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Últimos cruceros en Getxo al inicio del otoño

Volvemos con uno de nuestros pasatiempos preferidos: Fotografiar cruceros en Getxo. Viviendo en Las Arenas es imposible no fijarse en el desfile de cruceros en Getxo. Siempre sorprende el silencio y la agilidad con las que maniobran a pesar de su inmensidad. Es un espectáculo majestuoso que, año tras año, transforma el paisaje cotidiano de nuestro municipio. Durante las últimas semanas, hemos paseado por el muelle de Arriluze y del faro contemplando a estos colosos del mar y nos preguntamos cómo esta afluencia incesante moldea nuestro entorno, en la economía, las políticas públicas y la educación cívica de nuestra comunidad.

En primer lugar, los datos precisos reflejan una realidad económica innegable. Esta temporada de 2026 proyectaba en sus inicios la llegada de más de cien (100) cruceros a las terminales del Puerto de Bilbao ubicadas en nuestro municipio de Getxo. De hecho, el pasado viernes 2 de octubre de 2026 vimos partir al imponente Marina, de la compañía Oceania Cruises, y apenas unas horas después, el sábado 3 de octubre, presenciamos la entrada y salida del majestuoso Viking Mira. También han estado en Getxo el Insignia, Norwegian Star, incluso simultáneamente tres cruceros Viking Saturn, Le Lapérouse y Silver Dawn (que también coincidió con Liberty of the Seas y World Voyager),... Es decir, miles de viajeros internacionales de alto poder adquisitivo desembarcan puntualmente en nuestra puerta. Los comerciantes locales, la hostelería y el tejido de servicios conexos recogen los frutos de un turismo que dinamiza fuertemente a Bizkaia. 

Tampoco podemos obviar el análisis político y medioambiental de esta actividad. Como veteranos defensores de la movilidad cero emisiones, nos ilusiona especialmente constatar los avances en la electrificación de los muelles. La implementación de la conexión eléctrica de los buques a la red terrestre (el llamado sistema Onshore Power Supply) es un acierto rotundo de nuestras instituciones. Significa que estos enormes hoteles flotantes pueden apagar sus motores de combustión mientras atracan en Getxo, eliminando la contaminación acústica y atmosférica. Constituye un caso de estudio perfecto sobre cómo la política económica puede y debe alinearse con la ecología; una lección práctica que recomendamos analizar a fondo en cualquier aula universitaria.

Hemos observado, cámara del iPhone en mano y las gafas Ray-Ban Meta durante nuestras habituales caminatas, cómo los visitantes se maravillan con la majestuosidad del Puente Colgante o las renovadas galerías de Punta Begoña. Hace apenas unas semanas, en el mes de septiembre, cuando este modesto blog alcanzaba la emotiva cifra de veinte (20) millones de visitas, reflexionábamos precisamente sobre nuestra posición en el mundo globalizado. Ver a ciudadanos de rincones remotos leyendo sobre nuestra historia local, o cruzando miradas amables con nuestros vecinos, nos demuestra que la educación trasciende ampliamente las aulas formales. Getxo se convierte en una escuela abierta de civismo, diversidad y hospitalidad.

Quizá el mayor reto a futuro resida en mantener un equilibrio inteligente. La convivencia pacífica con los residentes habituales exige una planificación rigurosa. También demanda que eduquemos a las nuevas generaciones —y pienso en nuestros queridos nietos— en el valor de un turismo respetuoso que enriquezca, en lugar de erosionar, nuestra identidad vasca.

A mis 73 años, contemplo el vaivén de estos barcos y me doy cuenta de que Euskal Herria sigue siendo un puerto de abrigo excepcional en un mundo demasiado acelerado. Aún nos quedan muchos paseos para documentar cómo evoluciona nuestra tierra. Recomendamos vivamente acercarse al puerto deportivo en los próximos días de atraque (que apenas quedan ya hasta la primavera próxima); sentarse, respirar la brisa marina y aprender de este mundo global que viene a visitarnos. 

Finalizamos con una cita de Grace Hopper: "A ship in port is safe, but that's not what ships are built for" ("Un barco en el puerto es seguro, pero no es para eso para lo que se construyen los barcos"). Eskerrik asko. ¡Gracias por acompañarnos en esta travesía compartida! 

Crucero Viking Saturn y otros de 2026 

Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

¿Puede crecer indefinidamente una economía en un planeta finito? La pregunta no es nueva. En 1972 el informe Los límites del crecimiento, que un equipo del MIT preparó por encargo del Club de Roma, advertía de que, si seguían las tendencias de entonces, el planeta tocaría sus límites en el plazo de un siglo. Han pasado más de cincuenta (50) años y la discusión sigue abierta, quizá más viva que nunca. Proponemos una lectura cruzada de ensayos recientes que miran el mismo cuadro desde ángulos opuestos, y que conviene leer juntos precisamente porque discrepan.

Jason Hickel, en Menos es más (2020), sostiene que las economías ricas deberían usar menos materia y energía sin renunciar al bienestar: decrecer, pero con orden. Daniel Susskind, en Growth: A Reckoning (2024), defiende que el crecimiento ha financiado buena parte de la sanidad y la educación que disfrutamos, y que lo sensato es orientarlo, no frenarlo. 

El trabajo es el segundo escenario. Daron Acemoglu y Simon Johnson, dos de los tres premios Nobel de Economía de 2024, recuerdan en Poder y progreso (2023) que la tecnología no reparte sus frutos por sí sola: durante varias décadas de la primera revolución industrial los salarios ingleses apenas mejoraron mientras la producción se disparaba. Importa, dicen, quién decide hacia dónde se dirige la innovación.

Y la inteligencia artificial vuelve urgente la pregunta. En enero de 2024 el Fondo Monetario Internacional, por boca de Kristalina Georgieva, estimó que cerca del 40 % del empleo mundial está expuesto a ella, y alrededor del 60 % en las economías avanzadas. «Expuesto» no significa «destruido»: según ese análisis, la mitad de esos puestos podría salir reforzada y la otra mitad ver recortados salarios o contrataciones.

De ahí a la fragilidad social hay un paso. Anne Case y Angus Deaton lo dieron con datos en Deaths of Despair and the Future of Capitalism (2020): en Estados Unidos, la mortalidad de los adultos blancos de mediana edad sin título universitario aumentó por suicidios, sobredosis y enfermedades del hígado ligadas al alcohol, mientras mejoraba la de quienes sí lo tenían. Michael Sandel, en La tiranía del mérito (2020), añade una tesis incómoda para quienes enseñamos: si prometemos que el esfuerzo y el título llevan lejos, quien no llega recibe, además de la desventaja, el mensaje de que se lo merece.

En Bizkaia conocemos esa fragilidad. Bilbao se cita como ejemplo de reconversión: de los altos hornos y los astilleros de la ría a un museo, el Guggenheim, inaugurado el 18 de octubre de 1997. Aquel cambio también dejó a muchas familias sin el oficio que las sostenía. Los indicadores (PIB, productividad, empleo) cuentan la historia; la fragilidad vive en lo que el bilbaíno Miguel de Unamuno llamó intrahistoria: «la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia» (En torno al casticismo, 1895). 

¿Qué queda de este cruce? Que discutimos menos sobre cifras que sobre prioridades: cuánto crecimiento, para quién, con qué empleos y con qué reparto de la dignidad. Proponemos un compromiso de lectura a diez (10) años. Primer objetivo, para 2028: leer dos (2) de estos libros, uno que nos dé la razón y otro que no, y discutirlos con alguien que piense distinto. Segundo, para 2031: convocar un círculo de lectura en un aula, una biblioteca o un local de barrio. Tercero, para 2036: comprobar si hemos cambiado de opinión en algo. Para evaluarlo basta una libreta con cada título, su tesis, la mejor objeción y una revisión cada octubre. ¿Cuántos libros incómodos hemos leído este año?

Otros posts nuestros sobre el tecnofeudalismo y la economía en forma de K. Eskerrik asko por leernos.

Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

Inserta a la izquierda este texto, con una tipografía acorde: Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

En el magnífico BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts) que hemos podido vivir estos días, pudimos analizar el libro Capitalismo caníbal de Nancy Fraser. Nos habla del sistema que devora sus propios cimientos, porque ¿de qué se alimenta el capitalismo? De lo que no paga, o paga mal. Esa es, en una frase, la tesis de Nancy Fraser en Capitalismo caníbal, un ensayo breve (190 páginas en la edición original de Verso, Londres, 2022) que Siglo XXI publicó en castellano en 2023, con traducción de Elena Odriozola.

Nancy Fraser(1947), catedrática de Filosofía y Política en la New School for Social Research de Nueva York, reúne y amplía en el libro textos previos, casi todos nacidos como conferencias universitarias. Es, más que un manifiesto, una teoría con vocación de caja de herramientas. La idea central cabe en pocas líneas. 

Para Fraser, el capitalismo no es sólo una economía de mercado, sino un orden social que descansa en cuatro (4) trastiendas que el mercado no paga, o no paga lo que valen: 1º el trabajo no remunerado de cuidados y crianza, 2º la naturaleza, 3º los poderes públicos y 4º la expropiación de poblaciones racializadas. El capital las necesita y, a la vez, tiende a agotarlas. De ahí el adjetivo: el sistema se come aquello de lo que vive.

Conviene leerlo con lápiz y con contrapunto. Las reseñas académicas señalan tres (3) discusiones abiertas. En primer lugar, el capítulo final, el del «qué hacer», es breve y deja sin resolver cuestiones espinosas, como la transición al socialismo o el pluralismo político. También se debate qué cuenta como lucha anticapitalista, porque casi cualquier protesta parece encajar. Y alguna reseña pregunta si este canibalismo es de siempre o propio de nuestro momento. Quienes defienden la economía de mercado recordarán que la escolarización universal y la sanidad pública crecieron dentro de economías capitalistas; la propia Fraser describe cómo el capitalismo gestionado por el Estado a mediados del siglo XX protegió en parte los cuidados en los países centrales, con el bienestar y el salario familiar. Para contrastar: la reseña de David Mengual Garcerán (Universidad de Sevilla) en Res Publica 29(1), 2026, pp. 137-139, y el debate de Historical Materialism (18-10-2023). 

Recomendamos este libro a quienes quieran profundizar en la economía política contemporánea, el feminismo, la sostenibilidad y el futuro de los servicios públicos. Es una lectura especialmente útil para docentes, estudiantes, responsables públicos y ciudadanos interesados en comprender las relaciones entre riqueza, poder y bienestar. Quizá la pregunta que mejor resume su desafío sea esta: ¿estamos organizando la economía para que la sociedad pueda vivir mejor o estamos subordinando cada vez más ámbitos de la vida a las exigencias de la economía? No hace falta compartir todas las respuestas de Nancy Fraser para reconocer la importancia de la pregunta. Leer, contrastar y debatir sigue siendo una de las mejores maneras de ejercer nuestra ciudadanía.

Recomendamos leerlo, aunque sea para discutirlo. Y proponemos un compromiso sencillo con tres horizontes. A dos (2) años: haberlo comentado con personas que piensen distinto (tres (3) conversaciones o lecturas compartidas). A cinco (5) años: sostener una hora semanal de voluntariado en cuidados o apoyo escolar. A diez (10) años: haber contribuido a que una iniciativa local de educación o cuidados siga en pie sin nosotros. Evaluación: un balance cada 1 de enero con tres preguntas. ¿Qué hemos leído? ¿Qué hemos hecho? ¿A quién hemos cuidado? Eskerrik asko!

Elon Musk ante el G20: La economía que viene con la IA


El 1 de septiembre de 2026, Elon Musk (centenares de posts nuestros) intervino por videoconferencia en la Reunión Ministerial de Innovación del G20, celebrada en Chapel Hill, Carolina del Norte. No pronunció un manifiesto político. Ofreció, ante ministros y ejecutivos del sector, una serie de magnitudes sobre inteligencia artificial, energía y robótica. Conviene tratarlas como lo que son: estimaciones de un actor industrial con intereses directos, no como un modelo econométrico independiente. Aun así, su valor está en la escala y en los plazos que propone para el debate público.

La cifra más citada fue económica. Musk dijo que la IA “probablemente” incrementará la economía mundial entre un 20% y un 30%. Lo calificó de “estimación aproximada” y la tradujo en unos 20 a 30 billones de dólares anuales. En un PIB mundial cercano a los 110 billones, ese intervalo implica un salto de productividad comparable, en un solo bloque, a añadir varias economías grandes. El propio adverbio —probably— y el carácter “rough” de la cifra advierten contra leerla como pronóstico puntual. Es un orden de magnitud, no una previsión fiscal. 

El segundo bloque fue temporal y cognitivo. A finales de 2027, según su tesis, la IA podría realizar “cualquier cosa digital”, es decir, cualquier tarea que no exija “dar forma a los átomos con las manos”. En software, situó el umbral en 12 a 18 meses: un nivel “Stockfish”, en alusión al motor de ajedrez que derrota sin esfuerzo a los grandes maestros. En ese escenario, “resulta imposible que un humano compita” escribiendo código; la IA “aplastará” a los programadores y será “extremadamente buena” en ingeniería y en todo lo digital. La analogía es elocuente y también resbaladiza: Stockfish opera en un dominio cerrado, con reglas fijas. El software del mundo real incluye requisitos ambiguos, responsabilidad jurídica y contexto institucional. La predicción, no obstante, señala un problema educativo concreto: si el valor del código escrito a mano se comprime, la formación universitaria no puede seguir midiendo competencia solo por la producción de líneas.

El tercer bloque fue físico. Musk atribuyó a “analistas que siguen de cerca el sector” un déficit de al menos 15 gigavatios en 2027 para chips de IA. No lo presentó como un horizonte lejano: “habrá un déficit significativo de energía el año que viene”. El desajuste, según su relato, es de tasas: la fabricación de chips crecería un 40-50% anual, mientras la potencia disponible fuera de China lo haría un 10-20%. “Lo que crece más rápido acabará desbordando a lo que crece más despacio.” De ahí su tesis geoeconómica: China dispone de más electricidad, pero las restricciones a la exportación de GPU impiden instalar allí los chips más avanzados; el hueco abre una oportunidad a países dispuestos a construir generación y ofrecerla a centros de datos, con impuestos y cánones. La electricidad deja de ser un insumo rutinario y pasa a ser el cuello de botella de la política industrial.

El cuarto bloque —el más especulativo— fue la robótica humanoide. Musk describió la utilidad de un robot de propósito general como el producto de tres factores que, a su juicio, mejoran de forma exponencial: el software de IA, el chip y la destreza electromecánica, sobre todo de las manos. Cuando los robots fabriquen robots, el proceso se vuelve recursivo: “empieza muy despacio y luego crece a un ritmo explosivo”. En diez años, dijo, habría “muy por encima de mil millones” de humanoides, cada uno “al menos cinco veces” más productivo que un humano; ese parque “sería más productivo que todos los humanos juntos”. Llamó a la cifra “conservadora” y afirmó que apostaría “dinero serio” por ella. En el mismo arco, sugirió que la capa física —no solo la digital— podría multiplicar la economía por un factor de diez o más. Aquí la distancia entre estimación y evidencia es máxima: no existe aún una base industrial comparable a esa escala.

Cerró con un juicio regulatorio. Para innovar, sostuvo, las novedades deben ser “legales por defecto” y no “ilegales por defecto”. En la Unión Europea, dijo, el nivel normativo es “extraordinariamente alto” y “ralentiza de forma considerable” el progreso, aunque no lo detenga. La crítica es familiar y, de nuevo, interesada. El contrapunto académico es obvio: la velocidad no es el único criterio de una buena norma. Energía, datos, trabajo y responsabilidad civil no se resuelven solo con permisividad. 

Leídas en conjunto, las cifras dibujan un mapa, no una prueba. Si siquiera una parte del escenario se materializa, las universidades y los sistemas de formación profesional tendrán que desplazarse desde la enseñanza del código rutinario hacia la supervisión de sistemas, la ingeniería energética, los oficios de infraestructura y el juicio ético-jurídico. El G20 no validó las predicciones de Musk. Escuchó un inventario de umbrales. Distinguir el inventario de la evidencia sigue siendo, para un lector culto, la tarea primera. 

Datos, predicciones y estimaciones de Elon Musk durante su intervención en el G20:

1. Crecimiento de la economía por IA: Estima de manera aproximada que la inteligencia artificial incrementará la economía global entre 20% o 30%.

2. Capacidad digital de la IA: Pronostica que la IA podrá realizar prácticamente cualquier tarea digital que no requiera manipulación física para el final del próximo año (2027). 

3. Desarrollo de software: Predice que el software de IA será tan avanzado que alcanzará un nivel equivalente al del programa de ajedrez Stockfish, haciendo imposible que los humanos compitan contra ella escribiendo código para algún momento del próximo año (2027).

4. Revolución de la robótica: Sostiene que la robótica de humanoides incrementará la economía global en múltiples veces, llegando a multiplicarla por un factor de 10 o más.

5. Población de robots en el futuro: Afirma que en 10 años habrá por lo menos mil millones de robots humanoides en el mundo.

6. Rendimiento de los robots: Estima que la productividad de cada robot humanoide será de aproximadamente 5 veces la de un humano.

7. Crisis de energía inminente: Alerta que existe un consenso entre analistas de que habrá un déficit energético de al menos 15 gigavatios (GW) destinado a los chips de IA en el 2027.

8. Desbalance de infraestructura: Explica que la tasa de producción de chips de IA crece a un ritmo de entre 40% y 50% anual, mientras que la disponibilidad de energía eléctrica fuera de China solo aumenta a un ritmo de 10% a 20% anual, provocando que la demanda supere rápidamente a la oferta.

De Los Álamos a Wall Street: Historia del Método Montecarlo

Hoy revisamos la el origen de un método científico revolucionario inventado por por un solitario en una época histórica. En 1946, convaleciente tras una grave meningitis, el matemático polaco Stanisław Ulam mataba las horas jugando solitarios de cartas. Se preguntó, como buen matemático, cuál era la probabilidad de que un solitario de tipo Canfield saliera bien. El cálculo combinatorio exacto resultaba desalentador: demasiadas variables, demasiadas combinaciones posibles. Entonces se le ocurrió una alternativa mucho más pedestre y, a la vez, mucho más fecunda: en lugar de calcular, jugar. Repetir la partida cien veces, doscientas, mil, y contar simplemente cuántas se resolvían. La frecuencia observada haría las veces de probabilidad. Había nacido, en la ociosidad de una convalecencia, la idea germinal de lo que hoy conocemos como método de Montecarlo. 

La anécdota tendría poco recorrido si no hubiera encontrado, casi de inmediato, un problema real y urgente a la altura de su ambición. Ulam trabajaba entonces en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en plena posguerra, dentro del programa nuclear estadounidense. Allí los físicos se enfrentaban al reto de calcular la difusión de neutrones en el interior de un reactor o de un arma de fisión: un proceso con tantas variables aleatorias entrelazadas —trayectorias, colisiones, energías liberadas— que ninguna ecuación cerrada permitía resolverlo con los métodos deterministas al uso. Ulam comprendió que su solitario y el problema de los neutrones compartían la misma naturaleza estocástica y que, por tanto, admitían el mismo remedio: simular el proceso miles de veces y extraer de esa simulación una respuesta estadística.

Compartió la idea con su amigo y colega John von Neumann, quien de inmediato calibró su alcance. Von Neumann diseñó el procedimiento matemático para llevarlo a la práctica en el ENIAC, el primer ordenador electrónico de propósito general, ideando además el método de los cuadrados medios para generar las secuencias de números pseudoaleatorios que el cálculo exigía. Fue otro físico del laboratorio, Nicholas Metropolis, quien bautizó a la criatura: la llamó método de Montecarlo, en homenaje jocoso al casino del Principado de Mónaco donde un tío de Ulam solía dilapidar su dinero a la ruleta. El azar, convertido en herramienta de cálculo, merecía un nombre que rindiera tributo al azar como institución. En 1949, Metropolis y Ulam formalizaron la técnica en un artículo ya clásico publicado en el Journal of the American Statistical Association, y desde entonces el método no ha dejado de extenderse. 

El método de Montecarlo es una razón que renuncia a la certeza deductiva y acepta trabajar desde dentro del propio azar, multiplicando la experiencia posible hasta que la incertidumbre se vuelve, paradójicamente, manejable. No es la razón que impone un orden previo al mundo, sino la que aprende a habitar su desorden y a extraer de él regularidades útiles. 

Ochenta años después, el método de Montecarlo gobierna ámbitos que sus creadores apenas habrían imaginado: la valoración de derivados financieros y la gestión del riesgo en economía, los algoritmos de aprendizaje por refuerzo en inteligencia artificial, la física de partículas, la epidemiología o el diseño de videojuegos. Todo arranca, sin embargo, de un gesto modesto: la curiosidad ociosa de un convaleciente ante una baraja de cartas, transformada por la inteligencia colectiva de Los Álamos en una de las herramientas de cálculo más poderosas jamás concebidas. Pocas historias ilustran mejor cómo el juego, tomado en serio, puede alumbrar ciencia de primer orden.

@quantumpablo

El origen del método Montecarlo

♬ sonido original - quantumpablo

Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber. 

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras características. La segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidez. Esta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicada. El criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conducta. Cipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivo. La cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosa. La quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

Trabajo opcional, abundancia total: Utopía de Elon Musk

Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.

El núcleo técnico de la entrevista es una predicción escalonada. Musk sostiene que la inteligencia artificial superará la suma de la inteligencia humana en un plazo de apenas cinco años, y que hacia 2036 -diez años vista- prácticamente no existirá tarea en la que un humano supere a una máquina, salvo, matiza, la de ser humano. A esa inteligencia digital le falta, según él, un componente: los “efectores”, es decir, cuerpos robóticos capaces de transformar el mundo físico. De la conjunción de algoritmos y robots humanoides surgiría una economía cuasi infinita, con una abundancia material tal que el dinero, augura sin ambages, dejará de importar en 2036. Ante el escepticismo de Minton Beddoes, que le recuerda que sus accionistas sí esperan beneficios, Musk defiende una tesis deflacionaria: si la producción de bienes crece más deprisa que la masa monetaria, el resultado no será inflación sino abaratamiento generalizado.

Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.

En cuanto al empleo, compara el futuro de la programación con el ajedrez frente a Stockfish -un programa tan superior que ganaría a cualquier humano incluso ejecutado en un teléfono- y extiende esa metáfora a cualquier oficio imaginable. El trabajo, sostiene, se volverá opcional, comparable a cultivar un huerto: no imprescindible, pero gratificante. Reconoce que la transición será accidentada y, preguntado por la redistribución, propone que el Tesoro emita cheques directamente a los ciudadanos, aunque insiste en que la fiscalidad tradicional perderá sentido en un mundo post-escasez. Recomienda, como retrato anticipado de ese porvenir, la serie de novelas de “la Cultura” de Iain M. Banks (post siguiente), lectura que la propia entrevistadora confiesa haber emprendido por recomendación suya, aunque discrepa sobre el grado de autonomía real que conservarían los humanos en semejante sociedad.

La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario. 

El tramo final, dedicado a Europa, es el más beligerante del encuentro. Musk afirma que, de mantenerse las tendencias migratorias actuales, la guerra civil en Gran Bretaña resulta inevitable a su juicio, defiende su respaldo a formaciones que la prensa convencional etiqueta de extrema derecha como expresión de un sentido común normal -fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato- y niega ser racista invocando a su propia familia y la diversidad de sus equipos directivos. Minton Beddoes replica con datos sobre criminalidad comparada y le acusa de amplificar, ante sus más de doscientos millones de seguidores, una imagen distorsionada del continente, citando su promoción de una película de tono vigilante. El desacuerdo queda, explícitamente, sin resolver: ambos convienen en discrepar y remiten el veredicto al paso del tiempo, aunque Musk cierra con una nota de humor al vaticinar que la singularidad tecnológica, a diez años vista, llegará antes que esa hipotética guerra civil, que sitúa a veinte.

Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.

Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.

@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin

Teoría de las Perspectivas: Decidimos contra toda lógica

Hoy nos detendremos en revisar la Teoría de las Perspectivas, que explica por qué decidimos con las emociones antes que con la lógica. Durante siglos, la economía clásica asumió que las personas tomaban decisiones de forma racional, valorando objetivamente costes, beneficios y probabilidades. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra lo contrario: compramos, invertimos, votamos, educamos o incluso cuidamos nuestra salud guiados con frecuencia por emociones, intuiciones y sesgos cognitivos. 

La Teoría de las Perspectivas (Prospect Theory), formulada en 1979 por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, revolucionó la economía conductual al explicar por qué nuestra mente interpreta las ganancias y las pérdidas de forma profundamente asimétrica. Este modelo, que contribuyó a que Kahneman recibiera el Premio Nobel de Economía en 2002, sigue siendo uno de los pilares para comprender el comportamiento humano en la economía, la política, la empresa y la educación.

La idea central de la teoría es sorprendentemente sencilla: no evaluamos los resultados en términos absolutos, sino respecto a un punto de referencia. Lo importante no es cuánto tenemos, sino si percibimos que ganamos o perdemos respecto a lo que esperábamos o poseíamos previamente. Esa diferencia subjetiva condiciona nuestra conducta mucho más de lo que creemos. 

Uno de los principios más conocidos es la aversión a la pérdida (Loss Aversion). Diversos experimentos muestran que perder 100 euros produce un malestar psicológico aproximadamente dos veces mayor que la satisfacción generada por ganar la misma cantidad. En consecuencia, muchas personas prefieren evitar una pérdida antes que perseguir una ganancia equivalente. Esta tendencia explica desde la resistencia a vender inversiones perdedoras hasta la dificultad para abandonar proyectos inviables o aceptar cambios organizativos.

Relacionado con ello aparece la denominada función de valor (The Value Function), cuya representación gráfica adopta una característica forma de “S”. Cuando anticipamos ganancias solemos volvernos prudentes y preferimos beneficios seguros antes que ganancias mayores pero inciertas. Sin embargo, cuando afrontamos pérdidas ocurre justamente lo contrario: aumentamos nuestra disposición a asumir riesgos con la esperanza de recuperar lo perdido. Esta paradoja explica numerosos comportamientos financieros aparentemente irracionales y también muchas decisiones personales.

Otro fenómeno relevante es el efecto de certeza (Certainty Effect). Nuestra mente concede un valor desproporcionado a aquello que está completamente garantizado. Preferimos una recompensa menor pero segura antes que otra objetivamente más ventajosa aunque implique incertidumbre. Este mecanismo psicológico ayuda a entender decisiones relacionadas con inversiones, seguros, contratos laborales o incluso tratamientos médicos.

Especial importancia tiene también el llamado efecto de encuadre (Framing Effect). La manera de presentar una información modifica profundamente la decisión, aunque los datos sean idénticos. Un tratamiento con una “supervivencia del 90 %” inspira mucha más confianza que otro con una “mortalidad del 10 %”, pese a expresar exactamente la misma realidad estadística. Las campañas publicitarias, el marketing político, la comunicación sanitaria y la divulgación científica utilizan constantemente este principio.

La teoría incorpora además la ponderación subjetiva de las probabilidades (Probability Weighting). Los seres humanos no interpretamos las probabilidades de manera matemática. Tendemos a sobrevalorar acontecimientos extremadamente improbables —como ganar la lotería o sufrir un accidente excepcional— mientras infravaloramos riesgos mucho más frecuentes. Esta distorsión explica simultáneamente el éxito de las loterías y la contratación masiva de seguros.

Las implicaciones educativas son enormes. Enseñar pensamiento crítico exige ayudar al alumnado a identificar estos sesgos cognitivos antes de que condicionen sus decisiones económicas, sociales o profesionales. Comprender cómo funciona nuestra percepción del riesgo resulta tan importante como aprender matemáticas financieras o estadística. La alfabetización económica del siglo XXI debe incorporar necesariamente la psicología de la decisión.

En el ámbito empresarial, la Prospect Theory explica por qué consumidores, inversores y directivos reaccionan de forma distinta según el contexto emocional en que reciben una información. En política ayuda a comprender campañas electorales basadas en el miedo o en la promesa de evitar pérdidas futuras. En la vida cotidiana nos recuerda que nuestras decisiones rara vez son completamente racionales.

La gran aportación de Kahneman y Tversky consiste precisamente en haber demostrado que la irracionalidad humana no es caótica, sino sistemática y predecible. Conocer estos mecanismos no nos inmuniza frente a ellos, pero sí nos permite detenernos unos segundos antes de decidir. En una época dominada por la sobreinformación, la inteligencia artificial y la economía de la atención, entender cómo pensamos puede ser tan valioso como saber cuánto sabemos.

La Teoría de las Perspectivas sigue recordándonos una lección esencial: las personas no decidimos únicamente con números, sino con expectativas, emociones, experiencias y percepciones. Y comprender esa realidad constituye una de las mejores herramientas para formar ciudadanos más críticos, consumidores más conscientes y sociedades más racionales. 

Resumen: La psicología oculta de nuestras decisiones. Por qué perder duele más que ganar. Decisiones irracionales con consecuencias perfectamente previsibles. La economía depende de nuestras emociones. Cómo el cerebro interpreta riesgos y oportunidades. Ciencia detrás de nuestras malas decisiones. El poder del encuadre en nuestras decisiones. La psicología que explica el éxito de loterías y seguros.