Ramón Llull: el monje del siglo XIII que soñó la computación

Hacia 1263, un cortesano mallorquín llamada Ramon Llull compone versos de amor para una dama que no es su esposa cuando, según cuenta la Vida coetánea, se le aparece Cristo crucificado. No era un hombre de libros: era senescal, estaba casado con Blanca Picany, tenía dos hijos y hacía de trovador a ratos. De aquella escena nació uno de los proyectos más extravagantes de la Edad Media: un método para razonar con cualquiera, fuera cristiano, judío o musulmán, a partir de principios que todos pudieran aceptar. Siete siglos después, Ramon Llull aparece citado entre los antepasados de la informática. ¿Cómo llega un trovador a ese puesto? 

Del palacio al Puig de Randa. Llull dejó la corte, aprendió árabe con la ayuda de un esclavo musulmán y se retiró al monte de Randa, donde escribió la primera versión de su Arte, la Ars compendiosa inveniendi veritatem, hacia 1274. En 1276 fundó el colegio de Miramar para enseñar lenguas a futuros misioneros y ya no paró: Montpellier, París, Roma, Chipre, Túnez. Dejó más de doscientas cincuenta obras en catalán, latín y, quizá, árabe, y fue de los primeros en usar una lengua vernácula para expresar ideas filosóficas y científicas. 

Qué es realmente el Ars Magna. No es un libro, sino un sistema que reescribió durante cuatro décadas. Su forma última, la Ars generalis ultima, llegó hacia 1308, junto a una versión abreviada, el Ars brevis. La mecánica es de una sencillez desconcertante: un alfabeto de letras que designan conceptos —bondad, grandeza, eternidad, poder— y figuras de círculos concéntricos que se hacen girar para combinarlos. Cada giro propone una relación entre ideas que el pensador debe examinar, no aceptar sin más. La intuición de fondo es que, si los atributos divinos son compartidos por las tres religiones, la discusión puede empezar por lo común. Llull concebía su Arte como herramienta para dialogar entre iguales, no para vencer a nadie. 

Un legado discutido. Sus ideas fueron polémicas ya en vida. En 1376 el papa Gregorio XI condenó sus enseñanzas por confundir fe y razón, y hoy la Iglesia lo venera como beato. Su muerte es incierta: la tradición habla de lapidación en el norte de África, aunque su tumba está en Palma. En 1666, el joven Leibniz recogió en su Dissertatio de arte combinatoria la idea de combinar conceptos elementales: criticaba los detalles de Llull, pero le fascinaba la visión de conjunto (Public Domain Review). De ahí procede la fama de precursor del ordenador, que explora el volumen Ramon Llull: From the Ars Magna to Artificial Intelligence, editado por Fidora y Sierra. Conviene, aun así, no exagerar. Los especialistas advierten de que la lógica formal moderna tiene poco que ver con el Arte y de que, desde Leibniz, se ha atribuido un protagonismo excesivo a la combinatoria (Fidora). 

Girar la rueda, discutir el resultado. Llull persiguió una ilusión que nos resulta familiar: un procedimiento que ordene el saber y deje la verdad a un paso. Pero su método solo funcionaba en conversación; las ruedas daban preguntas, no sentencias. Hoy, cuando las máquinas combinan palabras a una velocidad que él no habría imaginado, quizá lo valioso del Arte no sea la rueda, sino quien la hace girar y con quién discute lo que sale.

Propuesta de acción (2 a 10 años). En los dos primeros años, leer el Libro del Amigo y del Amado y una introducción rigurosa al Arte, como la guía de Anthony Bonner (The Art and Logic of Ramon Llull, Brill, 2007), y publicar una reseña de cada uno; se evalúa con las dos reseñas escritas. A cinco años, escribir una pequeña serie de textos divulgativos que expliquen el Arte con ejemplos propios y recoger comentarios de lectores no especialistas. A diez años, haber sostenido con una biblioteca o centro cívico un círculo de conversación entre personas de creencias y culturas distintas, con cuatro sesiones anuales; se evalúa con asistencia, diversidad de participantes y un breve cuestionario final sobre si salieron del encuentro entendiendo mejor al otro.

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