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Geronymonstre: Club de lectura que desafía los estereotipos

Hay fenómenos culturales que sorprenden no porque inventen algo completamente nuevo, sino porque consiguen colocar lo conocido en un escenario inesperado. Geronymonstre pertenece a esa categoría. Desde un barrio de Avignon, un grupo de jóvenes ha convertido la conversación sobre los grandes autores y pensadores en un espectáculo callejero difundido por las redes sociales. Marx, Zola, Flaubert, Molière, Rimbaud, George Sand o Simone de Beauvoir aparecen así entre chándales, zapatillas deportivas, humor, lenguaje coloquial y debates improvisados. 

La propuesta tiene algo deliberadamente contradictorio. Si imaginamos un club de lectura, probablemente pensamos en una biblioteca, una librería, un aula o una sala tranquila. Geronymonstre desplaza ese escenario a un aparcamiento situado junto a bloques de viviendas populares. Allí, la literatura deja de presentarse como un territorio reservado a quienes dominan determinados códigos culturales y se convierte en conversación, juego y enfrentamiento intelectual. Le Monde ha descrito el proyecto como una iniciativa de jóvenes de la periferia de Avignon que organizan auténticas «batallas literarias» entre grandes figuras del pensamiento. 

El fenómeno resulta especialmente interesante desde la educación, más aún tras la debacle de PISA 2025. Durante décadas hemos debatido cómo conseguir que los jóvenes lean. Con frecuencia, la respuesta institucional ha consistido en seleccionar obras, establecer lecturas obligatorias, elaborar cuestionarios y evaluar posteriormente su comprensión. Geronymonstre plantea una posibilidad diferente: quizá antes de pedir a un adolescente que lea un clásico haya que conseguir que perciba que la literatura también habla su lenguaje y puede formar parte de su mundo social.

No se trata, sin embargo, de simplificar los clásicos hasta hacerlos irreconocibles. Precisamente una de las virtudes del proyecto es mantener la ambición intelectual mientras cambia el registro comunicativo. La ironía, el argot, la escenificación y el humor funcionan como puertas de entrada hacia contenidos complejos. El resultado no es necesariamente una reducción de la cultura, sino una recontextualización.

Aquí aparece una cuestión educativa de fondo. ¿Quién determina qué aspecto debe tener una persona culta? Durante mucho tiempo existió una asociación bastante rígida entre cultura, apariencia, instituciones y determinados comportamientos. Geronymonstre desmonta esa asociación visual: jóvenes que podrían ser estereotipados socialmente como poco interesados en la cultura aparecen hablando de filosofía, literatura e historia de las ideas. El contraste es parte esencial de su mensaje.

También importa su dimensión digital. El proyecto comenzó en un entorno físico muy concreto, pero su difusión mediante Instagram, TikTok y otras plataformas ha multiplicado su alcance. La cuenta de Geronymonstre reúne cientos de miles de seguidores y ha llamado incluso la atención de instituciones culturales. 

Esto permite reconsiderar la relación entre libro y redes sociales. Con frecuencia se presentan como enemigos: el móvil distrae y el libro concentra; TikTok fragmenta y la lectura profundiza. La experiencia de Geronymonstre sugiere una relación menos sencilla. Una red social puede ser también un escaparate que despierte curiosidad por autores, obras y debates que después requieren una atención mucho más prolongada.

Naturalmente, conviene evitar la idealización. Un vídeo viral sobre Flaubert no equivale a leer Madame Bovary, del mismo modo que una batalla entre Marx y Adam Smith no sustituye el estudio de sus textos. La divulgación tiene límites y la cultura digital puede convertir cualquier obra compleja en una caricatura. El verdadero éxito educativo se produce cuando el espectáculo inicial conduce hacia la lectura, la argumentación y el pensamiento propio.

Por eso Geronymonstre merece atención más allá de su dimensión anecdótica. Su principal lección quizá no sea que los jóvenes franceses leen clásicos, sino que la cultura puede cambiar de escenario sin perder necesariamente su profundidad.

La literatura no necesita solemnidad para ser importante. Necesita lectores, conversación y preguntas. Si un aparcamiento de Avignon consigue que cientos de miles de personas vuelvan a hablar de Zola, Marx o Rimbaud, quizá la pregunta educativa no deba ser por qué esos jóvenes leen de una manera tan poco convencional, sino qué podríamos aprender de su manera de hacer que leer vuelva a parecer una aventura colectiva. 

Pierre Bourdieu habría reconocido de inmediato el mecanismo en juego: el capital cultural, ese patrimonio de referencias que distingue a quien "tiene derecho" a hablar de Flaubert de quien no. Geronymonstre no destruye ese capital, lo redistribuye: lo saca del salón burgués y lo devuelve a la calle sin perder rigor ni la palabra justa.

Un lector vasco reconocerá enseguida el parecido con la bertsolaritza, la improvisación oral en verso que Bernardo Atxaga situó siempre en el corazón vivo de la literatura vasca: dos voces, un tema impuesto, métrica exigente y el público como juez inmediato. La batalla de Aviñón y el bertso improvisado en una plaza vasca comparten una intuición muy anterior a internet: la literatura se conserva mejor cuando se dice en voz alta y se disputa, que cuando se archiva en vitrinas.

Para la educación, el fenómeno plantea una pregunta incómoda. Si un aparcamiento genera más entusiasmo lector que muchas aulas, quizá lo que falla no sea el contenido enseñado, sino el envoltorio institucional en que se presenta. La forma agonal —el debate, la disputatio medieval, el diálogo socrático— ha sido siempre uno de los motores más eficaces del pensamiento; Geronymonstre no ha inventado nada, ha recordado algo que la escuela olvida a veces: que las ideas se aprenden mejor cuando se defienden en voz alta, entre iguales, con algo en juego.

Queda por ver si el fenómeno sobrevivirá a su propia viralidad o se disolverá, como tantos otros, en el ciclo veloz de las redes. Pero mientras dure, recuerda una verdad incómoda para instituciones y minorías cultas por igual: la literatura no pertenece a nadie en particular, y menos aún a quienes creen poseer en exclusiva la llave de su vocabulario.

@anacabo17 ¿qué os parece esta iniciativa? #lectura #geronymonstre #francia #datoscuriosos #booktokenespañol ♬ sonido original - Ana Cabo

Caminos del deseo: Peatones rediseñan la ciudad

Los caminos del deseo —desire paths, también llamados sendas informales, atajos de hierba pisada o, en la jerga anglosajona, cow paths o social trails— son esas trochas que brotan espontáneamente en un césped, un parque o un descampado cuando suficiente gente decide que la ruta trazada por el urbanista no es la que su prisa o su sentido común reclaman. Basta con que unas quince pisadas se repitan sobre el mismo trazado para que la vegetación ceda y quede marcada una línea de tierra desnuda que, a partir de ahí, se autorrefuerza: cuanta más gente la usa, más visible se vuelve, y más gente la sigue. 

Lo curioso —y aquí el tema se vuelve apasionante para cualquier rastreador de genealogías intelectuales— es que su origen es, en buena medida, una leyenda bien plantada. Se repite hasta la saciedad que el concepto nació con el filósofo francés Gaston Bachelard, quien en La poética del espacio (1958) habría acuñado la expresión lignes de désir. El problema es que, cuando los estudiosos han vuelto a rastrear el texto original, no han encontrado esa frase ni ninguna equivalente en sus páginas: la atribución circula ampliamente pese a que ni "lignes de désir" ni "chemins du désir" ni ninguna frase similar aparecen en el libro. Es, como han señalado varios comentaristas del tema, una autoría que se acepta casi por inercia citacional, "apparently in error" pero universalmente repetida como origen del término.

Si no fue Bachelard, ¿quién puso primero el dedo en esta tensión entre lo planificado y lo deseado? Casi tres décadas antes, Le Corbusier ya la había planteado, aunque con el signo cambiado. Llevaba dándole vueltas a la idea desde 1910 en Múnich y la retomó en París hacia 1915 investigando en la Biblioteca Nacional; en junio de 1922 publicó el artículo "Le chemin des ânes et le chemin des hommes" en el número 17 de la revista L'Esprit Nouveau, texto que se convertiría en el primer capítulo de su influyente Urbanisme (1925). Pero la ironía es notable: Le Corbusier no celebraba el camino del deseo, todo lo contrario. Para él, el asno zigzaguea sin objetivo, esquivando piedras y buscando sombra, mientras el hombre traza la línea recta porque sabe adónde va; la curva era pereza y animalidad, la recta era dominio racional sobre el territorio. Es exactamente la jerarquía de valores que el urbanismo contemporáneo ha invertido: lo que Corbusier despreciaba como extravío del asno, hoy se lee como inteligencia colectiva destilada por el uso.

El término tal como lo empleamos hoy sí tiene una genealogía documentable en la planificación del transporte: el estudio de transporte del área de Chicago de 1959 ya usaba estos caminos del deseo para representar las preferencias de los viajeros entre tren y metro, cartografiando hacia dónde quería ir realmente la gente a partir de por dónde pisaba. 

Los ejemplos, una vez que se empieza a mirar, aparecen por todas partes. En la Universidad Estatal de Michigan los arquitectos dejaron el campus deliberadamente sin aceras entre los edificios nuevos, esperaron a que los propios estudiantes marcaran sus recorridos sobre el césped y después asfaltaron exactamente esas trazas; en Finlandia, los urbanistas tienen la costumbre de visitar los parques justo tras la primera nevada, cuando la nieve virgen delata con precisión fotográfica por dónde camina de verdad la gente. En Manhattan, se cree que buena parte del trazado de Broadway sigue todavía un sendero usado por el pueblo wecquaesgeek antes de la colonización, un camino del deseo devenido, con los siglos, en una de las arterias más transitadas del planeta. Y en Detroit, un estudio calculó que la ruta más corta entre 131 destinos aleatorios, siguiendo los caminos del deseo en vez de las calles oficiales, era en promedio 6,27 metros más corta, y que en 2010 la ciudad acumulaba ya más de 240 kilómetros de estas sendas informales: una diferencia modesta trayecto a trayecto, pero multiplicada por millones de pasos.

La pandemia añadió su propio capítulo: el confinamiento disparó un 25% la afluencia a los parques de Buffalo en 2020, y en los bosques protegidos cercanos a Boston la longitud de nuevas sendas creció un 36%, tanto como lo que se había acumulado en los 47 años anteriores —muchas de ellas, curiosamente, no como atajos sino como sendas paralelas para guardar las distancias.

Más allá del asfalto, la metáfora ha hecho fortuna en otros campos: en diseño de software se habla de "pavimentar los caminos de las vacas" para justificar que una función se construya sobre el uso real y no sobre el que imaginó el diseñador; en sociología, la investigadora Laura Nichols propuso en 2014 el concepto de "sendas sociales del deseo" para pensar cómo ciertas prácticas informales terminan legitimando políticas que el diseño institucional no había previsto. 

Los caminos del deseo ofrecen una metáfora particularmente fértil: la ciudad es un texto que escriben simultáneamente sus diseñadores y sus habitantes. Sigue un álbum creciente de imágenes, la mayoría captadas por nosotros mismos.

Callejón Zollo: Historia de la calle más estrecha de Bilbao

El Callejón Zollo representa uno de los vestigios más singulares de Bilbao, una vía cuya extraordinaria estrechez —apenas supera los 1,5 metros en sus puntos más angostos— evoca una singular compresión espacial. Recuerdo cuando llegaba llegaba hasta la calle Iparragirre siendo una vía con entrada y salida, pero no un callejón. Ubicado en el Ensanche bilbaíno, en el número 11 de la calle Alameda San Mamés, este pasaje constituye un documento peculiar.

La historia del Callejón Zollo no debe contextualizarse dentro del Casco Viejo propio de la fundación de Bilbao en 1300, cuando Diego López de Haro dotó a estas tierras de fuero urbano. La villa, en sus Siete Calles, originalmente protegida por las murallas que flanqueaban las orillas del Nervión, se organizaba en torno a una trama viaria que equilibraba las necesidades defensivas con la circulación comercial. Las calles estrechas no eran meramente fortuitas, sino producto deliberado de estrategias urbanísticas que favorecían la defensa y optimizaban el aprovechamiento territorial en espacios limitados.

El topónimo mismo merece atención. "Zollo" —variante dialectal o arcaísmo lingüístico— designa potencialmente a un oficio artesanal o a una familia medieval, aunque la etimología permanece parcialmente oscurecida por la erosión documental. Puede provenir de un caserío o baserri de nombre Zalla (apellido vasco común).

Desde una perspectiva arquitectónica, el Callejón Zollo exhibe características propias: fachadas de mampostería con ventanas en progresión vertical, inclinación de tejados que responden a la captura de lluvia en condiciones de estrechez extrema, y una continuidad constructiva que comprime el espacio disponible hasta casi eliminar perspectiva. Esta compresión arquitectónica produce un efecto sensorial peculiar: la deambulación por el callejón provoca una experiencia casi claustrofóbica que sumerge al visitante en la cotidianidad medieval bilbaína.

En el contexto de la revitalización urbana —proceso que ha intensificado su presencia en la oferta turística y patrimonial de la ciudad— el Callejón Zollo ha adquirido un papel simbólico. No se trata simplemente de una curiosidad arquitectónica, sino de un símbolo de autenticidad urbana frente a los procesos de homogenización contemporánea. Su mantenimiento físico y su preservación en los mapas mentales colectivos responden a una valorización creciente del patrimonio inmaterial urbano: la calle estrecha es testimonio de una relación distinta entre el cuerpo humano, la arquitectura y el tejido urbano.

Turísticamente, el Callejón Zollo se ha convertido en destino obligado de las rutas de descubrimiento. La fotografía de su eslabón más estrecho ha devenido un elemento de la iconografía visual asociada a Bilbao, reproducida en guías turísticas y perfiles de redes sociales.

Desde la pedagogía urbana, el Callejón Zollo constituye un excelente observatorio para reflexionar sobre cómo la forma construida encarna decisiones colectivas, limitaciones técnicas y racionalidades distintas a la expansión contemporánea. Su existencia interroga nuestras actuales concepciones del espacio público y la movilidad urbana, recordándonos que la ciudad es un palimpsesto donde la historia física sigue habitando bajo las capas de modernización.

@agirregabiria

Callejón Zollo, calle más estrecha de Bilbao 

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Cecil Konijnendijk y la regla 3-30-300 del urbanismo sano

En distintas ocasiones y posts hemos declarado que, desde la juventud, necesitamos vivir a menos de 300 metros de un mar, sea el Cantábrico o el Mediterráneo. Muy cerca de alguna playa, que a su vez esté cerca de bosques o zonas de naturaleza, y que los árboles son parte de nuestra cotidianeidad. Y, de pronto, aparecen teorías que dan la razón y la fórmula para estas sensaciones íntimas. Por ello, hoy nos detendremos en una fórmula denominada como la regla 3-30-300: Se trata de una gramática ecológica para la ciudad saludable. 

Hay ideas que, por su elegante sencillez, parecen inevitables una vez formuladas. La regla 3-30-300 es una de ellas. Propuesta en febrero de 2021 por el investigador neerlandés Cecil Konijnendijk, esta norma establece tres umbrales mínimos de verde urbano que toda persona debería tener garantizados con independencia del barrio en que viva: poder ver al menos tres árboles de porte adulto desde su hogar, su lugar de trabajo o su escuela; vivir en un vecindario con una cobertura arbórea de al menos el 30% del suelo; y residir a no más de 300 metros del parque o espacio verde público más cercano, de al menos una hectárea de extensión. Tres números. Una política ambiental completa.

Lo notable de la La regla 3-30-300 no es solo su parsimonia conceptual, sino su vocación de equidad. Los tres criterios reunidos aportan beneficios variados a la población: mejora de la calidad del aire y del clima térmico local, reducción del estrés, actividad recreativa, y bienestar físico y mental. En este sentido, la 3-30-300 no es únicamente una herramienta urbanística, sino un indicador de justicia ambiental: permite detectar con precisión cuáles son los barrios —casi siempre los más desfavorecidos económicamente— donde los habitantes carecen de acceso a la naturaleza urbana. Zonas grises en todos los sentidos.

Los datos que respaldan cada umbral provienen de décadas de investigación en salud pública y ecología urbana. Estudios europeos han constatado que una cobertura de dosel del 30% se asocia con una reducción de aproximadamente un tercio de la mortalidad durante las olas de calor. Por su parte, la proximidad a espacios verdes incide favorablemente en la calidad del sueño, reduce los niveles de ansiedad y mejora el rendimiento cognitivo, especialmente en niños en edad escolar. En un contexto de crisis climática acelerada —con temperaturas urbanas que superan ya en varios grados a las de los entornos rurales—, estos datos dejan de ser mera estadística académica para convertirse en argumentos de política pública urgente.

La La regla 3-30-300 ha encontrado rápida acogida entre organismos internacionales, administraciones municipales y organizaciones no gubernamentales de todo el mundo. Se trata de un objetivo claro y fácil de comunicar que puede comenzar a implementarse de inmediato, sin los costes financieros o temporales de desarrollar soluciones a medida para cada ciudad. Barcelona, Copenhague, Singapur, (ojalá Getxo) o varias ciudades latinoamericanas ya la han incorporado como referencia en sus planes de arbolado y gestión del verde urbano.

La regla conecta asimismo con otras propuestas contemporáneas de reconfiguración de la ciudad, como el concepto de la “ciudad de los 15 minutos” impulsado por Carlos Moreno, o los principios de las ciudades biofílicas. Todas ellas comparten una premisa común: la calidad de vida urbana no puede seguir midiéndose exclusivamente en términos económicos o de conectividad digital. La relación cotidiana con la naturaleza —con sus ritmos, su escala y su impredecibilidad— es una dimensión irreductible del bienestar humano.

Cecil C. Konijnendijk, nacido en 1970 en Maurik (Países Bajos), es investigador, docente, asesor y escritor especializado en silvicultura urbana y renaturalización de ciudades. Estudió ingeniería forestal en la Universidad de Wageningen y obtuvo su doctorado en economía agraria y forestal por la Universidad de Finlandia Oriental. Su trayectoria académica le llevó a trabajar en Dinamarca, Suecia, Canadá y España, antes de regresar a los Países Bajos en 2022. Actualmente codirige el Nature Based Solutions Institute y es Profesor Honorario en la Facultad de Silvicultura de la Universidad de British Columbia. En 2002 cofundó la revista científica Urban Forestry & Urban Greening, referencia internacional en el campo, de la que fue editor jefe durante dieciocho años. Su trayectoria combina el rigor científico con una decidida vocación por traducir el conocimiento en herramientas útiles para quienes toman decisiones sobre el espacio urbano.

La regla 3-30-300 nos recuerda que la política ecológica más transformadora no siempre es la más compleja. A veces basta con tres árboles visibles desde la ventana para empezar a medir, y a exigir, otro tipo de ciudad.