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Eulalia Abaitua: Pionera de la fotografía vasca

Proseguimos la serie de posts dedicados a fotógrafas (entradas), con la pionera que capturó la intrahistoria de Bizkaia: Eulalia Abaitua. Ella nos ofrece la memoria visual de un mundo que desapareció, con las mujeres y sus oficios de antaño como costureras, sardineras y lavanderas. ¿Cómo era la vida en Bizkaia hace más de cien años? ¿Cómo vestían nuestras bisabuelas, dónde trabajaban y qué rostros poblaban las calles, los caseríos y los puertos? Y, sobre todo, ¿cuántas veces miramos fotografías antiguas sin saber quién apretó el disparador? 


En 1906, Elespuru Hermanos editó en Bilbao la Reseña de las fiestas de Elorrio, obra de Arístides de Artiñano. Varias fotografías de aquel libro (en las páginas 123, 132, 134 y 135) llevan este escueto crédito: «Fotografía de la Sra. de Olano». Esa señora ocultaba tras el apellido de su marido su verdadera identidad: Eulalia Abaitua (1853-1943), la primera fotógrafa vasca de la que tenemos noticia.


Una mujer que convirtió su afición en un extraordinario testimonio histórico. Nació en Bilbao el 25 de enero de 1853. Fue bautizada con los nombres de María Elvira Juliana, pero tras fallecer su madre, Eulalia Allende-Salazar Eguía, cuando la niña apenas tenía un mes (el 12 de febrero), la familia pasó a llamarla Eulalia en su memoria. Su vida experimentó un giro decisivo al trasladarse a Inglaterra. Con dieciocho (18) años se casó en Liverpool, el 16 de mayo de 1871, con el ingeniero Juan Narciso de Olano y Picavea de Lesaca, en una curiosa doble boda donde su hermano Felipe desposó a Ana, la hermana del novio. 


Fue en aquel entorno británico donde descubrió la fotografía, una tecnología que entonces exigía enormes conocimientos químicos y mucha paciencia, nada que ver con la inmediatez de nuestros teléfonos móviles actuales. A finales de la década de 1870, ya de vuelta en Bizkaia, la familia levantó en Begoña el Palacio del Pino con materiales ingleses (¡hasta instalaron un campo de críquet en el jardín!). En los sótanos, Eulalia montó un riguroso laboratorio. Trabajaba con placas estereoscópicas de vidrio que, vistas en un visor binocular, devolvían un asombroso relieve de la escena.


Mientras buena parte de la fotografía de la época se concentraba en personajes distinguidos, posados artificiales y telones de estudio, ella sacó su pesado equipo al aire libre —con luz natural y siempre junto a una joven ayudante de la que, tristemente, ignoramos el nombre—. Fotografiaba a quienes casi nadie miraba. Retrató a su familia, sí, pero también documentó las profundas transformaciones sociales de entre siglos: la inmutabilidad de los ancianos en el valle de Arratia, el incipiente paisaje industrial de la ría, las regatas y los embarcaderos.


Hemos observado a lo largo de los años que su mayor aportación es haber documentado el trabajo femenino, otorgando a las mujeres el centro exacto de la imagen. Lavanderas de Los Caños, sardineras, costureras, campesinas, hilanderas y cargueras no son figuras anónimas en un relato secundario. Aparecen en plena faena, con sus herramientas y gestos. Es cierto que leemos estas placas con cautela, porque no dejan de ser la mirada de una mujer acomodada sobre el mundo obrero, pero desprenden un enorme respeto. Gracias a ellas, hoy complementamos los archivos escritos y podemos estudiar nuestra intrahistoria. 


Falleció el 16 de septiembre de 1943, con noventa (90) años. Tuvimos que esperar hasta 1990 para su primera exposición pública, Gure Aurreko Andrak, donde Alberto Schommer la comparó con una reportera de la agencia Magnum. Hoy, el Euskal Museoa-Museo Vasco de Bilbao conserva unas 2.500 de sus placas, un legado tan vivo que en este mismo 2026 ha inspirado la muestra Kameratik Orratzera. De la cámara a la aguja, reconstruyendo prendas físicas reales a partir de los detalles de indumentaria observados en sus imágenes. 


Recomendamos encarecidamente explorar sus fotografías en los fondos del Museo Vasco y detenernos ante la mirada de una lavandera o una mujer que regresa del mercado; la historia no está tan lejos como pensábamos. Sugerimos también leer la biografía de Maite Jiménez Ochoa de Alda en Bidebarrieta (2010) y ver el documental Norberaren gela (2021).


Por nuestra parte, mantenemos en casa un reto modesto: en cinco (5) años, identificar, fechar y copiar las cien (100) fotografías más antiguas de nuestras familias para cederlas al archivo municipal. Cada 25 de enero, en su aniversario, evaluamos si cumplimos la meta de veinte (20) imágenes al año. Así ningún rostro de nuestros álbumes quedará sin nombre. "La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar" (Argazkilaritza, ezer baino lehen, begiratzeko modu bat da), según Susan Sontag. Eskerrik asko, Eulalia!

Ética del Cuidado (EdC): Viaje histórico hacia la empatía

Un encuentro casual (foto) con la gran educadora y siempre inspiradora que es nuestra amiga y casi vecina Neli Zaitegi (véase en otros posts), nada menos que ayer en su 80º cumpleaños, nos obliga a tratar este tema pendiente, que ya habíamos anunciado: Historia, vigencia y urgencia de la Ética del Cuidado (EdC). 

A las siete de la mañana, en miles de cocinas, alguien disuelve una pastilla en una cucharada de yogur, comprueba que la persona a la que cuida ha desayunado y llama al trabajo para avisar de que llegará tarde. Nadie ha escrito un tratado sobre esa escena. Y sin embargo en ella se decide más moral cotidiana que en muchos de los dilemas con tranvías y desconocidos que llenan los manuales de filosofía.

Durante siglos, la ética occidental se ocupó de preguntar qué es justo, qué es lícito, qué obliga a todos por igual. Son preguntas necesarias. Pero dejaron en la penumbra otra, más doméstica, más de intrahistoria y más persistente: cómo responder a alguien concreto que depende de mí, y cómo hacerlo bien. Esa segunda pregunta es el origen de la llamada ética del cuidado, una corriente que nació en un laboratorio de psicología, creció en la filosofía feminista y hoy discute con la economía, la política social y la educación. 

Dos niños de once años y un farmacéutico. La historia empieza en Harvard. Carol Gilligan, nacida en Nueva York en 1936, trabajaba como colaboradora de Lawrence Kohlberg, el psicólogo que había construido la teoría del desarrollo moral más influyente de su tiempo. Kohlberg proponía una escalera de seis estadios que iba de la obediencia por miedo al castigo hasta los principios universales de justicia, y la medía con dilemas hipotéticos. El más célebre es el Dilema de Heinz, un hombre cuya esposa va a morir si no consigue un medicamento que el farmacéutico vende a un precio imposible. ¿Debe Heinz robarlo?

Gilligan observó algo que los resultados de Kohlberg resumían de forma incómoda: las niñas solían quedarse en estadios inferiores a los de los niños, y por extensión las mujeres adultas parecían moralmente menos maduras. En su libro de 1982, In a Different Voice, contrapuso a dos niños de once años, a los que llamó Jake y Amy. Jake resolvía el dilema como un problema de lógica: la vida vale más que la propiedad, luego Heinz debe robar. Amy dudaba. Se preguntaba si no habría otro camino, si Heinz podría hablar con el farmacéutico, qué sería de su esposa si él acababa en la cárcel. Para el esquema de Kohlberg, Amy razonaba peor. Para Gilligan, Amy razonaba otra cosa: no buscaba la regla aplicable, sino la respuesta que mantuviera intacta la relación entre las personas implicadas.

La tesis de fondo era doble. Primero, que la escala de Kohlberg, construida con muestras casi exclusivamente masculinas, tomaba una forma de pensar moral por la única posible. Segundo, que junto a la ética de la justicia, centrada en derechos, reglas e imparcialidad, existe una ética del cuidado, centrada en la atención, la responsabilidad hacia vínculos concretos y la respuesta a la necesidad del otro. Gilligan llegó a esta idea, además, escuchando a mujeres reales que debían decidir si interrumpían un embarazo: en sus relatos, la decisión moral no se parecía a una deducción, sino a una negociación entre responsabilidades que no cabían en un silogismo. 

De la psicología a la filosofía. Una buena intuición necesita una teoría que la sostenga, y esa tarea la emprendieron otras pensadoras. Nel Noddings publicó en 1984 Caring, donde describió la relación de cuidado como un encuentro entre quien cuida y quien es cuidado, en el que la atención receptiva a las necesidades del otro vale más que cualquier principio abstracto. Sara Ruddick, en Maternal Thinking (1989), mostró que el trabajo de criar a un hijo, con su exigencia de proteger, favorecer el crecimiento y educar para la vida social, genera un modo de pensar con sus propias virtudes y sus propios dilemas. No se trataba de sentimentalismo: se trataba de reconocer que ciertas prácticas producen conocimiento moral.

El paso decisivo hacia la política llegó con Joan Tronto. En Moral Boundaries (1993) sostuvo que el cuidado no es una cualidad femenina del carácter, sino una práctica humana que sostiene el mundo, y la descompuso en fases: advertir que alguien necesita algo, asumir la responsabilidad de atenderlo, realizar el trabajo concreto y comprobar cómo responde quien lo recibe. A cada fase le corresponde una virtud: atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta. La pregunta de Tronto era incómoda para toda teoría moral: si el cuidado es tan central, ¿por qué ha ocupado un lugar tan marginal en el pensamiento moral y político? Su respuesta es que se asoció a lo privado, a lo femenino y a lo poco prestigioso, y que esa asociación lo vació de poder. En Caring Democracy (2013) añadió una quinta cualidad, el cuidado con otros: la capacidad de una sociedad de repartir con justicia las responsabilidades de cuidado entre todos sus miembros.

Virginia Held, en The Ethics of Care (2006), llevó el argumento aún más lejos y propuso que el cuidado puede servir de base para entender la sociedad mejor que el contrato entre individuos libres e iguales. Pensemos en una criatura recién nacida: nadie firmó nada con quien la sostiene, y sin embargo no hay relación más moral. Eva Feder Kittay, en Love's Labor (1999), añadió una observación que desmonta el mito liberal del individuo autosuficiente: todos hemos sido dependientes, casi todos volveremos a serlo, y quien cuida a un dependiente queda a su vez en una situación de vulnerabilidad que la sociedad debe reconocer y proteger. La independencia, concluye, no es la condición natural del ser humano, sino una fase de la vida que alguien sostuvo antes y sostendrá después.

Una cuestión de horas, no solo de ideas. Podría parecer que todo esto vive en el reino de las ideas, pero tiene una traducción contable. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2018 sobre el trabajo y el empleo en el sector del cuidado, cada día se dedican en el mundo alrededor de 16.400 millones de horas a cuidados no remunerados, el equivalente a unos 2.000 millones de personas trabajando ocho horas diarias sin cobrar. Las mujeres asumen en torno al 76 % de ese tiempo, es decir, más de tres veces lo que aportan los hombres, y la OIT calculó que 606 millones de mujeres en edad de trabajar declaraban no poder emplearse por tener a su cargo a niños o a personas mayores. Son datos que conviene leer despacio: una parte considerable de la riqueza real de las sociedades se produce fuera del mercado y fuera de las estadísticas del PIB, y recae de forma desigual.

En España conocemos bien esta tensión. La Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, quiso convertir el cuidado en un derecho subjetivo, y su aplicación posterior, con listas de espera y desigualdades territoriales, muestra lo difícil que resulta llevar una idea moral al terreno de la gestión pública. Economistas feministas como Amaia Pérez Orozco han propuesto, desde esa constatación, cambiar el centro de la mirada económica y preguntar no cuánto produce una sociedad, sino cómo sostiene la vida de quienes la forman. Y en la filosofía moral española, la razón cordial de Adela Cortina o los trabajos de Victoria Camps sobre las virtudes públicas dialogan, cada una a su manera, con la idea de que una ética sin empatía y sin vínculos es una ética mutilada. 

Las objeciones, que las hay. Una buena corriente de pensamiento se reconoce por las críticas serias que recibe. La ética del cuidado ha recibido varias. La primera es metodológica: los estudios de Gilligan se apoyaron en muestras reducidas, y trabajos posteriores han discutido que existan diferencias de género sistemáticas en el razonamiento moral, o han señalado que desaparecen en buena medida cuando se controla el nivel educativo. Gilligan, de hecho, ha insistido en que la voz del cuidado no pertenece por naturaleza a las mujeres, y que en trabajos más recientes la ha presentado como una ética humana que el patriarcado tiende a reprimir en todos.

La segunda objeción es política, y de dentro del feminismo: asociar el cuidado a lo femenino puede reforzar justamente los estereotipos que se querían combatir, y exaltar una virtud que en la práctica es, para muchas mujeres, una carga impuesta. Quien enaltece el sacrificio sin tocar el reparto del trabajo corre el riesgo de romantizar la falta de poder. La tercera es filosófica: si el cuidado se limita al círculo de quienes están cerca, como pareció defender Noddings, ¿qué ocurre con los lejanos, con los niños que mueren de hambre a miles de kilómetros? Tronto, Held y otras pensadoras han respondido ampliando el alcance del cuidado a las instituciones y a las relaciones globales. Y la cuarta apunta al paternalismo: quien cuida puede confundir sus necesidades con las de la persona cuidada, y en ese caso el cuidado se convierte en control. Por eso las teóricas insisten en que cuidar incluye escuchar la voluntad de quien recibe el cuidado, no solo interpretarla.

Ninguna de estas objeciones destruye la propuesta; la obligan a madurar. Y es probable que la respuesta más sensata no sea elegir entre justicia y cuidado, sino aceptar que se necesitan mutuamente. Un cuidado sin justicia se vuelve arbitrario, doméstico y desigual; una justicia sin cuidado se vuelve fría, incapaz de percibir a la persona que hay detrás del expediente. 

Lo que la escuela podría aprender. Si la ética del cuidado tiene algo que decir a la educación, es que el aprendizaje moral no se transmite solo mediante dilemas y normas, sino mediante la experiencia de ser cuidado y de cuidar. Los colegios suelen enseñar derechos, deberes y convivencia, pero rara vez tratan la atención, la responsabilidad concreta o la competencia para cuidar como saberes dignos de evaluación. Un aula donde alguien aprende a acompañar a un compañero que se ha quedado atrás, o donde los mayores y los pequeños comparten tareas, enseña más sobre ética que una unidad didáctica sobre valores. Y una sociedad envejecida como la nuestra necesitará, cada vez más, ciudadanos que sepan hacer esto sin que les hayan obligado a aprenderlo a golpes de necesidad.

Una conclusión, y un compromiso. Volvamos a la cocina de las siete de la mañana. Lo que allí ocurre no es una anécdota privada: es la infraestructura invisible sobre la que descansan las escuelas, los hospitales, las empresas y los parlamentos. Una sociedad que no sabe valorarla ni repartirla con justicia está construyendo sobre arena, por brillantes que sean sus principios. La ética del cuidado no pide que dejemos de pensar en reglas y derechos, sino que añadamos a la pregunta de qué es justo esta otra: ¿quién está cuidando de quién, a qué coste y con qué reconocimiento?

Pero una idea que no se traduce en hábitos se queda en elegancia. Por eso propongo un compromiso a diez años, con tres pistas que pueden recorrerse a la vez. En lectura, el objetivo de los dos primeros años es leer con calma tres obras fundamentales, por ejemplo a Gilligan, a Tronto y a Kittay, y escribir una reseña breve de cada una; se evalúa con un cuaderno propio y con una conversación sobre lo leído con alguien de otra generación. En escritura y activismo, entre el tercer y el quinto año, el objetivo es participar en una iniciativa local, desde una asociación vecinal hasta una mesa de cuidados municipal, para pedir un servicio concreto, como centros de día, apoyo a cuidadores o permisos de cuidado igualitarios, y medir el avance con un indicador sencillo, como el número de propuestas presentadas y el de respuestas obtenidas. En voluntariado, desde el primer año, el objetivo es dedicar un par de horas semanales al acompañamiento de personas mayores solas o de niños con dificultades de aprendizaje, y evaluarlo cada año con un balance de horas, de vínculos sostenidos y de lo aprendido. Al final de la década, la prueba más fiable no será cuántos libros hemos leído, sino cuántas personas se sienten un poco menos solas por nuestra culpa.

@deaflourishment Ética del cuidado 🤕🌻 #Filosofia #Filotok #ética #cuidado #vida #DeaFlourishment🌼 ♬ sonido original - DeaFlourishment 🌼

Personajes secundarios

Depresiones semanales propias de la noche del domingo, cuando el almanaque señala inexorablemente el “tempus fugit”.

La mayoría de nosotros somos personajes secundarios que vivimos historias anónimas de intrascendente relevancia. No podemos aspirar a nada más, a ser testigos a lo sumo, nunca protagonistas. No llegamos a la categoría de inocentes, ni de culpables; acaso culpables de inocencia, quizá más de indolencia. Nuestra “carrera de la vida”, lo que pomposamente dicen “currículum vitae” es un ridículo vital. Sólo nos queda un resquicio para ser virtuosos en la ciencia del vivir: Aprender a ensayar el arte de amar.

Nuestra vida es un viaje sólo de ida,… alrededor del mundo, hasta volver al mismo punto de partida. Morir donde nacimos tras emigrar y mudar de una etapa a otra. Una existencia anodina con algunos cuentos y muchas cuentas: cuentos incumplidos, cuentas pendientes. Lo prueba incluso el diario compromiso de escribir, para sosegar la lacerante desazón por el tiempo que parece escurrirse entre los dedos al tratar inútilmente de aprehenderlo. Hace años la agenda anotaba y verificaba objetivos; ahora su redacción es de aplastante futilidad. Pero "hay un tiempo para todo", dice el Eclesiastés. "Hay un tiempo para amar",....

La vida sigue escabulléndose a nuestro alrededor. Nos sentimos cansados de nadar en una bañera, sin avanzar pero con riesgo de ahogarnos, cercados por los muros de la rutina. Las penas son de enorme onda expansiva. La vida que nos sacude a empellones; nadie puede desoír sus llamadas,... Sólo cuando nada se espera, renacemos. Con palabras sabias de Reinhold Niebuhr: “Concédeme, Dios mío, serenidad para aceptar lo que cambiar no puedo, valor para cambiar lo que cambiar se pueda, y sabiduría para discernir la diferencia”. Es tiempo de amar.

Porque todo es por amor, incluso el odio que frecuentemente no es sino amor mal entendido. Todos mantenemos un temperamento de iceberg, que por timidez asoma apenas un 11% y con un alto riesgo de derretirse fácilmente si va a la deriva. Sentimos frecuentemente que en cada encrucijada, todas las opciones son caminos muertos, que nuestro progreso es el del cangrejo, y que nuestra biografía pertenece al "cajón de-sastre". Y entonces sucede el milagroso efecto del afecto.

Oímos una palabra amable en el momento en que más lo necesitábamos, cuando la vida mancha y desgasta. Ante un desengaño más, nos decimos “Soy un fracasado. ¿Qué he hecho de mi vida?”. Y alguien nos responde: “¡Te diré lo que has hecho de tu vida! Has sabido ganarte mi amor, y hemos compartido cariño, fidelidad, comprensión y sacrificio”. Entonces percibimos el rescate del amor, que siempre es factible mientras haya vida. César Pavese tenía razón: “Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria”.

Vivos, nada más. Juntos, nadie es imperfecto. Todos somos sublimes, con una dieta continuada de cariño recíproco. La felicidad a dúo siempre es en Do Mayor. No dejemos las cosas para después. Ahora o nunca. Descubramos la genuina vocación de vivir: ¡Atrevámonos a amar! Porque sólo el amor derrochado nos rescatará de la mediocridad. El día despunta, será lunes. Son días gloriosos los lunes: ¡No desperdiciemos la séptima parte de nuestras vidas! Este lunes será un día propicio para amar.