Como muchos años (ver otros posts), celebramos que el 14 de marzo es el día del número Pi, por su notación inglesa 3.14. Este año destacaremos el Punto de Feynman en este número irracional.
Se refiere a los dígitos decimales de π entre las posiciones 762 y 767, que consiste en una séxtuple repetición del número 9. Puesto que π es un número irracional con una expansión decimal infinita no repetitiva que podría ser normal, es posible esperar la existencia de cualquier secuencia de dígitos tarde o temprano. Sin embargo, la temprana aparición de la secuencia tras tan relativamente pocas posiciones convierten el punto de Feynman en una curiosidad matemática.
El nombre se debe a un comentario del celebérrimo físico Richard Feynman (ver en muchos posts), en el que dijo que quería memorizar los dígitos de π hasta ese punto, para poder terminar de recitarlos diciendo "...nueve, nueve, nueve, nueve, nueve, nueve, y así en adelante", sugiriendo que π era un número racional.
En la constelación de genios que transformaron la física en el siglo XX, pocos brillan con una luz tan multifacética y profunda como Eugene Paul Wigner (1902–1995). Miembro destacado de los "Marcianos de Budapest" —ese grupo de científicos húngaros de intelecto sobrehumano que incluyó a Von Neumann y Szilárd—, Wigner no solo ayudó a construir la bomba atómica, sino que redefinió cómo entendemos las leyes fundamentales de la naturaleza a través de la elegancia de las matemáticas.
Una vida entre dos continentes. Nacido en Budapest en una familia judía de clase media, la trayectoria de Wigner estuvo marcada por la búsqueda de orden en un siglo convulso. Aunque se doctoró en ingeniería química para complacer a su padre, su verdadera pasión era la física teórica. En el Berlín de los años 20, codeándose con Einstein y Planck, Wigner comenzó a aplicar una herramienta matemática que muchos físicos de la época miraban con recelo: la teoría de grupos.
Con el ascenso del nazismo, Wigner emigró a Estados Unidos, estableciéndose en la Universidad de Princeton. Allí, su trabajo se volvió crucial para el Proyecto Manhattan. Fue él quien diseñó los primeros reactores nucleares de producción a gran escala, demostrando que su genio no solo habitaba en la abstracción, sino también en la ingeniería práctica.
El Maestro de la Simetría. El mayor aporte de Wigner a la ciencia fue la introducción de los principios de simetría en la mecánica cuántica. Antes de él, la simetría se consideraba una propiedad estética de los cristales o las formas. Wigner demostró que la simetría es la piedra angular de las leyes físicas.
Su famoso Teorema de Wigner es fundamental en la física de partículas, estableciendo cómo los estados cuánticos se transforman bajo operaciones de simetría. Por sus contribuciones a la teoría del núcleo atómico y las partículas elementales, especialmente a través del descubrimiento y aplicación de los principios fundamentales de simetría, recibió el Premio Nobel de Física en 1963.
"La efectividad irrazonable de las matemáticas". Más allá de sus logros técnicos, Wigner es recordado por un ensayo filosófico que sigue provocando debates en los departamentos de matemáticas y filosofía: The Unreasonable Effectiveness of Mathematics in the Natural Sciences (1960). En este texto, Wigner plantea una observación inquietante: no hay una razón lógica obvia por la cual conceptos matemáticos abstractos, desarrollados por el intelecto humano de forma independiente, encajen con tanta precisión milimétrica en el funcionamiento del mundo físico. Para Wigner, esta armonía es "un regalo maravilloso que no comprendemos ni merecemos".
Libros Clave para Entender su Legado. Para quienes deseen profundizar en su pensamiento:
Group Theory and its Application to the Quantum Mechanics of Atomic Spectra (1931): El texto fundacional que introdujo la teoría de grupos en la física moderna.
Symmetries and Reflections (1967): Una colección de ensayos filosóficos y científicos que exploran la relación entre la ciencia y la mente humana.
The Recollections of Eugene P. Wigner (1992): Sus memorias, donde narra con humildad y detalle el surgimiento de la era nuclear y su relación con otros genios de su tiempo.
El ensayo de 1960 de Eugene Wigner, La efectividad irrazonable de las matemáticas en las ciencias naturales, plantea un enigma que roza lo metafísico: ¿por qué el universo obedece a leyes matemáticas que nosotros inventamos en la seguridad de nuestras mentes? Wigner argumenta que la utilidad de las matemáticas para predecir fenómenos físicos es algo que "bordea lo misterioso", sugiriendo que existe una correspondencia profunda y no explicada entre el pensamiento abstracto y la realidad material.
En la actualidad, la ciencia y la filosofía intentan resolver este dilema desde tres frentes principales:
La Hipótesis del Universo Matemático: Liderada por Max Tegmark, propone que el universo no es que se describa con matemáticas, sino que es una estructura matemática. Nosotros solo descubrimos fragmentos de esa realidad.
Evolución y Adaptación: Algunos neurocientíficos sugieren que nuestra lógica matemática evolucionó para sobrevivir en un mundo físico que ya poseía patrones regulares; por tanto, nuestra matemática es una herramienta "tallada" por la propia realidad.
El Multiverso: Desde la cosmología de cuerdas, se argumenta que existen infinitos universos con diferentes leyes. Nosotros simplemente habitamos uno donde las matemáticas funcionan, pues es el único que permitiría la complejidad necesaria para que existan observadores (el principio antrópico).
Pese a estos intentos, la pregunta de Wigner permanece abierta: sigue siendo asombroso que una ecuación trazada en una pizarra pueda predecir la existencia de una partícula o el comportamiento de una galaxia a millones de años luz.
El pensamiento de Eugene Wigner era directo, a veces irónico, pero siempre cargado de una profundidad filosófica: "La matemática es la ciencia de las cosas que son obvias por sí mismas.""Es un milagro que la mente humana sea capaz de inventar conceptos matemáticos que luego resultan ser las herramientas exactas para describir el universo.""La física está volviéndose tan difícil que cada vez se tarda más tiempo en entrenar a un físico para que llegue a la frontera de lo que se conoce."
Eugene Wigner fue mucho más que un físico ganador del Nobel; fue un pensador que se atrevió a preguntar por qué el universo es inteligible. Su legado nos recuerda que, detrás del caos de las partículas y la energía, existe una estructura de simetría profunda que solo el lenguaje de las matemáticas puede descifrar. En un mundo que a menudo parece carecer de orden, la obra de Wigner es un faro de racionalidad y asombro.
¿Y si el universo fuera, en realidad, un libro escrito en un lenguaje que no deberíamos entender? 🌌📖 Eugene Wigner, Premio Nobel y "marciano" de la física, lanzó una bomba filosófica en 1960: la "efectividad irrazonable de las matemáticas".https://t.co/XyaXvMnD3L Es un milagro… pic.twitter.com/rMDTEaNu4v
Alexander Craig Aitken, el mejor de los calculistas mentales recientes, no comenzó a calcular mentalmente hasta la edad de 13 años. Impresionaba en sus conferencias a la audiencia realizando cálculos mentales como la memorización del número π(Pi) hasta el decimal 1.000, colocando los dígitos en filas de cincuenta, dividiendo cada una de ellos en grupos de cinco y luego leyéndolas a un ritmo particular. Alguien le pidió comenzar en el decimal 301. Cuando había citado cincuenta dígitos se le rogó que saltase al lugar 551 y dar 150 más. Lo hizo sin error, comprobándose los números en una tabla de π(Pi). (+ Mentes prodigiosas en Ciencia Popular). También se celebra hoy el nacimiento de Einstein, el 14-3-1879.
El segundo vídeo dirigido por Chris Mann y producido por Manmade Productions explica por qué y cómo detectar un "bosón de Higgs", lo que confirmaría una hipótesis sobre la aparición de la masa como forma condensada de energía (según la ecuación de Albert Einsteinde E=m.c^2).
El tercer vídeo recoge la noticia del día. En la grabación se cita al "bosón de Higgs" con el sobrenombre de "la partícula de Dios". Este apodo surgió en la década de los '90, cuando el Premio Nobel de FísicaLeo Max Lederman, escribió un libro de divulgación donde la denominada "The Goddamn Particle" ("La Partícula Puñetera", por su casi dificultosa detección). El editor del libro, modificó el término "The Goddamn Particle" por "The God Particle" y así surgió "La Partícula de Dios". Nuevamente, con la declaración conjunto del propio director del CERN, Rolf Heuer, y otros destacados científicos, este Centro Europeo de Investigación Nuclear se convierte en el escenario de grandes innovaciones científico-tecnológicas. Ya hemos escrito en distintas ocasiones del CERN, como la sede donde el 26 de febrero de 1991, de la mano de Tim Berners Lee nació la World Wide Web. Recordamos vívidamente una visita previa que hicimos entre el 24 y 29 de julio de 1998 (buscaremos fotos y documentación), invitados con ocasión de la célebre ECCE 88 (1st European Conference on Computers in Education--ECCE 88) que tuvo lugar en la próxima Lausanne. Actualmente, cada curso 20 miembros del profesorado vasco de secundaria puede visitar el CERN para incorporar al aula los últimos avances de la investigación científica, así como para conocer instituciones de máximo nivel para divulgarlas entre su alumnado.
Reflexiona antes de pensar y elige la paradoja para mostrar la lógica.
Las frases paradójicas abundan, y más en lo relativo a algunos temas. Sobre religión, Luis Buñuelconfesó: “Yo aún soy ateo, gracias a Dios”. Otros opinan: “Como Dios no exista estamos apañados; pero anda que como exista…” o “hay muchos creyentes a quienes les estaría muy bien empleado que Dios existiera”. La ética se explica con paradojas, como “la ‘vida fácil’ suele ser la más difícil” o “mucho mejor que arrepentirse es no tener que arrepentirse”. Muy válidas porque todos “sabemos que sólo vivimos una vez, pero lo ignoramos”.
En ciencia también se acumulan las paradojas explicativas, como cuando Albert Einstein afirmó: “Lo más incomprensible del universo es que resulte comprensible”. El gran matemático George Pólya señaló: “Este principio es tan general que no es posible aplicarlo a ningún caso particular”. La Rochefoucauld apuntó que “conservar la salud merced a un régimen excesivamente severo constituye una verdadera enfermedad”, para gente “que dice que el apetito viene comiendo, sin conocer el apetito que viene... no comiendo”.
Más contradictoria es la política, de la que se afirmó: “Parece imposible, pero la política es el arte de lo posible”. Stephen Jay Gould proclamó: “Muchísimos son liberales para todas las libertades ya conseguidas y conservadores para las que aún hay que alcanzar”. Con todo no existe mayor contrasentido que el de “Si quieres la paz, prepara la guerra”, porque “si las guerras sirvieran para algo, debería de haber más guerras” como creen quienes opinan que “a los violentos había que matarlos a palos”.
Existen muchas otras gloriosas paradojas sobre temas variados, como la de Pablo Picasso, “el arte es una mentira que permite darnos cuenta de la verdad”. El escritor Alphonse Allais solía decir: “Mi holgazanería no me deja tiempo libre para nada”. Hasta el propio Platónapuntó: “El sexo débil es generalmente el sexo fuerte debido a la debilidad que siente el sexo fuerte por el sexo débil”.
Por último, los juegos de palabras paradójicos son los más divertidos. Como los Hermanos Marx en la película "Sopa de Ganso": “Si nos encuentran, estamos perdidos”. U otras: “Asistimos a un encierro bastante abierto”, “los fuegos artificiales fueron muy naturales”, “el dinero sólo sirve para todo, pero para nada más”, o ”ya nadie va a ese lugar, porque siempre está lleno de gente”. Acabo porque se me ha quedado la mente en blanco y lo veo todo negro.
Lo mejor para mostrar su interés es una reciente y profunda cuestión que elegimos e incorporamos para vuestro aprendizaje. ¿Cuáles son algunos buenos hábitos de gente muy rica? Y una respuesta que hemos valorado muy positivamente.
Gerardo Ortega, +5 años involucrado en Tecnología, Start-ups e Inversión
A pesar que no soy muy rico (por ahora), trataré de profundizar en mi respuesta, ya que a mi parecer los hábitos de algunas personas destacadas quienes entran en la categoría de muy rica, nos pueden ayudar a todos a llevar una vida mejor, y porque no? A convertirnos en muy ricos algún día.
Mi lista se basa en un grupo limitado de gente muy rica a quienes estudio y leo.
A la gente muy rica le encanta leer. Por ejemplo, Bill Gates lee al menos un libro a la semana[1], Warren Buffett invierte alrededor del 80% de su día leyendo [2], cuando le preguntaron a Elon Musk cómo aprendió sobre cohetes espaciales, respondió: ¨leo [muchos] libros¨ [3]. Mark Zuckerberg lee un libro cada dos semanas[4], y la lista es extensa.
La gente muy rica planifica. Después de todo, el dinero no puede comprar tiempo extra, así que no tienen tiempo para perder. Es usual que lleven un control de sus actividades, además tienen calendarizados los eventos importantes y se plantean metas a corto, mediano y largo plazo.
…escucha audiolibros. Siguiendo con el hecho que valoran enormemente su tiempo, aprovechan actividades triviales como conducir o viajar por avión para escuchar audiolibros de su interés.
…se levanta temprano. Éste quizá sea menos popular, pero es un común denominador en muchas personas exitosas y adineradas. Muchos de ellos se levantan de 2 a 3 horas más temprano de lo normal, y es tiempo que dedican a reflexionar, leer, tomar decisiones sobre lo que harán en el día o ejercitarse.
…ven poco o nada de televisión. Algo que tienen en común es lo productivo que hacen del día, y en lugar de invertirlo viendo televisión lo usan para cosas más importantes como leer o meditar.
…llevan una vida saludable. Steve Jobs dijo: “No importa ser el hombre más rico en el cementerio…” Y tenia toda la razón, por eso la gente muy rica lleva una vida saludable, hacen ejercicio regularmente, etc… para continuar haciendo cosas geniales.
Ahora me voy a centrar en los hábitos de mi grupo de gente muy rica favorito: inversionistas.
Piensan a largo plazo y entienden el poder del interés o capitalización compuesta. Si estudias cerca la vida de Warren Buffett o Charlie Munger, verás que no hicieron sus “billones” de la noche a la mañana. Todo fue parte de un largo proceso, y en el centro de eso eso proceso está el interés compuesto. Albert Einstein dijo [5]“el interés compuesto es la octava maravilla del mundo, quien lo entiende, lo gana… y quien no… lo paga”. Y no es para menos, a cómo explicaba en mi respuesta a ¿En qué invertir 100 dólares?, el interés compuesto es el secreto que puede convertir cientos en miles, y porque no? millones a largo plazo.
Aprenden a vivir por debajo de sus posibilidades. Después de todo, ya no trabajan por dinero, sino que ponen el dinero a trabajar por ellos. Así que imagina que malgastarán $100,000. En base al punto anterior, esa cantidad bien invertida podría convertirse en decenas de millones en algunos años. Esto a su vez reforzado por su pensamiento a largo plazo, les ayuda a medir y controlar sus gastos, por pequeños que sean o parezcan. Imagina que ahora obtienes un plan telefónico por $100 mensuales; aunque en principio no parece mucho, equivale a $12,100 en 10 años (y eso que sin invertirlos, si los inviertes a una tasa de 9.8% de retorno anual obtendrías unos $20,682). Con eso puedes comprar tu libertad financiera por más de un año. La gente muy rica, ahorra, invierte y reinvierte.
Aguarda al agua que fragua, aguanta y nos salvaguarda.
Un reciente anuncio de coches muestra a Bruce Lee, recomendando: “Sé agua, amigo. Vacía tu mente. Libérate de las formas. Como el agua. Pon el agua en una botella y será la botella. Ponla en una tetera y será la tetera. El agua puede fluir… o puede golpear”… Podríamos responder al admirado maestro si no hubiese fallecido en 1973: “Ya lo somos, agua en el 75% de nuestro peso corporal”. Aunque parezcamos de carne y hueso, agua es el 85% de la sangre, el 75% del cerebro, el 70% de los músculos y hasta el 22% del esqueleto.
Somos peces en el agua. Peces que tenemos mucho que decir, pero no podemos hacerlo con la boca llena de agua. Peces que como Marshall McLuhan anunció, lo último que vemos es el agua. Somos peces en el agua, como aquél que Einstein mencionó: ¿Qué sabe el pez del agua donde nada toda su vida?
Bebamos agua, que bien sabe y es muy sano. No nos ahogemos en un vaso de agua, seamos agua, nunca digamos de este agua no beberé. Cuando el río suena, agua lleva agua. Seamos agua, que si no hemos de beber, dejaremos correr. Seamos agua, pero no agua pasada, que no mueve molino. Aún tenemos la sensación de que todo, la vida, comenzó en el agua. De que aún sólo somos… agua. Seamos agua, amigos, o seremos lágrimas.
He ingresado en la legión grisácea de los cincuentones, sin eufemismos paliativos tales como jóvenes maduros o veteranos juveniles. Cuando publiquen esta nota, ya habrá pasado mi cumpleaños, así que pueden abstenerse de felicitarme. Nací un viernes santo cualquiera, justo hace diez lustros. Este quincuagésimo cumpleaños es la fecha en la que descubres que todo es más sencillo de lo que pensabas, y coincides con tus hijos adolescentes en que el día para pegarte el banquete o la fiesta de tu vida es… hoy mismo, sin esperar a mañana, y eso cada día de los próximos mientras puedas decidir. Con todo, la crisis de los 50 me parece más llevadera que la depresión de los 40, y de la angustia de los 30, que ni siquiera recuerdo bien. Convertirse en cincuentón es una trágica y traqueteada experiencia, pero que se vive en compañía de todos los coetáneos. A ellos están dedicadas estas líneas. Siempre pensamos que aquélla fue una gran cosecha, la del 53, aunque ahora lo dudamos tras descubrir que son de la misma quinta Aznar y Blair (quien dijo sentir mariposas en el estómago el día que cumplió 50).
Aquel nuestro año 1953 finalizó la Guerra de Corea, Franco firmó el Concordato con el Vaticano y los primeros acuerdos económicos y militares con los EE.UU., llegó la Coca-Cola, se escaló en Everest, se demostró la relación entre cáncer y tabaco, se descubrió la estructura en doble hélice del ADN, se simplificó la famosa ecuación de Einstein a E=m.c2, se inventó el bolígrafo Bic y se pusieron de moda los pantalones vaqueros. Murieron Stalin, el compositor Prokófiev, el poeta Dylan Thomas,…, pero ahora lo que importa es cómo fuimos, y cómo somos los que entonces nacimos –más exactamente, los que todavía quedamos-.
Nosotros nos criamos a lo bestia. Hacíamos lo que jamás permitimos luego a nuestros hijos. Corríamos en pequeñas e inadecuadas bicicletas sin casco, los columpios eran de metal roñoso y con esquinas en pico, y jugábamos a ver quien era más bruto. Construimos goitiberas para bajar por las cuestas y descubríamos que habíamos olvidado los frenos. Jugábamos a "chorro, morro, pico, tallo, qué" (no pregunten eso qué significaba), procurando caer en plan bomba, y nadie sufrió dislocaciones vertebrales. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y sólo volvíamos al anochecer. Nadie podía localizarnos por ningún móvil. O hacíamos una fogata para asar patatas y contarnos historias de miedo. Nos abríamos la cabeza jugando a “guerra de piedras” y no pasaba nada, eran “cosa de niños” y se curaba con Mercromina y un cachete adicional de castigo. Comíamos moras, pipas de melón y porquerías, bebiendo aquel refresco de color butano, pero no fuimos obesos. Estábamos siempre al aire libre, corriendo y jugando. No tuvimos Playstation, Nintendo, películas en vídeo, móviles, computadores ni Internet: sólo un canal de televisión en blanco y negro,.. en casa de algún amigo rico. Siempre recordaremos nuestros escasos juguetes, pero nos sobraban los amigos y primos. Quedábamos con ellos en el parque más cercano. O ni siquiera quedábamos, con la merienda íbamos a la plaza y allí nos encontrábamos. Ligábamos con las chicas persiguiéndolas, no en un chat tecleando ;-D. Y jugábamos a las chapas, a las canicas, al “hinque” con clavos herrumbrosos, con pólvora,... en fin, con tecnología punta. Bebíamos agua directamente del grifo, cazábamos lagartijas y gorriones con la "chimbera de balines", sin adultos vigilándonos. En los juegos del patio, no todos participaban en los equipos; debías ser elegido. Los otros tuvieron que aprender a superar la decepción. Los menos estudiosos, repetían curso y les ponían a trabajar prematuramente de “botones”… en una Caja de Ahorros y cuando pasadas las décadas te los reencontrabas, te denegaban el crédito.
Viajábamos en minúsculos coches sin cinturones de seguridad ni air-bag, durante viajes de 8 horas con cuatro adultos y cuatro niños en un 600, sin síndromes de la clase turista. Éramos responsables de nuestras acciones y arreábamos con las consecuencias. Si transgredíamos alguno de los numerosos preceptos, nuestros padres no sólo no nos protegían, sino que además nos castigaban aparte. Tuvimos media libertad, mucho fracaso, poco éxito y moderada responsabilidad, pero aprendimos a crecer con todo ello.
Ha pasado la mayor parte, pero quizá no la mejor, de la vida familiar y profesional. Nuestros hijos son insufribles y eternos adolescentes, nuestra pareja ha engordado casi tanto como nosotros, y ya estamos plenamente instalados en esa burguesía postmoderna y acomodada,… que tanto se parece a la de nuestros abuelos y que fue mejor que la de nuestros sufridos padres. Nuestros rutinarios paseos con la parienta, esos recorridos de café con leche en café con leche (descafeinados por supuesto), con muchas paradas, permiten a los comerciantes poner en hora sus relojes cuando nos ven desfilar puntualmente cada atardecer. Nuestra carrera laboral ya ha acumulado suficiente mediocridad como para no quitarnos el sueño las pasadas aspiraciones, que han envejecido más prematuramente que nosotros. Ya sabemos adónde vamos a llegar, y eso con suerte: a la prejubilación. Pero nos sentimos bien, nada de esa "sensación de que la vida se me está escapando". Chispeantes, seguimos creciendo. Los pies, por ejemplo, cada vez están más lejos y cada día te cuesta más llegar hasta ellos, sobre todo el izquierdo. Cierto que ya no podemos pasar de los tres platos en las alubiadas, y que crecen los periféricos de ayuda (gafas de presbicia, y pronto audífonos), pero hay otras ventajas: Vas perdiendo la vergüenza, y desarrollándose una “cara dura” con la edad,…, y disminuye drásticamente el riesgo de morir… joven.
Comenzamos a adivinar lo que se nos avecina en las próximas décadas. Los ruiditos que nos acompañan a cada movimiento, sobre todo de alzada. Disfrutamos de ese sueño “camembert”, plagado de periodos de insomnio, y cuando te levantas recuerdas eso de que si no te duele nada, es que ya estás muerto… El tango dice que “veinte años no es nada”, pero “cincuenta años” otorgan una madura lucidez,… que estremece. Nosotros que fuimos testigos de la carrera por la Luna, pertenecemos a la maldita “generación sándwich”, de selectividades dobles, de “mili” larga, siendo jóvenes cuando se llevaban los veteranos y llegando a expertos cuando mandan los novatos. Fuimos obedientes con nuestros padres y con las demás autoridades de turno, y ahora nos tienen en jaque nuestros hijos a los que, en general, malcriamos por miedo a repetir nuestra historia. Debimos aprender a liberarnos de muchos prejuicios y cuando lo conseguimos, resulta que estábamos cargados de años. Pero disfrutamos de regalos tardíos, como redescubrir y recuperar la música de los ’70 por Internet y ver a la siguiente generación cometer nuestros mismos errores. La nostalgia empieza a invadirnos y cada vez nos parecemos más a nuestros progenitores, e incluso a nuestros abuelos. Pronto añoraremos cuando hablábamos… todo seguido, y no recordaremos a ese tal “Al..zheimer”, y se acerca el día en el que ingresaremos en esos grupos de “ancianas de los dos sexos”. - “Es cruel”, digo, y mi mujer replica: - “Sí, para ellas”.
La vejez es lo más inesperado que le sucede al hombre y llega sin ser invitada. Sólo comienza cuando se pierde la curiosidad y cesa de indignación por todo lo que está mal a nuestro alrededor. La madurez, incluso la vejez bien llevada, puede ser el tiempo de nuestra dicha. La felicidad es el antídoto de la edad. ¡Seamos felices!
La Vida percibida con una visión relacional, no molecular.
La poetisa norteamericana Muriel Rukeyser(1913-1980), corrigió a Demócrito y a todos los atomistas con su transgresora declaración, que modestamente muchos suscribimos: "El universo está hecho de historias, no de átomos".
Esta perspectiva nos aporta una visión sobrenatural, que nos recuerda que nuestra misión no es poseer, sino amar, y que quien tiene una misión, ha de cumplirla.
La propia Física superó entre 1666 y 1678 la teoría corpuscular de Newton, con la teoría ondulatoria de Huygens, aplicadas ambas inicialmente a la luz y extensivas posteriormente a toda “masa” con la Física Cuántica desde Planck, Bohr, Heisenberg y Schrödinger. Incluso físicamente no somos sólo materia; también somos energía, y la ecuación de Einstein (E=m.c2) relaciona ambas magnitudes.
En lenguaje coloquial, o más líricamente, cuando vemos venir por la calle a la persona que adoramos, todos olvidamos que abrazaremos a una conjunción estructural de moléculas. En esas ocasiones, y quizá en todas, sólo existe una historia de amor, que perdurará cuando los átomos participantes se hayan dispersado por el cosmos.
Hemos de descubrir que no somos seres predestinados a dominar a otros, sino a quererlos. Comprenderemos que las únicas conquistas inmortales son las del cariño. ¡Hay tantas clases de amor y de amistad! Relaciones de pareja, familiares, laborales, sociales, espirituales,… Cultivemos todas ellas, apostando por la calidad más que buscando la simple cantidad.
No la llamemos Vida, si no podemos llamarla Amor o Amistad.
La vida no son los inestables átomos que almacenemos en forma de posesiones o patrimonio, ni siquiera los bytes de conocimiento y sabiduría que acumulamos. Si sólo son para nuestro disfrute, con nosotros perecerán. Sólo entregándonos y dándonos, sobreviviremos a nuestra muerte. La existencia es, ante todo, la relación con los demás. La vida se mide por la calidad de vínculos e interrelaciones, más que por la cantidad de objetos materiales.
Reflexionemos y actuemos. Recordemos que las ideas no duran mucho, así que hay que hacer algo con ellas. ¡Suerte con nuestras historias de amor! Descongelemos el poeta que llevamos dentro, recitando el Jeroglíficode Charles Cros, poeta y científico: “J'ai trois fenêtres à ma chambre: l'amour, la mer, la mort” ("Tengo tres ventanas en mi habitación: el amor, la mar, la muerte", pero en español se pierde la similitud fonética).
Son una raza aparte los designados a dedo, quienes triunfan frecuentemente en la administración y en las grandes empresas donde no interesan los resultados o no importan los clientes. Son el producto más elaborado de la ineficacia colectiva y la prueba más contundente de la mediocridad galopante en los monopolios y centros oficiales (donde llegan a ‘menistros’ si se han aprendido el disco rayado contra la oposición): Mutaciones que se alzan sobre el mismo “Principio de Peter” y que asombran por la altura de su ineptitud.
Los dirigentes digitales (DD) son distinguibles por su aspecto. Su perdida mirada vidriosa de inteligencia recóndita, inexplorada e ignota, es la característica más destacable. Una expresión facial que explícitamente dice: "de esto que me hablas hoy, tampoco tengo ni la más remota idea". Ello resulta muy tranquilizador para la alta dirección, que reiteradamente los reeligen sin pensárselo dos veces. Sus cerebros son pozos insondables capaces de tragarse cualquier problema, por complejo que sea, con la plena seguridad de que allí nadie logrará desenterrarlo. Los administrados rápidamente advierten que es imposible no ya dialogar, sino incluso responder a semejantes personajes. Al traspasarles una problemática nueva, los DD corroboran su perfecta idiotez mediante una técnica insuperable: hacen un breve resumen de lo que creen haber entendido, que obviamente no tiene nada que ver con lo solicitado, pero con tal convicción y tozudez que obliga a desistir a cualquiera que no reúna la paciencia de Job con la inteligencia de Einstein. Estos "agujeros negros" digieren cualquier dificultad, transmitiendo tranquilidad a sus jefes, que saben que jamás les volverán con temas a resolver relativos a la temática cedida, dado que se encuentra soterrada bajo la plúmbea losa de la estulticia supina e infranqueable.
Los DD son manifiestamente simpáticos. Por su torpeza, claro está. Resultan imposibles de imitar por los humanos lúcidos, porque la insinceridad aparecería. Su tosquedad es patente hasta en su movilidad y motricidad elementales. Caminan con dificultad, pensando: "ahora el pie izquierdo, ahora el derecho, el izquierdo,...". No son multitarea. Si caminan, no mastican chicle, porque acabarían liándose. Aunque de formas muy diversas, sus cabezas mismas ya manifiestan a las claras su cortedad de entendimiento. Ello queda realzado en su rostro con un permanente rictus de sorpresa por las cosas más simples. Son gente que cae bien, nunca "enteradillos que se las saben todas". Siempre son los últimos en enterarse y casi nunca del todo. Son capaces de sorprenderse con cuestiones triviales, porque su coeficiente de inteligencia comparable al de un cachorro les depara alegrías cotidianas. Una fuente inagotable de sorpresa son sus propias responsabilidades: después de años en una dirección pueden continuar con la retahíla de ¡Ah!, pero eso… ¿también es competencia nuestra?
Los DD son gente leal, fiel y, sobre todo, agradecida. Desde lo más profundo de su corazón y desde lo menos dormido de su mente no aciertan a comprender porqué ellos están allí, y no dejan de ponerlo de manifiesto. En su ausencia de malicia, son plenamente sinceros en sus constantes muestras de gratitud e incluso de servilismo ante quien los nombró, que a su vez se siente más seguro en su puesto dada su manifiesta superioridad respecto a sus DD y, como con los demás no tratan, acabar por creerse seres superiores por la referencia con los cretinos que han logrado reunir a su alrededor para darse la justa medida de sus capacidades.
Los DD aceptan cualquier reto y cualquier responsabilidad. En su ausencia absoluta de capacidad para discriminar entre lo justo y lo arbitrario, entre lo debido y lo que no procede, pueden admitir cualquier "marrón" y son los "chivos expiatorios ideales" si las circunstancias lo requieren. Normalmente su torpeza y estupidez les ahorra gran cantidad de enemigos, porque la talla de los adversarios mide a sus oponentes, y es sumamente difícil encontrar enanos espirituales de tal calibre.
Los DD son gente amistosa. El mundo circundante suele ser considerado con la lógica que les aporta la metáfora familiar. La despreocupación que demuestran en su actividad profesional se compensa con su reiterado interés por todos los familiares de sus interlocutores. Si alguien espera que sugieran soluciones o acepten consejos no obtendrá sino buenas palabras sobre cómo criar a los niños. En su área de conocimiento preferida, donde creen haber triunfado,..., por lo menos hasta que sus hijos tienen siete años y comienzan a no poderles seguir ni en sus razonamientos, ni menos aún en sus deberes escolares.
Los DD son felices y transmiten alegría. Jamás se les ve agobiados con problemas o sumergidos en la depresión. Pueden llegar a sentir alguna forma liviana de estrés en su esfuerzo por comprender algo, pero la bienaventurada naturaleza que les guía y les protege, a falta de una racionalidad desarrollada, pronto les hace desistir en su intento de superar su propio umbral de discernimiento del entorno más elemental.
Los DD son prudentes y fiables. Prefieren las soluciones convencionales, porque barruntan que podrán alcanzar a entenderlas de algún modo. Para apartar los métodos innovadores suelen recurrir a un par de aforismos de entre la media docena de refranes que conocen y que suele constituir todo su bagaje cultural. "Primero organizar y luego informatizar", por ejemplo, pueden llevar diciéndolo desde hace veinte años, y seguir utilizándolo sin muestras de desgaste. Con técnicas de dilación encadenadas suelen hurtarse de cometer errores, y raramente se equivocan porque nunca deciden nada y menos por sí mismos.
Los DD son polivalentes. Dado que no valen para nada y que ya han estado ocupando otra plaza de responsabilidad durante lustros, igualmente son trasladables a cualquier otro puesto sin riesgo alguno de que lo hagan peor. Su inoperancia universal les valida para ocupar cualquier destino sin detrimento de eficacia, habida cuenta de que siempre parten del grado ínfimo.
Los DD son grandes “solucionadores” de problemas, porque cuentan con una habilidad difícilmente localizable en los otros mortales: No sólo pueden "pudrir" cualquier temática, sino que incluso llegan a olvidarse enteramente de su existencia, con lo cual no apesadumbran a quien los nominó con las contrariedades inevitables que las resoluciones de problemas suelen requerir. Generalmente los mismos jefazos llegan a extraviar por completo el problema, e incluso los afectados acaban comprendiendo que no se ocupará de su asunto el DD, dado que ya estará en vías de olvidarse del siguiente tema. Su velocidad de tratamiento de conflictos es, por lo tanto, muy elevado, dirigiéndolos primero al congelador y luego a la papelera.
Los DD crean equipos fuertemente compenetrados. Sus subordinados alcanzan un mayor nivel de integración que bajo la batuta de directores responsables, debido a que deben defenderse de la obtusidad del directivo digital. Además, y por regla general, los DD promueven un "pelotilla manducón", género poco catalogado pero reconocible porque gratuita y desinteresadamente asume competencias que no le corresponden, con el único ropaje de la complacencia del DD quien delega en él gran parte de la gestión que nunca ha comprendido ni llegará a comprender. El resquemor común y generalizado hacia el mandón más que hacia el propio DD, y el esfuerzo de apechugar con el caos provocado, actúa como aglutinador de los subalternos, llegándose a crear un clima jovial y lúdico ante el desconcierto del desbarajuste cotidiano.
Los DD son perdurables y dejan huella de su desatinada gestión. Su contrastada ineficacia les asegura una vida profesional dilatada y su ausencia total de resultados les reporta un recuerdo imborrable entre sus apesadumbrados subordinados, e incluso entre sus pacientes y desesperados administrados. Su actuación monolítica, sin fisuras ni alteraciones, sin estar sometidas a vaivenes, dado su inmovilismo mental incapaz de mudar un criterio propio porque nunca existió ni podría existir, deja de ellos una memoria nada borrosa y aunque su mandato resulte corto, para sus sufridores siempre les habrá parecido una eternidad.
Los DD son pacientes y complacientes con sus subordinados. Siempre les dedican tiempo y parecen intentar descifrar sus reivindicaciones. Con una parsimonia desmedida que perdura hasta que los subalternos comprenden que en aquella mollera abstrusa nunca penetrará la luz del conocimiento, los DD mantienen su máximo esfuerzo de comprensión del que son capaces para intentar entender a aquellos extraños seres que también trabajan en la misma oficina, pero cuyos necesidades e intereses (y no digamos los de los administrados o lejanos clientes) resultarán para siempre completamente velados para los pusilánimes DD, quienes se deben en cuerpo y alma a servir a quien graciosamente los nombró.
"La pelota vasca": Una película que merece ser vista antes de juzgarla.
El escritor Okakura Kazuko decía que “el pueblo hace la crítica de la pintura con el oído”. Ahora también parece que algunos valoran una película sin verla, sólo escuchando a quienes la condenan… sin haberla contemplado tampoco. Recuerde que los críticos pueden llegar a ser constructivos (que no ha sido el caso con Medem), pero nunca serán objetivos. Si desea disponer de una opinión propia sobre “La pelota vasca”, sólo existe un método lógico: Véala. Si le resulta imposible encontrar una proyección por la limitada distribución en cines, recurra a la versión disponible en Internet a través de los programas P2P como Overnet (http://www.overnet.com/) o KaZaA (www.kazaa.com).
Vivimos en la era de los prejuicios, que son la razón de los tontos según Voltaire. Einstein lo señaló: “¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”.
Viaje a Euskadi con esta película. Según Anatole France, “Viajar no es cambiar de lugar, sino cambiar de ilusiones y de prejuicios”. Julio MeneM, de apellido palindrómico, ha dirigido una película de ida y vuelta sobre la tragedia vasca, un decidido alegato contra la violencia. Defiende inequívocamente a todas las víctimas, sin subordinarse a ningún interés político. Es el mensaje sobre una realidad contemporánea de un artista competente, de un cineasta vasco que se declara no nacionalista, pero que ama a su tierra.
Pruebe “La piel contra la piedra”, óigala, siéntala y dictamine por sí mismo. Sin censuras, sin prevenciones. Lo demás sería decir: Amén icono, no cinema.
Las conjeturas no deben cegar nuestras certezas inmutables
Hemos de seguir viviendo, incluso hemos de acudir a votar, y nos sentimos en un mar de dudas, tras el océano de sangre del 11M. El dolor enturbia nuestra mente, pero de nuestra alma emergen simultáneamente las convicciones más firmes. Tuvo que ser Albert Einstein quien declarase, ante el dilema de la bomba atómica en plena II Guerra Mundial: “La paz no puede mantenerse por la fuerza...sólo se consigue mediante la comprensión”. Incluso sin la inteligencia del científico pacifista, todos sí sabemos bien que…
Con la muerte de los demás nunca nadie puede ganar nada en ningún lugar del mundo.
La violencia, la guerra, los ejércitos y las guerrillas sólo causan más masacre y horror.
La democracia, la justicia y la paz son el único camino para toda la humanidad.
Son culpables todos aquellos que buscan victorias por la fuerza de las armas.
Ninguna guerra está justificada; ni ninguna causa vale un solo muerto.
No se puede vencer sin sembrar el odio; convencer es el método.
La inocencia asesinada clama el desprecio hacia los belicosos.
La paz es verdad, justicia, solidaridad, hermandad y amor.
La guerra es la salida cobarde a los problemas de la paz.
La paz comienza justamente donde la ambición termina.
Ante las urnas que hable nuestro pacífico corazón.
Vivimos en un momento histórico tan mercantilizado que desde muy pequeños nos enseñan a cuantificar en dinero el importe de casi todo. Parece que todo se pudiese comprar, alquilar o vender. “El precio justo” no ha enseñado a tasar mercancías y servicios, pero los noticiarios nos informan y demuestran que, desgraciadamente, también se pueden adquirir con dinero valores, principios, órganos o personas.
Había una antigua estimación que aseguraba que el cuerpo humano, por las materias químicas que lo componen, apenas valía 98 centavos de dólar. Posteriormente, a la luz de la posibilidad de fusión de la materia para producir energía eléctrica, la empresa Du Pont afirmó que con la masa de un ser humano medio se podría producir más de 85.000 millones de dólares, en kilovatios-hora facturados a precio de mercado según la ecuación de Einstein E=mc2.
Lo cierto es que el valor de una vida humana ha sido muy variable, en función de factores tan arbitrarios como la época histórica, el continente, la nacionalidad, el sexo o la edad,… Hace apenas 60 años, en Europa los nazis convertían a un ser humano, proscrito por ser judío, gitano u homosexual, en productos de utilidad para el Reich: se comercializaba su grasa para elaborar jabón, sus huesos para fabricar fertilizantes, sus cabellos para la industria textil... Sólo el campo de Auschwitz entregó 60 toneladas de cabello a una fábrica de fieltro, que pagó por ellas 30.000 marcos.
La esclavitud fue abolida, pero pervive todavía hoy día, en nuestra misma civilizada sociedad la creciente trata de personas, impunemente por “razones macroeconómicas de globalización” que justifican el trabajo infantil o para la omnipresente explotación sexual. Y se han amplificado las migraciones impulsadas por el subdesarrollo y la miseria, enmascaradas por necesidades del mercado laboral o simples motivos de servidumbre doméstica. Éxodos desatados por intereses financieros y, al tiempo, combatidos con pretextos de delincuencia congénita; destierros masivos donde la vida de los afectados no vale casi nada.
Incluso los tribunales o las compañías de seguros establecen cuantías muy variables para compensar la muerte en accidente de dos personas similares, solamente por el hecho de que uno sea un ejecutivo y el otro un vagabundo, o porque uno sea un adulto y otro un anciano o un niño. No valen lo mismo un soldado norteamericano o uno iraquí, o dos civiles de ambos países, ni se toma la Humanidad el mismo cuidado en su educación y ni siquiera en su sepelio. Por no citar la aberración que representa la proliferación de los abortos provocados, aunque se respete y compadezca a quienes transigen con ello.
Todos creemos en el valor infinito de cada vida humana. Para muchos, las personas fuimos creadas a imagen y semejanza de Dios. Pero, ya sea porque existe un Ser Supremo o porque existen otros seres humanos, lo ineludible es que todos nos debemos al cuidado de nosotros mismos y de los demás. Los dos primeros artículos de la Declaración Universal de Derechos Humanos lo condensan admirablemente en dos frases dignas de ser aprendidas de memoria: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros. Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición”. Ojalá que algún día se cumplan en toda su extensión tan excelsos deseos.
El “no va más” del juego derrotado gloriosamente por el “sí va más” de la tecnología.
El pasado marzo tres ingeniosos jugadores derrotaron al Casino del Hotel Ritz de Londres, en una operación que al cabo de nueve meses ha sido declarada legal. La primera noche ganaron 200.000$ y volvieron al día siguiente para embolsarse otros 2.000.000 de dólares, mediante un sofisticado dispositivo láser y un microchip escondidos en un teléfono celular. Una microcomputadora conectado a un escáner láser supo deducir con una precisión de 6 casillas dónde caería la bola en función de su posición y velocidad de lanzamiento, así como del giro de la ruleta, en menos de dos segundos enviando un mensaje a la pantalla del móvil antes de que se escuchara el clásico "rien ne va plus".
El grupo, formado por una rubia húngara descrita como "guapa y elegante" y dos acompañantes serbios, fue arrestado por Scotland Yard a petición del casino, quedando en libertad bajo fianza durante nueve meses y sin poder abandonar el Reino Unido. Esta semana la policía ha renunciado a pedir su procesamiento porque no se ha cometido ningún acto delictivo contra la Ley del Juego. Esta Ordenanza británica promulgada en 1845 condena a los timadores que interfieren físicamente el trayecto de la bola o el movimiento de la ruleta, pero no prevé que su trayectoria pueda ser calculada.
El “trío del láser” ha quedado en libertad sin cargos y con todas sus ganancias, gracias al aprovechamiento de las nuevas tecnologías que han sabido ampliar a 6/37 la probabilidad de acertar (1/37), que se cobra a 36 veces lo apostado. El azar, excepto la incertidumbre de Heisenberg, no existe a escala macroscópica: sólo es complejidad de un problema resoluble algún día. Einstein dijo que “Dios no juega a los dados”; entonces, ¿por qué todavía quedan humanos que sí juegan al azar?
Entre casualidades y obligaciones, mejor olvidar a Aznar.
"El Azar y la Necesidad" fue un popular y polémico ensayo sobre la filosofía natural de la biología moderna publicado en 1970 por Jacques Monod, Premio Nobel de Medicina en 1965. Toma su título de la antinomia descubierta por Demócrito: "Todo lo que existe en el mundo es fruto del azar y de la necesidad". Monod apostaba por una "ética del conocimiento" de la que pueda surgir una inédita moral humanista para asumir nuestras libertades y responsabilizarnos de nuestras vidas.
En lo trascendente, Monod no contradijo la celebérrima cita de Einstein, "Dios no juega a los dados", aunque la palabra "azar" signifique "dado" en árabe. La Física señala la naturaleza cuántica, indeterminista y probabilística de la materia y de la energía, pero sigue siendo válida la reflexión de Edouard Pailleron, "¿El azar? Pero si es Dios de incógnito", o la versión de Anatole France, "El azar es tal vez el seudónimo de Dios, cuando no quiere poner su firma".
En lo contingente y más periodístico, ¿qué necesidad hay de seguir hablando de Aznar, y de su "necesidad creada" de ser homenajeado descubierta por "interesado azar"? El azar y la necesidad nos libró de alguien que, quizá, representaba el apotegma de Camus: "La necesidad de tener razón: señal de espíritu vulgar". Si hasta Dios prefiere, en ocasiones, figurar en el anonimato, ¿no son ridículas siempre nuestras necias ínfulas de grandeza?