreta con un apunte al año: qué hemos leído, visitado y compartido.

Réplica de la Nao Victoria en Portugalete

Álbum de imágenes

Ética del Cuidado (EdC): Viaje histórico hacia la empatía

Un encuentro casual (foto) con la gran educadora y siempre inspiradora que es nuestra amiga y casi vecina Neli Zaitegi (véase en otros posts), nada menos que ayer en su 80º cumpleaños, nos obliga a tratar este tema pendiente, que ya habíamos anunciado: Historia, vigencia y urgencia de la Ética del Cuidado (EdC). 

A las siete de la mañana, en miles de cocinas, alguien disuelve una pastilla en una cucharada de yogur, comprueba que la persona a la que cuida ha desayunado y llama al trabajo para avisar de que llegará tarde. Nadie ha escrito un tratado sobre esa escena. Y sin embargo en ella se decide más moral cotidiana que en muchos de los dilemas con tranvías y desconocidos que llenan los manuales de filosofía.

Durante siglos, la ética occidental se ocupó de preguntar qué es justo, qué es lícito, qué obliga a todos por igual. Son preguntas necesarias. Pero dejaron en la penumbra otra, más doméstica, más de intrahistoria y más persistente: cómo responder a alguien concreto que depende de mí, y cómo hacerlo bien. Esa segunda pregunta es el origen de la llamada ética del cuidado, una corriente que nació en un laboratorio de psicología, creció en la filosofía feminista y hoy discute con la economía, la política social y la educación. 

Dos niños de once años y un farmacéutico. La historia empieza en Harvard. Carol Gilligan, nacida en Nueva York en 1936, trabajaba como colaboradora de Lawrence Kohlberg, el psicólogo que había construido la teoría del desarrollo moral más influyente de su tiempo. Kohlberg proponía una escalera de seis estadios que iba de la obediencia por miedo al castigo hasta los principios universales de justicia, y la medía con dilemas hipotéticos. El más célebre es el Dilema de Heinz, un hombre cuya esposa va a morir si no consigue un medicamento que el farmacéutico vende a un precio imposible. ¿Debe Heinz robarlo?

Gilligan observó algo que los resultados de Kohlberg resumían de forma incómoda: las niñas solían quedarse en estadios inferiores a los de los niños, y por extensión las mujeres adultas parecían moralmente menos maduras. En su libro de 1982, In a Different Voice, contrapuso a dos niños de once años, a los que llamó Jake y Amy. Jake resolvía el dilema como un problema de lógica: la vida vale más que la propiedad, luego Heinz debe robar. Amy dudaba. Se preguntaba si no habría otro camino, si Heinz podría hablar con el farmacéutico, qué sería de su esposa si él acababa en la cárcel. Para el esquema de Kohlberg, Amy razonaba peor. Para Gilligan, Amy razonaba otra cosa: no buscaba la regla aplicable, sino la respuesta que mantuviera intacta la relación entre las personas implicadas.

La tesis de fondo era doble. Primero, que la escala de Kohlberg, construida con muestras casi exclusivamente masculinas, tomaba una forma de pensar moral por la única posible. Segundo, que junto a la ética de la justicia, centrada en derechos, reglas e imparcialidad, existe una ética del cuidado, centrada en la atención, la responsabilidad hacia vínculos concretos y la respuesta a la necesidad del otro. Gilligan llegó a esta idea, además, escuchando a mujeres reales que debían decidir si interrumpían un embarazo: en sus relatos, la decisión moral no se parecía a una deducción, sino a una negociación entre responsabilidades que no cabían en un silogismo. 

De la psicología a la filosofía. Una buena intuición necesita una teoría que la sostenga, y esa tarea la emprendieron otras pensadoras. Nel Noddings publicó en 1984 Caring, donde describió la relación de cuidado como un encuentro entre quien cuida y quien es cuidado, en el que la atención receptiva a las necesidades del otro vale más que cualquier principio abstracto. Sara Ruddick, en Maternal Thinking (1989), mostró que el trabajo de criar a un hijo, con su exigencia de proteger, favorecer el crecimiento y educar para la vida social, genera un modo de pensar con sus propias virtudes y sus propios dilemas. No se trataba de sentimentalismo: se trataba de reconocer que ciertas prácticas producen conocimiento moral.

El paso decisivo hacia la política llegó con Joan Tronto. En Moral Boundaries (1993) sostuvo que el cuidado no es una cualidad femenina del carácter, sino una práctica humana que sostiene el mundo, y la descompuso en fases: advertir que alguien necesita algo, asumir la responsabilidad de atenderlo, realizar el trabajo concreto y comprobar cómo responde quien lo recibe. A cada fase le corresponde una virtud: atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta. La pregunta de Tronto era incómoda para toda teoría moral: si el cuidado es tan central, ¿por qué ha ocupado un lugar tan marginal en el pensamiento moral y político? Su respuesta es que se asoció a lo privado, a lo femenino y a lo poco prestigioso, y que esa asociación lo vació de poder. En Caring Democracy (2013) añadió una quinta cualidad, el cuidado con otros: la capacidad de una sociedad de repartir con justicia las responsabilidades de cuidado entre todos sus miembros.

Virginia Held, en The Ethics of Care (2006), llevó el argumento aún más lejos y propuso que el cuidado puede servir de base para entender la sociedad mejor que el contrato entre individuos libres e iguales. Pensemos en una criatura recién nacida: nadie firmó nada con quien la sostiene, y sin embargo no hay relación más moral. Eva Feder Kittay, en Love's Labor (1999), añadió una observación que desmonta el mito liberal del individuo autosuficiente: todos hemos sido dependientes, casi todos volveremos a serlo, y quien cuida a un dependiente queda a su vez en una situación de vulnerabilidad que la sociedad debe reconocer y proteger. La independencia, concluye, no es la condición natural del ser humano, sino una fase de la vida que alguien sostuvo antes y sostendrá después.

Una cuestión de horas, no solo de ideas. Podría parecer que todo esto vive en el reino de las ideas, pero tiene una traducción contable. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2018 sobre el trabajo y el empleo en el sector del cuidado, cada día se dedican en el mundo alrededor de 16.400 millones de horas a cuidados no remunerados, el equivalente a unos 2.000 millones de personas trabajando ocho horas diarias sin cobrar. Las mujeres asumen en torno al 76 % de ese tiempo, es decir, más de tres veces lo que aportan los hombres, y la OIT calculó que 606 millones de mujeres en edad de trabajar declaraban no poder emplearse por tener a su cargo a niños o a personas mayores. Son datos que conviene leer despacio: una parte considerable de la riqueza real de las sociedades se produce fuera del mercado y fuera de las estadísticas del PIB, y recae de forma desigual.

En España conocemos bien esta tensión. La Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, quiso convertir el cuidado en un derecho subjetivo, y su aplicación posterior, con listas de espera y desigualdades territoriales, muestra lo difícil que resulta llevar una idea moral al terreno de la gestión pública. Economistas feministas como Amaia Pérez Orozco han propuesto, desde esa constatación, cambiar el centro de la mirada económica y preguntar no cuánto produce una sociedad, sino cómo sostiene la vida de quienes la forman. Y en la filosofía moral española, la razón cordial de Adela Cortina o los trabajos de Victoria Camps sobre las virtudes públicas dialogan, cada una a su manera, con la idea de que una ética sin empatía y sin vínculos es una ética mutilada. 

Las objeciones, que las hay. Una buena corriente de pensamiento se reconoce por las críticas serias que recibe. La ética del cuidado ha recibido varias. La primera es metodológica: los estudios de Gilligan se apoyaron en muestras reducidas, y trabajos posteriores han discutido que existan diferencias de género sistemáticas en el razonamiento moral, o han señalado que desaparecen en buena medida cuando se controla el nivel educativo. Gilligan, de hecho, ha insistido en que la voz del cuidado no pertenece por naturaleza a las mujeres, y que en trabajos más recientes la ha presentado como una ética humana que el patriarcado tiende a reprimir en todos.

La segunda objeción es política, y de dentro del feminismo: asociar el cuidado a lo femenino puede reforzar justamente los estereotipos que se querían combatir, y exaltar una virtud que en la práctica es, para muchas mujeres, una carga impuesta. Quien enaltece el sacrificio sin tocar el reparto del trabajo corre el riesgo de romantizar la falta de poder. La tercera es filosófica: si el cuidado se limita al círculo de quienes están cerca, como pareció defender Noddings, ¿qué ocurre con los lejanos, con los niños que mueren de hambre a miles de kilómetros? Tronto, Held y otras pensadoras han respondido ampliando el alcance del cuidado a las instituciones y a las relaciones globales. Y la cuarta apunta al paternalismo: quien cuida puede confundir sus necesidades con las de la persona cuidada, y en ese caso el cuidado se convierte en control. Por eso las teóricas insisten en que cuidar incluye escuchar la voluntad de quien recibe el cuidado, no solo interpretarla.

Ninguna de estas objeciones destruye la propuesta; la obligan a madurar. Y es probable que la respuesta más sensata no sea elegir entre justicia y cuidado, sino aceptar que se necesitan mutuamente. Un cuidado sin justicia se vuelve arbitrario, doméstico y desigual; una justicia sin cuidado se vuelve fría, incapaz de percibir a la persona que hay detrás del expediente. 

Lo que la escuela podría aprender. Si la ética del cuidado tiene algo que decir a la educación, es que el aprendizaje moral no se transmite solo mediante dilemas y normas, sino mediante la experiencia de ser cuidado y de cuidar. Los colegios suelen enseñar derechos, deberes y convivencia, pero rara vez tratan la atención, la responsabilidad concreta o la competencia para cuidar como saberes dignos de evaluación. Un aula donde alguien aprende a acompañar a un compañero que se ha quedado atrás, o donde los mayores y los pequeños comparten tareas, enseña más sobre ética que una unidad didáctica sobre valores. Y una sociedad envejecida como la nuestra necesitará, cada vez más, ciudadanos que sepan hacer esto sin que les hayan obligado a aprenderlo a golpes de necesidad.

Una conclusión, y un compromiso. Volvamos a la cocina de las siete de la mañana. Lo que allí ocurre no es una anécdota privada: es la infraestructura invisible sobre la que descansan las escuelas, los hospitales, las empresas y los parlamentos. Una sociedad que no sabe valorarla ni repartirla con justicia está construyendo sobre arena, por brillantes que sean sus principios. La ética del cuidado no pide que dejemos de pensar en reglas y derechos, sino que añadamos a la pregunta de qué es justo esta otra: ¿quién está cuidando de quién, a qué coste y con qué reconocimiento?

Pero una idea que no se traduce en hábitos se queda en elegancia. Por eso propongo un compromiso a diez años, con tres pistas que pueden recorrerse a la vez. En lectura, el objetivo de los dos primeros años es leer con calma tres obras fundamentales, por ejemplo a Gilligan, a Tronto y a Kittay, y escribir una reseña breve de cada una; se evalúa con un cuaderno propio y con una conversación sobre lo leído con alguien de otra generación. En escritura y activismo, entre el tercer y el quinto año, el objetivo es participar en una iniciativa local, desde una asociación vecinal hasta una mesa de cuidados municipal, para pedir un servicio concreto, como centros de día, apoyo a cuidadores o permisos de cuidado igualitarios, y medir el avance con un indicador sencillo, como el número de propuestas presentadas y el de respuestas obtenidas. En voluntariado, desde el primer año, el objetivo es dedicar un par de horas semanales al acompañamiento de personas mayores solas o de niños con dificultades de aprendizaje, y evaluarlo cada año con un balance de horas, de vínculos sostenidos y de lo aprendido. Al final de la década, la prueba más fiable no será cuántos libros hemos leído, sino cuántas personas se sienten un poco menos solas por nuestra culpa.

@deaflourishment Ética del cuidado 🤕🌻 #Filosofia #Filotok #ética #cuidado #vida #DeaFlourishment🌼 ♬ sonido original - DeaFlourishment 🌼