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Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

¿Puede crecer indefinidamente una economía en un planeta finito? La pregunta no es nueva. En 1972 el informe Los límites del crecimiento, que un equipo del MIT preparó por encargo del Club de Roma, advertía de que, si seguían las tendencias de entonces, el planeta tocaría sus límites en el plazo de un siglo. Han pasado más de cincuenta (50) años y la discusión sigue abierta, quizá más viva que nunca. Proponemos una lectura cruzada de ensayos recientes que miran el mismo cuadro desde ángulos opuestos, y que conviene leer juntos precisamente porque discrepan.

Jason Hickel, en Menos es más (2020), sostiene que las economías ricas deberían usar menos materia y energía sin renunciar al bienestar: decrecer, pero con orden. Daniel Susskind, en Growth: A Reckoning (2024), defiende que el crecimiento ha financiado buena parte de la sanidad y la educación que disfrutamos, y que lo sensato es orientarlo, no frenarlo. 

El trabajo es el segundo escenario. Daron Acemoglu y Simon Johnson, dos de los tres premios Nobel de Economía de 2024, recuerdan en Poder y progreso (2023) que la tecnología no reparte sus frutos por sí sola: durante varias décadas de la primera revolución industrial los salarios ingleses apenas mejoraron mientras la producción se disparaba. Importa, dicen, quién decide hacia dónde se dirige la innovación.

Y la inteligencia artificial vuelve urgente la pregunta. En enero de 2024 el Fondo Monetario Internacional, por boca de Kristalina Georgieva, estimó que cerca del 40 % del empleo mundial está expuesto a ella, y alrededor del 60 % en las economías avanzadas. «Expuesto» no significa «destruido»: según ese análisis, la mitad de esos puestos podría salir reforzada y la otra mitad ver recortados salarios o contrataciones.

De ahí a la fragilidad social hay un paso. Anne Case y Angus Deaton lo dieron con datos en Deaths of Despair and the Future of Capitalism (2020): en Estados Unidos, la mortalidad de los adultos blancos de mediana edad sin título universitario aumentó por suicidios, sobredosis y enfermedades del hígado ligadas al alcohol, mientras mejoraba la de quienes sí lo tenían. Michael Sandel, en La tiranía del mérito (2020), añade una tesis incómoda para quienes enseñamos: si prometemos que el esfuerzo y el título llevan lejos, quien no llega recibe, además de la desventaja, el mensaje de que se lo merece.

En Bizkaia conocemos esa fragilidad. Bilbao se cita como ejemplo de reconversión: de los altos hornos y los astilleros de la ría a un museo, el Guggenheim, inaugurado el 18 de octubre de 1997. Aquel cambio también dejó a muchas familias sin el oficio que las sostenía. Los indicadores (PIB, productividad, empleo) cuentan la historia; la fragilidad vive en lo que el bilbaíno Miguel de Unamuno llamó intrahistoria: «la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia» (En torno al casticismo, 1895). 

¿Qué queda de este cruce? Que discutimos menos sobre cifras que sobre prioridades: cuánto crecimiento, para quién, con qué empleos y con qué reparto de la dignidad. Proponemos un compromiso de lectura a diez (10) años. Primer objetivo, para 2028: leer dos (2) de estos libros, uno que nos dé la razón y otro que no, y discutirlos con alguien que piense distinto. Segundo, para 2031: convocar un círculo de lectura en un aula, una biblioteca o un local de barrio. Tercero, para 2036: comprobar si hemos cambiado de opinión en algo. Para evaluarlo basta una libreta con cada título, su tesis, la mejor objeción y una revisión cada octubre. ¿Cuántos libros incómodos hemos leído este año?

Otros posts nuestros sobre el tecnofeudalismo y la economía en forma de K. Eskerrik asko por leernos.

Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

Inserta a la izquierda este texto, con una tipografía acorde: Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

En el magnífico BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts) que hemos podido vivir estos días, pudimos analizar el libro Capitalismo caníbal de Nancy Fraser. Nos habla del sistema que devora sus propios cimientos, porque ¿de qué se alimenta el capitalismo? De lo que no paga, o paga mal. Esa es, en una frase, la tesis de Nancy Fraser en Capitalismo caníbal, un ensayo breve (190 páginas en la edición original de Verso, Londres, 2022) que Siglo XXI publicó en castellano en 2023, con traducción de Elena Odriozola.

Nancy Fraser(1947), catedrática de Filosofía y Política en la New School for Social Research de Nueva York, reúne y amplía en el libro textos previos, casi todos nacidos como conferencias universitarias. Es, más que un manifiesto, una teoría con vocación de caja de herramientas. La idea central cabe en pocas líneas. 

Para Fraser, el capitalismo no es sólo una economía de mercado, sino un orden social que descansa en cuatro (4) trastiendas que el mercado no paga, o no paga lo que valen: 1º el trabajo no remunerado de cuidados y crianza, 2º la naturaleza, 3º los poderes públicos y 4º la expropiación de poblaciones racializadas. El capital las necesita y, a la vez, tiende a agotarlas. De ahí el adjetivo: el sistema se come aquello de lo que vive.

Conviene leerlo con lápiz y con contrapunto. Las reseñas académicas señalan tres (3) discusiones abiertas. En primer lugar, el capítulo final, el del «qué hacer», es breve y deja sin resolver cuestiones espinosas, como la transición al socialismo o el pluralismo político. También se debate qué cuenta como lucha anticapitalista, porque casi cualquier protesta parece encajar. Y alguna reseña pregunta si este canibalismo es de siempre o propio de nuestro momento. Quienes defienden la economía de mercado recordarán que la escolarización universal y la sanidad pública crecieron dentro de economías capitalistas; la propia Fraser describe cómo el capitalismo gestionado por el Estado a mediados del siglo XX protegió en parte los cuidados en los países centrales, con el bienestar y el salario familiar. Para contrastar: la reseña de David Mengual Garcerán (Universidad de Sevilla) en Res Publica 29(1), 2026, pp. 137-139, y el debate de Historical Materialism (18-10-2023). 

Recomendamos este libro a quienes quieran profundizar en la economía política contemporánea, el feminismo, la sostenibilidad y el futuro de los servicios públicos. Es una lectura especialmente útil para docentes, estudiantes, responsables públicos y ciudadanos interesados en comprender las relaciones entre riqueza, poder y bienestar. Quizá la pregunta que mejor resume su desafío sea esta: ¿estamos organizando la economía para que la sociedad pueda vivir mejor o estamos subordinando cada vez más ámbitos de la vida a las exigencias de la economía? No hace falta compartir todas las respuestas de Nancy Fraser para reconocer la importancia de la pregunta. Leer, contrastar y debatir sigue siendo una de las mejores maneras de ejercer nuestra ciudadanía.

Recomendamos leerlo, aunque sea para discutirlo. Y proponemos un compromiso sencillo con tres horizontes. A dos (2) años: haberlo comentado con personas que piensen distinto (tres (3) conversaciones o lecturas compartidas). A cinco (5) años: sostener una hora semanal de voluntariado en cuidados o apoyo escolar. A diez (10) años: haber contribuido a que una iniciativa local de educación o cuidados siga en pie sin nosotros. Evaluación: un balance cada 1 de enero con tres preguntas. ¿Qué hemos leído? ¿Qué hemos hecho? ¿A quién hemos cuidado? Eskerrik asko!

Trabajo opcional, abundancia total: Utopía de Elon Musk

Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.

El núcleo técnico de la entrevista es una predicción escalonada. Musk sostiene que la inteligencia artificial superará la suma de la inteligencia humana en un plazo de apenas cinco años, y que hacia 2036 -diez años vista- prácticamente no existirá tarea en la que un humano supere a una máquina, salvo, matiza, la de ser humano. A esa inteligencia digital le falta, según él, un componente: los “efectores”, es decir, cuerpos robóticos capaces de transformar el mundo físico. De la conjunción de algoritmos y robots humanoides surgiría una economía cuasi infinita, con una abundancia material tal que el dinero, augura sin ambages, dejará de importar en 2036. Ante el escepticismo de Minton Beddoes, que le recuerda que sus accionistas sí esperan beneficios, Musk defiende una tesis deflacionaria: si la producción de bienes crece más deprisa que la masa monetaria, el resultado no será inflación sino abaratamiento generalizado.

Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.

En cuanto al empleo, compara el futuro de la programación con el ajedrez frente a Stockfish -un programa tan superior que ganaría a cualquier humano incluso ejecutado en un teléfono- y extiende esa metáfora a cualquier oficio imaginable. El trabajo, sostiene, se volverá opcional, comparable a cultivar un huerto: no imprescindible, pero gratificante. Reconoce que la transición será accidentada y, preguntado por la redistribución, propone que el Tesoro emita cheques directamente a los ciudadanos, aunque insiste en que la fiscalidad tradicional perderá sentido en un mundo post-escasez. Recomienda, como retrato anticipado de ese porvenir, la serie de novelas de “la Cultura” de Iain M. Banks (post siguiente), lectura que la propia entrevistadora confiesa haber emprendido por recomendación suya, aunque discrepa sobre el grado de autonomía real que conservarían los humanos en semejante sociedad.

La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario. 

El tramo final, dedicado a Europa, es el más beligerante del encuentro. Musk afirma que, de mantenerse las tendencias migratorias actuales, la guerra civil en Gran Bretaña resulta inevitable a su juicio, defiende su respaldo a formaciones que la prensa convencional etiqueta de extrema derecha como expresión de un sentido común normal -fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato- y niega ser racista invocando a su propia familia y la diversidad de sus equipos directivos. Minton Beddoes replica con datos sobre criminalidad comparada y le acusa de amplificar, ante sus más de doscientos millones de seguidores, una imagen distorsionada del continente, citando su promoción de una película de tono vigilante. El desacuerdo queda, explícitamente, sin resolver: ambos convienen en discrepar y remiten el veredicto al paso del tiempo, aunque Musk cierra con una nota de humor al vaticinar que la singularidad tecnológica, a diez años vista, llegará antes que esa hipotética guerra civil, que sitúa a veinte.

Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.

Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.

@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin

L'estaca: Himno universal contra la opresión

Era un post que dejamos pendiente (ver al final de este post), pero que en el repaso que estamos haciendo reaparece como otra de nuestras canciones preferidas, que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts): L'estaca: la canción que se convirtió en un símbolo universal de la libertad.

Hay canciones que trascienden el ámbito musical para convertirse en patrimonio moral de la humanidad. L'estaca («La estaca»), compuesta en 1968 por el cantautor catalán Lluís Llach, pertenece a esa reducida categoría de obras cuya fuerza poética ha logrado sobrevivir a su contexto histórico para transformarse en un himno universal de la libertad. Nacida en los últimos años de la dictadura franquista, la canción ha acompañado durante más de medio siglo a generaciones de ciudadanos que luchaban por la democracia, los derechos humanos y la dignidad de los pueblos. 

La inspiración de Llach surgió en una época marcada por la censura, la represión política y la prohibición de numerosas manifestaciones culturales en lenguas distintas del castellano. En ese contexto, escribir una canción explícitamente política era arriesgado. Por ello, el autor recurrió a una poderosa metáfora: una enorme estaca a la que todos permanecemos atados mediante cuerdas invisibles. Solo si todos tiran juntos será posible derribarla y alcanzar la libertad.

El protagonista simbólico de la canción, el viejo Siset, explica al narrador que la estaca "solo caerá si estiramos todos". La sencillez de la imagen constituye precisamente una de las claves de su enorme éxito. No habla únicamente de una dictadura concreta, sino de cualquier forma de opresión: política, social, económica o incluso cultural. Esa universalidad ha permitido que personas de muy distintas ideologías, nacionalidades y generaciones la hagan suya.

Desde su publicación, L'estaca fue rápidamente censurada por el régimen franquista. Sin embargo, su difusión no dejó de crecer gracias a recitales, grabaciones clandestinas y la transmisión oral entre quienes anhelaban una sociedad democrática. Tras la llegada de la democracia española, lejos de desaparecer, la canción adquirió una nueva dimensión internacional.

Pocos temas musicales han sido traducidos a tantos idiomas y reinterpretados en tantos países. Se han realizado versiones en francés, italiano, alemán, vasco, gallego, portugués, árabe, hebreo, japonés, turco y numerosas lenguas eslavas, entre muchas otras. En algunos lugares ha alcanzado tal grado de integración que muchas personas desconocen incluso su origen catalán.

Especialmente significativo ha sido su impacto en Europa del Este. En Polonia, la adaptación titulada Mury («Los muros»), interpretada por Jacek Kaczmarski, se convirtió en el himno no oficial del sindicato Solidaridad durante la lucha contra el régimen comunista en los años ochenta. Paradójicamente, aunque la versión polaca modificó parcialmente el sentido del desenlace original, mantuvo intacto el mensaje de resistencia colectiva y esperanza.

También ha sido cantada en manifestaciones por la democracia en Túnez durante la Primavera Árabe, en protestas ciudadanas en Bielorrusia, en actos por los derechos civiles en diversos países europeos y latinoamericanos, e incluso en concentraciones de defensa de las libertades públicas en contextos muy diferentes. Cada pueblo ha encontrado en su metáfora un reflejo de sus propias aspiraciones.

Desde una perspectiva educativa, L'estaca constituye un extraordinario recurso interdisciplinar. Permite analizar la historia contemporánea de España, estudiar los mecanismos de la censura, comprender el valor de la libertad de expresión y reflexionar sobre el papel del arte como herramienta de transformación social. Además, invita a debatir sobre el poder de los símbolos compartidos y sobre cómo la música puede fortalecer la identidad colectiva y la solidaridad entre personas muy diversas.

Musicalmente, la composición destaca por una melodía sencilla y fácilmente memorizable, construida para favorecer el canto colectivo. Esa aparente simplicidad ha contribuido decisivamente a su difusión internacional. Como sucede con otros grandes himnos populares, la fuerza reside menos en la complejidad musical que en la capacidad de emocionar y unir a quienes la interpretan.

Más de cincuenta años después de su creación, L'estaca continúa sonando allí donde alguien reclama libertad, justicia o democracia. Su mensaje sigue plenamente vigente: ninguna estaca permanece en pie cuando una sociedad decide empujar unida. La obra de Lluís Llach demuestra que una canción puede convertirse en memoria histórica, patrimonio cultural y motor de esperanza para generaciones enteras.

En una época en la que las democracias afrontan nuevos desafíos (tecnofeudalismo) y resurgen diversas formas de autoritarismo, L'estaca recuerda que la libertad nunca es un logro definitivo, sino una conquista colectiva que exige compromiso, cooperación y perseverancia. Quizá por ello sigue emocionando a personas de culturas muy distintas: porque habla de una aspiración profundamente humana y universal, la de vivir libres y construir juntos un futuro mejor.

Economía en forma de K: Crecer más pero repartir menos

La economía en forma de K: cuando el progreso deja de ser compartido. Durante décadas asumimos que las crisis y las recuperaciones seguían trayectorias comunes: en V, cuando el rebote era rápido; en U, cuando la travesía era lenta pero uniforme; en L, cuando el estancamiento se instalaba sin remedio. La pandemia de 2020 introdujo una letra nueva en el alfabeto económico: la K. El término, acuñado por el economista Peter Atwater, describe algo más inquietante que un simple ciclo: una bifurcación estructural en la que unos sectores, empresas y hogares ascienden con fuerza mientras otros descienden o se estancan, dentro del mismo periodo y bajo las mismas condiciones macroeconómicas.

En 2026 esa letra ha dejado de ser una metáfora pasajera para convertirse en el diagnóstico dominante de la economía global. Los organismos internacionales anticipan un crecimiento mundial moderado, en torno al 2,9%, con la inteligencia artificial y el sector de defensa como principales motores de expansión. Pero ese crecimiento no se reparte: la inversión, la productividad y las cotizaciones bursátiles suben por el trazo ascendente de la K, mientras los salarios reales, el empleo industrial y el consumo de las rentas medias y bajas transitan el trazo descendente.

El caso estadounidense resulta paradigmático. El gasto de los hogares con mayores ingresos —muchos de ellos beneficiados por la revalorización de sus carteras de inversión y planes de pensiones— sostiene buena parte del consumo agregado, mientras las familias más expuestas a la inflación en alimentación, vivienda y energía recurren al crédito o a sus ahorros para llegar a fin de mes. En América Latina el fenómeno adopta otra forma: sectores exportadores como el agro, la minería o la energía crecen y generan divisas, pero apenas crean empleo, mientras la industria manufacturera orientada al mercado interno sigue rezagada.

Lo que estas geografías tienen en común es una misma lección: el crecimiento agregado ha dejado de ser un buen indicador del bienestar colectivo. Puede haber expansión del PIB y, simultáneamente, deterioro de las condiciones de vida de una mayoría silenciosa. Es la vieja advertencia que ya intuyeron Ortega y Gasset y Hannah Arendt sobre las sociedades de masas: el progreso técnico no garantiza por sí solo cohesión ni justicia; requiere instituciones que lo redistribuyan.

La inteligencia artificial añade una capa nueva a esta bifurcación. Quienes poseen capital, cualificación digital o acceso a formación continua capturan las ganancias de productividad; quienes desempeñan tareas automatizables afrontan sustitución, precariedad o la necesidad de reconvertirse sin apenas red de apoyo. La brecha, por tanto, no es solo de renta, sino de capacidades y de tiempo disponible para adaptarse.

Frente a este diagnóstico, la respuesta no puede limitarse a la política monetaria o fiscal. La educación pública de calidad, la formación continua accesible y las políticas de solidaridad intergeneracional son las herramientas que permiten enderezar, aunque sea parcialmente, el trazo descendente de la K. No se trata de frenar la innovación, sino de asegurar que sus frutos —como recordaba el espíritu comunitario tan arraigado en la cultura vasca— se compartan con quienes quedan fuera de sus circuitos.

La economía en forma de K no es una fatalidad natural, sino el resultado de decisiones colectivas: fiscalidad, inversión pública, negociación colectiva y acceso al conocimiento. Reconocer la forma de la letra es el primer paso; decidir si la dejamos abierta o la volvemos a unir en un solo trazo compartido es, todavía, una elección política y ética.

@hernan.castro11 La economía no está creciendo igual para todos. Mientras algunos suben rápido con tecnología y habilidades digitales… otros se quedan atrapados. Entender esta tendencia puede marcar la diferencia. Anticípate. #EconomíaEnK #FuturoDelTrabajo #InteligenciaArtificial #Tecnología #EducaciónFinanciera #Oportunidades #CambioGlobal #AprenderIA #desarrollopersonal #2030 #Tendencias #MentalidadDeCrecimiento ♬ sonido original - Hernan Castro

Precuela o el espejo roto: Fascismo ayer y hoy en Estados Unidos

Antes de la película, hay una precuela olvidada: cuando el fascismo tentó a América. Existe una convención historiográfica cómoda que sitúa a Estados Unidos en el bando inequívoco de los vencedores morales del siglo XX: el país que derrotó al nazismo, que exportó democracia y libertad, que se erigió en dique de contención frente a los totalitarismos. Precuela: una lucha de Estados Unidos contra el fascismo, de Rachel Maddow, publicado originalmente en inglés en 2023 y en español por Capitán Swing en febrero de 2026, hace trizas esa narrativa autocomplaciente con rigor historiográfico y urgencia política.

Rachel Maddow, politóloga de formación —doctora en Ciencias Políticas por Oxford— y conocida presentadora de televisión, desarrolló esta investigación a partir de su pódcast Ultra para MSNBC. El resultado es un ensayo de historia política que excava en los años treinta para desenterrar algo que la memoria colectiva estadounidense prefirió sepultar: una red articulada de fascistas domésticos que, en plena víspera de la Segunda Guerra Mundial, trabajó activa y coordinadamente para instaurar un régimen autoritario en suelo americano. 

El argumento central del libro es, a la vez, sencillo y perturbador. A medida que el ascenso de Hitler hacía inevitable la Segunda Guerra Mundial, una red clandestina inundó Estados Unidos con desinformación destinada a debilitar su esfuerzo bélico y persuadir a los estadounidenses de que su alianza natural era con los nazis. Se trató de una campaña sofisticada y sorprendentemente bien financiada para socavar las instituciones democráticas, promover el antisemitismo y destruir la confianza ciudadana en sus líderes electos, con el objetivo final de derrocar al Gobierno y establecer un régimen autoritario.

Lo verdaderamente inquietante no es la existencia de grupos marginales de fanáticos —toda democracia los tiene— sino la extensión y la respetabilidad social de sus cómplices. Maddow repasa los esfuerzos de millonarios como el arquitecto Philip Johnson, gobernadores como Huey Long, senadores como Ernest Lundeen y otros miembros del Congreso que confabularon para que la ideología fascista aumentara su popularidad en Estados Unidos y fuese una alternativa a la democracia. Muchos incluso abogaron por pactar con Hitler, trabajaron para beneficiar su proyecto e intentaron sabotear el gobierno de Franklin Delano Roosevelt.

Un senador, Ernest Lundeen, contrató a un agente nazi como redactor de discursos; otro, Burton Wheeler, prestó su franco del Congreso —una firma facsímil que permitía el envío gratuito de correo— a grupos nazis financiados por Alemania. Cientos de policías de la ciudad de Nueva York se unieron al Frente Cristiano a finales de los años treinta, y la Guardia Nacional les proporcionó armas. No se trataba, pues, de conspiradores en los márgenes, sino de actores con poder institucional real.

El título del libro opera en varios registros simultáneos. En su sentido más literal, designa los hechos narrados como el capítulo anterior a la guerra que, a la postre, terminaría derrotando al fascismo europeo. Si lo que vemos ahora es la película de un gobierno que coquetea con el fascismo, la autora se encarga de mostrar los personajes y situaciones que conjugaron para que estas ideas puedan ser hoy atractivas para un porcentaje importante de los estadounidenses. La precuela no es, por tanto, solo un relato del pasado; es también la gramática que permite leer el presente.

Desde una perspectiva filosófica y política, el libro dialoga naturalmente con autores canónicos. Hannah Arendt ya advirtió, en Los orígenes del totalitarismo, que el fascismo no era una anomalía histórica sino una potencialidad latente en las sociedades modernas. Umberto Eco, en su célebre ensayo sobre el Ur-Fascismo, enumeró los rasgos recurrentes del fenómeno con independencia de su envoltura nacional. Maddow añade a este linaje una aportación empírica crucial: la demostración de que la nación que se relató a sí misma como inmune al virus autoritario nunca lo estuvo.

La historia de cómo se evitó la crisis es también un relato muy relevante para nuestros propios tiempos inquietantes. Y en esa relevancia reside la operación intelectual más honesta del libro: no pretende establecer una equivalencia mecánica entre el pasado y el presente, sino ofrecer un vocabulario histórico para nombrar procesos que, cuando carecen de nombre, se vuelven más difíciles de resistir.

Precuela no es un panfleto, aunque su autora tenga una posición política reconocible. Es, ante todo, un ejercicio de memoria democrática: el recuerdo de que la democracia no es un destino garantizado, sino una conquista frágil que cada generación debe, de nuevo, defender.

La banalidad del mal en cine: La zona de interés

El cine de Jonathan Glazer filma la indiferencia como el verdadero rostro del mal, cuando el horror suena pero no se ve en pantalla. Contrastes como una familia modelo junto al mayor crimen de la historia, con un jardín perfecto al lado del infierno de Auschwitz. 

La zona del silencio cómplice. En 1963, Hannah Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» (post dedicado) para describir a Adolf Eichmann: un burócrata sin fanatismo aparente que organizó el exterminio como si gestionara logística ferroviaria. Sesenta años después, Jonathan Glazer ha convertido esa tesis filosófica en la propuesta cinematográfica más perturbadora y rigurosa de la última década. The Zone of Interest (2023), basada libremente en la novela homónima de Martin Amis, no cuenta el Holocausto. Lo rodea.

Una elección formal que es ya un argumento moral. El comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, y su esposa Hedwig se esfuerzan por construir una vida ideal para su familia en la casa con jardín adyacente al campo. Esta premisa, en manos de otro director, podría derivar en melodrama o denuncia explícita. Glazer opta por algo infinitamente más inquietante: la cámara nunca cruza el muro. La violencia y el horror se perciben principalmente a través del sonido, no de la imagen; los aterradores ruidos del campo se filtran constantemente en el hogar de los Höss. Ladridos, disparos, el rumor industrial de la muerte: todo suena mientras Hedwig poda rosas y los niños chapotean en la piscina.

Esta decisión estética no es esteticismo: es epistemología. Glazer nos coloca exactamente donde estaba la sociedad alemana —y, por extensión, cualquier sociedad cómplice—: sabiendo sin querer saber, oyendo sin escuchar.

La cotidianidad como forma de horror. Todo en su hogar es tan brutalmente normal, tan mediocre y pseudoidílico, que resultaría casi aburrido si no fuéramos conscientes del infierno del campo de concentración al otro lado del muro del jardín. Este efecto de disonancia es el verdadero mecanismo dramático del film. No hay villanos arquetípicos ni redenciones sentimentales. Hay una familia que discute sobre ascensos profesionales, que recibe visitas, que planea vacaciones. La monstruosidad no reside en el fuera de campo: reside en que ese fuera de campo no les importa.

Glazer explora la aterradora realidad de que el ser humano es capaz de construir cuando forma parte de una cadena carente de empatía en la que se siguen órdenes sin racionalizar sobre sus consecuencias: es una meditación sobre la «banalidad del mal». 

Un diálogo exigente con la tradición cinematográfica. El film se sitúa conscientemente en debate con sus predecesores. Frente a La lista de Schindler (Spielberg, 1993) —cuya retórica emocional ha sido cuestionada desde Godard hasta Lanzmann—, Glazer edifica una narración sobre la base del Holocausto a diferencia de lo que suele mostrarse en otras producciones habituales del género. La influencia de Claude Lanzmann y su Shoah es reconocible: la negativa a mostrar el horror directamente no lo atenúa, lo multiplica.

La película examina con frialdad la existencia ordinaria de personas cómplices en crímenes horrendos, forzándonos a contemplar la mundanidad que subyace a una brutalidad imperdonable. Esa mirada disociada, casi documental, es también una trampa pedagógica: el espectador, cómodo en su butaca, acaba ocupando el mismo lugar moral que los personajes en pantalla. 

Relevancia pedagógica y vigencia política. Las conductas, el lenguaje y la frialdad que exhiben los personajes resuenan de manera escalofriante cuando se analizan actitudes contemporáneas ante distintos conflictos y genocidios del presente. Esta es la dimensión más incómoda del film: su temporalidad no es histórica sino estructural. El mecanismo psicológico que describe —la normalización del exterminio mediante la distancia burocrática y la indiferencia doméstica— no pertenece al pasado.

Con un 93% en Rotten Tomatoes y ganadora de dos premios Óscar (mejor película internacional y mejor sonido, este último con plena justicia conceptual), The Zone of Interest es ya uno de esos films que reconfiguran el lenguaje posible para hablar de lo que no debería tener lenguaje suficiente.

Ver The Zone of Interest es una experiencia que opera con demora: la película no golpea durante su proyección, golpea después, cuando el espectador reconstruye lo que oyó sin ver y comprende que esa reconstrucción es exactamente lo que la Historia también hace con nosotros. Glazer ha fabricado no solo una obra maestra del cine contemporáneo, sino un dispositivo ético de primera magnitud: un espejo sin azogue en el que solo se refleja la conciencia de quien mira.

Agnotología: Filosofía y educación ante la ignorancia fabricada

Hoy nos detendremos en la Agnotología, la ciencia que estudia cómo se fabrica la ignorancia. Porque no toda ignorancia es accidental: Muchas veces el desconocimiento es tiempos de posverdad. Existe un arte oscuro de mantener al público desinformado, fabricando dudas para que sepamos mucho menos de lo que podríamos conocer. Con casos que van del tabaco al cambio climático, veremos cómo se industrializa la ignorancia manufacturada y quiénes son sus cómplices en la era digital. Porque esa confusión provocada es un negocio enormemente rentable.

La ignorancia no siempre es inocente. Existe una creencia implícita, heredada del proyecto ilustrado, según la cual la ignorancia es simplemente la ausencia de conocimiento: un vacío que la educación, la ciencia y la información están llamadas a llenar. Bajo esta premisa, la difusión del saber equivale automáticamente a la reducción del desconocimiento. Sin embargo, hay una disciplina relativamente joven que ha venido a perturbar este optimismo epistemológico con una pregunta incómoda: ¿y si la ignorancia, en ciertos casos, no es un punto de partida sino un punto de llegada deliberadamente construido?

Esa disciplina se llama agnotología, término acuñado por el historiador de la ciencia Robert N. Proctor en la Universidad de Stanford, quien la definió como el estudio cultural de la ignorancia y la duda, con especial atención a su producción activa. La palabra procede del griego agnosis (desconocimiento) y logos (estudio), y designa un campo que, pese a su nombre técnico, describe fenómenos perfectamente reconocibles en nuestra vida cotidiana.

El caso fundacional: la industria del tabaco. El punto de origen de la agnotología no es filosófico sino escandalosamente mundano. Proctor, junto a la lingüista Londa Schiebinger, comenzó investigando cómo las tabacaleras norteamericanas respondieron durante décadas a la creciente evidencia científica sobre el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón. La respuesta no fue negar frontalmente los datos, sino algo mucho más sofisticado: financiar investigaciones alternativas, promover «expertos» con opiniones discordantes, sembrar dudas sobre la metodología de los estudios adversos y sostener públicamente que «la ciencia aún no ha dicho su última palabra». El objetivo no era demostrar que el tabaco fuera inocuo, sino mantener el estado de incertidumbre el tiempo suficiente para preservar el mercado.

Esta estrategia —que los propios ejecutivos de la industria denominaron internamente manufacturing doubt, fabricación de dudas— se convirtió en el modelo canónico de lo que Proctor llamaría ignorancia manufacturada: no la ignorancia que resulta de no haber investigado aún, sino la que se produce activamente para bloquear, demorar o desacreditar el conocimiento existente.

Tres formas de ignorancia. La agnotología distingue, al menos, tres grandes categorías. La primera es la ignorancia nativa, aquella que simplemente aún no ha sido explorada por la ciencia. La segunda es la ignorancia perdida, conocimientos que existieron y se extraviaron por causas históricas, culturales o políticas. La tercera, y más inquietante, es la ignorancia estratégica, producida deliberadamente por actores con intereses en que determinadas verdades no circulen: corporaciones, gobiernos, lobbies, o incluso algoritmos de plataformas digitales optimizados para el engagement, que con frecuencia privilegian el contenido controvertido sobre el riguroso.

Un problema político y educativo. Lo que hace de la agnotología una herramienta conceptual de primer orden para el siglo XXI es su capacidad de desplazar la pregunta. En lugar de preguntar únicamente ¿qué sabemos?, nos invita a interrogar ¿quién se beneficia de que no sepamos? Esta inflexión epistemológica tiene consecuencias directas para la filosofía política: si la ignorancia puede ser un instrumento de dominación, entonces combatirla no es solo una tarea pedagógica sino una exigencia democrática.

El negacionismo climático, las campañas de desinformación sobre vacunas, o la confusión sistemáticamente alimentada en torno a ciertos debates electorales, responden todos a la misma gramática que Proctor detectó en los archivos de Philip Morris: no se trata de convencer de una mentira, sino de impedir que la verdad consolide su autoridad.

Enseñar a dudar bien. La respuesta educativa no puede ser ingenua. Frente a la duda manufacturada, la tentación es reivindicar sin matices la autoridad de los expertos. Pero la agnotología también nos advierte de que el escepticismo crítico —la duda legítima, socrática— es precisamente el antídoto que los fabricantes de ignorancia han aprendido a imitar y corromper. La tarea es, entonces, más exigente: enseñar a distinguir entre la duda que abre el conocimiento y la duda que lo clausura; entre el pensamiento crítico y su simulacro interesado.

En un ecosistema informativo saturado, saber lo que no sabemos, y por qué no lo sabemos, puede ser tan decisivo como el conocimiento mismo.

Educación crítica frente al auge del tecnofascismo

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Hoy nos ha deslumbrado por su lucidez este artículo de El Correo sobre los nuevos leviatanes, tecnología, poder y el fin de la democracia con una cuestión que debería preocuparnos sobremanera: ¿Puede la libertad sobrevivir al poder absoluto del tecnofeudalismo (muchos posts)? Algo que desde la Asociación HumanTek Euskadi (https://humantek.eus/) estamos tratando de divulgar. 

Tecnofascismo: las máscaras caen ante esta amenaza autoritaria con traje de algoritmo. Hay momentos en la historia en que un sistema se quita la máscara y anuncia abiertamente sus objetivos. A finales de abril de 2026, la empresa Palantir Technologies publicó un manifiesto de 22 puntos titulado The Technological Republic (vídeo inferior) que ha sacudido el debate político en Occidente. En él se reclama el servicio militar obligatorio, el rearme de Alemania y Japón, y la participación de la élite ingenieril de Silicon Valley en la defensa nacional. 

El escritor Diego Fonseca lo describió como una "rara ocasión" de ver cómo un sistema se quita la máscara para anunciar sus objetivos ideológicos: la tesis de que "la civilización ha caído" y que "solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso".

El término que ha cristalizado en el debate académico y periodístico es tecnofascismo. Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y estudioso de los peligros del poder tecnológico para la democracia, calificó el manifiesto de Palantir como "un ejemplo perfecto de tecnofascismo", señalando que se trata de una empresa con cientos de contratos con la administración que busca una acumulación de poder en torno a los magnates tecnológicos. La analogía que propone Coeckelbergh es reveladora: como el Leviatán de Hobbes, estos actores privados proponen restaurar el orden imponiendo su dominio, no mediante el contrato social democrático, sino mediante el control de datos, algoritmos e infraestructuras de vigilancia.

La genealogía ideológica de este movimiento no es improvisada. Las raíces del concepto se remontan a los años treinta con el movimiento "Technocracy Inc." en Estados Unidos y Canadá, fundado por Howard Scott, que proponía un régimen dirigido por ingenieros. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de que la democracia debía ceder ante una élite técnica con poder político. Lo que en los treinta fue marginal, hoy tiene fondos ilimitados, plataformas globales y acceso directo a los gobiernos.

El núcleo filosófico lo expresó Peter Thiel sin ambigüedades: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles." Esta declaración de 2009 ha dejado de ser una provocación intelectual para convertirse en programa de acción. Thiel, Musk y otros como Zuckerberg, Bezos o Altman orbitan hoy alrededor de las políticas gubernamentales gracias a sus miles de millones, pero sobre todo al poder que les brindan los datos de los individuos que proporcionan sus plataformas.

El concepto que el economista Yanis Varoufakis acuñó —tecnofeudalismo— describía esta mutación del capitalismo. Pero el tecnofascismo va un paso más allá: no solo acumula capital, sino que aspira a sustituir la soberanía popular por la soberanía algorítmica. Curtis Yarvin, ideólogo con influencia reconocida en figuras como J.D. Vance, propone directamente desmantelar la democracia liberal e instaurar una dictadura corporativa con la inteligencia artificial como arma de guerra.

Frente a esto, la respuesta no puede ser solo técnica ni regulatoria. La democracia no es un software que se actualiza con un parche de seguridad. Es una conquista civilizatoria que requiere ciudadanos capaces de reconocer la amenaza cuando, por fin, el sistema se atreve a hablar sin máscara. Ahí reside, quizás, la primera y más urgente tarea educativa de nuestro tiempo.