Indiferencia o diferencia

El escondrijo del espíritu dormido se llama indiferencia. Seamos diferentes; nunca indiferentes.

El reciente anuncio de una ONG, Ayuda en Acción, apela a la solidaridad con un impactante mensaje: “Después de muchos años buscando la causa más importante del sufrimiento infantil en el planeta, la hemos descubierto: Se llama INDIFERENCIA”. Parece oportuno el llamamiento para el “primer mundo”, respecto al “tercer mundo” (los pobres lejanos), o el “cuarto mundo” (los pobres de nuestras calles). Parece que las causas mismas que producen la prosperidad, provocan la indiferencia.

Constantemente envidiamos a quienes más poseen, pero apenas prestamos atención a los que nada tienen, aunque estén ante nuestros ojos. Vamos en pos de lo remoto deseado, indiferentes a quienes no vemos, aunque nos rodeen y necesiten. La indiferencia, hermana gemela de la crueldad, cubre la avaricia del alma y nos ciega. Porque peor aún que odiar al prójimo, es ignorarle y desinteresarnos.

La indiferencia es el gran problema ético del siglo XXI. Sorprende la ausencia de un clamor, especialmente desde la intelectualidad ilustrada y desde la clase política, que nos prevenga de la mayor injusticia contemporánea,… la indiferencia. Prevalece una ideología de puro pragmatismo egocéntrico. Abunda el pensamiento débil, la falta de compromiso, las convicciones cómodas, la ética acomodaticia, el relativismo moral,… mezcolanza que construye la peor de las indiferencias. Incluso el aburrimiento creciente es la suprema expresión de la indiferencia imperante.

Ni los astros del firmamento debieran ser indiferentes. Hasta el perro privado de amo y querencia, prefiere el puntapié a la indiferencia. El dramaturgo Terencio lo expresó hace más de 21 siglos: “Nada humano me es indiferente”. Seamos diferentes: Apasionémonos con la vida, con la nuestra y con la de los demás. Vale la pena. ¿Cómo podemos consentir que sigan muriendo 18.000 niños de hambre cada día? Hagamos algo. Por ejemplo, apadrinemos un niño en www.ayudaenaccion.org.

Versión final en: http://mikel.agirregabiria.net/2005/diferencia.htm

Televisión en declive

La mayor parte del ancho de banda del cable se desperdicia en cosas inútiles; por ejemplo, en programas de televisión.
Andrew S. Tanenbaunm
Abajo, un ejemplo de telebasura reemitida por Internet... aunque sea para denostarla.

Espíritu navideño

El cambio de año es un momento oportuno para reflexionar sobre la vida, sobre su principio y su final, y sobre qué hacer ahora.

Una parábola, de autor desconocido, narra los sueños de tres arbolitos en la cumbre de una montaña. El primero esperaba convertirse en un cofre de tesoros; el segundo confiaba en transformarse en un gran navío; el tercero anhelaba para ser admirado como el árbol más grandioso de todos los tiempos. Pero pocos años después, aún sin crecer demasiado, sus esperanzas se trucaron. Fueron talados y vendidos. El primero acabó en un establo como cajón de paja; el segundo fue convertido en una barquichuela de pesca; el tercero sólo sirvió para hacer dos tablones olvidados. Aquellas humildes maderas lamentaron su anónimo destino.

Un frío día de invierno aquel tosco pesebre sirvió de cuna para un niño visitado por reyes y ángeles. Años más tarde, aquella frágil embarcación parecía hundirse bajo una gran tormenta. Uno de los pescadores ordenó remansarse a las olas y se presenció el milagro de la calma en medio de la tempestad. Un viernes, poco tiempo después, aquellos pobres maderos –clavados como vil medio de tortura-, se convirtieron en cruz, el símbolo más universal de la humanidad. Esta historia, protagonizada por Jesucristo, sucedió en el portal de Belén, en el lago de Genesaret y en Jerusalén. Ocurrió hace dos siglos, pero sigue siendo un referente para creyentes e incrédulos.

En navidad solemos analizar hacia dónde va nuestra vida. Comprendemos que nacimos y que moriremos, que ha pasado vertiginosamente un año más. Nos preguntamos qué fue de nuestros planes de infancia y juventud. Seguramente muchos empeños han quedado arrinconados, enterrados por los acontecimientos que nos desbordan. En medio de nuestra existencia, sentimos el ajetreo que nos zarandea como a la barca de Pedro. Necesitamos un reposo navideño para descubrir la trascendencia de nuestro destino, que nos parece tan anodino en ocasiones.

El nuevo año es una oportunidad inmejorable. Los tres árboles alcanzaron lo que pidieron, sólo que no en la forma en que lo imaginaron. Nosotros también podemos obtener lo que ansiamos, aunque quizá sea de modo diferente al que lo suponemos. La vida tiene sentido: Su significado profundo está bien descrito por el “espíritu navideño”. Paz, amor, buena voluntad entre las gentes y entre los pueblos. No es una utopía, es posible,… sólo hay que creérselo y aplicarlo. ¿Por qué no lo intentamos todos en 2006?

Mikel Agirregabiria Agirre. Getxo
http://mikel.agirregabiria.net

Versión final en: http://mikel.agirregabiria.net/2005/remanso.htm