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Agnotología: Filosofía y educación ante la ignorancia fabricada

Hoy nos detendremos en la Agnotología, la ciencia que estudia cómo se fabrica la ignorancia. Porque no toda ignorancia es accidental: Muchas veces el desconocimiento es tiempos de posverdad. Existe un arte oscuro de mantener al público desinformado, fabricando dudas para que sepamos mucho menos de lo que podríamos conocer. Con casos que van del tabaco al cambio climático, veremos cómo se industrializa la ignorancia manufacturada y quiénes son sus cómplices en la era digital. Porque esa confusión provocada es un negocio enormemente rentable.

La ignorancia no siempre es inocente. Existe una creencia implícita, heredada del proyecto ilustrado, según la cual la ignorancia es simplemente la ausencia de conocimiento: un vacío que la educación, la ciencia y la información están llamadas a llenar. Bajo esta premisa, la difusión del saber equivale automáticamente a la reducción del desconocimiento. Sin embargo, hay una disciplina relativamente joven que ha venido a perturbar este optimismo epistemológico con una pregunta incómoda: ¿y si la ignorancia, en ciertos casos, no es un punto de partida sino un punto de llegada deliberadamente construido?

Esa disciplina se llama agnotología, término acuñado por el historiador de la ciencia Robert N. Proctor en la Universidad de Stanford, quien la definió como el estudio cultural de la ignorancia y la duda, con especial atención a su producción activa. La palabra procede del griego agnosis (desconocimiento) y logos (estudio), y designa un campo que, pese a su nombre técnico, describe fenómenos perfectamente reconocibles en nuestra vida cotidiana.

El caso fundacional: la industria del tabaco. El punto de origen de la agnotología no es filosófico sino escandalosamente mundano. Proctor, junto a la lingüista Londa Schiebinger, comenzó investigando cómo las tabacaleras norteamericanas respondieron durante décadas a la creciente evidencia científica sobre el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón. La respuesta no fue negar frontalmente los datos, sino algo mucho más sofisticado: financiar investigaciones alternativas, promover «expertos» con opiniones discordantes, sembrar dudas sobre la metodología de los estudios adversos y sostener públicamente que «la ciencia aún no ha dicho su última palabra». El objetivo no era demostrar que el tabaco fuera inocuo, sino mantener el estado de incertidumbre el tiempo suficiente para preservar el mercado.

Esta estrategia —que los propios ejecutivos de la industria denominaron internamente manufacturing doubt, fabricación de dudas— se convirtió en el modelo canónico de lo que Proctor llamaría ignorancia manufacturada: no la ignorancia que resulta de no haber investigado aún, sino la que se produce activamente para bloquear, demorar o desacreditar el conocimiento existente.

Tres formas de ignorancia. La agnotología distingue, al menos, tres grandes categorías. La primera es la ignorancia nativa, aquella que simplemente aún no ha sido explorada por la ciencia. La segunda es la ignorancia perdida, conocimientos que existieron y se extraviaron por causas históricas, culturales o políticas. La tercera, y más inquietante, es la ignorancia estratégica, producida deliberadamente por actores con intereses en que determinadas verdades no circulen: corporaciones, gobiernos, lobbies, o incluso algoritmos de plataformas digitales optimizados para el engagement, que con frecuencia privilegian el contenido controvertido sobre el riguroso.

Un problema político y educativo. Lo que hace de la agnotología una herramienta conceptual de primer orden para el siglo XXI es su capacidad de desplazar la pregunta. En lugar de preguntar únicamente ¿qué sabemos?, nos invita a interrogar ¿quién se beneficia de que no sepamos? Esta inflexión epistemológica tiene consecuencias directas para la filosofía política: si la ignorancia puede ser un instrumento de dominación, entonces combatirla no es solo una tarea pedagógica sino una exigencia democrática.

El negacionismo climático, las campañas de desinformación sobre vacunas, o la confusión sistemáticamente alimentada en torno a ciertos debates electorales, responden todos a la misma gramática que Proctor detectó en los archivos de Philip Morris: no se trata de convencer de una mentira, sino de impedir que la verdad consolide su autoridad.

Enseñar a dudar bien. La respuesta educativa no puede ser ingenua. Frente a la duda manufacturada, la tentación es reivindicar sin matices la autoridad de los expertos. Pero la agnotología también nos advierte de que el escepticismo crítico —la duda legítima, socrática— es precisamente el antídoto que los fabricantes de ignorancia han aprendido a imitar y corromper. La tarea es, entonces, más exigente: enseñar a distinguir entre la duda que abre el conocimiento y la duda que lo clausura; entre el pensamiento crítico y su simulacro interesado.

En un ecosistema informativo saturado, saber lo que no sabemos, y por qué no lo sabemos, puede ser tan decisivo como el conocimiento mismo.

Educación crítica frente al auge del tecnofascismo

Sin título
Hoy nos ha deslumbrado por su lucidez este artículo de El Correo sobre los nuevos leviatanes, tecnología, poder y el fin de la democracia con una cuestión que debería preocuparnos sobremanera: ¿Puede la libertad sobrevivir al poder absoluto del tecnofeudalismo (muchos posts)? Algo que desde la Asociación HumanTek Euskadi (https://humantek.eus/) estamos tratando de divulgar. 

Tecnofascismo: las máscaras caen ante esta amenaza autoritaria con traje de algoritmoHay momentos en la historia en que un sistema se quita la máscara y anuncia abiertamente sus objetivos. A finales de abril de 2026, la empresa Palantir Technologies publicó un manifiesto de 22 puntos titulado The Technological Republic (vídeo inferior) que ha sacudido el debate político en Occidente. En él se reclama el servicio militar obligatorio, el rearme de Alemania y Japón, y la participación de la élite ingenieril de Silicon Valley en la defensa nacional. 

El escritor Diego Fonseca lo describió como una "rara ocasión" de ver cómo un sistema se quita la máscara para anunciar sus objetivos ideológicos: la tesis de que "la civilización ha caído" y que "solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso".

El término que ha cristalizado en el debate académico y periodístico es tecnofascismo. Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y estudioso de los peligros del poder tecnológico para la democracia, calificó el manifiesto de Palantir como "un ejemplo perfecto de tecnofascismo", señalando que se trata de una empresa con cientos de contratos con la administración que busca una acumulación de poder en torno a los magnates tecnológicos. La analogía que propone Coeckelbergh es reveladora: como el Leviatán de Hobbes, estos actores privados proponen restaurar el orden imponiendo su dominio, no mediante el contrato social democrático, sino mediante el control de datos, algoritmos e infraestructuras de vigilancia.

La genealogía ideológica de este movimiento no es improvisada. Las raíces del concepto se remontan a los años treinta con el movimiento "Technocracy Inc." en Estados Unidos y Canadá, fundado por Howard Scott, que proponía un régimen dirigido por ingenieros. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de que la democracia debía ceder ante una élite técnica con poder político. Lo que en los treinta fue marginal, hoy tiene fondos ilimitados, plataformas globales y acceso directo a los gobiernos.

El núcleo filosófico lo expresó Peter Thiel sin ambigüedades: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles." Esta declaración de 2009 ha dejado de ser una provocación intelectual para convertirse en programa de acción. Thiel, Musk y otros como Zuckerberg, Bezos o Altman orbitan hoy alrededor de las políticas gubernamentales gracias a sus miles de millones, pero sobre todo al poder que les brindan los datos de los individuos que proporcionan sus plataformas.

El concepto que el economista Yanis Varoufakis acuñó —tecnofeudalismo— describía esta mutación del capitalismo. Pero el tecnofascismo va un paso más allá: no solo acumula capital, sino que aspira a sustituir la soberanía popular por la soberanía algorítmica. Curtis Yarvin, ideólogo con influencia reconocida en figuras como J.D. Vance, propone directamente desmantelar la democracia liberal e instaurar una dictadura corporativa con la inteligencia artificial como arma de guerra.

Frente a esto, la respuesta no puede ser solo técnica ni regulatoria. La democracia no es un software que se actualiza con un parche de seguridad. Es una conquista civilizatoria que requiere ciudadanos capaces de reconocer la amenaza cuando, por fin, el sistema se atreve a hablar sin máscara. Ahí reside, quizás, la primera y más urgente tarea educativa de nuestro tiempo.

Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre

Los impuestos son el precio justo de convivir juntos, no son un castigo, son una conquista histórica. Pagar impuestos es el acto más solidario que existe, pero esta palabra maldita es precisamente la que sostiene nuestra civilización. Existe una paradoja lingüística de enorme consecuencia política: la palabra impuesto lleva inscrita, en su propia etimología, una carga de imposición, de coacción, de algo que se nos hace contra nuestra voluntad. 

Y esa trampa semántica ha sido el mayor regalo que la historia le ha dado a quienes desean desmantelar el Estado del bienestar. Porque si logramos convencer a la ciudadanía de que los impuestos son una agresión, habremos ganado la batalla ideológica sin necesidad de argumentos. Hay que decirlo con claridad: lo peor de los impuestos es su nombre. Todo lo demás son virtudes.

La contribución como fundamento civilizatorio. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la caridad individual ni sobre la benevolencia espontánea del mercado. Se construyeron sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo: carreteras, ejércitos, hospitales, escuelas, sistemas judiciales, redes de agua potable. Lo que hoy llamamos impuestos fue, durante milenios, la condición de posibilidad de cualquier vida organizada en común. 

John Rawls nos enseñó que una sociedad justa es aquella que elegiríamos diseñar sin saber qué posición ocuparíamos en ella. Nadie, bajo ese velo de ignorancia, elegiría un mundo sin sanidad pública, sin educación universal, sin pensiones dignas. Y sin embargo, ese mundo sin impuestos es exactamente lo que nos promete el populismo de derechas cuando agita el fantasma del "robo fiscal". 

El asedio al contrato socialEn la última década, hemos asistido a un resurgimiento de discursos que, bajo una pátina de libertad individual, agitan la impopularidad del tributo para erosionar los pilares del Estado del bienestar. Estas corrientes, a menudo situadas en la ultraderecha o el libertarismo radical, presentan al Estado como un ente extractivo y al ciudadano como una víctima de "expolio".


Sin embargo, como estudiosos y ciudadanos, debemos ser claros: la fiscalidad no es un robo, es el precio de la libertad. No existe mercado libre sin seguridad jurídica, ni innovación privada sin una base de educación pública, ni paz social sin una red de seguridad que amortigüe la caída de los más vulnerables. La retórica anti-impuestos no busca "liberar" al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo de redistribución que garantiza la igualdad de oportunidades.


Ética, justicia y el valor de lo públicoDesde una perspectiva ética, los impuestos representan la materialización de la solidaridad orgánica. Los impuestos son la herramienta técnica que hace posible esa visión ética. Permiten que: • La sanidad no sea un privilegio de cuenta corriente, sino un derecho humano. • La educación actúe como ascensor social, rompiendo el determinismo de la herencia. • La infraestructura común facilite el desarrollo económico de las regiones periféricas. Sin una base fiscal sólida, la meritocracia es un mito; se convierte simplemente en la perpetuación de la ventaja de quienes ya lo tienen todo.


El rentismo moral de la ultraderecha, que odia los impuestos porque odia lo común. La retórica ultraliberal y ultraderechista sobre los impuestos descansa en una ficción antropológica: la del individuo soberano que ha generado su riqueza en soledad, sin infraestructuras públicas, sin trabajadores formados por escuelas financiadas colectivamente, sin contratos protegidos por jueces pagados con fondos comunes. Esa ficción es, intelectualmente, insostenible. Toda fortuna privada es, en parte, una deuda con lo público.

Adam Smith —ese clásico liberal que los neoliberales citan sin haberlo leído— fue perfectamente consciente de que los mercados requieren instituciones sólidas para no degenerar en monopolios, fraudes y depredación. Los impuestos no son el enemigo del mercado; son su condición de supervivencia.

Hay una dimensión ética que con frecuencia se olvida en el debate fiscal. Pagar impuestos progresivos —más quien más tiene— no es solo una política redistributiva eficiente: es un acto moral. Es reconocer que la suerte, la herencia y el capital acumulado no confieren títulos absolutos sobre la riqueza, sino que esta está social y políticamente mediada desde su origen.

Y hay, también, una dimensión democrática irrenunciable. Las democracias liberales necesitan Estados capaces de actuar con autonomía frente a los poderes privados. Un Estado sin recursos fiscales suficientes es un Estado capturado: por las corporaciones, por los mercados financieros, por los donantes de campaña. La evasión fiscal masiva y la competencia fiscal entre países no son sólo problemas económicos; son amenazas directas a la soberanía popular.

Recuperar las palabras. Quizá la tarea más urgente sea, paradójicamente, lingüística. Necesitamos rescatar la dignidad semántica de lo fiscal. Hablar de contribución solidaria, de inversión común, de pacto de civilización. No porque las palabras cambien la realidad, sino porque la realidad que queremos construir necesita palabras que la hagan deseable.

Los países con mayor bienestar, menor desigualdad y democracias más robustas —los escandinavos a la cabeza, pero no solo ellos— son también los que tienen presiones fiscales más elevadas y ciudadanías más convencidas de su legitimidad. No es una coincidencia. Es una lección que podríamos aprender, si dejáramos de escuchar a quienes confunden el precio de la civilización con un robo. Los impuestos son lo que pagamos por no vivir solos.

La Ilustración Oscura: Contracultura letal del siglo XXI

La denominación Ilustración Oscura (Dark Enlightenment) designa un movimiento intelectual contemporáneo que emerge, principalmente, a través de ensayos, blogs especializados y redes digitales a partir de los años 2000. Se trata de un pensamiento explícitamente contrailustración que rechaza los pilares filosóficos que han estructurado la modernidad occidental desde el siglo XVIII: la universalidad, la igualdad, la democracia y la idea del progreso lineal.

El término cristaliza especialmente en los escritos de Nick Land, filósofo británico nacido en 1962, cuya obra se inscribe en genealogías que incluyen a teóricos de la ciencia ficción especulativa, la teoría de sistemas complejos y la crítica posmoderna. Land no es el único exponente—otros nombres como Curtis YarvinJohn Derbyshire o Peter Thiel (en otros posts sobre tecnofeudalismohan contribuido a articular este pensamiento—, pero es quien articula de manera más explícita y coherente la posición neoreaccionaria que la Ilustración Oscura encarna.

En su enfoque, Land sostiene que la Ilustración moderna introdujo ilusiones peligrosas: la creencia en la razón universal, en la bondad intrínseca de la democracia liberal y en la inevitable marcha del progreso humano. Estas ilusiones, argumenta, han conducido a una serie de catástrofes materiales y culturales. La Ilustración Oscura, por tanto, propone un diagnóstico pesimista de la modernidad ilustrada y ofrece una alternativa intelectual que recupera, paradójicamente, ciertos elementos premodernos o antimodernos: jerarquía, orden natural, determinismo histórico, y una visión profundamente escéptica respecto a la capacidad de la razón para transformar positivamente la realidad humana.

Lo peculiar de este movimiento es su articulación a través de nuevos medios. No se trata de una escuela tradicional, sino de una constelación de ensayistas, blogueros y comentaristas que conversan, debaten y colaboran en línea. Su influencia, aunque limitada en círculos académicos convencionales, ha resultado significativa en determinados espacios digitales, especialmente en comunidades conservadoras, libertarias y radicalmente escépticas respecto a las instituciones liberales.

Desde una perspectiva analítica, la Ilustración Oscura merece atención no tanto por la solidez de sus argumentos como por lo que revela sobre las fracturas del consenso moderno. Expresa un malestar genuino con ciertos aspectos del progresismo contemporáneo—particularmente con su optimismo tecnológico, su universalismo moral y sus políticas redistributivas. Al mismo tiempo, su propia retórica contiene inconsistencias notables: invoca la razón científica para socavar la fe en la razón, utiliza plataformas digitales producto de la modernidad ilustrada para criticar esa misma modernidad, y recurre a genealogías intelectuales complejas para argumentar contra la complejidad reflexiva.

Intelectualmente, la Ilustración Oscura representa un síntoma de la crisis contemporánea en torno a qué significa la Ilustración en el siglo XXI. ¿Es la Ilustración un proyecto incompleto que requiere profundización, como defendió Habermas (otros posts)? ¿O es un proyecto fracasado que debe ser abandonado, como sugieren los pensadores neoreaccionarios? La importancia de estos debates no radica en determinar quién tiene razón, sino en reconocer que la pregunta misma sigue abierta y que nuevas formas de pensamiento crítico—incluso las más contrarias a la modernidad—encuentran espacio en nuestro presente.

LIlustración Oscura encierra peligros sustanciales que trascienden el ámbito meramente especulativo. Su pensamiento jerarquizante y antidemocrático proporciona un andamiaje intelectual a posiciones políticas que pueden legitimizar la discriminación, la exclusión y la negación de derechos fundamentales. Al descartar la universalidad y la igualdad como ilusiones ilustradas, socava los fundamentos normativos de cualquier orden social justo. Más aún, su determinismo histórico y su pesimismo radical pueden generar una actitud de resignación política que desmoviliza las capacidades colectivas para transformar equitativamente las condiciones materiales de existencia. La Ilustración Oscura no es simplemente una alternativa teórica: Es una amenaza conceptual a los valores de dignidad humana, inclusión política y emancipación colectiva que constituyen el legado más valioso, aunque siempre incompleto, de la modernidad ilustrada.

Tecnofeudalismo: Oligarcas del silicio y vasallos digitales

Volvemos sobre el creciente fenómeno del tecnofeudalismo (ver en otros posts) y los riesgos de estos oligarcas de la tecnología que de clientes nos han pasado a siervos. La historia económica raramente avanza en línea recta. Después de décadas celebrando el triunfo del capitalismo de mercado y la democracia liberal, observamos la emergencia de un fenómeno inquietante: el tecno-feudalismo. Este término, popularizado por el economista Yanis Varoufakis, describe una nueva estructura de poder donde las grandes plataformas tecnológicas han reemplazado los mercados tradicionales con sistemas de extracción de rentas que recuerdan al feudalismo medieval.

La anatomía del nuevo feudalismo digital. En el feudalismo clásico, los señores controlaban la tierra y exigían tributos a quienes la trabajaban. En el tecno-feudalismo, un puñado de corporaciones —Amazon, Google, Meta, Apple, Microsoft— controla las infraestructuras digitales esenciales: las plataformas donde compramos, vendemos, nos comunicamos y trabajamos. Los usuarios y pequeños negocios no participan en mercados libres, sino que operan dentro de ecosistemas cerrados donde las reglas las dictan unilateralmente estos nuevos señores digitales.

La diferencia con el capitalismo tradicional es fundamental. Los capitalistas compiten en mercados; los tecno-feudales poseen las plazas donde ocurre el intercambio. Amazon no solo vende productos: controla el mercado mismo, extrae datos de los vendedores que usan su plataforma y luego compite contra ellos con ventaja informacional absoluta. Google no participa en la economía de la información: es el guardián que decide qué existe y qué permanece invisible.

Una concentración de poder sin precedentes. La magnitud de este oligopolio de poder carece de paralelos históricos. Los oligarcas tecnológicos controlan simultáneamente múltiples vectores de influencia: económico, informacional, político y social. Mark Zuckerberg toma decisiones editoriales que afectan a tres mil millones de personas. Elon Musk puede alterar mercados financieros con un tweet y controla infraestructura crítica de comunicaciones satelitales. Jeff Bezos posee tanto la principal plataforma de comercio electrónico como uno de los periódicos más influyentes de Estados Unidos (aunque lo está liquidando para complacer a Trump).

Esta convergencia de poderes plantea riesgos democráticos evidentes. Cuando un puñado de individuos no electos controla los canales de información, las plataformas de debate público y las infraestructuras económicas esenciales, la soberanía popular se erosiona. Las decisiones sobre moderación de contenidos, algoritmos de recomendación o acceso a servicios tienen consecuencias políticas profundas, pero se toman en salas de juntas privadas sin rendición de cuentas democrática.

El dilema de la dependencia tecnológica. Los estados-nación enfrentan un dilema inédito. Las infraestructuras digitales son ahora tan esenciales como el agua o la electricidad, pero están en manos privadas y frecuentemente fuera de su jurisdicción. Los gobiernos dependen de servicios cloud de Amazon y Microsoft para operaciones críticas. Las sociedades dependen de plataformas privadas para el debate público. Las economías dependen de algoritmos opacos que determinan quién es visible y quién no.

Esta dependencia estructural limita la capacidad de los estados democráticos para regular efectivamente a estas corporaciones. El poder de lobby tecnológico es formidable, y la amenaza implícita siempre presente: una regulación demasiado estricta podría hacer que la plataforma abandone el mercado o degrade sus servicios, con costos económicos y sociales difíciles de asumir.

Caminos hacia adelante. La respuesta no puede ser simplemente añorar un pasado predigital. La tecnología ha generado también beneficios innegables: acceso democratizado a información y conocimiento, nuevas formas de organización social, herramientas que expanden capacidades humanas. El desafío consiste en preservar estos beneficios mientras recuperamos control democrático sobre las infraestructuras digitales fundamentales.

Algunas jurisdicciones, notablemente la Unión Europea, experimentan con nuevos marcos regulatorios: leyes de mercados digitales, reglamentos sobre inteligencia artificial, normativas de protección de datos. Otros proponen alternativas más radicales: plataformas de propiedad pública, cooperativas digitales, protocolos abiertos e interoperables que diluyan el poder de los monopolios actuales.

El debate sobre el tecno-feudalismo no es una discusión técnica: es una conversación sobre qué tipo de sociedad queremos construir. ¿Permitiremos que las estructuras de poder del siglo XXI repliquen las jerarquías rígidas del pasado medieval, o encontraremos formas de democratizar el poder tecnológico? La respuesta determinará no solo nuestra prosperidad económica, sino la viabilidad misma de la democracia en la era digital.

@geopoliticayrrii El Tecnofeudalismo... El poder ahora está en el control de plataformas digitales. #geopolítica, #tecnofeudalismo, #yanisvaroufakis ♬ Revenge - sofians

Realidad del tecnofeudalismo en El diablo está entre nosotros

Ha sido uno de los mejores libros regalados estas navidades. En un mundo saturado de información, pero sediento de verdad, la literatura de investigación se vuelve un faro necesario. Lorenzo Ramírez (@lorenzoramirez), con su pluma afilada y su habitual rigor documental, nos entrega en "El diablo está entre nosotros" una obra que no busca la complacencia, sino el despertar. No estamos ante un tratado teológico, sino ante una radiografía del poder globalista y sus mecanismos de control.

Lorenzo Ramírez es un reconocido periodista económico y analista geopolítico español. Con una dilatada carrera en medios de comunicación (destacando su labor en el programa Despegamos junto a César Vidal), Ramírez se ha especializado en desentrañar las complejas redes que unen las altas finanzas con las decisiones políticas que afectan al ciudadano de a pie. Su estilo se caracteriza por la valentía intelectual y la capacidad de conectar puntos que, a simple vista, parecen inconexos.

El libro se adentra en las entrañas del "Gran Reinicio" y la Agenda 2030, pero desde una perspectiva histórica y económica. Ramírez sostiene que las crisis actuales —energéticas, sanitarias y financieras— no son meros accidentes del destino, sino hitos planificados en una hoja de ruta que busca la transformación radical de la sociedad occidental.

La obra disecciona: La arquitectura del control: Cómo las élites financieras (como BlackRock o Vanguard) influyen en las soberanías nacionales. La trampa verde: Una crítica a la transición energética como herramienta de empobrecimiento y control social. La digitalización del ser: El peligro de las monedas digitales de los bancos centrales (CBDC) y la pérdida definitiva de la privacidad.

Ramírez argumenta que "el diablo" no es una entidad sobrenatural, sino la soberbia de una élite de oligarcas digitales (ver otros posts sobre tecnofeudalismo) que pretende jugar a ser Dios, rediseñando la naturaleza humana y la libertad individual bajo la excusa del "bien común".

Algunas ideas clave: "El objetivo no es que no tengas nada y seas feliz, sino que no seas dueño de tu destino para que ellos puedan gestionarlo por ti." "La verdadera ingeniería social no se hace con tanques, sino con el control del flujo monetario y el miedo inoculado a través de la pantalla." "La historia no se repite, pero rima; hoy los feudos no tienen murallas de piedra, sino algoritmos y deuda pública."

Para un lector culto, representa un desafío a las narrativas hegemónicas. No es necesario estar de acuerdo con cada tesis de Ramírez para admitir que su trabajo de curaduría de datos y su análisis de la estructura del poder son, cuanto menos, inquietantes y necesarios para cualquier ciudadano que aspire a la libertad intelectual.

El diablo está entre nosotros también explora el auge de la ultraderecha, que no es un fenómeno meteorológico azaroso, sino un cambio de placas tectónicas en la política global. Si el libro de Lorenzo Ramírez nos hablaba de las sombras del poder globalista, este ascenso es, para muchos, la respuesta reactiva —y a veces inflamable— a esas mismas sombras.

Estamos en 2026, y lo que hace una década parecía una anomalía (el Brexit, el primer Trump), hoy es el eje sobre el que gira la política en Occidente. Estas son claves de este fenómeno: 1º. El agotamiento del "Consenso Neoliberal"La causa raíz no es solo ideológica, sino material. Tras décadas de globalización, amplios sectores de la clase media y trabajadora en Europa y América sienten que el contrato social se ha roto. La precariedad como motor: Las crisis encadenadas (2008, la pandemia, la inflación post-Ucrania) han dejado una sensación de vulnerabilidad que los partidos tradicionales no han sabido paliar. El Estado como refugio: Frente a un mercado global incierto, la ultraderecha ofrece el retorno a la protección del Estado-Nación. El proteccionismo económico ya no es un tabú, sino una promesa electoral.

2º. La "Guerra Cultural" y la IdentidadSi la economía es el motor, la identidad es el combustible. Movimientos como el Rassemblement National en Francia, AfD en Alemania o Vox en España han sabido capitalizar el malestar frente a: La inmigración: Presentada no solo como un reto logístico, sino como una "amenaza civilizatoria" a los valores tradicionales. El rechazo a lo "Woke": Una reacción contra las políticas de identidad progresistas, el feminismo de cuarta ola y el ecologismo radical, que estos votantes perciben como imposiciones de una élite urbana desconectada de la realidad rural o industrial.

3º. El Triunfo del Algoritmo y la Post-verdadEl control de la información es clave. La ultraderecha ha demostrado una maestría digital superior a la de sus oponentes: Microsegmentación: Uso de redes como TikTok y X (bajo el nuevo paradigma de libertad de expresión absoluta) para lanzar mensajes emocionales, cortos y altamente virales. Bypass mediático: Han logrado puentear a los medios de comunicación tradicionales (el mainstream media), creando sus propios ecosistemas de noticias donde la frontera entre el dato y la opinión se difumina.

4º. El "Efecto Espejo": El retorno de Trump y la Red GlobalA inicios de 2026, la influencia de la administración Trump 2.0 en EE. UU. actúa como un faro para el resto del mundo. Ya no son movimientos aislados; existe una internacional nacionalista coordinada intelectual y financieramente. En Europa: La ultraderecha ya no quiere salir de la Unión Europea (como el Brexit), sino conquistarla desde dentro, transformándola en una "Europa de las Naciones". En América Latina: Figuras como Milei en Argentina o el legado de Bolsonaro en Brasil muestran que el discurso "anti-casta" y "libertario-conservador" tiene un arraigo profundo en sociedades cansadas de la corrupción institucional.

5º. El Fenómeno del "Mainstreaming"Quizás el punto más crítico es que las tesis de la ultraderecha han dejado de ser marginales. Los partidos de centro-derecha, para evitar la fuga de votos, han terminado adoptando gran parte del lenguaje y las políticas de los radicales (especialmente en inmigración y seguridad). Esto ha provocado que lo que antes era "extremo" hoy se perciba como el sentido común para una parte mayoritaria de la población.

El ascenso de la ultraderecha es el síntoma de una crisis de confianza en la democracia liberal tal como la conocíamos. . El reto no es solo juzgar estos movimientos, sino entender que prosperan en el vacío dejado por la incapacidad de las instituciones para ofrecer seguridad y pertenencia en un mundo hipertecnológico y fragmentado.