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Migraciones animales: récords, rutas y secretos científicos

Siguiendo un post reciente, hoy escribimos de la fauna para la que viajar es sobrevivir, con cuatro migraciones que desafían la lógica. ¿Qué animal recorre más kilómetros? Los récords de migración, verificados. Del polo al polo: las migraciones animales más largas del planeta. Es el tema de hoy, cuando alcanzamos 25 millones de visitas a las 22 horas (foto) en apenas 5 días desde el anterior 24º millón.

Un ave de menos de 125 gramos cruza el planeta de un extremo a otro cada año. El charrán ártico cría en el Ártico y pasa el verano austral junto a la Antártida, así que vive más horas de luz que ningún otro animal. Durante décadas se le atribuyeron unos 40.000 kilómetros anuales, una cifra deducida de anillamientos y observaciones en el mar. Nadie había podido seguirlo de verdad. 

El charrán que dobló las cuentas. En 2010 un equipo dirigido por Carsten Egevang equipó once charranes con geolocalizadores de 1,4 gramos y comprobó que algunos superaban los 80.000 kilómetros al año. El promedio fue de 70.900 kilómetros, casi el doble de lo que se daba por bueno. Tampoco vuelan en línea recta: trazan una gran "S" por el Atlántico, buscando mares productivos donde alimentarse y aprovechando los vientos dominantes. Como pueden vivir más de 30 años, sus autores calcularon que acumulan en toda una vida más de 2,4 millones de kilómetros. 

Once días sin tocar tierra. La forma de medir la hazaña es no parar. En octubre de 2022, una aguja colipinta de apenas cinco meses salió de Alaska y aterrizó once días después en Tasmania. El rastro de su GPS marcó 13.560 kilómetros sin una sola escala, la marca más larga documentada para un ave. Pasó sobre Vanuatu y Nueva Caledonia sin detenerse a repostar. Lo más inquietante es que era su primer viaje y no seguía a ningún adulto. 

Ballenas y libélulas. El récord entre los mamíferos lo guarda una ballena gris occidental llamada Varvara. Nadó desde la isla de Sajalín hasta Baja California y regresó, 22.511 kilómetros en 172 días. Su viaje, publicado en 2015, sugiere además que algunas ballenas dadas por "occidentales" quizá pertenecen a la población oriental. Los científicos esperaban otra ruta, más costera. El mar, una vez más, sabe más que los mapas.

Y luego está la libélula Pantala flavescens, de unos 300 miligramos. Se cree que forma parte de un circuito de entre 14.000 y 18.000 kilómetros que se completa a lo largo de varias generaciones, y que cruza el océano Índico entre la India y África oriental, aprovechando vientos de altura. Ningún individuo hace el viaje entero. Cada uno vuela más de 6.000 kilómetros y deja el relevo a sus descendientes. Conviene decir que buena parte de la evidencia es indirecta: análisis isotópicos y simulaciones, no seguimiento individual. 

Lo que dicen los récords. "El más largo" depende de lo que midamos: distancia anual, vuelo sin escalas, trayecto en relación con el tamaño. Y todas las cifras son lo que hemos podido medir; la del charrán es un promedio de once aves. Pero hay una lección común. Estos viajes solo funcionan si la cadena de lugares sigue intacta: mares ricos, vientos fiables, islas, costas y lagunas donde descansar. Basta romper un eslabón para que el viaje entero deje de ser posible. 

Una propuesta a diez años sobre migraciones animales (posts). Empieza por leer: un libro de divulgación sobre migración al año durante dos años, y una entrada propia en tu blog o cuaderno sobre cada uno. A los cinco años, súmate a un censo de aves de tu zona (por ejemplo, con SEO/BirdLife o a través de eBird) y registra al menos diez salidas anuales. A los diez, aspira a colaborar con una entidad que proteja un humedal o una ruta de paso. Evalúa cada año con un diario simple: libros leídos, textos escritos, jornadas de campo y datos aportados. Si un año no llegas, ajusta la meta, pero no abandones la ruta.

Mariposas Monarca: una lección de migración y supervivencia


Concluimos la serie de migraciones animales (posts), luego hablaremos de las humanas, con la historia durante 4 décadas del descubrimiento del viaje más largo en el caso de insectos con la Mariposa Monarca: cuatro mil kilómetros la mariposa que viaja desde Canadá hasta México y un enigma. En 1937, un joven zoólogo de la Universidad de Toronto empezó a trazar la ruta de unas mariposas que cada otoño desaparecían hacia el sur. Tardó 38 años en saber adónde iban. Fred Urquhart no sospechaba que la respuesta estaba en un bosque de montaña a más de cuatro mil kilómetros de su laboratorio, ni que la hallarían dos desconocidos que respondieron a un anuncio de prensa. 

Una etiqueta que no estorbe al vuelo. El primer obstáculo era casi artesanal: marcar un insecto que apenas pesa sin impedirle volar. Urquhart dedicó más de 20 años a refinar sus técnicas de marcado, y quienes encontraban una mariposa etiquetada la devolvían a Toronto. Con su esposa Norah fue dibujando rutas, y también un hueco: el rastro se esfumaba en Texas a finales de otoño y reaparecía en primavera. 

Dos voluntarios y un bosque de oyameles, En 1972 los Urquhart publicaron un anuncio pidiendo colaboración, y respondieron Ken Brugger y Catalina Trail, que vivían en México. En enero de 1975, tras años de búsqueda, llegaron a unos bosques de oyamel en las montañas de Michoacán, a más de cuatro mil kilómetros del punto de partida de la migración. El público lo supo por National Geographic en agosto de 1976. Conviene matizar la palabra «descubrimiento». Los vecinos de la zona conocían el fenómeno mucho antes de 1975. Lo que ocurrió entonces fue que el saber local y el saber científico por fin se encontraron. 

Un relevo que nadie ensaya. Aquí está la paradoja. Una monarca común vive pocas semanas, de modo que ninguna hace el viaje completo de ida y vuelta. A finales del verano nace una generación singular, la llamada Matusalén, que vive entre siete y nueve meses porque retrasa el apareamiento hasta el final de la migración. Al regresar la primavera, esas mariposas ponen huevos por el camino, y hacen falta entre tres y cinco generaciones para completar el ciclo hacia el norte. Ninguna aprende la ruta de otra. Cómo saben adónde ir sigue siendo objeto de debate. 

Lo que sabemos y lo que se tambalea. En 2022 la UICN incluyó la subespecie migratoria en su Lista Roja como «En peligro». La última temporada de invernada trajo un respiro: las colonias ocuparon 2,93 hectáreas, un 64 % más que el año anterior, aunque lejos de las 18,19 del récord de 1996-1997. Las cifras de este invierno no se conocerán hasta que acabe la temporada. La historia de la monarca me interesa casi tanto como el insecto. Es una lección sobre cómo se sabe algo: con paciencia de décadas, con voluntarios que no figuraban en ningún organigrama y con el conocimiento de quienes ya vivían allí. 

Una propuesta a diez años. Durante el primer año, leer el reportaje original de Urquhart y un libro de divulgación sobre migraciones, y comentarlo con alguien más joven. Entre el primero y el segundo, registrar mariposas y otros polinizadores de tu entorno en una plataforma de ciencia ciudadana como iNaturalist, con una meta de unas cincuenta observaciones anuales. Hacia el quinto año, colaborar como voluntario o socio con una organización de conservación o con un proyecto local de jardines de plantas autóctonas. Al décimo, comparar tus registros con los del primer año y comprobar si hay más especies, más observaciones y más personas implicadas. Esa comparación será tu sistema de evaluación.

El milagro del vuelo: De los vencejos de Getxo al charrán ártico

El milagro del vuelo: De los vencejos de Getxo al charrán ártico
Siempre nos maravilló la magia de cómo vuelan las aves o los insectos por el cielo. Hoy repasamos algunas lecciones de ornitología para aprender a mirar y admirar el vuelo de a nuestro alrededor. Siempre nos maravilló la magia de cómo vuelan las aves o los insectos por el cielo. Hoy repasamos algunas lecciones de ornitología para aprender a mirar y admirar el vuelo de a nuestro alrededor. 

¿Te has fijado alguna vez en un vencejo? Esa tarde de verano en que el cielo de Bizkaia se llena de chillidos y veloces flechas negras, quizá te hayas preguntado, como hacemos tantos adultos, cómo es posible que no se cansen nunca. Este fin de semana, paseando por los acantilados de La Galea en Getxo, nos detuvimos a observar a las gaviotas suspendidas frente al mar Cantábrico. Nuestra nieta, que tiene ahora ocho años, con esa curiosidad inagotable de la infancia, nos lanzó la pregunta definitiva: «Aitite, ¿cómo pueden volar tanto tiempo sin caerse al suelo?».

Responder a las mejores preguntas, que siempre son las de esa edad, requiere huir de la jerga densa. Empecemos por lo evidente: un pájaro es un cuerpo magistralmente diseñado para la ligereza. Le explicamos a Léa que sus huesos son huecos por dentro, como diminutas cañas, y sus plumas pesan casi nada, actuando como hélices y timones de altísima tecnología. 

Pero lo verdaderamente importante está en el ala. Le propusimos un ejemplo que todos hemos vivido: imagina que sacas la mano por la ventanilla del coche en movimiento y la inclinas ligeramente hacia arriba; notarás que el aire la empuja. Eso mismo hace el ala de un ave, que es curva por la parte superior y más plana por la inferior. Esa diferencia geométrica obliga al aire a viajar más rápido por encima, creando un poderoso efecto físico llamado «sustentación». Para Léa, fue fácil imaginarlo como una inmensa mano invisible que empuja sus barriguitas hacia las nubes. Para avanzar, les basta con batir esas alas.

Ahora viene lo verdaderamente asombroso. Muchas aves apenas aletean, aprovechando el aire como nosotros aprovecharíamos un inmenso tobogán. Cuando el sol calienta el suelo, el aire asciende formando columnas invisibles (las corrientes térmicas). Especies como las águilas y las cigüeñas se suben a ellas, dando vueltas hasta ganar altura sin gastar apenas fuerzas, para luego dejarse deslizar hacia su destino. Por su parte, los majestuosos albatros, con unas alas de unos tres (3) metros de envergadura, hacen lo propio sobre las olas del océano, aprovechando el viento que choca y sube por ellas.

¿Y cómo aguantan días, semanas o meses? Hay récords que parecen auténticos cuentos. Un fascinante estudio de la Universidad de Lund, dirigido por Anders Hedenström y publicado en el año 2016, siguió a vencejos comunes (Apus apus) con diminutos aparatos y concluyó que algunos pasan hasta diez meses seguidos en el aire: comen diminutos insectos al vuelo, beben rozando el agua de los lagos y, lo más increíble, duermen planeando.

No son los únicos viajeros infatigables de nuestros cielos entre tantas migraciones animales (posts). Una aguja colipinta pasó once días volando sin parar entre Alaska y Tasmania, cubriendo unos 11.000 kilómetros, según los asombrados investigadores que la monitorizaron en el año 2022. Y no olvidemos al heroico charrán ártico, que recorre cada año unos 70.000 kilómetros en su migración extrema entre el Polo Norte y el Polo Sur. 

Te preguntarás cómo duermen en travesías tan exigentes. Apagan la mitad de su cerebro para descansar en micro-siestas, mientras la otra mitad vigila, pilotando y controlando el viento. Es como si una mitad de ti durmiera placenteramente la siesta y la otra mirase con atención el camino. Además, antes de partir ingieren enormes cantidades de alimento para almacenar grasa, que es su gasolina natural.

Nos gusta pensar que la sorpresa al verlas volar es la mejor forma de empezar a amar la ciencia. Por ello, desde este modesto blog, os proponemos un plan de acción intergeneracional. A dos años vista: salgamos una vez al mes con un niño o niña a observar aves y anotemos en un cuaderno las especies vistas (nuestra meta inicial: 24 salidas y 20 especies locales identificadas). A cinco años: participemos juntos en un censo ciudadano de aves (como los de SEO/BirdLife) y leamos al menos tres libros de ornitología divulgativa. A diez (10) años, cuando este humilde bloguero supere ya los ochenta años, el objetivo vital es haber transmitido definitivamente esta afición a una persona más joven que ya observe el cielo por su cuenta. Para evaluar el éxito, revisaremos nuestro cuaderno cada doce meses, ajustando el plan y comparando especies.

Yo soy uno de los que ya ha empezado este reto. ¿Lo eres tú? ¿Cuántos vencejos contarás esta misma noche asomado a tu ventana? (Véase más sobre nuestra naturaleza local en entradas anteriores). “Déjate llevar por el niño que fuiste”, apuntó José Saramago. Eskerrik asko por seguir volando y aprendiendo a nuestro lado.

@masalladelhorizonte7 El charrán ártico realiza uno de los viajes más impresionantes de la naturaleza: vuela desde el Ártico hasta la Antártida y después regresa. Esta pequeña ave cruza océanos enteros para vivir dos veranos cada año. 🐦🌎❄️ #CharránÁrtico #AnimalesSorprendentes #Naturaleza #Aves #DatosCuriosos ♬ sonido original - Más Allá Del Horizonte 77