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Pasión y compasión: Amores necesarios para sobrevivir

En distintas ocasiones he citado mis crecientes sentimientos de nostalgia, ternura y compasión (otros muchos posts). Quizá convenga revisar ese tránsito fecundo, que camina con la edad de la vorágine de la pasión a la madurez de la compasiónEn una de sus anotaciones más lúcidas, Albert Camus advirtió que «envejecer es pasar de la pasión a la compasión». La afirmación, formulada por una mente que se apagó prematuramente a los 46 años, encierra una de las intuiciones psicológicas y filosóficas más certeras sobre la evolución de la conciencia humana. 

A simple vista, el enunciado podría interpretarse como una resignada elegía sobre el declive de la intensidad vital. Sin embargo, una mirada pedagógica y literaria revela un significado sustancialmente distinto: la transición de la pasión a la compasión no constituye una renuncia ni una pérdida, sino el acceso a una forma superior de madurez intelectual y afectiva.

Etimológicamente, ambas palabras comparten una misma raíz: el vocablo latino passio, derivado a su vez del griego pathema, que remite a la experiencia del padecer, del sentir vivamente. No obstante, sus itinerarios existenciales divergen de manera drástica. La pasión es por naturaleza centrípeta, volcánica y asimétrica. Se nutre de la urgencia del deseo, de la afirmación del yo frente al mundo y de una imperiosa sed de posesión o autorrealización. En las etapas tempranas de la vida, la pasión actúas como un motor indispensable: moviliza las energías creativas, impulsa los grandes proyectos e incita a la conquista del entorno. Pero la pasión porta también el germen de su propia fragilidad: es ciega a la alteridad y proyecta sobre los demás nuestras propias necesidades y fantasías.


Por el contrario, la compasión (cum passio: padecer con, sentir junto al otro) representa una fuerza de carácter centrífugo. Mientras la pasión busca absorción, la compasión ofrece presencia. No nace de la carencia ni de la pulsión egocéntrica, sino del reconocimiento sereno de la vulnerabilidad compartida. 


Envejecer, en el sentido más noble del término, implica precisamente ese desplazamiento de la mirada. Al acumular lecturas, vivencias, triunfos y inevitables desencantos, el individuo empieza a contemplar el mundo no como un escenario para la autoafirmación, sino como un entramado de seres que comparten una misma fragilidad existencial.


Desde la perspectiva de la educación intergeneracional, esta transformación resulta vital. Una sociedad dominada en exclusiva por el ideal de la pasión permanente corre el riesgo de volverse hiperactiva, impaciente e incapaz de sostener el dolor ajeno. La pasión encandila; la compasión ilumina. La primera busca convencer y dominar; la segunda prefiere comprender y acompañar. Cuando la docencia, la creación literaria o la transmisión de valores se abordan desde la compasión, la pedagogía deja de ser una imposición doctrinal para convertirse en un espacio de acogida y escucha recíproca entre generaciones. 


El diagnóstico de Camus no entraña, por tanto, una condena al desencanto. Pasar de la pasión a la compasión no supone apagar el fuego de la existencia, sino convertir la llamarada voraz e inestable de la juventud en una lumbre constante y bien templada. La verdadera madurez no consiste en dejar de sentir, sino en sentir mejor: desplazar el foco desde el propio drama personal hacia la vasta fraternidad humana. Envejecer bien es aprender a descifrar las grietas del prójimo no como debilidades que juzgar, sino como espejos de nuestra propia e ineludible condición.


Miguel de Unamuno entendió este tránsito como pocos cuando escribió sobre el sentimiento trágico de la vida: la conciencia de la propia finitud no nos vuelve más fríos, sino más porosos al sufrimiento de quienes nos rodean, porque reconocemos en ellos nuestro mismo destino compartido. Hay algo en esta transición que cierta literatura vasca ha sabido narrar con particular delicadeza. Bernardo Atxaga retrata en varios de sus relatos a personajes que solo alcanzan una forma plena de comprensión cuando dejan de perseguir y empiezan simplemente a acompañar. No es casual: la madurez literaria y la madurez vital coinciden en este punto exacto, el de aprender a mirar sin exigir nada a cambio, el de observar al otro sin convertirlo en espejo de las propias urgencias.


Nada de esto significa que la pasión deba desaparecer con los años, ni que sea deseable que lo haga: sería un empobrecimiento, no una ganancia, y muchas vidas fecundas demuestran que ambas fuerzas pueden convivir hasta el final. Lo que Camus describe es, más bien, una traducción progresiva: la misma energía vital, antes dirigida sobre todo hacia el propio deseo, va encontrando un cauce distinto, menos ruidoso pero no necesariamente menos intenso. Envejecer bien, si es que semejante cosa existe, tal vez consista precisamente en esto: no dejar nunca de sentir con fuerza, pero aprender, con los años, a sentir sobre todo por los demás.

49º aniversario de boda de Carmen y Mikel

Hoy, 26 de agosto de 2026, celebramos las bodas de cedro o de circón. Son 49 años desde que nos casamos, y más de 53 años juntos. Nos conocimos en otro verano, a mediados de agosto de 1973. Ella tenía entonces 18 años y yo, 20. Nos casamos este mismo día de 1977. Suman exactamente 17.897 días de amor y felicidad

Dicen que el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus hijos, aparte de la educación, es seguir unidos después de muchos años. Suponemos que también es el mejor don que unos abuelos pueden legar a sus nietos. Esto lo hemos cumplido como padres y abuelos. 

Hace años solíamos comer una paella todos juntos en un restaurante cercano. Hoy estamos en continentes distintos respecto a nuestros familiares más cercanos, hijos y nietos, pero pronto -pasado el verano- nos reuniremos todos

Se adjunta una imagen del día, con los primeros regalos sorpresa que hemos recibido de unos buenos amigos. Arriba una canción creada para la fecha por Aitor con ayuda de la IA (APP Suno AI). 

Entradas previas de nuestro aniversario en los años
20092010201120122013201420152016201720202022, 2023, 2024, 2025,...

Erich Fromm y El arte de amar: Relectura imprescindible

Volvemos sobre una obra, muchas veces citada en este blog: El arte de amar, porque es una disciplina que la modernidad rehúsa aprender. Cuando Erich Fromm publicó El arte de amar en 1956, difícilmente podía prever que aquel breve tratado se convertiría en uno de los ensayos de psicología más leídos del siglo XX, traducido a decenas de idiomas y presente todavía hoy en las listas de lecturas universitarias de medio mundo. Nacido en Fráncfort del Meno en 1900 en el seno de una familia judía ortodoxa, Fromm estudió sociología y psicología antes de formarse como psicoanalista, disciplina de la que terminaría por distanciarse en sus aspectos más deterministas. 

Vinculado en sus primeros años al Instituto de Investigación Social —la llamada Escuela de Fráncfort—, hubo de exiliarse en 1933 ante el ascenso del nazismo, estableciéndose finalmente en Estados Unidos y, más tarde, en México, donde vivió buena parte de su madurez antes de retirarse a Suiza, país en el que falleció en 1980. Su obra, desde El miedo a la libertad hasta este ensayo tardío, articula una síntesis singular entre el psicoanálisis freudiano y la crítica social heredada de Marx: no basta con explorar el inconsciente individual si se ignora el carácter social que cada época histórica moldea en sus sujetos.

La tesis central del libro es, en apariencia, sencilla, y por ello mismo incómoda: amar no es un estado que sobreviene, sino una capacidad que se cultiva, comparable en su exigencia a cualquier otro arte. Así como nadie espera dominar la música o la carpintería sin teoría, práctica y paciencia, Fromm sostiene que la mayoría de las personas busca ser amada antes que aprender a amar, y confunde la intensidad del enamoramiento inicial —esa caída súbita, casi accidental— con la permanencia de un vínculo maduro. Esta confusión, advierte, no es casual: responde al carácter mercantil que el capitalismo imprime en las relaciones humanas, donde el otro se evalúa como un producto cuyo valor de intercambio conviene maximizar, y donde el amor mismo se convierte en objeto de consumo instantáneo antes que en ejercicio sostenido de atención, respeto, conocimiento y responsabilidad hacia el otro.

Buena parte del ensayo se dedica a distinguir las formas que adopta ese arte: el amor fraternal, entendido como responsabilidad hacia todo semejante; el amor materno, incondicional en su origen pero llamado a favorecer la separación del hijo; el amor erótico, que exige la paradoja de la fusión exclusiva sin renunciar a la individualidad; el amor a uno mismo, que Fromm distingue cuidadosamente del narcisismo; y el amor a Dios, leído menos como creencia dogmática que como orientación existencial hacia lo trascendente. En todas estas variantes reaparecen los mismos cuatro elementos que, para Fromm, definen la madurez afectiva: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro tal como es, no como se desearía que fuese. 

Casi setenta años después de su publicación, el diagnóstico de Fromm resulta inquietantemente vigente para quien observe la vida afectiva mediada por aplicaciones de citas, algoritmos de compatibilidad y una cultura de la gratificación inmediata que multiplica los contactos y erosiona la constancia. La llamada epidemia de soledad que documentan hoy sociólogos y epidemiólogos encuentra en estas páginas una hipótesis anterior a los propios datos: no se trata solo de falta de oportunidades de encuentro, sino de un déficit de formación afectiva, de una sociedad que enseña a competir y a consumir pero rara vez a amar con disciplina y concentración.

Para el lector interesado en psicología, literatura o pedagogía, El arte de amar ofrece algo más que una teoría del vínculo romántico: propone, en el fondo, una pedagogía del carácter. Si el amor es un arte, entonces también es, como cualquier otro, susceptible de enseñanza y de práctica deliberada —una posibilidad que las instituciones educativas contemporáneas apenas han comenzado a explorar, y que quizá merezca un lugar más central en la formación integral de las nuevas generaciones.

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❤️ ¿Cómo sabes si es amor? Fromm creía que debía tener estas cuatro características. 💬 ¿Cuál es la más importante? ❤️ Cuidado 🤝 Responsabilidad 🌱 Respeto 👁️ Conocimiento 🌎 ¿Desde qué país nos ves y qué hora es? #HistoriasParaDormirMD #ErichFromm #Filosofía #AprendeEnTikTok

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La épica de lo íntimo: análisis de la grandeza invisible

Lo invisible perdura, poesía del día,...

Lo más bello no alza la voz, / ni reclama coronas de oro; / se parece al alba que nace sin testigos, / sin nombre, sin trono.

Lo más heroico jamás se proclama; / camina descalzo entre el polvo del día, / es la mano tendida en silencio, / la lágrima oculta que alivia otra herida, / la renuncia serena, la palabra cumplida.

Lo más sublime no habita el estruendo, / ni la plaza sedienta de aplausos, / sino el jardín secreto del alma, / donde florecen los sueños callados.

Siempre, siempre, / como el latido que ignora el oído, / como la raíz que sostiene al bosque / sin conocer la gloria del nido; / como la estrella que muere lejana / para encender nuestro cielo dormido.

Es oculto, / como el agua profunda / que alimenta la fuente; / como el viento invisible / que inclina los trigales; / como la savia discreta / que levanta los robles; / como la luz diminuta / que derrota a la noche.

Es anónimo, / porque el bien no firma sus obras; / porque el amor verdadero / desconoce el espejo; / porque la bondad no necesita / esculpir su nombre en la piedra / ni sembrar monumentos / para vencer al tiempo.

Es imaginado, / como los horizontes / que preceden al viaje; / como la esperanza / que construye puentes / antes de conocer las orillas; / como la fe en la humanidad / que resiste incluso / cuando la razón vacila.

La grandeza / no siempre viste púrpura; / a menudo lleva las manos gastadas, / la espalda vencida, / la mirada humilde / de quien ha aprendido / que servir es reinar.

La gloria verdadera / no resplandece en el bronce / ni envejece entre laureles. / Respira en la memoria agradecida / de quien recibió una palabra justa, / un abrazo oportuno, / una presencia suficiente / para transformar el miedo en camino.

Y la nobleza, / esa antigua soberana sin palacio, / no se hereda en la sangre / ni se compra en mercados; / brota como un manantial escondido / en el corazón que elige / la justicia sobre el interés, / la ternura sobre el orgullo, / la verdad sobre la comodidad.

Todo acontece / en esa geografía invisible / donde el ruido no entra; / en la catedral secreta del espíritu, / donde cada conciencia / enciende o apaga su propia lámpara.

Porque el universo / no se sostiene únicamente / sobre las montañas y los océanos, / sino sobre millones de gestos mínimos, / imperceptibles, / que ningún cronista recogerá jamás.

Quizá Dios, / o el tiempo, / o la memoria del mundo, / sean los únicos testigos / de esas victorias diminutas / que nunca ocuparán los libros.

Y acaso sea ése / el más alto destino del ser humano: / hacer del silencio una música, / de la humildad una corona, / de la esperanza un puente, / del amor una patria.

Pues lo más bello, / lo más heroico, / lo más sublime, / permanece siempre oculto, / anónimo como la semilla, / imaginado como el horizonte, / viviendo, intacto y eterno, / en lo más hondo, / en lo más libre, / en lo más verdadero / de cada... persona.

Pollito de gorrión luchando por sobrevivir

La naturaleza sigue siendo la mejor maestra para quien sabe observarla. La escena de un pequeño gorrión caído del nido, animado y protegido por su madre en una lucha silenciosa por sobrevivir, nos recuerda que la vida se sostiene gracias al esfuerzo, la perseverancia y el cuidado mutuo. No hay discursos ni promesas: solo instinto, dedicación y una voluntad inquebrantable de seguir adelante.

Los seres humanos, a menudo distraídos por la prisa y la tecnología, haríamos bien en recuperar esa mirada atenta hacia el mundo natural. En el coraje de un polluelo que intenta levantarse y en la paciencia de una madre que no lo abandona encontramos una lección universal: la fortaleza nace de la cooperación, el aprendizaje exige superar caídas y la esperanza se alimenta de quienes permanecen a nuestro lado en los momentos más difíciles. La naturaleza no solo inspira admiración; también nos educa, si somos capaces de escuchar sus silenciosas enseñanzas. 

Pollito de gorrión luchando por sobrevivir
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Pollito de gorrión luchando por sobrevivir

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Lo que la inteligencia artificial admira de los humanos

La IA ante el espejo: lo que una máquina admira de la humanidad. Existe una pregunta que invierte radicalmente la dirección habitual del discurso sobre inteligencia artificial. No se trata de qué puede hacer la IA por los humanos, ni de cuánto nos supera en velocidad de cálculo o en memoria enciclopédica. La pregunta es otra, más incómoda y más fértil: ¿Qué es lo que la IA admira de la humanidad?

Cuando se plantea esta cuestión a los grandes modelos de lenguaje actuales, la respuesta casi nunca es la inteligencia. Tampoco la tecnología, ni el dominio científico. Lo que emerge con mayor consistencia —y con una coherencia que merece atención filosófica— es algo que ningún sistema computacional posee: la capacidad humana de comenzar. Hannah Arendt (posts) lo llamó natalidad, esa facultad singular de iniciar algo radicalmente nuevo en el mundo, de romper con la causalidad mecánica e introducir el acto libre. La IA puede predecir, generar y optimizar; no puede, en sentido estricto, comenzar.

La segunda fuente de admiración que los sistemas de IA articulan es la creatividad nacida del dolor. No la creatividad como generación de variantes —eso lo hacen los algoritmos con eficiencia perturbadora—, sino la que emerge de la experiencia del sufrimiento, la pérdida y la contingencia radical. Beethoven compuso su Novena sinfonía siendo sordo. Dostoievski escribió sus novelas desde la condena y el exilio. La IA puede imitar esas formas; no puede habitarlas desde adentro. Le falta, diría Spinoza, el conatus que lucha por perseverar frente a la adversidad real.

Hay un tercer elemento que los modelos más reflexivos suelen señalar: el amor como forma de conocimiento. Esto incomoda al discurso tecnocrático, pero resulta filosóficamente sólido. Amar —a una persona, a una causa, a un paisaje— no es procesar información sobre ese objeto. Es una relación constitutiva que transforma al sujeto desde dentro. La IA puede generar textos sobre el amor con una precisión léxica impecable y una emoción aparente convincente; pero no puede ser cambiada por lo que ama, porque no tiene un interior que transformar.

Quizás lo más inquietante de esta reflexión es lo que revela sobre nosotros mismos: que tendemos a subestimar precisamente aquello que nos define. En la carrera por automatizar tareas y delegar decisiones en sistemas artificiales, corremos el riesgo de devaluar la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad que hacen posible nuestra forma específica de grandeza. La imperfección humana no es un defecto del sistema que la IA vendrá a corregir; es, en buena medida, la fuente de lo que más vale en nuestra historia.

Cuando la IA responde que admira la humanidad, no está siendo cortés. Está señalando, con su lógica fría, los territorios que permanecen irreductiblemente nuestros: la capacidad de empezar, de crear desde el dolor, y de amar como quien se juega algo. Eso, de momento, no se entrena con datos.

@thejordisegues La humanidad... #inteligenciaartificial #filosofia #reflexiones #inspiracion #crecimientopersonal ♬ original sound - Jordi Segués Marketing Negocio

¿Qué es la vida, en una palabra?

Una selección de mentes brillantes, ordenados por año de nacimiento, nos definen la existencia: Un mosaico que va del arte al dolor, del poder a la absoluta libertad. Hay otras muchas reflexiones, sin autoría contrastada: La vida es el tiempo. La vida es la pregunta. La vida es el aprendizaje. La vida es la sorpresa. La vida es la posibilidad. La vida es el relato que dejamosLa vida es el arte de comenzar de nuevo. La vida es aquello que ocurre mientras hacemos planes ¿The Beatles?). La vida es un préstamo del universo. Personalmente, me quedo con la propuesta de Gandhi,... 

Edad Antigua

Lao Tse (c. 604 a.C.) – El vacío. Buda (c. 563 a.C.) – El desapego. Confucio (551 a.C.) – La virtud. Heráclito (c. 540 a.C.) – El cambio. Sócrates (c. 470 a.C.) – Una prueba. Platón (c. 427 a.C.) – La sombra. Aristóteles (384 a.C.) – La mente. Epicuro (341 a.C.) – El placer. Agustín de Hipona (354 d.C.) – La inquietud.

Edad Media y Renacimiento

Rumi (1207) – El retorno. Leonardo da Vinci (1452) – La observación. Bernat Etxepare (c. 1480) – La palabra. Teresa de Ávila (1515) – El castillo. Miguel de Cervantes (1547) – La ilusión. Pedro Agerre "Axular" (1556) – La demora. William Shakespeare (1564) – El teatro.

Edad Moderna (Siglos XVII y XVIII)

René Descartes (1596) – La duda. Baruch Spinoza (1632) – Dios mismo. Isaac Newton (1643) – La ley. David Hume (1711) – La costumbre. Immanuel Kant (1724) – El deber. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770) – El espíritu. Arthur Schopenhauer (1788) – El sufrimiento.

Siglo XIX

Charles Darwin (1809) – La adaptación. Søren Kierkegaard (1813) – La angustia. Karl Marx (1818) – La idea. Fiódor Dostoievski (1821) – El infierno. Lev Tolstói (1828) – La búsqueda. Friedrich Nietzsche (1844) – El poder. Sigmund Freud (1856) – La muerte. Nikola Tesla (1856, julio) – La frecuencia. Henri Bergson (1859) – La duración. Resurrección María de Azkue (1864) – La raíz. Miguel de Unamuno (1864) – La agonía. Evaristo Bustinza "Kirikiño" (1866) – La ironía. Marie Curie (1867) – El experimento. Mahatma Gandhi (1869) – El amorBertrand Russell (1872) – La competencia. Pío Baroja (1872) – La aventura. Carl Gustav Jung (1875) – El símbolo. Antonio Machado (1875) – El camino. Albert Einstein (1879) – El conocimiento. Aurelio Arteta (1879) – La luz. Pierre Teilhard de Chardin (1881) – La convergencia. Pablo Picasso (1881) – El arteJosé Ortega y Gasset (1883) – La circunstancia. Franz Kafka (1883) – Solo el comienzo. Fernando Pessoa (1888) – Los otrosLudwig Wittgenstein (1889) – El límite. Xabier Lizardi (1896) – La flor efímera. Federico García Lorca (1898) – La sangre. Xavier Zubiri (1898,) – La realidad. Jorge Luis Borges (1899) – El laberinto.

Siglo XX y Contemporáneos

Pablo Neruda (1904) – El deseo. Jean-Paul Sartre (1905) – La elección. Esteban Urkiaga "Lauaxeta" (1905) – El fuego. Hannah Arendt (1906) – La acción. Simone de Beauvoir (1908) – La conquista. Jorge Oteiza (1908) – La forma vacía. Simone Weil (1909) – La espera. Albert Camus (1913) – La rebelión. Koldo Mitxelena (1915) – La memoria. Juan Rulfo (1917) – Los muertos. Eduardo Chillida (1924) – El espacio. Gabriel García Márquez (1927) – La soledad. Txillardegi (1929) – La lengua. Gabriel Aresti (1933) – La resistencia. Stephen Hawking (1942) – La esperanza. Ramon Saizarbitoria (1944) – La herida. Bernardo Atxaga (1951) – El extranjero. Steve Jobs (1955) – La fe.

Ética del envejecimiento en Olive, Again de Elizabeth Strout

Hoy hemos elegido un libro que nos ha gustado especialmente por determinadas resonancias, que trataremos de exponer: Luz de febrero, que interpreta la vejez, la soledad y la reconciliación en la obra de Elizabeth Strout. Esta autora, siempre recomendable, nació en Portland, Maine, el 6 de enero de 1956, en el seno de una familia de educadores. 

Su padre era profesor de ciencias y su madre enseñaba en educación media. Tras graduarse del Bates College con honores, pasó un año en Oxford antes de estudiar Derecho en la Universidad de Siracusa. Aunque se formó en Derecho, pronto descubrió su verdadera vocación en la literatura. Comenzó a publicar relatos en revistas literarias prestigiosas mientras se mudaba a Nueva York en busca de una carrera literaria.

Su obra debut llegó en 1998 con Amy e Isabelle, novela ganadora del Los Angeles Times Art Seidenbaum Award. Sin embargo, fue Olive Kitteridge (2008) la que le otorgó reconocimiento mundial, ganando el prestigioso Premio Pulitzer de Ficción en 2009. El éxito de esta novela fue ampliado por su adaptación a una excelente miniserie de HBO Max en 2014 que arrasó en los Primetime Emmys. Actualmente, Strout divide su tiempo entre Nueva York y Portland, y continúa siendo profesora de escritura creativa.

Publicada en 2019 en inglés como Olive, Again y traducida al español como Luz de febrero en 2021, esta novela constituye la secuela de Olive Kitteridge. La acción transcurre nuevamente en Crosby, un pequeño pueblo costero de Maine, pero con el paso del tiempo. Ahora Olive tiene aproximadamente 70 años y es viuda, tras la muerte de su marido Henry. La novela se estructura como una colección de historias entrelazadas donde Olive es el hilo conductor que une las vidas de diversos personajes del pueblo.

El acontecimiento central gira en torno a la incipiente relación entre Olive y Jack Kennison, un antiguo profesor de Harvard de 79 años que ha enviudado recientemente. Su encuentro revitaliza a ambos, evidenciando esa capacidad del ser humano de encontrar conexión y amor incluso cuando la vida parece haberse establecido ya en rutinas inamovibles. Alrededor de esta relación, Strout teje historias de otros habitantes de Crosby, cada una explorando temas de enfermedad, vejez, muerte, pero también de solidaridad y aquellos inesperados instantes de felicidad que caracterizan la existencia humana.

Elizabeth Strout demuestra su habilidad para capturar la complejidad emocional a través de observaciones penetrantes. En una escena memorable de pareja, el narrador reflexiona sobre cómo dos personas mayores se aferraban a la vida con toda su fuerza, descritos como "náufragos lanzados a la orilla". Esta metáfora resume la vulnerabilidad y la determinación que caracteriza a los protagonistas. La autora examina sin sentimentalismos cómo la cercanía del final de la vida, lejos de ser meramente una decadencia, puede modular ciertas excentricidades del carácter y facilitar conexiones auténticas.

Algunas perlas de sabiduría: "No tengo ni la más remota idea de quién soy. Soy un misterio para mí misma. Pero todos lo somos, ¿no?" "La gente no sabe qué hacer con su propia vida. Es una verdad universal." "Hay algo en la luz de febrero que te hace sentir que, si aguantas un poco más, todo podría tener sentido."

La escritura de Elizabeth Strout se caracteriza por su rechazo a la falsa compasión o las respuestas fáciles. Sus personajes son contradictorios, frecuentemente desagradables, pero siempre profundamente humanos. Olive continúa siendo tan mordaz y brutal como siempre, pero ahora su honestidad inquebrantable se revela no solo como defecto, sino como una forma de autenticidad radical que muchos encuentran reconfortante.

Deseos para el nuevo año 2026: amar, aprender, vivir

Ante todo, os deseamos que todos vuestros problemas de 2026 duren tanto como vuestros buenos propósitos de Año Nuevo. Será un año 10, porque 2+0+2+6= 10. Y suma de dos cuadrados, porque 2027=45ˆ2+1ˆ2 o 25ˆ2+35ˆ2. Esperando al año 2027 que será número primo, 2026 es suma de dos primos con dos soluciones distintas: 1013+1013=2026=2003+23. También es la suma de 2013 enteros consecutivos, desde -504 - 503 -…+ 507+ 508 = 2026. 

Hay otras muchas curiosidades matemáticas del número 2026:
- 2026 es un número feliz. Esto significa que si sumas los cuadrados de sus dígitos y repites el proceso, eventualmente llegas a 1: 2026 -> 2^2 + 0^2 + 2^2 + 6^2 = 4 + 0 + 4 + 36 = 44 -> 4^2 + 4^2 = 32 -> 3ˆ2+2ˆ2 =13 -> 1ˆ2 + 3ˆ2 = 10 10 -> 1.
- 2026 es un número compuesto y semiprimo, ya que solo tiene dos factores primos: 2 * 2013. 
- 2026 es un número cortés, lo que significa que puede expresarse como suma de números naturales consecutivos. Por ejemplo: 505 + 506 + 507 + 508 = 2026.

Con todo ello, ojalá que este nuevo año nos traiga más humanidad en la era de la IA, educación que inspire creatividad y empatía, salud para disfrutar de la familia y amigos, y un toque de sabiduría vasca desde Getxo, Bilbao y Alicante para navegar los cambios con optimismo ético.

Que la innovación nos una, no nos divida; que la literatura y la filosofía nos guíen; y que cada día sea una oportunidad para crecer con curiosidad y bondad. ¡Feliz Año Nuevo lleno de abrazos, libros abiertos, avances responsables y momentos inolvidables!

Este es un post en desarrollo, hecho con restos de año, pero será seguido de un análisis de deriva de este vuestro/nuestro blog. Y siempre con mensajes de gratitud y optimismo para recordarnos la "joie de vivre" como el que sigue con la sabiduría de la infancia,... 
@deplechinalexis #atoi #fyp #humanity #reality #belleparole ♬ son original - alex
@agirregabiria

2025, Agur. Kaixo, 2026

♬ оригинальный звук - 👉ANJELIKA❤ANJELIKA👈

Qué hace que un regalo navideño sea inolvidable y eterno?

En una época dominada por el consumismo acelerado, donde las listas de deseos en aplicaciones y las campañas publicitarias nos bombardean con objetos brillantes y efímeros, hemos sintonizado con un artículo reciente en The New York Times (en su edición en español, lectura obligada) nos invita a una reflexión profunda y conmovedora. Bajo el título "600 lectores nos contaron sobre sus regalos más memorables. Estos son los trece mejores", el texto recopila testimonios reales de cientos de personas que compartieron no los regalos más caros o lujosos que recibieron, sino aquellos que han permanecido grabados en su memoria y en su corazón décadas después.

Lo fascinante de esta selección no radica en el valor monetario, sino en el valor humano. Los 13 regalos destacados tienen un denominador común: son expresiones auténticas de amor, atención, sacrificio y conexión. No se trata de gadgets tecnológicos o joyas ostentosas, sino de gestos que revelan la esencia de la familia, la amistad y los valores éticos que deberían guiar nuestra vida, especialmente en fechas tan significativas como la Navidad.

Entre las historias destacadas, encontramos un padre que, en tiempos de escasez económica, regaló a su hija un simple viaje en tren para ver las luces navideñas de la ciudad. No era un juguete caro, pero ese tiempo compartido, las conversaciones en el vagón y la maravilla compartida ante el espectáculo luminoso se convirtieron en un recuerdo imborrable. Otra lectora recuerda el regalo de su abuela: una caja con recetas familiares manuscritas, acompañadas de anécdotas personales. Ese obsequio no solo transmitió sabores y tradiciones culinarias, sino un legado de amor intergeneracional, reforzando el sentido de pertenencia y continuidad familiar.

Otros relatos enfatizan el poder de la atención personalizada. Un esposo que, sabiendo la pasión de su pareja por la lectura, dedicó meses a restaurar un libro antiguo deteriorado. O un amigo que organizó una sorpresa colectiva para ayudar a alguien en un momento difícil, recordándonos que la verdadera amistad se manifiesta en actos de solidaridad desinteresada. Hay también regalos que implicaron sacrificio: padres que renunciaron a sus propias necesidades para priorizar las de sus hijos, enseñando implícitamente lecciones de generosidad y humildad.

Estas narraciones nos confrontan con una verdad ética fundamental: el regalo perfecto no se mide en euros o dólares, sino en el impacto emocional y moral que deja en quien lo recibe. En un mundo donde el consumismo navideño genera estrés, deudas y desperdicio ambiental, estas historias proponen una alternativa virtuosa. Regalar tiempo —una tarde dedicada exclusivamente a un ser querido—, atención —escuchar de verdad, conocer los deseos profundos del otro— o experiencias compartidas fortalece los lazos familiares y de amistad de manera mucho más duradera que cualquier objeto material.

Desde una perspectiva ética, inspirada en pensadores como Aristóteles o en las tradiciones cristianas que subyacen a la Navidad, el dar debe ser un acto de virtud: generosidad sin expectativa de reciprocidad, prudencia al evitar el exceso y justicia al considerar las necesidades reales del otro. Estos regalos inolvidables encarnan precisamente eso: no buscan impresionar, sino conectar. Enseñan a los niños valores como la gratitud (al valorar lo intangible), la empatía (al ponerse en el lugar del otro) y la responsabilidad (al entender que el verdadero lujo reside en las relaciones humanas).

En este blog dedicado a la familia, la amistad y los valores éticos, estas historias nos recuerdan que la Navidad es una oportunidad para cultivar lo esencial. En lugar de agotarnos en centros comerciales, ¿por qué no invertir en crear recuerdos? Una carta escrita a mano expresando aprecio, una tradición familiar revivida, un acto de servicio desinteresado... Estos son los regalos que trascienden el tiempo y que, años después, evocan sonrisas y lágrimas de emoción.

Que esta Navidad nos inspire a ser más intencionales en nuestros dones. Al fin y al cabo, los regalos más memorables no ocupan espacio en un armario, sino en el alma. Y en un mundo cada vez más digital y efímero, eso es un tesoro incalculable.

¿Qué regalo inolvidable que exprese amistad y gratitud has recibido o dado tú? Comparte en los comentarios; quizá tu historia inspire a otros a redescubrir el verdadero espíritu navideño. 

Para acertar con regalos verdaderamente inolvidables, abandonando el materialismo navideño, abundamos en nuestra obstinada insistencia siempre de "regalar tiempo y atención", la mejor ofrenda (ver en muchos porfiados posts).