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Educación crítica frente al auge del tecnofascismo

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Hoy nos ha deslumbrado por su lucidez este artículo de El Correo sobre los nuevos leviatanes, tecnología, poder y el fin de la democracia con una cuestión que debería preocuparnos sobremanera: ¿Puede la libertad sobrevivir al poder absoluto del tecnofeudalismo (muchos posts)? Algo que desde la Asociación HumanTek Euskadi (https://humantek.eus/) estamos tratando de divulgar. 

Tecnofascismo: las máscaras caen ante esta amenaza autoritaria con traje de algoritmoHay momentos en la historia en que un sistema se quita la máscara y anuncia abiertamente sus objetivos. A finales de abril de 2026, la empresa Palantir Technologies publicó un manifiesto de 22 puntos titulado The Technological Republic (vídeo inferior) que ha sacudido el debate político en Occidente. En él se reclama el servicio militar obligatorio, el rearme de Alemania y Japón, y la participación de la élite ingenieril de Silicon Valley en la defensa nacional. 

El escritor Diego Fonseca lo describió como una "rara ocasión" de ver cómo un sistema se quita la máscara para anunciar sus objetivos ideológicos: la tesis de que "la civilización ha caído" y que "solo una recuperación del poder duro puede evitar el colapso".

El término que ha cristalizado en el debate académico y periodístico es tecnofascismo. Mark Coeckelbergh, profesor en la Universidad de Viena y estudioso de los peligros del poder tecnológico para la democracia, calificó el manifiesto de Palantir como "un ejemplo perfecto de tecnofascismo", señalando que se trata de una empresa con cientos de contratos con la administración que busca una acumulación de poder en torno a los magnates tecnológicos. La analogía que propone Coeckelbergh es reveladora: como el Leviatán de Hobbes, estos actores privados proponen restaurar el orden imponiendo su dominio, no mediante el contrato social democrático, sino mediante el control de datos, algoritmos e infraestructuras de vigilancia.

La genealogía ideológica de este movimiento no es improvisada. Las raíces del concepto se remontan a los años treinta con el movimiento "Technocracy Inc." en Estados Unidos y Canadá, fundado por Howard Scott, que proponía un régimen dirigido por ingenieros. Joshua Haldeman, abuelo de Elon Musk, fue promotor de la idea, convencido de que la democracia debía ceder ante una élite técnica con poder político. Lo que en los treinta fue marginal, hoy tiene fondos ilimitados, plataformas globales y acceso directo a los gobiernos.

El núcleo filosófico lo expresó Peter Thiel sin ambigüedades: "Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles." Esta declaración de 2009 ha dejado de ser una provocación intelectual para convertirse en programa de acción. Thiel, Musk y otros como Zuckerberg, Bezos o Altman orbitan hoy alrededor de las políticas gubernamentales gracias a sus miles de millones, pero sobre todo al poder que les brindan los datos de los individuos que proporcionan sus plataformas.

El concepto que el economista Yanis Varoufakis acuñó —tecnofeudalismo— describía esta mutación del capitalismo. Pero el tecnofascismo va un paso más allá: no solo acumula capital, sino que aspira a sustituir la soberanía popular por la soberanía algorítmica. Curtis Yarvin, ideólogo con influencia reconocida en figuras como J.D. Vance, propone directamente desmantelar la democracia liberal e instaurar una dictadura corporativa con la inteligencia artificial como arma de guerra.

Frente a esto, la respuesta no puede ser solo técnica ni regulatoria. La democracia no es un software que se actualiza con un parche de seguridad. Es una conquista civilizatoria que requiere ciudadanos capaces de reconocer la amenaza cuando, por fin, el sistema se atreve a hablar sin máscara. Ahí reside, quizás, la primera y más urgente tarea educativa de nuestro tiempo.

Invierno demográfico: Causas y desafíos actuales

Del baby boom al invierno demográfico: sesenta años de silencio fértilEntre 1945 y 1965, el mundo occidental vivió uno de los fenómenos sociales más espectaculares de la historia contemporánea: el baby boom. Concluida la Segunda Guerra Mundial, millones de familias —aliviadas por la paz, estimuladas por el crecimiento económico y sostenidas por la emergente sociedad de bienestar— decidieron tener hijos en una proporción que hoy resulta casi inverosímil. En países como Estados Unidos, Francia, Australia o España, la tasa de fecundidad superó los tres hijos por mujer, y en algunos períodos rozó los cuatro. Las ciudades crecían, las escuelas se llenaban y el optimismo colectivo tenía un correlato biológico inequívoco.

Seis décadas después, el panorama es radicalmente opuesto. Europa, Japón, Corea del Sur y buena parte del hemisferio norte registran tasas de fecundidad muy por debajo del umbral de reemplazo generacional, fijado en 2,1 hijos por mujer. Alemania ronda el 1,5; España e Italia no alcanzan el 1,3; Corea del Sur ha llegado al histórico mínimo de 0,72. Este fenómeno, que los demógrafos denominan invierno demográfico, no es una metáfora poética: describe una realidad en la que las pirámides poblacionales se invierten, las sociedades envejecen de manera acelerada y los sistemas de pensiones y cuidados comienzan a crujir bajo una presión estructural sin precedentes.

Las causas son múltiples y se refuerzan mutuamente. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral —logro indiscutible de justicia social— transformó los tiempos y los proyectos de vida. La maternidad, antes socialmente obligada, se convirtió en una elección deliberada y, con frecuencia, diferida. La urbanización elevó el coste de la vivienda a niveles que hacen incompatible la crianza con la estabilidad económica en muchas ciudades. La precariedad laboral juvenil añade incertidumbre a ecuaciones ya complejas. El alargamiento de los estudios retarda la emancipación. Y, en un plano más sutil pero igualmente determinante, el cambio de valores posmodernos —la primacía de la autorrealización individual, la centralidad del proyecto personal— ha reconfigurado las motivaciones íntimas ante la decisión de tener o no tener descendencia. La religión, que durante siglos actuó como incentivo implícito de la natalidad, ha perdido su ascendiente sobre amplias capas de la población.

A estos factores se suma una paradoja perturbadora: cuanto más alto es el nivel educativo de una sociedad, menor suele ser su tasa de fecundidad. No porque la educación sea enemiga de la vida, sino porque desarrolla la capacidad crítica para calcular los costes —económicos, profesionales, emocionales— de la crianza en contextos de apoyo institucional insuficiente.

Las soluciones propuestas son igualmente diversas. Algunos gobiernos, como Hungría o Francia, han apostado por políticas natalistas directas: subsidios por hijo, deducciones fiscales progresivas, permisos parentales generosos. Los resultados son modestos y demoran años en manifestarse. Otros apuestan por una gestión más inteligente de la inmigración, que a corto plazo alivia la presión demográfica sin resolver el problema de fondo. Una tercera vía, quizás la más estructuralmente honesta, propone rediseñar los modelos de cuidado: escuelas infantiles universales, corresponsabilidad doméstica real entre géneros, y mercados de trabajo que no penalicen la maternidad ni la paternidad.

Ninguna medida aislada resulta suficiente. El invierno demográfico es, en última instancia, el síntoma de una contradicción no resuelta en las sociedades avanzadas: el deseo genuino de muchas personas de tener hijos choca con unas condiciones materiales y culturales que lo dificultan sistemáticamente. Resolver esa contradicción exige más que incentivos económicos: exige reimaginar colectivamente qué tipo de sociedad queremos construir y a qué coste estamos dispuestos a hacerlo. La demografía, al fin y al cabo, no es sólo estadística. Es la huella que una civilización deja sobre el tiempo.

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