Universidad Autónoma de Bilbao: 12 años de la UPV/EHU

Universidad Autónoma de Bilbao: antesala 12 años de la UPV/EHU

El día pasado tuve que insistir para que alguien más joven reconociese la existencia de la Universidad de Bilbao, y que mi primer título de Licenciado en Ciencias Físicas era de tal universidad (foto inicial y con más detalle). Los siguientes títulos ya sí eran de la Universidad del País Vasco (foto del Máster en Museología). Esta es la historia de esa universidad que duró doce años, de 1968 a 1980, y que quienes nos licenciamos en ella llevamos todavía en el título y en la memoria. 

Cuando Bilbao empezó a tener universidad pública, en octubre de 1968, treinta profesores y quinientos estudiantes de Medicina y Ciencias se instalaron provisionalmente en la provisional sede de la anterior Escuela de Náutica de Botica Vieja, junto al puente de Deusto. No había campus, ni cafetería universitaria, ni un solo bloque de hormigón en Leioa. Había aulas prestadas, ganas y una paradoja: se llamaba Universidad de Bilbao, la gente la conocía como Universidad Autónoma de Bilbao y, sin embargo, su autonomía consistía sobre todo en carecer de algo, un distrito universitario propio. 

El primer rector de la Universidad de Bilbao fue Juan Echevarría Gangoiti, nombrado en 1968 y siendo previamente decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales de Sarriko. De su extenso compromiso con el País Vasco, cabe destacar que fue el encargado de llevar en avioneta urgentemente el texto del Estatuto de Gernika al registro del Congreso en 1978, por lo cual el de Gernika fue el primero en aprobarse.

Pedían una facultad y recibieron una universidad. La ciudad llevaba tiempo reclamando una Facultad de Medicina oficial. Bilbao era un gran núcleo industrial, con una población que crecía a golpe de fábrica, y su única enseñanza superior pública era la Facultad de Económicas de Sarriko, abierta en 1955 y dependiente entonces del distrito universitario de Valladolid. Ayuntamiento, Diputación y colegios profesionales insistieron. La respuesta del Estado fue más grande de lo pedido: una universidad entera. La propia historiografía de la UPV/EHU habla de una sorpresa. 

Detrás había un cálculo de política educativa. Los Planes de Desarrollo del tardofranquismo habían detectado que las viejas universidades no podían absorber a las nuevas generaciones urbanas, y el Gobierno optó por crear instituciones nuevas, rápidas y baratas, en lugar de reformar las antiguas. 

Tres universidades autónomas en un mismo decreto. Bilbao no estuvo sola. El Consejo de Ministros aprobó el 22 de mayo de 1968 el proyecto, y el Decreto-ley 5/1968, de 6 de junio, publicado en el BOE del día siguiente, alumbró a la vez las universidades autónomas de Bilbao, Madrid y Barcelona. La coincidencia con el mayo francés del 68 es tentadora, y el profesor Paulí Dávila ha escrito que, para los universitarios vascos, su mayo del 68 fue la creación de la Universidad de Bilbao, en un mes gris, del color con que vestía la policía de entonces. Conviene no confundir los planos: la iniciativa era ministerial, no estudiantil, aunque no tardaría en llenarse de estudiantes inquietos.

El adjetivo «autónoma» engaña al lector moderno. Un decreto del 17 de julio de 1968 aclaró que significaba, ante todo, que la nueva universidad no tendría distrito propio. Era una autonomía administrativa, no política. La UAM empezó a dar clase el 25 de octubre de aquel año en edificios prestados y adaptados a toda prisa, y la de Bilbao, como se ha visto, ya lo había hecho el 1 de octubre del 68.

Los centros: de Sarriko a Leioa. Al nacer, la Universidad de Bilbao integraba la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de Sarriko, la nueva Facultad de Medicina y, añadida en agosto casi de rebote aprovechando que el primer curso de Medicina era común con Ciencias, una Facultad de Ciencias. Ese trío lo cuentan los archivos de la propia universidad. Hubo además un hecho curioso: el mismo decreto-ley preveía una facultad en San Sebastián, que se concretó en Derecho, aunque adscrita todavía a Valladolid.

Medicina se repartió por la ciudad. Los tres primeros cursos, los preclínicos, se daban en la sede provisional de Deusto; a partir de 1969 los clínicos se trasladaron a la Unidad Docente del Hospital de Basurto. En 1972 la Facultad aparece ya en el área de Leioa-Erandio, donde el Ministerio quería situar las universidades autónomas: lejos de los núcleos urbanos y con edificios baratos y de construcción rápida. Así nació el campus de Sarriena, a once kilómetros del centro, que sigue siendo la sede del rectorado. Más tarde llegaron la Escuela Universitaria de Enfermería de Leioa (1978), la Escuela de Estomatología (1978) y la Unidad Docente de Txagorritxu (1979).

1975, un año de licenciaturas. Hay una aritmética sencilla que explica por qué aquella universidad empezó a «dar» licenciados a mediados de los setenta. Con seis cursos de Medicina, quienes entraron en 1968 podían terminar hacia 1974, y las promociones siguientes, la de 1975 entre ellas, fueron las primeras numerosas. Esto es un cálculo mío, no una cifra oficial: no he encontrado un recuento publicado de licenciados por año, y quien lo tenga merecería ver su dato en esta página. Para entonces la matrícula se había disparado: de unos 3.000 estudiantes en 1968 a unos 15.000 en 1976. Los hijos e hijas de las clases medias y trabajadoras entraban en una universidad que no estaba preparada para recibirlos, con aulas masificadas, profesorado joven y precario, y un año, 1975, que terminó con la muerte del dictador y con la sensación de que algo se abría.

Quienes recogimos entonces el título nos fuimos con una cosa curiosa, y es que el papel decía «Universidad de Bilbao», una institución que cinco años después ya no existiría con ese nombre. 

Del distrito a la universidad del país. La reivindicación de una universidad propia no era nueva. Se hablaba de la antigua Universidad de Oñati como antecedente remoto, de un proyecto de Universidad Vasco-Navarra presentado en 1866 por la Diputación de Navarra, y de una Universidad Vasca de efímera existencia, decretada por el Gobierno vasco en octubre de 1936 y con una Facultad de Medicina inaugurada el 1 de diciembre de aquel año, en plena guerra. El hilo reaparece en 1977, cuando a la Universidad de Bilbao se suman los centros universitarios de Álava y Gipuzkoa, y se consolida tras el Estatuto de Autonomía, de diciembre de 1979. El 25 de febrero de 1980, el Ministerio autorizó el cambio de denominación: nacía la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, que hoy se reparte en tres campus.

La lección histórica tiene una ironía agradable. Un Estado que quería descongestionar universidades antiguas terminó sembrando, casi sin querer, la semilla de la universidad pública de todo un país.

Qué podemos hacer con esta memoria. Una historia así se pierde si nadie la cuenta. Propongo un plan a diez años con tres frentes. En lectura, dedicar los dos primeros años a leer las fuentes de la propia UPV/EHU, empezando por el artículo de Paulí Dávila y los fondos del Archivo General, y organizar un pequeño círculo de lectura con tres o cuatro personas de la misma promoción. En escritura, recoger entre 2027 y 2030 al menos cien testimonios breves de quienes estudiaron entre 1968 y 1980, con una ficha común (facultad, sede, profesores, cómo se vivía el curso), y depositarlos en un repositorio abierto. En voluntariado, ofrecerse hacia 2030 al Museo de la Educación de la UPV/EHU o a las asociaciones de antiguos alumnos para digitalizar fotografías, apuntes y carnés.

Se evalúa con tres indicadores sencillos: testimonios archivados cada año, personas distintas que participan, y consultas o citas que reciba el repositorio al cabo de cinco y diez años. Si en 2036 hay cuatrocientos testimonios y una exposición itinerante, la universidad habrá recuperado su propia infancia.

Monasterio de Leire, la visita que debíamos desde 1983

Hoy alcanzamos 26 millones de visitas a las12 horas del mediodía (foto) en apenas 6 días desde el anterior 25º millón. Es tiempo de cumplir una promesa. Ya estamos programando para este mes de noviembre de 2026 una visita por Navarra, donde hemos estado y pernoctado muchas veces, con un lugar pendiente muy especial. Esta es una guía improvisada para una visita demorada ya 43 años. 

Nuestra primera hija se llama Leire. Nació en 1983 y desde entonces teníamos pendiente una visita que cualquiera daría por obvia: conocer el monasterio que le da nombre. Han pasado cuarenta y tres años. Ella sí ha estado, con su familia y con sus hijos. Nosotros, todavía no. Prometemos un álbum de imágenes en menos de un mes,... 

¿Cómo se explica? Quizá como se explican casi todas las cosas cercanas: «ya iremos el mes o el año que viene». Lo próximo siempre espera, y lo lejano se planifica con meses de antelación. Conviene confesarlo con humildad, porque de ahí nace esta guía. 

El monasterio de San Salvador de Leire (Yesa, Navarra) se alza en la falda de la sierra del mismo nombre, con el embalse de Yesa a sus pies. Las primeras noticias fiables lo sitúan en el siglo IX, con una visita de san Eulogio de Córdoba hacia el año 848. Durante siglos fue panteón de los primeros reyes pamploneses y centro espiritual del reino naciente.

Lo primero que pensamos hacer es empezar por la cripta, del siglo XI, la parte más antigua del conjunto. Sus bóvedas bajísimas descansan sobre columnas gruesas y capiteles toscos, y aguantan en pie desde hace casi mil años. Es arquitectura de supervivencia: sostener un templo entero sobre la roca y hacerlo con modestia.

Arriba espera la iglesia románica, consagrada en 1098, con tres ábsides esbeltos y una nave de austeridad cisterciense. Los cistercienses llegaron en 1236. Después, la Porta Speciosa, la portada occidental del siglo XII, con sus arquivoltas pobladas de figuras. Es el contrapunto exacto de la cripta: aquí la piedra se ha vuelto narración.

La historia posterior tiene su dramatismo. La desamortización de Mendizábal (1835-1836) vació el monasterio y lo dejó en ruina durante más de un siglo. Los benedictinos volvieron en 1954, procedentes de Silos, y desde entonces la comunidad mantiene viva la liturgia con canto gregoriano. Si el calendario lo permite, intentaremos coincidir con algún oficio. Escuchar ese canto bajo bóvedas del siglo XI no es una actividad turística, es otra manera de estar en un lugar.

Unamuno llamó intrahistoria a la vida callada de quienes sostienen un país sin salir en los libros. Leire es un buen sitio para entender la palabra, y también nuestra propia familia lo es: un nombre elegido en 1983, una hija que lo ha paseado después con sus hijos, unos padres que llegan los últimos. Es una intrahistoria pequeña, pero nuestra.

Para quien quiera organizarse, se llega con facilidad desde Pamplona (unos 50 km) por la carretera de Yesa, y hay hospedería en el propio monasterio. Horarios, precios y días de cierre cambian con la temporada, así que conviene confirmarlos antes en la web oficial [www.monasteriodeleyre.com]. Nuestro plan es llegar temprano, bajar a la cripta y dejar para el final el mirador, con el pantano a un lado y la sierra al otro.

Recomendamos este tipo de visitas a quien tenga un lugar cercano esperando desde hace años. ¿Cuál es el tuyo? Nosotros ya tenemos fecha, y Leire, la nuestra, sabrá guiarnos mejor que cualquier folleto. Eskerrik asko, Leire!

Llamada a la acción. Proponemos elegir este año un lugar cercano que llevemos tiempo aplazando y visitarlo, mejor en compañía de quien ya lo conoce, para escuchar su versión. Objetivo a 2 años: cuatro de esas visitas, con crónica breve en el blog. A 5 años: una pequeña ruta familiar de «lugares pendientes» de Euskal Herria y Navarra. A 10 años: un álbum comentado, con fotografías y fechas, que puedan heredar hijos y nietos. Evaluación: revisión anual de visitas hechas, crónicas publicadas y lectores que cuenten la suya.

Reality+: David Chalmers dice que lo virtual es realidad genuina

Hoy nos detendremos a analizar una vieja sospecha o paranoia muy habitual, inducida o natural, en muchos de nosotros. Lo haremos con el libro Reality+ de David Chalmers y la realidad que cabe en unas gafas. 

¿Y si el mundo en el que desayunamos esta mañana fuese un programa? Con esa pregunta, vieja como la filosofía y nueva como un casco de realidad virtual, abre David Chalmers Reality+: Virtual Worlds and the Problems of Philosophy, publicado en enero de 2022 por W. W. Norton. Chalmers, nacido en Australia y profesor en la Universidad de Nueva York, es conocido desde 1994 por formular el «problema difícil de la conciencia»: por qué sentir algo se parece a algo. Aquí cambia de escala y se pregunta qué es, en el fondo, lo real.

Su tesis cabe en una frase y es valiente: los mundos virtuales son realidades genuinas, no sucedáneos. Un objeto digital, dice, tiene poderes causales sobre nuestra experiencia, existe de verdad en el ordenador y puede importarnos tanto como una mesa. Lo llama «realismo virtual». Lo que ocurre dentro de un mundo virtual puede ser tan auténtico como lo que ocurre fuera, y una vida plena puede vivirse en él.

El libro recorre los clásicos con ojos nuevos. El demonio maligno de Descartes (Meditaciones metafísicas, 1641) y la caverna de Platón se convierten en antepasados de Matrix. La hipótesis de la simulación, formulada por el filósofo sueco Nick Bostrom en 2003 en su artículo «Are You Living in a Computer Simulation?», pasa de pesadilla escéptica a hipótesis metafísica. Si vivimos en una simulación, no se sigue que nada exista: solo cambiaría la naturaleza de lo que existe. Las mesas, las montañas y el café siguen ahí, hechos de otra materia, de información. Es una idea que mareará a unos y consolará a otros.

Quizá lo más hermoso es que esta discusión tan de 2022 ya la tuvimos en castellano en 1914. En Niebla, Miguel de Unamuno hace que Augusto Pérez visite a su autor para protestar porque este quiere matarlo, y el autor le replica que él no es más que un ente de ficción. Augusto se rebela, y el lector sale dudando de quién es más real de los dos. 

Según nuestra experiencia, el libro tiene una virtud rara en filosofía: se deja leer. Son unas 500 páginas que alternan rigor y humor, con ejemplos de videojuegos, realidad aumentada e interfaces cerebrales. Quien enseña sabe lo difícil que es que un alumno de 16 años se interese por Descartes, y quien tenga un casco de realidad virtual en casa, o un nieto que lo tenga, encontrará aquí una excusa magnífica para empezar la conversación. 

Queda una cuestión ética que Chalmers no esquiva: si esos mundos son reales, lo que ocurre en ellos tiene consecuencias éticas. Hay que pensar en la dignidad de quien habita una plataforma, en los derechos digitales, en quién manda en un universo que es propiedad de una empresa. Esa tarea nos espera a todos.

Recomendamos Reality+ a quien guste de pensar despacio, y recomendamos releer Niebla a continuación, a modo de contrapunto. Y una pregunta final, de las que no se resuelven en una tarde: si mañana supieras con certeza que tu mundo es una simulación, ¿vivirías de otra manera? Yo, desde luego, seguiría escribiendo este blog.

Para pasar a la acción (horizonte 2–10 años): Leer: un libro de filosofía al trimestre, empezando por Reality+, y Niebla en el segundo. Objetivo a 2 años: 8 lecturas comentadas. Evaluación: una ficha de 200 palabras por libro en el blog. Escribir: una entrada mensual que cruce tecnología y humanidades. Objetivo a 5 años: 60 entradas. Evaluación: revisión anual de visitas y comentarios. Voluntariado y activismo: ofrecer un taller de alfabetización digital y pensamiento crítico en una biblioteca o aula de Getxo y Bilbao. Objetivo a 10 años: 100 personas formadas. Evaluación: encuesta de 5 preguntas al inicio y al final de cada taller.

El Recreo vuelve: el podcast educativo tras 7 años de pausa

En unas semanas haremos un nueva entrevista con Gorka Fernández (ver en otros muchos posts). En esta ocasión será para El Recreo: el podcast de educación que se tomó siete años de descanso. ¿Cuánto tarda en volver de un recreo? En el caso de Gorka Fernández, siete años y medio. Su podcast El Recreo arrancó el 9 de enero de 2015 con un episodio sobre libros, lecturas y bibliotecas junto a José Luis Bracamonte, y se despidió el 27 de febrero de 2019 tras 69 episodios. Ahora, en este 2026, ha vuelto con el número 70.

Nos interesa el caso por lo que enseña sobre las conversaciones pausadas. El proyecto nació con una idea sencilla: entrevistar a profesionales de la educación de forma distendida, como si estuviésemos en un recreo, con secciones de cultura y literatura. Su lema es un juego de palabras que nos gusta: recreo, recree, vuelve a creer. Gorka Fernández venía de la radio, también de la comunitaria Radiópolis, y quería conservar un espacio para hablar de educación de una manera diferente.

La nómina de invitados explica el interés. En junio de 2015 el micrófono se abrió a adolescentes de un instituto; después llegaron docentes de escuela rural, defensores de una gamificación que no tiene por qué ser digital, voces a favor de la diversidad en el aula y hasta una conversación sobre la supervivencia del gallego. Es decir, educación vista desde la tiza, desde el pupitre y desde la familia.

En 2019 el podcast se despidió, pero su autor no se quedó quieto. Anunció nuevas aventuras: un programa diario de desarrollo personal, El timbre, y un programa de televisión, Mesa Camilla. También un libro, Aprende y disfruta, que recoge 40 conversaciones mantenidas, entre otros podcasts, en El Recreo. Más tarde él mismo reconocería que los proyectos se le acumularon y fue dejando de lado el más personal, el que había nacido simplemente para conversar.

El regreso ha sido con un episodio sobre comunidades de aprendizaje, junto a Daniel Maestre. Gorka pretende publicar dos episodios al mes y abrir el espacio a docentes, directores y otros profesionales. La próxima invitada será Begoña Iza, profesora de Geografía e Historia y parlamentaria andaluza. Lo más honesto de su anuncio es que no sabe cuánto durará esta nueva etapa. 

Según nuestra experiencia, tras más de veinte (20) años de blog, desde abril de 2005, los proyectos que se pausan rara vez mueren: esperan. Hemos visto entradas dormidas durante años que, al retomarlas, tenían más sentido que el día en que las escribimos. Quizá lo mismo valga para un podcast. 

Recomendamos escuchar juntos el primer y el último episodio publicados: el de 2015 sobre bibliotecas y el #70. Entre ambos hay un tramo de la educación española contado en voz de quienes la hacen cada día. Eskerrik asko, Gorka, por devolvernos el recreo.

Llamada a la acción (2–10 años). Os proponemos escuchar un episodio al mes y comentarlo por escrito. A dos (2) años, el objetivo es haber escuchado 24 episodios y publicado seis reseñas propias; a cinco (5), montar un pequeño club de escucha en un centro educativo o asociación, o ayudar como voluntario a quien grabe conversaciones docentes en tu entorno; a diez (10), contribuir a un archivo abierto de voces educativas en castellano y euskera. Para evaluarlo, una revisión semestral con tres cifras: episodios escuchados, textos publicados y personas implicadas. Listado de episodios en Podcast Republic.

Turistas o viajeros: no consumir lugares sino comprenderlos

Este es un tema recurrente en este blog, diferenciando viajero de turista: qué distingue a quien compra turismo de quien viaja para aprender. Nosotros hemos viajado bastante, nunca compulsivamente, y siempre con alguna razón: por trabajo, visitar familia o para mejorar un idioma. Hemos preferido países donde conociéramos su lengua, para practicarla. Frente a esta realidad, cada verano vemos que se repite la escena. Ante la fachada de una catedral, doscientas personas levantan el teléfono con el brazo extendido, apuntan tres segundos al monumento y bajan la vista para comprobar cómo ha salido. Nadie ha leído el tímpano; casi nadie sabría decir qué se habla en la calle de al lado. 

¿Cuándo dejó el viaje de ser una forma de saber para convertirse en una obligación de calendario? La escala es enorme: UN Tourism calcula que en 2025 se registraron 1.520 millones de llegadas internacionales, casi sesenta millones más que en 2024. 

Veinticinco siglos de preguntas con maleta. Heródoto recorrió en el siglo V a. C. buena parte del Mediterráneo oriental interrogando a sacerdotes, marinos y comerciantes. Llamó historía a su oficio, y la palabra significaba exactamente eso: indagación. Hacia el año 629, el monje chino Xuanzang salió hacia la India en busca de textos budistas, aprendió sánscrito por el camino y regresó en 645 con su cargamento de manuscritos. Ibn Battuta partió de Tánger a los veintiún años para peregrinar a La Meca; entre 1325 y 1354 cubrió unos 120.000 kilómetros, y trabajó como juez en Delhi durante ocho años. Su libro se llama sencillamente Rihla, «el viaje».

Ninguno de ellos hacía turismo. Viajaban porque necesitaban algo que en casa no había, un texto, una respuesta, un oficio, y dependían de la hospitalidad ajena, que obliga a aprender lenguas, normas y silencios. 

Del Grand Tour al billete de un chelín. Entre los siglos XVII y XVIII, los jóvenes de la aristocracia británica completaban su formación con el Grand Tour: meses por Francia e Italia para ver arte, aprender idiomas y adquirir mundo. Era un privilegio, pero tenía un programa. El cambio de escala llegó con el ferrocarril: el 5 de julio de 1841, Thomas Cook llevó a una sociedad de templanza en tren de Leicester a Loughborough, casi quinientas personas, a un chelín por cabeza. Democratizar el viaje fue una conquista, y conviene decirlo sin ironía. El problema aparece cuando el itinerario se convierte en producto y la lista de lugares «imprescindibles» sustituye a la pregunta. Se acumula ver; se pierde entender. 

Por qué ahora importa tanto. Hay causas materiales: la capacidad aérea y el tráfico de pasajeros crecieron un 7 % hasta octubre de 2025. Y hay una causa simbólica, que ofrezco como interpretación y no como dato: el viaje funciona como moneda social, prueba de que uno ha salido de su rutina, y las redes han convertido esa prueba en espectáculo. A ello se suma un deseo antiguo y legítimo, el de la novedad. Nada de eso es condenable; lo discutible es confundir el síntoma con el fin. 

Turista, viajero y «no turista». El turista acumula. Llega con la lista hecha, compara con casa, valora si «ha merecido la pena» y vuelve con fotos. No es un malvado: es un consumidor de experiencias, y a menudo un cliente agradecido de la hospitalidad. El viajero llega con preguntas. Ha leído algo antes, sabe decir veinte frases en la lengua local, se queda más de lo cómodo en un sitio y acepta equivocarse. Vuelve distinto, no más fotografiado.

Hay una tercera figura, la del «no turista», que necesita proclamar que no lo es. Huye de las multitudes, busca lo «auténtico» y con frecuencia solo cambia de escaparate: el desprecio al turista es otra forma de turismo, con más vanidad. La diferencia no está en el destino ni en el medio de transporte, sino en la pregunta con la que se llega. Y una misma persona puede ser las tres en una sola semana.

Una propuesta a diez años. Propongo un plan modesto y medible. En lectura, un relato de viaje clásico al año (Heródoto, la Rihla), con una nota de dos folios al terminar. En lengua, preparar cada viaje con doscientas palabras y diez frases del idioma local, y alcanzar en tres años un nivel A2 en una lengua nueva, acreditado con un examen oficial. En voluntariado, a los cinco años, acoger a estudiantes del Programa Erasmus, activo desde 1987, o colaborar con una entidad de acogida de personas migrantes. Para evaluarlo, basta un cuaderno de viaje anual y una revisión a los diez años: ¿cuántos viajes nos dejaron algo que seguimos usando?

Reglas para la dirección del espíritu de Descartes

Tras un agradable encuentro con Santiago Fernández y Sebas Álvarez (foto), a propuesta de Santiago repasamos y redescubrimos las Reglas cartesianas de 1628. Sienta las bases de la arquitectura del método cartesiano de pensamiento. ¿Por qué seguimos acudiendo a los clásicos del siglo XVII cuando buscamos rigor mental y claridad conceptual en nuestro propio aprendizaje? Quienes nos hemos dedicado durante décadas a la docencia de las ciencias experimentales y de la matemática sabemos bien que la búsqueda de un método sólido no es un debate pretérito, sino una exigencia metodológica permanente.

Redactadas hacia 1628 por René Descartes y publicadas de forma póstuma en 1701, las Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii) constituyen su obra germinal (1596-1650). Aunque el texto quedó inconcluso —de las treinta y seis reglas proyectadas solo se redactaron veintiuna—, contiene la matriz filosófica y epistemológica que más tarde cristalizaría en el célebre Discurso del método (1637). 

En este tratado, Descartes no busca acumular saberes dispersos, sino disciplinar la razón. Como hemos observado al analizar el desarrollo de las ideas científicas, el propósito cartesiano era unificar la ciencia bajo un único criterio de certeza matemática. Para ello, establece dos operaciones fundamentales de la mente: la intuición, entendida como la aprehensión clara e distinta de un concepto por la luz de la razón, y la deducción, que conecta de forma lógica unas verdades con otras. 

Entre las reglas más representativas, destacamos las siguientes: 

 - Regla I: La orientación de la mente debe dirigirse a formar juicios sólidos y verdaderos sobre todo lo que se le presenta.
- Regla II: Sólo debemos ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento certero e indudable parecen bastar nuestros espíritus. 
- Regla III: Buscar la intuición evidencia y la deducción cierta, rechazando la mera conjetura. 
- Regla V: Reducir gradualmente las proposiciones complicadas y oscuras a otras más simples, para elevarse luego por los mismos pasos al conocimiento de las demás.

René Descartes nació en La Haye en Touraine el 31 de marzo de 1596 y falleció en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Formado en el colegio jesuita de La Flèche, su vida itinerante por Europa —que incluyó estancias prolongadas en la República de las Provincias Unidas— estuvo marcada por la búsqueda infatigable de un saber fundamentado en la razón humana y no en la mera autoridad escolástica.

Recomendamos vivamente la relectura atenta de estas Reglas para la dirección del espíritu a docentes, estudiantes e investigadores. Nos recuerdan que el verdadero conocimiento exige orden, simplicidad y una depuración constante de los prejuicios. "Aprender no es acumular datos, sino ordenar la mente para alcanzar la verdad", cita de René Descartes.