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Mariposas Monarca: una lección de migración y supervivencia


Concluimos la serie de migraciones animales (posts), luego hablaremos de las humanas, con la historia durante 4 décadas del descubrimiento del viaje más largo en el caso de insectos con la Mariposa Monarca: cuatro mil kilómetros la mariposa que viaja desde Canadá hasta México y un enigma. En 1937, un joven zoólogo de la Universidad de Toronto empezó a trazar la ruta de unas mariposas que cada otoño desaparecían hacia el sur. Tardó 38 años en saber adónde iban. Fred Urquhart no sospechaba que la respuesta estaba en un bosque de montaña a más de cuatro mil kilómetros de su laboratorio, ni que la hallarían dos desconocidos que respondieron a un anuncio de prensa. 

Una etiqueta que no estorbe al vuelo. El primer obstáculo era casi artesanal: marcar un insecto que apenas pesa sin impedirle volar. Urquhart dedicó más de 20 años a refinar sus técnicas de marcado, y quienes encontraban una mariposa etiquetada la devolvían a Toronto. Con su esposa Norah fue dibujando rutas, y también un hueco: el rastro se esfumaba en Texas a finales de otoño y reaparecía en primavera. 

Dos voluntarios y un bosque de oyameles, En 1972 los Urquhart publicaron un anuncio pidiendo colaboración, y respondieron Ken Brugger y Catalina Trail, que vivían en México. En enero de 1975, tras años de búsqueda, llegaron a unos bosques de oyamel en las montañas de Michoacán, a más de cuatro mil kilómetros del punto de partida de la migración. El público lo supo por National Geographic en agosto de 1976. Conviene matizar la palabra «descubrimiento». Los vecinos de la zona conocían el fenómeno mucho antes de 1975. Lo que ocurrió entonces fue que el saber local y el saber científico por fin se encontraron. 

Un relevo que nadie ensaya. Aquí está la paradoja. Una monarca común vive pocas semanas, de modo que ninguna hace el viaje completo de ida y vuelta. A finales del verano nace una generación singular, la llamada Matusalén, que vive entre siete y nueve meses porque retrasa el apareamiento hasta el final de la migración. Al regresar la primavera, esas mariposas ponen huevos por el camino, y hacen falta entre tres y cinco generaciones para completar el ciclo hacia el norte. Ninguna aprende la ruta de otra. Cómo saben adónde ir sigue siendo objeto de debate. 

Lo que sabemos y lo que se tambalea. En 2022 la UICN incluyó la subespecie migratoria en su Lista Roja como «En peligro». La última temporada de invernada trajo un respiro: las colonias ocuparon 2,93 hectáreas, un 64 % más que el año anterior, aunque lejos de las 18,19 del récord de 1996-1997. Las cifras de este invierno no se conocerán hasta que acabe la temporada. La historia de la monarca me interesa casi tanto como el insecto. Es una lección sobre cómo se sabe algo: con paciencia de décadas, con voluntarios que no figuraban en ningún organigrama y con el conocimiento de quienes ya vivían allí. 

Una propuesta a diez años. Durante el primer año, leer el reportaje original de Urquhart y un libro de divulgación sobre migraciones, y comentarlo con alguien más joven. Entre el primero y el segundo, registrar mariposas y otros polinizadores de tu entorno en una plataforma de ciencia ciudadana como iNaturalist, con una meta de unas cincuenta observaciones anuales. Hacia el quinto año, colaborar como voluntario o socio con una organización de conservación o con un proyecto local de jardines de plantas autóctonas. Al décimo, comparar tus registros con los del primer año y comprobar si hay más especies, más observaciones y más personas implicadas. Esa comparación será tu sistema de evaluación.

Migraciones animales: récords, rutas y secretos científicos

Siguiendo un post reciente, hoy escribimos de la fauna para la que viajar es sobrevivir, con cuatro migraciones que desafían la lógica. ¿Qué animal recorre más kilómetros? Los récords de migración, verificados. Del polo al polo: las migraciones animales más largas del planeta. Es el tema de hoy, cuando alcanzamos 25 millones de visitas a las 22 horas (foto) en apenas 5 días desde el anterior 24º millón.

Un ave de menos de 125 gramos cruza el planeta de un extremo a otro cada año. El charrán ártico cría en el Ártico y pasa el verano austral junto a la Antártida, así que vive más horas de luz que ningún otro animal. Durante décadas se le atribuyeron unos 40.000 kilómetros anuales, una cifra deducida de anillamientos y observaciones en el mar. Nadie había podido seguirlo de verdad. 

El charrán que dobló las cuentas. En 2010 un equipo dirigido por Carsten Egevang equipó once charranes con geolocalizadores de 1,4 gramos y comprobó que algunos superaban los 80.000 kilómetros al año. El promedio fue de 70.900 kilómetros, casi el doble de lo que se daba por bueno. Tampoco vuelan en línea recta: trazan una gran "S" por el Atlántico, buscando mares productivos donde alimentarse y aprovechando los vientos dominantes. Como pueden vivir más de 30 años, sus autores calcularon que acumulan en toda una vida más de 2,4 millones de kilómetros. 

Once días sin tocar tierra. La forma de medir la hazaña es no parar. En octubre de 2022, una aguja colipinta de apenas cinco meses salió de Alaska y aterrizó once días después en Tasmania. El rastro de su GPS marcó 13.560 kilómetros sin una sola escala, la marca más larga documentada para un ave. Pasó sobre Vanuatu y Nueva Caledonia sin detenerse a repostar. Lo más inquietante es que era su primer viaje y no seguía a ningún adulto. 

Ballenas y libélulas. El récord entre los mamíferos lo guarda una ballena gris occidental llamada Varvara. Nadó desde la isla de Sajalín hasta Baja California y regresó, 22.511 kilómetros en 172 días. Su viaje, publicado en 2015, sugiere además que algunas ballenas dadas por "occidentales" quizá pertenecen a la población oriental. Los científicos esperaban otra ruta, más costera. El mar, una vez más, sabe más que los mapas.

Y luego está la libélula Pantala flavescens, de unos 300 miligramos. Se cree que forma parte de un circuito de entre 14.000 y 18.000 kilómetros que se completa a lo largo de varias generaciones, y que cruza el océano Índico entre la India y África oriental, aprovechando vientos de altura. Ningún individuo hace el viaje entero. Cada uno vuela más de 6.000 kilómetros y deja el relevo a sus descendientes. Conviene decir que buena parte de la evidencia es indirecta: análisis isotópicos y simulaciones, no seguimiento individual. 

Lo que dicen los récords. "El más largo" depende de lo que midamos: distancia anual, vuelo sin escalas, trayecto en relación con el tamaño. Y todas las cifras son lo que hemos podido medir; la del charrán es un promedio de once aves. Pero hay una lección común. Estos viajes solo funcionan si la cadena de lugares sigue intacta: mares ricos, vientos fiables, islas, costas y lagunas donde descansar. Basta romper un eslabón para que el viaje entero deje de ser posible. 

Una propuesta a diez años sobre migraciones animales (posts). Empieza por leer: un libro de divulgación sobre migración al año durante dos años, y una entrada propia en tu blog o cuaderno sobre cada uno. A los cinco años, súmate a un censo de aves de tu zona (por ejemplo, con SEO/BirdLife o a través de eBird) y registra al menos diez salidas anuales. A los diez, aspira a colaborar con una entidad que proteja un humedal o una ruta de paso. Evalúa cada año con un diario simple: libros leídos, textos escritos, jornadas de campo y datos aportados. Si un año no llegas, ajusta la meta, pero no abandones la ruta.

El milagro del vuelo: De los vencejos de Getxo al charrán ártico

El milagro del vuelo: De los vencejos de Getxo al charrán ártico
Siempre nos maravilló la magia de cómo vuelan las aves o los insectos por el cielo. Hoy repasamos algunas lecciones de ornitología para aprender a mirar y admirar el vuelo de a nuestro alrededor. Siempre nos maravilló la magia de cómo vuelan las aves o los insectos por el cielo. Hoy repasamos algunas lecciones de ornitología para aprender a mirar y admirar el vuelo de a nuestro alrededor. 

¿Te has fijado alguna vez en un vencejo? Esa tarde de verano en que el cielo de Bizkaia se llena de chillidos y veloces flechas negras, quizá te hayas preguntado, como hacemos tantos adultos, cómo es posible que no se cansen nunca. Este fin de semana, paseando por los acantilados de La Galea en Getxo, nos detuvimos a observar a las gaviotas suspendidas frente al mar Cantábrico. Nuestra nieta, que tiene ahora ocho años, con esa curiosidad inagotable de la infancia, nos lanzó la pregunta definitiva: «Aitite, ¿cómo pueden volar tanto tiempo sin caerse al suelo?».

Responder a las mejores preguntas, que siempre son las de esa edad, requiere huir de la jerga densa. Empecemos por lo evidente: un pájaro es un cuerpo magistralmente diseñado para la ligereza. Le explicamos a Léa que sus huesos son huecos por dentro, como diminutas cañas, y sus plumas pesan casi nada, actuando como hélices y timones de altísima tecnología. 

Pero lo verdaderamente importante está en el ala. Le propusimos un ejemplo que todos hemos vivido: imagina que sacas la mano por la ventanilla del coche en movimiento y la inclinas ligeramente hacia arriba; notarás que el aire la empuja. Eso mismo hace el ala de un ave, que es curva por la parte superior y más plana por la inferior. Esa diferencia geométrica obliga al aire a viajar más rápido por encima, creando un poderoso efecto físico llamado «sustentación». Para Léa, fue fácil imaginarlo como una inmensa mano invisible que empuja sus barriguitas hacia las nubes. Para avanzar, les basta con batir esas alas.

Ahora viene lo verdaderamente asombroso. Muchas aves apenas aletean, aprovechando el aire como nosotros aprovecharíamos un inmenso tobogán. Cuando el sol calienta el suelo, el aire asciende formando columnas invisibles (las corrientes térmicas). Especies como las águilas y las cigüeñas se suben a ellas, dando vueltas hasta ganar altura sin gastar apenas fuerzas, para luego dejarse deslizar hacia su destino. Por su parte, los majestuosos albatros, con unas alas de unos tres (3) metros de envergadura, hacen lo propio sobre las olas del océano, aprovechando el viento que choca y sube por ellas.

¿Y cómo aguantan días, semanas o meses? Hay récords que parecen auténticos cuentos. Un fascinante estudio de la Universidad de Lund, dirigido por Anders Hedenström y publicado en el año 2016, siguió a vencejos comunes (Apus apus) con diminutos aparatos y concluyó que algunos pasan hasta diez meses seguidos en el aire: comen diminutos insectos al vuelo, beben rozando el agua de los lagos y, lo más increíble, duermen planeando.

No son los únicos viajeros infatigables de nuestros cielos entre tantas migraciones animales (posts). Una aguja colipinta pasó once días volando sin parar entre Alaska y Tasmania, cubriendo unos 11.000 kilómetros, según los asombrados investigadores que la monitorizaron en el año 2022. Y no olvidemos al heroico charrán ártico, que recorre cada año unos 70.000 kilómetros en su migración extrema entre el Polo Norte y el Polo Sur. 

Te preguntarás cómo duermen en travesías tan exigentes. Apagan la mitad de su cerebro para descansar en micro-siestas, mientras la otra mitad vigila, pilotando y controlando el viento. Es como si una mitad de ti durmiera placenteramente la siesta y la otra mirase con atención el camino. Además, antes de partir ingieren enormes cantidades de alimento para almacenar grasa, que es su gasolina natural.

Nos gusta pensar que la sorpresa al verlas volar es la mejor forma de empezar a amar la ciencia. Por ello, desde este modesto blog, os proponemos un plan de acción intergeneracional. A dos años vista: salgamos una vez al mes con un niño o niña a observar aves y anotemos en un cuaderno las especies vistas (nuestra meta inicial: 24 salidas y 20 especies locales identificadas). A cinco años: participemos juntos en un censo ciudadano de aves (como los de SEO/BirdLife) y leamos al menos tres libros de ornitología divulgativa. A diez (10) años, cuando este humilde bloguero supere ya los ochenta años, el objetivo vital es haber transmitido definitivamente esta afición a una persona más joven que ya observe el cielo por su cuenta. Para evaluar el éxito, revisaremos nuestro cuaderno cada doce meses, ajustando el plan y comparando especies.

Yo soy uno de los que ya ha empezado este reto. ¿Lo eres tú? ¿Cuántos vencejos contarás esta misma noche asomado a tu ventana? (Véase más sobre nuestra naturaleza local en entradas anteriores). “Déjate llevar por el niño que fuiste”, apuntó José Saramago. Eskerrik asko por seguir volando y aprendiendo a nuestro lado.

@masalladelhorizonte7 El charrán ártico realiza uno de los viajes más impresionantes de la naturaleza: vuela desde el Ártico hasta la Antártida y después regresa. Esta pequeña ave cruza océanos enteros para vivir dos veranos cada año. 🐦🌎❄️ #CharránÁrtico #AnimalesSorprendentes #Naturaleza #Aves #DatosCuriosos ♬ sonido original - Más Allá Del Horizonte 77

De Gilgamesh a la tortuga Jonathan: Secretos de longevidad

Hay una fotografía de la década de 1880 en la que una tortuga gigante, ya adulta, recorre los jardines de Plantation House, en Santa Elena. Es Jonathan. Se calcula que nació hacia 1832 y sigue allí, con unos 194 años: el animal terrestre más longevo que conocemos. El 7 de octubre de 2026, Science Advances publicó la lectura de su genoma y de su epigenoma, el registro de qué genes se encienden y cuáles se apagan.

Buscaban uno de los secretos de la longevidad y encontraron dos cosas. El equipo, dirigido por Stephen Clark desde la Fundación Kallel, halló 287 variantes genéticas únicas ligadas a la reparación del ADN, la inflamación, la insulina y la defensa frente al cáncer. Y algo más llamativo: los reguladores de los genes de la energía y de la reparación se han mantenido estables durante casi dos siglos. No parece solo buena herencia; parece poco desgaste. 

Del elixir al gen: una búsqueda de milenios. En el poema de Gilgamesh, el rey de Uruk consigue una planta que devuelve la juventud y decide probarla antes con un anciano, un esbozo de ensayo clínico que no llega a celebrarse: una serpiente se la roba. Milenios después, el noble veneciano Luigi Cornaro hizo de la sobriedad un método para vivir mucho, y Nietzsche le objetó que confundía la causa con el efecto: no vivía largo por comer poco, comía poco por su metabolismo lento. En 1993, Cynthia Kenyon comprobó que alterar un solo gen, daf-2, hacía vivir a un gusano más del doble: envejecer tenía palancas.

Longevidad animal: tiburones y tortugas gigantes. Se ha calculado que el tiburón de Groenlandia alcanza al menos 272 años. Un estudio de 2016 estimó su edad con el radiocarbono del cristalino ocular y usó la huella de las pruebas nucleares como marcador temporal. En 2019, un equipo de Yale y de la Universidad de Oviedo secuenció a Lonesome George y a una tortuga de Aldabra y señaló variantes en genes de reparación del ADN, inflamación y cáncer. Jonathan añade el epigenoma.

Longevidad humana: la lección de María Branyas (posts previos). María Branyas llegó a los 117 años y se ofreció a ser estudiada. El análisis de su caso, publicado en Cell Reports Medicine en 2025, halló telómeros muy cortos y linfocitos B envejecidos junto a inflamación baja y un epigenoma más joven que su edad: en ella convivían la vejez extrema y la salud. Uno de los autores del trabajo sobre Jonathan ve una coincidencia en las mitocondrias, las centrales de energía de la célula, eficientes en ambos. 

Un solo caso no cierra el expediente. Conviene no precipitarnos. Jonathan es un único ejemplar, no se le puede sacar sangre, parte de su genoma hubo que completarlo con ADN de una tortuga más joven y el propio equipo admite que no sabe si ese orden genético causa su longevidad o solo la acompaña: la vieja objeción de Nietzsche a Cornaro. Elixires, ninguno. Queda algo menos épico y quizá más útil: la edad y la enfermedad pueden, en ciertas condiciones, desvincularse.

Gilgamesh volvió a Uruk sin la planta y enseñó sus murallas a su compañero de viaje: eso, y no la juventud, es lo que queda. Con el conocimiento pasa igual: ningún animal explica la longevidad por sí solo; cada estudio coloca un ladrillo. Unamuno dedicó un capítulo de Del sentimiento trágico de la vida al «hambre de inmortalidad»; la ciencia, más modesta, aspira a entender cuánto de nuestro desgaste puede aplazarse. 

Una propuesta de acción. Proponemos tres metas escalonadas. A dos años: leer cada trimestre un artículo científico original sobre envejecimiento, empezando por el de Jonathan, y contrastarlo con su titular en prensa (ocho lecturas, un cuaderno de discrepancias). A cinco: escribir cada año una entrada que actualice lo que sabemos, revisada por una persona experta. A diez: ofrecer como voluntariado un taller intergeneracional sobre cómo distinguir un hallazgo de una promesa. Evaluación: el cuaderno, las correcciones recibidas y una breve encuesta antes y después de cada taller. 

Ardillas en nuestro paraíso: Lección de felicidad cotidiana

Ardillas en su paraíso

Una vez más escribimos sobre ardillas, incluyendo imágenes suyas. Ya ni de lejos se cumple aquel célebre mito de la ardilla que podía cruzar la península ibérica de árbol en árbol —desde los Pirineos o el mar Cantábrico hasta la Bética o Gibraltar— sin tocar jamás el suelo forma parte del imaginario popular sobre la exuberante cobertura forestal de la antigüedad.

Aunque la imagen resulta sugerente, la realidad ecológica e histórica muestra un panorama distinto. Esta cita popularmente se ha atribuido esta afirmación a autores clásicos como Plinio el Viejo o Estrabón. La realidad histórica es que en los textos de Estrabón (Geografía) y Plinio (Historia Natural) se describe una Iberia muy arbolada en amplias zonas del norte y del interior montañoso, pero ninguno de ellos escribió exactamente la frase de la ardilla. Se trata de una reconstrucción o hipérbole literaria nacida muy posteriormente.

Nuestro obligatorio baño matutino en la piscina comunitaria (posts), nos permite ver a diario a algunas de las tres ardillas felices que tenemos localizadas en el arbolado adyacente. Incluso, a nivel interno de familia, les hemos puesto nombre tirando de uno de nuestros libros favoritos: Momo (posts previos) de Michael Ende.

 A continuación, se explica quién es cada ardilla, aún no hemos conseguido una fotografía con los tres colegas,  y por qué les relacionamos con dicha obra:

  • Momo: Es la protagonista, la ardilla más habitual. Representa una niña pequeña, huérfana y misteriosa que vive en las ruinas de un antiguo anfiteatro. Su mayor virtud no es hablar, sino saber escuchar. Gracias a su capacidad de atención, logra que las personas que la visitan resuelvan sus propios problemas, encuentren la paz y jueguen de manera creativa.
  • Bepo el Barrendero: Es la segunda ardilla que le acompaña como uno de los mejores amigos de Momo. Es un hombre mayor, trabajador y muy silencioso que se dedica a barrer las calles. Bepo habla muy poco y es extremadamente reflexivo; sus respuestas suelen ser meditadas y solo dice la verdad. Es paciente y leal, y representa la sabiduría de la tranquilidad.
  • Gigi Cicerone (Girolamo): Es la ardilla más difícil de ver, y otro gran amigo de Momo. Es un joven soñador y contador de historias. Trabaja como guía turístico (de ahí el apodo "Cicerone") y se dedica a inventar cuentos fantásticos e inverosímiles para entretener a los niños y a la gente del barrio. Representa la imaginación y la creatividad.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ nhạc nền - Walker Music - Yêu ツ
Vídeo con las gafas Meta 2 de cómo fue grabado el TikTok anterior.
@agirregabiria

Ardillas en la arboleda

♬ оригинальный звук - music23.

Pollito de gorrión luchando por sobrevivir

La naturaleza sigue siendo la mejor maestra para quien sabe observarla. La escena de un pequeño gorrión caído del nido, animado y protegido por su madre en una lucha silenciosa por sobrevivir, nos recuerda que la vida se sostiene gracias al esfuerzo, la perseverancia y el cuidado mutuo. No hay discursos ni promesas: solo instinto, dedicación y una voluntad inquebrantable de seguir adelante.

Los seres humanos, a menudo distraídos por la prisa y la tecnología, haríamos bien en recuperar esa mirada atenta hacia el mundo natural. En el coraje de un polluelo que intenta levantarse y en la paciencia de una madre que no lo abandona encontramos una lección universal: la fortaleza nace de la cooperación, el aprendizaje exige superar caídas y la esperanza se alimenta de quienes permanecen a nuestro lado en los momentos más difíciles. La naturaleza no solo inspira admiración; también nos educa, si somos capaces de escuchar sus silenciosas enseñanzas. 

Pollito de gorrión luchando por sobrevivir
Álbum de imágenes.
@agirregabiria

Pollito de gorrión luchando por sobrevivir

♬ KIDS MELODY - Nozferatu

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora
Se merece un post la cotorra argentina,  entre la fascinación biológica y el conflicto urbano. Quien pasee hoy por cualquier parque mediterráneo, de Bilbao a Alicante, reconoce enseguida ese bullicio verde y persistente entre las palmeras. Se trata de Myiopsitta monachus, la cotorra argentina o cotorra monje, un psitácido sudamericano convertido en uno de los casos más elocuentes de lo que la ecología llama especie exótica invasora. Su historia, sin embargo, merece leerse más allá del titular alarmista: es también una lección sobre cómo la globalización de las mascotas altera silenciosamente los ecosistemas.

Originaria de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur de Brasil, la cotorra monje llegó a Europa a través del comercio de aves de compañía en los años setenta. La primera cotorra documentada en la Comunidad Valenciana apareció en el puerto de Valencia en 1985, y desde entonces su expansión no se ha detenido. Lo singular de esta especie, frente a la mayoría de los loros, es su comportamiento constructor: nidifica de forma comunitaria, tejiendo nidos de ramas espinosas que varias parejas comparten simultáneamente, y que pueden alcanzar pesos considerables, instalados en árboles, palmeras, torres eléctricas o antenas de telecomunicación.

Ese rasgo gregario explica su éxito colonizador y también el conflicto que genera. Su dieta variada —frutos, semillas, hojas, larvas de insectos— le permite adaptarse con facilidad al entorno urbano, mientras sus colonias compiten por cavidades y recursos con aves autóctonas. Desde 2011, la especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe legalmente su introducción, posesión, transporte y comercio, aunque las poblaciones ya asentadas siguen creciendo en Cataluña, Murcia, Andalucía y la propia Comunidad Valenciana.

El debate sobre cómo gestionarlas ilustra bien las tensiones de la ética ambiental contemporánea. Frente al sacrificio como método expeditivo, distintas administraciones exploran alternativas menos lesivas: esterilización, captura selectiva o regulación del hábitat urbano. Zaragoza se cita habitualmente como el caso español de gestión exitosa, gracias a un seguimiento sistemático y sostenido en el tiempo, mientras que en la mayoría de municipios la improvisación y la falta de coordinación entre administraciones agravan el problema año tras año.

Para quienes disfrutamos observando la naturaleza junto a nuestros nietos, la cotorra argentina ofrece además una oportunidad pedagógica notable: permite explicar de forma tangible qué es una especie invasora, por qué la suelta irresponsable de mascotas tiene consecuencias ecológicas duraderas, y cómo la convivencia entre ciudadanía, ciencia y política pública exige paciencia y rigor antes que soluciones simples. Alicante, con su clima benigno y su tradición de palmerales, es escenario privilegiado para esa lección al aire libre: basta alzar la vista hacia una palmera bulliciosa para iniciar una conversación sobre biodiversidad, responsabilidad y los límites de nuestra intervención sobre el mundo natural.

La cotorra monje no es, en el fondo, la villana de la historia. Es el espejo de nuestras propias decisiones —comerciales, domésticas, urbanísticas— devuelto en forma de plumaje verde y nidos imposibles. 

@agirregabiria

Cotorra argentina, también conocida como cotorra monje (Myiopsitta monachus).

♬ sonido original - ×͜× Rᴏʙᴇʀ 💎Mᴜ́sɪᴄᴀ✅

El discreto valor ecológico de la salamanquesa mediterránea

Salamanquesa

Hoy hablamos de un animalito que vive con nosotros en Alicante y lo hemos fotografiado desde hace años: La salamanquesa, un prodigio en miniatura que vive incomprendido en nuestra casas. Hay animales que coexisten con el ser humano durante siglos sin recibir el reconocimiento que merecen. La salamanquesa —ese pequeño reptil de ojos grandes, piel translúcida y movimientos furtivos que aparece en las paredes al caer la noche— es uno de ellos. Lejos de ser una criatura que inspire temor o desagrado, la salamanquesa es un organismo extraordinario, cuya biología desafía intuiciones y cuya presencia en nuestros ecosistemas domésticos y naturales resulta francamente beneficiosa.

Taxonomía y diversidad. La salamanquesa común (Tarentola mauritanica) pertenece al orden Squamata, suborden Gekkota, uno de los linajes de reptiles más antiguos y diversificados del planeta. Los gecos —como se denominan en conjunto— comprenden más de 1.800 especies distribuidas por todos los continentes habitados, colonizando hábitats que van desde los desiertos más áridos hasta las selvas tropicales. En la península ibérica conviven principalmente dos especies: la mencionada Tarentola mauritanica, robusta y de aspecto casi pétreo, y la salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus), más delgada y de coloración rosácea. Ambas son perfectamente inofensivas para el ser humano.

La maravilla de sus patas. Pocos rasgos biológicos han fascinado tanto a los científicos como la capacidad de la salamanquesa para desplazarse por superficies verticales e incluso invertidas, incluyendo el cristal. Durante décadas se especuló con la existencia de alguna sustancia adhesiva; la realidad es aún más elegante. Sus dedos están recubiertos de millones de microestructuras piliformes llamadas setas, que a su vez se ramifican en estructuras aún más finas denominadas espatulae. Estas estructuras generan fuerzas de Van der Waals, interacciones electromagnéticas débiles pero que, multiplicadas por millones de contactos simultáneos, producen una adhesión suficiente para sostener el peso del animal. Este hallazgo ha inspirado toda una rama de la ingeniería biomimética, con aplicaciones en adhesivos reutilizables, robótica y materiales de nueva generación.

Depredador silencioso, aliado ecológico. Desde una perspectiva funcional, la salamanquesa presta un servicio ecosistémico de notable valor. Es un depredador especializado en artrópodos: mosquitos, polillas, cucarachas, mosquitos tigre, jejenes y toda suerte de insectos que el ser humano considera, con razón, molestos o vectores de enfermedad. Una sola salamanquesa puede consumir varios cientos de insectos a lo largo de una noche de actividad. En zonas mediterráneas como la costa valenciana o el litoral andaluz, donde la presión de insectos durante los meses cálidos es considerable, su labor silenciosa equivale a un control biológico natural, gratuito y sin efectos secundarios.

Fisiología y comportamiento. La salamanquesa es un reptil ectotermo, es decir, regula su temperatura corporal mediante el comportamiento: busca superficies cálidas durante el día —paredes soleadas, rocas, fachadas orientadas al sur— y se activa al anochecer, cuando los insectos atraídos por la luz artificial abundan. Su visión nocturna es excepcional: sus pupilas, de tipo vertical, pueden dilatarse extraordinariamente en condiciones de baja luminosidad. Poseen también receptores olfativos en la lengua, que utilizan con frecuencia para explorar el entorno.

Otro rasgo llamativo es su capacidad de autotomía caudal: ante un depredador, la salamanquesa puede desprenderse voluntariamente de su cola, que continúa moviéndose para distraer al agresor mientras el animal escapa. La cola se regenera posteriormente, aunque la nueva estructura carece de vértebras óseas, reemplazadas por cartílago.

Una invitada que merece bienvenida. La presencia de una salamanquesa en el hogar no es señal de suciedad ni de descuido; es, al contrario, indicador de un microentorno ecológicamente activo. En muchas culturas mediterráneas y orientales se la considera un animal de buen augurio, y la etnobiología recoge una larga tradición de convivencia respetuosa con este reptil. Frente al impulso —aún demasiado frecuente— de apartarla o eliminarla, la biología y la razón ecológica invitan a exactamente lo contrario: observarla, respetarla y agradecerle, en silencio, su discreta y eficaz labor nocturna. La salamanquesa no pide nada. Solo una pared, un poco de luz y la oportunidad de hacer su trabajo.

Salamanquesa común, también conocida como gecko moro o Tarentola mauritanica.

Desfile de una gaviota sobre el espejo del mar

Desfile de una gaviota sobre el espejo del mar

Días de vacaciones de portátil, solamente con el iPhone.

Lo más singular de las audaces gaviotas (cientos de fotos) resumido en seis puntos clave:

  1. Adaptabilidad extrema: Prosperan con éxito tanto en alta mar como en caóticos centros urbanos.

  2. Filtro biológico: Poseen glándulas supraorbitales que les permiten beber agua salada sin deshidratarse.

  3. Ingenio táctico: Son capaces de usar herramientas o soltar presas desde la altura para romper caparazones.

  4. Piratería aérea: Practican el cleptoparasitismo, una técnica experta para robar comida a otras especies.

  5. Comunicación compleja: Su estridente repertorio de gritos y gestos mantiene una jerarquía social estricta.

  6. Fidelidad y resiliencia: Pese a su fama de oportunistas, suelen ser monógamas y viven varias décadas.

@agirregabiria

Gaviota en el Mar Mayor

♬ sonido original - 🌹Verónica🌹