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PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA

Colección de Coca-Cola de Emiliano Escudero Cano

Arqueología del consumo que visitamos tras ver el patrimonio de las motos clásica (post previo): La Colección de Coca-Cola de Emiliano Escudero Cano (FB oficial). En el cruce entre la microhistoria local y la historia económica global existen tesoros insospechados. En San Pedro del Pinatar (Murcia), la dedicación y el entusiasmo de Emiliano Escudero Cano han dado forma a una destacada colección de objetos vintage de Coca-Cola, un espacio que trasciende la afición personal para convertirse en un verdadero archivo sociocultural del siglo XX.

El objeto cotidiano como documento histórico. Analizar una colección de estas características desde una óptica educativa e historiográfica permite comprender cómo los objetos de uso diario reflejan las transformaciones geopolíticas, estéticas y sociales de cada época. Lejos de ser meros envases o soportes publicitarios, las botellas de vidrio moldeado, las latas de edición limitada, los rótulos esmaltados y los artículos promocionales reunidos por Escudero Cano documentan la evolución del diseño industrial y el auge de la comunicación gráfica contemporánea.


Cada pieza expuesta funciona como un documento primario para el análisis: 1) Evolución tipográfica y visual: Desde el trazo caligráfico Spencerian original hasta la estandarización del rojo corporativo como código visual universal. 2) Transformación de materiales: El paso de la ebanistería y la hojalata tradicional al plástico, el aluminio y los procesos de producción en masa de la posguerra. 3) Reflejo de usos y costumbres: Los objetos promocionales revelan cómo la marca penetró en las rutinas domésticas, los espacios de ocio y las festividades populares.


Lecciones de economía y mercadotecnia global. Desde el prisma de la historia económica, la marca de Atlanta constituye un caso de estudio fundamental para comprender el desarrollo del capitalismo global. La colección de Emiliano Escudero invita a reflexionar sobre cómo una fórmula de finales del siglo XIX logró articular una vasta red de franquicias embotelladoras, modelos de distribución ultralocalizados y una estrategia de branding pionera.


Observar esta muestra permite examinar tres vectores económicos clave: 1º La construcción del valor intangible: Cómo la publicidad logró vender no solo un producto refrescante, sino un ideal de modernidad, juventud y dinamismo social. 2º La estandarización industrial: La capacidad de mantener una identidad global inconfundible adaptando formatos y campañas a las particularidades de cada mercado. 3º La conservación del patrimonio industrial: El coleccionismo como herramienta clave para proteger la memoria material de la historia comercial y del trabajo.


Valor pedagógico y divulgación cultural. Para educadores y divulgadores, la iniciativa de Emiliano Escudero Cano ofrece una valiosa herramienta pedagógica. Permite aproximar la historia contemporánea y la sociología del consumo a un público amplio de forma intuitiva y rigurosa. Frente a la volatilidad de los estímulos digitales actuales, el contacto directo con la materialidad de la cultura popular nos plantea preguntas esenciales sobre cómo los medios de comunicación y las marcas moldean nuestras identidades colectivas.


"El coleccionista no atesora simples objetos; custodia la memoria intangible que habita en ellos y la devuelve a la comunidad como pedagogía viva." La encomiable labor realizada en San Pedro del Pinatar (Murcia) demuestra cómo el compromiso individual convierte una colección privada en un bien de interés cultural para el aprendizaje, la reflexión histórica y el disfrute intergeneracional.


Colección de Coca-Cola de Emiliano Escudero Cano
Álbum de imágenes. 
@agirregabiria

Colección de Coca-Cola de Emiliano Escudero Cano

♬ eredeti hang - Tibor Füredi HUNGARY 🇭🇺

Retomamos el blog, tras una estancia de nietos

Visita de nietos (pixelados)
Dos de los nietos pequeños pixelados en su vuelta en avión.

Tras una estancia de nueve días con todos nuestros nietos (desde el 30 de junio), retomamos el ritmo habitual de publicación del blog. El verano trae consigo una paradoja que muchos abuelos blogueros conocemos bien: el tiempo que ganamos con los nietos es, precisamente, el tiempo que antes dedicábamos a escribir. Compatibilizar vacaciones con nietos y la disciplina de un blog no es tarea sencilla, y seguramente no debería serlo porque la prioridad de los nietos es indudable.

Escribir exige silencio, concentración, mucha lectura de temas innovadores y una cierta soledad productiva. Las vacaciones familiares, en cambio, están hechas de ruido, interrupciones felices y presencia constante. Cuando un nieto reclama atención —para un baño en la playa, un cuento antes de la siesta, una partida de ajedrez improvisada— la escritura pierde, y gana la vida. No es una derrota: es una jerarquía de prioridades que el verano nos obliga a hacer explícita.

Hay, sin embargo, una compensación intelectual en esta tensión. Las vacaciones con nietos son también una fuente inagotable de materia prima narrativa. Las relaciones intergeneracionales —el modo en que los abuelos transmiten valores, curiosidad y memoria a las nuevas generaciones— constituyen uno de los temas más fértiles para quien reflexiona sobre educación, tecnología y familia. Cada verano compartido con nietos deja anécdotas, preguntas y aprendizajes que, tarde o temprano, encontrarán su lugar en el blog, aunque sea con retraso.

La clave quizás no esté en escribir más durante el verano, sino en observar mejor. Tomar notas mentales, fotografiar momentos, dejar que las ideas maduren sin la presión de publicar de inmediato. El blog puede esperar unas semanas; la infancia de los nietos, no. Septiembre siempre trae tiempo para transformar en palabras lo que julio y agosto regalaron en experiencia. Al final, esta incompatibilidad estacional entre crianza compartida y escritura no es ningún problema a resolver, sino un ritmo natural que conviene aceptar con serenidad.

Adiós a Edgar Morin, conciencia crítica de un siglo

Hoy dedicamos este obituario a Edgar Morin, o la imposible tarea de vivir solo un siglo. El 29 de mayo de 2026 falleció en París Edgar Morin a los 104 años, cerrando una de las trayectorias intelectuales más influyentes del siglo XX y los albores del XXI. Con él desaparece algo más que un filósofo o un sociólogo: se apaga la voz de quien acaso mejor encarnó la vocación de comprender el mundo en su irreductible complejidad.

Nacido con el nombre de Edgar Nahoum en el seno de una familia judía sefardí, Edgar Morin (otros posts) se formó como sociólogo, aunque prefería definirse a sí mismo como un "humanólogo", fusionando filosofía, psicología, etnografía y biología para intentar comprender la naturaleza de la humanidad. Esa negativa a quedarse en un solo campo del saber no era capricho intelectual sino imperativo ético: el mundo, creía, no se deja apresar por ninguna disciplina aislada.

Su biografía personal es, en sí misma, un compendio del siglo más violento de la historia europea. Pacifista y activista antifascista ya en los años treinta, fue miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi y participó en el Partido Comunista Francés hasta su expulsión disidente. Más tarde se opuso a la guerra de Argelia. La coherencia entre pensamiento y acción, tan rara en el mundo intelectual, fue en Morin una constante de décadas. A sus 102 años alzó aún su voz para denunciar lo que consideraba la masacre del pueblo palestino en Gaza, convocando a una "nueva resistencia" que tomara partido por Eros —la potencia creadora— frente a Pólemos y Tánatos, la guerra y las pulsiones de muerte.

Su contribución teórica central, el llamado pensamiento complejo, es una de las grandes apuestas epistemológicas de la segunda mitad del siglo XX. Frente a la especialización creciente del conocimiento científico —que Morin identificaba con una forma de barbarie cognitiva—, propuso una racionalidad capaz de articular contradicciones, asumir la incertidumbre y dialogar entre saberes. Su monumental obra El Método, en seis volúmenes, es la arquitectura más ambiciosa de ese proyecto. No pretendía dar respuestas definitivas, sino enseñar a formular mejores preguntas.

En el ámbito educativo, su influencia fue igualmente profunda. Su ensayo Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999, sigue siendo un texto de referencia inevitable. Allí argumentaba que la escuela enseña saberes parcelados pero no enseña a vivir, ni a afrontar la incertidumbre, ni a comprenderse como ciudadanos de una tierra común. La educación, para Morin, debía formar seres humanos capaces de pensar su condición planetaria: una tarea que, décadas después, sigue pendiente con la misma urgencia.

Fuera del ámbito estrictamente académico, Morin también dejó huella en el cine documental: en 1961 codirigió junto a Jean Rouch Chronique d'un été, considerada una obra clave del llamado cinéma vérité. Ese gesto —descender del púlpito filosófico para escuchar la voz de la gente en la calle— era coherente con toda su antropología.

El presidente Emmanuel Macron lo calificó como el "pensador del siglo", mientras que el expresidente François Hollande destacó que Morin dejaba "las llaves para la comprensión de la evolución humana". Son homenajes merecidos, aunque Morin habría sido el primero en advertir que ninguna llave abre todas las puertas, y que la complejidad de lo humano siempre desborda a quien pretende comprenderla del todo.

Queda su obra. Queda su ejemplo de intelectual comprometido que nunca confundió el compromiso con el dogmatismo. Queda, sobre todo, esa pregunta que atraviesa toda su escritura y que él encarnó con una longevidad casi inverosímil: ¿cómo aprender a vivir con la incertidumbre sin rendirse ante ella? A los 104 años, Edgar Morin no respondió esa pregunta. Simplemente la vivió.

La trampa de Tucídides para explicar las guerras de EE.UU.

El concepto de «Trampa de Tucídides» (leer un post anterior), popularizado por el historiador Graham Allison, describe un patrón recurrente en la historia internacional: cuando una potencia ascendente desafía a una potencia establecida, el resultado tiende inexorablemente hacia el conflicto. La formulación es estructural, no contingente. Allison analizó dieciséis casos históricos de este fenómeno, desde Atenas y Esparta hasta el ascenso de Alemania en el siglo XX, para demostrar que algo similar al 85 % de estos encuentros terminaron en guerra. Hoy, a mediados de 2026, mientras Estados Unidos e Israel bombardean Irán y el liderazgo supremo iraní es asesinado, el concepto revela su pertinencia analítica pero también sus límites explicativos. 

La formulación original se encuentra en la obra de Tucídides, quien analizó la Guerra del Peloponeso (431–404 a.C.). Según su célebre tesis, fue “el ascenso de Atenas y el temor que esto provocó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”. En el siglo XXI, el concepto ha sido popularizado por el politólogo Graham Allison, quien lo emplea para analizar las tensiones entre Estados Unidos y China. Allison sostiene que, en los últimos quinientos años, en la mayoría de los casos en que una potencia emergente desafió a otra dominante, el conflicto armado fue el desenlace. Sin embargo, también subraya que no se trata de una ley histórica inexorable, sino de una tendencia estructural que puede ser gestionada.

Estados Unidos es indiscutiblemente la potencia hegemónica, pero su posición en Oriente Medio se ha erosionado de manera sostenida durante dos décadas. Irán, por su parte, no es una potencia ascendente en términos económicos o militares convencionales—su PIB es menor al de España—, pero su capacidad de proyección regional, su programa nuclear, sus alianzas con no-estatales y su presencia geopolítica la han convertido en un desafío estructural a la estabilidad que Washington e Israel desean mantener en la región. En este sentido, la dinámica no encaja perfectamente en el esquema clásico de Allison: se trata más bien de la confrontación entre una hegemonía global en relativo declive relativo y una potencia regional que rechaza aceptar el orden establecido.

El conflicto que estalló en febrero de 2026 fue precedido por elementos que subrayan esta lógica estructural. Las protestas de fin de año 2025 en Irán, sofocadas con represión letal, crearon un aparente vacío de poder. Trump, retornado a la presidencia, alternó entre amenazas directas y negociaciones sobre el programa nuclear iraní—un patrón que espeja la ambigüedad estratégica de administraciones anteriores. Sin embargo, lo distintivo fue la decisión de pasar de la presión diplomática a la acción militar directa, coordinada con Israel, precisamente mientras se suponía que había canales de negociación abiertos. Esto es importante: no fue provocación iraní lo que detonó el conflicto, sino la convergencia de oportunidades percibidas y decisiones estratégicas estadounidenses.

El concepto de Trampa de Tucídides apunta a la eventualidad del conflicto como resultado inevitable de cambios estructurales en el equilibrio de poder. Pero la realidad contemporánea añade complejidad. Estados Unidos posee superioridad militar abrumadora. Israel dispone de capacidades ofensivas sin precedentes. Irán, pese a su determinación, carece de la envergadura para convertirse en potencia hegemónica global o siquiera regional indiscutible. La guerra actual responde menos a un conflicto de poder ascendente-descendente y más a un problema de orden regional: Washington e Israel buscan garantizar que Irán nunca consiga capacidad nuclear o hegemonía regional, mientras Irán rechaza ser marginalizado en su propio espacio geográfico.

Esta distinción es crucial para pensar el futuro. La Trampa de Tucídides, en su formulación clásica, sugiere que cuando ambas partes comprenden la inevitabilidad del conflicto, pueden actuar racionalmente dentro de ese marco. Pero cuando el conflicto responde a la determinación de mantener un orden jerárquico específico—no a dinámicas de ascenso y declive— las salidas posibles difieren. Requerirían, en teoría, o bien la aceptación por parte de Irán de un rol subordinado permanente, o bien la redefinición por parte de Estados Unidos de qué “estabilidad regional” significa en la práctica.

A la fecha, ni siquiera están sobre la mesa tales soluciones. El asesinato de Jamenei y el ascenso de su hijo Mojtaba apunta, según analistas, hacia un liderazgo más intransigente. Estados Unidos insiste en rendición incondicional. Los mercados energéticos mundiales permanecen en tensión. La trampa de Tucídides no explica este conflicto completo, pero sí ilumina sus raíces: la imposibilidad histórica de que potencias con intereses regionales incompatibles coexistan sin rozadura permanente.

En conclusión, la Trampa de Tucídides no es una profecía, sino una advertencia ante el equilibrio USA-China. Nos recuerda que el conflicto puede surgir no solo de la ambición, sino también del miedo. Comprender esta dinámica es fundamental para diseñar políticas que reduzcan el riesgo de confrontación. En un mundo cada vez más multipolar, la lección de Tucídides sigue siendo relevante: evitar la guerra exige no solo poder, sino también prudencia, inteligencia y voluntad política.

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Donnie Darko: Angustia adolescente en un universo paralelo

Hoy repasamos una película clásica de culto, que hemos vuelto a ver en HBO Max: Donnie Darko. La ópera prima de Richard Kelly, estrenada en 2001 y protagonizada por un joven Jake Gyllenhaal, ha consolidado con los años su estatus como película referencial, no tanto por su recepción inicial —que fue modesta— sino por su capacidad para generar lecturas múltiples y sostener el debate interpretativo.

Donnie Darko se resiste a las categorías simples: ciencia ficción, drama psicológico, thriller sobrenatural, crítica social. Todas estas etiquetas resultan insuficientes para abarcar una propuesta que dialoga con la tradición del bildungsroman cinematográfico y la literatura especulativa en igual medida.

La película sitúa su acción en el otoño de 1988, en un suburbio estadounidense que Kelly retrata con precisión sociológica. Donnie Darko es un adolescente brillante que padece episodios esquizofrénicos, sigue tratamiento psiquiátrico y experimenta visiones de un inquietante conejo antropomórfico llamado Frank. Cuando un motor de avión se estrella contra su habitación —en circunstancias que la película deja deliberadamente ambiguas— Donnie inicia un descenso hacia lo que podría ser una psicosis progresiva o, alternativamente, un viaje a través de universos tangentes y paradojas temporales.

La genialidad del filme reside precisamente en su negativa a resolver esta ambigüedad fundamental. Kelly construye un relato que funciona simultáneamente en dos registros: como exploración realista de la enfermedad mental adolescente y como especulación sobre la naturaleza del tiempo, el destino y el libre albedrío. Esta duplicidad interpretativa no es un defecto narrativo sino su principal virtud: obliga al espectador a posicionarse activamente ante el material, a construir su propia lectura coherente de los acontecimientos.

Desde una perspectiva educativa y psicológica, Donnie Darko ofrece un retrato complejo de la adolescencia que trasciende los estereotipos habituales. Donnie no es simplemente un "adolescente problemático" ni un genio incomprendido: es un individuo que navega la transición a la adultez mientras lidia con una condición mental seria, cuestionando simultáneamente las estructuras de autoridad —familia, escuela, terapia— sin caer en la rebeldía gratuita. Sus conversaciones con su terapeuta, sus interacciones con profesores, su incipiente romance con Gretchen Ross, configuran un ecosistema relacional que Kelly retrata con notable sutileza.

La película también funciona como crítica cultural del Estados Unidos de los años ochenta tardíos. Los personajes secundarios —el gurú de autoayuda Jim Cunningham, la profesora conservadora Kitty Farmer, el director escolar— encarnan distintas formas de hipocresía institucional y pensamiento simplista que Donnie desafía con inteligencia incómoda. Kelly sugiere que la marginalización de Donnie no deriva únicamente de su condición mental, sino de su incapacidad para aceptar las verdades consoladoras que sostienen el orden social.

Literariamente, la película bebe de fuentes diversas: las reflexiones sobre viajes en el tiempo remiten a Philip K. Dick y Ray Bradbury; la atmósfera suburban gothic conecta con David Lynch; la exploración de la psique adolescente dialoga con Salinger. El libro ficticio La filosofía del viaje en el tiempo, de Roberta Sparrow, funciona como dispositivo metanarrativo que proporciona claves interpretativas sin cerrar del todo el significado. Todo ello sin citar el cuento "The Destructors" (Los Destructores, 1954) de Graham Greene que sirve como inspiración temática y lectura escolar clave y que merecerá un post dedicado.

Veinte años después de su estreno, Donnie Darko mantiene su relevancia como texto cultural que plantea preguntas incómodas sobre determinismo, sacrificio personal y la posibilidad de encontrar sentido en un universo indiferente. No ofrece respuestas definitivas, pero propone que el acto de cuestionar, de buscar patrones, de intentar comprender —aunque conduzcamos hacia la incomprensión— constituye en sí mismo una forma válida de construir significado en la experiencia humana.