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El dragón en el garaje: Para distinguir entre ciencia y creencia

El “dragón en el garaje” es una de las metáforas (muchos posts) más influyentes del pensamiento científico contemporáneo. Fue formulada por Carl Sagan (otros posts) en su libro El mundo y sus demonios (1995) y se ha convertido en un ejemplo clásico para explicar cómo distinguir entre afirmaciones significativas y creencias que, aun siendo atractivas o reconfortantes, carecen de respaldo empírico. Más que una anécdota ingeniosa, el dragón de Sagan es una herramienta intelectual de enorme valor educativo y ético.

La historia del dragónSagan plantea una situación aparentemente sencilla: alguien afirma que en su garaje vive un dragón invisible. Al principio, la afirmación parece extraordinaria, pero verificable. El interlocutor propone comprobarlo: entrar al garaje, observarlo, medir su presencia. Sin embargo, cada intento de verificación es neutralizado por una nueva excusa: el dragón es invisible, flota en el aire, no deja huellas, no desprende calor, no emite sonido. Cada prueba sugerida se vuelve inútil porque la hipótesis se adapta para esquivar cualquier contraste con la realidad.

El resultado es revelador: una afirmación que no puede ser refutada por ninguna observación tampoco puede ser confirmada por ninguna. El dragón acaba siendo indistinguible de un dragón inexistente. 

Ciencia frente a pseudocienciaEl núcleo del argumento es epistemológico. La ciencia no se define por un conjunto fijo de verdades, sino por un método: observación, hipótesis, contrastación y revisión. Una afirmación científica debe ser falsable, es decir, debe existir alguna observación imaginable que pueda demostrar que es falsa.

El dragón en el garaje no cumple esta condición. No importa cuántas pruebas se realicen: siempre habrá una explicación ad hoc que preserve la creencia. Este patrón es característico de la pseudociencia, las teorías conspirativas y muchas creencias infundadas: sistemas cerrados, inmunes a la evidencia, donde la ausencia de pruebas se interpreta como confirmación.

Psicología de la creenciaDesde la psicología, el dragón ilustra varios sesgos cognitivos bien conocidos. El primero es el sesgo de confirmación: la tendencia a aceptar solo la información que refuerza nuestras creencias previas. El segundo es la disonancia cognitiva: cuando una creencia central se ve amenazada, la mente prefiere modificar la interpretación de los hechos antes que abandonar la creencia.

Además, muchas creencias “dragón” cumplen una función emocional: proporcionan sentido, identidad o consuelo. Por eso no basta con presentar datos para desmontarlas. El dragón no vive solo en el garaje; vive también en nuestras necesidades psicológicas. 

Dimensión éticaAquí aparece una cuestión ética crucial: ¿es inocente sostener creencias infundadas? Sagan advertía que no. Las creencias guían decisiones, y las decisiones tienen consecuencias. Cuando ideas no contrastadas influyen en la salud, la educación, la política o la convivencia social, dejan de ser un asunto privado.

Aceptar dragones invisibles —curas milagrosas, miedos irracionales, enemigos imaginarios— puede conducir a daños reales. La ética del pensamiento crítico no exige cinismo ni desprecio, sino responsabilidad intelectual: distinguir entre lo que sabemos, lo que creemos y lo que simplemente deseamos que sea cierto.

Educación y alfabetización científicaEl dragón en el garaje es una herramienta pedagógica excepcional. No ridiculiza la creencia, sino que invita a examinarla. Enseña a formular preguntas clave: ¿Qué evidencia apoyaría esta afirmación? ¿Qué observación la refutaría? ¿Es esta hipótesis compatible con el conocimiento previo bien establecido?

En una época marcada por la desinformación, las redes sociales y la viralidad emocional, esta lección es más necesaria que nunca. La educación científica no consiste solo en aprender hechos, sino en adquirir hábitos mentales: escepticismo razonado, apertura a la corrección y humildad intelectual.

Un dragón muy actualEl dragón de Sagan no pertenece al pasado. Hoy adopta nuevas formas: bulos sanitarios (posts recientes), pseudoterapias, negacionismos, discursos conspirativos. Todos comparten el mismo rasgo: afirmaciones extraordinarias blindadas contra la evidencia.

Reconocer al dragón en el garaje no significa negar el misterio ni la imaginación. Significa saber cuándo estamos ante una pregunta legítima y cuándo ante una afirmación vacía. Como recordaba Sagan, “afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias”. No para apagar la curiosidad, sino para protegerla.

En resumen, en formato de citas: «Una afirmación que no puede ser refutada por ninguna observación tampoco puede ser confirmada por ninguna.» «El dragón en el garaje es indistinguible de un dragón inexistente.» «Cuando una creencia se vuelve inmune a la evidencia, deja de ser conocimiento.» «No basta con que una idea sea reconfortante; debe ser contrastable.»

Un vídeo de 1969 entrevistando a Sagan, sobre el libro "The Demon-Haunted World", pero muy actual.

Estoicismo clásico como brújula ética en la modernidad líquida

Siempre sintonizamos con el estoicismo (varios posts), una filosofía de siempre que quizá ahora recobra más sentido que nunca. En una época marcada por la incertidumbre, la sobreestimulación informativa y la ansiedad colectiva, el estoicismo ha reaparecido con fuerza en el debate público. Libros superventas, cursos de “estoicismo práctico” y referencias constantes en el ámbito empresarial o deportivo parecen haber redescubierto una filosofía que, en realidad, nunca se fue. El estoicismo no es una moda intelectual, sino una tradición de pensamiento con más de dos mil años de historia que sigue ofreciendo herramientas conceptuales y éticas de notable vigencia.

El estoicismo nace en Atenas hacia el siglo III a. C., de la mano de Zenón de Citio, y se desarrolla plenamente en el mundo grecorromano. Sus figuras más conocidas — Epicteto, Séneca y Marco Aurelio— no fueron filósofos de gabinete, sino pensadores profundamente comprometidos con la vida práctica. Para ellos, la filosofía no consistía en acumular conocimientos, sino en aprender a vivir bien. Esta orientación vital explica buena parte de su atractivo contemporáneo.

Uno de los pilares del estoicismo es la distinción entre lo que depende de nosotros y lo que no. Nuestras opiniones, deseos y acciones están bajo nuestro control; la fortuna, la enfermedad, la fama o la opinión ajena, no. Esta idea, aparentemente sencilla, tiene profundas implicaciones éticas y psicológicas. Frente a una cultura que promueve el control total y la optimización permanente, el estoicismo invita a aceptar los límites y a concentrar la energía moral allí donde puede ser eficaz.

Lejos de promover la indiferencia o el desapego emocional absoluto, el estoicismo propone una disciplina del juicio. No son los hechos los que nos perturban —afirma Epicteto —, sino la interpretación que hacemos de ellos. Esta tesis, que resuena hoy en la psicología cognitiva y en la educación emocional, desplaza el foco desde el mundo exterior hacia la responsabilidad interior. Educar en clave estoica no es enseñar a evitar el conflicto, sino a responder a él con lucidez y templanza.

En el plano ético, el estoicismo sostiene que el bien supremo es la virtud: vivir conforme a la razón y a la naturaleza racional del ser humano. Esta virtud no es abstracta; se concreta en cualidades como la justicia, el autocontrol, la valentía y la sabiduría práctica. En un contexto social donde el éxito suele medirse en términos de visibilidad, rendimiento o acumulación, el estoicismo ofrece un criterio alternativo: la dignidad moral como valor intrínseco, independiente del reconocimiento externo.

La dimensión social del estoicismo suele ser menos conocida, pero resulta especialmente relevante hoy en plena modernidad líquida (posts). Los estoicos defendían una concepción cosmopolita del ser humano: todos formamos parte de una misma comunidad moral, más allá de fronteras políticas, culturales o económicas. Marco Aurelio, emperador del Imperio romano, insistía en la idea de cooperación y servicio mutuo como exigencias de la razón. Esta ética del cuidado del otro, basada en la interdependencia, dialoga de manera fértil con los debates actuales sobre ciudadanía global, educación en valores y responsabilidad social.

¿Por qué, entonces, el estoicismo vuelve a atraer en el siglo XXI? En parte, porque ofrece una respuesta sobria a problemas muy contemporáneos: la gestión de la frustración, el miedo al futuro, la hiperconexión digital o la sensación de pérdida de control. A diferencia de ciertos discursos motivacionales, el estoicismo no promete felicidad constante ni éxito garantizado. Promete algo más modesto y, quizá por ello, más sólido: coherencia interior y libertad frente a lo superfluo.

Sin embargo, esta recuperación no está exenta de riesgos. Una lectura superficial puede convertir el estoicismo en una ética del aguante pasivo o en una herramienta de adaptación acrítica a situaciones injustas. El estoicismo clásico no invitaba a resignarse ante el mal, sino a actuar con justicia sin depender emocionalmente del resultado. Recuperar esta dimensión crítica es esencial para integrarlo de forma honesta en la educación y en el debate ético contemporáneo.

Las mejores citas los pilares intelectuales del estoicismo: la percepción, el control, el tiempo y la integridad. Sobre la percepción (Epicteto): "No son las cosas las que nos perturban, sino nuestras opiniones sobre las cosas." Sobre la calidad mental (Marco Aurelio): "La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos; por lo tanto, vigila tus nociones para que no contengan nada inapropiado para la virtud y la naturaleza racional." Sobre la ansiedad (Séneca): "Sufrimos más a menudo en la imaginación que en la realidad." Sobre la integridad social (Marco Aurelio): "La mejor venganza es no ser como el que causó el daño." Sobre el uso del tiempo (Séneca): "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho." Sobre la humildad intelectual (Epicteto): "Es imposible para un hombre aprender lo que cree que ya sabe."

En definitiva, el estoicismo sigue siendo una filosofía de siempre y de ahora porque aborda una pregunta permanente: cómo vivir bien en un mundo que no controlamos del todo. Su vigencia no reside en ofrecer recetas rápidas, sino en proponer un ejercicio exigente de reflexión, autodominio y responsabilidad moral. En tiempos convulsos, esta antigua escuela sigue recordándonos que la verdadera fortaleza no consiste en dominar el mundo, sino en gobernarse a uno mismo.

Nota: En el vídeo de inicio se cita una "ética de vida" y le dedicamos un post.

@soren.chriis 7 cosas según los Estoicos para ser mejor persona #brandbuilder #marcapersonal #redessociales #creacióndecontenido #marketingdigital #creadordecontenido ♬ sonido original - Soren.chriis

Cuentos navideños que ninguna IA podría imaginar jamás

Para un blog que navega entre la tecnología y la lírica, hay que seguir creando cuentos y no basta con decir que la IA "no tiene sentimientos". Hay que explicar por qué su arquitectura probabilística choca contra la pared de la íntima experiencia humana. Con sempiterna nostalgia y bajo el árbol de Navidad, tirando de humanidad y generatividad, sin recurrir al prompt de turno, el reto es describir la fragilidad humana en una época de solidaridad.

Cierto que vivimos, y lo que se avecina es impensable, en la era de la "creatividad estadística". Hoy, cualquier modelo de lenguaje de gran tamaño (LLM) puede redactar, en segundos, un cuento sobre un reno que pierde su nariz roja o un robot que descubre el significado de la generosidad. Son relatos impecables, con una estructura de tres actos perfecta y una moraleja reconfortante. Sin embargo, todos comparten un aroma común: el de la media aritmética. Son historias nacidas del promedio de todo lo que ya se ha escrito.

La trampa de la perfección algorítmica. La Inteligencia Artificial trabaja mediante la predicción del "siguiente token más probable". Si le pides un cuento navideño, acudirá a los patrones de Dickens, a la estética de Coca-Cola y a la estructura de las películas de sobremesa. El resultado será acogedor, pero carecerá de "astillas".

Lo que la IA no puede imaginar no es la magia, sino la belleza de lo que no encaja. El silicio no entiende la melancolía de un juguete roto que, precisamente por estar roto, se convierte en el favorito. No comprende que la Navidad no ocurre en el árbol perfecto de Instagram, sino en el espacio entre lo que esperábamos y lo que realmente sucedió.

El cuento que ninguna IA escribiría jamás. Imaginemos un relato titulado "La Caja de Luces Fundidas". En él, no hay rescates heroicos ni milagros deslumbrantes. Trata sobre un niño que, al ayudar a su abuela a decorar un árbol raquítico, descubre una caja de bombillas viejas que ya no encienden.

Una IA resolvería el conflicto haciendo que las luces brillen por arte de magia o que el niño aprenda una lección sobre el reciclaje. Pero el cuento humano "imposible" para la IA sería aquel donde las luces siguen fundidas, y el clímax consiste en la abuela describiendo el color de cada una de esas bombillas muertas basándose en los recuerdos de los inviernos de 1964 o 1982.

El valor pedagógico no está en la resolución (el "output"), sino en la transmisión de la pérdida y la persistencia de la memoria a través de lo inútil. La IA, diseñada para la optimización y la resolución de problemas, tiene dificultades intrínsecas para valorar lo que no sirve para nada, que es, a menudo, donde reside lo sagrado.

Ética y Educación: El derecho al "error" humano. Desde una perspectiva educativa, delegar nuestras historias a la IA conlleva un riesgo ético: la homogeneización del asombro. Si alimentamos a los niños solo con relatos generados por modelos que evitan el riesgo, la ambigüedad y el dolor real, estamos atrofiando su capacidad para procesar la complejidad de la vida.

La educación humanista debe defender el "cuento con errores". Ese relato que un padre inventa antes de dormir, donde se equivoca de nombre, donde la trama no tiene sentido lógico, pero donde hay un hilo de verdad biológica y una conexión emocional que ningún servidor en la nube puede procesar. La IA no puede imaginar este cuento porque no tiene cuerpo; no sabe lo que es el frío en los pies, el olor a mandarina o el miedo irracional a que el tiempo pase demasiado rápido.

Pero la Navidad, en su esencia más profunda y pedagógica, no es un promedio. Es una anomalía. Es el territorio de lo que los científicos cognitivos llaman qualia: la experiencia subjetiva e intransferible de lo vivido. La genuina Navidad es, en términos técnicos, un glitch (un error) en el sistema de la lógica productiva. Es el momento en que decidimos que el tiempo de estar con otros vale más que la eficiencia.

La Navidad es, entre muchas otras cosas, un laboratorio emocional. Un espacio donde se mezclan memoria, imaginación, tradición y deseo. Y, sin embargo, en plena era de la inteligencia artificial, surge una pregunta que parece inocente pero que abre un debate profundo: ¿puede una IA imaginar un cuento infantil navideño que no esté ya contenido, de algún modo, en sus datos?

La cuestión no es trivial. Los cuentos infantiles son artefactos culturales que condensan valores, miedos, aspiraciones y contradicciones de una sociedad. No son solo historias: son pedagogía emocional. Y la Navidad, con su mezcla de magia, nostalgia y ritual, es un terreno especialmente fértil para esa pedagogía.

La imaginación humana como territorio irreductible. Un cuento infantil navideño que la IA jamás podría imaginar no es necesariamente un cuento complejo, ni oscuro, ni filosófico. Podría ser, paradójicamente, algo muy sencillo: una historia nacida de una vivencia íntima, de un gesto irrepetible, de un recuerdo que no está en ninguna base de datos.

Imaginemos, por ejemplo, que una niña de siete años inventa un cuento sobre un calcetín que se siente solo porque todos los demás tienen dueño, y que en Nochebuena descubre que su misión no es guardar regalos, sino calentar los pies fríos de quienes llegan tarde a casa.

La Navidad como territorio de lo no cuantificable. La Navidad es un fenómeno cultural saturado de símbolos: luces, villancicos, rituales familiares, expectativas, tensiones, reconciliaciones. Una IA puede describirlos, clasificarlos, analizarlos. Pero no puede experimentar la mezcla contradictoria de emociones que provoca una mesa llena de gente que se quiere y se irrita a partes iguales.

El cuento imposible en este extraño tiempo de algoritmos y villancicos. Quizá el cuento infantil navideño que la IA jamás podría imaginar no sea un cuento concreto, sino un tipo de cuento: aquel que nace de una vivencia irrepetible.

El cuento que surge cuando un niño observa cómo su abuelo, que siempre fue serio, se emociona al colgar un adorno antiguo. O cuando una madre inventa una historia improvisada para consolar a su hija en una noche de tormenta. O cuando un adolescente decide escribir un cuento para un hermano pequeño que aún cree en la magia.

Esos cuentos no están en ninguna base de datos. No pueden inferirse estadísticamente. No pueden replicarse. Son cuentos que existen porque alguien estuvo allí. Porque alguien sintió algo. Porque alguien quiso contarlo. Y esa es, quizá, la lección más importante: la imaginación humana no es sustituible porque no es transferible.


El infinito en un junco de Irene Vallejo: Enseñar a leer el mundo

Hoy nos embarcamos en un viaje de 30 siglos a través del papiro y la tinta. "El infinito en un junco": La biografía de nuestra mayor invención. El ensayo que todo educador y escritor debería leer. Hay libros que se leen y libros que se habitan. "El infinito en un junco", de Irene Vallejo, pertenece a esta última categoría. 

No es solo un ensayo histórico; es un acto de amor a la palabra escrita, un relato de aventuras y un manifiesto en defensa de las humanidades. En un mundo obsesionado con la inmediatez digital, Vallejo nos invita a mirar hacia atrás para entender por qué seguimos confiando nuestros secretos a ese objeto rectangular de papel. 

Antes de convertirse en un fenómeno editorial mundial, Irene Vallejo (Zaragoza, 1979) ya era una apasionada de los clásicos. Doctora en Filología Clásica por las universidades de Zaragoza y Florencia, su carrera se ha centrado en la investigación y divulgación del mundo antiguo. 

Lo que hace única a Vallejo es su capacidad para cruzar fronteras. No escribe desde la torre de marfil de la academia, sino desde la trinchera del periodismo y la narrativa. Colaboradora habitual en medios como El País o Heraldo de Aragón, ha sabido rescatar los mitos griegos y latinos para explicar nuestra realidad contemporánea. Con esta obra, obtuvo el Premio Nacional de Ensayo en 2020, consolidándose como una de las voces más brillantes de las letras hispanas actuales. 

La odisea de los librosEl libro no sigue una cronología lineal y árida. Es, más bien, un tapiz. Vallejo nos traslada a los campos de batalla de Alejandro Magno, a las lujosas villas romanas y, sobre todo, a la mítica Biblioteca de AlejandríaLa obra se divide fundamentalmente en dos grandes bloques: 1º Grecia y el nacimiento del libro: Desde la tradición oral y los poetas que memorizaban miles de versos, hasta la invención del alfabeto y el uso del papiro (ese "infinito" que surge de un humilde "junco" del Nilo). 2º Roma y la expansión: Cómo el Imperio Romano adoptó, tradujo y mercantilizó la cultura griega, sentando las bases de la edición moderna y el concepto de biblioteca pública.

A lo largo de sus páginas, Vallejo narra la lucha de los libros contra sus grandes enemigos: el fuego, el tiempo, la censura y el olvido. Pero también destaca a sus héroes: bibliotecarios anónimos, copistas, esclavos cultos y viajeros que arriesgaron su vida para salvar un manuscrito. 

Propuestas y reflexiones para el lector cultoPara quienes nos dedicamos a la educación o la escritura, El infinito en un junco ofrece lecciones valiosas que trascienden la historia:

1. La importancia del "Relato de No Ficción"Vallejo demuestra que el ensayo no tiene por qué ser aburrido. Utiliza técnicas narrativas propias de la novela —suspense, descripciones sensoriales, anécdotas personales— para contar hechos históricos. Es una clase magistral de escritura creativa aplicada a la divulgación.

2. El libro como tecnología perfectaA menudo tememos que el libro físico desaparezca. Vallejo nos recuerda que el libro es una "tecnología punta" que ha sobrevivido milenios sin apenas cambios estructurales. Su resiliencia es un mensaje de esperanza para los educadores: el soporte importa, pero el contenido es lo que nos hace humanos.

3. Una herramienta pedagógicaEl ensayo propone una forma de enseñar clásicos alejada del dogmatismo. Al conectar a Homero con Quentin Tarantino, o las tablillas de arcilla con los iPads, Vallejo tiende puentes generacionales que los docentes pueden replicar en el aula para despertar el interés por la lectura.

Algunas metáforas clave: PapiroLa fragilidad que contiene la eternidad. Alejandría - El sueño de reunir todo el conocimiento humano. Oralidad - El origen de la literatura como música y memoria. Humanismo - La convicción de que los libros nos hacen mejores ciudadanos.

Un refugio de tintaEl infinito en un junco es un recordatorio de que somos los libros que hemos leído. Irene Vallejo ha logrado algo casi imposible: convertir una investigación filológica en un bestseller emocional. Es un libro que nos reconcilia con nuestra propia fragilidad y nos recuerda que, mientras haya alguien dispuesto a leer, la llama de Alejandría seguirá encendida. Si buscas inspiración para escribir, una nueva perspectiva para enseñar o simplemente recordar por qué te enamoraste de la literatura, este es el viaje que debes emprender.

Slow Horses, humor británico con antihéroes del espionaje

Hoy repasamos la serie Slow Horses en Apple TV. Es, sin duda, una de las joyas más brillantes de la televisión actual. Ha logrado revitalizar el género de espionaje alejándose del glamur de James Bond para sumergirse en la burocracia, el sarcasmo y el olor a tabaco rancio. Una lección con la redención de unos espías torpes abandonados en la trastienda del MI5. Una delicia sobre la estética del fracaso y la ética del espionaje en la era del desencanto.

En el panteón del espionaje cinematográfico y televisivo, solemos encontrar figuras impecables que dominan idiomas, artes marciales y tecnología de punta. Slow Horses, basada en las excelentes novelas de Mick Herron, rompe este molde de forma estrepitosa. La serie nos presenta la "Casa de la Ciénaga" (Slough House), un purgatorio administrativo donde el MI5 envía a sus agentes caídos en desgracia: aquellos que dejaron un rastro de pruebas en un tren, que arruinaron una operación de vigilancia o que, simplemente, resultaron molestos para la cúpula del poder en Regent's Park.

Aunque la serie ha contado con distintos directores por temporada (como James Hawes o Saul Metzstein), la unidad visual es asombrosa. La dirección apuesta por una Londres gris, húmeda y táctil. No vemos la ciudad de las postales, sino la de los callejones traseros y las oficinas con moquetas manchadas de café. El ritmo es magistral: sabe ser una comedia de oficina cínica en un momento y un thriller de alta tensión al siguiente, sin que las costuras se noten.

Un guión afilado como un bisturí. El showrunner Will Smith (no el actor, sino el veterano guionista de Veep) ha logrado algo casi imposible: traducir el monólogo interior y el humor negro de Herron a diálogos eléctricos. Toda una lección de economía narrativa. Cada insulto de Jackson Lamb tiene una función; cada silencio de Catherine Standish cuenta una década de arrepentimiento. La serie no subestima al espectador; confía en su inteligencia para unir los puntos de una trama geopolítica que siempre es más sucia de lo que parece a primera vista.

El reparto de lujo: Gary Oldman y el resto de los parias. Hablar de Slow Horses es hablar de Gary Oldman. Su interpretación de Jackson Lamb es una de las mejores de su carrera (lo cual es mucho decir). Lamb es grosero, antihigiénico y parece estar en un estado de descomposición constante, pero bajo esa capa de desidia late una mente táctica superior y, muy a su pesar, una lealtad inquebrantable hacia sus "caballos lentos".

Junto a él, Jack Lowden brilla como River Cartwright, el joven ambicioso atrapado en la burocracia, y Kristin Scott Thomas ofrece el contrapunto perfecto como Diana Taverner, la subdirectora del MI5 cuya elegancia gélida esconde una ambición maquiavélica. La química entre Oldman y Scott Thomas es, sencillamente, televisión de alto nivel.

Espionaje en las sombras donde esta serie sigue a este grupo de agentes repudiados que, a pesar de estar destinados a triturar papel y rellenar formularios, terminan involucrados en conspiraciones que amenazan la seguridad nacional. Lo fascinante no es solo la resolución del misterio —que siempre es sólido— sino cómo estos personajes buscan desesperadamente la redención. No son héroes; son personas rotas intentando demostrar que todavía sirven para algo.

Desde un punto de vista educativo y crítico, Slow Horses es un material de análisis fascinante por tres razones: 1º La deconstrucción del mito: Es ideal para debatir cómo los medios construyen la imagen del "héroe". Aquí, el éxito no viene de la perfección, sino de la persistencia y el aprendizaje del error. 2º La ética del poder: La serie muestra cómo las instituciones suelen protegerse a sí mismas antes que a los ciudadanos, un tema vital para la educación cívica y política. 3º Narrativa transmedia: Es un caso de estudio perfecto sobre cómo adaptar literatura contemporánea a la pantalla manteniendo la esencia del autor pero aprovechando el lenguaje visual.

Valoración final: 9.5/10. Es inteligente, divertida, tensa y profundamente humana. Una cita obligatoria para cualquier amante del buen cine que se esconda en la pequeña pantalla.