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"No fui feliz": Borges ante la felicidad perdida

El soneto que Jorge Luis Borges escribió en julio de 1975 —apenas unos días después de la muerte de su madre, Leonor Acevedo— ocupa un lugar singular en su obra. Publicado primero en el diario La Nación y recogido después en La moneda de hierro (1976), el poema lleva por título El remordimiento, aunque millones de lectores lo recuerdan por su estribillo: «No fui feliz». Es, en efecto, una de las contadas ocasiones en que el escritor argentino abandonó el disfraz alegórico —el laberinto, el espejo, la daga— para hablar en primera persona, sin cortapisas, desde la herida. 

La estructura es la de un soneto clásico: dos cuartetos, dos tercetos, endecasílabos que alternan ritmos sáficos y heroicos con una pulcritud que contrasta con la turbulencia del contenido. Borges, que tanto había teorizado sobre la ficción como artificio, opta aquí por la transparencia. El poema no necesita descifre: confiesa. Y la confesión es terrible. «He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer», afirma en la primera línea, estableciendo una escala moral inusitada en su universo, habitado más por la ironía que por la culpa. El pecado, sin embargo, no es un crimen contra el prójimo ni una herejía, sino algo íntimo y, a la vez, colectivo: no haber sido feliz.

La infelicidad se entiende aquí como una deuda contraída con los padres, que «me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego». La enumeración de los cuatro elementos remite a la física presocrática, pero también a una idea de plenitud vital que el yo lírico siente haber traicionado. La vida como juego, como aventura elemental, fue sustituida por «las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías». La literatura —ese universo que Borges había cultivado con devoción— aparece súbitamente como vanidad, como distracción insustancial frente al imperativo de la existencia.

Sin embargo, el lector atento percibe una tensión que el propio autor no resuelve. Si el arte es nadería, ¿por qué la expresión de esa nadería alcanza una perfección formal que conmueve? Si la felicidad es el deber supremo, ¿por qué el poema que la niega resulta tan poderosamente «feliz» en su ejecución estética? Borges, que en El otro, el mismo había cantado los dones de la lectura y del intelecto, se contradice aquí con una sinceridad que no admite réplica. El remordimiento no es retórica; es luto. La pérdida de la madre —su interlocutora, su lectora primigenia, su compañera de silencios— desmorona el edificio de ironías y deja al descubierto al hombre: «No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado». 

Desde una perspectiva filosófica, el poema interroga la noción de felicidad como deontológica. Borges asume la herencia de una ética vitalista —la vida como obligación gozosa— y se declara en quiebra. Pero al mismo tiempo, al escribirlo, convierte la quiebra en forma, la culpa en belleza. Es la paradoja del creador: la obra nace de la insuficiencia vital y, sin embargo, compensa esa insuficiencia. Como recordaba Nietzsche, el artista paga sus deudas con lo único que posee: la capacidad de nombrarlas.

En el aula, El remordimiento ofrece una oportunidad invaluable para discutir la relación entre experiencia y escritura. ¿Es legítimo leer este poema como autobiografía? ¿O la voz poética, incluso en su máximo grado de desnudez, sigue siendo una construcción? Borges mismo, entrevistado años después por Joaquín Soler Serrano, confirmó las circunstancias de su composición, pero eso no cierra el debate. Lo que sí queda fuera de toda duda es que, en catorce versos, el autor logró algo que toda su vasta obra no siempre lograba: hacernos sentir, sin intermediarios, el peso exacto de una vida.

Quizá el verdadero mérito del poema no esté en la confesión de infelicidad, sino en el coraje de haberla confesado. Porque, al final, Borges sí fue valiente: tuvo la valentía de escribir que no la tuvo para vivir como se esperaba de él. Y en esa rendición, paradójicamente, nos legó uno de sus textos más humanos.

49º aniversario de boda de Carmen y Mikel

Hoy, 26 de agosto de 2026, celebramos las bodas de cedro o de circón. Son 49 años desde que nos casamos, y más de 53 años juntos. Nos conocimos en otro verano, a mediados de agosto de 1973. Ella tenía entonces 18 años y yo, 20. Nos casamos este mismo día de 1977. Suman exactamente 17.897 días de amor y felicidad

Dicen que el mejor regalo que unos padres pueden hacer a sus hijos, aparte de la educación, es seguir unidos después de muchos años. Suponemos que también es el mejor don que unos abuelos pueden legar a sus nietos. Esto lo hemos cumplido como padres y abuelos. 

Hace años solíamos comer una paella todos juntos en un restaurante cercano. Hoy estamos en continentes distintos respecto a nuestros familiares más cercanos, hijos y nietos, pero pronto -pasado el verano- nos reuniremos todos

Se adjunta una imagen del día, con los primeros regalos sorpresa que hemos recibido de unos buenos amigos. Arriba una canción creada para la fecha por Aitor con ayuda de la IA (APP Suno AI). 

Entradas previas de nuestro aniversario en los años
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El tren de la vida según Jean d’Ormesson

Circula por Internet, atribuido con devoción a Jean d'Ormesson, un texto breve titulado Le train de ma vieEl tren de mi vida— que comienza así: al nacer, subimos a un tren y encontramos a nuestros padres, y creemos que viajarán siempre con nosotros. Pero en alguna estación descienden, y el viaje continúa sin ellos. Un texto de apenas unas decenas de líneas que ha recorrido millones de pantallas, ha sido leído en funerales y bodas, susurrado en hospitales y copiado en cuadernos de adolescentes. El problema —o quizás la gracia— es que los investigadores literarios no han podido localizar este fragmento en ninguna obra ni discurso oficial de d'Ormesson. Todo apunta a que se trata de un texto anónimo que el imaginario colectivo decidió, con una especie de justicia poética, colocar bajo la firma del escritor francés más amado de su generación. 

Y sin embargo, pocas atribuciones resultan tan comprensibles. Jean d'Ormesson, fallecido en 2017 a los 92 años, era uno de los intelectuales más populares entre los franceses, que apreciaban su optimismo frente a la desesperanza de muchos de sus colegas. Él mismo definía sus libros como «una especie de Prozac para almas atormentadas», y su último título llevaba por nombre Je dirai malgré tout que cette vie fut belleDiré pese a todo que esta vida ha sido bella—, una declaración que podría servir de epílogo al texto del tren sin perder ni una gota de autenticidad. Estudió en la Escuela Normal Superior de París y se especializó en letras, historia y filosofía, antes de convertirse en académico, periodista, novelista y en lo que los franceses llaman, con afecto, le prof de lettres des Français: el maestro de letras de los franceses.

La metáfora del tren como representación del transcurso vital tiene una larga historia en la literatura y el pensamiento occidental. Desde las meditaciones de Marco Aurelio sobre el paso del tiempo hasta las imágenes ferroviarias de Tolstói o la filosofía bergsoniana de la duración, el viaje en tren ha funcionado como espejo del tiempo irreversible: todo avanza en una sola dirección, las estaciones se suceden sin posibilidad de retorno, y los pasajeros suben y bajan según leyes que nos sobrepasan. Lo que el texto atribuido a d'Ormesson añade es una modulación sentimental y ética al mismo tiempo: los otros no son mero paisaje, sino compañeros de vagón cuya presencia o ausencia nos define.

La estructura narrativa del texto es engañosamente sencilla. Comienza con la infancia —el encuentro con los padres— y va desplegando, en orden casi cronológico, los vínculos que conforman una vida: hermanos, amigos, amores, hijos. Cada uno ocupa su asiento durante un trecho, y luego desciende. Algunos lo hacen de manera ruidosa y dolorosa; otros, «tan discretamente que no nos damos cuenta de que han abandonado su asiento». Esta distinción no es menor: hay pérdidas que dejan cicatriz y pérdidas que solo se reconocen en retrospectiva, cuando la ausencia ya es antigua y el nombre apenas emerge de la memoria. La sabiduría del texto reside precisamente en no jerarquizar: ambas formas de partir merecen atención. 

El desenlace apunta hacia una ética del presente que tiene resonancias estoicas y también budistas: no sabemos en qué estación descenderemos, de modo que la única respuesta razonable es vivir con gratitud, perdonar a tiempo y procurar dejar buenos recuerdos en quienes continúan el viaje. Es una filosofía sin asperezas, quizás demasiado luminosa para algunos, pero que en Jean d'Ormesson —real o imaginado como autor— encuentra su portavoz natural.

Que un texto anónimo haya necesitado un nombre para circular, y que ese nombre haya sido el suyo, dice algo revelador sobre la función social de los autores. La autoría no es solo un dato bibliográfico: es una promesa de coherencia, un marco interpretativo. Cuando leemos este texto creyendo que es de d'Ormesson, lo leemos de otra manera: con la gravedad serena de alguien que se sabe mortal y ha decidido celebrar la vida de todas formas. La ficción de autoría, en este caso, no engaña; ilumina.

Al final, quizás importe menos quién escribió Le train de ma vie que el hecho de que alguien lo escribió, de que millones lo han reconocido como propio, y de que d'Ormesson —con su elegancia aristocrática y su incurable amor por la existencia— sigue siendo, incluso más allá de la muerte, el tipo de escritor a quien uno querría atribuirle las palabras más hermosas sobre el viaje que todos, sin excepción, estamos haciendo juntos.

@pooeticphrases Le Train de La Vie by Jean d’Ormersson🚞#legend #tiktok ♬ son original - PoéticPhrases

Origen de algunos persistentes mitos médicos

Hace tiempo queríamos combatir diez bulos médicos muy extendidos (tipo las corrientes de aire provocan pulmonías) por origen cultural, contrastarlos con evidencia científica concreta, y convertir este listado en un post divulgativo y culto sobre salud y educación. Hemos combinado el rigor científico con un análisis sociológico de por qué razones estos mitos perduran en nuestro entorno. 

Etiología del rumor: 10 mitos médicos bajo el microscopio de la evidencia científica. En la intersección entre la sabiduría popular y la medicina académica reside un territorio fértil para el mito. A menudo, estas creencias no son simples errores, sino construcciones culturales que intentan dar orden al caos de la enfermedad. Sin embargo, en una era de sobreinformación, discernir entre el legado de la tradición y la evidencia empírica es un ejercicio de higiene intelectual necesario. A continuación, analizamos diez de los bulos más persistentes, agrupados por su origen cultural y contrastados con la ciencia contemporánea. 

I. El determinismo ambiental: Tradición europea y mediterráneaEsta categoría agrupa mitos basados en la observación meteorológica previa al descubrimiento de los microorganismos. Es la herencia de la teoría de los miasmas y los humores.

1. "Las corrientes de aire provocan neumonía o resfriados". El Mito: Exponerse a un flujo de aire frío (el famoso "aire colado") desencadena una infección respiratoria. La Evidencia: Las infecciones como la neumonía o el resfriado son causadas por virus o bacterias, no por el movimiento del aire. Si bien el frío extremo puede debilitar ligeramente la primera línea de defensa inmunológica en la mucosa nasal, sin la presencia de un patógeno, no hay infección. Realidad: Es más probable contagiarse en espacios cerrados y mal ventilados donde se concentra la carga viral, que bajo una corriente de aire puro. 

2. "No te bañes después de comer: el corte de digestión". El Mito: La digestión se detiene bruscamente al entrar en contacto con el agua, provocando desmayos o muerte. La Evidencia: Lo que popularmente llamamos "corte de digestión" es en realidad un choque termodiferencial o síncope por hidrocución. Se produce por un cambio brusco de temperatura al entrar en agua muy fría, lo que provoca una redistribución súbita del flujo sanguíneo. Realidad: No depende tanto de lo que hayas comido, sino de la diferencia de temperatura entre tu cuerpo y el agua.

3. "Dormir con el pelo mojado te pondrá enfermo". El Mito: La humedad en el cuero cabelludo se "filtra" y causa resfriados o sinusitis. La Evidencia: Nuevamente, la etiología es viral. La humedad puede causar problemas dermatológicos como dermatitis seborreica o proliferación de hongos en la almohada, pero no tiene la capacidad de generar virus respiratorios. 

II. El mito del "Bienestar" (Wellness): Cultura anglosajona y modernaMitos que surgen de la industrialización alimentaria y la obsesión contemporánea por la optimización del cuerpo. 

4. "El azúcar causa hiperactividad en los niños". El Mito: El consumo de dulces genera un pico de energía incontrolable. La Evidencia: Múltiples estudios de doble ciego (donde ni padres ni niños saben quién consume azúcar) han demostrado que no hay cambios conductuales significativosOrigen: Es un sesgo de confirmación: los padres esperan que el niño esté hiperactivo en fiestas donde hay azúcar y atribuyen el comportamiento al dulce y no a la excitación del evento social.

5. "La Vitamina C previene el resfriado"El Mito: Tomar zumo de naranja a diario evita que te contagies. La Evidencia: Metaanálisis de la Cochrane Review indican que, para la población general, la suplementación con Vitamina C no reduce la incidencia de resfriados. Solo parece tener un ligero efecto en la duración de los síntomas y en personas bajo estrés físico extremo (atletas de élite). 

6. "Debemos beber 2 litros de agua al día (regla de los 8 vasos)"El Mito: Es obligatorio forzar la ingesta de agua para estar sano y "depurar". La Evidencia: No hay base científica para una cifra universal. El requerimiento de hidratación es altamente individual y proviene también de los alimentos (frutas, verduras) y otras bebidas. Realidad: El cuerpo humano posee el mecanismo de control de hidratación más sofisticado del mundo: la sed. Salvo en ancianos o patologías específicas, la sed es la guía definitiva.

III. Pseudociencia y la "Posverdad": Mitos de la era digitalCreencias amplificadas por redes sociales que suelen malinterpretar conceptos bioquímicos. 

7. "Las dietas 'Detox' limpian el organismo de toxinas"El Mito: Necesitamos zumos verdes o ayunos específicos para eliminar residuos metabólicos. La Evidencia: El cuerpo humano ya cuenta con un sistema de desintoxicación extremadamente eficiente y gratuito: el hígado y los riñonesRealidad: Ningún batido tiene la capacidad bioquímica de mejorar la función de filtrado renal o el metabolismo hepático de una persona sana.

8. "Las vacunas causan autismo"El Mito: Existe una relación causal entre la inmunización y los trastornos del espectro autista. La Evidencia: Este es uno de los bulos más peligrosos. Se originó en un estudio fraudulento de Andrew Wakefield en 1998, el cual fue retractado por la revista The Lancet. Decenas de estudios con millones de niños han demostrado que no existe vínculo alguno.

9. "Crujir los nudillos provoca artritis"El Mito: El sonido del gas escapando de las articulaciones desgasta el cartílago. La Evidencia: El Dr. Donald Unger crujió los nudillos de su mano izquierda durante 60 años, dejando la derecha intacta. No desarrolló artritis en ninguna de las dos. Estudios posteriores confirman que el sonido es simplemente el estallido de burbujas de nitrógeno en el líquido sinovial

10. "Beber agua durante las comidas engorda o dificulta la digestión"El Mito: El agua diluye los jugos gástricos e impide metabolizar bien los alimentos. La Evidencia: El agua no interfiere de forma significativa con el pH estomacal. De hecho, el agua ayuda a descomponer los alimentos para que el cuerpo pueda absorber los nutrientes y previene el estreñimiento. 

Reflexión Final: La ciencia es un proceso correctivo, no un dogma. Aceptar que muchas de nuestras creencias familiares son mitos no resta valor al cariño con el que fueron transmitidas, pero nos permite tomar decisiones basadas en la realidad biológica y no en el temor infundado.