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Tomás Mazón reescribe la primera vuelta al mundo de Elcano

Hoy, jueves 23 de octubre de 2026 (que alcanzamos 24 millones de visitas esta madrugada), hemos tenido Carmen y yo el privilegio de pasar toda la mañana y comer con Tomás Mazón Serrano, un ingeniero amigo de Aitor (con quien estuvo en Sudáfrica trabajando) apasionado por la historia y cuyos libros que recuperan la primera vuelta al mundo y cambian nuestra visión del planeta y de la historia de la humanidad. Su emocionante web, rutaelcano.com, escrita y diseñada por él  mismo debiera ser objeto de estudio obligatorio en la educación.

Tomás Mazón nació en Alicante en 1975, reside en Villanueva de la Serena (Badajoz) y ejerce como ingeniero técnico de obras públicas. No es historiador universitario de oficio, y esa condición de diletante entusiasta da a su trabajo un aire excepcional: el de quien se acerca y navega entre los archivos con método científico y curiosidad de aficionado, en el mejor sentido de la palabra, hasta superar la visión previa de la historia más gloriosa pero peor contada de navegantes vascos como Elcano (de Getaria) y Urdaneta (de Ordizia). 

Su vocación empezó en la red, con rutaelcano.com, una web sobre la primera circunnavegación donde él mismo elabora los mapas. Sus editores la presentan como referencia con más de millón y medio de visitas, una cifra que conviene tomar como dato de la editorial. El reconocimiento llegó pronto. En 2020 recibió el XI Premio Magallanes-Elcano, del Círculo de Artesanos de Sanlúcar de Barrameda, y en 2022 el Premios Casa Asia 2022 en la categoría de Cultura y Sociedad. El jurado de este último destacó su labor de investigación y divulgación para dar a conocer la expedición de Magallanes y Elcano a un público no especializado, con una visión nueva basada en fuentes originales. 

A ello suma más de 59 conferencias hasta hoy en foros académicos y extraacadémicos. Ayer tarde dictó una ponencia en la Sociedad Bilbaína y aprovechando esa oportunidad hoy le hemos acompañado en su visita a Portugalete (Bizkaia), último de los lugares de Elcano que tenía pendiente de realizar. En el vídeo inicial nos explicó el motivo que se relaciona con su tercer libro. Tras la primera vuelta al mundo de Juan Sebastián Elcano, la siguiente expedición que se organizó fue la Expedición de fray García Jofre de Loaysa (también conocida como la Segunda Armada de la Especiería). 

A comienzos de 1525, el propio Juan Sebastián Elcano (nombrado piloto mayor y segundo al mando de la flota) reclutó hombres, reunió provisiones y armó cuatro de las naves en la villa vizcaína de Portugalete. Esta flotilla inicial partió de las aguas de la ría de Portugalete con rumbo a La Coruña, donde se unió al resto de la gran expedición  para iniciar el viaje definitivo hacia las islas Molucas. En este histórico viaje desde el puerto vasco también se enroló un jovencísimo Andrés de Urdaneta, quien se convertiría en uno de los cosmógrafos más importantes de la historia. Alcanzó fama universal por descubrir y documentar la ruta a través del océano Pacífico desde Filipinas hasta Acapulco, conocida como Ruta de Urdaneta o tornaviaje. 

Tres libros, absolutamente recomendables porque son tres modos de mirar una hazaña. Su primer libro, Elcano. Viaje a la historia, apareció en 2020 y fue reeditado en versión ampliada en 2022, con Ediciones Encuentro. Es el relato de conjunto de la expedición que Magallanes concibió y Elcano remató.

Los dos siguientes miran hacia los márgenes. Espinosa. El último capitán de la vuelta al mundo (Encuentro, 2022) reconstruye la vida de quien quedó al mando de la nao Trinidad en Tidore mientras Elcano mandaba la Victoria, y regresó a España en 1527. Según la reseña de la Revista de Historia Naval, el libro se cierra con catorce transcripciones documentales que aportan datos nuevos sobre su vida. Un lector lo describe como una biografía levantada a partir de actas notariales, registros administrativos, pleitos y cartas de petición de socorro, es decir, de papeles y no de epopeya.

El tercero, La vuelta al mundo maldita (Edaf, 2024), cuenta la expedición de García Jofre de Loaysa. Comenzó en 1525 y no terminó hasta 1536 para quienes lograron volver: apenas doce de sus 450 integrantes. Es una cifra que da el propio autor, y otras fuentes sobre esta empresa manejan números algo distintos, lo que ya habla de lo difícil que es reconstruirla. Elcano murió en medio del Pacífico durante ese viaje, de modo que el segundo libro y el tercero se tocan: Espinosa y Loaysa son las dos caras de lo que ocurrió después de la gloria. 

El conocimiento como travesía. Lo más sugerente de Mazón no es solo lo que cuenta, sino cómo llega hasta ahí. Para el libro sobre Loaysa visitó nueve archivos históricos solo en 2023. Es la versión terrestre del oficio de navegante. Se parte con una hipótesis, se corrige el rumbo con cada folio hallado y se vuelve con menos certezas y algo más de verdad. Nadie recibe el conocimiento como un mapa terminado. Se hace con documentos, con paciencia y con la disposición a que un papel desmienta la leyenda cómoda.

Hay en ello una lección discreta para quienes enseñamos y aprendemos. Desconfiar de la versión heroica no significa despreciarla, sino contrastarla. Las fuentes originales no destruyen la hazaña, la vuelven humana: devuelven nombres, miedos, pleitos y súplicas a quienes la protagonizaron. Y quizá por eso Mazón ha elegido mirar a los segundos capitanes, a los que quedaron atrás y a los que el relato oficial dejó sin foco. Queda una pregunta abierta. ¿Cuántas historias de nuestro propio entorno esperan, sin leer, en un archivo municipal, parroquial o familiar? 

Una propuesta de acción a diez años: Propongo un plan en tres escalones, con objetivos medibles. A 2 años, leer los tres libros de Mazón y escribir una reseña de cada uno, publicada en un blog, una revista local o una biblioteca. La evaluación es sencilla: tres reseñas publicadas y, al menos, una conversación pública sobre ellas, en un club de lectura, por ejemplo. A 5 años, pasar de leer a participar: colaborar como voluntario en la transcripción de documentos históricos de un archivo o una asociación cultural cercana, con la meta de veinte documentos transcritos y revisados por un archivero o historiador que valide la calidad. A 10 años, llevar la experiencia a un aula, una biblioteca o un grupo vecinal mediante un taller anual de fuentes primarias, en el que cada grupo reconstruya la biografía olvidada de alguien de su localidad con al menos tres documentos originales. Se evaluaría contando biografías publicadas y participantes, y con una pequeña rúbrica de pensamiento crítico: ¿distingue el grupo entre hecho, interpretación y leyenda? Si al cabo de una década hay veinte vidas recuperadas del olvido, el viaje habrá merecido la pena.

Tomás Mazón en Portugalete

Álbum de imágenes y vídeos. Otros posts sobre este autor.

De Gilgamesh a la tortuga Jonathan: Secretos de longevidad

Hay una fotografía de la década de 1880 en la que una tortuga gigante, ya adulta, recorre los jardines de Plantation House, en Santa Elena. Es Jonathan. Se calcula que nació hacia 1832 y sigue allí, con unos 194 años: el animal terrestre más longevo que conocemos. El 7 de octubre de 2026, Science Advances publicó la lectura de su genoma y de su epigenoma, el registro de qué genes se encienden y cuáles se apagan.

Buscaban uno de los secretos de la longevidad y encontraron dos cosas. El equipo, dirigido por Stephen Clark desde la Fundación Kallel, halló 287 variantes genéticas únicas ligadas a la reparación del ADN, la inflamación, la insulina y la defensa frente al cáncer. Y algo más llamativo: los reguladores de los genes de la energía y de la reparación se han mantenido estables durante casi dos siglos. No parece solo buena herencia; parece poco desgaste. 

Del elixir al gen: una búsqueda de milenios. En el poema de Gilgamesh, el rey de Uruk consigue una planta que devuelve la juventud y decide probarla antes con un anciano, un esbozo de ensayo clínico que no llega a celebrarse: una serpiente se la roba. Milenios después, el noble veneciano Luigi Cornaro hizo de la sobriedad un método para vivir mucho, y Nietzsche le objetó que confundía la causa con el efecto: no vivía largo por comer poco, comía poco por su metabolismo lento. En 1993, Cynthia Kenyon comprobó que alterar un solo gen, daf-2, hacía vivir a un gusano más del doble: envejecer tenía palancas.

Longevidad animal: tiburones y tortugas gigantes. Se ha calculado que el tiburón de Groenlandia alcanza al menos 272 años. Un estudio de 2016 estimó su edad con el radiocarbono del cristalino ocular y usó la huella de las pruebas nucleares como marcador temporal. En 2019, un equipo de Yale y de la Universidad de Oviedo secuenció a Lonesome George y a una tortuga de Aldabra y señaló variantes en genes de reparación del ADN, inflamación y cáncer. Jonathan añade el epigenoma.

Longevidad humana: la lección de María Branyas (posts previos). María Branyas llegó a los 117 años y se ofreció a ser estudiada. El análisis de su caso, publicado en Cell Reports Medicine en 2025, halló telómeros muy cortos y linfocitos B envejecidos junto a inflamación baja y un epigenoma más joven que su edad: en ella convivían la vejez extrema y la salud. Uno de los autores del trabajo sobre Jonathan ve una coincidencia en las mitocondrias, las centrales de energía de la célula, eficientes en ambos. 

Un solo caso no cierra el expediente. Conviene no precipitarnos. Jonathan es un único ejemplar, no se le puede sacar sangre, parte de su genoma hubo que completarlo con ADN de una tortuga más joven y el propio equipo admite que no sabe si ese orden genético causa su longevidad o solo la acompaña: la vieja objeción de Nietzsche a Cornaro. Elixires, ninguno. Queda algo menos épico y quizá más útil: la edad y la enfermedad pueden, en ciertas condiciones, desvincularse.

Gilgamesh volvió a Uruk sin la planta y enseñó sus murallas a su compañero de viaje: eso, y no la juventud, es lo que queda. Con el conocimiento pasa igual: ningún animal explica la longevidad por sí solo; cada estudio coloca un ladrillo. Unamuno dedicó un capítulo de Del sentimiento trágico de la vida al «hambre de inmortalidad»; la ciencia, más modesta, aspira a entender cuánto de nuestro desgaste puede aplazarse. 

Una propuesta de acción. Proponemos tres metas escalonadas. A dos años: leer cada trimestre un artículo científico original sobre envejecimiento, empezando por el de Jonathan, y contrastarlo con su titular en prensa (ocho lecturas, un cuaderno de discrepancias). A cinco: escribir cada año una entrada que actualice lo que sabemos, revisada por una persona experta. A diez: ofrecer como voluntariado un taller intergeneracional sobre cómo distinguir un hallazgo de una promesa. Evaluación: el cuaderno, las correcciones recibidas y una breve encuesta antes y después de cada taller. 

Número de Avogadro, 6.022 × 10²³, o la inmensidad de átomos

Imagina que dejas caer una gota de agua en el Mediterráneo. Dentro de esa gota diminuta nadan, apretadas, tantas moléculas de H₂O como gotas cabrían en todo el mar que acaba de recibirla. La comparación no es una licencia poética: es, casi, aritmética exacta. Y es también la puerta de entrada más honesta a un número que ninguna mente humana está preparada para imaginar sin ayuda: 6,02214076 × 10²³, la constante de Avogadro. 

Esa inmensa cifra en notación científica expresa 0,6 cuatrillones de átomos, moléculas o iones (cuántas entidades) que caben en cada mol de sustancia. Por ejemplo, en 12 gramos de carbono-12 contienen exactamente ese número de átomos; 18 gramos de agua (H₂O = 2+16), ese mismo número de moléculas. Es lo que une el mundo macroscópico que tocamos —gramos, litros, cucharadas— con el mundo microscópico que no vemos —átomos, electrones, iones—. 

Una hipótesis que tardó un siglo en confirmarse. El nombre honra al físico turinés Amedeo Avogadro, que en 1811 propuso una idea entonces heterodoxa: volúmenes iguales de gases distintos, a la misma presión y temperatura, contienen el mismo número de partículas. Avogadro murió en 1856 sin haber calculado jamás su propio número; ni siquiera sabía que llegaría a existir como tal. Fue el químico Stanislao Cannizzaro quien, en el Congreso de Karlsruhe de 1860, rescató la hipótesis del olvido y la convirtió en herramienta de trabajo para toda una generación de químicos.

El primero en aventurar una cifra fue el físico austriaco Josef Loschmidt, en 1865, a partir de la teoría cinética de los gases. Pero la confirmación experimental decisiva llegó con Jean Perrin, que entre 1908 y 1909 observó el movimiento browniano de partículas en suspensión y dedujo, con una precisión notable para la época, un valor cercano al actual. Perrin fue quien bautizó la cifra como «constante de Avogadro» y por ese trabajo recibió el Nobel de Física en 1926. Poco después, los experimentos de Robert Millikan sobre la carga del electrón permitieron afinarla todavía más.

De medida experimental a definición exacta. Durante más de un siglo, el número de Avogadro fue, precisamente, un número medido: una cifra que los laboratorios perfeccionaban década tras década, con su correspondiente margen de incertidumbre. Eso cambió el 20 de mayo de 2019, cuando entró en vigor la revisión del Sistema Internacional de Unidades. Desde entonces, la constante de Avogadro ya no se mide: se define. Su valor, 6,02214076 × 10²³ por mol, es exacto por decreto científico internacional, y es esa cifra fija la que ahora define qué es un mol, en lugar de al revés. La ciencia, en este punto concreto, invirtió el orden habitual entre medida y definición.

Contar lo incontable, para pensar mejor. Lo más notable del número de Avogadro no es sólo su magnitud, sino lo que enseña sobre el método científico: una hipótesis audaz, sostenida sin pruebas directas durante décadas, verificada después por caminos independientes —cinética de gases, movimiento browniano, carga eléctrica— que convergieron en la misma cifra. Esa convergencia, más que el número en sí, es la lección que merece sobrevivir a cualquier examen de química.

Propongo llevar esa lección a las aulas de secundaria y bachillerato: que cada centro dedique, dentro de su programación anual de ciencias, un taller de «cifras que cambiaron la ciencia» donde el alumnado reconstruya, con datos y manos propias, cómo se llega a un número como este por vías distintas. El objetivo, medible curso a curso mediante encuestas de percepción sobre la ciencia y el porcentaje de alumnado que elige optativas científicas, sería duplicar en un plazo de cinco años el interés declarado por la química entre los quince y los diecisiete años, y consolidar el taller, en la próxima década, como parte ordinaria del currículo.

De Los Álamos a Wall Street: Historia del Método Montecarlo

Hoy revisamos la el origen de un método científico revolucionario inventado por por un solitario en una época histórica. En 1946, convaleciente tras una grave meningitis, el matemático polaco Stanisław Ulam mataba las horas jugando solitarios de cartas. Se preguntó, como buen matemático, cuál era la probabilidad de que un solitario de tipo Canfield saliera bien. El cálculo combinatorio exacto resultaba desalentador: demasiadas variables, demasiadas combinaciones posibles. Entonces se le ocurrió una alternativa mucho más pedestre y, a la vez, mucho más fecunda: en lugar de calcular, jugar. Repetir la partida cien veces, doscientas, mil, y contar simplemente cuántas se resolvían. La frecuencia observada haría las veces de probabilidad. Había nacido, en la ociosidad de una convalecencia, la idea germinal de lo que hoy conocemos como método de Montecarlo. 

La anécdota tendría poco recorrido si no hubiera encontrado, casi de inmediato, un problema real y urgente a la altura de su ambición. Ulam trabajaba entonces en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, en plena posguerra, dentro del programa nuclear estadounidense. Allí los físicos se enfrentaban al reto de calcular la difusión de neutrones en el interior de un reactor o de un arma de fisión: un proceso con tantas variables aleatorias entrelazadas —trayectorias, colisiones, energías liberadas— que ninguna ecuación cerrada permitía resolverlo con los métodos deterministas al uso. Ulam comprendió que su solitario y el problema de los neutrones compartían la misma naturaleza estocástica y que, por tanto, admitían el mismo remedio: simular el proceso miles de veces y extraer de esa simulación una respuesta estadística.

Compartió la idea con su amigo y colega John von Neumann, quien de inmediato calibró su alcance. Von Neumann diseñó el procedimiento matemático para llevarlo a la práctica en el ENIAC, el primer ordenador electrónico de propósito general, ideando además el método de los cuadrados medios para generar las secuencias de números pseudoaleatorios que el cálculo exigía. Fue otro físico del laboratorio, Nicholas Metropolis, quien bautizó a la criatura: la llamó método de Montecarlo, en homenaje jocoso al casino del Principado de Mónaco donde un tío de Ulam solía dilapidar su dinero a la ruleta. El azar, convertido en herramienta de cálculo, merecía un nombre que rindiera tributo al azar como institución. En 1949, Metropolis y Ulam formalizaron la técnica en un artículo ya clásico publicado en el Journal of the American Statistical Association, y desde entonces el método no ha dejado de extenderse. 

El método de Montecarlo es una razón que renuncia a la certeza deductiva y acepta trabajar desde dentro del propio azar, multiplicando la experiencia posible hasta que la incertidumbre se vuelve, paradójicamente, manejable. No es la razón que impone un orden previo al mundo, sino la que aprende a habitar su desorden y a extraer de él regularidades útiles. 

Ochenta años después, el método de Montecarlo gobierna ámbitos que sus creadores apenas habrían imaginado: la valoración de derivados financieros y la gestión del riesgo en economía, los algoritmos de aprendizaje por refuerzo en inteligencia artificial, la física de partículas, la epidemiología o el diseño de videojuegos. Todo arranca, sin embargo, de un gesto modesto: la curiosidad ociosa de un convaleciente ante una baraja de cartas, transformada por la inteligencia colectiva de Los Álamos en una de las herramientas de cálculo más poderosas jamás concebidas. Pocas historias ilustran mejor cómo el juego, tomado en serio, puede alumbrar ciencia de primer orden.

@quantumpablo

El origen del método Montecarlo

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Las 5 leyes de la estupidez humana de Carlo M. Cipolla

Es un post que prometimos, por duplicado, hace más de un año: Las cinco leyes de Cipolla, o por qué subestimamos siempre la estupidez. En 1976 el historiador económico italiano Carlo M. Cipolla, profesor durante décadas en Berkeley y reconocido por sus estudios sobre la peste negra, la demografía preindustrial y la historia monetaria del Mediterráneo, se permitió un ejercicio insólito: aplicar el rigor de su oficio a un objeto de estudio que la ciencia social solía esquivar por pudor, la estupidez humana. El resultado, un breve ensayo titulado Le leggi fondamentali della stupidità umana, circuló primero de forma casi clandestina entre colegas y amigos antes de convertirse en un clásico menor de la literatura económica, citado hoy con la misma seriedad con que se cita a Adam Smith o a Max Weber. 

La originalidad de Cipolla no reside tanto en el humor —templado, socarrón, muy en la tradición del ensayo italiano— como en el método. Construye un plano cartesiano donde el eje horizontal mide la ganancia o pérdida que una acción reporta a quien la ejecuta, y el eje vertical, la ganancia o pérdida que reporta a los demás. En ese espacio de cuatro cuadrantes distingue al inteligente, que beneficia a la vez a sí mismo y a la colectividad; al bandido, que se beneficia a costa ajena; al incauto o «desdichado», que beneficia a otros perjudicándose a sí mismo; y, por último, al estúpido, definido con una precisión casi notarial como quien causa daño a otra persona o grupo sin obtener provecho alguno, e incluso perjudicándose él mismo en el proceso.

Sobre esta matriz erige sus cinco leyes. La primera advierte que siempre, inevitable e imperceptiblemente, subestimamos el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo. La segunda —quizá la más incómoda— sostiene que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica suya: ni el título universitario, ni la posición social, ni la pertenencia a una élite ilustrada inmunizan contra ella. La tercera formula la definición ya citada, el corazón técnico del sistema. La cuarta observa que quienes no son estúpidos suelen subestimar sistemáticamente el poder de daño de quienes sí lo son, olvidando que tratar con un estúpido resulta, tarde o temprano, ruinoso. La quinta y última ley, la más provocadora, proclama que el estúpido es el tipo de persona más peligroso que existe, más incluso que el bandido.

Primera ley: Siempre subestimamos la cantidad de estúpidos. La primera afirmación sostiene que todos subestimamos inevitablemente el número de personas estúpidas que existen. Incluso cuando creemos haber realizado una estimación prudente, la realidad acaba sorprendiéndonos. La observación contiene una advertencia educativa: la inteligencia, la cultura, la posición social o la formación académica no garantizan que una persona vaya a actuar racionalmente en todas las circunstancias. 

Segunda ley: La estupidez no depende de otras características. La segunda ley afirma que la probabilidad de que una persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica personal. Para Cipolla, la estupidez aparece en todos los estratos sociales, profesiones, niveles económicos y grados de educación. La provocación es deliberada: obliga a abandonar la cómoda idea de que determinados grupos poseen un monopolio de la racionalidad. 

Tercera ley: La definición económica de la estupidez. Esta es la pieza central de la teoría. Cipolla considera estúpida a la persona que causa un perjuicio a otra persona o grupo sin obtener con ello ningún beneficio para sí misma, e incluso pudiendo resultar perjudicada. El criterio no es, por tanto, cuánto sabe alguien, sino qué consecuencias produce su conducta. Cipolla construye así una matriz basada en dos variables: beneficio o perjuicio propio y beneficio o perjuicio ajeno. De ella surgen cuatro categorías: quienes benefician a los demás y a sí mismos; quienes benefician a otros a costa de sí mismos; quienes buscan su propio beneficio perjudicando a otros; y, finalmente, quienes perjudican a otros sin obtener beneficio propio. 

Cuarta ley: Infravaloramos el poder destructivo. La cuarta ley sostiene que las personas no estúpidas subestiman constantemente el potencial dañino de la estupidez. El problema no reside únicamente en la existencia de comportamientos irracionales, sino en nuestra dificultad para anticiparlos. En economía, política, educación o gestión institucional, una decisión aparentemente absurda puede generar costes muy superiores a los previstos cuando afecta a muchas personas o se incorpora a sistemas complejos. 

Quinta ley: La estupidez es especialmente peligrosa. La quinta ley lleva el argumento a su conclusión más provocadora: la persona estúpida constituye el tipo humano más peligroso. Su célebre corolario afirma que el estúpido puede resultar más peligroso que el malvado. La razón es sencilla dentro del modelo de Cipolla: el malvado persigue un beneficio y, por ello, su comportamiento puede ser parcialmente previsible. El estúpido, en cambio, puede provocar daños sin obtener ninguna compensación. 

Esa jerarquía merece detenerse en ella. Cipolla razona como economista: el bandido es previsible, porque su cálculo de beneficio propio permite anticipar su conducta y, en cierta medida, negociar con él o protegerse de él. El estúpido, en cambio, actúa sin lógica de beneficio, lo que vuelve su comportamiento errático e imposible de prever, y por tanto más costoso para el conjunto social. 

Leído hoy, el ensayo de Cipolla trasciende la boutade universitaria. Sus categorías ofrecen un instrumento útil para analizar el funcionamiento de organizaciones, mercados y sistemas educativos, allí donde las decisiones ineficientes rara vez obedecen a cálculos maliciosos y con más frecuencia a la simple ausencia de reflexión sobre sus efectos colectivos. Cipolla nunca pretendió que sus leyes fueran un tratado científico en sentido estricto, y él mismo las presentó con la ironía de quien sabe que la mejor manera de hablar en serio de algo incómodo es hacerlo sonriendo. Pero medio siglo después, su pequeño catálogo de la insensatez humana sigue leyéndose —y aplicándose— con una seriedad que probablemente lo habría divertido a él mismo.

Manuscrito de Voynich: Un libro que nadie ha sabido leer

Hay libros que se leen y libros que se interpretan. Y luego está el Manuscrito Voynich, un códice que, seis siglos después de su creación, sigue sin dejarse hacer ninguna de las dos cosas. Ni una sola palabra de sus más de 240 páginas ha sido traducida con garantías. Ningún criptógrafo, lingüista, matemático o algoritmo de inteligencia artificial ha logrado quebrar su cifra. Y sin embargo, el texto se comporta como un lenguaje real: tiene estructura, ritmo, regularidades estadísticas. Parece decir algo. Simplemente no sabemos qué.

Un objeto sin contexto. El pergamino sobre el que está escrito ha sido datado por carbono-14 entre 1404 y 1438, y el análisis estilístico apunta a la Italia del Renacimiento como lugar de origen. Su primer propietario documentado fue el alquimista praguense Georg Baresch, en el siglo XVII, pero el manuscrito debe su nombre al librero polaco Wilfrid Voynich, que lo adquirió en 1912 y lo sacó del anonimato. Hoy se conserva en la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale.

Sus páginas están pobladas de ilustraciones desconcertantes: plantas que no corresponden a ninguna especie catalogada, diagramas astrológicos, mujeres bañándose en estructuras tubulares que parecen circuitos biológicos o hidráulicos. Todo ello envuelto en una escritura —bautizada como “voynichés”— que imita el aspecto de un idioma sin que nadie haya conseguido asignarle significado estable.

Un siglo de intentos fallidos. Desde su redescubrimiento, el manuscrito se ha convertido en el examen imposible al que se someten sucesivas generaciones de descifradores: criptógrafos militares de las dos guerras mundiales, lingüistas históricos, matemáticos, aficionados obsesivos y, más recientemente, sistemas de inteligencia artificial entrenados para encontrar patrones. Ninguno ha resistido el escrutinio de la comunidad académica. Cada supuesta solución ha terminado revelándose como proyección: encontramos sentido donde solo hay ambigüedad estadística, un fenómeno cercano a la pareidolia lingüística.

Lo que dice la investigación más reciente. El año 2026 ha traído dos aportaciones que, sin resolver el enigma, lo reformulan con más precisión. Un estudio del periodista científico Michael Greshko, publicado en la revista Cryptologia, comprobó si un método de cifrado ejecutable a mano podía explicar patrones estadísticos que aparecen repetidamente en el documento, como la frecuencia de ciertos símbolos y la longitud media de las palabras. El trabajo no descifra el texto, pero demuestra que un sistema de codificación plausible para el siglo XV puede reproducir buena parte de sus rarezas formales, sin necesidad de recurrir a explicaciones anacrónicas.

Casi en paralelo, otra investigación ha planteado una hipótesis más inquietante: que el manuscrito pudo diseñarse deliberadamente para resultar ilegible, como una estructura pensada para engañar a cualquier lector que intentara descifrarla. No se trataría de un idioma perdido ni de un simple galimatías, sino de un artefacto construido con la intención expresa de resistir la interpretación. Ambas líneas coinciden en algo relevante: el Voynich sigue sin rendirse, pero ya no se le considera invencible por definición. El terreno de juego, dicen los especialistas, ha cambiado.

Por qué nos sigue importando. Más allá de la curiosidad criptográfica, el Voynich plantea una pregunta filosófica de fondo: ¿qué hacemos ante un texto que se resiste absolutamente a nuestros instrumentos de conocimiento? En una época dominada por la promesa de que la inteligencia artificial puede descifrarlo todo, el manuscrito funciona como recordatorio de humildad epistemológica. No todo objeto simbólico cede ante la potencia de cálculo. A veces, el sentido —si existe— sigue siendo terreno exclusivamente humano, o quizás ni siquiera eso. El Voynich seguirá ahí, resistiendo, mientras cada generación proyecte sobre sus páginas su propia obsesión por descifrar lo indescifrable.

Resumen. Manuscrito Voynich: seis siglos sin que nadie lo descifre. Un libro que la inteligencia artificial tampoco logra leer. Voynich, el libro que desafía a criptógrafos e IA por igual. Humildad epistemológica: lo que el Voynich nos sigue enseñando. El Manuscrito Voynich y los límites del conocimiento humano. La escritura que parece idioma sin serlo.

Adiós a Edgar Morin, conciencia crítica de un siglo

Hoy dedicamos este obituario a Edgar Morin, o la imposible tarea de vivir solo un siglo. El 29 de mayo de 2026 falleció en París Edgar Morin a los 104 años, cerrando una de las trayectorias intelectuales más influyentes del siglo XX y los albores del XXI. Con él desaparece algo más que un filósofo o un sociólogo: se apaga la voz de quien acaso mejor encarnó la vocación de comprender el mundo en su irreductible complejidad.

Nacido con el nombre de Edgar Nahoum en el seno de una familia judía sefardí, Edgar Morin (otros posts) se formó como sociólogo, aunque prefería definirse a sí mismo como un "humanólogo", fusionando filosofía, psicología, etnografía y biología para intentar comprender la naturaleza de la humanidad. Esa negativa a quedarse en un solo campo del saber no era capricho intelectual sino imperativo ético: el mundo, creía, no se deja apresar por ninguna disciplina aislada.

Su biografía personal es, en sí misma, un compendio del siglo más violento de la historia europea. Pacifista y activista antifascista ya en los años treinta, fue miembro de la Resistencia durante la ocupación nazi y participó en el Partido Comunista Francés hasta su expulsión disidente. Más tarde se opuso a la guerra de Argelia. La coherencia entre pensamiento y acción, tan rara en el mundo intelectual, fue en Morin una constante de décadas. A sus 102 años alzó aún su voz para denunciar lo que consideraba la masacre del pueblo palestino en Gaza, convocando a una "nueva resistencia" que tomara partido por Eros —la potencia creadora— frente a Pólemos y Tánatos, la guerra y las pulsiones de muerte.

Su contribución teórica central, el llamado pensamiento complejo, es una de las grandes apuestas epistemológicas de la segunda mitad del siglo XX. Frente a la especialización creciente del conocimiento científico —que Morin identificaba con una forma de barbarie cognitiva—, propuso una racionalidad capaz de articular contradicciones, asumir la incertidumbre y dialogar entre saberes. Su monumental obra El Método, en seis volúmenes, es la arquitectura más ambiciosa de ese proyecto. No pretendía dar respuestas definitivas, sino enseñar a formular mejores preguntas.

En el ámbito educativo, su influencia fue igualmente profunda. Su ensayo Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999, sigue siendo un texto de referencia inevitable. Allí argumentaba que la escuela enseña saberes parcelados pero no enseña a vivir, ni a afrontar la incertidumbre, ni a comprenderse como ciudadanos de una tierra común. La educación, para Morin, debía formar seres humanos capaces de pensar su condición planetaria: una tarea que, décadas después, sigue pendiente con la misma urgencia.

Fuera del ámbito estrictamente académico, Morin también dejó huella en el cine documental: en 1961 codirigió junto a Jean Rouch Chronique d'un été, considerada una obra clave del llamado cinéma vérité. Ese gesto —descender del púlpito filosófico para escuchar la voz de la gente en la calle— era coherente con toda su antropología.

El presidente Emmanuel Macron lo calificó como el "pensador del siglo", mientras que el expresidente François Hollande destacó que Morin dejaba "las llaves para la comprensión de la evolución humana". Son homenajes merecidos, aunque Morin habría sido el primero en advertir que ninguna llave abre todas las puertas, y que la complejidad de lo humano siempre desborda a quien pretende comprenderla del todo.

Queda su obra. Queda su ejemplo de intelectual comprometido que nunca confundió el compromiso con el dogmatismo. Queda, sobre todo, esa pregunta que atraviesa toda su escritura y que él encarnó con una longevidad casi inverosímil: ¿cómo aprender a vivir con la incertidumbre sin rendirse ante ella? A los 104 años, Edgar Morin no respondió esa pregunta. Simplemente la vivió.

Principio antrópico: Entre física moderna y filosofía científica

Hoy repasamos "El Principio Antrópico", una ventana de intersección entre Física y Filosofía. Es divertido verla aparecer en una de nuestras mejores escenas de TBBT (The Big Bang Theory). En 1973, el cosmólogo Brandon Carter pronunció en Cracovia una conferencia que resonaría durante décadas en los pasillos de la física y la filosofía. 

Su propuesta, denominada principio antrópico, planteaba una cuestión aparentemente simple pero profundamente perturbadora: las constantes fundamentales del universo parecen ajustadas con precisión extraordinaria para permitir la existencia de observadores conscientes como nosotros. ¿Es esto mera coincidencia, necesidad profunda o algo que requiere explicación?

El principio antrópico surge de una observación empírica notable. Si la fuerza gravitacional fuera ligeramente más intensa, las estrellas consumirían su combustible demasiado rápido para permitir la evolución de la vida. Si la fuerza nuclear fuerte variara apenas un 2%, el carbono no se formaría en las estrellas y la química de la vida sería imposible. El universo observable exhibe un ajuste fino de aproximadamente 20 parámetros fundamentales, y la ventana de valores que permite la existencia de estructuras complejas es extraordinariamente estrecha.

Carter distinguió dos versiones del principio. La versión débil del Principio Antrópico establece que nuestras observaciones del universo están necesariamente sesgadas por el requisito de nuestra propia existencia como observadores. No podríamos encontrarnos en un universo que no permitiera observadores, del mismo modo que no podríamos haber nacido en una época anterior al desarrollo de nuestro planeta. Esta formulación, aunque aparentemente tautológica, tiene valor metodológico: nos recuerda que debemos considerar efectos de selección en nuestras observaciones cosmológicas.

La versión fuerte del Principio Antrópico resulta más controvertida. Sugiere que el universo debe poseer propiedades que inevitablemente permitan la existencia de vida en algún momento de su historia. Esta formulación conecta con preguntas metafísicas profundas sobre finalidad, diseño y la naturaleza misma de la existencia. Para algunos físicos, representa una rendición ante el misterio; para otros, señala hacia explicaciones más audaces como la hipótesis del multiverso.

La teoría del multiverso propone que existen innumerables universos con diferentes valores de constantes fundamentales. En este escenario, el ajuste fino deja de ser sorprendente: simplemente habitamos uno de los universos raros donde las condiciones permiten observadores. Esta explicación, sin embargo, genera sus propias dificultades. ¿Cómo podríamos verificar empíricamente la existencia de otros universos? ¿No reemplazamos un misterio por otro aún mayor?

El debate filosófico es igualmente rico. Algunos argumentan que el principio antrópico representa antropocentrismo disfrazado de ciencia, colocando nuevamente a la humanidad en el centro del cosmos. Otros sostienen que simplemente reconoce restricciones observacionales legítimas. El filósofo John Leslie utilizó la analogía del pelotón de fusilamiento: si cincuenta tiradores expertos fallan simultáneamente, el condenado tiene derecho a buscar una explicación más allá del mero azar.

En el ámbito educativo, el principio antrópico ofrece oportunidades pedagógicas valiosas. Ilustra cómo la ciencia enfrenta preguntas límite donde física, filosofía y metafísica se entrelazan. Enseña humildad epistémica: reconocer los límites de nuestro conocimiento mientras mantenemos el rigor del método científico.

Hoy, más de 50 años después de su formulación, el principio antrópico permanece sin resolución definitiva. Algunos lo consideran profundo, otros vacuo. Quizás su verdadero valor resida precisamente en mantener viva una pregunta fundamental: ¿por qué existe algo en lugar de nada, y por qué ese algo permite cuestionarse a sí mismo? En esta incertidumbre productiva reside la frontera más fascinante del conocimiento humano.

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Cuando la educación a medias impide pensar, según Feynman

Richard Feynman (ver en otros posts), uno de los físicos más brillantes del siglo XX y premio Nobel en 1965, tenía una capacidad extraordinaria para identificar las contradicciones fundamentales de nuestro tiempo. Su observación sobre la educación no es simplemente una crítica al sistema escolar: es un diagnóstico preciso de cómo la instrucción formal puede convertirse, paradójicamente, en un obstáculo para el verdadero conocimiento. Richard Feynman amaba la docencia y solía practicar durante cinco horas en un aula vacía antes de impartir su clase. Cuando la pasión y el trabajo duro se combinan, el resultado es una obra maestra.

La frase del profesor Feynman señala una frontera peligrosa: ese punto exacto donde la educación deja de ser liberadora para convertirse en dogmática. La educación incompleta: cuando aprender es solo memorizar. No habla de ignorancia, sino de algo más insidioso: una semi-educación que proporciona respuestas suficientes para generar certezas, pero insuficientes herramientas para cultivar dudas productivas.

El espejismo de la competencia. Vivimos en una era de información abundante pero de pensamiento escaso. Los sistemas educativos tradicionales priorizan la transmisión de contenidos sobre el desarrollo de capacidades críticas. Aprendemos fechas, fórmulas y definiciones, pero rara vez nos enseñan a preguntarnos: ¿por qué esto es así? ¿Quién lo decidió? ¿Qué evidencias lo sostienen? ¿Qué alternativas existen?

Esta educación superficial genera lo que podríamos llamar "analfabetismo funcional del pensamiento": individuos capaces de recitar información pero incapaces de evaluarla, personas que confunden memorización con comprensión y repetición con análisis. El resultado es una sociedad de expertos en aprobar exámenes pero novatos en cuestionar premisas.

La tiranía de la respuesta correcta. Desde temprana edad, los estudiantes aprenden que existe “una respuesta correcta” para cada pregunta. Esta arquitectura pedagógica premia la conformidad intelectual y castiga la divergencia. El niño que pregunta “¿por qué?” demasiadas veces se convierte en un problema, no en un prodigio.

Esta dinámica crea adultos que buscan autoridad externa en lugar de cultivar criterio propio. Necesitamos que alguien nos diga qué pensar sobre el cambio climático, la economía o la política, porque nunca desarrollamos los músculos intelectuales necesarios para evaluar evidencias, detectar falacias o construir argumentos sólidos.

El pensamiento crítico como subversión. Feynman entendía que el verdadero pensamiento crítico es inherentemente subversivo. Cuestionar lo establecido implica arriesgarse a la incomodidad, tanto propia como ajena. Requiere humildad intelectual para admitir que podríamos estar equivocados, y valentía para desafiar consensos aparentes.

El pensamiento crítico auténtico no consiste en ser escéptico por sistema o adoptar posturas contrarias por principio. Implica desarrollar habilidades específicas: distinguir entre correlación y causalidad, reconocer sesgos cognitivos, evaluar la calidad de las fuentes, identificar argumentos circulares, comprender los límites del conocimiento propio.

Educar para la incertidumbre. La solución no pasa por abandonar la educación formal, sino por transformarla radicalmente. Necesitamos pedagogías que celebren la pregunta tanto como la respuesta, que enseñen a navegar la ambigüedad en lugar de huir hacia certezas prematuras.

Esto implica formar docentes que sean facilitadores del pensamiento en lugar de transmisores de verdades. Requiere currículos que incorporen la filosofía, la lógica y el método científico no como asignaturas aisladas, sino como fundamentos transversales. Exige evaluar la capacidad de argumentar, no solo de recordar.

La responsabilidad del conocimiento. Feynman nos recuerda que el conocimiento sin crítica es adoctrinamiento elegante. En una época de desinformación masiva y polarización ideológica, cultivar el pensamiento crítico no es un lujo académico: es una necesidad democrática urgente.

La verdadera educación nos hace incómodos con las respuestas fáciles, nos equipa para la duda razonable y nos empodera para seguir aprendiendo toda la vida. No se trata de saberlo todo, sino de saber cómo pensar sobre cualquier cosa.

@motivar_tu_dia El verdadero problema no es la falta de educación. El verdadero problema es una educación que enseña a aceptar sin cuestionar. Desde pequeños nos enseñan qué pensar, qué creer y qué repetir… pero casi nunca nos enseñan a dudar, a analizar ni a construir pensamiento propio. #desarrollopersonal #Motivación #FrasesMotivadoras #CrecimientoPersonal #LeccionesDeVida ♬ sonido original - Motiva tu día