
@agirregabiria X. Triatlón Olímpico de Getxo
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El cierre del 42.º Festival Internacional de Folk de Getxo, celebrado este domingo 13 de septiembre en la Plaza Estación de Las Arenas, ha correspondido a una de las voces más personales del panorama flamenco actual: La Jose. A las 18:30, tras el desfile de la fanfarria Kutxus Areatxu y como preludio del emotivo homenaje a Xalbador con el que el certamen bajaba el telón, la cantante granadina ofreció un concierto gratuito que sintetiza, quizá mejor que ningún otro de esta edición, la vocación de frontera que define al festival vizcaíno desde hace más de cuatro décadas.
Nacida en Granada, La Jose —cantaora, compositora, bailarina autodidacta y letrista— construye su identidad artística desde una herencia doblemente mestiza: hija de una madre paya aficionada al baile y de un padre gitano entregado al cante más puro, ha hecho de ese cruce el eje de una voz versátil, capaz de transitar sin estridencias entre el flamenco, la copla y el folclore ibérico. Su carrera, iniciada en los tablaos granadinos antes de proyectarse por Madrid y por escenarios de media Europa —Gran Bretaña, Portugal, Francia, Italia, Bosnia, Macedonia, Alemania— y de países tan alejados como Colombia o Cuba, fue decantándose hacia un lenguaje propio a partir de un primer disco, Espiral, en el que ya apuntaba la madurez interpretativa que hoy la distingue.
Conviene situar esta actuación en el marco más amplio de una edición del Getxo Folk que ha vuelto a demostrar que el folk, lejos de ser un género fósil, funciona como espacio de tránsito entre lo propio y lo ajeno. Junto a La Jose, esta 42.ª edición ha reunido en Muxikebarri, en Las Arenas y en el entorno de la playa de Ereaga a figuras como la fadista portuguesa Dulce Pontes, la histórica banda bretona Gwendal o el conjunto irlandés Flook, además de proyectos que, como la colaboración entre Xabi Aburruzaga, Xabier Díaz y Adufeiras de Salitre, tienden puentes entre Euskadi y Galicia. Es la misma lógica que, aplicada al caso de La Jose, permite entender el flamenco no como un patrimonio cerrado sino como una tradición viva que, igual que el bertsolarismo homenajeado en la clausura, se piensa a sí misma en relación con su circunstancia, por retomar la conocida fórmula orteguiana: cada intérprete es, también, el resultado de las culturas que lo atraviesan y lo constituyen.
Con actuaciones como la de este domingo, el Getxo Folk reafirma su condición de escaparate de músicas de raíz leídas desde una sensibilidad contemporánea y comprometida, y confirma, edición tras edición, que la mejor manera de honrar una tradición no consiste en preservarla intacta, sino en dejarla respirar y transformarse en contacto con otras.
@agirregabiria La Jose en Getxo Folk
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Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.
PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.
Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.
Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.
Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.
La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.
1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores.
La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.
2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.
No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.
3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.
España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia. La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.
4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos.
No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.
5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».
Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.
España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores.
En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica.
Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.
En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal.
El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.
El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.
El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.
Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.
1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo.
2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor.
3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?»
4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.
5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones.
6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar.
Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA.
Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.
Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.
La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación.
Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta.
Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar.
Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.
Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.
🚨 PISA 2025 no es un simple suspenso: es una señal de alarma. La OCDE, España y Euskadi pierden rendimiento en lectura, matemáticas y ciencias. https://t.co/SHNnh3wjiq ¿Pandemia, pantallas, pérdida de atención, menor esfuerzo cognitivo, cambios educativos, IA…? Probablemente,… pic.twitter.com/iPTMdlFAbU
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) September 11, 2026
Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA
La novela sigue a Rachel Samstat, escritora de libros de cocina afincada en Washington junto a su marido Mark Feldman, periodista político de éxito. Embarazada de siete meses de su segundo hijo, Rachel descubre que Mark mantiene una aventura con Thelma, la esposa de un diplomático. A partir de ese descubrimiento, Ephron construye un relato que alterna la comedia con la amargura, y que intercala, entre capítulo y capítulo, recetas de cocina —desde una tarta de lima hasta una vinagreta— que funcionan como pausas domésticas en medio del desastre sentimental y como metáfora de una vida que, pese a todo, continúa exigiendo que se ponga la mesa.
Nora Ephron había nacido en Nueva York en 1941, hija de los guionistas Phoebe y Henry Ephron, y se había forjado como periodista en el New York Post y, más tarde, en Esquire, donde firmó ensayos que hicieron de la ironía sobre sí misma un género propio. Educada en Wellesley College, era la mayor de cuatro hermanas —Delia, Hallie y Amy— que llegarían también a la escritura. De su madre heredó una máxima que repitió toda su vida: todo es material narrable, incluso —sobre todo— lo que más duele. Se acabó el pastel fue la aplicación más radical de ese principio: en vez de padecer en silencio la humillación de la infidelidad, Ephron decidió contarla, convertirse en autora de su propia historia antes que en simple víctima de la ajena.
Al narrar su naufragio matrimonial con la distancia de la comedia, Nora Ephron no solo se defendió del ridículo: reclamó para sí la autoría de una historia que, de otro modo, habría sido escrita —y juzgada— exclusivamente por terceros. Ese gesto conecta Se acabó el pastel con una tradición literaria más amplia, la de la autoficción y el roman à clef, en la que vida y texto se entrelazan hasta hacer imposible —y quizá innecesario— separarlos del todo.
El libro fue un éxito inmediato y, en 1986, Mike Nichols lo llevó al cine con Meryl Streep y Jack Nicholson en los papeles protagonistas, banda sonora de Carly Simon incluida. Pero la carrera de Ephron no se detuvo ahí: los años siguientes la consagraron como guionista y directora de comedias tan influyentes como Cuando Harry encontró a Sally, Sintonía de amor o Julie & Julia (post previo), sin abandonar nunca el ensayo autobiográfico, género que cultivó hasta el final de su vida, marcada por una leucemia que mantuvo en riguroso secreto hasta su muerte, en 2012.
Releer hoy Se acabó el pastel es asomarse a un momento en que la literatura confesional femenina empezaba a reclamar, con humor y sin pedir permiso, el derecho a contar también los propios fracasos.
Alguna vez escribimos sobre Aristófanes, un caso paradigmático de mordacidad clásica, pensamiento crítico y la fragilidad del debate público que desafió al poder en Atenas. Cuando pensamos en el teatro griego clásico, la tragedia —Esquilo, Sófocles, Eurípides— suele acaparar la atención. Sin embargo, existió un género paralelo, igual de vigoroso y mucho más incómodo para el poder: la comedia. De ella, Aristófanes (c. 448 – c. 385 a. C.) es el único autor cuya obra ha sobrevivido en piezas completas, lo que lo convierte en la ventana más nítida que poseemos hacia el humor, la política y las costumbres de la Atenas clásica.
Sabemos poco de su biografía. Probablemente nació en el demo ateniense de Cidateneo, aunque algunas fuentes tardías —quizá por motivos políticos, dado que fue acusado de usurpar la ciudadanía— lo vinculan con Egina. Vivió los años más turbulentos de la historia ateniense, marcados por la Guerra del Peloponeso contra Esparta, un conflicto que atraviesa buena parte de su producción. Compuso más de cuarenta comedias, de las que solo once han llegado completas: Los acarnienses, Los caballeros, Las nubes, Las avispas, La paz, Las aves, Lisístrata, Las tesmoforiantes, Las ranas, La asamblea de las mujeres y Pluto.
Su primera obra, Los banqueteadores, se representó en el 427 a. C., cuando el autor rondaba apenas los veinte años, y ya entonces mostró el rasgo que definiría toda su carrera: una audacia crítica que no respetaba a nadie, ni a generales, ni a demagogos, ni a filósofos. En Los caballeros ridiculizó sin tapujos al político Cleón; en Las nubes convirtió a Sócrates en cabeza de una absurda «Pensadería» dedicada a sofismas huecos, una caricatura que —según cuenta el propio Platón en la Apología— contribuyó a fraguar la mala fama que llevaría al filósofo al juicio y la condena. En Las ranas, Esquilo y Eurípides discuten en el Hades sobre cuál merece regresar al mundo de los vivos para salvar la tragedia, en una de las parodias literarias más finas de la Antigüedad.
Pero el sello más reconocible de Aristófanes es su rechazo obstinado de la guerra. Los acarnienses, La paz y, sobre todo, Lisístrata —donde las mujeres de Grecia deciden negarse a sus maridos hasta que estos depongan las armas— son comedias antibelicistas que, bajo el disfraz de la carcajada, denuncian el desgaste, el hambre y el absurdo de un conflicto fratricida. Esa misma imaginación desbordada construye en Las aves una ciudad utópica suspendida entre el cielo y la tierra, Nefelococigia —la «Ciudad de Cuco en las Nubes»—, neologismo que resume su capacidad para inventar mundos posibles desde la sátira pura.
El estilo aristofánico combina registros que hoy nos resultarían incompatibles: la obscenidad más desenfadada convive con pasajes corales de gran lirismo, y la invectiva política se entrelaza con la parábasis, ese momento en que el coro se dirige directamente al público para opinar sobre la actualidad de la ciudad. Pocos ejemplos ilustran mejor esa mezcla que el coro de ranas de Las ranas, con su célebre estribillo onomatopéyico «Brekekekex, koax, koax», que ha sobrevivido veinticinco siglos como una de las frases más reconocibles del teatro universal.
La huella de Aristófanes llega hasta Rabelais, Cervantes, Molière o Voltaire, y su fórmula —reírse del poder para poder pensarlo mejor— sigue siendo, en cualquier época, un ejercicio de libertad. Leerlo hoy no es solo un ejercicio de arqueología literaria: es recordar que la risa, cuando se dirige contra quienes mandan, ha sido siempre una forma seria de resistencia.
Aristófanes trasciende la mera broma de coyuntura histórica para consolidarse como un pilar fundamental en la historia de la literatura universal. Su obra nos recuerda que la comedia, cuando se ejerce con rigor intelectual y libertad de espíritu, representa una de las formas más elevadas del examen democrático y del pensamiento crítico.
🎭 Aristófanes: la risa como el arma política y filosófica más poderosa de la Antigua Grecia. 🏛️⚡
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) August 31, 2026
¿Un teatro solo para entretener? Nada de eso. El genio cómico ateniense transformó la sátira, la parodia y la ironía en una crítica feroz contra la demagogia, la guerra y la… pic.twitter.com/r5eKLcyWXj
@mercedescruz.1093 La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación, y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre. #maestros #alumnos #aristofanes #consejo ♬ sonido original - Mercedes Cruz💋
Con todos los filtros y reservas que queramos, con memoria de los plazos de incumplimiento que ha demostrado en su trayectoria, pero creemos que sigue siendo necesario escuchar a Elon Musk como en esta reciente entrevista. El pasado 20 de julio de 2026, en la Gigafactory de Tesla en Texas, Elon Musk concedió a Zanny Minton Beddoes, directora editorial de The Economist, su primera entrevista extensa desde la salida a bolsa de SpaceX. La conversación, publicada tres días después bajo el título “The Insider”, constituye un documento singular: casi una hora en la que el empresario despliega, con la misma soltura, una cosmología tecnológica de alcance civilizatorio y una serie de posiciones políticas que desembocan en uno de los cruces más tensos que se recuerdan entre un periodista y un magnate contemporáneo.
Ese optimismo convive con una revisión explícita de su propia trayectoria intelectual. El empresario que hace una década temía la “autosuperación recursiva” de las máquinas y que en 2023 firmó la petición para pausar el desarrollo de la IA admite ahora haber llegado a una suerte de resignación filosófica: la carrera es imparable -él mismo, señala con cierta ironía, contribuyó a acelerarla al fundar OpenAI y propiciar indirectamente la escisión de Anthropic- y lo sensato es disfrutar del trayecto, aunque mantiene una probabilidad de catástrofe existencial de entre el diez y el veinte por ciento. Como salvaguarda intermedia, propone que los grandes laboratorios -incluidos los chinos- se reúnan periódicamente y se concedan una o dos semanas de acceso mutuo a sus modelos más avanzados antes del lanzamiento, con la industria autorregulándose al estilo de la Motion Picture Association y recurriendo a los gobiernos solo si una empresa ignora un riesgo detectado. Sobre la competencia con China, Musk relativiza el peso de las restricciones a la exportación de chips: el cuello de botella real, afirma, ya no es el semiconductor sino la electricidad, terreno en el que Pekín aventaja holgadamente a Washington, lo que explica su apuesta por centros de datos orbitales.
La entrevista aborda también el poder geopolítico que ejerce Musk a través de Starlink, decisivo en la defensa ucraniana y capaz, mediante una lista blanca de terminales, de restringir su uso por tropas rusas en territorio ocupado. Musk defiende una salida negociada al conflicto que reconozca la realidad de un frente estancado, postura que contrasta con el relato de avances ucranianos que maneja Minton Beddoes. Sobre su paso por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), admite haberse involucrado demasiado en política, aunque rechaza con rotundidad que los recortes a la ayuda exterior estadounidense hayan costado una sola vida, en un intercambio especialmente vivo con la periodista, que sostiene lo contrario.
Más allá de las posiciones concretas, la entrevista interesa como retrato de una figura que concentra, simultáneamente, capacidad técnica, poder empresarial casi absoluto sobre corporaciones cotizadas y una audiencia mediática que rivaliza con la de cualquier gobierno. Es precisamente esa acumulación -y la pregunta de si conviene que resida en una sola persona- lo que atraviesa, con ecos de la reflexión de Hannah Arendt (otros posts nuestros) sobre el poder y sus límites, todo el diálogo: la promesa de una abundancia casi utópica convive, sin solución de continuidad, con la fragilidad de un debate público cada vez más polarizado.
Resumen: Musk augura una IA superior a toda la humanidad en cinco años. El dinero no importará en 2036, predice Elon Musk a The Economist. Guerra civil en Gran Bretaña: el choque de Musk con The Economist. Entre la singularidad y la polarización: el Musk de 2026. De temer la IA a abrazarla: la conversión filosófica de Elon Musk.
¿Y si trabajar fuera OPCIONAL? 🤖🌱 No es utopía, es nuestro futuro inmediato: IA + robots + energía solar abundante = Trabajo Opcional y Abundancia Total. Pasamos de ganarnos el pan con sudor a ganarnos la vida con sentido. Jubilación no es retirada, es REVIVISCENCIA. Los… pic.twitter.com/p3Fa8SCmwI
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) August 1, 2026
@diegoruzzarin La lista de mentiras de Elon Musk y la entrevista que lo puso muy incómodo. #diegoruzzarin #elonmusk #tesla ♬ sonido original - Diego Ruzzarin