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Lo peor de los impuestos es, precisamente, su nombre

Los impuestos son el precio justo de convivir juntos, no son un castigo, son una conquista histórica. Pagar impuestos es el acto más solidario que existe, pero esta palabra maldita es precisamente la que sostiene nuestra civilización. Existe una paradoja lingüística de enorme consecuencia política: la palabra impuesto lleva inscrita, en su propia etimología, una carga de imposición, de coacción, de algo que se nos hace contra nuestra voluntad. 

Y esa trampa semántica ha sido el mayor regalo que la historia le ha dado a quienes desean desmantelar el Estado del bienestar. Porque si logramos convencer a la ciudadanía de que los impuestos son una agresión, habremos ganado la batalla ideológica sin necesidad de argumentos. Hay que decirlo con claridad: lo peor de los impuestos es su nombre. Todo lo demás son virtudes.

La contribución como fundamento civilizatorio. Las grandes civilizaciones no se construyeron sobre la caridad individual ni sobre la benevolencia espontánea del mercado. Se construyeron sobre acuerdos colectivos para financiar lo que ningún individuo puede costear solo: carreteras, ejércitos, hospitales, escuelas, sistemas judiciales, redes de agua potable. Lo que hoy llamamos impuestos fue, durante milenios, la condición de posibilidad de cualquier vida organizada en común. 

John Rawls nos enseñó que una sociedad justa es aquella que elegiríamos diseñar sin saber qué posición ocuparíamos en ella. Nadie, bajo ese velo de ignorancia, elegiría un mundo sin sanidad pública, sin educación universal, sin pensiones dignas. Y sin embargo, ese mundo sin impuestos es exactamente lo que nos promete el populismo de derechas cuando agita el fantasma del "robo fiscal". 

El asedio al contrato socialEn la última década, hemos asistido a un resurgimiento de discursos que, bajo una pátina de libertad individual, agitan la impopularidad del tributo para erosionar los pilares del Estado del bienestar. Estas corrientes, a menudo situadas en la ultraderecha o el libertarismo radical, presentan al Estado como un ente extractivo y al ciudadano como una víctima de "expolio".


Sin embargo, como estudiosos y ciudadanos, debemos ser claros: la fiscalidad no es un robo, es el precio de la libertad. No existe mercado libre sin seguridad jurídica, ni innovación privada sin una base de educación pública, ni paz social sin una red de seguridad que amortigüe la caída de los más vulnerables. La retórica anti-impuestos no busca "liberar" al ciudadano, sino desmantelar el mecanismo de redistribución que garantiza la igualdad de oportunidades.


Ética, justicia y el valor de lo públicoDesde una perspectiva ética, los impuestos representan la materialización de la solidaridad orgánica. Los impuestos son la herramienta técnica que hace posible esa visión ética. Permiten que: • La sanidad no sea un privilegio de cuenta corriente, sino un derecho humano. • La educación actúe como ascensor social, rompiendo el determinismo de la herencia. • La infraestructura común facilite el desarrollo económico de las regiones periféricas. Sin una base fiscal sólida, la meritocracia es un mito; se convierte simplemente en la perpetuación de la ventaja de quienes ya lo tienen todo.


El rentismo moral de la ultraderecha, que odia los impuestos porque odia lo común. La retórica ultraliberal y ultraderechista sobre los impuestos descansa en una ficción antropológica: la del individuo soberano que ha generado su riqueza en soledad, sin infraestructuras públicas, sin trabajadores formados por escuelas financiadas colectivamente, sin contratos protegidos por jueces pagados con fondos comunes. Esa ficción es, intelectualmente, insostenible. Toda fortuna privada es, en parte, una deuda con lo público.

Adam Smith —ese clásico liberal que los neoliberales citan sin haberlo leído— fue perfectamente consciente de que los mercados requieren instituciones sólidas para no degenerar en monopolios, fraudes y depredación. Los impuestos no son el enemigo del mercado; son su condición de supervivencia.

Hay una dimensión ética que con frecuencia se olvida en el debate fiscal. Pagar impuestos progresivos —más quien más tiene— no es solo una política redistributiva eficiente: es un acto moral. Es reconocer que la suerte, la herencia y el capital acumulado no confieren títulos absolutos sobre la riqueza, sino que esta está social y políticamente mediada desde su origen.

Y hay, también, una dimensión democrática irrenunciable. Las democracias liberales necesitan Estados capaces de actuar con autonomía frente a los poderes privados. Un Estado sin recursos fiscales suficientes es un Estado capturado: por las corporaciones, por los mercados financieros, por los donantes de campaña. La evasión fiscal masiva y la competencia fiscal entre países no son sólo problemas económicos; son amenazas directas a la soberanía popular.

Recuperar las palabras. Quizá la tarea más urgente sea, paradójicamente, lingüística. Necesitamos rescatar la dignidad semántica de lo fiscal. Hablar de contribución solidaria, de inversión común, de pacto de civilización. No porque las palabras cambien la realidad, sino porque la realidad que queremos construir necesita palabras que la hagan deseable.

Los países con mayor bienestar, menor desigualdad y democracias más robustas —los escandinavos a la cabeza, pero no solo ellos— son también los que tienen presiones fiscales más elevadas y ciudadanías más convencidas de su legitimidad. No es una coincidencia. Es una lección que podríamos aprender, si dejáramos de escuchar a quienes confunden el precio de la civilización con un robo. Los impuestos son lo que pagamos por no vivir solos.

Señales del fascismo que Umberto Eco identificó en 1995

Humberto Eco (posts previos) lo advirtió hace más de 30 años: el fascismo eterno regresa con traje nuevo y discurso antiguo, y nos enseñó a reconocerlo entre nosotros. En 1995, con motivo del cincuentenario de la liberación italiana, Umberto Eco pronunció en la Universidad de Columbia una conferencia que el tiempo ha convertido en texto de referencia ineludible. Su título, Ur-Fascismo —fascismo originario, primordial, eterno—, contenía ya una tesis provocadora: el fascismo no fue un episodio histórico clausurado en Nuremberg o en Piazzale Loreto. Es una condición latente, un conjunto de rasgos que pueden reaparecer combinados de distintas formas, adaptados a cualquier latitud y cualquier época. 

Humberto Eco sabía de lo que hablaba. De niño había respirado el aire del régimen mussoliniano, y esa experiencia biográfica confería a su análisis una densidad que la mera erudición académica no puede fabricar. El semiólogo boloñés no construyó una definición cerrada del fascismo —empresa que él mismo consideraba imposible, dada la naturaleza contradictoria del fenómeno— sino una lista de 14 rasgos o síntomas, suficiente cualquiera de ellos para diagnosticar la presencia del virus.
  1. El culto a la tradición: Rechazo a la modernidad y aceptación de un sincretismo cultural que combina creencias contradictorias, bajo la premisa de que "todo lo verdadero ya ha sido dicho". El Ur-Fascismo nace de una nostalgia irracional hacia un pasado mítico, idílico y amenazado. 
  2. El rechazo al modernismo: Del anterior punto deriva el rechazo a la modernidad: la ciencia, la crítica, el pensamiento complejo son peligrosos porque disuelven certezas. La Ilustración y la razón crítica son vistas como el principio de la depravación moderna, fomentando un pensamiento antiliberal.
  3. El culto a la acción por la acción: La acción se valora por sí misma, sin necesidad de reflexión previa. Pensar es visto como una forma de emasculación o debilidad. 
  4. El desacuerdo es traición: No se tolera el espíritu crítico, el cual opera distinciones. El desacuerdo es visto como un ataque directo a la nación o al movimiento. No resulta casual que el desacuerdo interno, la matización intelectual, sean vividos como una forma de deslealtad. El movimiento fascista impone unanimidad.
  5. Miedo a la diferencia: El fascismo es racista por definición, naciendo del miedo contra los intrusos y el "otro". Eco subrayaba con especial énfasis el miedo a la diferencia: La otredad —el extranjero, el judío, el inmigrante, el disidente— es siempre el origen del mal. Este racismo puede revestirse de argumentos culturalistas o identitarios, pero su lógica profunda es idéntica. 
  6. Apelación a la frustración social: Búsqueda del apoyo de una clase media frustrada, temerosa de crisis económicas o humillaciones políticas. Conectada con este miedo al extraño está la apelación a una clase media malograda, que ha perdido identidad económica o social y busca algún chivo expiatorio antes que un análisis estructural de su situación. 
  7. La obsesión por una conspiración: Se promueve la idea de que la nación está bajo asedio, ya sea por enemigos internos o externos (frecuentemente apelando a prejuicios antisemitas o nacionalistas).
  8. El enemigo es a la vez fuerte y débil: Los seguidores deben sentir que están sitiados, pero también que pueden vencer al enemigo porque este es simultáneamente demasiado poderoso y peligrosamente débil. El fascismo eterno necesita también un enemigo a la vez poderoso y débil. Fuerte para justificar la movilización permanente; endeble para que la victoria sea posible y el héroe resulte plausible. La contradicción no incomoda al pensamiento iletrado y mágico. 
  9. El pacifismo es colaboración con el enemigo: La vida se concibe como una lucha constante, por lo que la búsqueda de la paz es una traición. Ligado a lo anterior aparece el concepto de guerra como estado natural: la paz es sospechosa, la convivencia es cobardía, la diplomacia es rendición.
  10. Desprecio por los débiles: Un elitismo popular en el que todo ciudadano pertenece al "mejor pueblo del mundo", despreciando a todos los demás que son considerados inferiores.
  11. Culto a la muerte y el heroísmo: Al ser la vida una lucha, se educa a los ciudadanos para ser héroes y morir por la patria, a menudo minimizando el valor de la vida individual.
  12. Machismo y armas: Elevación de la masculinidad agresiva, con desdén por las mujeres y condena de comportamientos sexuales no convencionales, desde la castidad hasta la homosexualidad. Y puesto que también el sexo es un juego difícil de jugar, el héroe Ur-Fascista juega con las armas, que son su Ersatz 8sucedáneo) fálico: sus juegos de guerra se deben a una invidia penis permanente.  
  13. Populismo selectivo: Se asume que existe una "voluntad común del pueblo" que el líder interpreta. Esto lleva al desprecio por los parlamentos o instituciones democráticas al considerar que no representan al "verdadero" pueblo. Quizá el rasgo más perturbador para las democracias contemporáneas sea el que Eco denominó democracia cualitativa versus democracia cuantitativa. El Ur-Fascismo desprecia los parlamentos, los procedimientos, las mayorías contadas. Postula en su lugar una voluntad popular mítica —el pueblo, la nación, la raza— que el líder encarna y expresa sin necesidad de mediación institucional. El líder no representa al pueblo: es el pueblo.
  14. El uso de la "neolengua": Se utiliza un vocabulario limitado y frases hechas para reducir la capacidad de pensamiento crítico.

La actualidad de estas catorce señales del Ur-Fascismo resulta difícil de ignorar. En distintos países y bajo distintas banderas, asistimos al culto al líder carismático, al desprecio por la prensa libre, a la militarización del lenguaje político, a la construcción permanente de enemigos internos. Eco no pretendía profetizar: pretendía enseñarnos a leer. 

Ésa es quizá su lección más duradera. No es necesario que un régimen exhiba los rasgos restantes para que uno solo baste como señal de alarma. El fascismo eterno no llega siempre en uniforme. A veces llega con una sonrisa, con una promesa de grandeza recuperada, con el lenguaje de la víctima que aspira a convertirse en verdugo. Leer a Humberto Eco hoy no es un ejercicio de nostalgia intelectual. Es, sencillamente, higiene cívica.

Los miserables: La novela total de Victor Hugo

Hoy repasamos "Los miserables", una novela que sigue actual, porque es un paradigma de cuando la literatura se convierte en conciencia ética. Hay libros que pertenecen a su época y libros que pertenecen a la eternidad. Los miserables (1862), de Victor Hugo, es inequívocamente de los segundos. Novela, alegato, catedral narrativa, documento histórico y tratado moral a la vez, esta obra monumental sigue interpelando al lector contemporáneo con una urgencia que no ha perdido un gramo de su vigencia original.

Victor Hugo: el hombre que fue más grande que sus libros. Victor Hugo nació en Besanzón el 26 de febrero de 1802, hijo de un general napoleónico y una madre de convicciones realistas y católicas. Esa tensión de origen —entre el orden establecido y la rebeldía íntima— atravesaría toda su existencia. Poeta prodigio, dramaturgo revolucionario con Hernani (1830), novelista de primer orden con Notre-Dame de París (1831), fue también diputado, par de Francia y, finalmente, exiliado político. Cuando Napoleón III dio su golpe de Estado en 1851, Hugo abandonó Francia y no regresó hasta la caída del Imperio, en 1870. Vivió en Jersey y en Guernesey, donde escribió gran parte de su obra mayor. Murió en París el 22 de mayo de 1885. Su funeral congregó a más de dos millones de personas. Pocos escritores han sido tan llorados y tan leídos en vida.

La novela y su arquitectura moral. Los miserables narra la historia de Jean Valjean, un exconvicto que cumplió diecinueve años de prisión por robar un pan para alimentar a sus sobrinos hambrientos. Liberado, marcado por el estigma social, Valjean se cruza con el obispo Myriel, cuya generosidad inaudita —le regala los candelabros de plata que él mismo era lo único que no le había robado— desencadena una transformación moral que es el verdadero motor de la novela. Frente a él, el inspector Javert: la ley encarnada en un hombre que jamás concibe la posibilidad de la redención.

Hugo construye una galería de personajes que funcionan como arquetipos sin perder nunca su humanidad concreta: la desgraciada Fantine, la pequeña Cosette, el pícaro y entrañable Gavroche, el estudiante Enjolras. Cada uno porta una fracción de la miseria —económica, social, moral— que el autor quiere radiografiar. La acción transcurre entre la batalla de Waterloo (1815) y las barricadas de la insurrección de junio de 1832, un arco histórico que Hugo utiliza para examinar la fragilidad de las promesas de la Revolución francesa.

Lo que hace grande a esta novela. La grandeza de Los miserables no reside únicamente en su arquitectura narrativa, sino en la pregunta que formula y que permanece sin respuesta satisfactoria: ¿puede una sociedad llamarse justa cuando condena a sus miembros más vulnerables por los efectos de su propia desigualdad? Hugo no es un revolucionario en sentido estricto; es algo más incómodo: un humanista que exige coherencia. No pide que caiga el orden, pide que el orden sea digno de su nombre.

La novela fue un fenómeno editorial inmediato. Traducida a docenas de lenguas, adaptada al teatro, al cine y a la escena musical, Los miserables ha sobrevivido a todas las formas de consumo cultural sin agotarse en ninguna. Cada generación la relee y encuentra en ella su propio retrato.

Una obra que sigue siendo necesaria. En un tiempo en que la desigualdad vuelve a colonizar el debate público y la cuestión de la dignidad humana se plantea con renovada urgencia, Los miserables no es un clásico polvoriento sino un texto activo. Leer a Hugo hoy es reconocer que las preguntas esenciales no cambian, solo cambian los nombres de quienes las padecen. Jean Valjean sigue caminando por alguna parte.

@ygarciacorpas Qué bonito es lo bonito!! #LosMiserables #BookTok #EduTok #TikTokCampaign #TikTokLearningCampaign ♬ sonido original - YGarciaCorpas

Hay 3 tipos de personas: Quienes saben contar y quienes no

Ya estamos, por desgracia absoluta, acostumbrados a escuchar barbaridades a determinados líderes políticos, aunque cuenten con el máximo poder militar en el mundo. Niegan la ciencia, reniegan de la ética humanitaria más elemental, pero cuando su prepotencia e incultura rodeada de nepotismo complaciente llegan a la torpeza de mostrar su incapacidad matemática para superar la educación primaria, hay que decir basta. Hasta aquí hemos llegado con un nuevo negacionismo aritmético.

Esto ha sucedido con el desatino de los porcentajes de rebaja del 600%  que han comunicado al mundo el Presidente Trump y su Secretario de Salud y Servicios Humanos Robert F. Kennedy Jr. Para estos mentecatos "dirigentes" y, sobre todo para los millones de zopencos que les votan, vamos a recordar cómo se calculan los porcentajes de descuentos:

Pasar de 600 dólares a 10 dólares significa una reducción de 590 dólares. Dividiendo 590 entre 600, el resultado es 0,9833. En porcentaje sobre cien, sería 98,33%. La bajada máxima no puede superar el 100%, que sería hacer gratuito algo. Por tanto, cualquier escolar sabe que una rebaja no pasa nunca del cien por ciento. 

Esto también trae a colación que la principal diferencia radica en que la ignorancia es la falta de conocimiento (un vacío corregible mediante el aprendizaje), mientras que la estupidez es la incapacidad o negativa a utilizar la inteligencia y la razón, a menudo persistiendo en el error a pesar de la evidencia. La ignorancia es no saber, la estupidez es no querer comprender o razonar. Todos somos ignorantes en algunas materias, pero no caigamos en la estupidez de creer en ruedas de molino porque lo digan personajes que debieran cuidar sus expresiones y corregirse cuando se equivoquen.  

El espejismo vacuo de la longevidad obsesiva

Hemos escrito mucho sobre longevidad (centenares de posts). Pero hoy revisamos nuestro interés al respecto. En la última década, hemos pasado de buscar la salud a perseguir la inmortalidad técnica. Lo que antes era medicina preventiva se ha transformado, impulsado por el big tech de Silicon Valley, en una suerte de religión secular: el "biohacking" de la longevidad. Sin embargo, desde una perspectiva humanista, esta obsesión no solo es biológicamente ambiciosa, sino filosóficamente empobrecedora. Estudiar la extensión de la vida como un fin absoluto conlleva riesgos que erosionan la propia esencia de lo que significa ser humano.

La finitud como condición de posibilidadDesde la fenomenología de Martin Heidegger, entendemos al ser humano como un Dasein o "ser-para-la-muerte". Esta no es una visión lúgubre, sino una advertencia ontológica: la conciencia de nuestro final es lo que otorga urgencia, valor y estructura a nuestras decisiones. Si eliminamos el horizonte del fin, la elección pierde su peso. En una vida potencialmente infinita, la procrastinación se convierte en el estado natural. El arte, la ética y el compromiso requieren de la brevedad para florecer; la belleza de una sinfonía reside, precisamente, en que sus notas deben cesar para que la obra sea completa. 

La trampa de la "gerontocracia" y el estancamiento social. Desde la sociología y la política, una sociedad obsesionada con no envejecer corre el riesgo de convertirse en un sistema cerrado. El progreso humano ha dependido históricamente del relevo generacional. Thomas Kuhn señalaba que la ciencia avanza "funeral a funeral", permitiendo que nuevos paradigmas sustituyan a los dogmas establecidos. Una población que se aferra indefinidamente a la vida —y por ende, al poder y a los recursos— bloquearía la circulación de nuevas ideas, condenándonos a un inmovilismo cultural y político donde la innovación sería asfixiada por la experiencia acumulada de siglos.

La literatura como advertencia: El síndrome de TitonoLa literatura universal ha explorado esta ambición con cautela. El mito griego de Titono, quien obtuvo la inmortalidad pero no la eterna juventud, sirve como metáfora de nuestra fragilidad. Basado en la historia griega donde Eos (o Aurora) pide la inmortalidad para su amado príncipe Titono, pero olvida pedir la juventud eterna, resultando en un envejecimiento y deterioro infinito. El síndrome de Titono (o Tithonus syndrome) es un concepto médico y bioético, descrito por Neil Skolnik en 2016, que se refiere a la obstinación terapéutica por parte de familiares que buscan mantener con vida a un ser querido deteriorado e irreversible, impulsados por el amor y el miedo a la pérdida, convirtiendo la supervivencia en un sufrimiento. 

En Los viajes de Gulliver, Jonathan Swift nos presenta a los struldbrugs, seres inmortales que, lejos de ser sabios, son infelices y decrépitos. La obsesión actual ignora a menudo que la longevidad técnica no garantiza la vitalidad del espíritu. Podemos alargar el proceso biológico, pero no necesariamente la capacidad de asombro o la plasticidad cognitiva.

La mercantilización de la existencia. En el ámbito educativo y ético, la "industria de la longevidad" promueve una visión del cuerpo como una máquina que debe ser optimizada. Esta perspectiva reduce la vida a una métrica: niveles de glucosa, horas de sueño profundo y conteo de antioxidantes. Al convertir la salud en una obsesión de control, el individuo deja de "vivir" para dedicarse a "mantenerse". El miedo a la decadencia sustituye al amor por la experiencia, y la vida se convierte en una preparación perpetua para un futuro que nunca llega.

La medicina debe buscar el alivio del sufrimiento y la plenitud funcional, pero la obsesión por la longevidad extrema es una huida de la contingencia humana. Una vida auténticamente lograda no se mide por su duración en el cronómetro, sino por la intensidad de sus vínculos y la profundidad de su propósito. Como bien sugirió Séneca: "La vida es larga si sabes cómo usarla". Quizás el mayor reto educativo de nuestro siglo no sea aprender a vivir más, sino recordar cómo vivir con sentido dentro de los límites que nos definen.

@kaizzeroficial Parte 48 | Detrás del mito. ¡Hola, familia Kaizzeriana! 😎👑 ¿Sabías que...? • Eos es la diosa griega del amanecer, emergiendo cada día con un resplandor dorado. • Su amor por Titono fue tan fuerte que pidió su inmortalidad, olvidando la eterna juventud. • Titono se transformó en cigarra, cantando tristemente al atardecer. ¿Qué piensan de esta historia de amor inmortal? 💬 . . . . #MitologíaGriega #Eos #Amanecer #Titono #Cigarra #HistoriaMitológica #AmorEterno #kaizzer ♬ Fun In The Sun - Damon Hurts