Mariposas Monarca: una lección de migración y supervivencia


Concluimos la serie de migraciones animales (posts), luego hablaremos de las humanas, con la historia durante 4 décadas del descubrimiento del viaje más largo en el caso de insectos con la Mariposa Monarca: cuatro mil kilómetros la mariposa que viaja desde Canadá hasta México y un enigma. En 1937, un joven zoólogo de la Universidad de Toronto empezó a trazar la ruta de unas mariposas que cada otoño desaparecían hacia el sur. Tardó 38 años en saber adónde iban. Fred Urquhart no sospechaba que la respuesta estaba en un bosque de montaña a más de cuatro mil kilómetros de su laboratorio, ni que la hallarían dos desconocidos que respondieron a un anuncio de prensa. 

Una etiqueta que no estorbe al vuelo. El primer obstáculo era casi artesanal: marcar un insecto que apenas pesa sin impedirle volar. Urquhart dedicó más de 20 años a refinar sus técnicas de marcado, y quienes encontraban una mariposa etiquetada la devolvían a Toronto. Con su esposa Norah fue dibujando rutas, y también un hueco: el rastro se esfumaba en Texas a finales de otoño y reaparecía en primavera. 

Dos voluntarios y un bosque de oyameles, En 1972 los Urquhart publicaron un anuncio pidiendo colaboración, y respondieron Ken Brugger y Catalina Trail, que vivían en México. En enero de 1975, tras años de búsqueda, llegaron a unos bosques de oyamel en las montañas de Michoacán, a más de cuatro mil kilómetros del punto de partida de la migración. El público lo supo por National Geographic en agosto de 1976. Conviene matizar la palabra «descubrimiento». Los vecinos de la zona conocían el fenómeno mucho antes de 1975. Lo que ocurrió entonces fue que el saber local y el saber científico por fin se encontraron. 

Un relevo que nadie ensaya. Aquí está la paradoja. Una monarca común vive pocas semanas, de modo que ninguna hace el viaje completo de ida y vuelta. A finales del verano nace una generación singular, la llamada Matusalén, que vive entre siete y nueve meses porque retrasa el apareamiento hasta el final de la migración. Al regresar la primavera, esas mariposas ponen huevos por el camino, y hacen falta entre tres y cinco generaciones para completar el ciclo hacia el norte. Ninguna aprende la ruta de otra. Cómo saben adónde ir sigue siendo objeto de debate. 

Lo que sabemos y lo que se tambalea. En 2022 la UICN incluyó la subespecie migratoria en su Lista Roja como «En peligro». La última temporada de invernada trajo un respiro: las colonias ocuparon 2,93 hectáreas, un 64 % más que el año anterior, aunque lejos de las 18,19 del récord de 1996-1997. Las cifras de este invierno no se conocerán hasta que acabe la temporada. La historia de la monarca me interesa casi tanto como el insecto. Es una lección sobre cómo se sabe algo: con paciencia de décadas, con voluntarios que no figuraban en ningún organigrama y con el conocimiento de quienes ya vivían allí. 

Una propuesta a diez años. Durante el primer año, leer el reportaje original de Urquhart y un libro de divulgación sobre migraciones, y comentarlo con alguien más joven. Entre el primero y el segundo, registrar mariposas y otros polinizadores de tu entorno en una plataforma de ciencia ciudadana como iNaturalist, con una meta de unas cincuenta observaciones anuales. Hacia el quinto año, colaborar como voluntario o socio con una organización de conservación o con un proyecto local de jardines de plantas autóctonas. Al décimo, comparar tus registros con los del primer año y comprobar si hay más especies, más observaciones y más personas implicadas. Esa comparación será tu sistema de evaluación.

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