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Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

Inserta a la izquierda este texto, con una tipografía acorde: Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

En el magnífico BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts) que hemos podido vivir estos días, pudimos analizar el libro Capitalismo caníbal de Nancy Fraser. Nos habla del sistema que devora sus propios cimientos, porque ¿de qué se alimenta el capitalismo? De lo que no paga, o paga mal. Esa es, en una frase, la tesis de Nancy Fraser en Capitalismo caníbal, un ensayo breve (190 páginas en la edición original de Verso, Londres, 2022) que Siglo XXI publicó en castellano en 2023, con traducción de Elena Odriozola.

Nancy Fraser(1947), catedrática de Filosofía y Política en la New School for Social Research de Nueva York, reúne y amplía en el libro textos previos, casi todos nacidos como conferencias universitarias. Es, más que un manifiesto, una teoría con vocación de caja de herramientas. La idea central cabe en pocas líneas. 

Para Fraser, el capitalismo no es sólo una economía de mercado, sino un orden social que descansa en cuatro (4) trastiendas que el mercado no paga, o no paga lo que valen: 1º el trabajo no remunerado de cuidados y crianza, 2º la naturaleza, 3º los poderes públicos y 4º la expropiación de poblaciones racializadas. El capital las necesita y, a la vez, tiende a agotarlas. De ahí el adjetivo: el sistema se come aquello de lo que vive.

Conviene leerlo con lápiz y con contrapunto. Las reseñas académicas señalan tres (3) discusiones abiertas. En primer lugar, el capítulo final, el del «qué hacer», es breve y deja sin resolver cuestiones espinosas, como la transición al socialismo o el pluralismo político. También se debate qué cuenta como lucha anticapitalista, porque casi cualquier protesta parece encajar. Y alguna reseña pregunta si este canibalismo es de siempre o propio de nuestro momento. Quienes defienden la economía de mercado recordarán que la escolarización universal y la sanidad pública crecieron dentro de economías capitalistas; la propia Fraser describe cómo el capitalismo gestionado por el Estado a mediados del siglo XX protegió en parte los cuidados en los países centrales, con el bienestar y el salario familiar. Para contrastar: la reseña de David Mengual Garcerán (Universidad de Sevilla) en Res Publica 29(1), 2026, pp. 137-139, y el debate de Historical Materialism (18-10-2023). 

Recomendamos este libro a quienes quieran profundizar en la economía política contemporánea, el feminismo, la sostenibilidad y el futuro de los servicios públicos. Es una lectura especialmente útil para docentes, estudiantes, responsables públicos y ciudadanos interesados en comprender las relaciones entre riqueza, poder y bienestar. Quizá la pregunta que mejor resume su desafío sea esta: ¿estamos organizando la economía para que la sociedad pueda vivir mejor o estamos subordinando cada vez más ámbitos de la vida a las exigencias de la economía? No hace falta compartir todas las respuestas de Nancy Fraser para reconocer la importancia de la pregunta. Leer, contrastar y debatir sigue siendo una de las mejores maneras de ejercer nuestra ciudadanía.

Recomendamos leerlo, aunque sea para discutirlo. Y proponemos un compromiso sencillo con tres horizontes. A dos (2) años: haberlo comentado con personas que piensen distinto (tres (3) conversaciones o lecturas compartidas). A cinco (5) años: sostener una hora semanal de voluntariado en cuidados o apoyo escolar. A diez (10) años: haber contribuido a que una iniciativa local de educación o cuidados siga en pie sin nosotros. Evaluación: un balance cada 1 de enero con tres preguntas. ¿Qué hemos leído? ¿Qué hemos hecho? ¿A quién hemos cuidado? Eskerrik asko!

2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

2ª Medida para mejorar PISA 2025: Now, Education

Proseguimos con las medidas para mejorar PISA 2025 (ver otros posts). El orden será reorganizado cuando alcancemos las 25 propuestas para superar los resultados en la CAPV (Comunidad Autónoma de Euskadi). Hoy nos tendremos en una clave que es condición imprescindible, necesaria y casi suficiente: Que la educación sea el tema primero y central del debate y del acuerdo político. Esto es algo que nunca se ha dado, y menos en nuestro escenario vasco, estatal o europeo.

Esta reflexión trae recuerdos de hace 50 ó 25 años,... Cuando comencé a educar en 1975 en la universidad, con la Didáctica de las Matemáticas y las Ciencias Experimentales, y cuando entre 2002 y 2003 tuve el honor de ser el redactor único de Hezkuntza XXI: "Libro Blanco para la Educación Vasca del Siglo XXI". 

Sus conclusiones, resumidas en 11 apartados y presentadas por Josu Jon Imaz en 2004, siguen siendo un faro que podría guiar cómo persistir en lo válido y reconducir en lo innovador el complejo sistema educativo vasco. El undécimo (con toda la carga de hamaika en euskera) y final punto declaraba: "Somos muchos quienes creemos firmemente que sólo existe un cauce social de equidad, solidaridad, cohesión social, progreso y futuro: la Educación". 

Pero premisa preliminar es otorgar a la educación el rol social en toda su singular trascendencia y grandiosa magnitud, siendo coherentes con recursos y prioridades acordes con la función que desempeña a través de todos los agentes implicados. Se ha manoseado la educación en algunos debates politiqueros, pero nadie -ni aún- lo ha puesto en la cúspide de las promesas de futuro. 

Hace un cuarto de siglo, aquel un libro Hezkuntza XXI de 550 páginas ya hablaba de «escuela expandida», de software libre, de weblogs y de pasar de la New Education a la Now, Education. Lo releo veinticinco años después, con la IA llamando o esperando a la puerta del aula, y me quedo con una cautela que ha envejecido muy bien: las tecnologías digitales exigen cosas nuevas, pero presuponen las antiguas, y la primera es (era y será) saber leer. 

Toda comunidad política decide, lo quiera o no, qué clase de ciudadanos tendrá, y lo decide sobre todo educando; por eso la educación es menos una política sectorial que la medida primera de todas las demás. Montesquieu lo condensó al abrir el libro IV de El espíritu de las leyes: las leyes de la educación son «las primeras que recibimos», y nos preparan para ser ciudadanos. Kant fue más lejos: el ser humano, sostuvo en su Pedagogía, «no es nada sino lo que la educación hace de él». 

Que tradiciones tan distintas coincidan en este primado no resuelve, sin embargo, para qué educar. Dewey escribió en 1916 (hace 110 años) que la democracia debe «nacer de nuevo en cada generación» y que la educación es su partera; Mill, que defendía obligar a todos a recibir instrucción, advertía en Sobre la libertad que una educación estatal general es «un mero artificio para moldear a las personas» con el molde que prefiera el poder dominante. Entre ambas posiciones se juega el dilema que ya planteaba Kant: cómo cultivar la libertad en medio de la coacción. Quizá el mínimo común de una política plural sea formar ciudadanos capaces de sostener las instituciones sin renunciar a examinarlas. 

La primacía pedagógica dentro de la praxis gubernamental no constituye un mero recurso retórico, sino la condición ontológica de cualquier proyecto cívico perdurable. Como bien señalaba Jules Michelet al inquirir sobre las prioridades fundamentales de la polis, «¿cuál es la primera parte de la política? La educación. ¿Cuál la segunda? La educación. ¿Y la tercera? La educación». Esta intuición encuentra su correlato clásico en el ideal platónico expuesto en La República, donde la paideia deja de ser un instrumento secundario del Estado para convertirse en su propia arquitectura constitutiva. Si la política aspira a estructurar la convivencia y la justicia, debe reconocer que ninguna institución subsiste sin la formación deliberada de las mentes que la sostienen; toda reforma institucional que prescinda de la maduración intelectual del ciudadano queda, indefectiblemente, condenada a la esterilidad formal.

Por otra parte, articular la acción pública en torno a la enseñanza implica entender la libertad no como un dato previo, sino como un logro formativo. Con precisión lapidaria, Epicteto de Frigia sentenció que «sólo las personas que han recibido educación son libres», presupuesto que siglos más tarde reinterpretaría la teoría crítica al concebir el aprendizaje como un acto eminentemente emancipador. Sin un pensamiento educado para el discernimiento autónomo y la duda metódica, la participación ciudadana corre el riesgo de degenerar en simple automatismo autómata o en mera reacción pasiva ante la demagogia. En consecuencia, situar la educación en el centro del diseño político trasciende la asignación presupuestaria: representa el compromiso ético de dotar a la sociedad de las herramientas epistémicas necesarias para auto-determinarse y construir su propio porvenir.

El lema «Education, education, education!», asociado a Tony Blair, sintetizó una de las prioridades políticas del Nuevo Laborismo británico en la década de 1990: situar la educación en el centro de la modernización económica y social. La fórmula, pronunciada durante la campaña electoral de 1996, antes de la victoria laborista de 1997, convirtió una política pública en un mensaje de extraordinaria fuerza comunicativa. Blair desarrolló estas ideas en su discurso de Ruskin College, en diciembre de 1996, defendiendo también la alfabetización temprana, la formación docente y el aprendizaje permanente. Tres palabras memorables, en definitiva, que siguen planteando una pregunta esencial: ¿cómo convertir la educación en una prioridad presupuestaria, pedagógica y social, y no solo electoral?

Aquel libro, Hezkuntza XXI, merece una relectura 25 años después. Sugiere augurios y esperanzas: más acceso, más autonomía, más aprendizaje. Contiene, sin embargo, una cautela que ha envejecido mejor que muchos de sus entusiasmos. Recoge un pasaje según el cual las tecnologías digitales exigen cosas nuevas pero presuponen las antiguas, y la más importante es la lectura. En 2026, con sistemas capaces de producir texto sin esfuerzo, esa idea pesa más: cuando cualquiera obtiene una respuesta, escasea quien sabe decidir si merece confianza. Cuánto de lo proyectado se cumplió en las aulas vascas es otra cuestión; responderla exigiría cruzar la obra con evaluaciones externas como PISA.

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. Todo de la mano de BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
Álbum de imágenes. Hace tres meses,...

Hace nueve meses,...

Hace un año,...

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles

Acudiremos a las 12:00 del martes 29-9-26, ¿nos encontramos allí porque vamos varios de HumanTek?, al Palacio Euskalduna donde se celebrará el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026, que se celebrará del 28 al 30 de septiembre bajo el lema “Futuros (im)posibles”. Su propósito es reunir cultura, pensamiento, ciencia y sociedad para imaginar alternativas ante un mundo lleno de incertidumbres. 

Dentro de un programa amplio, con figuras internacionales de la cultura, la política y las ciencias sociales, resulta especialmente sugerente la coincidencia, el 29 de septiembre en el Euskalduna Bilbao, de dos intervenciones consecutivas: Daniel Innerarity, a las 12:00, hablará sobre El futuro de la democracia; a las 12:45, Xabi Uribe-Etxebarria abordará Inteligencia Artificial: ¿Aliada o enemiga?. La proximidad temática y temporal de ambas ponencias permite plantear una cuestión de fondo: ¿qué relación existirá entre democracia e inteligencia artificial en las próximas décadas?

Daniel Innerarity (posts previos): democracia en tiempos de complejidad. 

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, ha convertido la complejidad en uno de los ejes de su pensamiento. Dirige el Instituto de Gobernanza Democrática y ocupa la cátedra de Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia. Su trayectoria incluye el Premio Nacional de Ensayo, el Premio Nacional de Investigación en Humanidades y el Premio Euskadi de Ensayo. 

Su intervención resulta particularmente oportuna porque la democracia contemporánea ya no se enfrenta únicamente a los problemas clásicos de representación, participación o división de poderes. Debe desenvolverse en sociedades caracterizadas por la aceleración tecnológica, la sobreabundancia informativa, la polarización, la incertidumbre y la dificultad creciente para distinguir conocimiento de ruido. La pregunta democrática ya no consiste solamente en quién gobierna, sino también en cómo decidimos colectivamente cuando nadie posee una visión completa del sistema.

Xabi Uribe-Etxebarria (posts previos): una inteligencia artificial que debemos gobernar

A continuación, Xabi Uribe-Etxebarria introducirá la perspectiva tecnológica. Natural de Algorta y fundador y CEO de Sherpa.ai, lleva más de una década trabajando en inteligencia artificial y defendiendo una aproximación que pretende combinar innovación con privacidad de los datos. El propio Forum sitúa su trabajo alrededor de una pregunta especialmente ambiciosa: qué significa lo vivo en un mundo reescrito por la inteligencia artificial. 

El título de su conferencia —¿Aliada o enemiga?— plantea deliberadamente una disyuntiva que quizá convenga superar. La IA no será intrínsecamente aliada ni enemiga: dependerá de quién la diseñe, con qué objetivos, bajo qué reglas y para beneficio de quién. Aquí aparece el vínculo con la educación. Una sociedad democrática no puede limitarse a enseñar a utilizar herramientas de IA. Necesita ciudadanos capaces de comprenderlas, interrogarlas, contrastar sus respuestas, detectar sus sesgos y decidir cuándo no utilizarlas.

Una conversación que debería continuar en las aulas

La sucesión de Innerarity y Uribe-Etxebarria permite imaginar una especie de ecuación para el futuro: democracia + inteligencia artificial + educación = ciudadanía con capacidad de decisión. La educación tendrá que enseñar algo más importante que el manejo instrumental de ChatGPT, Gemini o cualquier sistema que aparezca mañana. Tendrá que recuperar y reforzar competencias aparentemente clásicas: lectura profunda, matemáticas, argumentación, ética, historia, filosofía, pensamiento crítico y capacidad de diálogo.

Porque el verdadero desafío no consiste en conseguir máquinas cada vez más inteligentes. Consiste en lograr sociedades suficientemente inteligentes para decidir qué hacer con ellas. Ese es, probablemente, uno de los grandes aciertos del BBK Bilbao Kultura Social Forum: no presentar el futuro como una predicción inevitable, sino como un territorio abierto a la deliberación. Su metáfora del kintsugi —reconstruir a partir de las fracturas— resume bien esa perspectiva. 

Entre la democracia que debemos preservar y la inteligencia artificial que debemos aprender a gobernar se encuentra una tarea esencial: educar para un futuro que todavía no está escrito. Y quizá esa sea la pregunta verdaderamente importante que Bilbao debería llevarse de estas dos ponencias: no qué futuro nos espera, sino qué futuro estamos dispuestos a construir juntos. 

Información y programa: BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026

Innerarity y Uribe-Etxebarria ante los futuros posibles
Prometemos crónica detallada de ambos encuentros.

L'estaca: Himno universal contra la opresión

Era un post que dejamos pendiente (ver al final de este post), pero que en el repaso que estamos haciendo reaparece como otra de nuestras canciones preferidas, que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts): L'estaca: la canción que se convirtió en un símbolo universal de la libertad.

Hay canciones que trascienden el ámbito musical para convertirse en patrimonio moral de la humanidad. L'estaca («La estaca»), compuesta en 1968 por el cantautor catalán Lluís Llach, pertenece a esa reducida categoría de obras cuya fuerza poética ha logrado sobrevivir a su contexto histórico para transformarse en un himno universal de la libertad. Nacida en los últimos años de la dictadura franquista, la canción ha acompañado durante más de medio siglo a generaciones de ciudadanos que luchaban por la democracia, los derechos humanos y la dignidad de los pueblos. 

La inspiración de Llach surgió en una época marcada por la censura, la represión política y la prohibición de numerosas manifestaciones culturales en lenguas distintas del castellano. En ese contexto, escribir una canción explícitamente política era arriesgado. Por ello, el autor recurrió a una poderosa metáfora: una enorme estaca a la que todos permanecemos atados mediante cuerdas invisibles. Solo si todos tiran juntos será posible derribarla y alcanzar la libertad.

El protagonista simbólico de la canción, el viejo Siset, explica al narrador que la estaca "solo caerá si estiramos todos". La sencillez de la imagen constituye precisamente una de las claves de su enorme éxito. No habla únicamente de una dictadura concreta, sino de cualquier forma de opresión: política, social, económica o incluso cultural. Esa universalidad ha permitido que personas de muy distintas ideologías, nacionalidades y generaciones la hagan suya.

Desde su publicación, L'estaca fue rápidamente censurada por el régimen franquista. Sin embargo, su difusión no dejó de crecer gracias a recitales, grabaciones clandestinas y la transmisión oral entre quienes anhelaban una sociedad democrática. Tras la llegada de la democracia española, lejos de desaparecer, la canción adquirió una nueva dimensión internacional.

Pocos temas musicales han sido traducidos a tantos idiomas y reinterpretados en tantos países. Se han realizado versiones en francés, italiano, alemán, vasco, gallego, portugués, árabe, hebreo, japonés, turco y numerosas lenguas eslavas, entre muchas otras. En algunos lugares ha alcanzado tal grado de integración que muchas personas desconocen incluso su origen catalán.

Especialmente significativo ha sido su impacto en Europa del Este. En Polonia, la adaptación titulada Mury («Los muros»), interpretada por Jacek Kaczmarski, se convirtió en el himno no oficial del sindicato Solidaridad durante la lucha contra el régimen comunista en los años ochenta. Paradójicamente, aunque la versión polaca modificó parcialmente el sentido del desenlace original, mantuvo intacto el mensaje de resistencia colectiva y esperanza.

También ha sido cantada en manifestaciones por la democracia en Túnez durante la Primavera Árabe, en protestas ciudadanas en Bielorrusia, en actos por los derechos civiles en diversos países europeos y latinoamericanos, e incluso en concentraciones de defensa de las libertades públicas en contextos muy diferentes. Cada pueblo ha encontrado en su metáfora un reflejo de sus propias aspiraciones.

Desde una perspectiva educativa, L'estaca constituye un extraordinario recurso interdisciplinar. Permite analizar la historia contemporánea de España, estudiar los mecanismos de la censura, comprender el valor de la libertad de expresión y reflexionar sobre el papel del arte como herramienta de transformación social. Además, invita a debatir sobre el poder de los símbolos compartidos y sobre cómo la música puede fortalecer la identidad colectiva y la solidaridad entre personas muy diversas.

Musicalmente, la composición destaca por una melodía sencilla y fácilmente memorizable, construida para favorecer el canto colectivo. Esa aparente simplicidad ha contribuido decisivamente a su difusión internacional. Como sucede con otros grandes himnos populares, la fuerza reside menos en la complejidad musical que en la capacidad de emocionar y unir a quienes la interpretan.

Más de cincuenta años después de su creación, L'estaca continúa sonando allí donde alguien reclama libertad, justicia o democracia. Su mensaje sigue plenamente vigente: ninguna estaca permanece en pie cuando una sociedad decide empujar unida. La obra de Lluís Llach demuestra que una canción puede convertirse en memoria histórica, patrimonio cultural y motor de esperanza para generaciones enteras.

En una época en la que las democracias afrontan nuevos desafíos (tecnofeudalismo) y resurgen diversas formas de autoritarismo, L'estaca recuerda que la libertad nunca es un logro definitivo, sino una conquista colectiva que exige compromiso, cooperación y perseverancia. Quizá por ello sigue emocionando a personas de culturas muy distintas: porque habla de una aspiración profundamente humana y universal, la de vivir libres y construir juntos un futuro mejor.

Precuela o el espejo roto: Fascismo ayer y hoy en Estados Unidos

Antes de la película, hay una precuela olvidada: cuando el fascismo tentó a América. Existe una convención historiográfica cómoda que sitúa a Estados Unidos en el bando inequívoco de los vencedores morales del siglo XX: el país que derrotó al nazismo, que exportó democracia y libertad, que se erigió en dique de contención frente a los totalitarismos. Precuela: una lucha de Estados Unidos contra el fascismo, de Rachel Maddow, publicado originalmente en inglés en 2023 y en español por Capitán Swing en febrero de 2026, hace trizas esa narrativa autocomplaciente con rigor historiográfico y urgencia política.

Rachel Maddow, politóloga de formación —doctora en Ciencias Políticas por Oxford— y conocida presentadora de televisión, desarrolló esta investigación a partir de su pódcast Ultra para MSNBC. El resultado es un ensayo de historia política que excava en los años treinta para desenterrar algo que la memoria colectiva estadounidense prefirió sepultar: una red articulada de fascistas domésticos que, en plena víspera de la Segunda Guerra Mundial, trabajó activa y coordinadamente para instaurar un régimen autoritario en suelo americano. 

El argumento central del libro es, a la vez, sencillo y perturbador. A medida que el ascenso de Hitler hacía inevitable la Segunda Guerra Mundial, una red clandestina inundó Estados Unidos con desinformación destinada a debilitar su esfuerzo bélico y persuadir a los estadounidenses de que su alianza natural era con los nazis. Se trató de una campaña sofisticada y sorprendentemente bien financiada para socavar las instituciones democráticas, promover el antisemitismo y destruir la confianza ciudadana en sus líderes electos, con el objetivo final de derrocar al Gobierno y establecer un régimen autoritario.

Lo verdaderamente inquietante no es la existencia de grupos marginales de fanáticos —toda democracia los tiene— sino la extensión y la respetabilidad social de sus cómplices. Maddow repasa los esfuerzos de millonarios como el arquitecto Philip Johnson, gobernadores como Huey Long, senadores como Ernest Lundeen y otros miembros del Congreso que confabularon para que la ideología fascista aumentara su popularidad en Estados Unidos y fuese una alternativa a la democracia. Muchos incluso abogaron por pactar con Hitler, trabajaron para beneficiar su proyecto e intentaron sabotear el gobierno de Franklin Delano Roosevelt.

Un senador, Ernest Lundeen, contrató a un agente nazi como redactor de discursos; otro, Burton Wheeler, prestó su franco del Congreso —una firma facsímil que permitía el envío gratuito de correo— a grupos nazis financiados por Alemania. Cientos de policías de la ciudad de Nueva York se unieron al Frente Cristiano a finales de los años treinta, y la Guardia Nacional les proporcionó armas. No se trataba, pues, de conspiradores en los márgenes, sino de actores con poder institucional real.

El título del libro opera en varios registros simultáneos. En su sentido más literal, designa los hechos narrados como el capítulo anterior a la guerra que, a la postre, terminaría derrotando al fascismo europeo. Si lo que vemos ahora es la película de un gobierno que coquetea con el fascismo, la autora se encarga de mostrar los personajes y situaciones que conjugaron para que estas ideas puedan ser hoy atractivas para un porcentaje importante de los estadounidenses. La precuela no es, por tanto, solo un relato del pasado; es también la gramática que permite leer el presente.

Desde una perspectiva filosófica y política, el libro dialoga naturalmente con autores canónicos. Hannah Arendt ya advirtió, en Los orígenes del totalitarismo, que el fascismo no era una anomalía histórica sino una potencialidad latente en las sociedades modernas. Umberto Eco, en su célebre ensayo sobre el Ur-Fascismo, enumeró los rasgos recurrentes del fenómeno con independencia de su envoltura nacional. Maddow añade a este linaje una aportación empírica crucial: la demostración de que la nación que se relató a sí misma como inmune al virus autoritario nunca lo estuvo.

La historia de cómo se evitó la crisis es también un relato muy relevante para nuestros propios tiempos inquietantes. Y en esa relevancia reside la operación intelectual más honesta del libro: no pretende establecer una equivalencia mecánica entre el pasado y el presente, sino ofrecer un vocabulario histórico para nombrar procesos que, cuando carecen de nombre, se vuelven más difíciles de resistir.

Precuela no es un panfleto, aunque su autora tenga una posición política reconocible. Es, ante todo, un ejercicio de memoria democrática: el recuerdo de que la democracia no es un destino garantizado, sino una conquista frágil que cada generación debe, de nuevo, defender.

El mundo de ayer, obra de Stefan Zweig, ante el nazismo

Hace poco leíamos leíamos en El Correo a una librera de Getxo que apuntaba este libro como el más leído en nuestro municipio. Y nunca le habíamos dedicado un post, aunque sí varios a su autor Zweig. El mundo de ayer (leer parte en PDF) es la memoria de una Europa que el odio destruyó. 

El autor, Stefan Zweig, ciudadano del mundo sin patria, nació en Viena el 28 de noviembre de 1881, en el seno de una familia judía acomodada de la alta burguesía austro-húngara. Formado en la Viena imperial —ese crisol cultural irrepetible donde convivían Mahler, Freud, Schnitzler y Klimt—, estudió Filosofía y Letras en Viena y Berlín, y pronto se convirtió en uno de los escritores en lengua alemana más leídos del mundo. Traductor, biógrafo, dramaturgo y narrador, Zweig cultivó una prosa de precisión quirúrgica y extraordinaria sensibilidad psicológica.

En 1934, acosado por el ascenso del nazismo y el antisemitismo, abandonó Austria y emprendió un exilio que lo llevó a Londres, Nueva York y finalmente a Petrópolis, en Brasil. Allí, en la madrugada del 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda esposa, Charlotte Altmann, pusieron fin a sus vidas mediante una sobredosis de barbitúricos. Había terminado de escribir El mundo de ayer apenas unas semanas antes de su muerte. El libro se publicó póstumamente en 1942. 

La obra: autobiografía de un siglo en llamas. El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Die Welt von Gestern. Erinnerungen eines Europäers) no es exactamente una autobiografía convencional. Zweig apenas habla de su vida privada; en cambio, convierte su propia trayectoria en el hilo conductor de un retrato exhaustivo y elegíaco de la civilización europea entre 1880 y 1940. El libro es, simultáneamente, un memorial, una denuncia y un testamento espiritual.

La obra se articula en grandes capítulos que van desde la juventud dorada en Viena —la ciudad de la cultura, la tolerancia y el refinamiento— hasta la irrupción de la Primera Guerra Mundial, la efímera ilusión de la República de Weimar, el terror nazi y la Segunda Guerra Mundial. Zweig describe la Belle Époque con una nostalgia que no es meramente sentimental, sino política y filosófica: aquella Europa de fronteras abiertas, de pasaportes innecesarios y de intercambio cultural sin trabas representaba para él la promesa más alta de la modernidad.

El naufragio de esa promesa ocupa el centro dramático del relato. Con una lucidez estremecedora, Zweig narra cómo el nazismo, la propaganda, el miedo y el resentimiento fueron desmontando, pieza a pieza, el edificio de la convivencia ilustrada que él había conocido. El antisemitismo, la quema de libros, la persecución de los intelectuales, el exilio de la inteligencia europea: todo ello desfila ante el lector con una verosimilitud que ningún manual de historia puede igualar.

Zweig también dedica páginas memorables a sus encuentros con figuras como Rodin, Rilke, Romain Rolland, Gorki, Freud, Joyce, Hofmannsthal y Herzl —cuya visión sionista comprendió tarde, como él mismo reconoce—. Estos retratos funcionan como pequeños lienzos de época, pero revelan también la fe de Zweig en la cultura como antídoto frente a la barbarie, una fe que los hechos acabarían desmintiendo. 

Voces del libro: citas para la memoria: "Nunca había sido la Tierra más bella, nunca había sido la libertad más grande, nunca había sido la riqueza más abundante, nunca había sido la fe en el progreso más ardiente." "El judío europeo era, de todos los europeos, el más europeo; había asimilado mejor que ningún otro pueblo la cultura occidental." "Antes de la Primera Guerra Mundial, el mundo pertenecía a todos. Cada uno podía ir adonde quisiera y quedarse cuanto tiempo le pareciese. No existían permisos, no existían visados." "Quizás la mayor tragedia de mi generación es que hayamos vivido en tres mundos distintos sin poder adaptarnos a ninguno de ellos." "He visto cómo las grandes ideologías colectivas destruyen al individuo, al que solo le queda la opción de someterse o ser destruido."

Vigencia: un espejo para el presente. Leer El mundo de ayer en el siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica. Es una advertencia. Zweig describe con precisión los mecanismos mediante los cuales una sociedad cultivada puede deslizarse hacia la intolerancia, el autoritarismo y la violencia. La rapidez del derrumbe —apenas una década separa la República de Weimar del Tercer Reich— interpela directamente a cualquier lector que viva en una democracia y crea que los avances civilizatorios son irreversibles. 

La escritura de Zweig es al mismo tiempo elegante y urgente, íntima y universal. Su mirada sobre Europa —una mirada que amó ese continente con la intensidad de quien lo perdió todo— convierte este libro en una de las grandes obras de la literatura del siglo XX y en una lectura imprescindible para quien quiera entender cómo el odio organizado puede arrasar en pocos años lo que tardó generaciones en construirse. 

Adiós a Edgar Morin, conciencia crítica de un siglo

Hoy dedicamos este obituario a Edgar Morin, o la imposible tarea de vivir solo un siglo. El 29 de mayo de 2026 falleció en París Edgar Morin a los 104 años, cerrando una de las trayectorias intelectuales más influyentes del siglo XX y los albores del XXI. Con él desaparece algo más que un filósofo o un sociólogo: se apaga la voz de quien acaso mejor encarnó la vocación de comprender el mundo en su irreductible complejidad.

Nacido con el nombre de Edgar Nahoum en el seno de una familia judía sefardí, Edgar Morin (otros posts) se formó como sociólogo, aunque prefería definirse a sí mismo como un "humanólogo", fusionando filosofía, psicología, etnografía y biología para intentar comprender la naturaleza de la humanidad. Esa negativa a quedarse en un solo campo del saber no era capricho intelectual sino imperativo ético: el mundo, creía, no se deja apresar por ninguna disciplina aislada.

Su biografía personal es, en sí misma, un compendio del siglo más violento de la historia europea. Pacifista y activista antifascista ya en los años treinta, fue miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi y participó en el Partido Comunista Francés hasta su expulsión disidente. Más tarde se opuso a la guerra de Argelia. La coherencia entre pensamiento y acción, tan rara en el mundo intelectual, fue en Morin una constante de décadas. A sus 102 años alzó aún su voz para denunciar lo que consideraba la masacre del pueblo palestino en Gaza, convocando a una "nueva resistencia" que tomara partido por Eros —la potencia creadora— frente a Pólemos y Tánatos, la guerra y las pulsiones de muerte.

Su contribución teórica central, el llamado pensamiento complejo, es una de las grandes apuestas epistemológicas de la segunda mitad del siglo XX. Frente a la especialización creciente del conocimiento científico —que Morin identificaba con una forma de barbarie cognitiva—, propuso una racionalidad capaz de articular contradicciones, asumir la incertidumbre y dialogar entre saberes. Su monumental obra El Método, en seis volúmenes, es la arquitectura más ambiciosa de ese proyecto. No pretendía dar respuestas definitivas, sino enseñar a formular mejores preguntas.

En el ámbito educativo, su influencia fue igualmente profunda. Su ensayo Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999, sigue siendo un texto de referencia inevitable. Allí argumentaba que la escuela enseña saberes parcelados pero no enseña a vivir, ni a afrontar la incertidumbre, ni a comprenderse como ciudadanos de una tierra común. La educación, para Morin, debía formar seres humanos capaces de pensar su condición planetaria: una tarea que, décadas después, sigue pendiente con la misma urgencia.

Fuera del ámbito estrictamente académico, Morin también dejó huella en el cine documental: en 1961 codirigió junto a Jean Rouch Chronique d'un été, considerada una obra clave del llamado cinéma vérité. Ese gesto —descender del púlpito filosófico para escuchar la voz de la gente en la calle— era coherente con toda su antropología.

El presidente Emmanuel Macron lo calificó como el "pensador del siglo", mientras que el expresidente François Hollande destacó que Morin dejaba "las llaves para la comprensión de la evolución humana". Son homenajes merecidos, aunque Morin habría sido el primero en advertir que ninguna llave abre todas las puertas, y que la complejidad de lo humano siempre desborda a quien pretende comprenderla del todo.

Queda su obra. Queda su ejemplo de intelectual comprometido que nunca confundió el compromiso con el dogmatismo. Queda, sobre todo, esa pregunta que atraviesa toda su escritura y que él encarnó con una longevidad casi inverosímil: ¿cómo aprender a vivir con la incertidumbre sin rendirse ante ella? A los 104 años, Edgar Morin no respondió esa pregunta. Simplemente la vivió.

Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre

Los impuestos son el precio justo de convivir juntos, no son un castigo, son una conquista histórica. Pagar impuestos es el acto más solidario que existe, pero esta palabra maldita es precisamente la que sostiene nuestra civilización. Existe una paradoja lingüística de enorme consecuencia política: la palabra impuesto lleva inscrita, en su propia etimología, una carga de imposición, de coacción, de algo que se nos hace contra nuestra voluntad. 

Y esa trampa semántica ha sido el mayor regalo que la historia le ha dado a quienes desean desmantelar el Estado del bienestar. Porque si logramos convencer a la ciudadanía de que los impuestos son una agresión, habremos ganado la batalla ideológica sin necesidad de argumentos. Hay que decirlo con claridad: lo peor de los impuestos es su nombre. Todo lo demás son virtudes.

La contribución como fundamento civilizatorio. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la caridad individual ni sobre la benevolencia espontánea del mercado. Se construyeron sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo: carreteras, ejércitos, hospitales, escuelas, sistemas judiciales, redes de agua potable. Lo que hoy llamamos impuestos fue, durante milenios, la condición de posibilidad de cualquier vida organizada en común. 

John Rawls nos enseñó que una sociedad justa es aquella que elegiríamos diseñar sin saber qué posición ocuparíamos en ella. Nadie, bajo ese velo de ignorancia, elegiría un mundo sin sanidad pública, sin educación universal, sin pensiones dignas. Y sin embargo, ese mundo sin impuestos es exactamente lo que nos promete el populismo de derechas cuando agita el fantasma del "robo fiscal". 

El asedio al contrato social. En la última década, hemos asistido a un resurgimiento de discursos que, bajo una pátina de libertad individual, agitan la impopularidad del tributo para erosionar los pilares del Estado del bienestar. Estas corrientes, a menudo situadas en la ultraderecha o el libertarismo radical, presentan al Estado como un ente extractivo y al ciudadano como una víctima de "expolio".


Sin embargo, como estudiosos y ciudadanos, debemos ser claros: la fiscalidad no es un robo, es el precio de la libertad. No existe mercado libre sin seguridad jurídica, ni innovación privada sin una base de educación pública, ni paz social sin una red de seguridad que amortigüe la caída de los más vulnerables. La retórica anti-impuestos no busca "liberar" al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo de redistribución que garantiza la igualdad de oportunidades.


Ética, justicia y el valor de lo público. Desde una perspectiva ética, los impuestos representan la materialización de la solidaridad orgánica. Los impuestos son la herramienta técnica que hace posible esa visión ética. Permiten que: • La sanidad no sea un privilegio de cuenta corriente, sino un derecho humano. • La educación actúe como ascensor social, rompiendo el determinismo de la herencia. • La infraestructura común facilite el desarrollo económico de las regiones periféricas. Sin una base fiscal sólida, la meritocracia es un mito; se convierte simplemente en la perpetuación de la ventaja de quienes ya lo tienen todo.


El rentismo moral de la ultraderecha, que odia los impuestos porque odia lo común. La retórica ultraliberal y ultraderechista sobre los impuestos descansa en una ficción antropológica: la del individuo soberano que ha generado su riqueza en soledad, sin infraestructuras públicas, sin trabajadores formados por escuelas financiadas colectivamente, sin contratos protegidos por jueces pagados con fondos comunes. Esa ficción es, intelectualmente, insostenible. Toda fortuna privada es, en parte, una deuda con lo público.

Adam Smith —ese clásico liberal que los neoliberales citan sin haberlo leído— fue perfectamente consciente de que los mercados requieren instituciones sólidas para no degenerar en monopolios, fraudes y depredación. Los impuestos no son el enemigo del mercado; son su condición de supervivencia.

Hay una dimensión ética que con frecuencia se olvida en el debate fiscal. Pagar impuestos progresivos —más quien más tiene— no es solo una política redistributiva eficiente: es un acto moral. Es reconocer que la suerte, la herencia y el capital acumulado no confieren títulos absolutos sobre la riqueza, sino que esta está social y políticamente mediada desde su origen.

Y hay, también, una dimensión democrática irrenunciable. Las democracias liberales necesitan Estados capaces de actuar con autonomía frente a los poderes privados. Un Estado sin recursos fiscales suficientes es un Estado capturado: por las corporaciones, por los mercados financieros, por los donantes de campaña. La evasión fiscal masiva y la competencia fiscal entre países no son sólo problemas económicos; son amenazas directas a la soberanía popular.

Recuperar las palabras. Quizá la tarea más urgente sea, paradójicamente, lingüística. Necesitamos rescatar la dignidad semántica de lo fiscal. Hablar de contribución solidaria, de inversión común, de pacto de civilización. No porque las palabras cambien la realidad, sino porque la realidad que queremos construir necesita palabras que la hagan deseable.

Los países con mayor bienestar, menor desigualdad y democracias más robustas —los escandinavos a la cabeza, pero no solo ellos— son también los que tienen presiones fiscales más elevadas y ciudadanías más convencidas de su legitimidad. No es una coincidencia. Es una lección que podríamos aprender, si dejáramos de escuchar a quienes confunden el precio de la civilización con un robo. Los impuestos son lo que pagamos por no vivir solos.