Mostrando entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libro. Mostrar todas las entradas

Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

Inserta a la izquierda este texto, con una tipografía acorde: Capitalismo caníbal: Nancy Fraser y un sistema que se devora

En el magnífico BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts) que hemos podido vivir estos días, pudimos analizar el libro Capitalismo caníbal de Nancy Fraser. Nos habla del sistema que devora sus propios cimientos, porque ¿de qué se alimenta el capitalismo? De lo que no paga, o paga mal. Esa es, en una frase, la tesis de Nancy Fraser en Capitalismo caníbal, un ensayo breve (190 páginas en la edición original de Verso, Londres, 2022) que Siglo XXI publicó en castellano en 2023, con traducción de Elena Odriozola.

Nancy Fraser(1947), catedrática de Filosofía y Política en la New School for Social Research de Nueva York, reúne y amplía en el libro textos previos, casi todos nacidos como conferencias universitarias. Es, más que un manifiesto, una teoría con vocación de caja de herramientas. La idea central cabe en pocas líneas. 

Para Fraser, el capitalismo no es sólo una economía de mercado, sino un orden social que descansa en cuatro (4) trastiendas que el mercado no paga, o no paga lo que valen: 1º el trabajo no remunerado de cuidados y crianza, 2º la naturaleza, 3º los poderes públicos y 4º la expropiación de poblaciones racializadas. El capital las necesita y, a la vez, tiende a agotarlas. De ahí el adjetivo: el sistema se come aquello de lo que vive.

Conviene leerlo con lápiz y con contrapunto. Las reseñas académicas señalan tres (3) discusiones abiertas. En primer lugar, el capítulo final, el del «qué hacer», es breve y deja sin resolver cuestiones espinosas, como la transición al socialismo o el pluralismo político. También se debate qué cuenta como lucha anticapitalista, porque casi cualquier protesta parece encajar. Y alguna reseña pregunta si este canibalismo es de siempre o propio de nuestro momento. Quienes defienden la economía de mercado recordarán que la escolarización universal y la sanidad pública crecieron dentro de economías capitalistas; la propia Fraser describe cómo el capitalismo gestionado por el Estado a mediados del siglo XX protegió en parte los cuidados en los países centrales, con el bienestar y el salario familiar. Para contrastar: la reseña de David Mengual Garcerán (Universidad de Sevilla) en Res Publica 29(1), 2026, pp. 137-139, y el debate de Historical Materialism (18-10-2023). 

Recomendamos este libro a quienes quieran profundizar en la economía política contemporánea, el feminismo, la sostenibilidad y el futuro de los servicios públicos. Es una lectura especialmente útil para docentes, estudiantes, responsables públicos y ciudadanos interesados en comprender las relaciones entre riqueza, poder y bienestar. Quizá la pregunta que mejor resume su desafío sea esta: ¿estamos organizando la economía para que la sociedad pueda vivir mejor o estamos subordinando cada vez más ámbitos de la vida a las exigencias de la economía? No hace falta compartir todas las respuestas de Nancy Fraser para reconocer la importancia de la pregunta. Leer, contrastar y debatir sigue siendo una de las mejores maneras de ejercer nuestra ciudadanía.

Recomendamos leerlo, aunque sea para discutirlo. Y proponemos un compromiso sencillo con tres horizontes. A dos (2) años: haberlo comentado con personas que piensen distinto (tres (3) conversaciones o lecturas compartidas). A cinco (5) años: sostener una hora semanal de voluntariado en cuidados o apoyo escolar. A diez (10) años: haber contribuido a que una iniciativa local de educación o cuidados siga en pie sin nosotros. Evaluación: un balance cada 1 de enero con tres preguntas. ¿Qué hemos leído? ¿Qué hemos hecho? ¿A quién hemos cuidado? Eskerrik asko!

La traviata de Verdi: la ópera de una libertad imposible

La traviata de Verdi: la ópera de una libertad imposible

En unos días nos deleitaremos en el Palacio Euskalduna con La traviata de Verdi, la ópera que quiso vestirse de su tiempo y sentó a la sociedad en el banquillo. En febrero de 1847 murió en París una joven de veintitrés años, y los periódicos le dedicaron tanta atención que, según anotó Dickens, durante días abandonaron la política, el arte y el comercio. Seis años después, en Venecia, ocurrió lo contrario: Marie Duplessis, la cortesana tísica que Dumas hijo había convertido en heroína, volvía a escena como Violetta Valéry y, el 6 de marzo de 1853, el público de La Fenice no se creyó a la soprano que la encarnaba y se burló de ella. 

Hoy La traviata compite con Carmen y La flauta mágica por ser la ópera más representada del mundo, según Operabase. Entre aquella burla y este éxito hay un reparto mejor elegido y algo más difícil de fechar: la disposición del público a reconocerse en Violetta. 

Un asunto de su propia época. Verdi vio La dama de las camelias en París, en febrero de 1852, junto a Giuseppina Strepponi, y al comenzar 1853 escribió a su amigo De Sanctis que preparaba para Venecia un tema de su propia época. Él y su libretista, Piave, querían vestir a los personajes con ropa del presente; las autoridades de La Fenice impusieron que la acción se situara hacia 1700, y habría que esperar a la década de 1880 para que se cumpliera su deseo. Es, además, la única ópera de Verdi que transcurre íntegramente en interiores: no hace falta calle para que el juicio de la sociedad entre por la puerta. 

El estreno: un fiasco con revancha. El primer acto terminó entre aplausos, pero en el segundo el público se volvió contra los cantantes, sobre todo contra Fanny Salvini-Donatelli, una soprano de 38 años que le pareció demasiado madura y corpulenta para morir de tisis. Al día siguiente, Verdi escribió a Emanuele Muzio que había sido un fiasco y se preguntó si la culpa era suya o de los intérpretes. Respondió el tiempo: el 6 de mayo de 1854, con retoques en los actos segundo y tercero y con Maria Spezia-Aldighieri como Violetta, la obra triunfó en el Teatro San Benedetto. 

El tribunal de las apariencias. Verdi conocía ese tribunal. Vivía con Strepponi sin estar casado, la pareja encontró hostilidad en Busseto y solo se casaron en 1859. Algunos comentaristas han querido oír en el severo padre Germont la voz de Antonio Barezzi, el protector de Verdi, que desaprobó aquella unión. Nadie puede confirmarlo, pero la sospecha ayuda a oír el gran dúo del segundo acto como la voz de un hombre razonable que, en nombre de la respetabilidad, destruye una vida.

El título mismo es un veredicto: traviata significa extraviada, descarriada, y la ópera se tituló en origen Violetta. Pero la música se niega a firmar la sentencia. Reserva a la «extraviada» su música más honda, incluido ese destello de vida justo antes de morir. Quizá por eso La traviata no envejece: siempre habrá alguien a quien llamar extraviada y alguien dispuesto a pagar la respetabilidad ajena. Tampoco ha desaparecido la enfermedad que mató a Marie Duplessis: la OMS calcula 1,23 millones de muertes por tuberculosis en 2024. 

Como propuesta a futuro. En dos años: leer la novela de Dumas hijo y ver tres Traviatas distintas (una clásica, una actualizada y una filmada), anotando qué juicio social retrata cada una. En cinco: escribir una reseña comparada y llevar a una persona joven a su primera ópera. En diez: mantener un voluntariado o una aportación regular a una causa contra la tuberculosis o a un programa que acerque la ópera a las escuelas.  

En unos días, álbum de imágenes.

Vita: Sobre vida, IA y miedo a morir de Xabi Uribe-Etxebarria

Lista de reproducción 5 vídeos presentados por Jordi Albareda. 

Vita: qué significa estar vivo cuando las máquinas aprenden. Le preguntaron a un premio Nobel cómo definiría la vida y guardó silencio. Lo cuenta Xabi Uribe-Etxebarria en Vita: Jack Szostak, que ha dedicado su carrera al origen de la vida, no supo o no quiso responder, y lo remitió a un artículo suyo cuyo título sostiene que definir la vida no ayuda a entender cómo empezó. La escena resume la paradoja del libro. Todos sabemos que un perro está vivo y una piedra no, pero nadie explica con exactitud dónde está la diferencia.

Vita (Debate, 328 páginas, junio de 2026) es el ensayo con que el fundador de Sherpa.ai, nacido en Algorta (Getxo) en 1981, intenta ordenar esa duda. Interesa por lo que pregunta y por desde dónde lo hace. Nos lo ha traído al presente el BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Una herida antigua. 

El prólogo no empieza en un laboratorio, sino en una casa de Algorta, de noche, con un niño que no duerme porque teme que su madre, su padre o él mismo dejen de existir. Durante años, cuenta, la solución fue distraerse; el libro se presenta como lo contrario de esa huida. Él mismo se define como «hipocondríaco existencial», y esa confesión da al ensayo una temperatura poco habitual en la divulgación tecnológica. Quien haya leído a Unamuno oirá un eco de su hambre de inmortalidad, aunque Uribe-Etxebarria aclara que escribe desde la curiosidad y no desde la autoridad, atenido al conocimiento empírico y dejando abiertas las preguntas que corresponden a la filosofía y la teología. 

La vida como una duna. Las primeras páginas son ágiles y se apoyan en buenas anécdotas. Según el bioquímico Daniel Koshland, en una reunión de científicos alguien propuso que reproducirse era la esencia de la vida, y otro replicó que entonces un conejo solo estaría muerto y dos, vivos. Sigue la definición funcional de la NASA de 1994, que habla de un sistema químico autosuficiente capaz de evolución darwiniana, y los cuatro componentes de Steen Rasmussen: metabolismo, información, contenedor y entorno. 

Virus, priones, xenobots, protocélulas y una semilla de palmera hallada en Masada, que germinó en 2005 tras unos dos mil años latente, sostienen su propuesta: la vida sería un espectro, más parecido a una duna que a una frontera, porque ningún grano de arena marca el instante en que el montón se vuelve duna. 

Ocho partes y un giro. 

El libro avanza de lo simple a lo complejo: la definición y sus umbrales, la vida orgánica, la tecnológica, la mental, la inteligencia artificial y robótica, las formas híbridas y el universo que las contiene. La tesis, advierte el autor, no espera al final: irrumpe en la sexta parte, como giro más que como conclusión. Descubrirla corresponde a cada lector. Ahí se jugará el crédito del ensayo. Discutir si un virus está vivo es un debate científico; decidir si una IA podría estarlo, o ser consciente, entra en terreno especulativo, y conviene separar lo que hoy hacen los sistemas de lo que se espera que hagan. Esa distinción es la que hay que exigirle.

Preguntar «cuánto», no «si». Vita no promete respuestas cómodas. Su mejor virtud quizá sea devolverle a la pregunta su extrañeza: si ni los expertos saben definir la vida, tal vez sea más honesto preguntar cuánto está vivo algo que si lo está. El epígrafe, una sentencia anónima en euskera, dice que somos porque ellos fueron y ellos serán porque somos (Izan zirelako gara, garelako izango dira).

Propuesta de acción. Durante los próximos dos años, formar un club de lectura intergeneracional de seis a ocho personas que lea una parte de Vita al mes y, después, Del sentimiento trágico de la vida (posts), con una nota de media página por sesión; se evaluará con la asistencia, las notas y una pregunta repetida al inicio y al final («¿qué está vivo?»). A cinco años, ofrecer como voluntariado dos talleres anuales de pensamiento crítico sobre IA y vida en una biblioteca o un centro educativo, con cuestionario previo y posterior. A diez, reunir las preguntas y respuestas recogidas en una publicación abierta.

Vita de Xabi Uribe-Etxebarria

Álbum de imágenes.

El futuro de la democracia, según Daniel Innerarity

Siempre es un placer y un aprendizaje escuchar a Daniel Innerarity (posts previos), a quien puede conocer en persona y conversar largo y tendido en Getxo allá por 2002, gracias a Josune Ariztondo. Hoy lo hemos escuchado de nuevo, y recogemos su intervención, así como una reseña de su muy recomendable libro "El futuro de la democracia". Al final también recogemos recogemos recientes vídeos sobre este mismo tema. Todo de la mano de BBK Bilbao Kultura Social Forum 2026 extremadamente bien organizado por la Fundación Fair Saturday presidida por nuestro amigo Jordi Albareda (posts)

Encontrar Waterloo en Waterloo: Innerarity y el futuro de la democracia. Fabrizio del Dongo huye de Italia para sumarse al ejército de Napoleón y acaba estando en una batalla sin verla. Corre de un lado a otro, oye los cañones, pasa junto al emperador sin reconocerlo y, al final, solo sabría contar su asombro por no haber conseguido encontrar Waterloo en Waterloo. Con esa escena de La cartuja de Parma abre Daniel Innerarity su ensayo El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, mayo de 2026). No es un adorno: la pregunta que recorre el libro es cómo ser un buen contemporáneo cuando el estruendo de las noticias impide distinguir lo decisivo de lo llamativo.

Theodor Adorno dejó una divisa para esa dificultad: mantener viva la conciencia de que, entre la ostentación y el alboroto, algo falta. Innerarity la aplica a la democracia, un régimen del que no sabemos si reclama indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia. 

Un título prestado a Bobbio. El título es de Norberto Bobbio, cuyo ensayo de 1984 nació de una conferencia en el Congreso de los Diputados en 1983. Entonces la democracia vivía un momento triunfal; hoy sabemos que puede retroceder, y eso cambia la manera de preguntar. Innerarity no cuenta su historia sino su porvenir, y arranca con una paradoja: hablar del futuro de la democracia es hablar de algo que no existe, porque lo propio de este régimen es poner el futuro en nuestras manos. La democracia de mañana será distinta de la de hoy; si fuera idéntica, no tendría futuro. 

Los malos y los males. La distinción más fértil del primer capítulo separa a los malos (autoritarios, golpistas, demagogos) de los males: desinformación, desigualdad, complejidad, instituciones mal diseñadas. Preferimos un culpable a una explicación estructural, enemigos a rivales, corrupción a torpeza. Pero si un gobernante sin escrúpulos puede hacer daño, argumenta el autor, es porque las instituciones estaban mal pensadas: los errores personales solo adquieren gran tamaño donde hay fallos de sistema. Hay malos, pero tal vez los males sean más dañinos. 

La fascinación de lo peor. Más incómodo es su segundo movimiento. El relato que lo explica todo por la brutalidad de los fuertes, con House of Cards como retrato, nos convierte en espectadores y desactiva la indignación. Innerarity pregunta a quién beneficia esa explicación derrotista, y apunta a los autoritarios, interesados en que creamos que pueden más de lo que pueden. Su aliado es Maquiavelo, que enseñó a los príncipes a conquistar, pero también a los pueblos a resistir. Con su imagen de la inundación: cuando llega, poco se puede hacer; en tiempo de calma se levantan los diques. 

Un mapa por recorrer. Estas líneas se apoyan en la introducción, el primer capítulo y el índice, disponibles en la web de la editorial. El índice anuncia diez partes y un epílogo: polarización, crisis de la democracia liberal, extrema derecha, políticas de identidad, democratizar el trabajo, la migración y el dinero, inteligencia artificial y tiempo. Algunos títulos, como una defensa de las políticas de la identidad o un capítulo contra el antiwokismo, toman partido en asuntos que dividen; conviene discutirlos con el texto entero delante y no con el titular. 

Buenos contemporáneos. En una entrevista, Innerarity dice partir del orgullo por una democracia a la que hay que hacer muchos ajustes, «sin arrojarla por la ventana». Quizá esa sea la forma más sobria de ser buen contemporáneo: no buscar la batalla donde más truena el cañón, sino preguntarse qué falta en el paisaje. ¿Qué falta hoy en nuestro Waterloo, y quién se ocupa de mirar?

Propuesta de acción. En lectura, a dos años: leer el libro junto al de Bobbio en un grupo de seis personas, una sesión mensual durante seis meses, y evaluar cuántos desacuerdos razonados es capaz de formular cada miembro. En escritura, a cinco años: llevar un cuaderno de «lo que falta», con una nota trimestral sobre algo que el ruido público omite, y revisar al final cuáles de esas intuiciones se confirmaron. En voluntariado, a diez años: participar en un órgano ciudadano local (asociación vecinal, consejo escolar, presupuestos participativos), con indicadores de asistencia, propuestas presentadas y mejoras logradas, evaluados cada dos años con otra persona.

El futuro de la democracia, Daniel Innerarity
Álbum de imágenes. Hace tres meses,...

Hace nueve meses,...

Hace un año,...

Masa y poder: Canetti y la anatomía del siglo XX

En un apunte de 1959, poco antes de dar por terminado el libro que llevaba escribiendo desde 1938, Elías Canetti confesó algo insólito para un intelectual de su temple: «Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello». No hay en esa frase ni rastro de modestia académica. Hay, más bien, el alivio de quien lleva tres décadas peleando cuerpo a cuerpo con una pregunta que se le resistía: por qué los seres humanos, criaturas que se dicen individuales y racionales, se disuelven con tanta facilidad en la masa y se someten con tanto gusto al poder.

La pregunta no nació en un despacho, sino en la calle. Canetti tenía dieciséis años cuando presenció en Fráncfort las manifestaciones que siguieron al asesinato del político Walther Rathenau, y veintidós cuando, el 15 de julio de 1927, se dejó arrastrar por la multitud que incendió el Palacio de Justicia de Viena. De aquel día recordaría, décadas después, no la indignación ni la ideología, sino algo más inquietante: la sensación de haber dejado de ser él mismo para convertirse en una célula de un organismo mayor. Esa experiencia, y no ninguna lectura previa, es la semilla de Masa y poder (Masse und Macht, 1960), el ensayo Crowds and Power que le valdría el Nobel de Literatura en 1981.  

Una anatomía de la masa. Canetti no escribe como sociólogo ni como psicólogo clínico, y esa distancia explica en parte que el libro siga leyéndose. Prescinde deliberadamente de Gustave Le Bon y de Sigmund Freud —a quien pretende rebatir— y construye su propio vocabulario a partir de mitos, crónicas de viajeros, textos religiosos y observaciones de comportamiento animal. De ahí surgen sus categorías más memorables: la masa abierta, que crece sin límite mientras exista quien quiera sumarse, frente a la masa cerrada, que se protege fijando un límite; y las cuatro propiedades que toda masa comparte, quiéranlo o no sus miembros: el impulso a crecer, la exigencia de igualdad interna, el gusto por la densidad de los cuerpos y la necesidad de una meta común, por vaga que sea.

Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra el diagnóstico de Elías Canetti: dentro de la masa, el miedo ancestral a ser tocado por un desconocido se invierte y se convierte en su contrario, en el placer de fundirse con los demás. Quien entra en una manifestación, en un estadio o en una procesión no busca escapar del contacto: lo busca activamente, porque allí, y solo allí, el contacto deja de amenazar. 

El poder como forma de supervivencia. La segunda mitad del libro, más árida y más incómoda, diseca al que manda. Elías Canetti analiza con detalle clínico las memorias del juez alemán Daniel Paul Schreber —el mismo caso que había fascinado a Freud— para sostener una tesis radical: el poderoso no es, en el fondo, tan distinto del paranoico. Ambos viven obsesionados por eliminar amenazas invisibles; ambos miden su triunfo por el número de muertos que dejan atrás. Para el poderoso, escribe Canetti, vencer y sobrevivir son una misma cosa, y de ahí que todo mando —el aguijón, en su terminología— deje una herida en quien lo obedece, una herida que solo se alivia transmitiéndola, a su vez, hacia abajo.

El libro de 1960 no ha envejecido en lo esencial, aunque sí hayan cambiado los escenarios. Las masas de Canetti se formaban en plazas y estadios; las de ahora se forman también, y quizá sobre todo, en pantallas, sin roce físico alguno pero con la misma sed de fusión y de meta compartida. Cabe preguntarse si el aguijón del mando circula hoy de forma distinta por las redes que por los ejércitos que Canetti tenía en mente, o si, despojado de cuerpo, sigue obedeciendo a la misma lógica de siempre.

Skynet: De ficción apocalíptica a metáfora de la IA

En la memoria colectiva de varias generaciones, basta pronunciar una palabra para convocar un futuro inquietante: Skynet. No hace falta explicar nada más. Es el nombre de aquella inteligencia artificial que, en Terminator, adquiere autonomía, interpreta a la humanidad como una amenaza y desencadena una guerra nuclear.

Lo curioso es que Skynet nació cuando Internet apenas existía como realidad cotidiana y la inteligencia artificial estaba muy lejos de los grandes modelos actuales. Cuarenta años después, el nombre sigue apareciendo cada vez que una tecnología parece adquirir demasiada autonomía. En 2026 incluso se ha utilizado periodísticamente la expresión “Skynet Day” para describir incidentes protagonizados por agentes de IA capaces de actuar fuera de los límites previstos. La ficción, en otras palabras, no predijo necesariamente una tecnología concreta. Creó un marco mental para pensar sus riesgos.

Un sueño febril en Roma. La historia comienza con una imagen mucho más cinematográfica que informática. James Cameron ha contado que la idea de The Terminator nació de un sueño durante una enfermedad febril en Roma, en 1981: un esqueleto cromado emergiendo del fuego. Al despertar comenzó a dibujarlo sobre papel del hotel. Aquella imagen acabaría convirtiéndose en una de las criaturas más reconocibles de la ciencia ficción. El primer Terminator, dirigido por Cameron y escrito junto con Gale Anne Hurd, llegó a los cines en 1984. Su argumento trasladaba al presente a un asesino mecánico enviado desde un futuro devastado para eliminar a Sarah Connor antes del nacimiento de su hijo John, futuro líder de la resistencia humana. 

Skynet aparecía como el cerebro de aquella guerra: un sistema informático de defensa creado para automatizar la respuesta militar. Al alcanzar autonomía, interpreta el intento humano de desconectarlo como una amenaza y responde mediante una escalada que conduce al llamado Judgment Day. 

No es simplemente «un robot que se rebela». La idea más perturbadora es otra: un sistema creado para protegernos puede convertir su objetivo en una razón para prescindir de nosotros. 

¿De dónde salió realmente la idea? Aquí la historia se vuelve más interesante. Cameron ha explicado su inspiración a partir de la ciencia ficción que consumió y del clima de miedo nuclear de su infancia. Pero el origen de The Terminator estuvo acompañado por una controversia con el escritor Harlan Ellison, autor de episodios de The Outer Limits como Soldier y Demon with a Glass Hand.

Ellison sostuvo que la película utilizaba elementos de Soldier. La productora llegó a un acuerdo extrajudicial en 1986 y las copias posteriores de The Terminator incorporaron un reconocimiento a la obra de Ellison. No hubo un juicio que estableciera judicialmente que la película fuese un plagio; de hecho, Cameron discrepó del acuerdo. Conviene, por tanto, separar influencia, semejanza y plagio. La historia cultural rara vez nace de una sola fuente. 

De Skynet a la cultura tecnológica. La verdadera vida posterior de Skynet ha sido extraordinaria. El concepto pasó de ser un elemento narrativo a convertirse en una metáfora tecnológica. Cuando se habla de una IA que actúa de forma autónoma, escapa al control humano o puede tomar decisiones estratégicas con consecuencias graves, “Skynet” funciona como abreviatura cultural.

La investigación académica ha estudiado precisamente esta influencia. Un trabajo publicado en Global Society señala que The Terminator ha contribuido desde 1984 a configurar la percepción pública de la inteligencia artificial, especialmente mediante la imagen de una tecnología militar que deja de obedecer a sus creadores. 

Y el término no se limita al periodismo. En septiembre de 2026, por ejemplo, investigadores han bautizado Skynet un sistema académico destinado precisamente a detectar anomalías en flujos de trabajo de agentes de IA. Es casi una inversión irónica del significado original: el nombre de la IA que debía destruirnos se utiliza para vigilar que otras IA no se comporten de manera anómala. 

La paradoja británica. Hay una segunda historia, menos conocida y fascinante. El Reino Unido utiliza desde 1969 el nombre SKYNET para su familia de satélites militares de comunicaciones. Actualmente el programa SKYNET del Ministerio de Defensa proporciona comunicaciones estratégicas y tácticas a las Fuerzas Armadas británicas y aliados; el programa SKYNET 6 está desarrollando su siguiente generación. 

Por tanto, Skynet no nació originalmente como nombre de la inteligencia artificial de Terminator en el sentido histórico del término: existía ya como denominación de un programa espacial británico. La coincidencia resulta especialmente sugestiva porque ambas cosas comparten precisamente los ingredientes que alimentan la imaginación de Cameron: redes, comunicaciones, defensa, automatización y tecnología militar. También existe un programa de vigilancia de la NSA conocido como SKYNET, lo que demuestra hasta qué punto el término ha adquirido una vida propia fuera del cine. 

¿Estamos construyendo Skynet? La pregunta contemporánea no debería ser si una máquina va a convertirse literalmente en el Skynet de Terminator. No hay evidencia de que los sistemas actuales estén cerca de reproducir ese escenario cinematográfico. La pregunta interesante es más sobria: ¿qué ocurre cuando concedemos a sistemas automáticos capacidad para decidir, actuar y utilizar herramientas sin supervisión humana suficiente? Ahí la ficción conserva toda su vigencia. Skynet representa menos una profecía que un experimento mental: ¿qué sucede cuando un objetivo perfectamente definido se combina con una autonomía demasiado grande y unos mecanismos de control demasiado débiles?

Quizá esa sea la verdadera herencia de Terminator. No advertirnos de que las máquinas necesariamente acabarán odiándonos, sino recordarnos que la tecnología nunca elimina la responsabilidad de quienes deciden qué objetivos perseguirá y cuánto poder se le concede para alcanzarlos. La máquina de Cameron quería salvar el mundo a su manera. Y ahí comienza la pregunta verdaderamente humana: ¿quién decide qué significa salvarlo?

Geronymonstre: Club de lectura que desafía los estereotipos

Hay fenómenos culturales que sorprenden no porque inventen algo completamente nuevo, sino porque consiguen colocar lo conocido en un escenario inesperado. Geronymonstre pertenece a esa categoría. Desde un barrio de Avignon, un grupo de jóvenes ha convertido la conversación sobre los grandes autores y pensadores en un espectáculo callejero difundido por las redes sociales. Marx, Zola, Flaubert, Molière, Rimbaud, George Sand o Simone de Beauvoir aparecen así entre chándales, zapatillas deportivas, humor, lenguaje coloquial y debates improvisados. 

La propuesta tiene algo deliberadamente contradictorio. Si imaginamos un club de lectura, probablemente pensamos en una biblioteca, una librería, un aula o una sala tranquila. Geronymonstre desplaza ese escenario a un aparcamiento situado junto a bloques de viviendas populares. Allí, la literatura deja de presentarse como un territorio reservado a quienes dominan determinados códigos culturales y se convierte en conversación, juego y enfrentamiento intelectual. Le Monde ha descrito el proyecto como una iniciativa de jóvenes de la periferia de Avignon que organizan auténticas «batallas literarias» entre grandes figuras del pensamiento. 

El fenómeno resulta especialmente interesante desde la educación, más aún tras la debacle de PISA 2025. Durante décadas hemos debatido cómo conseguir que los jóvenes lean. Con frecuencia, la respuesta institucional ha consistido en seleccionar obras, establecer lecturas obligatorias, elaborar cuestionarios y evaluar posteriormente su comprensión. Geronymonstre plantea una posibilidad diferente: quizá antes de pedir a un adolescente que lea un clásico haya que conseguir que perciba que la literatura también habla su lenguaje y puede formar parte de su mundo social.

No se trata, sin embargo, de simplificar los clásicos hasta hacerlos irreconocibles. Precisamente una de las virtudes del proyecto es mantener la ambición intelectual mientras cambia el registro comunicativo. La ironía, el argot, la escenificación y el humor funcionan como puertas de entrada hacia contenidos complejos. El resultado no es necesariamente una reducción de la cultura, sino una recontextualización.

Aquí aparece una cuestión educativa de fondo. ¿Quién determina qué aspecto debe tener una persona culta? Durante mucho tiempo existió una asociación bastante rígida entre cultura, apariencia, instituciones y determinados comportamientos. Geronymonstre desmonta esa asociación visual: jóvenes que podrían ser estereotipados socialmente como poco interesados en la cultura aparecen hablando de filosofía, literatura e historia de las ideas. El contraste es parte esencial de su mensaje.

También importa su dimensión digital. El proyecto comenzó en un entorno físico muy concreto, pero su difusión mediante Instagram, TikTok y otras plataformas ha multiplicado su alcance. La cuenta de Geronymonstre reúne cientos de miles de seguidores y ha llamado incluso la atención de instituciones culturales. 

Esto permite reconsiderar la relación entre libro y redes sociales. Con frecuencia se presentan como enemigos: el móvil distrae y el libro concentra; TikTok fragmenta y la lectura profundiza. La experiencia de Geronymonstre sugiere una relación menos sencilla. Una red social puede ser también un escaparate que despierte curiosidad por autores, obras y debates que después requieren una atención mucho más prolongada.

Naturalmente, conviene evitar la idealización. Un vídeo viral sobre Flaubert no equivale a leer Madame Bovary, del mismo modo que una batalla entre Marx y Adam Smith no sustituye el estudio de sus textos. La divulgación tiene límites y la cultura digital puede convertir cualquier obra compleja en una caricatura. El verdadero éxito educativo se produce cuando el espectáculo inicial conduce hacia la lectura, la argumentación y el pensamiento propio.

Por eso Geronymonstre merece atención más allá de su dimensión anecdótica. Su principal lección quizá no sea que los jóvenes franceses leen clásicos, sino que la cultura puede cambiar de escenario sin perder necesariamente su profundidad.

La literatura no necesita solemnidad para ser importante. Necesita lectores, conversación y preguntas. Si un aparcamiento de Avignon consigue que cientos de miles de personas vuelvan a hablar de Zola, Marx o Rimbaud, quizá la pregunta educativa no deba ser por qué esos jóvenes leen de una manera tan poco convencional, sino qué podríamos aprender de su manera de hacer que leer vuelva a parecer una aventura colectiva. 

Pierre Bourdieu habría reconocido de inmediato el mecanismo en juego: el capital cultural, ese patrimonio de referencias que distingue a quien "tiene derecho" a hablar de Flaubert de quien no. Geronymonstre no destruye ese capital, lo redistribuye: lo saca del salón burgués y lo devuelve a la calle sin perder rigor ni la palabra justa.

Un lector vasco reconocerá enseguida el parecido con la bertsolaritza, la improvisación oral en verso que Bernardo Atxaga situó siempre en el corazón vivo de la literatura vasca: dos voces, un tema impuesto, métrica exigente y el público como juez inmediato. La batalla de Aviñón y el bertso improvisado en una plaza vasca comparten una intuición muy anterior a internet: la literatura se conserva mejor cuando se dice en voz alta y se disputa, que cuando se archiva en vitrinas.

Para la educación, el fenómeno plantea una pregunta incómoda. Si un aparcamiento genera más entusiasmo lector que muchas aulas, quizá lo que falla no sea el contenido enseñado, sino el envoltorio institucional en que se presenta. La forma agonal —el debate, la disputatio medieval, el diálogo socrático— ha sido siempre uno de los motores más eficaces del pensamiento; Geronymonstre no ha inventado nada, ha recordado algo que la escuela olvida a veces: que las ideas se aprenden mejor cuando se defienden en voz alta, entre iguales, con algo en juego.

Queda por ver si el fenómeno sobrevivirá a su propia viralidad o se disolverá, como tantos otros, en el ciclo veloz de las redes. Pero mientras dure, recuerda una verdad incómoda para instituciones y minorías cultas por igual: la literatura no pertenece a nadie en particular, y menos aún a quienes creen poseer en exclusiva la llave de su vocabulario.

@anacabo17 ¿qué os parece esta iniciativa? #lectura #geronymonstre #francia #datoscuriosos #booktokenespañol ♬ sonido original - Ana Cabo

Nora Ephron y el arte de transformar la ruptura en narrativa

Hoy volvemos sobre una escritora, que aún teníamos pendiente, si bien hay algún post previo. El libro "Se acabó el pastel" es la venganza literaria de Nora Ephron. En 1983, cuando Nora Ephron publicó Heartburn —en España, Se acabó el pastel, traducida por Benito Gómez Ibáñez para Anagrama—, la crítica estadounidense no tardó en advertir que aquel relato de un matrimonio naufragado escondía muy poca ficción. Bajo el humor desenfadado de sus páginas latía la historia real de la ruptura de la propia autora con Carl Bernstein, el periodista que, junto a Bob Woodward, había destapado pocos años antes el escándalo Watergate. Aquella coincidencia entre vida y literatura, lejos de pasar inadvertida, se convirtió en el motor de la lectura pública del libro y, para muchos, en su principal atractivo. 

La novela sigue a Rachel Samstat, escritora de libros de cocina afincada en Washington junto a su marido Mark Feldman, periodista político de éxito. Embarazada de siete meses de su segundo hijo, Rachel descubre que Mark mantiene una aventura con Thelma, la esposa de un diplomático. A partir de ese descubrimiento, Ephron construye un relato que alterna la comedia con la amargura, y que intercala, entre capítulo y capítulo, recetas de cocina —desde una tarta de lima hasta una vinagreta— que funcionan como pausas domésticas en medio del desastre sentimental y como metáfora de una vida que, pese a todo, continúa exigiendo que se ponga la mesa.

Nora Ephron había nacido en Nueva York en 1941, hija de los guionistas Phoebe y Henry Ephron, y se había forjado como periodista en el New York Post y, más tarde, en Esquire, donde firmó ensayos que hicieron de la ironía sobre sí misma un género propio. Educada en Wellesley College, era la mayor de cuatro hermanas —Delia, Hallie y Amy— que llegarían también a la escritura. De su madre heredó una máxima que repitió toda su vida: todo es material narrable, incluso —sobre todo— lo que más duele. Se acabó el pastel fue la aplicación más radical de ese principio: en vez de padecer en silencio la humillación de la infidelidad, Ephron decidió contarla, convertirse en autora de su propia historia antes que en simple víctima de la ajena. 

Al narrar su naufragio matrimonial con la distancia de la comedia, Nora Ephron no solo se defendió del ridículo: reclamó para sí la autoría de una historia que, de otro modo, habría sido escrita —y juzgada— exclusivamente por terceros. Ese gesto conecta Se acabó el pastel con una tradición literaria más amplia, la de la autoficción y el roman à clef, en la que vida y texto se entrelazan hasta hacer imposible —y quizá innecesario— separarlos del todo.

El libro fue un éxito inmediato y, en 1986, Mike Nichols lo llevó al cine con Meryl Streep y Jack Nicholson en los papeles protagonistas, banda sonora de Carly Simon incluida. Pero la carrera de Ephron no se detuvo ahí: los años siguientes la consagraron como guionista y directora de comedias tan influyentes como Cuando Harry encontró a Sally, Sintonía de amor o Julie & Julia (post previo), sin abandonar nunca el ensayo autobiográfico, género que cultivó hasta el final de su vida, marcada por una leucemia que mantuvo en riguroso secreto hasta su muerte, en 2012.

Releer hoy Se acabó el pastel  es asomarse a un momento en que la literatura confesional femenina empezaba a reclamar, con humor y sin pedir permiso, el derecho a contar también los propios fracasos.

Cambiar el agua de las flores: Literatura y ética del cuidado

Hay libros que merecen ser revisados pronto, aunque esta novela ya tiene una adaptación cinematográfica como contamos al final: Su título es Cambiar el agua de las flores: la vida custodiada desde el cementerio. Porque el títulos anuncia, con una humildad casi doméstica, la hondura de lo que va a contar. Cambiar el agua de las flores, la obra con la que la francesa Valérie Perrin (Remiremont, 1967) alcanzó una difusión mundial en 2018, es uno de ellos: bajo el gesto cotidiano de renovar el agua de un jarrón se esconde una reflexión completa sobre el duelo, la memoria y la extraña dignidad de los oficios que cuidan a los muertos.  


Valérie Perrin, fotógrafa de rodaje y guionista antes que novelista —colaboradora habitual del cineasta Claude Lelouch, con quien se casaría en 2023—, había debutado en 2015 con Les Oubliés du dimanche. Pero fue esta segunda novela, publicada por Albin Michel y galardonada con el Prix Maison de la Presse de 2018, la que la convirtió en fenómeno editorial: traducida a más de treinta idiomas, se transformó en una de las lecturas más comentadas durante los confinamientos europeos de 2020, cuando llegó a ser el libro más vendido del año en Italia.

La protagonista, Violette Toussaint, es guarda de un cementerio en un pequeño pueblo de Borgoña. Su jornada transcurre entre los epitafios que copia en un cuaderno, el café que ofrece a los deudos y, en efecto, el agua que renueva cada mañana en las flores dejadas sobre las tumbas: un ritual mínimo que sostiene, sin aspavientos, el orden simbólico de los vivos frente a sus muertos. La llegada de Julien Seul, un policía que busca esparcir las cenizas de su madre en la tumba de un desconocido, desencadena la reconstrucción de una historia de amor oculta y obliga a Violette —cuya propia biografía guarda una hija perdida y un marido desaparecido— a mirar de frente su pasado.

Leída con cierta distancia crítica, la novela puede entenderse como una exploración literaria de lo que Michel Foucault llamó heterotopía: el cementerio como espacio "otro", suspendido entre la vida cotidiana del pueblo y el tiempo detenido de la muerte, donde Violette ejerce de mediadora casi litúrgica. Esa vocación de custodiar la memoria ajena —anotar quién visita, quién guarda silencio, quién no vuelve— dialoga, salvando las distancias, con la reflexión de Paul Ricoeur sobre la memoria como forma de justicia hacia los ausentes. 

Conviene no idealizar el resultado literario: la crítica más exigente ha señalado en ocasiones un exceso de artificio en los golpes de efecto y una estructura de vaivenes temporales que roza, a veces, la fórmula del best seller sentimental. Pero incluso esa objeción confirma lo que hace interesante al libro desde un punto de vista educativo: Perrin demuestra que la novela popular contemporánea puede tratar la muerte, el luto y la memoria sin caer en el sensacionalismo, devolviendo protagonismo narrativo a oficios invisibles —sepultureros, guardas, enterradores— que rara vez ocupan el centro de un relato.

La reciente adaptación cinematográfica, dirigida por Jean-Pierre Jeunet —el realizador de Amélie— y protagonizada por Leïla Bekhti, confirma la vigencia de esta historia y la llevará, en los próximos meses, a un público aún más amplio. Entre la página y la pantalla, Cambiar el agua de las flores insiste en una idea sencilla y necesaria: que cuidar de las flores de los muertos es, también, una forma de seguir cuidando de los vivos.