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Intrahistoria de Unamuno: Invisibles que sostienen la historia

Hemos citado varias veces el concepto de Intrahistoria (posts), aquello que Miguel de Unamuno vio bajo la espuma de la Historia. Hoy nos detendremos en analizar algo muy relevante también hoy en la era de las redes y la IA, porque reúne todo aquello que no sale en los periódicos ni en Internet. 

Un martes cualquiera, a las siete de la mañana, alguien levanta la persiana de una panadería en un pueblo cualquiera. No habrá crónica ni titular. Sin embargo, si esa persiana no se levantara durante mucho tiempo, nos daríamos cuenta de que algo esencial se había roto. Unamuno llamó a ese territorio intrahistoria sin cámaras ni reportajes. 

Esta expresión aparece en En torno al casticismo, los ensayos que Unamuno publicó en 1895 para preguntarse qué era realmente España. Su respuesta fue una imagen casi geológica. La Historia de los libros, con sus batallas, reyes y tratados, es la espuma de la superficie. Debajo trabajan millones de hombres y mujeres que se levantan con el sol, labran, cocinan, crían y mueren sin dejar rastro, como los corales que, sin ser vistos, levantan el islote sobre el que luego se escribe la Historia. Esa labor oscura y continua es para Unamuno la tradición eterna, distinta de la tradición que se invoca en los discursos.

Otros lo vieron después, La intuición no quedó en Salamanca. Cuando los historiadores de los Annales, con Fernand Braudel a la cabeza, hablaron de la larga duración, o cuando la microhistoria se detuvo en molineros y campesinos concretos, estaban transitando un camino que el escritor vasco había señalado. Y la literatura lo practica sin llamarlo así: el Obaba de Bernardo Atxaga es un valle diminuto e inventado que dice más de nosotros que muchos tratados, porque mira lo pequeño con la seriedad con que otros miran lo grande.

Por qué hoy duele y sirve, Vivimos rodeados de registros, pero no de memoria. Las redes sociales amplifican lo estridente, Trump y los tecnoligarcas acaparan portadas, y confunden lo visible con lo importante. Los modelos de inteligencia artificial se alimentan de lo que se ha escrito y publicado, es decir, de la superficie, y apenas saben nada de lo que nunca se digitalizó: la receta sin cuaderno, el oficio sin manual, la canción que solo cantaba una abuela. Si dejamos que lo digital decida qué merece recordarse, estaremos escribiendo una historia de espuma.

La escuela tiene aquí una tarea concreta. Enseñar a un adolescente a entrevistar a un vecino, a transcribir una conversación o a contrastar una fotografía de familia con un archivo municipal es enseñarle pensamiento crítico con materiales reales. La intrahistoria deja de ser un concepto de manual cuando alguien comprende que su propia calle ya tiene pasado. 

Una pregunta para quedarse. Unamuno no pedía despreciar la Historia con mayúscula, sino sospechar de que fuese toda la historia. Quizá la pregunta útil para este siglo sea qué estamos dejando fuera sin darnos cuenta, y quién lo va a recoger si no lo hacemos nosotros.

Propuesta de acción: Leer en los próximos seis meses los cinco ensayos de En torno al casticismo y releer una obra de Atxaga, como Obabakoak. Escribir cada mes una página de intrahistoria, algo muy propio de los blogs, sobre una persona cercana, con su permiso, y grabar su voz cuando se pueda. A dos años, el objetivo es tener veinticuatro testimonios archivados y datados. A cinco, haber depositado una selección en una biblioteca, escuela o archivo local, o en un proyecto de memoria oral ya existente. A diez, que una persona más joven que tú haya tomado el relevo y continúe el archivo. Se evalúa contando testimonios, comprobando que son accesibles y preguntando cada año si alguien ajeno al círculo familiar los ha consultado.