Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 4 de julio de 2026 los 16 millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó enblog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos.
Apenas han transcurrido 14 días, dos semanas desde el sábado 20 de junio de 2026, cuando logramos 15 millones de visitas. ¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak y EuskoFederpen (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. 16 millones de visitas cómplices, 16 millones de gracias.
El martes 19 de mayo de 2026,alcanzamos 14 millones de visitas. Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 14 millones de pasos juntos.
El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas.
Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque en apenas 3 días ya se contabilizan un cuarto de millón más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años meses, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!
📈 ¡16 millones de gracias! Desde 2005, este blog demuestra que las ideas, la educación, la tecnología, la cultura, la longevidad y el aprendizaje compartido siguen teniendo futuro. https://t.co/KXLMz0m90q Cada visita, comentario y conversación ha construido una comunidad que ya… pic.twitter.com/bKDN16rf85
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 4, 2026
En 1952, un joven estudiante de doctorado en la Universidad de Chicago publicó un artículo de catorce páginas en el Journal of Finance. No era una obra extensa, pero contenía una idea que transformaría para siempre la manera en que el mundo entiende la inversión, el riesgo y la incertidumbre. Su nombre era Harry Markowitz, y su contribución —la teoría moderna de carteras— le valdría cuatro décadas después el Premio Nobel de Economía. En el corazón de esa teoría late un concepto tan elegante como poderoso: la frontera eficiente.
El problema antiguo, la solución nueva. Desde que existen mercados financieros, los inversores han sabido intuitivamente que no conviene "poner todos los huevos en la misma cesta". Pero la intuición, por acertada que sea, no basta. Markowitz se preguntó algo más preciso y más ambicioso: dada una colección de activos con distintas rentabilidades esperadas y distintos niveles de riesgo, ¿cómo debe construirse una cartera que sea verdaderamente óptima?
La respuesta exige aceptar primero una definición matemática del riesgo. Markowitz lo identificó con la varianza —o su raíz cuadrada, la desviación típica— de los rendimientos. Un activo cuyo precio oscila mucho tiene alta varianza; uno estable, baja. Esta elección, aparentemente técnica, fue en realidad filosófica: reducir la incertidumbre a un número abordable, operable, optimizable.
La geometría del riesgo y la rentabilidad. Imaginemos representar cada cartera posible como un punto en un plano: el eje horizontal mide el riesgo (desviación típica) y el eje vertical mide la rentabilidad esperada. Si tomamos todas las combinaciones posibles de, digamos, cincuenta activos —variando los porcentajes asignados a cada uno—, obtenemos una nube de puntos que adopta una forma característica: una región acotada hacia la izquierda por una curva. Esa curva es la frontera eficiente.
Los puntos situados sobre ella representan carteras que, para un nivel de riesgo dado, ofrecen la máxima rentabilidad posible; o equivalentemente, para una rentabilidad dada, minimizan el riesgo. Todo punto interior a la región es una cartera "dominada": existe otra combinación que la supera en al menos una dimensión sin empeorar en la otra. Un inversor racional nunca debería situarse dentro de la nube, sino sobre su frontera.
La magia de la correlación. Lo que hace verdaderamente profunda esta construcción es el papel de la correlación entre activos. Dos acciones pueden tener individualmente alta varianza y, sin embargo, combinadas, producir una cartera de riesgo moderado —si sus movimientos tienden a ser opuestos o simplemente independientes. La diversificación no es un mantra vacío: es una consecuencia matemática. La varianza de una cartera no es la media ponderada de las varianzas individuales; depende crucialmente de las covarianzas entre los activos. Este hallazgo convirtió el álgebra lineal y el cálculo matricial en herramientas indispensables de las finanzas.
Limitaciones y herencia intelectual. La teoría de Markowitz no está exenta de críticas legítimas. Supone que los inversores se preocupan únicamente por la media y la varianza de los rendimientos —ignorando la asimetría o los eventos extremos—, que las correlaciones son estables en el tiempo, y que existe información suficiente para estimar los parámetros del modelo. La crisis financiera de 2008 recordó con dureza que los mercados pueden romper correlaciones históricas justamente cuando más se necesita que se sostengan.
Sin embargo, la herencia de Markowitz es inconmensurable. Inspiró el modelo de valoración de activos financieros (CAPM), la teoría del arbitraje, los fondos indexados y toda la arquitectura matemática sobre la que descansa la gestión moderna de carteras. Enseñar economía sin la frontera eficiente sería como enseñar física sin la ley de la gravedad: posible en teoría, empobrecedor en la práctica. En definitiva, Markowitz demostró que pensar con rigor matemático sobre la incertidumbre no elimina el riesgo —eso sería una ilusión—, pero sí permite habitarlo con inteligencia.
Resumen: La geometría que ordena el caos bursátil. Una fórmula cambió para siempre la teoría de la inversión. La diversificación tiene nombre propio: Markowitz y su legado. Cuando el álgebra lineal entró en Wall Street y no se fue. La curva de Markowitz: elegancia matemática al servicio del inversor. Nobel, varianza y carteras: la revolución silenciosa de Markowitz. El modelo que convirtió la incertidumbre financiera en un problema resoluble.
📈 ¿Es posible ganar más asumiendo menos riesgo? La Frontera Eficiente de Markowitz, base de la teoría moderna de carteras y reconocida con el Nobel de Economía, demuestra que la clave no está en elegir el mejor activo, sino en combinar inteligentemente varios. Diversificar no… pic.twitter.com/YtzI3L6uc6
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 4, 2026
Un reciente caso de enseñanza del Bloomberg Harvard City Leadership Initiative, firmado por Fernando Monge, Jorrit de Jong y Linda Bilmes, revisa la transformación de Bilbao desde una perspectiva poco habitual: no como el triunfo de un edificio singular, sino como el resultado de dos décadas de arquitectura institucional colaborativa.
El relato arranca con una escena simbólica: en noviembre de 2017, el alcalde Juan Mari Aburto recoge en Londres el premio a la Mejor Ciudad Europea y reivindica que se hable del “efecto Bilbao” en lugar del “efecto Guggenheim”. Ibon Areso, durante décadas teniente de alcalde y artífice silencioso del urbanismo bilbaíno, lo resume con una frase que vertebra todo el caso: el museo de Gehry fue solo “la punta de un iceberg mucho más profundo”.
Ese iceberg tiene nombre propio: Bilbao Ría 2000. Creada en 1992 a partir de una idea del ministro José Borrell, esta sociedad pública reunió en un mismo consejo de administración —presidido por el alcalde— a representantes de los cuatro niveles de gobierno con intereses en el río Nervión: Estado, Gobierno Vasco, Diputación de Bizkaia y Ayuntamiento. Las decisiones se tomaban siempre por consenso, sin necesidad de votar, y el modelo se autofinanciaba revalorizando suelo industrial degradado para venderlo a promotores privados, reinvirtiendo los beneficios en nuevas actuaciones.
El caso documenta con detalle cómo ese diseño institucional convivió con una gestión política muy humana: reuniones individuales previas a cada consejo para tantear sensibilidades, largas comidas y sobremesas como espacio informal de construcción de confianza, y el compromiso simbólico de “cortar siempre juntos las cintas” en las inauguraciones. También recoge las tensiones reales del proceso: la expropiación polémica del solar de los Ybarra para el Museo Guggenheim Bilbao, la fuerte oposición vecinal y de comerciantes, las críticas de arquitectos locales y hasta la dimisión del arquitecto César Pelli tras un cambio de diseño.
Los datos económicos respaldan el relato: entre 1996 y 2015 el PIB per cápita de Bilbao se multiplicó por más de dos, pasando de 13.561 a 30.895 euros, muy por encima de la media española. El Guggenheim recibió 1,2 millones de visitantes en su primer año, casi el doble de lo necesario para amortizar la inversión pública.
Pero el caso termina con una pregunta abierta y muy actual: con una población que envejece y se reduce, ¿puede Bilbao repetir ese “esfuerzo coral” —la expresión que utiliza Areso— para afrontar su segunda transformación, esta vez hacia una ciudad del conocimiento? La lección de fondo, más allá de la anécdota arquitectónica, es metodológica: las grandes transformaciones urbanas no dependen de un edificio icónico, sino de instituciones capaces de alinear intereses divergentes, sostener la confianza a largo plazo y mantener una visión compartida pese al relevo político. Para cualquier ciudad que busque reinventarse, el verdadero legado de Bilbao no es Frank Gehry: Es Bilbao Ría 2000.
Resumen: El efecto Bilbao según Harvard: Gobernanza antes que arquitectura. Cuatro gobiernos, un consenso: así se reinventó Bilbao. El “esfuerzo coral” que convirtió Bilbao en referencia mundial, Bilbao como caso de estudio: colaboración institucional y confianza
@daremapp El 𝘦𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰 𝘎𝘶𝘨𝘨𝘦𝘯𝘩𝘦𝘪𝘮... o el efecto Bilbao? 🤔 La obra de Frank Gehry inició el cambio en la ciudad, pero lo impresionante es cómo Bilbao se adaptó a los nuevos tiempos 🎨. Lo que está claro es que es una parada más que obligatoria 🍲 ------------- The 𝘎𝘶𝘨𝘨𝘦𝘯𝘩𝘦𝘪𝘮 𝘦𝘧𝘧𝘦𝘤𝘵... or the Bilbao effect 🤔. Frank Gehry's work initiated the change in the city, but what is impressive is how Bilbao adapted to the new times 🎨. What is clear is that it is more than an obligatory stop 🍲. #spain#travel#bilbao#guggenheim#spain#travellers#travelinfamily♬ sonido original - DareMapp
Hay una pedagogía que no se enseña en ningún manual y que, sin embargo, resulta más eficaz que cualquier discurso bienintencionado: la que ejercen los abuelos simplemente viviendo delante de sus nietos. Cuando la diferencia de edad entre los menores abarca de los ocho a los dieciséis años, el reto no es transmitir un mensaje único, sino sostener una coherencia que cada uno pueda interpretar desde su propio estadio de desarrollo. Una breve estancia veraniega en una casa costera ofrece, en este sentido, un laboratorio privilegiado.
El primer aprendizaje, acaso el más sutil, es el del tiempo. A los setenta años, liberados ya de la tiranía productiva que organiza la vida adulta, los abuelos pueden mostrar —no explicar, mostrar— que existe un ritmo distinto al de la inmediatez digital. Un paseo sin destino fijo, una sobremesa que se prolonga sin que nadie mire el reloj, una tarde dedicada a observar el mar: estos gestos comunican, sin pronunciar palabra, que el tiempo lento no es tiempo perdido. Para el nieto de dieciséis años, probablemente el más expuesto a la aceleración contemporánea, este contraste puede operar como una grieta por la que se cuela una intuición valiosa: la de que la calma también es una forma de inteligencia.
El segundo eje es el cuidado del entorno natural, especialmente pertinente en un contexto costero. Enseñar a no dejar rastro en la playa, a reconocer mareas, a respetar la fauna marina, conecta de manera natural con una sensibilidad ecológica que hoy resulta más urgente que nunca. Lo interesante es que este aprendizaje se despliega en distintos registros según la edad: para el más pequeño es juego y asombro; para el de doce años, conocimiento que empieza a articularse en categorías; para el mayor, una posible puerta hacia una conciencia ambiental más amplia y políticamente informada.
Pero quizá el ejemplo más perdurable —y el que la psicología del desarrollo y la sociología de la memoria familiar coinciden en señalar como decisivo— es la transmisión narrativa. Contar la propia infancia, la juventud, los errores y los aciertos, no como sermón sino como relato genuino, deja una huella que ningún consejo directo logra igualar. Los nietos rara vez recuerdan lo que se les ordenó hacer; sí recuerdan, en cambio, las historias escuchadas mientras se pelaba fruta en la cocina o se jugaba una partida de cartas en el porche. Esa narrativa oral, casi artesanal, es quizá la forma más antigua de educación que existe, y el verano —con su disponibilidad de tiempo compartido— es su escenario natural.
Finalmente, está la coherencia en lo cotidiano: el trato hacia un vecino, la manera de resolver un imprevisto sin perder la serenidad, la gratitud expresada ante lo simple. Son gestos que no buscan ser pedagógicos y que, precisamente por eso, lo son más que cualquier intento deliberado de educar. Si hay una conclusión posible, es esta: el mejor ejemplo que pueden dar unos abuelos no es un mensaje, sino una presencia. No se trata de qué se dice, sino de cómo se vive delante de quien observa. Y los nietos, a cualquier edad, observan siempre más de lo que parece.
Si como yo (aún sabiendo que las ballenas son un tipo de mamífero) no te has preguntado nunca como se nutre a un ballenato (balleno-beboncio). ¿Sabías que la madre contrae músculos especializados alrededor de la glándula mamaria y eyecta la leche directamente hacia la boca abierta de la cría?. No hay succión. Hay inyección. La leche tampoco se parece a ninguna leche conocida. El proceso completo dura segundos. La cría abre la boca, la madre activa los músculos, y la transferencia termina. Una cría de ballena azul recibe hasta 600 litros de leche al día. Engorda aproximadamente 90 kilogramos cada 24 horas. Mira bien: el procesa dura lo que dura el vídeo; menos de 7 segundos.
El milagro submarino: cómo se alimenta un ballenato. Hay preguntas científicas que parecen sencillas hasta que uno se detiene a formularlas con rigor. Una de ellas es esta: ¿cómo puede una cría de ballena mamar bajo el agua sin ahogarse, sin labios capaces de succionar y en el interior del animal más grande que ha existido jamás sobre la Tierra? La respuesta es un prodigio de ingeniería evolutiva.
Las ballenas son mamíferos que regresan al mar hace unos cincuenta millones de años, pero conservan el imperativo biológico de amamantar a sus crías. La evolución, sin embargo, no podía trasplantar sin más el mecanismo terrestre de succión al entorno marino. Tuvo que reinventarlo por completo. Los ballenatos carecen de labios flexibles para la succión, como los que poseen la mayoría de los mamíferos terrestres. Por ello, la madre dobla sus músculos abdominales para exponer el pezón —normalmente oculto bajo pliegues de piel para mantener la hidrodinámica del cuerpo— e inyecta activamente la leche en la boca de la cría.
El proceso es tan delicado como espectacular. El ballenato recibe la leche de la madre por expulsión activa de ella, no por succión propia. La madre eleva levemente el pedúnculo caudal mientras la cría se acerca en forma oblicua a su vientre. Las sesiones duran apenas unos segundos —entre quince y cincuenta y cinco en las ballenas jorobadas— porque la cría no puede respirar y alimentarse simultáneamente, y debe emerger a la superficie con frecuencia.
La eficiencia compensa la brevedad. La leche de la ballena azul contiene alrededor de un 40% de grasa y un 13% de proteínas, frente al cuatro y uno por ciento respectivamente de la leche humana. Los ballenatos azules ingieren unos 190 litros diarios y ganan 90 kilogramos en cada jornada. A lo largo del periodo de lactancia, de unos ocho meses, casi duplican su tamaño, pasando de los siete u ocho metros al nacer a los quince cuando son destetados.
La ciencia aún guarda misterios en este proceso. Presenciar la lactancia en ballenas es extraordinariamente raro: en un estudio de casi doscientas parejas madre-cría de ballenas jorobadas en Hawái, los investigadores solo observaron cuatro casos claros de amamantamiento. La naturaleza, en su sabiduría más antigua, reserva sus milagros más íntimos para quien tiene la paciencia de esperar.
La alimentación del ballenato es, en definitiva, una metáfora evolutiva: la vida encuentra siempre el camino, aunque ese camino transcurra a 20 metros de profundidad, en 30g segundos, a cuarenta grados de grasa y en silencio absoluto. Así sobrevive el mayor bebé de la Tierra.
Hoy dedicamos este post a una de nuestras canciones preferidas, con una gran historia detrás. El 12 de mayo de 2013, el comandante canadiense Chris Hadfield publicó desde la Estación Espacial Internacional un vídeo que detuvo el tiempo durante unos minutos: su versión de Space Oddity (ver en otros posts), la canción que David Bowie había compuesto en 1969. Hadfield lo hizo el mismo día en que cedía el mando de la ISS, antes de regresar a la Tierra en una cápsula Soyuz. Era la primera vez en la historia que se rodaba un videoclip musical completo en el espacio.
La elección de la canción no fue casual, aunque tampoco fue idea suya. Tras publicar una canción original junto a su hermano, la demanda en internet para que interpretara Space Oddity fue tan masiva que acabó cediendo. El resultado fue algo más que un homenaje: Hadfield modificó ligeramente la letra para hacerla más fiel a la experiencia real del vuelo espacial, algo que Bowie aprobó y celebró. El propio Bowie, que llevaba décadas especulando poéticamente con la soledad del cosmos, reconoció en aquella versión algo que sus propias palabras no habían alcanzado del todo. La describió como "posiblemente la versión más conmovedora de la canción jamás creada."
El vídeo muestra a Hadfield tocando la guitarra mientras la Tierra azul se despliega al fondo a través de la cúpula de la estación, con tomas que solo la ingravidez hace posibles. La música fue producida desde tierra: la pianista y colaboradora canadiense Emm Gryner desarrolló el arreglo incorporando ruidos ambientales de la propia estación espacial que Hadfield había subido a SoundCloud.
La canción de Bowie nació en julio de 1969, días antes del alunizaje del Apolo 11, inspirada en 2001: Una odisea del espacio y en un sentimiento personal de alienación. Hadfield la devolvió al espacio real, despojándola de toda metáfora. Donde Bowie imaginaba a un astronauta ficticio a la deriva —el Mayor Tom—, Hadfield flotaba de verdad, guitarra en mano, mirando por la ventana el planeta que dejaba atrás.
El vídeo acumuló más de 35 millones de visualizaciones en YouTube y desencadenó además un curioso debate jurídico sobre derechos de autor en el espacio exterior, cuando la editorial propietaria de los derechos intentó retirarlo de la plataforma. Pocas veces una canción había generado simultáneamente emoción, filosofía y derecho internacional.
Cuando Bowie murió en enero de 2016, Hadfield lo despidió con una frase que era, a la vez, cita y epitafio: "Ashes to ashes, dust to stardust. Your brilliance inspired us all. Goodbye, Starman."
🚀 ¿Puede el arte conquistar la gravedad cero? Chris Hadfield transformó la Estación Espacial en un escenario histórico con su mítica versión de "Space Oddity" de David Bowie. 🎸https://t.co/c62wJufVcs✨ Una unión perfecta de ciencia y humanismo que nos acercó al cosmos. Lee el… pic.twitter.com/SoqA9bN92i
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 28, 2026
Hoy volvemos a las inagotables distopías, como cuando la historia tomó otro camino:
Philip K. Dick, el visionario inquieto de California (ver en otros posts), sobre el mundo que pudo ser en el libro El hombre en el castillo (1962). Philip
Kindred Dick (Chicago, 16 de diciembre de 1928 – Santa Ana, California, 2 de
marzo de 1982) es una de las figuras más influyentes de la ciencia ficción del
siglo XX y, con el paso del tiempo, uno de los escritores más reivindicados por
la crítica literaria seria.
Criado en Berkeley entre dificultades económicas y
emocionales, estudió brevemente en la Universidad de California antes de
dedicarse por entero a la escritura. Su vida estuvo marcada por la precariedad,
los matrimonios múltiples, las crisis nerviosas y una obsesión filosófica
permanente por una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿qué es real?
La obra: anatomía de una derrota que nunca ocurrió. Publicada en
1962 y galardonada con el Premio Hugo al año siguiente, El hombre en el
castillo (The Man in the High Castle) es la novela de historia alternativa más
influyente jamás escrita. Su premisa es tan simple como perturbadora: los
Aliados perdieron la Segunda Guerra Mundial. Alemania y Japón se repartieron el
mundo, incluidos los Estados Unidos, divididos en una zona de ocupación nazi al
este y una zona japonesa al oeste, con una franja central neutral.
La acción
transcurre en 1962, quince años después de la derrota aliada. Dick no construye
una trama de aventuras ni de resistencia heroica: nos sumerge en la cotidianidad
de ese mundo distorsionado a través de varios personajes —un comerciante de
antigüedades, una artesana, un funcionario japonés, un agente nazi— cuyas vidas
se entrecruzan en torno a un elemento central: la existencia de una novela
prohibida dentro de la novela, titulada La langosta se ha posado, que describe
un mundo en el que los Aliados sí ganaron la guerra. Pero ese mundo alternativo
dentro de la ucronía no es exactamente el nuestro, lo que abre un juego de
espejos dizzying que obliga al lector a preguntarse cuál de las realidades, si
alguna, es la verdadera.
Dick utilizó
el I Ching —el milenario oráculo chino— tanto como recurso narrativo dentro del
libro como método personal de escritura para tomar decisiones argumentales, lo
que dota a la novela de una extraña cadencia entre el determinismo y el azar.
El resultado es una meditación sobre la naturaleza de la historia, la
autenticidad de los objetos y las personas, y la capacidad humana para vivir
bajo regímenes totalitarios sin perder del todo la dimensión moral.
Voces del castillo: fragmentos para la reflexión: «No
hay nadie que no tenga una historia alternativa. No hay nadie cuya vida no haya
podido ser de otro modo si el azar hubiera soplado diferente.» «¿Qué
es lo auténtico? El objeto antiguo no tiene valor por ser viejo, sino por haber
existido, por haber formado parte del tiempo. El pasado es la única realidad
que no podemos falsificar.» «Los
nazis han ganado. Y sin embargo, algo en ellos sabe que han perdido. El poder
absoluto no convence ni siquiera a quienes lo ejercen.»
Una novela para nuestro tiempo. El hombre en
el castillo no es solo un ejercicio de imaginación histórica: es una
advertencia filosófica. Dick nos recuerda que el fascismo no es una anomalía
del pasado sino una posibilidad siempre latente, y que la democracia, la
libertad y la dignidad son conquistas frágiles que pueden revertirse. La novela
anticipa debates que hoy resultan urgentes: la posverdad, la manipulación de la
memoria histórica, la banalización del mal —en el sentido arendtiano— y la
resistencia ética individual frente a sistemas opresivos.
La
adaptación televisiva producida por Amazon (2015-2019) amplió el universo
dickiano con notable fidelidad al espíritu original, introduciendo la novela a
nuevas generaciones. Pero el texto de 1962 conserva una densidad intelectual y
una ambigüedad metafísica que ninguna pantalla ha podido replicar del todo.
Leer a Dick sigue siendo un acto subversivo: nos devuelve la pregunta esencial
que las ideologías totalitarias siempre intentan suprimir: ¿y si todo hubiera
podido ser diferente?
¿Vivimos en una simulación o en la peor de las ucronías? 👁️ En 1962, Philip K. Dick publicó 'El hombre en el castillo', desafiando los límites de la historia y la cordura. No era solo ciencia ficción; era una radiografía de nuestros miedos políticos y la fragilidad de la verdad.… pic.twitter.com/4LSDBgc5vi
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 26, 2026
En homenaje a George Orwell, cuyo aniversario se conmemora hoy, os preguntamos por vuestra distopía literaria preferida. Orwell escribió una de las más conocidas, "1984", pero hay muchas otros autores como Aldous Huxley ("Un mundo feliz"), Philip K. Dick ("El hombre en el… pic.twitter.com/PKLZmTNRpY
Aún estoy conmovido con el libroViaje al país de los blancos, de Ousman Umar: Un niño que vio un avión y cruzó el Sahara, una odisea entre la supervivencia y la dignidad. Porque hay obras que incomodan porque revelan lo que preferimos ignorar. Viaje al país de los blancos (Penguin Random House, 2019), del escritor ghanés Ousman Umar, es uno de ellos: un testimonio autobiográfico que convierte la experiencia migratoria en literatura sin perder ni un gramo de verdad.
Ousman Umar salió de Ghana siendo un niño, cruzó el Sáhara a pie, el mar en patera y vio morir en el camino a la mayoría de sus compañeros de viaje, entre ellos a su mejor amigo. Recorrió 21.333 kilómetros para llegar a Barcelonacruzando ocho países y tardó cinco años en hacerlo. El joven ghanés llegó a Fuerteventuraen diciembre de 2004, 48 horas después de iniciar el tramo final en patera y haberse quedado sin combustible en alta mar. Tras ser atendido por Cruz Roja, pasó 33 días en el Centro de Internamiento de El Matorral y fue derivado a Málaga. El 24 de febrero de 2005 llegó a Barcelona.
Después de meses durmiendo en la calle, fue acogido por una familia, comenzó sus estudios y consiguió trabajo como mecánico de bicicletas. En 2012, con sus primeros ahorros, fundó NASCO Feeding Minds con el objetivo de mejorar la educación en su país de origen. En 2018 se integró además en el equipo de Proactiva Open Arms. Hoy, Ousman Umar es conferenciante, activista y escritor reconocido en toda España.
La obra narra la odisea de un joven que arriesgó su vida por un futuro mejor. El relato arranca en la sabana africana, con una infancia sencilla marcada por la comunidad, la oralidad y una escuela a siete kilómetros de casa. El giro lo provoca un avión que sobrevuela el cielo natal: desde ese momento, el protagonista quiso ser piloto, ingeniero, todo, menos negro. Esa frase, lanzada con la crudeza desarmante de la infancia, sintetiza el núcleo psicológico del libro: la migración no es únicamente una huida de la pobreza, sino también la búsqueda de una identidad que el mundo exterior ha devaluado.
A los trece años, Ousman inicia su periplo. La travesía del Sahara es el corazón más duro del relato: días sin agua, compañeros que mueren de sed o de agotamiento, la violencia arbitraria de los traficantes de personas, la radical soledad del desierto. No hay épica gratuita; la narración avanza con una sobriedad que resulta más aterradora que cualquier dramatismo. Tras el desierto llega el Mediterráneo, otra frontera mortal donde fallece Musa, su mejor amigo, en la patera contigua. La aleatoriedad de la supervivencia —por qué él y no otro— atraviesa todo el libro como una pregunta sin respuesta.
La llegada a Europa no cierra la odisea: la abre en otra dirección. La primera noche que durmió en una casa con comodidades y confort, se puso a llorar como un niño. Europa no era el paraíso prometido, y esa decepción es también una de las lecciones más perturbadoras del libro para el lector occidental. Ousman descubrió que el paraíso no estaba en Europa, sino en el corazón de cada ser humano, y que la educación es la clave para acceder a él.
Citas del libro y de su autor: El texto incluye pasajes de una densidad moral considerable. Algunos de los más citados por lectores y reseñistas son los siguientes: «Cuatro años después de comenzar esa hazaña, logré llegar a España y, tras varios meses durmiendo en la calle, me acogió una familia. La primera noche que dormí en su casa, pese a las comodidades y el confort, me puse a llorar como un niño. ¿Por qué había sufrido tanto?» «La idea de NASCO Feeding Minds es crear las condiciones en Ghana para que los jóvenes de allí no sientan la tentación de pasar por las penalidades por las que tuve que pasar. Que nadie más muera en el desierto o en el mar.» Y en la apertura del libro, con esa voz que mezcla ingenuidad y lucidez: «Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa.»
Por qué leerlo. Viaje al país de los blancos no es un libro de denuncia al uso, aunque denuncia. No es literatura de victimismo, aunque narra un sufrimiento casi inconcebible. Es, ante todo, un ejercicio de humanismo activo: el relato de alguien que, habiendo tenido todas las razones para amargarse, eligió la generosidad como proyecto de vida. En una época en que el debate migratorio se ha reducido a cifras y eslóganes electorales, este testimonio devuelve el rostro a las estadísticas. Ahora, el autor necesita contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar. Un libro breve, urgente y necesario.
@dandoecotv_ 🌍 DE CRUZAR EL MAR EN PATERA A INSPIRAR A MILES DE PERSONAS 💙 Ousman Umar dejó África con solo 13 años buscando una oportunidad para cambiar su vida. Un viaje marcado por el miedo, el sufrimiento y la esperanza que estuvo a punto de costarle la vida. 🙏 Gracias a la ayuda de personas que creyeron en él, consiguió salir adelante, estudiar y construir un futuro que hoy inspira a miles de personas. Su historia ha dado lugar a un libro y a una película. 🗣️ «Me ha tocado el Euromillón muchas veces», afirma al recordar a quienes le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. 💬 ¿Crees que historias como la suya ayudan a cambiar la forma de ver la inmigración y la superación personal? 👇 Te leemos en comentarios. #ÚltimaHora#Superación#HistoriasQueInspiran#Actualidad#DandoEcoTV♬ sonido original - 🗣️Dando Eco TV| Noticia Viral
Quienes viven en urbanizaciones, chalets o viviendas con jardín en Alicante habrán observado un fenómeno cada vez más frecuente: la aparición de ardillas correteando por muros, pinos, céspedes e incluso acercándose a piscinas. Lo que hace apenas unas décadas era una imagen excepcional se ha convertido en una escena habitual en numerosos rincones de la provincia.
La protagonista suele ser la ardilla roja, Sciurus vulgaris, una especie autóctona que ha experimentado una notable expansión en Alicante durante los últimos años. Diversos estudios y observaciones de campo confirman que sus poblaciones han aumentado y se han extendido desde áreas forestales hacia entornos rurales y urbanos arbolados.
La explicación es relativamente sencilla. Muchas urbanizaciones alicantinas cuentan con abundantes pinares y jardines, ofreciendo alimento, refugio y corredores ecológicos. Los piñones del pino carrasco constituyen una parte importante de su dieta, por lo que estos espacios resultan especialmente atractivos para ellas.
Durante los meses más cálidos, las ardillas también buscan agua. De ahí que puedan verse cerca de fuentes, estanques o piscinas particulares. Aunque rara vez se bañan, sí aprovechan los bordes para beber o refrescarse. Su curiosidad natural las lleva además a explorar terrazas, macetas y zonas de sombra.
Lejos de ser una molestia, su presencia suele considerarse un indicador de biodiversidad. Estos pequeños mamíferos desempeñan un papel ecológico relevante al dispersar semillas y favorecer la regeneración de los bosques. Muchas de las semillas que esconden para consumir posteriormente nunca son recuperadas y terminan germinando.
No obstante, la convivencia también plantea algunos retos. Ocasionalmente pueden dañar frutos secos, mordisquear sistemas de riego o acceder a comederos de aves. En cualquier caso, los expertos recomiendan evitar alimentarlas artificialmente para que mantengan sus hábitos naturales.
Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 20 de junio de 2026, losQUINCE millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó enblog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos.
¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. Quince millones de visitas cómplices, quince millones de gracias.
Apenas han transcurrido 31 días desde el martes 19 de mayo de 2026,cuando alcanzamos 14 millones de visitas. Menos que los 79 días que necesitamos para cada uno de los dos millones anteriores. Fueron 13 millones el 1 de marzo de 2026 (79 días). Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 15 millones de pasos juntos.
El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas.
Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque en apenas 3 días ya se contabilizan un cuarto de millón más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años meses, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!
📊 ¡15 millones de gracias! Hoy celebramos un hito extraordinario: 15 millones de visitas en un blog nacido en 2005 con una sencilla vocación de compartir ideas, educación, tecnología, innovación, literatura, filosofía y aprendizaje a lo largo de la vida. https://t.co/ih3aGsBjYi… pic.twitter.com/qUZ3maCeUN
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 23, 2026
El 8 de junio de 1972, el fotógrafo Nick Ut capturó una imagen que el mundo no pudo ignorar ni olvidar. Por la carretera de Trang Bang, al sur de Vietnam, corría una niña de nueve años completamente desnuda, con los brazos abiertos y la boca abierta en un grito mudo. Su cuerpo ardía con napalm. Su nombre era Phan Thị Kim Phúc, y aquella fotografía —Premio Pulitzer al año siguiente— se convirtió en el símbolo más devastador de la guerra de Vietnam y, por extensión, de todas las guerras que castigan a los inocentes.
Lo que la imagen no podía mostrar era lo que vino después: el dolor. Las quemaduras cubrían el cuarenta por ciento de su cuerpo. Fue hospitalizada durante catorce meses. Sufrió diecisiete operaciones a lo largo de su vida. Los médicos no esperaban que sobreviviera. Sobrevivió.
Una infancia secuestrada por la propaganda. El gobierno comunista vietnamita comprendió rápidamente el valor propagandístico de aquella niña convertida en símbolo internacional. Kim Phúc fue utilizada como reclamo político durante años: exhibida ante periodistas, sometida a entrevistas controladas, obligada a representar el papel de víctima del imperialismo estadounidense. Sus estudios de medicina en Cuba —donde finalmente pudo escapar del guion oficial— le abrieron la mente y el corazón hacia otras formas de comprender el sufrimiento y la reparación. En 1992, durante una escala técnica en Terranova, Kim Phúc y su marido desembarcaron y solicitaron asilo en Canadá. Fue su segunda huida: la primera del fuego, la segunda de la mentira.
El budismo, el evangelio y el perdón. En su infancia había sido educada en el caodaísmo, religión sincrética vietnamita. Pero fue la conversión al cristianismo, ya adulta, lo que ella misma describe como el verdadero punto de inflexión. El perdón —no la resignación, sino el perdón activo, elegido, trabajado— se convirtió en el eje de su existencia. En 1996, durante una ceremonia en el Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington D.C., Kim Phúc pronunció unas palabras que conmovieron al mundo: «Si pudiera hablar cara a cara con el piloto que lanzó aquel napalm, le diría que lo perdono». El piloto, John Plummer, que había cargado con la culpa durante décadas, estaba entre el público. Se abrazaron.
La Fundación y el presente. Desde Canadá, donde reside con su familia, Kim Phúc fundó en 1997 la Kim Foundation International, dedicada a proporcionar asistencia médica y psicológica a niños víctimas de conflictos bélicos en todo el mundo. En 1997 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, cargo que sigue ejerciendo con plena convicción. Ha publicado su memoria, Fire Road (2017), y continúa ofreciendo conferencias en universidades, parlamentos y foros internacionales.
Hoy, con más de setenta años, Kim Phúc sigue cargando las cicatrices físicas que el napalm le dejó para siempre. Pero lo que ofrece al mundo no son cicatrices: es un testimonio radical de que la dignidad humana puede sobreponerse al horror más extremo. En tiempos en que las imágenes de niños heridos en conflictos contemporáneos saturan nuestras pantallas sin apenas provocar reacción, la historia de Kim Phúc nos recuerda que detrás de cada fotografía hay una vida entera que merece ser escuchada, protegida y, sobre todo, no repetida.
La niña que ardió en 1972 lleva más de medio siglo enseñándonos algo que los tratados de paz rara vez consiguen: que el verdadero fin de una guerra ocurre dentro de cada persona, y que el perdón no es debilidad sino la forma más exigente de valentía.