En Getxo, la música no es solo un adorno cultural: es una forma de tejer comunidad. Desde 2004, cuando el departamento de viento de la Escuela de Música Andrés Isasi reunió a profesorado y alumnado con ganas de tocar juntos, hasta la constitución formal de la asociación el 15 de septiembre de 2015, Musikalia (Getxoko Andrés Isasi Musikalia Elkartea) ha recorrido un camino que ilustra bien cómo el folclore, la pedagogía y la creación musical pueden reforzarse mutuamente.
Lo que empezó como tres conciertos anuales se ha convertido en un programa variado: colaboraciones con el grupo de folk Oskorri, el espectáculo bertso-trikitixa "BertsoTrikiBand", el homenaje a Nino Bravo junto a Serafín Zubiri, o las sesiones dedicadas al barbershop con The Hanfris Quartet. A ello se suman los conciertos pedagógicos sobre bandas sonoras de cine, pensados para acercar la música a las escuelas, y la presencia constante en citas como la Korrika, el recorrido bienal a favor del euskera.
Ese recorrido —de aula a plaza, de partitura a fiesta popular— resume una idea que late en buena parte del pensamiento sobre la cultura vasca: la identidad no se hereda pasivamente, se construye y se interpreta, casi siempre en compañía. Una banda de pueblo, en ese sentido, funciona como laboratorio de convivencia: allí conviven el rigor técnico del conservatorio y la espontaneidad de la fiesta, el repertorio clásico y la canción tradicional, el euskera cotidiano y la partitura escrita.
Asociaciones como Musikaliasostienen, con recursos modestos, una infraestructura cultural que rara vez ocupa titulares: el ensayo semanal, el concierto de Navidad, la actuación en la fiesta del barrio. Es ahí, en esa persistencia discreta, donde se juega buena parte del futuro del folclore y la educación musical en el País Vasco.
Vale la pena seguirle la pista: asistir, en los próximos dos años, a un concierto pedagógico de Musikalia; comprobar en cinco si amplía su presencia en los centros escolares de Getxo; y observar en diez si este modelo de banda-asociación se replica en otros municipios vascos como forma de sostener el folclore y la educación musical de base. Un saludo especial a nuestro amigo Borja del Río que nos reconoció en un descanso.
🎶 ¿Sabías que una banda escolar de Getxo lleva 20 años tejiendo comunidad a través de la música? https://t.co/qfUhJRqqUP Musikalia nació en 2004 en la Escuela Andrés Isasi y se convirtió en asociación en 2015: folk con Oskorri, homenaje a Nino Bravo, barbershop, conciertos… pic.twitter.com/biYHStbyMN
Concluimos nuestra crónica de Getxo Folk 2026 con otros dos eventos. Elizabeth Davidson-Blythe & Daniel Quayle forman un dúo de referencia en la interpretación y difusión de la Isla de Man, que combinan con sonidos de synthpop y eurofolk. Con una sólida trayectoria internacional, ambos artistas destacan por su extraordinaria calidad interpretativa y por una propuesta que combina el respeto por la tradición con una sensibilidad contemporánea.
Sus conciertos son un viaje por las melodías, canciones y danzas del patrimonio celta, interpretadas con autenticidad, elegancia y una profunda conexión con sus raíces. Sobre el escenario, la complicidad entre ambos da lugar a una experiencia musical cercana y cautivadora. La calidez de sus voces, el virtuosismo instrumental y la riqueza de sus arreglos crean un repertorio lleno de matices que acerca al público la esencia de la música tradicional de Escocia, Inglaterra y la Isla de Man. Cada actuación se convierte en un encuentro íntimo y emocionante, donde la tradición cobra nueva vida a través de la interpretación de dos de sus más destacados embajadores.
En el anfiteatro, sobre todo los más pequeños han disfrutado de Sonarium. Se trata de una instalación de experimentación sensorial que invita al público a descubrir el sonido desde una perspectiva lúdica, inmersiva y participativa. Concebida como un espacio de exploración, la propuesta transforma la escucha en una experiencia activa, donde la curiosidad y la interacción son las protagonistas. A través de diferentes dispositivos sonoros y elementos interactivos, Sonarium anima a experimentar con las vibraciones, los ritmos y las resonancias, despertando los sentidos y fomentando la creatividad. Dirigida a públicos de todas las edades, la instalación convierte cada recorrido en una oportunidad para jugar, aprender y redescubrir el sonido como una herramienta de expresión, comunicación y asombro.
El cierre del 42.º Festival Internacional de Folk de Getxo, celebrado este domingo 13 de septiembre en la Plaza Estación de Las Arenas, ha correspondido a una de las voces más personales del panorama flamenco actual: La Jose. A las 18:30, tras el desfile de la fanfarria Kutxus Areatxu y como preludio del emotivo homenaje a Xalbador con el que el certamen bajaba el telón, la cantante granadina ofreció un concierto gratuito que sintetiza, quizá mejor que ningún otro de esta edición, la vocación de frontera que define al festival vizcaíno desde hace más de cuatro décadas.
Nacida en Granada, La Jose —cantaora, compositora, bailarina autodidacta y letrista— construye su identidad artística desde una herencia doblemente mestiza: hija de una madre paya aficionada al baile y de un padre gitano entregado al cante más puro, ha hecho de ese cruce el eje de una voz versátil, capaz de transitar sin estridencias entre el flamenco, la copla y el folclore ibérico. Su carrera, iniciada en los tablaos granadinos antes de proyectarse por Madrid y por escenarios de media Europa —Gran Bretaña, Portugal, Francia, Italia, Bosnia, Macedonia, Alemania— y de países tan alejados como Colombia o Cuba, fue decantándose hacia un lenguaje propio a partir de un primer disco, Espiral, en el que ya apuntaba la madurez interpretativa que hoy la distingue.
Lo más singular de su propuesta, sin embargo, no reside solo en la mezcla de géneros peninsulares, sino en su disposición a cruzar fronteras culturales más amplias. Proyectos como Leilunar, en los que la guitarra flamenca convive con el oud, la flauta egipcia o la darbuka, sitúan a La Jose en un territorio donde la cultura gitana andaluza dialoga con la árabe y la magrebí, bajo la convicción, explícita en su discurso escénico, de que la música carece de fronteras y de que son los puntos de encuentro, y no las fronteras, los que finalmente pesan en la balanza. A ese compromiso intercultural se suma una conciencia feminista declarada, que atraviesa tanto sus letras como su manera de ocupar el escenario: una puesta en escena intensa y narrativa que reivindica una autoría femenina dentro de una tradición, la del cante flamenco, codificada históricamente en clave masculina.
Conviene situar esta actuación en el marco más amplio de una edición del Getxo Folk que ha vuelto a demostrar que el folk, lejos de ser un género fósil, funciona como espacio de tránsito entre lo propio y lo ajeno. Junto a La Jose, esta 42.ª edición ha reunido en Muxikebarri, en Las Arenas y en el entorno de la playa de Ereaga a figuras como la fadista portuguesa Dulce Pontes, la histórica banda bretona Gwendal o el conjunto irlandés Flook, además de proyectos que, como la colaboración entre Xabi Aburruzaga, Xabier Díaz y Adufeiras de Salitre, tienden puentes entre Euskadi y Galicia. Es la misma lógica que, aplicada al caso de La Jose, permite entender el flamenco no como un patrimonio cerrado sino como una tradición viva que, igual que el bertsolarismo homenajeado en la clausura, se piensa a sí misma en relación con su circunstancia, por retomar la conocida fórmula orteguiana: cada intérprete es, también, el resultado de las culturas que lo atraviesan y lo constituyen.
Con actuaciones como la de este domingo, el Getxo Folk reafirma su condición de escaparate de músicas de raíz leídas desde una sensibilidad contemporánea y comprometida, y confirma, edición tras edición, que la mejor manera de honrar una tradición no consiste en preservarla intacta, sino en dejarla respirar y transformarse en contacto con otras.
Otro exponente de la tradición sonora, Marsa Scouts Pipe Banden el festival Getxo Folk. La música de tradición oral y las formaciones populares constituyen un archivo vivo de la memoria colectiva, capaz de reconfigurar identidades locales mediante la incorporación de influencias transnacionales. La participación de la Marsa Scouts Pipe Band de Malta en el certamen Getxo Folk ofrece un marco de análisis idóneo para examinar la intersección entre patrimonio sonoro, herencia colonial y pedagogía juvenil. La presencia de una banda de gaitas de corte escocés procedente del centro del Mediterráneo en un festival de referencia atlántica trasciende la mera curiosidad organológica; plantea interrogantes pertinentes sobre la circulación de los géneros musicales y la función integradora de las asociaciones juveniles en la Europa contemporánea.
El fenómeno de las pipe bands en el archipiélago maltés hunde sus raíces en el periodo de dominación británica (1800-1964). Durante más de un siglo y medio, la presencia militar del Imperio británico introdujo la gaita escocesa (Great Highland Bagpipe) y la percusión marcial en el paisaje acústico local. Lejos de extinguirse tras el proceso de descolonización, estas prácticas fueron apropiadas por la sociedad civil y, de manera muy destacada, por el movimiento Scout. La Marsa Scouts Pipe Band encarna este proceso de aculturación y resignificación simbólica: lo que en su origen funcionó como un dispositivo de representación imperial se transformó, con el transcurso de las décadas, en una expresión de identidad comunitaria, disciplina asociativa y orgullo local.
Desde una perspectiva pedagógica, el modelo formativo de una banda scout sobrepasa la instrucción estrictamente musical. La enseñanza que reciben los jóvenes instrumentistas en Marsa combina la alfabetización musical con el aprendizaje entre iguales (peer education), el sentido de responsabilidad cívica y el trabajo cooperativo. La banda actúa como un vector de educación no formal donde la exigencia técnica de la ejecución de la gaita y el redoblante convive con la transmisión de valores sociales. Al actuar en escenarios internacionales como Getxo, los integrantes de la formación no sólo exhiben un repertorio de notable precisión, sino que ejercen como embajadores de un proyecto educativo que utiliza el folklore adoptado como herramienta de cohesión y desarrollo humano.
El marco festivo de Getxo Folk opera, asimismo, como un espacio de encuentro dialógico. En el contexto cultural del País Vasco, caracterizado por un profundo arraigo de la instrumentación autóctona y una constante reflexión sobre el patrimonio propio, la audición de gaitas de tradición escocesa interpretadas por músicos malteses genera un contraste acústico estimulante. La programación de esta agrupación por parte de la organización del festival subraya una visión de la música tradicional despojada de purismos estáticos. El folklore se revela aquí como una entidad viva, maleable y en constante negociación con los flujos históricos globales.
El paso de la Marsa Scouts Pipe Band por Getxo invita a considerar cómo la geografía cultural no siempre coincide con los límites cartográficos. La música tradicional no depende únicamente del origen ancestral de un instrumento, sino del significado social con el que una comunidad dota a su práctica sonora diaria. En esa convergencia entre el rigor del escultismo, la memoria histórica maltesa y la apertura del público vasco, se ofrece una valiosa lección sobre el poder de la música como lenguaje educativo transcultural.
La presencia de agrupaciones dedicadas a la recuperación de patrimonios musicales periféricos en festivales de marcado carácter plural enriquece de manera notable el panorama cultural contemporáneo. En este contexto, la participación de Klezmerama en el festival Getxo Folk ofrece una magnífica oportunidad para reflexionar sobre la pervivencia y la vigencia de las tradiciones sonoras de la Europa oriental.
El género klezmer, tradicionalmente vinculado a las comunidades judías askenazíes de Europa Central y Oriental, constituye un fascinante objeto de estudio etnomusicológico. Lejos de ser un repertorio estático, este estilo se caracteriza por su naturaleza eminentemente sincrética, integrando influencias gitanas, eslavas, otomanas y balcánicas. Los instrumentos solistas, especialmente el clarinete y el violín, imitan la inflexión de la voz humana —el lamentoso y el freilach—, modulando estados de ánimo que oscilan entre la melancolía existencial y la celebración festiva.
La propuesta artística de Klezmeramadestaca precisamente por su rigor interpretativo y su capacidad pedagógica para transmitir esta compleja red de influencias a públicos diversos. Durante su actuación en Getxo, la formación demostró que el folklore no es una pieza de museo destinada a la contemplación pasiva, sino un organismo vivo que dialoga con el presente. La ejecución técnica precisa, unida a una puesta en escena respetuosa con los cánones tradicionales pero abierta a la improvisación contemporánea, subraya el valor educativo de estas manifestaciones artísticas.
Desde una perspectiva pedagógica, eventos como el Getxo Folk desempeñan un papel insustituible en la alfabetización intercultural de la ciudadanía. Acercar expresiones musicales minoritarias o geográficamente distantes fomenta la empatía cognitiva y el pensamiento crítico frente a la homogenización cultural global. La música actúa así como un vehículo privilegiado para la transmisión de la memoria histórica y la diversidad antropológica.
En definitiva, el paso de Klezmeramapor Getxo trasciende el mero evento lúdico para consolidarse como una experiencia de enriquecimiento cultural colectivo. La acogida del público evidencia que existe una demanda creciente por propuestas que conjuguen la excelencia artística con el rigor patrimonial, reafirmando el compromiso de los grandes festivales con la difusión del patrimonio musical universal.
🎵 ¿Puede la música tradicional ser un puente hacia la diversidad cultural y el pensamiento crítico? https://t.co/Ka4Gc1jWwl Analizamos el inolvidable paso de Klezmerama por el Getxo Folk 2026. Un viaje sonoro por las raíces askenazíes que demuestra cómo el folklore es un… pic.twitter.com/Oil9u6rNan
Ha sido una agradable sorpresa, recién venidos del sur de Alicante bajo influencia murciana, escuchar a la Banda Malvariche en Getxo Folk. Murcia canta sus raíces con músicas que no necesitan traducción. Pueden nacer a cientos de kilómetros de distancia, pertenecer a otra tradición cultural y, sin embargo, encontrar inmediatamente un lugar en la memoria y en la sensibilidad de quienes las escuchan. Esa es una de las virtudes del folk: convertir lo local en una experiencia universal.
Hoy, 11 de septiembre de 2026, la plaza de la Estación de Las Arenas (Getxo) acoge la presencia de Malvariche, una de las formaciones vinculadas a la renovación del folk murciano. Su participación forma parte de la 42.ª edición de Getxo Folk, festival que reúne durante cinco jornadas músicas de raíz procedentes de diferentes territorios y tradiciones.
Malvariche nació en Alhama de Murcia en 1985 y llega a Getxo después de cuatro décadas de trayectoria. El aniversario no se plantea únicamente como una mirada retrospectiva. Su actual propuesta, Te canto las 40, reúne doce canciones nuevas y un comodín, combinando voces y ritmos renovados con la continuidad de una identidad profundamente vinculada a la tradición murciana.
La actuación de Las Arenas resulta especialmente interesante desde una perspectiva educativa. El folklore no es simplemente una colección de canciones antiguas: es una forma de conservar, reinterpretar y transmitir conocimiento cultural. En sus melodías sobreviven maneras de celebrar, de narrar, de bailar y de comprender el territorio. Cuando una banda contemporánea transforma ese patrimonio sin convertirlo en pieza de museo, la tradición recupera su capacidad de dialogar con nuevas generaciones.
Ese diálogo estará especialmente presente en El país de los sonidos, propuesta familiar que Malvariche ofrece también en Getxo. El espectáculo utiliza música, narración, juegos sonoros y participación para acercar a niños y adultos al universo de los instrumentos y las músicas de raíz. La finalidad no consiste solamente en escuchar, sino en despertar curiosidad, favorecer la escucha activa y descubrir que detrás de cada sonido puede existir una historia.
Hay aquí una lección pedagógica de fondo: la educación cultural funciona mejor cuando se vive que cuando únicamente se explica. Una plaza pública puede convertirse durante unas horas en aula, escenario, espacio de convivencia y laboratorio de memoria colectiva.
Además, el encuentro entre Malvariche y Getxo Folk posee un valor simbólico. La tradición murciana dialoga en Euskadi con músicas bretonas, irlandesas, portuguesas, gallegas, vascas y de otros lugares. No se trata de uniformar las culturas, sino de permitir que cada una conserve su personalidad mientras descubre afinidades con las demás. Quizá esa sea una de las mejores definiciones del folk contemporáneo: raíces que no impiden viajar. Malvariche lleva Murcia a Getxo y, al hacerlo, demuestra que preservar una tradición no significa encerrarla en el pasado, sino mantenerla viva para que pueda seguir encontrando nuevos públicos.
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El martes 25 de agosto de 2026, la música country perdió a su figura más luminosa. Dolly Parton falleció a los ochenta años en Nashville, Tennessee, tras una breve batalla contra el cáncer, según confirmó su equipo de prensa. La noticia, anunciada por su sobrino y jefe de seguridad Bryan Seaver a través de un vídeo preparado años antes por la propia artista, sumió en el luto a generaciones de oyentes que habían crecido con su voz como banda sonora.
Nacida el 19 de enero de 1946 en una familia humilde del este de Tennessee, Dolly Rebecca Parton encarnó como pocas el arquetipo del sueño americano forjado desde la nada. Con doce hermanos y una infancia marcada por la precariedad económica, aprendió a cantar en la iglesia y a componer antes de cumplir los diez años.
Su llegada a Nashville en 1964 no fue una mera mudanza geográfica: fue el inicio de una revolución cultural que desafiaría las jerarquías de género y clase del país más conservador de Estados Unidos. A mediados de la década de 1970, ya era una reina indiscutible de la industria, con canciones como Jolene, Coat of Many Colors e I Will Always Love You —esta última inmortalizada por Whitney Houston— que superaron los cien millones de ventas y mil millones de reproducciones digitales.
Sin embargo, reducir su legado a las cifras sería un error de apreciación histórica. Parton fue, ante todo, una narradora de lo cotidiano. Sus letras hablaban de mujeres abandonadas, de madres sobrevivientes, de la dignidad del trabajo asalariado y de la resiliencia de las comunidades rurales. En ese sentido, su obra funciona como un documento etnográfico del sur de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX: un testimonio cantado de las tensiones entre tradición y modernidad, entre la identidad regional y la homogeneización global.
Su dimensión pública trascendió el ámbito musical. Como empresaria, fundó Dollywood, un parque temático en las estribaciones de las Montañas Humeantes que se convirtió en motor económico de su región natal. Como filántropa, creó la Imagination Library, un programa educativo sin fines de lucro que ha enviado millones de libros gratuitos a niños de todo el mundo, motivada por el analfabetismo de su padre, quien abandonó la escuela para trabajar en la granja. Cuando los incendios forestales arrasaron las Smokies en 2016, Parton no se limitó a las donaciones: organizó un teletón y canalizó recursos directos a las familias damnificadas. En 2025, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgó el Premio Humanitario Jean Hersholt, un reconocimiento que selló su compromiso con la educación y la equidad social.
La reacción a su muerte ha sido inmediata y transversal. Miley Cyrus, su ahijada, escribió que era "un día devastador para la humanidad". El presidente Donald Trump ordenó que las banderas ondearan a media asta durante una semana. Parton deja atrás un vacío difícil de llenar no solo porque fue una intérprete excepcional —con diez premios Grammy y 55 nominaciones, la tercera mujer más nominada en la historia del galardón—, sino porque supo construir un puente entre lo popular y lo trascendente, entre el entretenimiento y la pedagogía.
Su familia ha anunciado que se celebrará un pequeño servicio privado y ha pedido que, en lugar de flores, se realicen donaciones a la Imagination Library. Es un gesto coherente con una vida dedicada a dar: Parton no solo cantó sobre la esperanza; la distribuyó en forma de libros, de cheques mensuales para damnificados y de sonrisas desplegadas en cada escenario que pisó. Su voz calla, pero su biblioteca seguirá hablando.
Hay canciones que trascienden el ámbito musical para convertirse en patrimonio moral de la humanidad. L'estaca («La estaca»), compuesta en 1968 por el cantautor catalán Lluís Llach, pertenece a esa reducida categoría de obras cuya fuerza poética ha logrado sobrevivir a su contexto histórico para transformarse en un himno universal de la libertad. Nacida en los últimos años de la dictadura franquista, la canción ha acompañado durante más de medio siglo a generaciones de ciudadanos que luchaban por la democracia, los derechos humanos y la dignidad de los pueblos.
La inspiración de Llach surgió en una época marcada por la censura, la represión política y la prohibición de numerosas manifestaciones culturales en lenguas distintas del castellano. En ese contexto, escribir una canción explícitamente política era arriesgado. Por ello, el autor recurrió a una poderosa metáfora: una enorme estaca a la que todos permanecemos atados mediante cuerdas invisibles. Solo si todos tiran juntos será posible derribarla y alcanzar la libertad.
El protagonista simbólico de la canción, el viejo Siset, explica al narrador que la estaca "solo caerá si estiramos todos". La sencillez de la imagen constituye precisamente una de las claves de su enorme éxito. No habla únicamente de una dictadura concreta, sino de cualquier forma de opresión: política, social, económica o incluso cultural. Esa universalidad ha permitido que personas de muy distintas ideologías, nacionalidades y generaciones la hagan suya.
Desde su publicación, L'estaca fue rápidamente censurada por el régimen franquista. Sin embargo, su difusión no dejó de crecer gracias a recitales, grabaciones clandestinas y la transmisión oral entre quienes anhelaban una sociedad democrática. Tras la llegada de la democracia española, lejos de desaparecer, la canción adquirió una nueva dimensión internacional.
Pocos temas musicales han sido traducidos a tantos idiomas y reinterpretados en tantos países. Se han realizado versiones en francés, italiano, alemán, vasco, gallego, portugués, árabe, hebreo, japonés, turco y numerosas lenguas eslavas, entre muchas otras. En algunos lugares ha alcanzado tal grado de integración que muchas personas desconocen incluso su origen catalán.
Especialmente significativo ha sido su impacto en Europa del Este. En Polonia, la adaptación titulada Mury («Los muros»), interpretada por Jacek Kaczmarski, se convirtió en el himno no oficial del sindicato Solidaridad durante la lucha contra el régimen comunista en los años ochenta. Paradójicamente, aunque la versión polaca modificó parcialmente el sentido del desenlace original, mantuvo intacto el mensaje de resistencia colectiva y esperanza.
También ha sido cantada en manifestaciones por la democracia en Túnez durante la Primavera Árabe, en protestas ciudadanas en Bielorrusia, en actos por los derechos civiles en diversos países europeos y latinoamericanos, e incluso en concentraciones de defensa de las libertades públicas en contextos muy diferentes. Cada pueblo ha encontrado en su metáfora un reflejo de sus propias aspiraciones.
Desde una perspectiva educativa, L'estaca constituye un extraordinario recurso interdisciplinar. Permite analizar la historia contemporánea de España, estudiar los mecanismos de la censura, comprender el valor de la libertad de expresión y reflexionar sobre el papel del arte como herramienta de transformación social. Además, invita a debatir sobre el poder de los símbolos compartidos y sobre cómo la música puede fortalecer la identidad colectiva y la solidaridad entre personas muy diversas.
Musicalmente, la composición destaca por una melodía sencilla y fácilmente memorizable, construida para favorecer el canto colectivo. Esa aparente simplicidad ha contribuido decisivamente a su difusión internacional. Como sucede con otros grandes himnos populares, la fuerza reside menos en la complejidad musical que en la capacidad de emocionar y unir a quienes la interpretan.
Más de cincuenta años después de su creación, L'estaca continúa sonando allí donde alguien reclama libertad, justicia o democracia. Su mensaje sigue plenamente vigente: ninguna estaca permanece en pie cuando una sociedad decide empujar unida. La obra de Lluís Llach demuestra que una canción puede convertirse en memoria histórica, patrimonio cultural y motor de esperanza para generaciones enteras.
En una época en la que las democracias afrontan nuevos desafíos (tecnofeudalismo) y resurgen diversas formas de autoritarismo, L'estaca recuerda que la libertad nunca es un logro definitivo, sino una conquista colectiva que exige compromiso, cooperación y perseverancia. Quizá por ello sigue emocionando a personas de culturas muy distintas: porque habla de una aspiración profundamente humana y universal, la de vivir libres y construir juntos un futuro mejor.
Repasaremos el álbum musical que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts). Cada 1 de enero, cuando el reloj del Musikverein vienés marca el final del Concierto de Año Nuevo, miles de espectadores en todo el mundo comienzan a batir palmas al compás de una pieza que dura apenas dos minutos y medio. Pocos de ellos —quizá ni siquiera los japoneses que la corean con más entusiasmo, como se ha señalado con cierta ironía— se detienen a pensar en lo que están celebrando. La Marcha Radetzky, compuesta por Johann Strauss padre en 1848 en honor al mariscal de campo austríaco conde Joseph Wenzel Radetzky, es mucho más que un bis festivo: es un artefacto sonoro donde se condensan las tensiones no resueltas de un imperio y, por extensión, de toda modernidad que celebra sin memoria.
El contexto de su composición resulta decisivo (otros posts). El 31 de agosto de 1848 se celebró una fiesta en el Wasserglacis de Viena, y Strauss padre recibió el encargo de contribuir con una composición, justo en el año revolucionario que sacudía Europa entera. Strauss se posicionó claramente del lado de los leales al emperador, en contraste con su propio hijo, que simpatizaba con los revolucionarios. Ese enfrentamiento doméstico —padre e hijo en bandos opuestos de la historia— anticipa ya el destino ambiguo de la pieza. Radetzky había derrotado al ejército sardo en la batalla de Custozza el 25 de julio de 1848, a la edad de 81 años, consolidando el poder austríaco en el norte de Italia y fortaleciendo a las fuerzas conservadoras frente a los levantamientos liberales surgidos tras la Revolución de Marzo.
Aquí reside la paradoja que interesa a cualquier lector atento a la relación entre estética y poder: la marcha alcanzó gran popularidad como expresión del nacionalismo austríaco, pero cuando Radetzky tomó parte después en la represión del movimiento revolucionario en el propio territorio austríaco, la pieza pasó a ser vista como símbolo reaccionario. Strauss padre, recordemos, no era ajeno a la polémica: sus propios compatriotas llegaron a llamarle traidor por su fidelidad a la Corona. Componer para el poder, incluso en clave puramente festiva, nunca ha sido un gesto neutral.
Esta ambivalencia encontró su traducción literaria más lúcida en Joseph Roth, cuyo título de 1932 tomó prestado el nombre de la pieza. La marcha Radetzky de Roth narra el declive y la caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de la familia Trotta, y no es casual que exista un paralelismo entre las vicisitudes de esa familia y las que padeció la propia marcha, expresión primero del nacionalismo austríaco y después símbolo reaccionario. La música, convertida en metáfora narrativa, se transforma en el eco melancólico de un mundo que se sabe condenado incluso mientras baila.
Cabe además una reflexión sobre la memoria histórica selectiva del propio ritual navideño-vienés. El Concierto de Año Nuevo se celebró por primera vez el 31 de diciembre de 1939, por iniciativa del entonces ministro de Propaganda del régimen nazi, aunque la Radetzky no se sumó al programa hasta después de la guerra. Que una pieza nacida de la represión de 1848 se instalara en un concierto de origen tan comprometido añade una capa más de sedimento histórico bajo los aplausos.
Musicalmente, la marcha no es un artefacto tan original como su fama sugiere: Strauss ya había empleado el tema en su Jubel-Quadrille, y su ritmo guarda un notable parecido con el segundo tema del Allegro de la Sinfonía n.º 100 de Haydn. Aun así, su poder de convocatoria —ese aplauso colectivo, casi litúrgico, que Gustavo Dudamel u otros directores invitan a compartir— revela algo profundamente humano: la necesidad de ritual compartido, incluso cuando el ritual celebra, sin saberlo del todo, las cicatrices no cerradas de la propia historia.
Resumen: Strauss padre, Radetzky y el vals contra la revolución de 1848. Cómo una marcha militar se volvió símbolo reaccionario en Viena. Joseph Roth y la melancolía del imperio en la Marcha Radetzky. El aplauso ritual del Concierto de Año Nuevo y su origen incómodo. Padre contra hijo: Strauss y las dos caras de 1848. La marcha que celebra una represión sin que el público lo sepa. El himno no oficial de Austria y su pasado contradictorio.
🎼 ¿Por qué millones de personas aplauden cada 1 de enero la Marcha Radetzky? https://t.co/v2OaSO3gM8 Mucho más que un brillante final del Concierto de Año Nuevo de Viena, esta obra de Johann Strauss padre resume casi dos siglos de historia europea, tradición, controversia y… pic.twitter.com/wkbOiEINZ5
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 18, 2026
Bonnie Tyler (una de nuestras cantantes preferidas, ver en otros posts) ha muerto a los 75 años en un hospital de Faro, Portugal, poniendo fin a una batalla médica que se prolongó durante meses tras una intervención quirúrgica de urgencia. La noticia, confirmada por su familia y su equipo el pasado 9 de julio, cierra una trayectoria de casi cinco décadas que convirtió a una muchacha galesa llamada Gaynor Hopkins en una de las voces más reconocibles de la historia del pop. Estaba en activo aún a los 75 años, y era una figura construida en un modelo de industria musical que ya no existe: carreras largas, identidad vocal inconfundible y canciones capaces de cruzar generaciones sin depender de ningún algoritmo.
Nacida en 1951 en Neath, una localidad industrial del sur de Gales, Tyler creció rodeada de música gracias a su madre, aficionada a la ópera y cantante en el coro de su parroquia. Las referencias de la joven Gaynor —Janis Joplin, Tina Turner— anticipaban ya la intensidad vocal que definiría su carrera. Pero fue un episodio casi accidental el que esculpió su instrumento más célebre: tras una operación de nódulos en las cuerdas vocales, los médicos le prescribieron reposo absoluto de la voz. Ella no obedeció, y de aquella desobediencia nació el timbre rasgado, quebrado y profundamente humano que la distinguiría para siempre.
El éxito mundial llegó en 1978 con "It's a Heartache", pero fue "Total Eclipse of the Heart" (1983) la canción que la instaló en el imaginario colectivo de una generación, con su dramatismo operístico y su producción monumental firmada por Jim Steinman. "Holding Out for a Hero" completó la tríada de himnos que trascendieron las modas y siguieron sonando, década tras década, en radios, bandas sonoras y estadios. De hecho, en Argentina "It's a Heartache" fue reapropiada por las hinchadas futboleras, un fenómeno curioso que demuestra cómo una canción puede migrar de contexto y adquirir vidas paralelas que ni su autora imaginó.
Tyler mantuvo una relación especial con Portugal, país donde grabó buena parte de su obra temprana en la región del Algarve, y donde, por una ironía del destino, pasaría también sus últimos días. En 2013 sorprendió al mundo al representar al Reino Unido en Eurovisión, una decisión que ella misma calificó de "políticamente arriesgada" pero que aceptó con el pragmatismo de quien sabe que cientos de millones de personas siguen el certamen. En 2023 fue nombrada Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la música, reconocimiento tardío pero merecido a una carrera de dieciocho álbumes.
Su último concierto, el pasado 19 de marzo en el Shepherd's Bush Empire de Londres, lo describió ella misma como una "noche fantástica". Nadie podía prever que apenas dos días después, la actuación prevista en Cardiff tendría que aplazarse por los problemas de salud que acabarían consumiéndola.
Lo que deja Bonnie Tyler no es solo un puñado de éxitos radiofónicos, sino una lección sobre la autenticidad vocal en una industria obsesionada con la perfección técnica. Su voz, imperfecta según los cánones clásicos, resultó ser precisamente la que mejor supo transmitir el desgarro, la épica y la vulnerabilidad que sus canciones exigían. En tiempos de autotune y voces clonadas por algoritmos, la aspereza de Tyler recuerda que la música popular, en sus mejores momentos, no busca la pulcritud sino la verdad. El primer ministro galés lo resumió con sencillez: Gales ha perdido un icono cuya música trajo alegría a millones. El eclipse, esta vez, es total y definitivo.
🌑 Un «eclipse total» oscurece la música. Hoy decimos adiós a Bonnie Tyler, la heroína galesa de inconfundible voz rasgada que redefinió el rock y las power ballads de los 80. 🔗 https://t.co/xJIwMc2vkE🎸 Su vida nos enseña cómo de una supuesta imperfección vocal nació una… pic.twitter.com/qECgJXK4Ej
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 9, 2026
Hoy dedicamos este post a una de nuestras canciones preferidas, que escuchamos en la piscina todos los veranos (posts), con una gran historia detrás. El 12 de mayo de 2013, el comandante canadiense Chris Hadfield publicó desde la Estación Espacial Internacional un vídeo que detuvo el tiempo durante unos minutos: su versión de Space Oddity (ver en otros posts), la canción que David Bowie había compuesto en 1969. Hadfield lo hizo el mismo día en que cedía el mando de la ISS, antes de regresar a la Tierra en una cápsula Soyuz. Era la primera vez en la historia que se rodaba un videoclip musical completo en el espacio.
La elección de la canción no fue casual, aunque tampoco fue idea suya. Tras publicar una canción original junto a su hermano, la demanda en internet para que interpretara Space Oddity fue tan masiva que acabó cediendo. El resultado fue algo más que un homenaje: Hadfield modificó ligeramente la letra para hacerla más fiel a la experiencia real del vuelo espacial, algo que Bowie aprobó y celebró. El propio Bowie, que llevaba décadas especulando poéticamente con la soledad del cosmos, reconoció en aquella versión algo que sus propias palabras no habían alcanzado del todo. La describió como "posiblemente la versión más conmovedora de la canción jamás creada."
El vídeo muestra a Hadfield tocando la guitarra mientras la Tierra azul se despliega al fondo a través de la cúpula de la estación, con tomas que solo la ingravidez hace posibles. La música fue producida desde tierra: la pianista y colaboradora canadiense Emm Gryner desarrolló el arreglo incorporando ruidos ambientales de la propia estación espacial que Hadfield había subido a SoundCloud.
La canción de Bowie nació en julio de 1969, días antes del alunizaje del Apolo 11, inspirada en 2001: Una odisea del espacio y en un sentimiento personal de alienación. Hadfield la devolvió al espacio real, despojándola de toda metáfora. Donde Bowie imaginaba a un astronauta ficticio a la deriva —el Mayor Tom—, Hadfield flotaba de verdad, guitarra en mano, mirando por la ventana el planeta que dejaba atrás.
El vídeo acumuló más de 35 millones de visualizaciones en YouTube y desencadenó además un curioso debate jurídico sobre derechos de autor en el espacio exterior, cuando la editorial propietaria de los derechos intentó retirarlo de la plataforma. Pocas veces una canción había generado simultáneamente emoción, filosofía y derecho internacional.
Cuando Bowie murió en enero de 2016, Hadfield lo despidió con una frase que era, a la vez, cita y epitafio: "Ashes to ashes, dust to stardust. Your brilliance inspired us all. Goodbye, Starman."
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— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 28, 2026