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Gernika y Gaza: semejanzas, diferencias y la misma pregunta

Gernika y Gaza: paralelismos, diferencias y una pregunta incómoda

El lunes 26 de abril de 1937 era día de mercado en Gernika, y por eso las calles estaban llenas de gente de los caseríos vecinos. A partir de las cuatro y veinte aproximadamente empezaron a caer las bombas de la Legión Cóndor nazi y de la Aviación Legionaria italiana. El ataque duró unas tres horas. Ochenta y nueve años después, el nombre de Gernika reaparece cada vez que una guerra deja una ciudad en ruinas, y hoy aparece junto al de Gaza. ¿Es una comparación legítima o un atajo emocional?

Lo que se parece. Hay una semejanza que casi nadie discute: en ambos casos hay población civil entre los escombros y una batalla paralela por las cifras. El Gobierno Vasco contabilizó en el Bombardeo de Guernica 1.654 muertos y 889 heridos. Investigaciones posteriores rebajan esa cifra a entre 126 y 153 víctimas identificadas en los estudios locales y unos 300 muertos según otras estimaciones. Xabier Irujo, en cambio, defiende que una cifra cercana a 1.500 es más probable. Franco negó siempre la autoría y llegó a atribuir la destrucción a los propios republicanos. 

En Gaza, el Ministerio de Sanidad cifra en 74.618 los muertos desde octubre de 2023, de ellos 1.602 desde el alto el fuego del 11 de octubre de 2025. Son datos difíciles de auditar de forma independiente en plena guerra, y el ejército israelí ofrece a menudo un relato distinto de cada ataque. En las dos guerras, discutir los números forma parte de la guerra.

Lo que no se parece. Gernika fue una tarde sobre una villa indefensa, con los pilotos republicanos a unos setenta kilómetros, y fue además un ensayo: la Legión Cóndor aplicaría después la misma fórmula en Polonia. Gaza es una guerra de más de dos años, desencadenada o excusada por los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023 y librada contra una organización armada en un territorio densísimo. Israel sostiene que ataca objetivos militares; sus críticos denuncian desproporción y castigo colectivo. La calificación jurídica sigue en disputa entre tribunales y juristas, y pocas palabras no la van a zanjar.

Tampoco Gernika fue la primera. Sven Lindqvist, en su historia del bombardeo aéreo, sostiene que la indignación europea dependía de quién cayera bajo las bombas, y que ciudades como Chaouen ya habían sido atacadas antes. 

¿Va el mundo a peor? Los datos dicen algo menos cómodo que un sí o un no. Our World in Data muestra que el número absoluto de muertes en guerra desciende desde 1946, con picos en Corea, Vietnam y los años ochenta. Pero también advierte de que las muertes por conflicto han aumentado recientemente en Oriente Medio, África y Europa, y de que mantener la tendencia depende de nuestras acciones.

Quizá lo que ha cambiado no es la cantidad de horror, sino la manera de recibirlo. Aquel Gernika viajó en las crónicas de los corresponsales y en un cuadro expuesto en la Exposición Universal de 1937. El de hoy llega a todos los bolsillos en tiempo real, y la saturación cansa la indignación. Es una interpretación mía, no un dato: peor no estamos necesariamente, pero sí más informados y, probablemente, más cansados.

Qué hacer con esto. Propongo un plan a diez años. En lectura, durante los dos primeros, un libro sobre Gernika (el de Irujo o el de Paul Preston), otro sobre derecho de guerra, y el hábito de contrastar cada noticia con dos fuentes de signo opuesto. En escritura, a los cinco años, una serie de textos que comparen conflictos con datos y sin consignas. En voluntariado, un número fijo de horas anuales en una asociación de memoria o de ayuda humanitaria, mantenido hasta el décimo año. Para evaluarlo, un cuaderno con lo leído, escrito y aportado, revisado cada enero. Si la indignación no se convierte en hábito, queda en espuma. 

Conviene no olvidar quién bombardeó Gernika, además de cómo. Fue obra de un fascismo que convirtió a los civiles en blanco legítimo, a la prensa en enemiga y a la mentira en política de Estado: Franco negó durante décadas lo que sus aliados habían hecho. El fascismo no empezó con las bombas, sino cuando una parte de la humanidad dejó de contar como humana. Esa es la lección que no caduca, y no pertenece solo a 1937: reaparece siempre que se habla de poblaciones «prescindibles», de enemigos internos, de periodistas como traidores o de la fuerza como único argumento. Combatirlo hoy no exige comparar a nadie con Hitler, sino algo más cotidiano y más difícil: negarse a deshumanizar, en cualquier bando, y defender la prensa libre, las instituciones y el derecho internacional que se construyeron precisamente sobre las ruinas de ciudades como Gernika.

En última instancia, Gernika no fue un triste accidente del pasado, sino la advertencia primigenia de lo que ocurre cuando el fascismo convierte la dignidad humana en mero objetivo táctico. El fascismo —el de la Legión Cóndor en 1937 y sus mutaciones autoritarias contemporáneas— comparte siempre la misma matriz: la deshumanización del otro, el desprecio sistemático por el derecho internacional y la impunidad de la fuerza ciega sobre la población inerme. Enfrentarlo hoy, desde la memoria activa y la intransigencia democrática, exige denunciar sin tibia neutralidad a quienes reactivan el terrorismo de Estado y la barbarie colonial, pues permitir la impunidad del pasado en Europa es condenarnos a perpetuar el horror presente en Gaza y en cualquier rincón del planeta.

Multiverso: física cuántica, cosmología y literatura

Multiverso: física cuántica, cosmología y literatura

Revisamos -otra vez- un concepto nada moderno, pero muy en boga actualmente: Mil mundos posibles en la larga historia del multiverso (véase otros posts nuestros de multiverso). En 1584, un fraile dominico fugitivo publicó en Londres un diálogo que sostenía algo escandaloso: que no existe un solo mundo, sino infinitos, y que cada estrella es un sol con sus propios planetas. Giordano Bruno murió en la hoguera en 1600. Su cosmología fue solo uno de los cargos entre muchos, pero la idea sobrevivió a quien la defendía. Cuatro siglos después, el multiverso ya no se discute en tribunales de la Inquisición, sino en revistas de física, en laboratorios de computación cuántica y en las aulas.

Una idea más vieja que la ciencia. Antes de Bruno, los atomistas griegos Leucipo y Demócrito ya habían razonado que, si los átomos son infinitos y se mueven en un vacío sin límites, nada impide que se formen innumerables mundos. Epicuro lo heredó y lo convirtió en consuelo: la naturaleza no gasta su fecundidad en un único ejemplar. Frente a ellos, la tradición aristotélica defendió un cosmos único, finito y ordenado, que dominó el pensamiento europeo durante casi dos mil años. 

La palabra «multiverso», en cambio, es reciente. Suele atribuirse a William James, que la empleó en 1895 con un sentido moral y no cosmológico, para decir que la experiencia humana es más variada de lo que cabe en un sistema único. Entre tanto, Leibniz había sugerido que nuestro mundo es el mejor de los posibles, lo que ya presupone un catálogo de mundos que no llegaron a existir.

La física entra en escena. El salto decisivo llegó en 1957, cuando el joven Hugh Everett III propuso en su tesis doctoral que la mecánica cuántica no necesita «colapsar» ante la medición: todos los resultados posibles ocurren, cada uno en una rama distinta de la realidad. Su idea fue ignorada durante años y rescatada después por Bryce DeWitt, que la bautizó como interpretación de los muchos mundos.

Un segundo camino surgió de la cosmología. La teoría de la inflación, formulada por Alan Guth en 1980 y desarrollada por Andrei Linde y Alexander Vilenkin, sugiere que el espacio pudo seguir expandiéndose de forma eterna, generando «burbujas» que serían universos con sus propias constantes físicas. La teoría de cuerdas añadió un tercer elemento, el «paisaje» de soluciones posibles, con cifras que se citan en torno a 10^500 configuraciones. Max Tegmark ordenó todo esto en 2003 en una jerarquía de cuatro niveles de multiverso. 

Conviene separar aquí hechos de hipótesis. Ninguna de estas variantes ha sido observada. George Ellis y Joe Silk advirtieron en Nature en 2014 del riesgo de aceptar teorías que no pueden refutarse con experimentos, y esa es la objeción de fondo: una explicación que lo abarca todo corre el peligro de no explicar nada. Otros físicos replican que el método científico siempre ha ampliado sus fronteras cuando la teoría lo exigía. El debate sigue abierto, y lo honesto es presentarlo así.

Mundos que la literatura ya había visitado. Mientras la física dudaba, la literatura se adelantó. En 1941, Jorge Luis Borges imaginó en «El jardín de senderos que se bifurcan» un tiempo que se ramifica en futuros que no se anulan entre sí. Décadas más tarde, el filósofo David Lewis defendió en On the Plurality of Worlds (1986) que los mundos posibles no son meras ficciones lógicas, sino realidades tan concretas como la nuestra, una tesis que casi nadie comparte y que casi todos han tenido que discutir.

También la tecnología se ha apropiado de la imagen. Algunos defensores de la interpretación de Everett, como David Deutsch, ven en la computación cuántica un indicio a favor de los muchos mundos, aunque otros físicos sostienen que los mismos resultados se explican igual de bien sin ramas. Un ordenador cuántico funciona, y esa es la parte comprobada; qué significa que funcione es... filosofía.

Lo que el multiverso enseña en el aula. Quizá el mayor valor educativo del multiverso no esté en su verdad, sino en el tipo de pensamiento que exige. Para discutirlo hay que distinguir entre lo observado, lo calculado y lo imaginado; hay que preguntarse qué evidencia haría cambiar de opinión; y hay que pensar en términos contrafactuales, el «¿qué habría pasado si…?» con el que los buenos profesores de historia, de ciencias y de literatura despiertan la curiosidad. Un alumno que aprende a sostener una hipótesis sin confundirla con un hecho ha aprendido algo más útil que cualquier cifra.

Una propuesta para los próximos años. Es una maravilla cuando la física se parece a la literatura. Si la historia del multiverso es la de una pregunta que se niega a cerrarse, merece la pena mantenerla viva. Lectura: leer en los próximos doce meses una obra de divulgación (Tegmark, Deutsch o Greene) y un relato de Borges, y contrastarlos. Escritura: a dos años vista, escribir cada trimestre un texto breve sobre un «mundo posible» de la propia vida o del propio pueblo. Voluntariado: a cinco años, colaborar en una biblioteca, aula o asociación científica local para organizar un ciclo anual de charlas de divulgación. Evaluación: anotar cada año lecturas completadas, textos publicados y asistentes a las charlas, y revisar a los diez años si la curiosidad compartida ha crecido o solo la propia.

Universidad Autónoma de Bilbao: 12 años de la UPV/EHU

Universidad Autónoma de Bilbao: antesala 12 años de la UPV/EHU

El día pasado tuve que insistir para que alguien más joven reconociese la existencia de la Universidad de Bilbao, y que mi primer título de Licenciado en Ciencias Físicas era de tal universidad (foto inicial y con más detalle). Los siguientes títulos ya sí eran de la Universidad del País Vasco (foto del Máster en Museología). Esta es la historia de esa universidad que duró doce años, de 1968 a 1980, y que quienes nos licenciamos en ella llevamos todavía en el título y en la memoria. 

Cuando Bilbao empezó a tener universidad pública, en octubre de 1968, treinta profesores y quinientos estudiantes de Medicina y Ciencias se instalaron provisionalmente en la provisional sede de la anterior Escuela de Náutica de Botica Vieja, junto al puente de Deusto. No había campus, ni cafetería universitaria, ni un solo bloque de hormigón en Leioa. Había aulas prestadas, ganas y una paradoja: se llamaba Universidad de Bilbao, la gente la conocía como Universidad Autónoma de Bilbao y, sin embargo, su autonomía consistía sobre todo en carecer de algo, un distrito universitario propio. 

El primer rector de la Universidad de Bilbao fue Juan Echevarría Gangoiti, nombrado en 1968 y siendo previamente decano de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales de Sarriko. De su extenso compromiso con el País Vasco, cabe destacar que fue el encargado de llevar en avioneta urgentemente el texto del Estatuto de Gernika al registro del Congreso en 1978, por lo cual el de Gernika fue el primero en aprobarse.

Pedían una facultad y recibieron una universidad. La ciudad llevaba tiempo reclamando una Facultad de Medicina oficial. Bilbao era un gran núcleo industrial, con una población que crecía a golpe de fábrica, y su única enseñanza superior pública era la Facultad de Económicas de Sarriko, abierta en 1955 y dependiente entonces del distrito universitario de Valladolid. Ayuntamiento, Diputación y colegios profesionales insistieron. La respuesta del Estado fue más grande de lo pedido: una universidad entera. La propia historiografía de la UPV/EHU habla de una sorpresa. 

Detrás había un cálculo de política educativa. Los Planes de Desarrollo del tardofranquismo habían detectado que las viejas universidades no podían absorber a las nuevas generaciones urbanas, y el Gobierno optó por crear instituciones nuevas, rápidas y baratas, en lugar de reformar las antiguas. 

Tres universidades autónomas en un mismo decreto. Bilbao no estuvo sola. El Consejo de Ministros aprobó el 22 de mayo de 1968 el proyecto, y el Decreto-ley 5/1968, de 6 de junio, publicado en el BOE del día siguiente, alumbró a la vez las universidades autónomas de Bilbao, Madrid y Barcelona. La coincidencia con el mayo francés del 68 es tentadora, y el profesor Paulí Dávila ha escrito que, para los universitarios vascos, su mayo del 68 fue la creación de la Universidad de Bilbao, en un mes gris, del color con que vestía la policía de entonces. Conviene no confundir los planos: la iniciativa era ministerial, no estudiantil, aunque no tardaría en llenarse de estudiantes inquietos.

El adjetivo «autónoma» engaña al lector moderno. Un decreto del 17 de julio de 1968 aclaró que significaba, ante todo, que la nueva universidad no tendría distrito propio. Era una autonomía administrativa, no política. La UAM empezó a dar clase el 25 de octubre de aquel año en edificios prestados y adaptados a toda prisa, y la de Bilbao, como se ha visto, ya lo había hecho el 1 de octubre del 68.

Los centros: de Sarriko a Leioa. Al nacer, la Universidad de Bilbao integraba la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de Sarriko, la nueva Facultad de Medicina y, añadida en agosto casi de rebote aprovechando que el primer curso de Medicina era común con Ciencias, una Facultad de Ciencias. Ese trío lo cuentan los archivos de la propia universidad. Hubo además un hecho curioso: el mismo decreto-ley preveía una facultad en San Sebastián, que se concretó en Derecho, aunque adscrita todavía a Valladolid.

Medicina se repartió por la ciudad. Los tres primeros cursos, los preclínicos, se daban en la sede provisional de Deusto; a partir de 1969 los clínicos se trasladaron a la Unidad Docente del Hospital de Basurto. En 1972 la Facultad aparece ya en el área de Leioa-Erandio, donde el Ministerio quería situar las universidades autónomas: lejos de los núcleos urbanos y con edificios baratos y de construcción rápida. Así nació el campus de Sarriena, a once kilómetros del centro, que sigue siendo la sede del rectorado. Más tarde llegaron la Escuela Universitaria de Enfermería de Leioa (1978), la Escuela de Estomatología (1978) y la Unidad Docente de Txagorritxu (1979).

1975, un año de licenciaturas. Hay una aritmética sencilla que explica por qué aquella universidad empezó a «dar» licenciados a mediados de los setenta. Con seis cursos de Medicina, quienes entraron en 1968 podían terminar hacia 1974, y las promociones siguientes, la de 1975 entre ellas, fueron las primeras numerosas. Esto es un cálculo mío, no una cifra oficial: no he encontrado un recuento publicado de licenciados por año, y quien lo tenga merecería ver su dato en esta página. Para entonces la matrícula se había disparado: de unos 3.000 estudiantes en 1968 a unos 15.000 en 1976. Los hijos e hijas de las clases medias y trabajadoras entraban en una universidad que no estaba preparada para recibirlos, con aulas masificadas, profesorado joven y precario, y un año, 1975, que terminó con la muerte del dictador y con la sensación de que algo se abría.

Quienes recogimos entonces el título nos fuimos con una cosa curiosa, y es que el papel decía «Universidad de Bilbao», una institución que cinco años después ya no existiría con ese nombre. 

Del distrito a la universidad del país. La reivindicación de una universidad propia no era nueva. Se hablaba de la antigua Universidad de Oñati como antecedente remoto, de un proyecto de Universidad Vasco-Navarra presentado en 1866 por la Diputación de Navarra, y de una Universidad Vasca de efímera existencia, decretada por el Gobierno vasco en octubre de 1936 y con una Facultad de Medicina inaugurada el 1 de diciembre de aquel año, en plena guerra. El hilo reaparece en 1977, cuando a la Universidad de Bilbao se suman los centros universitarios de Álava y Gipuzkoa, y se consolida tras el Estatuto de Autonomía, de diciembre de 1979. El 25 de febrero de 1980, el Ministerio autorizó el cambio de denominación: nacía la Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea, que hoy se reparte en tres campus.

La lección histórica tiene una ironía agradable. Un Estado que quería descongestionar universidades antiguas terminó sembrando, casi sin querer, la semilla de la universidad pública de todo un país.

Qué podemos hacer con esta memoria. Una historia así se pierde si nadie la cuenta. Propongo un plan a diez años con tres frentes. En lectura, dedicar los dos primeros años a leer las fuentes de la propia UPV/EHU, empezando por el artículo de Paulí Dávila y los fondos del Archivo General, y organizar un pequeño círculo de lectura con tres o cuatro personas de la misma promoción. En escritura, recoger entre 2027 y 2030 al menos cien testimonios breves de quienes estudiaron entre 1968 y 1980, con una ficha común (facultad, sede, profesores, cómo se vivía el curso), y depositarlos en un repositorio abierto. En voluntariado, ofrecerse hacia 2030 al Museo de la Educación de la UPV/EHU o a las asociaciones de antiguos alumnos para digitalizar fotografías, apuntes y carnés.

Se evalúa con tres indicadores sencillos: testimonios archivados cada año, personas distintas que participan, y consultas o citas que reciba el repositorio al cabo de cinco y diez años. Si en 2036 hay cuatrocientos testimonios y una exposición itinerante, la universidad habrá recuperado su propia infancia.

Turistas o viajeros: no consumir lugares sino comprenderlos

Este es un tema recurrente en este blog, diferenciando viajero de turista: qué distingue a quien compra turismo de quien viaja para aprender. Nosotros hemos viajado bastante, nunca compulsivamente, y siempre con alguna razón: por trabajo, visitar familia o para mejorar un idioma. Hemos preferido países donde conociéramos su lengua, para practicarla. Frente a esta realidad, cada verano vemos que se repite la escena. Ante la fachada de una catedral, doscientas personas levantan el teléfono con el brazo extendido, apuntan tres segundos al monumento y bajan la vista para comprobar cómo ha salido. Nadie ha leído el tímpano; casi nadie sabría decir qué se habla en la calle de al lado. 

¿Cuándo dejó el viaje de ser una forma de saber para convertirse en una obligación de calendario? La escala es enorme: UN Tourism calcula que en 2025 se registraron 1.520 millones de llegadas internacionales, casi sesenta millones más que en 2024. 

Veinticinco siglos de preguntas con maleta. Heródoto recorrió en el siglo V a. C. buena parte del Mediterráneo oriental interrogando a sacerdotes, marinos y comerciantes. Llamó historía a su oficio, y la palabra significaba exactamente eso: indagación. Hacia el año 629, el monje chino Xuanzang salió hacia la India en busca de textos budistas, aprendió sánscrito por el camino y regresó en 645 con su cargamento de manuscritos. Ibn Battuta partió de Tánger a los veintiún años para peregrinar a La Meca; entre 1325 y 1354 cubrió unos 120.000 kilómetros, y trabajó como juez en Delhi durante ocho años. Su libro se llama sencillamente Rihla, «el viaje».

Ninguno de ellos hacía turismo. Viajaban porque necesitaban algo que en casa no había, un texto, una respuesta, un oficio, y dependían de la hospitalidad ajena, que obliga a aprender lenguas, normas y silencios. 

Del Grand Tour al billete de un chelín. Entre los siglos XVII y XVIII, los jóvenes de la aristocracia británica completaban su formación con el Grand Tour: meses por Francia e Italia para ver arte, aprender idiomas y adquirir mundo. Era un privilegio, pero tenía un programa. El cambio de escala llegó con el ferrocarril: el 5 de julio de 1841, Thomas Cook llevó a una sociedad de templanza en tren de Leicester a Loughborough, casi quinientas personas, a un chelín por cabeza. Democratizar el viaje fue una conquista, y conviene decirlo sin ironía. El problema aparece cuando el itinerario se convierte en producto y la lista de lugares «imprescindibles» sustituye a la pregunta. Se acumula ver; se pierde entender. 

Por qué ahora importa tanto. Hay causas materiales: la capacidad aérea y el tráfico de pasajeros crecieron un 7 % hasta octubre de 2025. Y hay una causa simbólica, que ofrezco como interpretación y no como dato: el viaje funciona como moneda social, prueba de que uno ha salido de su rutina, y las redes han convertido esa prueba en espectáculo. A ello se suma un deseo antiguo y legítimo, el de la novedad. Nada de eso es condenable; lo discutible es confundir el síntoma con el fin. 

Turista, viajero y «no turista». El turista acumula. Llega con la lista hecha, compara con casa, valora si «ha merecido la pena» y vuelve con fotos. No es un malvado: es un consumidor de experiencias, y a menudo un cliente agradecido de la hospitalidad. El viajero llega con preguntas. Ha leído algo antes, sabe decir veinte frases en la lengua local, se queda más de lo cómodo en un sitio y acepta equivocarse. Vuelve distinto, no más fotografiado.

Hay una tercera figura, la del «no turista», que necesita proclamar que no lo es. Huye de las multitudes, busca lo «auténtico» y con frecuencia solo cambia de escaparate: el desprecio al turista es otra forma de turismo, con más vanidad. La diferencia no está en el destino ni en el medio de transporte, sino en la pregunta con la que se llega. Y una misma persona puede ser las tres en una sola semana.

Una propuesta a diez años. Propongo un plan modesto y medible. En lectura, un relato de viaje clásico al año (Heródoto, la Rihla), con una nota de dos folios al terminar. En lengua, preparar cada viaje con doscientas palabras y diez frases del idioma local, y alcanzar en tres años un nivel A2 en una lengua nueva, acreditado con un examen oficial. En voluntariado, a los cinco años, acoger a estudiantes del Programa Erasmus, activo desde 1987, o colaborar con una entidad de acogida de personas migrantes. Para evaluarlo, basta un cuaderno de viaje anual y una revisión a los diez años: ¿cuántos viajes nos dejaron algo que seguimos usando?

Ramón Llull: el monje del siglo XIII que soñó la computación

Hacia 1263, un cortesano mallorquín llamada Ramon Llull compone versos de amor para una dama que no es su esposa cuando, según cuenta la Vida coetánea, se le aparece Cristo crucificado. No era un hombre de libros: era senescal, estaba casado con Blanca Picany, tenía dos hijos y hacía de trovador a ratos. De aquella escena nació uno de los proyectos más extravagantes de la Edad Media: un método para razonar con cualquiera, fuera cristiano, judío o musulmán, a partir de principios que todos pudieran aceptar. Siete siglos después, Ramon Llull aparece citado entre los antepasados de la informática. ¿Cómo llega un trovador a ese puesto? 

Del palacio al Puig de Randa. Llull dejó la corte, aprendió árabe con la ayuda de un esclavo musulmán y se retiró al monte de Randa, donde escribió la primera versión de su Arte, la Ars compendiosa inveniendi veritatem, hacia 1274. En 1276 fundó el colegio de Miramar para enseñar lenguas a futuros misioneros y ya no paró: Montpellier, París, Roma, Chipre, Túnez. Dejó más de doscientas cincuenta obras en catalán, latín y, quizá, árabe, y fue de los primeros en usar una lengua vernácula para expresar ideas filosóficas y científicas. 

Qué es realmente el Ars Magna. No es un libro, sino un sistema que reescribió durante cuatro décadas. Su forma última, la Ars generalis ultima, llegó hacia 1308, junto a una versión abreviada, el Ars brevis. La mecánica es de una sencillez desconcertante: un alfabeto de letras que designan conceptos —bondad, grandeza, eternidad, poder— y figuras de círculos concéntricos que se hacen girar para combinarlos. Cada giro propone una relación entre ideas que el pensador debe examinar, no aceptar sin más. La intuición de fondo es que, si los atributos divinos son compartidos por las tres religiones, la discusión puede empezar por lo común. Llull concebía su Arte como herramienta para dialogar entre iguales, no para vencer a nadie. 

Un legado discutido. Sus ideas fueron polémicas ya en vida. En 1376 el papa Gregorio XI condenó sus enseñanzas por confundir fe y razón, y hoy la Iglesia lo venera como beato. Su muerte es incierta: la tradición habla de lapidación en el norte de África, aunque su tumba está en Palma. En 1666, el joven Leibniz recogió en su Dissertatio de arte combinatoria la idea de combinar conceptos elementales: criticaba los detalles de Llull, pero le fascinaba la visión de conjunto (Public Domain Review). De ahí procede la fama de precursor del ordenador, que explora el volumen Ramon Llull: From the Ars Magna to Artificial Intelligence, editado por Fidora y Sierra. Conviene, aun así, no exagerar. Los especialistas advierten de que la lógica formal moderna tiene poco que ver con el Arte y de que, desde Leibniz, se ha atribuido un protagonismo excesivo a la combinatoria (Fidora). 

Girar la rueda, discutir el resultado. Llull persiguió una ilusión que nos resulta familiar: un procedimiento que ordene el saber y deje la verdad a un paso. Pero su método solo funcionaba en conversación; las ruedas daban preguntas, no sentencias. Hoy, cuando las máquinas combinan palabras a una velocidad que él no habría imaginado, quizá lo valioso del Arte no sea la rueda, sino quien la hace girar y con quién discute lo que sale.

Propuesta de acción (2 a 10 años). En los dos primeros años, leer el Libro del Amigo y del Amado y una introducción rigurosa al Arte, como la guía de Anthony Bonner (The Art and Logic of Ramon Llull, Brill, 2007), y publicar una reseña de cada uno; se evalúa con las dos reseñas escritas. A cinco años, escribir una pequeña serie de textos divulgativos que expliquen el Arte con ejemplos propios y recoger comentarios de lectores no especialistas. A diez años, haber sostenido con una biblioteca o centro cívico un círculo de conversación entre personas de creencias y culturas distintas, con cuatro sesiones anuales; se evalúa con asistencia, diversidad de participantes y un breve cuestionario final sobre si salieron del encuentro entendiendo mejor al otro.

24-10-26: última fecha pitagórica del siglo que casi nadie notó

¿Fue ayer una fecha pitagórica? Sí. El sábado 24 de octubre de 2026, escrito a la española, es 24-10-26. Elevemos al cuadrado: 10² son 100, 24² son 576, y 100 más 576 suman 676, que es 26². Es la terna (10, 24, 26), el doble exacto de la célebre (5, 12, 13). Nos enteramos tarde, pero nos alegró el sábado. 


Estas coincidencias no abundan. Con el formato día-mes-año de dos cifras, hace falta que dos números sean un día y un mes posibles y que el tercero cuadre como año. Según nuestras cuentas a mano, no habrá otra hasta el 3 de abril de 2105 (3-4-05) [dudo que llegue a verlo porque sería mi 152º cumpleaños]. Antes hubo, entre otras cuatro, el 12-5-13 (12 de mayo de 2013) y el 15-8-17 (15 de agosto de 2017). La más famosa es la de 3, 4 y 5: el 3 de abril de 2005 [ese día fue mi 52º cumpleaños]. Debe haber algo de nuestro destino que ya era pitagórico.


Seamos justos con el personaje.
Pitágoras de Samos (hacia 570-495 a. C.) fundó en Crotona, en el sur de Italia, una comunidad a medio camino entre escuela y cofradía. No dejó nada escrito. Lo conocemos por Aristóteles, que cuenta que los pitagóricos creían que los principios de las matemáticas eran los de todas las cosas, y por los neopitagóricos posteriores. Su emblema era la tetraktys, el triángulo de diez puntos (1+2+3+4=10), por el que, según la tradición, se juraba. 


El teorema que lleva su nombre tampoco fue solo suyo: la tablilla babilónica Plimpton 322 recoge ternas pitagóricas más de mil años antes. Pitágoras no inventó el hecho. Lo elevó a principio del mundo. 

La numerología de fechas, como mera curiosidad, la que reduce nuestro cumpleaños a un solo dígito, es otra cosa. Hoy, 25-10-2026: 2+5+1+0+2+0+2+6 suman 18, y 1+8 son 9. El nueve, dicen las tablas, es cierre de ciclo. Esa práctica es moderna, se popularizó a comienzos del siglo XX atribuyéndose a Pitágoras, y la tomamos como lo que es: un simple juego entretenido. 

Quizá la lección pitagórica auténtica sea que el mundo admite ser contado y que eso nos asombra. Unamuno, que desconfiaba de quien pretendía encerrar la vida en una fórmula, sonreiría ante el juego y ante el asombro. Nosotros preferimos el asombro que se puede comprobar.

Para pasar a la acción: os proponemos buscar vuestra fecha pitagórica en el calendario y leer un libro de matemática recreativa al trimestre. Objetivo a 2 años: ocho libros leídos y una terna propia compartida con alguien más joven. Objetivo a 5 años: dar una charla o taller de media hora en un aula, biblioteca o club de lectura. Objetivo a 10 años: haber despertado la curiosidad de al menos diez personas. Evaluación: una libreta con fecha, título y una frase de lo aprendido, revisada cada 3 de abril (3-4, por supuesto, y siempre mi cumpleaños mientras viva). ¿Empezamos?

Tomás Mazón reescribe la primera vuelta al mundo de Elcano

Hoy, jueves 23 de octubre de 2026 (que alcanzamos 24 millones de visitas esta madrugada), hemos tenido Carmen y yo el privilegio de pasar toda la mañana y comer con Tomás Mazón Serrano, un ingeniero amigo de Aitor (con quien estuvo en Sudáfrica trabajando) apasionado por la historia y cuyos libros que recuperan la primera vuelta al mundo y cambian nuestra visión del planeta y de la historia de la humanidad. Su emocionante web, rutaelcano.com, escrita y diseñada por él  mismo debiera ser objeto de estudio obligatorio en la educación.

Tomás Mazón nació en Alicante en 1975, reside en Villanueva de la Serena (Badajoz) y ejerce como ingeniero técnico de obras públicas. No es historiador universitario de oficio, y esa condición de diletante entusiasta da a su trabajo un aire excepcional: el de quien se acerca y navega entre los archivos con método científico y curiosidad de aficionado, en el mejor sentido de la palabra, hasta superar la visión previa de la historia más gloriosa pero peor contada de navegantes vascos como Elcano (de Getaria) y Urdaneta (de Ordizia). 

Su vocación empezó en la red, con rutaelcano.com, una web sobre la primera circunnavegación donde él mismo elabora los mapas. Sus editores la presentan como referencia con más de millón y medio de visitas, una cifra que conviene tomar como dato de la editorial. El reconocimiento llegó pronto. En 2020 recibió el XI Premio Magallanes-Elcano, del Círculo de Artesanos de Sanlúcar de Barrameda, y en 2022 el Premios Casa Asia 2022 en la categoría de Cultura y Sociedad. El jurado de este último destacó su labor de investigación y divulgación para dar a conocer la expedición de Magallanes y Elcano a un público no especializado, con una visión nueva basada en fuentes originales. 

A ello suma más de 59 conferencias hasta hoy en foros académicos y extraacadémicos. Ayer tarde dictó una ponencia en la Sociedad Bilbaína y aprovechando esa oportunidad hoy le hemos acompañado en su visita a Portugalete (Bizkaia), último de los lugares de Elcano que tenía pendiente de realizar. En el vídeo inicial nos explicó el motivo que se relaciona con su tercer libro. Tras la primera vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano, la siguiente expedición que se organizó fue la Expedición de fray García Jofre de Loaysa (también conocida como la Segunda Armada de la Especiería). 

A comienzos de 1525, el propio Juan Sebastián Elcano (nombrado piloto mayor y segundo al mando de la flota) reclutó hombres, reunió provisiones y armó cuatro de las naves en la villa vizcaína de Portugalete. Esta flotilla inicial partió de las aguas de la ría de Portugalete con rumbo a La Coruña, donde se unió al resto de la gran expedición  para iniciar el viaje definitivo hacia las islas Molucas. En este histórico viaje desde el puerto vasco también se enroló un jovencísimo Andrés de Urdaneta, quien se convertiría en uno de los cosmógrafos más importantes de la historia. Alcanzó fama universal por descubrir y documentar la ruta a través del océano Pacífico desde Filipinas hasta Acapulco, conocida como Ruta de Urdaneta o tornaviaje. 

Tres libros, absolutamente recomendables porque son tres modos de mirar una hazaña. Su primer libro, Elcano. Viaje a la historia, apareció en 2020 y fue reeditado en versión ampliada en 2022, con Ediciones Encuentro. Es el relato de conjunto de la expedición que Magallanes concibió y Elcano remató.

Los dos siguientes miran hacia los márgenes. Espinosa. El último capitán de la vuelta al mundo (Encuentro, 2022) reconstruye la vida de quien quedó al mando de la nao Trinidad en Tidore mientras Elcano mandaba la Victoria, y regresó a España en 1527. Según la reseña de la Revista de Historia Naval, el libro se cierra con catorce transcripciones documentales que aportan datos nuevos sobre su vida. Un lector lo describe como una biografía levantada a partir de actas notariales, registros administrativos, pleitos y cartas de petición de socorro, es decir, de papeles y no de epopeya.

El tercero, La vuelta al mundo maldita (Edaf, 2024), cuenta la expedición de García Jofre de Loaysa. Comenzó en 1525 y no terminó hasta 1536 para quienes lograron volver: apenas doce de sus 450 integrantes. Es una cifra que da el propio autor, y otras fuentes sobre esta empresa manejan números algo distintos, lo que ya habla de lo difícil que es reconstruirla. Elcano murió en medio del Pacífico durante ese viaje, de modo que el segundo libro y el tercero se tocan: Espinosa y Loaysa son las dos caras de lo que ocurrió después de la gloria. 

El conocimiento como travesía. Lo más sugerente de Mazón no es solo lo que cuenta, sino cómo llega hasta ahí. Para el libro sobre Loaysa visitó nueve archivos históricos solo en 2023. Es la versión terrestre del oficio de navegante. Se parte con una hipótesis, se corrige el rumbo con cada folio hallado y se vuelve con menos certezas y algo más de verdad. Nadie recibe el conocimiento como un mapa terminado. Se hace con documentos, con paciencia y con la disposición a que un papel desmienta la leyenda cómoda.

Hay en ello una lección discreta para quienes enseñamos y aprendemos. Desconfiar de la versión heroica no significa despreciarla, sino contrastarla. Las fuentes originales no destruyen la hazaña, la vuelven humana: devuelven nombres, miedos, pleitos y súplicas a quienes la protagonizaron. Y quizá por eso Mazón ha elegido mirar a los segundos capitanes, a los que quedaron atrás y a los que el relato oficial dejó sin foco. Queda una pregunta abierta. ¿Cuántas historias de nuestro propio entorno esperan, sin leer, en un archivo municipal, parroquial o familiar? 

Una propuesta de acción a diez años: Propongo un plan en tres escalones, con objetivos medibles. A 2 años, leer los tres libros de Mazón y escribir una reseña de cada uno, publicada en un blog, una revista local o una biblioteca. La evaluación es sencilla: tres reseñas publicadas y, al menos, una conversación pública sobre ellas, en un club de lectura, por ejemplo. A 5 años, pasar de leer a participar: colaborar como voluntario en la transcripción de documentos históricos de un archivo o una asociación cultural cercana, con la meta de veinte documentos transcritos y revisados por un archivero o historiador que valide la calidad. A 10 años, llevar la experiencia a un aula, una biblioteca o un grupo vecinal mediante un taller anual de fuentes primarias, en el que cada grupo reconstruya la biografía olvidada de alguien de su localidad con al menos tres documentos originales. Se evaluaría contando biografías publicadas y participantes, y con una pequeña rúbrica de pensamiento crítico: ¿distingue el grupo entre hecho, interpretación y leyenda? Si al cabo de una década hay veinte vidas recuperadas del olvido, el viaje habrá merecido la pena.

Tomás Mazón en Portugalete

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