El Recreo vuelve: el podcast educativo tras 7 años de pausa

En unas semanas haremos un nueva entrevista con Gorka Fernández (ver en otros muchos posts). En esta ocasión será para El Recreo: el podcast de educación que se tomó siete años de descanso. ¿Cuánto tarda en volver de un recreo? En el caso de Gorka Fernández, siete años y medio. Su podcast El Recreo arrancó el 9 de enero de 2015 con un episodio sobre libros, lecturas y bibliotecas junto a José Luis Bracamonte, y se despidió el 27 de febrero de 2019 tras 69 episodios. Ahora, en este 2026, ha vuelto con el número 70.

Nos interesa el caso por lo que enseña sobre las conversaciones pausadas. El proyecto nació con una idea sencilla: entrevistar a profesionales de la educación de forma distendida, como si estuviésemos en un recreo, con secciones de cultura y literatura. Su lema es un juego de palabras que nos gusta: recreo, recree, vuelve a creer. Gorka Fernández venía de la radio, también de la comunitaria Radiópolis, y quería conservar un espacio para hablar de educación de una manera diferente.

La nómina de invitados explica el interés. En junio de 2015 el micrófono se abrió a adolescentes de un instituto; después llegaron docentes de escuela rural, defensores de una gamificación que no tiene por qué ser digital, voces a favor de la diversidad en el aula y hasta una conversación sobre la supervivencia del gallego. Es decir, educación vista desde la tiza, desde el pupitre y desde la familia.

En 2019 el podcast se despidió, pero su autor no se quedó quieto. Anunció nuevas aventuras: un programa diario de desarrollo personal, El timbre, y un programa de televisión, Mesa Camilla. También un libro, Aprende y disfruta, que recoge 40 conversaciones mantenidas, entre otros podcasts, en El Recreo. Más tarde él mismo reconocería que los proyectos se le acumularon y fue dejando de lado el más personal, el que había nacido simplemente para conversar.

El regreso ha sido con un episodio sobre comunidades de aprendizaje, junto a Daniel Maestre. Gorka pretende publicar dos episodios al mes y abrir el espacio a docentes, directores y otros profesionales. La próxima invitada será Begoña Iza, profesora de Geografía e Historia y parlamentaria andaluza. Lo más honesto de su anuncio es que no sabe cuánto durará esta nueva etapa. 

Según nuestra experiencia, tras más de veinte (20) años de blog, desde abril de 2005, los proyectos que se pausan rara vez mueren: esperan. Hemos visto entradas dormidas durante años que, al retomarlas, tenían más sentido que el día en que las escribimos. Quizá lo mismo valga para un podcast. 

Recomendamos escuchar juntos el primer y el último episodio publicados: el de 2015 sobre bibliotecas y el #70. Entre ambos hay un tramo de la educación española contado en voz de quienes la hacen cada día. Eskerrik asko, Gorka, por devolvernos el recreo.

Llamada a la acción (2–10 años). Os proponemos escuchar un episodio al mes y comentarlo por escrito. A dos (2) años, el objetivo es haber escuchado 24 episodios y publicado seis reseñas propias; a cinco (5), montar un pequeño club de escucha en un centro educativo o asociación, o ayudar como voluntario a quien grabe conversaciones docentes en tu entorno; a diez (10), contribuir a un archivo abierto de voces educativas en castellano y euskera. Para evaluarlo, una revisión semestral con tres cifras: episodios escuchados, textos publicados y personas implicadas. Listado de episodios en Podcast Republic.

Turistas o viajeros: no consumir lugares sino comprenderlos

Este es un tema recurrente en este blog, diferenciando viajero de turista: qué distingue a quien compra turismo de quien viaja para aprender. Nosotros hemos viajado bastante, nunca compulsivamente, y siempre con alguna razón: por trabajo, visitar familia o para mejorar un idioma. Hemos preferido países donde conociéramos su lengua, para practicarla. Frente a esta realidad, cada verano vemos que se repite la escena. Ante la fachada de una catedral, doscientas personas levantan el teléfono con el brazo extendido, apuntan tres segundos al monumento y bajan la vista para comprobar cómo ha salido. Nadie ha leído el tímpano; casi nadie sabría decir qué se habla en la calle de al lado. 

¿Cuándo dejó el viaje de ser una forma de saber para convertirse en una obligación de calendario? La escala es enorme: UN Tourism calcula que en 2025 se registraron 1.520 millones de llegadas internacionales, casi sesenta millones más que en 2024. 

Veinticinco siglos de preguntas con maleta. Heródoto recorrió en el siglo V a. C. buena parte del Mediterráneo oriental interrogando a sacerdotes, marinos y comerciantes. Llamó historía a su oficio, y la palabra significaba exactamente eso: indagación. Hacia el año 629, el monje chino Xuanzang salió hacia la India en busca de textos budistas, aprendió sánscrito por el camino y regresó en 645 con su cargamento de manuscritos. Ibn Battuta partió de Tánger a los veintiún años para peregrinar a La Meca; entre 1325 y 1354 cubrió unos 120.000 kilómetros, y trabajó como juez en Delhi durante ocho años. Su libro se llama sencillamente Rihla, «el viaje».

Ninguno de ellos hacía turismo. Viajaban porque necesitaban algo que en casa no había, un texto, una respuesta, un oficio, y dependían de la hospitalidad ajena, que obliga a aprender lenguas, normas y silencios. 

Del Grand Tour al billete de un chelín. Entre los siglos XVII y XVIII, los jóvenes de la aristocracia británica completaban su formación con el Grand Tour: meses por Francia e Italia para ver arte, aprender idiomas y adquirir mundo. Era un privilegio, pero tenía un programa. El cambio de escala llegó con el ferrocarril: el 5 de julio de 1841, Thomas Cook llevó a una sociedad de templanza en tren de Leicester a Loughborough, casi quinientas personas, a un chelín por cabeza. Democratizar el viaje fue una conquista, y conviene decirlo sin ironía. El problema aparece cuando el itinerario se convierte en producto y la lista de lugares «imprescindibles» sustituye a la pregunta. Se acumula ver; se pierde entender. 

Por qué ahora importa tanto. Hay causas materiales: la capacidad aérea y el tráfico de pasajeros crecieron un 7 % hasta octubre de 2025. Y hay una causa simbólica, que ofrezco como interpretación y no como dato: el viaje funciona como moneda social, prueba de que uno ha salido de su rutina, y las redes han convertido esa prueba en espectáculo. A ello se suma un deseo antiguo y legítimo, el de la novedad. Nada de eso es condenable; lo discutible es confundir el síntoma con el fin. 

Turista, viajero y «no turista». El turista acumula. Llega con la lista hecha, compara con casa, valora si «ha merecido la pena» y vuelve con fotos. No es un malvado: es un consumidor de experiencias, y a menudo un cliente agradecido de la hospitalidad. El viajero llega con preguntas. Ha leído algo antes, sabe decir veinte frases en la lengua local, se queda más de lo cómodo en un sitio y acepta equivocarse. Vuelve distinto, no más fotografiado.

Hay una tercera figura, la del «no turista», que necesita proclamar que no lo es. Huye de las multitudes, busca lo «auténtico» y con frecuencia solo cambia de escaparate: el desprecio al turista es otra forma de turismo, con más vanidad. La diferencia no está en el destino ni en el medio de transporte, sino en la pregunta con la que se llega. Y una misma persona puede ser las tres en una sola semana.

Una propuesta a diez años. Propongo un plan modesto y medible. En lectura, un relato de viaje clásico al año (Heródoto, la Rihla), con una nota de dos folios al terminar. En lengua, preparar cada viaje con doscientas palabras y diez frases del idioma local, y alcanzar en tres años un nivel A2 en una lengua nueva, acreditado con un examen oficial. En voluntariado, a los cinco años, acoger a estudiantes del Programa Erasmus, activo desde 1987, o colaborar con una entidad de acogida de personas migrantes. Para evaluarlo, basta un cuaderno de viaje anual y una revisión a los diez años: ¿cuántos viajes nos dejaron algo que seguimos usando?

Reglas para la dirección del espíritu de Descartes

Tras un agradable encuentro con Santiago Fernández y Sebas Álvarez (foto), a propuesta de Santiago repasamos y redescubrimos las Reglas cartesianas de 1628. Sienta las bases de la arquitectura del método cartesiano de pensamiento. ¿Por qué seguimos acudiendo a los clásicos del siglo XVII cuando buscamos rigor mental y claridad conceptual en nuestro propio aprendizaje? Quienes nos hemos dedicado durante décadas a la docencia de las ciencias experimentales y de la matemática sabemos bien que la búsqueda de un método sólido no es un debate pretérito, sino una exigencia metodológica permanente.

Redactadas hacia 1628 por René Descartes y publicadas de forma póstuma en 1701, las Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii) constituyen su obra germinal (1596-1650). Aunque el texto quedó inconcluso —de las treinta y seis reglas proyectadas solo se redactaron veintiuna—, contiene la matriz filosófica y epistemológica que más tarde cristalizaría en el célebre Discurso del método (1637). 

En este tratado, Descartes no busca acumular saberes dispersos, sino disciplinar la razón. Como hemos observado al analizar el desarrollo de las ideas científicas, el propósito cartesiano era unificar la ciencia bajo un único criterio de certeza matemática. Para ello, establece dos operaciones fundamentales de la mente: la intuición, entendida como la aprehensión clara e distinta de un concepto por la luz de la razón, y la deducción, que conecta de forma lógica unas verdades con otras. 

Entre las reglas más representativas, destacamos las siguientes: 

 - Regla I: La orientación de la mente debe dirigirse a formar juicios sólidos y verdaderos sobre todo lo que se le presenta.
- Regla II: Sólo debemos ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento certero e indudable parecen bastar nuestros espíritus. 
- Regla III: Buscar la intuición evidencia y la deducción cierta, rechazando la mera conjetura. 
- Regla V: Reducir gradualmente las proposiciones complicadas y oscuras a otras más simples, para elevarse luego por los mismos pasos al conocimiento de las demás.

René Descartes nació en La Haye en Touraine el 31 de marzo de 1596 y falleció en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Formado en el colegio jesuita de La Flèche, su vida itinerante por Europa —que incluyó estancias prolongadas en la República de las Provincias Unidas— estuvo marcada por la búsqueda infatigable de un saber fundamentado en la razón humana y no en la mera autoridad escolástica.

Recomendamos vivamente la relectura atenta de estas Reglas para la dirección del espíritu a docentes, estudiantes e investigadores. Nos recuerdan que el verdadero conocimiento exige orden, simplicidad y una depuración constante de los prejuicios. "Aprender no es acumular datos, sino ordenar la mente para alcanzar la verdad", cita de René Descartes.