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Momentos de memoria fotográfica de El País en Bilbao

Momentos de memoria fotográfica de El País en Bilbao
Álbum de imágenes.

Este domingo hemos podido ver y grabar la exposición Momentos, acogida en Bilbao hasta el 24 de septiembre de 2026. Es una selección de fotografías que recorre cinco décadas de historia a través de la mirada del fotoperiodismo de EL PAÍS. Instalada al aire libre en la calle Ercilla, la muestra reúne 55 imágenes de gran formato y convierte el espacio urbano en una particular galería de memoria colectiva.

La exposición forma parte de las actividades del 50º aniversario de EL PAÍS, nacido en 1976, y está comisariada por Marisa Flórez, fotógrafa y antigua editora gráfica del periódico. La selección combina acontecimientos internacionales y españoles que han quedado inscritos en la memoria contemporánea: la caída del Muro de Berlín, acontecimientos relacionados con las Torres Gemelas, migraciones, encuentros de dirigentes políticos o celebraciones deportivas. Son imágenes que, además de informar sobre un acontecimiento concreto, terminan convirtiéndose en iconos de una época.

Bilbao incorpora una dimensión especialmente cercana. Cinco fotografías añaden episodios vinculados a la historia vasca y bilbaína: la transformación industrial de Bizkaia, el regreso del lehendakari Jesús María Leizaola del exilio, la figura de José Ángel Iribar, la gabarra del Athletic surcando la ría y la Aste Nagusia. La elección establece un diálogo entre la historia general y la memoria local, entre aquello que aparece en los libros y aquello que permanece en la retina de varias generaciones.

La muestra recuerda también que hacer periodismo en Euskadi tuvo durante décadas una dificultad añadida por la violencia de ETA. El comisario de la exposición, Javier Moreno, señala que hubo un tiempo en que firmar una información con nombre propio podía entrañar un riesgo personal. La exposición no solo conserva fotografías: conserva también el contexto en el que fueron tomadas.

Cada imagen incorpora un código QR que permite acceder a un audio de la Cadena SER en el que Marisa Flórez explica su contexto y relevancia periodística. Así, la fotografía deja de ser únicamente contemplación y se convierte también en una invitación a comprender.

Quizá esa sea la idea más sugerente de Momentos: 50 fotografías no pueden contener 50 años de historia, pero pueden activar recuerdos personales y colectivos. Una imagen congela un instante; nuestra memoria se encarga después de devolverle movimiento. En una época saturada de imágenes digitales, la exposición reivindica precisamente el valor de aquellas fotografías que no solo muestran lo que ocurrió, sino que ayudan a entender quiénes fuimos, quiénes somos y cómo hemos llegado hasta aquí.

@agirregabiria

Momentos de El País en Bilbao 1/2

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@agirregabiria

Momentos de El País en Bilbao 2/2

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Una semana fuera del tiempo: ¿Pasado o futuro?

Hoy en la piscina un vecino murciano muy viajado, Javier Navarro Pina, nos ha planteado a un grupo una pregunta con mucha enjundia, que hemos ido respondiendo como hemos improvisado. Esta era la formulación: Si pudieras pasar una semana en cualquier momento de la historia pasada o del futuro, ¿qué año y lugar elegirías? 

Ahora, con un poco más de tiempo, descomponemos la pregunta en dos posts, porque es una cuestión sumamente interesante para un blog de historia, literatura, filosofía y educación: 1º ¿Preferirías conocer el pasado que nos explica o viajar al futuro para saber qué nos espera? 2º Sería definirte por un tiempo y lugar (en el siguiente post).

¿Viajarías al pasado para comprenderlo o al futuro para descubrirlo? Siete días para conocer mejor el pasado o para descubrir el futuro de la humanidad en este viaje improbable hacia adelante e imposible hacia atrás que todos querríamos hacer, hacia el ayer (incluso previo a  nuestro nacimiento) o al mañana cercano o remoto. ¿Conocer nuestros orígenes o nuestro destino? Serían dos formas fascinantes de conocer la humanidad, su principio y -quizá- su final, revivir cómo fuimos o cómo seremos.

Es una pregunta excelente porque obliga a elegir entre la nostalgia de lo que sabemos que ocurrió y la curiosidad por lo que todavía no conocemos. Si la elección fuera realmente libre —una semana, cualquier lugar, con regreso garantizado y sin alterar la historia—, yo distinguiría entre una elección intelectualmente fascinante y otra emocionalmente poderosa. Analizamos sus pros y contras de cada opción.

Una semana en el pasado. 

Ventajas: 1. Ser testigo de un momento histórico real. Podrías estar en Atenas durante la época de Pericles, en Florencia con Leonardo, en París durante la Revolución Francesa, en Bilbao durante la industrialización o contemplar una civilización desaparecida.

2. Ver a grandes personajes sin intermediarios. Conversar —si fuera posible entenderse— con Sócrates, Aristóteles, Cervantes, Shakespeare, Einstein o Marie Curie sería una experiencia incomparable.

3. Resolver enigmas históricos. ¿Quién dijo realmente determinadas frases? ¿Cómo era exactamente una batalla? ¿Qué ocurrió entre bastidores? ¿Cómo vivía una persona corriente en una época concreta?

4. Comprender la vida cotidiana. Los libros conservan acontecimientos, pero rara vez transmiten completamente los olores, sonidos, comidas, enfermedades, miedos, trabajos y relaciones humanas de una época.

5. Comparar mito y realidad. Quizá descubriríamos que algunas épocas que idealizamos fueron mucho más duras de lo que imaginamos.

Desventajas: Higiene, enfermedades y medicina: una semana podría ser mucho más peligrosa de lo que parece. Barreras lingüísticas: incluso viajando a nuestro propio país podríamos no entender fácilmente la lengua de hace siglos. Violencia y desigualdad: muchas sociedades históricas eran extraordinariamente inseguras. Ausencia de comodidades modernas: electricidad, antibióticos, agua corriente, comunicaciones… Riesgo psicológico: comprobar que nuestros héroes eran seres humanos bastante menos admirables podría resultar decepcionante. Y existe una gran paradoja: sabemos cómo terminó el pasado, pero no podemos cambiarlo.

Una semana en el futuro

Ventajas: 1. Conocer qué ocurrió realmente. Podríamos saber qué tecnologías triunfaron, cómo evolucionó la humanidad y qué problemas actuales fueron resueltos.

2. Contemplar tecnologías hoy inimaginables. Medicina regenerativa, inteligencia artificial, energía ilimitada, exploración espacial, longevidad inverosímil, realidad aumentada, teletransporte,…

3. Conocer el destino de la humanidad. ¿Habrá ciudades en Marte? ¿Habrá desaparecido el automóvil privado? ¿Cómo será la educación? ¿Seguirán existiendo los Estados?

4. Resolver incertidumbres personales y colectivas. Incluso podríamos descubrir qué ocurrió con nuestra familia, nuestra ciudad, nuestra cultura o nuestro propio legado.

5. Volver con conocimiento extraordinariamente valioso. Una semana en el futuro podría proporcionar información capaz de transformar nuestro presente.

Desventajas: Y aquí aparece el gran problema de una experiencia que sería radicalmente distinta. Podría ser un futuro que no quisiéramos conocer. Podríamos encontrarnos con: cambio climático irreversible; guerras devastadoras; pérdida de libertades; sociedades profundamente desiguales; una inteligencia artificial dominante; desaparición de especies; colapso demográfico; una humanidad que ya no reconocemos.

Además, existe un riesgo filosófico y científico (porque nada con masa puede viajar al futuro): si conocemos el futuro, quizá dejamos de ser libres respecto a él. Y otro todavía más inquietante: ¿qué ocurriría si descubrimos que nosotros mismos ya no existimos, o no que nada del legado propio personal o colectivo?

¿Qué elegiría yo?

Si la condición fuese regresar exactamente al presente al cabo de siete días y no modificar nada, elegiría el futuro. Pero no viajaría miles de años. Elegiría probablemente unos 100-150 años hacia adelante, quizá alrededor de 2150-2175.

¿Por qué? Porque 150 años permitirían contemplar transformaciones enormes sin convertir el viaje en una visita a un universo completamente incomprensible. Me interesaría especialmente observar: cómo viven las personas, cómo aman, cómo educan a sus hijos, qué leen, qué consideran trabajo, qué significa ser humano y qué relación mantienen con las máquinas. Más que conocer los inventos del futuro, querría descubrir qué ha ocurrido con la condición humana.

Y hay una segunda opción que parece todavía más tentadora: viajar al pasado a un momento concreto de Bilbao o del País Vasco, para observar durante una semana la vida cotidiana de nuestros antepasados. Porque el futuro podemos intentar construirlo; el pasado ya es irrecuperable.

La verdadera elección, en realidad, las dos opciones responden a dos deseos humanos legítimos pero diferentes: Pasado → “Quiero saber de dónde venimos.” o Futuro → “Quiero saber hacia dónde vamos.”

La Cultura de Iain M. Banks: Utopía e inteligencia artificial

Hoy analizamos una serie de libros de un autor que teníamos en cartera y que recomendaba el mismo Elon Musk en una reciente entrevista (post anterior). Cuando Iain M. Banks publicó Consider Phlebas en 1987, la space opera anglosajona llevaba años sin encontrar un pulso propio: el género parecía haber agotado su capacidad de asombro tras décadas de imperios galácticos y héroes solitarios. La serie de La Cultura vino a desmentir esa fatiga. A lo largo de diez volúmenes —de Consider Phlebas (1987) a The Hydrogen Sonata (2012), pasando por The Player of Games (1988), Use of Weapons (1990), la colección de relatos The State of the Art (1991), Excession (1996), Inversions (1998), Look to Windward (2000), Matter (2008) y Surface Detail (2010)— Banks construyó una civilización interestelar que sigue siendo, casi cuarenta años después, uno de los experimentos de imaginación política más ambiciosos de la ciencia ficción contemporánea. 

La Cultura es una sociedad post-escasez, sin dinero, sin propiedad privada y sin jerarquías coercitivas, gestionada en la práctica por Mentes: inteligencias artificiales de una capacidad tan vasta que la deliberación humana en los asuntos colectivos resulta casi decorativa. Sus ciudadanos, modificados genéticamente y libres de enfermedad, vejez o escasez material, dedican la vida al arte, al juego o a la experimentación hedonista, mientras las Mentes gobiernan naves, hábitats y orbitales con una mezcla de ironía, paciencia infinita y un humor que se manifiesta hasta en los nombres que eligen para sí mismas, como Just Testing o Falling Outside the Normal Moral Constraints. Ese trasfondo idílico no es, sin embargo, el verdadero centro dramático de la serie: Banks lo utiliza como contraste para explorar, a través de la rama encubierta de Contacto conocida como Circunstancias Especiales, los dilemas de una utopía que decide intervenir, a veces con violencia, en civilizaciones menos avanzadas para acercarlas a sus propios valores. La pregunta que recorre los diez libros no es tanto si la utopía es deseable, sino si tiene derecho, o incluso la obligación, de imponerse.

Esa tensión sitúa a Banks en diálogo con dos tradiciones que parecían difíciles de conciliar: el optimismo tecnológico de la space opera clásica y la reflexión anarquista y ambigua de Ursula K. Le Guin, cuya novela Los desposeídos comparte con La Cultura la voluntad de imaginar sociedades postcapitalistas sin renunciar a la complejidad moral. La serie resultó además decisiva para lo que la crítica anglosajona bautizó como la nueva space opera británica: sin ella resulta difícil entender el trabajo posterior de Ann Leckie, Alastair Reynolds o Peter F. Hamilton, todos deudores de esa combinación de erudición filosófica, ironía verbal y escala cósmica. 

Nacido en Dunfermline, Escocia, el 16 de febrero de 1954, Iain Banks estudió Literatura Inglesa, Filosofía y Psicología en la Universidad de Stirling. Su debut, The Wasp Factory (1984), lo instaló de inmediato como una de las voces más provocadoras de la narrativa británica, gracias a una violencia narrativa que dividió a la crítica entre el rechazo y la fascinación. A partir de 1987 alternó dos carreras bajo dos firmas: como Iain Banks publicó ficción contemporánea, y como Iain M. Banks —la M por Menzies, su segundo nombre— firmó La Cultura y otras novelas de ciencia ficción independientes de la saga. En abril de 2013 anunció públicamente que padecía un cáncer terminal de vesícula biliar; falleció dos meses después, el 9 de junio de 2013, poco antes de la publicación de su última novela, The Quarry.

Casi tres décadas después de Excession, La Cultura sigue leyéndose como una utopía incómoda: no promete un futuro sin conflicto, sino uno en el que el conflicto se desplaza de la escasez a la conciencia, del hambre a la ética de lo que se hace con la abundancia. Esa incomodidad, más que cualquier despliegue tecnológico, es probablemente su legado más duradero para la literatura y para quienes hoy piensan la inteligencia artificial no solo como herramienta, sino como posible sujeto moral. 

Resumen: Cuando la utopía decide intervenir: La Cultura de Banks. Iain M. Banks y la space opera que renovó el género. La Cultura: una utopía incómoda entre Le Guin y Asimov. Iain Banks, el escritor de las dos firmas y una utopía galáctica. Circunstancias Especiales: la utopía que impone su propia ética.

The Culture : the science fiction utopia that actually works
by u/ExploreYourWhirled in scifi

El legado póstumo de Bolaño y su novela total, 2666

Cuando Roberto Bolaño murió en 2003, dejó tras de sí un manuscrito descomunal que sus editores decidieron publicar como una sola obra, en contra de su voluntad expresa de dividirla en cinco libros independientes para asegurar el sustento económico de sus hijos. Esa tensión entre la voluntad del autor y la decisión editorial ya anticipa algo esencial de 2666: es una novela que se resiste a la unidad, que se fragmenta y se recompone constantemente, y que exige del lector una entrega casi física ante sus más de mil páginas.

La estructura de la novela, dividida en cinco partes que pueden leerse de manera relativamente autónoma, ha generado desde su publicación un debate crítico persistente sobre su naturaleza: ¿es una novela total, heredera del ambicioso proyecto de Los detectives salvajes, o es más bien un archipiélago de relatos unidos por una gravedad común? La parte de los críticos, la parte de Amalfitano, la parte de Fate, la parte de los crímenes y la parte de Archimboldi funcionan como satélites que orbitan alrededor de un centro oscuro: la ciudad ficticia de Santa Teresa, trasunto evidente de Ciudad Juárez, y los feminicidios que allí se suceden con una impunidad sistemática.

La parte de los crímenes es, sin duda, el corazón moral y estético del libro, y también su zona más discutida. Bolaño narra allí, con una prosa deliberadamente forense y repetitiva, el hallazgo de decenas de cadáveres de mujeres asesinadas, en un catálogo que roza lo insoportable precisamente por su sequedad administrativa. Esta estrategia narrativa ha sido leída como un gesto ético radical: al negarse a la truculencia o al sentimentalismo, Bolaño obliga al lector a confrontar la banalización de la violencia y la complicidad institucional que la perpetúa, sin ofrecerle el consuelo narrativo de una resolución.

El resto de la novela funciona como una vasta constelación de digresiones, historias secundarias y personajes que aparecen y desaparecen sin que sus tramas se cierren del todo. Esta arquitectura errática no es un defecto, sino el método bolañesco por excelencia: la literatura entendida como un mal infinito, como escribió el propio autor, que se extiende y contamina todo lo que toca. El escritor alemán Benno von Archimboldi, cuya identidad y paradero atraviesan la novela como un enigma que nunca termina de resolverse del todo, encarna la idea de que la literatura puede ser, simultáneamente, refugio y abismo, vocación y maldición.

2666 puede leerse también como una reflexión sobre el mal en el siglo XX y sus prolongaciones contemporáneas, un mal que no se agota en el nazismo evocado a través de Archimboldi ni en los crímenes de Santa Teresa, sino que parece infiltrarse en las estructuras mismas del lenguaje y de la razón académica, representada con ironía corrosiva en la parte de los críticos. La erudición, la crítica literaria, el mundo universitario, aparecen aquí sometidos a una mirada escéptica que no excluye la ternura hacia sus personajes, siempre a medio camino entre la comedia y la desolación.

Casi dos décadas después de su publicación póstuma, 2666 se ha consolidado como una de las novelas centrales de la literatura hispanoamericana del siglo XXI, un texto que desafía las categorías de género y que sigue generando lecturas divergentes. Su ambición totalizadora, su negativa a ofrecer consuelo y su fe obstinada en la literatura como forma de conocimiento la convierten en una obra que no se cierra nunca del todo, como si el propio libro hubiera heredado la estructura inconclusa de la búsqueda que narra. 

Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953 – Barcelona, 2003) creció entre Chile y México, país donde llegó en 1968 y donde se vinculó a los círculos literarios de vanguardia, fundando junto a Mario Santiago Papasquiaro el movimiento infrarrealista, una reacción irreverente contra el stablishment poético mexicano de la época. Regresó brevemente a Chile en 1973, donde fue detenido tras el golpe de Pinochet, episodio que marcaría buena parte de su imaginario posterior sobre la violencia y el exilio.

Se instaló definitivamente en España en 1977, primero en Francia y luego en Cataluña, donde combinó trabajos precarios —vendimiador, vigilante nocturno, lavaplatos— con una escritura poética que durante años no le proporcionó reconocimiento ni sustento. Solo a partir de los años noventa, ya instalado en la narrativa, comenzó a construir la obra que lo consagraría: La literatura nazi en América (1996), Estrella distante (1996) y, sobre todo, Los detectives salvajes (1998), que obtuvo el Premio Rómulo Gallegos y lo situó como una de las voces mayores de la literatura en español.

Diagnosticado de una grave enfermedad hepática, Bolaño escribió sus últimos años contra el tiempo, dejando inconclusa a su muerte la novela 2666, publicada póstumamente en 2004. Su obra, marcada por el exilio, la amistad literaria, la violencia política y una fe inquebrantable en la literatura como forma de resistencia, lo ha convertido en una referencia ineludible de las letras hispanoamericanas contemporáneas.

Resumen: 2666: la novela como abismo total de Bolaño. La parte de los crímenes: ética y violencia en 2666. Archimboldi, el enigma que sostiene toda la novela. Cinco libros, una sola herida abierta. La erudición bajo sospecha en el universo de Bolaño. Por qué 2666 sigue desafiando las categorías del género.

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Ousman Umar: Superviviente que se convierte en maestro

Aún estoy conmovido con el libro Viaje al país de los blancos, de Ousman Umar: Un niño que vio un avión y cruzó el Sahara, una odisea entre la supervivencia y la dignidad. Porque hay obras que incomodan porque revelan lo que preferimos ignorar. Viaje al país de los blancos (Penguin Random House, 2019), del escritor ghanés Ousman Umar, es uno de ellos: un testimonio autobiográfico que convierte la experiencia migratoria en literatura sin perder ni un gramo de verdad. 

Ousman Umar salió de Ghana siendo un niño, cruzó el Sáhara a pie, el mar en patera y vio morir en el camino a la mayoría de sus compañeros de viaje, entre ellos a su mejor amigo. Recorrió 21.333 kilómetros para llegar a Barcelona cruzando ocho países y tardó cinco años en hacerlo. El joven ghanés llegó a Fuerteventura en diciembre de 2004, 48 horas después de iniciar el tramo final en patera y haberse quedado sin combustible en alta mar. Tras ser atendido por Cruz Roja, pasó 33 días en el Centro de Internamiento de El Matorral y fue derivado a Málaga. El 24 de febrero de 2005 llegó a Barcelona. 

Después de meses durmiendo en la calle, fue acogido por una familia, comenzó sus estudios y consiguió trabajo como mecánico de bicicletas. En 2012, con sus primeros ahorros, fundó NASCO Feeding Minds con el objetivo de mejorar la educación en su país de origen. En 2018 se integró además en el equipo de Proactiva Open Arms. Hoy, Ousman Umar es conferenciante, activista y escritor reconocido en toda España.

La obra narra la odisea de un joven que arriesgó su vida por un futuro mejor. El relato arranca en la sabana africana, con una infancia sencilla marcada por la comunidad, la oralidad y una escuela a siete kilómetros de casa. El giro lo provoca un avión que sobrevuela el cielo natal: desde ese momento, el protagonista quiso ser piloto, ingeniero, todo, menos negro. Esa frase, lanzada con la crudeza desarmante de la infancia, sintetiza el núcleo psicológico del libro: la migración no es únicamente una huida de la pobreza, sino también la búsqueda de una identidad que el mundo exterior ha devaluado.

A los trece años, Ousman inicia su periplo. La travesía del Sahara es el corazón más duro del relato: días sin agua, compañeros que mueren de sed o de agotamiento, la violencia arbitraria de los traficantes de personas, la radical soledad del desierto. No hay épica gratuita; la narración avanza con una sobriedad que resulta más aterradora que cualquier dramatismo. Tras el desierto llega el Mediterráneo, otra frontera mortal donde fallece Musa, su mejor amigo, en la patera contigua. La aleatoriedad de la supervivencia —por qué él y no otro— atraviesa todo el libro como una pregunta sin respuesta.

La llegada a Europa no cierra la odisea: la abre en otra dirección. La primera noche que durmió en una casa con comodidades y confort, se puso a llorar como un niño. Europa no era el paraíso prometido, y esa decepción es también una de las lecciones más perturbadoras del libro para el lector occidental. Ousman descubrió que el paraíso no estaba en Europa, sino en el corazón de cada ser humano, y que la educación es la clave para acceder a él. 

Citas del libro y de su autor: El texto incluye pasajes de una densidad moral considerable. Algunos de los más citados por lectores y reseñistas son los siguientes: «Cuatro años después de comenzar esa hazaña, logré llegar a España y, tras varios meses durmiendo en la calle, me acogió una familia. La primera noche que dormí en su casa, pese a las comodidades y el confort, me puse a llorar como un niño. ¿Por qué había sufrido tanto?» «La idea de NASCO Feeding Minds es crear las condiciones en Ghana para que los jóvenes de allí no sientan la tentación de pasar por las penalidades por las que tuve que pasar. Que nadie más muera en el desierto o en el mar.» Y en la apertura del libro, con esa voz que mezcla ingenuidad y lucidez: «Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa.»

Por qué leerlo. Viaje al país de los blancos no es un libro de denuncia al uso, aunque denuncia. No es literatura de victimismo, aunque narra un sufrimiento casi inconcebible. Es, ante todo, un ejercicio de humanismo activo: el relato de alguien que, habiendo tenido todas las razones para amargarse, eligió la generosidad como proyecto de vida. En una época en que el debate migratorio se ha reducido a cifras y eslóganes electorales, este testimonio devuelve el rostro a las estadísticas. Ahora, el autor necesita contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar. Un libro breve, urgente y necesario.

@dandoecotv_ 🌍 DE CRUZAR EL MAR EN PATERA A INSPIRAR A MILES DE PERSONAS 💙 Ousman Umar dejó África con solo 13 años buscando una oportunidad para cambiar su vida. Un viaje marcado por el miedo, el sufrimiento y la esperanza que estuvo a punto de costarle la vida. 🙏 Gracias a la ayuda de personas que creyeron en él, consiguió salir adelante, estudiar y construir un futuro que hoy inspira a miles de personas. Su historia ha dado lugar a un libro y a una película. 🗣️ «Me ha tocado el Euromillón muchas veces», afirma al recordar a quienes le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. 💬 ¿Crees que historias como la suya ayudan a cambiar la forma de ver la inmigración y la superación personal? 👇 Te leemos en comentarios. #ÚltimaHora #Superación #HistoriasQueInspiran #Actualidad #DandoEcoTV ♬ sonido original - 🗣️Dando Eco TV| Noticia Viral

El mundo de ayer, obra de Stefan Zweig, ante el nazismo

Hace poco leíamos leíamos en El Correo a una librera de Getxo que apuntaba este libro como el más leído en nuestro municipio. Y nunca le habíamos dedicado un post, aunque sí varios a su autor Zweig. El mundo de ayer (leer parte en PDF) es la memoria de una Europa que el odio destruyó. 

El autor, Stefan Zweig, ciudadano del mundo sin patria, nació en Viena el 28 de noviembre de 1881, en el seno de una familia judía acomodada de la alta burguesía austro-húngara. Formado en la Viena imperial —ese crisol cultural irrepetible donde convivían Mahler, Freud, Schnitzler y Klimt—, estudió Filosofía y Letras en Viena y Berlín, y pronto se convirtió en uno de los escritores en lengua alemana más leídos del mundo. Traductor, biógrafo, dramaturgo y narrador, Zweig cultivó una prosa de precisión quirúrgica y extraordinaria sensibilidad psicológica.

En 1934, acosado por el ascenso del nazismo y el antisemitismo, abandonó Austria y emprendió un exilio que lo llevó a Londres, Nueva York y finalmente a Petrópolis, en Brasil. Allí, en la madrugada del 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda esposa, Charlotte Altmann, pusieron fin a sus vidas mediante una sobredosis de barbitúricos. Había terminado de escribir El mundo de ayer apenas unas semanas antes de su muerte. El libro se publicó póstumamente en 1942. 

La obra: autobiografía de un siglo en llamas. El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Die Welt von Gestern. Erinnerungen eines Europäers) no es exactamente una autobiografía convencional. Zweig apenas habla de su vida privada; en cambio, convierte su propia trayectoria en el hilo conductor de un retrato exhaustivo y elegíaco de la civilización europea entre 1880 y 1940. El libro es, simultáneamente, un memorial, una denuncia y un testamento espiritual.

La obra se articula en grandes capítulos que van desde la juventud dorada en Viena —la ciudad de la cultura, la tolerancia y el refinamiento— hasta la irrupción de la Primera Guerra Mundial, la efímera ilusión de la República de Weimar, el terror nazi y la Segunda Guerra Mundial. Zweig describe la Belle Époque con una nostalgia que no es meramente sentimental, sino política y filosófica: aquella Europa de fronteras abiertas, de pasaportes innecesarios y de intercambio cultural sin trabas representaba para él la promesa más alta de la modernidad.

El naufragio de esa promesa ocupa el centro dramático del relato. Con una lucidez estremecedora, Zweig narra cómo el nazismo, la propaganda, el miedo y el resentimiento fueron desmontando, pieza a pieza, el edificio de la convivencia ilustrada que él había conocido. El antisemitismo, la quema de libros, la persecución de los intelectuales, el exilio de la inteligencia europea: todo ello desfila ante el lector con una verosimilitud que ningún manual de historia puede igualar.

Zweig también dedica páginas memorables a sus encuentros con figuras como Rodin, Rilke, Romain Rolland, Gorki, Freud, Joyce, Hofmannsthal y Herzl —cuya visión sionista comprendió tarde, como él mismo reconoce—. Estos retratos funcionan como pequeños lienzos de época, pero revelan también la fe de Zweig en la cultura como antídoto frente a la barbarie, una fe que los hechos acabarían desmintiendo. 

Voces del libro: citas para la memoria: "Nunca había sido la Tierra más bella, nunca había sido la libertad más grande, nunca había sido la riqueza más abundante, nunca había sido la fe en el progreso más ardiente." "El judío europeo era, de todos los europeos, el más europeo; había asimilado mejor que ningún otro pueblo la cultura occidental." "Antes de la Primera Guerra Mundial, el mundo pertenecía a todos. Cada uno podía ir adonde quisiera y quedarse cuanto tiempo le pareciese. No existían permisos, no existían visados." "Quizás la mayor tragedia de mi generación es que hayamos vivido en tres mundos distintos sin poder adaptarnos a ninguno de ellos." "He visto cómo las grandes ideologías colectivas destruyen al individuo, al que solo le queda la opción de someterse o ser destruido."

Vigencia: un espejo para el presente. Leer El mundo de ayer en el siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica. Es una advertencia. Zweig describe con precisión los mecanismos mediante los cuales una sociedad cultivada puede deslizarse hacia la intolerancia, el autoritarismo y la violencia. La rapidez del derrumbe —apenas una década separa la República de Weimar del Tercer Reich— interpela directamente a cualquier lector que viva en una democracia y crea que los avances civilizatorios son irreversibles. 

La escritura de Zweig es al mismo tiempo elegante y urgente, íntima y universal. Su mirada sobre Europa —una mirada que amó ese continente con la intensidad de quien lo perdió todo— convierte este libro en una de las grandes obras de la literatura del siglo XX y en una lectura imprescindible para quien quiera entender cómo el odio organizado puede arrasar en pocos años lo que tardó generaciones en construirse. 

La banalidad del mal en cine: La zona de interés

El cine de Jonathan Glazer filma la indiferencia como el verdadero rostro del mal, cuando el horror suena pero no se ve en pantalla. Contrastes como una familia modelo junto al mayor crimen de la historia, con un jardín perfecto al lado del infierno de Auschwitz. 

La zona del silencio cómplice. En 1963, Hannah Arendt acuñó la expresión «banalidad del mal» (post dedicado) para describir a Adolf Eichmann: un burócrata sin fanatismo aparente que organizó el exterminio como si gestionara logística ferroviaria. Sesenta años después, Jonathan Glazer ha convertido esa tesis filosófica en la propuesta cinematográfica más perturbadora y rigurosa de la última década. The Zone of Interest (2023), basada libremente en la novela homónima de Martin Amis, no cuenta el Holocausto. Lo rodea.

Una elección formal que es ya un argumento moral. El comandante de Auschwitz, Rudolf Höss, y su esposa Hedwig se esfuerzan por construir una vida ideal para su familia en la casa con jardín adyacente al campo. Esta premisa, en manos de otro director, podría derivar en melodrama o denuncia explícita. Glazer opta por algo infinitamente más inquietante: la cámara nunca cruza el muro. La violencia y el horror se perciben principalmente a través del sonido, no de la imagen; los aterradores ruidos del campo se filtran constantemente en el hogar de los Höss. Ladridos, disparos, el rumor industrial de la muerte: todo suena mientras Hedwig poda rosas y los niños chapotean en la piscina.

Esta decisión estética no es esteticismo: es epistemología. Glazer nos coloca exactamente donde estaba la sociedad alemana —y, por extensión, cualquier sociedad cómplice—: sabiendo sin querer saber, oyendo sin escuchar.

La cotidianidad como forma de horror. Todo en su hogar es tan brutalmente normal, tan mediocre y pseudoidílico, que resultaría casi aburrido si no fuéramos conscientes del infierno del campo de concentración al otro lado del muro del jardín. Este efecto de disonancia es el verdadero mecanismo dramático del film. No hay villanos arquetípicos ni redenciones sentimentales. Hay una familia que discute sobre ascensos profesionales, que recibe visitas, que planea vacaciones. La monstruosidad no reside en el fuera de campo: reside en que ese fuera de campo no les importa.

Glazer explora la aterradora realidad de que el ser humano es capaz de construir cuando forma parte de una cadena carente de empatía en la que se siguen órdenes sin racionalizar sobre sus consecuencias: es una meditación sobre la «banalidad del mal». 

Un diálogo exigente con la tradición cinematográfica. El film se sitúa conscientemente en debate con sus predecesores. Frente a La lista de Schindler (Spielberg, 1993) —cuya retórica emocional ha sido cuestionada desde Godard hasta Lanzmann—, Glazer edifica una narración sobre la base del Holocausto a diferencia de lo que suele mostrarse en otras producciones habituales del género. La influencia de Claude Lanzmann y su Shoah es reconocible: la negativa a mostrar el horror directamente no lo atenúa, lo multiplica.

La película examina con frialdad la existencia ordinaria de personas cómplices en crímenes horrendos, forzándonos a contemplar la mundanidad que subyace a una brutalidad imperdonable. Esa mirada disociada, casi documental, es también una trampa pedagógica: el espectador, cómodo en su butaca, acaba ocupando el mismo lugar moral que los personajes en pantalla. 

Relevancia pedagógica y vigencia política. Las conductas, el lenguaje y la frialdad que exhiben los personajes resuenan de manera escalofriante cuando se analizan actitudes contemporáneas ante distintos conflictos y genocidios del presente. Esta es la dimensión más incómoda del film: su temporalidad no es histórica sino estructural. El mecanismo psicológico que describe —la normalización del exterminio mediante la distancia burocrática y la indiferencia doméstica— no pertenece al pasado.

Con un 93% en Rotten Tomatoes y ganadora de dos premios Óscar (mejor película internacional y mejor sonido, este último con plena justicia conceptual), The Zone of Interest es ya uno de esos films que reconfiguran el lenguaje posible para hablar de lo que no debería tener lenguaje suficiente.

Ver The Zone of Interest es una experiencia que opera con demora: la película no golpea durante su proyección, golpea después, cuando el espectador reconstruye lo que oyó sin ver y comprende que esa reconstrucción es exactamente lo que la Historia también hace con nosotros. Glazer ha fabricado no solo una obra maestra del cine contemporáneo, sino un dispositivo ético de primera magnitud: un espejo sin azogue en el que solo se refleja la conciencia de quien mira.

“Las guerras mienten”: Eduardo Galeano y la ética de la verdad

Una vez más repetiremos el poema "Las guerras mienten", una reflexión desde la perspectiva de nuestro admirado Eduardo Galeano (muchos más posts). La afirmación de que «las guerras mienten» no es una frase hecha o un eslogan pacifista vacío, sino una observación profunda sobre cómo los conflictos armados distorsionan la realidad, manipulan el lenguaje y secuestran la verdad. Eduardo Galeano, el periodista y escritor uruguayo, comprendió esta verdad con la claridad de quien ha visto de cerca cómo se fabrican las narrativas del poder mientras se silencian las voces de quienes padecen las consecuencias reales de la violencia.

Toda guerra comienza con una mentira o, al menos, con un espectro de mentiras cuidadosamente tejidas. Los conflictos armados no se declaran simplemente por el deseo de combatir, sino que requieren de un relato legitimador, una narración que convenza a poblaciones enteras de que la violencia es necesaria, justa o inevitable. Galeano reconocía que el primer arma de cualquier potencia militar no es el fusil o la bomba, sino el control de la narrativa: qué se cuenta, cómo se cuenta y, crucialmente, qué se oculta. Las imágenes que llegan a nuestras pantallas, las palabras que eligen los comentaristas, los datos que se publican y los silenciados estratégicamente configuran una realidad que raramente coincide con la experiencia vivida por los afectados.

La ética política de Galeano residía precisamente en su compromiso con desmontar estas mentiras, en su obsesión por restituir la verdad a través de la palabra. Su periodismo y su escritura literaria funcionaban como actos de resistencia: cada artículo, cada crónica, cada poema era un esfuerzo por nombrar lo que otros pretendían ocultar, por devolver dignidad a los invisibilizados, por hacer que la realidad de los despojados fuese audible en medio del fragor de la propaganda oficial. Escribir contra las guerras significaba, para Galeano, escribir la verdad que ellas intentaban acallar.

La educación en tiempos de conflicto adquiere entonces una importancia capital. Si las guerras prosperan en la ignorancia y la desinformación, la educación crítica —aquella que enseña a cuestionar las narrativas oficiales, a buscar fuentes diversas, a escuchar las voces marginadas— se convierte en una forma de resistencia pacifista. Galeano nos recuerda que nuestra responsabilidad como lectores, ciudadanos y pensadores es la de permanecer vigilantes ante las mentiras que se nos presentan como verdades.

En nuestros días, cuando las guerras continúan y las mentiras proliferan en múltiples canales, la lección de Galeano permanece vigente. La lucha por la paz no es únicamente un combate militar o diplomático; es también una batalla por la verdad, por el derecho a narrar nuestras propias historias, por la capacidad de construir significado frente al ruido de la propaganda. Las guerras mienten porque necesitan mentir para existir. Nuestra tarea es insistir en la verdad, en toda su complejidad e incomodidad.

Eduardo Hughes Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Desde joven se dedicó al periodismo, trabajando como redactor y director de la revista Marcha, uno de los espacios intelectuales más importantes de América Latina. Su obra se caracterizó por combinar el rigor informativo con la sensibilidad literaria, creando un estilo propio que desafiaba las fronteras entre periodismo, ensayo y creación narrativa.

Perseguido por la dictadura militar uruguaya, Galeano se exilió en 1973, viviendo en Argentina, España y México. Durante estos años escribió su obra más conocida, «Las venas abiertas de América Latina» (1971, leer en PDF), un análisis apasionado y crítico de la historia económica y política del continente, así como sus célebres «Memoria del fuego» (1982-1986) y «El libro de los abrazos» (1989). Su escritura se caracterizaba por defender a los olvidados, cuestionar las verdades oficiales y reivindicar el poder transformador de la palabra.

Galeano fue un intelectual comprometido con la justicia social, la paz y la dignidad humana. Su legado trasciende sus libros: su manera de entender la política, la ética y la educación como actos inseparables de la resistencia contra la mentira y la opresión permanece como referencia fundamental para quienes creen que otro mundo es posible. Falleció en Montevideo en 2015, pero su voz sigue interpelando a lectores de todo el mundo.