Eclipse solar en Mil Palmeras: Guía y observación segura

 

El próximo miércoles 12 de agosto de 2026, España vivirá un acontecimiento que no se producía sobre suelo peninsular desde hace más de un siglo: un eclipse solar total cruzará el norte del país, de Galicia a Baleares, mientras que en el resto del territorio —incluida la costa alicantina de Mil Palmeras, en Pilar de la Horadada— el fenómeno se vivirá como un eclipse parcial de una profundidad extraordinaria.

Desde Mil Palmeras y su entorno, muy próximo a Torrevieja y al Mar Menor, la Luna cubrirá en torno al 98,5 % del disco solar, un porcentaje tan alto que el día perderá buena parte de su luz sin llegar a la oscuridad total propia de la totalidad. El fenómeno comenzará hacia las 19:48 y alcanzará su máximo alrededor de las 20:36, con el Sol ya muy bajo, apenas a 4 grados sobre el horizonte, en dirección oeste-noroeste. El astro se pondrá hacia las 20:48, todavía parcialmente eclipsado, ofreciendo un ocaso teñido de tonos rojizos y anaranjados inusualmente intensos, consecuencia del mayor espesor de atmósfera que atraviesa su luz a esa altura tan baja.

Para disfrutarlo desde Mil Palmeras conviene elegir un punto elevado y despejado hacia el oeste-noroeste, sin edificios, arbolado ni elevaciones que corten el horizonte en los últimos grados de altura solar, que es justo donde se producirá el momento culminante. Las zonas abiertas del interior de la localidad, alejadas del frente marítimo —que mira hacia levante—, o los terrenos elevados en dirección a Pilar de la Horadada y la Torre de la Horadada, ofrecen mejores perspectivas que el propio paseo. Conviene comprobar el entorno con antelación y llegar con tiempo, ya que el fenómeno completo, desde el primer contacto hasta la puesta de sol, se prolongará algo más de una hora.

La protección ocular es, en este eclipse, una cuestión ineludible. Ni siquiera un 98 % de ocultación permite mirar el Sol directamente sin protección homologada: la delgada fracción de disco que permanece visible sigue emitiendo luz suficiente para dañar la retina de forma irreversible, un daño que además puede producirse sin dolor y manifestarse solo horas después. Las gafas de eclipse deben cumplir la norma ISO 12312-2:2015, llevar marcado CE y estar en perfecto estado, sin arañazos ni perforaciones; ningunas gafas de sol convencionales, por oscuras que parezcan, ofrecen protección suficiente. 

Fotografiar o grabar el fenómeno con el teléfono móvil, prismáticos o telescopios exige asimismo un filtro solar homologado colocado sobre la óptica, nunca detrás del ocular. Quien prefiera un método sencillo y gratuito puede recurrir a la proyección estenopeica: un simple agujero en una cartulina, o incluso un colador de cocina, proyecta decenas de pequeñas imágenes del Sol eclipsado sobre una superficie blanca, sin riesgo alguno para la vista.

Y para quien decida prolongar la velada, la fecha coincide con la proximidad del máximo de las Perseidas, de modo que al cielo despejado del atardecer eclipsado puede seguirle, ya de noche, la lluvia de estrellas fugaces. Pocas veces el firmamento concentra tanta invitación a la contemplación en una sola jornada de agosto. Este eclipse abre además un tríptico celeste sin precedentes para España: en agosto de 2027 la totalidad alcanzará Ceuta y Melilla con casi cinco minutos de oscuridad, la mayor duración del siglo, y en enero de 2028 un eclipse anular cerrará la secuencia. 

8/8: Día del Infinito, celebrado en matemáticas y literatura


El calendario, tan afecto a las conmemoraciones improvisadas, ha decidido que hoy, 8 de agosto, sea el Día del Infinito. Conviene decirlo con la prudencia que exige la honestidad: no hay detrás ninguna resolución de la ONU ni acuerdo alguno de sociedad matemática internacional que respalde la fecha. Se trata, según cuentan quienes han rastreado su origen, de una ocurrencia surgida hacia 1987 de un filósofo y poeta neoyorquino, Jean-Pierre Ady Fenyo, que propuso dedicar ese día a pensar, crear y filosofar libremente sobre lo ilimitado. La gracia reside en la geometría: un 8 tumbado sobre su eje dibuja exactamente la lemniscata, el símbolo ∞ que el matemático inglés John Wallis introdujo en 1655 para representar la idea de infinito. Ocho del ocho, pues, como un guiño visual que la aritmética convierte en emblema. 

Que la efeméride sea de origen informal no resta interés al motivo que celebra. Pocas nociones han inquietado tanto a la razón humana como el infinito, y pocas han exigido un trabajo intelectual tan arduo para ser domesticadas sin perder su vértigo. Aristóteles ya distinguió entre un infinito potencial —el de la serie de los números naturales, que siempre admite un paso más— y un infinito actual, dado de una vez, que su lógica prefería evitar. Hubo que esperar a finales del siglo XIX para que Georg Cantor demostrara que existen infinitos de distinto tamaño: el infinito numerable de los naturales y los enteros, y el infinito no numerable, estrictamente mayor, de los números reales. La imagen del Hotel de Hilbert —un hotel con infinitas habitaciones, todas ocupadas, capaz sin embargo de alojar a un huésped más con solo desplazar a cada inquilino a la habitación siguiente— sigue siendo la mejor invitación pedagógica a ese territorio donde la intuición cotidiana deja de servir de guía.

La filosofía ha tratado el infinito con una mezcla de fascinación y cautela. Spinoza situó en el centro de su sistema una sustancia infinita, causa de sí misma, que se manifiesta en infinitos atributos de los cuales solo conocemos dos, el pensamiento y la extensión: un infinito que no está en otro lugar, sino que es la textura misma de lo real. Unamuno, en cambio, convirtió el infinito en una herida: el ansia de pervivencia sin término, esa «hambre de inmortalidad» que recorre Del sentimiento trágico de la vida, nace precisamente de la conciencia de que somos finitos y de que no logramos resignarnos del todo a serlo. 

La literatura ha sabido narrar lo que la lógica solo puede demostrar. Bernardo Atxaga, en Obabakoak, construye relatos dentro de relatos que se remiten unos a otros como si buscaran, sin decirlo, esa misma lemniscata: un recorrido que vuelve siempre sobre sí mismo sin cerrarse del todo. Algo semejante persiguió Borges con su Biblioteca de Babel, catálogo imposible de todos los libros posibles.

Así que este 8/8, más allá de la broma numerológica y de los «portales astrales» con que algunos lo han decorado esta semana, deja una lección aprovechable: el infinito no es solo un número muy grande, sino una pregunta que las matemáticas, la filosofía y la literatura llevan siglos formulando, sin agotarla jamás. Celebrarlo un día al año, aunque sea por capricho de un poeta neoyorquino de 1987, no parece mal punto de partida.

Una oportunidad didáctica en el aulaDesde una perspectiva pedagógica, la celebración del 8 de agosto brinda un pretexto didáctico valioso. La enseñanza de las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas) sufre a menudo de un exceso de mecanicismo que desconecta las herramientas operativas de sus implicaciones conceptuales. Discutir el infinito en el aula permite tender puentes inmediatos entre el cálculo algebraico y la reflexión humanística.

Interrogar a los estudiantes sobre si existen más números enteros que números pares (la paradoja del hotel de Hilbert) o utilizar fragmentos literarios para introducir nociones de límites y series no solo estimula el pensamiento abstracto, sino que derriba la división artificial entre ciencias y letras. Utilizar el 8/8 como hito simbólico invita a recordar que la búsqueda del saber es un continuo tan vasto y dinámico como el símbolo que hoy se celebra.

Cómo frenar el tiempo con la Ley de Paul Janet

La ley de la proporción de Paul Janet nos explica por qué vuelan los años según tenemos más edad. Todos hemos sentido la misma paradoja: los veranos de la infancia se dilataban como si no fueran a terminar nunca, mientras que los años de la madurez se suceden con una velocidad que a menudo desconcierta. No es solo nostalgia ni un efecto de la memoria selectiva: la psicología lleva más de un siglo intentando explicar por qué el tiempo, siendo objetivamente idéntico, se percibe de forma tan distinta según la edad. La respuesta más influyente sigue siendo la que formuló en 1877 el filósofo francés Paul Janet, conocida hoy como la ley de Janet o teoría proporcional del tiempo. 

La intuición de Janet es sencilla y, precisamente por ello, poderosa: la duración subjetiva de un periodo depende de la proporción que ese periodo representa respecto al conjunto de la vida ya vivida. Un año, para un niño de cinco años, equivale a una quinta parte de toda su existencia consciente; ese mismo año, para alguien de cincuenta, apenas supone un dos por ciento del total. La aritmética explica así la sensación, tan compartida como difícil de razonar, de que el tiempo se comprime a medida que envejecemos: no cambia el reloj, cambia la fracción que cada nuevo tramo representa dentro del total acumulado.

Conviene situar al autor de esta idea. Paul Alexandre René Janet nació y murió en París, entre 1823 y 1899, y fue una de las figuras centrales del espiritualismo francés, la corriente idealista que dominó la filosofía académica del país durante buena parte del siglo XIX. Formado en la École Normale Supérieure bajo la tutela de Victor Cousin, y a través de él heredero de ciertos ecos hegelianos, enseñó filosofía moral en Bourges y Estrasburgo, lógica en el liceo Louis-le-Grand y ocupó desde 1864 la cátedra de filosofía de la Sorbona, además de ser miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Entre su obra destacan La familia, El materialismo contemporáneo —una crítica al reduccionismo biológico del doctor Büchner— y Los maestros del pensamiento moderno. Fue, además, maestro de un joven Henri Bergson, que acabaría construyendo, en las antípodas de su profesor, una filosofía del tiempo vivido, la durée, irreductible a cualquier medida o proporción aritmética: donde Janet cuantifica, Bergson insiste en que el tiempo interior no se deja trocear.

Conviene también no confundirlo con su sobrino, Pierre Janet, el psiquiatra que unas décadas después sentaría las bases de la psicología dinámica y del estudio de la disociación. Tío y sobrino comparten apellido y un interés común por la vida interior, pero pertenecen a generaciones y disciplinas distintas: uno filósofo de gabinete, el otro clínico de hospital.

La idea de Janet no quedó confinada a la filosofía académica. William James la recogió en 1890 en sus Principios de psicología, y desde entonces la investigación empírica —cuestionarios generacionales, experimentos de estimación de intervalos— ha corroborado que las personas mayores tienden a subestimar la duración de los lapsos breves respecto a los jóvenes. Otros autores, como Paul Fraisse, matizarían después que la densidad de novedad y atención también modula esa sensación: los días cargados de experiencias nuevas se recuerdan más largos, mientras que la rutina los comprime.

Ahí reside, quizá, la lección más útil para quien se ocupa de la felicidad y la educación: si el tiempo se dilata con la novedad y se contrae con la repetición, cultivar el aprendizaje, la curiosidad y la atención a lo largo de la vida no es solo una virtud pedagógica, sino una forma modesta de resistencia frente a la aceleración que Janet describió. Como intuyó Ortega y Gasset, vivir bien exige no dejar de interrogar la propia circunstancia; frente al tiempo que se acelera, la respuesta filosófica más antigua sigue siendo la más eficaz: prestar atención.

@hondondelosfrailes El filósofo francés Paul Janet propuso en el siglo XIX la teoría proporcional del tiempo, también conocida como la ley de Janet. Esta idea explica que percibimos el paso de los años de forma relativa: cada nuevo año representa una fracción cada vez más pequeña de nuestra vida total ya vivida... #tiempo #laleydejanet #pauljanet #france #viral ♬ sonido original - Alberto Perez

Umberto D. (1952): La dignidad silenciosa del neorrealismo

Umberto D., dirigida por Vittorio De Sica (otros posts) en 1952, cierra con extraña sobriedad el ciclo del neorrealismo italiano que había arrancado con Roma, ciudad abierta y alcanzado su cénit con Ladrón de bicicletas. Según contó en su día el crítico Robert Osborne, ésta fue siempre la película favorita de De Sica dentro de su propia filmografía, la más personal y también la peor recibida por el público de su tiempo. Su ambición no era narrar sucesos extraordinarios, sino revelar la belleza oculta en los gestos mínimos de la vida diaria: contar unas monedas, dar de comer a un perro, fingir fiebre para no ser expulsado de una habitación alquilada. 

El guion, escrito por Cesare Zavattini —teórico principal del neorrealismo y candidato al Óscar por este trabajo—, lleva hasta sus últimas consecuencias la técnica del pedinamento: cada acción se descompone en fragmentos cada vez más pequeños, sin elipsis que alivien el tiempo real de la miseria. Esa dilatación morosa, que a algunos coetáneos les pareció excesiva, es hoy considerada la aportación más radical de la película al lenguaje del cine realista.

Frente a la cámara, Carlo Battisti —catedrático de gramática comparada en la Universidad de Florencia, sin experiencia actoral previa ni posterior— compone un Umberto Domenico Ferrari de contención admirable: un funcionario jubilado que sobrevive con una pensión miserable en la Roma de posguerra. Le acompañan Maria Pia Casilio, en el papel de la joven criada María, embarazada y tan desamparada como él pese a su juventud, y Lina Gennari, como la casera Antonia Belloni, cuya codicia empuja a Umberto hacia el desahucio. El verdadero coprotagonista, sin embargo, es Flike, el pequeño perro que constituye el único afecto incondicional que le queda al anciano.

La trama sigue los últimos y desesperados intentos de Umberto por reunir el dinero del alquiler, su breve estancia hospitalaria, la tentación del suicidio y, en un desenlace que evita cualquier consuelo fácil, su reencuentro con Flike en un parque romano donde ambos, hombre y perro, quedan suspendidos entre la vida y el abandono.

Lo que distingue a Umberto D. de buena parte del melodrama social de su época es precisamente su negativa a la lágrima fácil. De Sica y Zavattini construyen una tragedia contenida, casi pudorosa, que recuerda —salvando las distancias— a aquel sentimiento trágico de la vida del que hablara Unamuno: la conciencia lúcida de la propia finitud sin renunciar por ello a la dignidad. La película fue seleccionada en el Festival de Cannes de 1952, obtuvo el premio a la mejor película en lengua no inglesa del Círculo de Críticos de Nueva York y en 2005 la revista Time la incluyó entre las cien mejores de la historia del cine.

Setenta y tantos años después, su retrato de la vejez solitaria y la precariedad de las pensiones no ha perdido vigencia: sigue siendo, quizá, el examen de conciencia más incómodo que el cine ha dedicado jamás a cómo tratamos a quienes ya no producen.

Posición Saavedra: La subpromoción más célebre del ajedrez


A petición de nuestro nieto Mateo, seguimos analizando temas de ajedrez. Hoy nos detendremos en La Posición Saavedra (1895): Un  finl de ajedrez que cambió la teoría. Autores: Georges Barbier y Fernando Saavedra. Por qué es famoso: Contiene la subpromoción (coronar una pieza menor o diferente a la dama) más célebre del ajedrez para evitar un ahogado.

Pocas composiciones ajedrecísticas han alcanzado la celebridad de la Posición Saavedra, un estudio de finales que sigue fascinando tanto a maestros como a aficionados. Su atractivo no reside en una combinación espectacular de muchas piezas, sino precisamente en lo contrario: con apenas dos reyes, una torre y un peón, demuestra que el ajedrez es un universo donde la creatividad puede derrotar a la intuición. 

La posición lleva el nombre del sacerdote español Fernando Saavedra, residente en Glasgow, quien descubrió una victoria allí donde los expertos creían que solo existían tablas. El origen del estudio se remonta a una partida disputada en 1875 entre Richard Fenton y William Potter. Dos décadas después, el periodista y problemista Georges Emile Barbier publicó una versión de aquella posición asegurando que el resultado era un empate. Saavedra encontró entonces un recurso extraordinario que transformó la evaluación por completo.

La clave del estudio es una de las ideas más elegantes del ajedrez: la coronación menor (underpromotion). Cuando el peón blanco alcanza la octava fila, la promoción natural a dama conduce inesperadamente al empate por ahogado tras una secuencia táctica precisa. Sin embargo, la solución correcta consiste en promocionar… ¡a torre!. Este movimiento, aparentemente inferior, evita el recurso defensivo del rival y crea amenazas de mate inevitables. Es uno de los ejemplos más célebres de cómo la pieza más poderosa no siempre es la mejor elección.

Desde el punto de vista educativo, la Posición Saavedra constituye una lección magistral sobre el pensamiento crítico. Enseña que las soluciones convencionales deben cuestionarse y que, en ocasiones, el éxito surge precisamente al apartarse de la respuesta aparentemente obvia. Esta enseñanza trasciende el tablero y resulta aplicable a la ciencia, la tecnología, la educación y la resolución de problemas complejos.

El estudio también ilustra la riqueza de los finales. Mientras muchos jugadores dedican la mayor parte de su tiempo a aperturas y tácticas, Saavedra demuestra que los finales contienen principios profundos de coordinación, cálculo y precisión. Cada movimiento tiene un propósito, y un solo tempo decide entre victoria, empate o derrota.

Más de 130 años después, la Posición Saavedra continúa apareciendo en manuales, cursos y recopilaciones de los mejores finales jamás compuestos. No solo representa una joya artística del ajedrez, sino también una metáfora del conocimiento: las grandes ideas pueden esconderse en los detalles más pequeños, esperando a quien se atreva a mirar más allá de lo evidente.

@sauloajedrez

Posición Saavedra (1895) El estudio tiene una larga historia, se originó de una partida entre Fenton vs Potter en 1875. La cual terminó en tablas. Sin embargo el ajedrecista Johannes Zukertort analizó la posición y llegó a la conclusión que era victoria para las blancas, llegando a un final de Rey y Dama vs Rey y Torre, final que en la teoría es ganado para las blancas. Este estudio fue publicado en el City of London Chess Magazine en 1875. Poco después esta forma de ganar se demostró que era un estudio de Kling y Horwitz publicado en The Chess Player en 1853. Potter falleció en 1895 (20 años después de la partida contra Fenton) tras su muerte G.E Barbier publicó una posición en su columna ajedrecista del Weekly Citizen de Gasglow, Escocia, que refutaba lo que había ocurrido en la partida entre Fenton y Potter. Sin embargo Barbier recordaba mal la posición. Fue publicada como un estudio en donde jugaban las negras y hacían tablas. Esto se lograba al cambiar la posición del rey negro de h6 a a1, avanzando el peón blanco a c7 y dándole el turno a las negras. No obstante nuestro protagonista Fernando Saavedra quien vivía en Gasglow encontró la forma de ganar con las blancas con la jugada “c8=T!!”. Hoy en día la posición moderna se encuentra con Blancas Rb6 peón c7/ Negras Ra1 y Td5 y cambiando el enunciado a “Juegan las blancas y ganan” Fuente: Del canal de YouTube Ajedrez a la Carta (uno de mis canales favoritos de ajedrez en español) y del artículo de la posición Saavedra en Wikipedia.

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Cultura y simulacro: Baudrillard predijo la posverdad

En 1978, cuando Editorial Kairós encargó a Pedro Rovira la traducción de unos ensayos dispersos de Jean Baudrillard, nadie podía sospechar que aquel volumen modesto, Cultura y simulacro, contenía ya el germen de una de las intuiciones más inquietantes del pensamiento contemporáneo: la sospecha de que la realidad, tal y como la entendíamos, había dejado de existir. Casi medio siglo después, en plena era de algoritmos, deepfakes y realidades aumentadas, el libro se lee menos como una reliquia académica que como un mapa —él mismo hubiera apreciado la ironía— de nuestro presente.

Jean Baudrillard (Reims, 1929 – París, 2007) fue sociólogo de formación y filósofo por vocación. Estudió filología germánica en la Sorbona, tradujo a Marx y a Brecht, y en 1966 defendió en Nanterre una tesis dirigida por Henri Lefebvre. Tras dedicar sus primeros libros —El sistema de los objetos y La sociedad de consumo— a diseccionar el fetichismo de las mercancías, derivó hacia una crítica radical de la representación que lo convirtió, junto a Lyotard y Deleuze, en una de las voces centrales de la posmodernidad. Su fama mundial llegó más tarde, cuando los hermanos Wachowski convirtieron su obra mayor, Simulacra and Simulation (1981), en atrezo filosófico de Matrix, gesto que el propio autor recibió con escepticismo: sospechaba, no sin razón, que el cine había simplificado su tesis hasta la caricatura.

El corazón de Cultura y simulacro es el ensayo «La precesión de los simulacros», donde Baudrillard invierte la célebre fábula de Borges sobre los cartógrafos del Imperio, que dibujaban un mapa tan detallado que terminaba por cubrir el territorio. Hoy, sostiene, ya no queda territorio que precise mapa: es el mapa —el modelo, el simulacro— el que genera el territorio, y son sus jirones los que se pudren en el desierto de lo real. De ahí nace la hiperrealidad, ese régimen donde la copia ya no remite a ningún original y donde Disneylandia cumple una función precisa: hacer creer que fuera de sus muros, en Los Ángeles, en América entera, existe todavía algo real.

Los ensayos que completan el volumen —«El efecto Beaubourg», «A la sombra de las mayorías silenciosas» y «El fin de lo social»— trasladan esa lógica al terreno político. Baudrillard describe a las masas como un agujero negro que absorbe sin devolver: ni la historia, ni la ideología, ni el sentido logran atravesarlas, porque las masas no son sujeto político sino pura inercia neutralizadora. La tesis dialoga, sin buscarlo, con La rebelión de las masas de Ortega y Gasset: donde el pensador temía la imposición de la mediocridad mayoritaria, Baudrillard describe algo aún más inquietante, una masa que ni siquiera aspira a imponerse, que simplemente disuelve cuanto se le arroja. Hannah Arendt, desde otra tradición, había advertido ya cómo las sociedades de masas erosionan el espacio común donde la política resulta posible; Baudrillard lleva esa erosión hasta su extremo lógico.

Leído hoy, el libro se adelanta con precisión inquietante a nuestro presente: campañas electorales convertidas en escenificación de signos, atentados que se disputan en el terreno de la interpretación antes que en el de los hechos, redes que fabrican consenso sin referente real alguno. No es casualidad que Cultura y simulacro recupere lectores en la era de la inteligencia artificial generativa, cuando distinguir una imagen real de una sintética ha dejado de ser un ejercicio académico para volverse cotidiano. Baudrillard no ofrece salidas ni consuelos —nunca fue su estilo—, pero sí una herramienta afilada para nombrar el vértigo. Volver a este librito de apenas doscientas páginas sigue siendo, cerca de cinco décadas después, un ejercicio de higiene intelectual.

ResumenBaudrillard, medio siglo después: cuando el mapa devora el territorio. Qué nos enseña «Cultura y simulacro» sobre las redes y la IA. De Borges a Baudrillard: el simulacro que sustituyó a la realidad. Por qué releer a Baudrillard en la era de los deepfakes.

Museo Aeronáutico Municipal de Los Alcázares

En el extremo sur de Los Alcázares (Murcia), junto a la histórica Base Aérea que en 1915 se convirtió en la primera base de hidroaviones de España, se levanta un edificio modesto de los años treinta cuya biografía resulta más elocuente que cualquier cartela de museo. El Museo Aeronáutico Municipal de Los Alcázares, inaugurado el 13 de octubre de 1999, no nació para honrar a quienes volaban, sino para cobijar a quienes caminaban: se construyó por suscripción popular, a iniciativa del comandante Burguete y sobre un solar cedido por José Nieto, como Casa del Transeúnte —también llamada Casa del Pueblo—, destinada a acoger a los pobres que atravesaban la localidad.

Esa vocación de refugio se transformó varias veces antes de convertirse en sala de memoria. Terminada la Guerra Civil, un comandante de Ingenieros la convirtió en chalet para los jefes de Aviación destinados al aeródromo vecino; más tarde fue Casa Parroquial, hasta que, a comienzos de los noventa, el Ayuntamiento la adquirió y rehabilitó para albergar la extensa colección fotográfica, documental y material vinculada al aeródromo. Un edificio pensado para quienes no tenían adónde ir acabó custodiando la memoria de quienes se atrevieron a conquistar el aire.

Porque la base vecina no es un aeródromo cualquiera. Fue el coronel Pedro Vives y Vich quien, por encargo del rey Alfonso XIII y tras un periplo aéreo de más de 1.500 kilómetros por la costa española, eligió en 1914 este rincón del Mar Menor como emplazamiento de la primera estación de hidroaviones del país. Con el tiempo, la base se convirtió en Escuela de Combate y Bombardeo Aéreo —conocida como Aeródromo Burguete—, y por su mando pasaron nombres mayores de la aviación española, como Ramón Franco o Kindelán, en los años en que volar sobre el agua era todavía una hazaña casi literaria: el hidroavión, esa máquina que los vascos llamarían con precisión poética itsasontzi hegalari, "barco volador", encarnaba la promesa de moverse a la vez sobre dos elementos que nunca habían sido del hombre. En 1951, con el traslado del 52 Grupo de Hidroaviones a la base mallorquina de Pollensa, Los Alcázares perdió buena parte de su función operativa, y su historia empezó a convertirse, poco a poco, en patrimonio.

El museo, apenas 188 metros cuadrados repartidos en tres salas, condensa ese siglo largo con maquetas de los aviones que marcaron época, fotografías aéreas, cascos, hélices, garitas de vigilancia, cañones antiaéreos y uniformes del Ejército del Aire. Su exposición fotográfica, la pieza más valiosa del conjunto, recorre la vida de la base desde su fundación hasta la actualidad y permite entender, sin salas monumentales ni relatos épicos, el peso real que este rincón del Mar Menor tuvo en la aeronáutica militar española del siglo XX.

Visitarlo no exige más de media hora, pero deja una pregunta flotando: cuántos edificios aparentemente menores guardan, bajo su función actual, una vocación anterior y casi opuesta. La Casa del Transeúnte que hoy exhibe hélices y condecoraciones recuerda que la memoria, como el vuelo, rara vez sigue una línea recta.

El museo abre de lunes a viernes de 9.00 a 14.00 horas —de 10.00 a 13.00 en verano—, y los grupos pueden concertar visita en cultura@losalcazares.es. Se encuentra en la avenida de la Libertad, 37, a pocos minutos del casco urbano y de las aguas templadas del Mar Menor, un destino que combina sin esfuerzo el turismo de costa con una lección de historia aeronáutica que pocos visitantes esperan encontrar.

Museo Aeronáutico Municipal de Los Alcázares

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Felicidad según Harvard: Genética, entorno y hábitos

¿Se puede aprender a ser feliz? La neurociencia y la educación responden desde Harvard. Descubriremos cómo la neurociencia y la pedagogía transforman la felicidad en una disciplina de aprendizaje vital. Analizamos el modelo de Arthur C. Brooks en la Universidad de Harvard.

Durante siglos, la felicidad ha sido tratada como un enigma poético, un golpe de fortuna o un estado anímico puramente efímero. Sin embargo, la investigación contemporánea en neurociencia, psicología cognitiva y ciencias sociales está cambiando radicalmente esta perspectiva. En la Universidad de Harvard, el profesor e investigador Arthur C. Brooks aboga por un enfoque estructurado: la felicidad no es una emoción pasiva que simplemente nos ocurre, sino un conjunto de competencias científicas y hábitos conscientes que se pueden estudiar, entrenar y divulgar.


La ecuación del bienestar: genoma, entorno y hábitos. Uno de los aportes centrales del trabajo de Brooks radica en desmitificar el origen del bienestar subjetivo. A través de la síntesis de datos empíricos, la ciencia propone una fórmula orientativa para comprender nuestra predisposición al bienestar:


Factor

Peso

Impacto y margen de transformación

Genética

~50%

Heredada; define el punto de partida neurobiológico y la homeostasis emocional.

Contexto

~25%

Circunstancias externas efímeras (nivel de ingresos, estatus, eventos fortuitos).

Hábitos

~25%

La palanca clave: modula la expresión biológica y transforma el entorno.

A primera vista, un 25% para los hábitos personales podría parecer una porción modesta. No obstante, la neurobiología demuestra que este porcentaje actúa como un catalizador decisivo: las rutinas conscientes tienen la capacidad de modificar cómo percibimos el entorno y modular la respuesta de nuestros genes ante el estrés.


Sentimientos frente a felicidad real: la perspectiva neurocientífica. Uno de los errores conceptuales más frecuentes en la sociedad contemporánea es confundir las emociones placenteras con la felicidad misma. Como señala Brooks, los sentimientos no son la felicidad en sí, sino la evidencia de que esta existe.


El verdadero bienestar humano se construye sobre la interacción entre la corteza prefrontal, el sistema límbico y redes hormonales mediadas por la oxitocina y la dopamina. Mientras que las emociones impulsivas son pasajeras, la felicidad profunda requiere arquitectura mental y cuatro pilares fundamentales:

  1. Familia: Relaciones afectivas estables, profundas e incondicionales.
  2. Amistades auténticas: Conexiones reales basadas en la empatía y la vulnerabilidad compartida.
  3. Trabajo con sentido: Una vocación que aporte valor a la comunidad y sirva al bien común.
  4. Propósito trascendente: Una dimensión filosófica, espiritual o humanista que supere el propio ego.

Educación y liderazgo: convertir la ciencia en impacto social. El verdadero valor pedagógico de esta investigación estriba en su vocación de servicio público. A través del Leadership & Happiness Laboratory en la Harvard Kennedy School, el objetivo trasciende el aula universitaria para capacitar a educadores, líderes sociales y ciudadanía. 


Si enseñamos la neurobiología de las emociones y las estrategias psicológicas de autorregulación con la misma rigurosidad que las matemáticas o la física, capacitamos a las personas para liderar sus vidas de manera más empática, crítica y constructiva.


Conclusión: una llamada al aprendizaje consciente (una de nuestras obsesiones como demuestran estos posts). La felicidad no es un destino estático ni una utopía inalcanzable; es una praxis diaria. En una época dominada por la prisa y la sobreestimulación digital, la ciencia nos recuerda que el bienestar duradero se siembra en las aulas, se cultiva en el tejido social y se consolida a través de hábitos fundamentados en el conocimiento y el sentido vital.


Como bonus, un vídeo anterior de Arthur C. Brooks