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Giza Proba Bizkaia Zubia 2026: Hierro y piedra

¿Qué hace un puente de hierro del siglo XIX acogiendo una prueba de fuerza? Quizá lo mismo que hace una piedra de media tonelada bien arrastrada: demostrar que lo bien hecho resiste. La Giza Proba Bizkaia Zubia estaba programada para el sábado 17 de octubre de 2026 en el entorno del Puente Colgante, en Las Arenas (Getxo). Forma parte del calendario de competiciones de la Federación Vizcaína de Juegos y Deportes Vascos (Bizkaiko Herri Kirolen Federazioa), que la organiza y la incluye en su programación. Sus jueces oficiales certifican las distancias y las marcas. 

Ese último detalle merece una pausa. En los deportes rurales vascos (herri kirolak) la marca no se discute: la mide una persona con nombre y apellidos, con cinta o con cronómetro, delante de todo el mundo. No hay realización televisiva ni repetición a cámara lenta. Hay un juez, un número y un público que lo comprueba con sus propios ojos. En tiempos de métricas opacas, esa transparencia casi artesanal resulta un lujo.

El escenario tampoco es casual. El Puente de Bizkaia, proyectado por Alberto de Palacio e inaugurado en 1893, une Portugalete y Getxo con una barquilla que cruza el Nervión colgada de las alturas. Es Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 2006 y sigue funcionando: un monumento que trabaja cada día. Que una prueba de fuerza se celebre a su sombra tiene algo de diálogo entre dos formas de ingenio vasco, la del ingeniero que levantó el hierro y la del harrijasotzaile, el aizkolari o el sokatira que levantan o tiran con el cuerpo. 

En esta disciplina, equipos integrados equitativamente por tres hombres y tres mujeres tiran al unísono, demostrando de forma palpable que la verdadera fuerza de arrastre reside en la sincronización, la técnica milimétrica y el esfuerzo compartido. Mover 500 kilogramos exige una preparación física extraordinaria, además de un encomiable espíritu de equipo donde nadie puede permitirse fallar al compañero que suda a su lado. A los gritos acompasados del equipo para marcar el paso exacto, se suman los aplausos y ánimos del público que se agolpa tras las vallas.

En esta época de tecnologías fugaces, inteligencias artificiales y silenciosos vehículos eléctricos (como nuestro Tesla que solemos monitorizar al detalle), presenciar en directo el roce rugoso y primitivo de la piedra contra el adoquinado supone un necesario anclaje a la realidad terrenal. Es un contraste que, en nuestra faceta de educadores, siempre nos ha gustado resaltar. Las mujeres y los hombres que conforman estos sextetos mixtos asumen por igual el peso y el sacrificio. Es decir, la giza-emakume proba no es únicamente una exhibición de potencia física, sino una hermosa metáfora en vivo de la sociedad paritaria y colaborativa que estamos construyendo día a día en Euskal Herria.

Mantenemos viva la memoria de nuestro pueblo apoyando a quienes se dejan la piel por conservar estas disciplinas. Recomendamos acudir a la próxima: llevar a los más pequeños, preguntar al juez cómo se mide una marca y quedarse a ver cómo se aplaude al que llega tercero. ¿Cuándo fue la última vez que viste levantar una piedra de verdad? 

Giza Proba Bizkaia Zubia 2026

Álbum de imágenes y vídeos

@agirregabiria

Giza Proba Bizkaia Zubia

♬ Static Voltage - Sandy Plains

Sapere aude: Ausencias que aún no ha tratado este blog

Concluimos hoy con este post esta revisión interna del blog, pero cumpliendo la promesa de ver lo que callan las etiquetas y los análisis: Los temas escasos o inexistentes de este blog. ¿Qué dice de un blog lo que no se ha tratado y que preocupa a la mayoría? Dice, para empezar, que en octubre de 2026, tras más de 10.500 entradas, no figura ninguna etiqueta sobre vivienda, soledad, inmigración ni clima. Es el reverso del recuento anterior: allí contamos lo que más hemos escrito; aquí, lo que aún no hemos tratado.

Conviene leer los silencios con el mismo método. Una etiqueta ausente no prueba que un tema no se haya tocado (puede esconderse bajo educación, sociedad o tecnología), pero sí que no tuvo casa propia, y lo que no tiene casa se encuentra mal y se cita peor. Además, nombrar un tema no es adelantar una tesis: es comprometerse a tratarlo con datos y con todas las voces. Los vacíos caen en las mismas tres columnas del recuento anterior (temas, formatos y lugares), y cada uno de los cinco ejes proyecta su sombra: ahí buscamos. 

La educación como lente tiene sus rincones sin pulir. Entre las 4292 entradas de educación, las etiquetas de matiz son escasas: Educación Especial (14), adolescencia (17), absentismo (6), inclusión digital (4). Faltan la convivencia y el acoso escolar, la salud mental y las pantallas, la neurodiversidad, la formación profesional, la evaluación en tiempos de IA y la neurociencia del aprendizaje: preguntas que hoy están en cualquier claustro y en cualquier cocina.

Compartir en abierto es el eje que más huellas conserva de su época: web2.0 (810), twitter (334), eeepc (43). Falta lo de ahora: desinformación y deepfakes, estafas y privacidad, polarización en las redes. La propia inteligencia artificial, que ya asoma en nuestras entradas recientes tiene la etiqueta AI (en inglés), pero son escasos los formatos de hoy: videojuegos (juegos suma 45), series o cómic.

Lo local, como puerta al mundo, también tiene fronteras sin cruzar. Bizkaia suma 375 etiquetas; Gipuzkoa, 20, y Araba, 22; Navarra e Iparralde no tienen ninguna. Faltan la memoria colectiva y la convivencia, el pasado industrial y obrero de la ría, la bertsolaritza y las voces nuevas de la literatura vasca más allá de Atxaga. Y un tema de futuro: el euskara ante la traducción automática y la IA.

La ética cívica y esperanzada (solidaridad 582, ética 573, paz 515) tiene su contrapunto en lo concreto y áspero: no hay etiqueta para vivienda ni alquiler, la inmigración y la diversidad apenas asoman (interculturalidad, 7) y, dentro de ecología (312), no figuran clima ni energía. Son terrenos de debate intenso, y por eso piden un tono neutral, con datos y fuentes.

La memoria entre generaciones (familia 599, nietos 328, infancia 322) mira quizá más hacia el comienzo de la vida. Del otro extremo hay poco: madurez (84), nostalgia (34); ni soledad no deseada, cuidados, duelo, jubilación o pensiones, ni biología o medicina, que explican por qué vivimos más. Unamuno escribió Del sentimiento trágico de la vida: ahí hay un ancla para tratar el asunto con hondura.

Cinco ejes, cinco sombras: lo que callan las etiquetas no es necesariamente desinterés, sino trabajo por hacer. Y empezar es la mitad, según Horacio (siglo I a. C.): «Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude, incipe», es decir, «tiene hecha la mitad quien ha empezado: atrévete a saber, empieza».

Proponemos un ejercicio a tres (3) años. Objetivo: abrir una etiqueta nueva sobre un tema que te cueste (vivienda, soledad, clima, el que sea) y escribir o leer sobre él una vez por trimestre, hasta sumar doce (12) piezas en octubre de 2029. Evaluación: cada octubre, contarlas, anotar cuántas fuentes distintas has consultado y qué opinión tuya ha cambiado. ¿Nos acompañas?

Mira las luces, amor mío: leer un supermercado

Imagina a la escritora más laureada de las letras francesas dedicando un año entero, no a un retiro en la campiña normanda, sino a tomar notas entre las cajas registradoras y las estanterías de un hipermercado de la periferia parisina. Eso es justo lo que hizo Annie Ernaux (más posts) entre noviembre de 2012 y octubre de 2013: convertir el Auchan del centro comercial de Les Trois-Fontaines, en Cergy, en su cuaderno de campo. El resultado, apenas setenta páginas, se tituló Regarde les lumières mon amour y llegó al castellano en 2021, de la mano de Cabaret Voltaire y en traducción de Lydia Vázquez Jiménez, como Mira las luces, amor mío.

El libro nació por encargo, dentro de la colección «Raconter la vie», dirigida por Pierre Rosanvallon y Pauline Peretz para el sello Seuil, pensada para dar forma literaria a vidas y espacios ordinarios. Ernaux no tuvo que buscar demasiado lejos: reside en Cergy desde hace décadas, y el hipermercado que frecuenta cada semana le ofrecía el terreno perfecto para su manera de mirar el mundo. Como escribe la propia autora, «voir pour écrire, c'est voir autrement» —ver para escribir es ver de otra manera—, una frase que resume su método: observar sin la anestesia de la costumbre.

Lo que encuentra no es un inventario de la compra semanal. El híper se le revela como un escenario social en miniatura que clasifica a sus visitantes sin que casi nadie lo note: la sección ecológica, frecuentada por los clientes más acomodados, apenas está vigilada, mientras que los pasillos de los productos más baratos concentran la atención de los guardias de seguridad. El pobre, sospechoso por defecto; el rico, honesto por descontado. En la sección de juguetes, Ernaux observa cómo se reproducen los roles de género sin la menor sutileza, hasta el punto de invocar, no sin ironía, a las activistas de Femen. Cajeras, reponedores y familias arrastrando carritos protagonizan, en sus páginas, una coreografía continua que convierte el trámite de comprar en una suerte de plaza pública bajo fluorescentes.

Hay además una coincidencia que el tiempo ha vuelto más incómoda que anecdótica: los meses del diario coinciden casi exactamente con el derrumbe, en abril de 2013, de la fábrica textil Rana Plaza en Bangladés, donde murieron más de mil trabajadoras y trabajadores que cosían ropa para cadenas parecidas a las que llenan los pasillos que Ernaux recorre. El libro no lo menciona de forma explícita, pero esa sombra —el origen invisible de lo que compramos— sobrevuela cada anotación.

El libro tampoco es un experimento aislado: es la tercera entrega de lo que la crítica francesa llama sus diarios «extimos», por oposición a los íntimos. Después de Journal du dehors (1993) y La vie extérieure (2000), Ernaux vuelve a los trenes de cercanías, las salas de espera y ahora el híper de Cergy para seguir cartografiando lo que ocurre fuera del ámbito familiar. Y aquí llega un dato curioso para el lector vasco: la traducción al euskera, Begira zenbat argi, maitea, obra de Xabier Aranburu para la editorial Igela, se publicó en 2015, un año después del original francés y seis años antes que la versión castellana. La consagración internacional llegaría más tarde, con el Nobel de 2022 y, en 2023, la traducción inglesa de Alison L. Strayer para Yale University Press.

Queda flotando una pregunta entre los carritos de la compra: si Ernaux pudo hallar literatura entre las estanterías de un Auchan cualquiera, ¿cuánto de nuestra propia vida se nos escapa, sencillamente, por falta de mirada?

Caminos del deseo: Peatones rediseñan la ciudad

Los caminos del deseo —desire paths, también llamados sendas informales, atajos de hierba pisada o, en la jerga anglosajona, cow paths o social trails— son esas trochas que brotan espontáneamente en un césped, un parque o un descampado cuando suficiente gente decide que la ruta trazada por el urbanista no es la que su prisa o su sentido común reclaman. Basta con que unas quince pisadas se repitan sobre el mismo trazado para que la vegetación ceda y quede marcada una línea de tierra desnuda que, a partir de ahí, se autorrefuerza: cuanta más gente la usa, más visible se vuelve, y más gente la sigue. 

Lo curioso —y aquí el tema se vuelve apasionante para cualquier rastreador de genealogías intelectuales— es que su origen es, en buena medida, una leyenda bien plantada. Se repite hasta la saciedad que el concepto nació con el filósofo francés Gaston Bachelard, quien en La poética del espacio (1958) habría acuñado la expresión lignes de désir. El problema es que, cuando los estudiosos han vuelto a rastrear el texto original, no han encontrado esa frase ni ninguna equivalente en sus páginas: la atribución circula ampliamente pese a que ni "lignes de désir" ni "chemins du désir" ni ninguna frase similar aparecen en el libro. Es, como han señalado varios comentaristas del tema, una autoría que se acepta casi por inercia citacional, "apparently in error" pero universalmente repetida como origen del término.

Si no fue Bachelard, ¿quién puso primero el dedo en esta tensión entre lo planificado y lo deseado? Casi tres décadas antes, Le Corbusier ya la había planteado, aunque con el signo cambiado. Llevaba dándole vueltas a la idea desde 1910 en Múnich y la retomó en París hacia 1915 investigando en la Biblioteca Nacional; en junio de 1922 publicó el artículo "Le chemin des ânes et le chemin des hommes" en el número 17 de la revista L'Esprit Nouveau, texto que se convertiría en el primer capítulo de su influyente Urbanisme (1925). Pero la ironía es notable: Le Corbusier no celebraba el camino del deseo, todo lo contrario. Para él, el asno zigzaguea sin objetivo, esquivando piedras y buscando sombra, mientras el hombre traza la línea recta porque sabe adónde va; la curva era pereza y animalidad, la recta era dominio racional sobre el territorio. Es exactamente la jerarquía de valores que el urbanismo contemporáneo ha invertido: lo que Corbusier despreciaba como extravío del asno, hoy se lee como inteligencia colectiva destilada por el uso.

El término tal como lo empleamos hoy sí tiene una genealogía documentable en la planificación del transporte: el estudio de transporte del área de Chicago de 1959 ya usaba estos caminos del deseo para representar las preferencias de los viajeros entre tren y metro, cartografiando hacia dónde quería ir realmente la gente a partir de por dónde pisaba. 

Los ejemplos, una vez que se empieza a mirar, aparecen por todas partes. En la Universidad Estatal de Michigan los arquitectos dejaron el campus deliberadamente sin aceras entre los edificios nuevos, esperaron a que los propios estudiantes marcaran sus recorridos sobre el césped y después asfaltaron exactamente esas trazas; en Finlandia, los urbanistas tienen la costumbre de visitar los parques justo tras la primera nevada, cuando la nieve virgen delata con precisión fotográfica por dónde camina de verdad la gente. En Manhattan, se cree que buena parte del trazado de Broadway sigue todavía un sendero usado por el pueblo wecquaesgeek antes de la colonización, un camino del deseo devenido, con los siglos, en una de las arterias más transitadas del planeta. Y en Detroit, un estudio calculó que la ruta más corta entre 131 destinos aleatorios, siguiendo los caminos del deseo en vez de las calles oficiales, era en promedio 6,27 metros más corta, y que en 2010 la ciudad acumulaba ya más de 240 kilómetros de estas sendas informales: una diferencia modesta trayecto a trayecto, pero multiplicada por millones de pasos.

La pandemia añadió su propio capítulo: el confinamiento disparó un 25% la afluencia a los parques de Buffalo en 2020, y en los bosques protegidos cercanos a Boston la longitud de nuevas sendas creció un 36%, tanto como lo que se había acumulado en los 47 años anteriores —muchas de ellas, curiosamente, no como atajos sino como sendas paralelas para guardar las distancias.

Más allá del asfalto, la metáfora ha hecho fortuna en otros campos: en diseño de software se habla de "pavimentar los caminos de las vacas" para justificar que una función se construya sobre el uso real y no sobre el que imaginó el diseñador; en sociología, la investigadora Laura Nichols propuso en 2014 el concepto de "sendas sociales del deseo" para pensar cómo ciertas prácticas informales terminan legitimando políticas que el diseño institucional no había previsto. 

Los caminos del deseo ofrecen una metáfora particularmente fértil: la ciudad es un texto que escriben simultáneamente sus diseñadores y sus habitantes. Sigue un álbum creciente de imágenes, la mayoría captadas por nosotros mismos.

"No fui feliz": Borges ante la felicidad perdida

El soneto que Jorge Luis Borges escribió en julio de 1975 —apenas unos días después de la muerte de su madre, Leonor Acevedo— ocupa un lugar singular en su obra. Publicado primero en el diario La Nación y recogido después en La moneda de hierro (1976), el poema lleva por título El remordimiento, aunque millones de lectores lo recuerdan por su estribillo: «No fui feliz». Es, en efecto, una de las contadas ocasiones en que el escritor argentino abandonó el disfraz alegórico —el laberinto, el espejo, la daga— para hablar en primera persona, sin cortapisas, desde la herida. 

La estructura es la de un soneto clásico: dos cuartetos, dos tercetos, endecasílabos que alternan ritmos sáficos y heroicos con una pulcritud que contrasta con la turbulencia del contenido. Borges, que tanto había teorizado sobre la ficción como artificio, opta aquí por la transparencia. El poema no necesita descifre: confiesa. Y la confesión es terrible. «He cometido el peor de los pecados / que un hombre puede cometer», afirma en la primera línea, estableciendo una escala moral inusitada en su universo, habitado más por la ironía que por la culpa. El pecado, sin embargo, no es un crimen contra el prójimo ni una herejía, sino algo íntimo y, a la vez, colectivo: no haber sido feliz.

La infelicidad se entiende aquí como una deuda contraída con los padres, que «me engendraron para el juego / arriesgado y hermoso de la vida, / para la tierra, el agua, el aire, el fuego». La enumeración de los cuatro elementos remite a la física presocrática, pero también a una idea de plenitud vital que el yo lírico siente haber traicionado. La vida como juego, como aventura elemental, fue sustituida por «las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías». La literatura —ese universo que Borges había cultivado con devoción— aparece súbitamente como vanidad, como distracción insustancial frente al imperativo de la existencia.

Sin embargo, el lector atento percibe una tensión que el propio autor no resuelve. Si el arte es nadería, ¿por qué la expresión de esa nadería alcanza una perfección formal que conmueve? Si la felicidad es el deber supremo, ¿por qué el poema que la niega resulta tan poderosamente «feliz» en su ejecución estética? Borges, que en El otro, el mismo había cantado los dones de la lectura y del intelecto, se contradice aquí con una sinceridad que no admite réplica. El remordimiento no es retórica; es luto. La pérdida de la madre —su interlocutora, su lectora primigenia, su compañera de silencios— desmorona el edificio de ironías y deja al descubierto al hombre: «No me abandona. Siempre está a mi lado / la sombra de haber sido un desdichado». 

Desde una perspectiva filosófica, el poema interroga la noción de felicidad como deontológica. Borges asume la herencia de una ética vitalista —la vida como obligación gozosa— y se declara en quiebra. Pero al mismo tiempo, al escribirlo, convierte la quiebra en forma, la culpa en belleza. Es la paradoja del creador: la obra nace de la insuficiencia vital y, sin embargo, compensa esa insuficiencia. Como recordaba Nietzsche, el artista paga sus deudas con lo único que posee: la capacidad de nombrarlas.

En el aula, El remordimiento ofrece una oportunidad invaluable para discutir la relación entre experiencia y escritura. ¿Es legítimo leer este poema como autobiografía? ¿O la voz poética, incluso en su máximo grado de desnudez, sigue siendo una construcción? Borges mismo, entrevistado años después por Joaquín Soler Serrano, confirmó las circunstancias de su composición, pero eso no cierra el debate. Lo que sí queda fuera de toda duda es que, en catorce versos, el autor logró algo que toda su vasta obra no siempre lograba: hacernos sentir, sin intermediarios, el peso exacto de una vida.

Quizá el verdadero mérito del poema no esté en la confesión de infelicidad, sino en el coraje de haberla confesado. Porque, al final, Borges sí fue valiente: tuvo la valentía de escribir que no la tuvo para vivir como se esperaba de él. Y en esa rendición, paradójicamente, nos legó uno de sus textos más humanos.

Eclipse lunar parcial del próximo 28 de agosto de 2026

Post siguiente con las imágenes grabadas.

El eclipse lunar parcial del próximo viernes 28 de agosto de 2026 se desarrollará durante la madrugada y el amanecer. La fase de máxima cobertura ocurrirá cuando la Luna se encuentre a baja altura sobre el horizonte en dirección Oeste - Suroeste (SSO), por lo que es esencial situarse en zonas con perspectiva despejada hacia esa orientación (tierra adentro).


Horarios del eclipse (madrugada del 28 de agosto) 

  • 03:24 h – Inicio de la fase penumbral: Sutil oscurecimiento en el brillo lunar.
  • 04:34 h – Inicio de la parcialidad: Comienza a ser claramente visible la sombra terrestre en el disco lunar.
  • 06:13 h – Máximo del eclipse: La Luna alcanzará un 93% de ocultación, adquiriendo tonos rojizos cerca del horizonte.
  • 07:35 h – Puesta de la Luna: La Luna se ocultará por el horizonte mientras se aproxima el amanecer.

Dónde observarlo en Mil Palmeras y alrededores: 


Playa de Mil Palmeras. Ofrece una amplia visión del cielo nocturno y un entorno accesible para situarse cómodamente durante la madrugada. Aunque la Luna estará al oeste (hacia el interior de la costa), la amplitud del paseo y de la playa permite encontrar zonas despejadas lejos de obstáculos inmediatos.

Torre de la Horadada. Situada a corta distancia al sur de Mil Palmeras, esta franja litoral cuenta con amplias explanadas abiertas. Sus vías de acceso despejadas facilitan enfocar el horizonte terrestre hacia el oeste sin interferencia de grandes edificios.


Playa del Conde. Un enclave tranquilo junto a la emblemática torre vigía. Sus espacios abiertos permiten apostarse con comodidad para seguir el descenso de la Luna y capturar fotografías combinando la silueta del paisaje local con la tonalidad rojiza del eclipse.

Consejos prácticos: 

  • Orientación: Asegúrate de colocarte en puntos con la vista despejada hacia el Oeste / Suroeste, evitando que las urbanizaciones de primera línea o árboles altos tapen la Luna a partir de las 05:30 h, cuando estará más baja.
  • Observación directa: Los eclipses de Luna son 100% seguros a simple vista, sin necesidad de filtros solares.
  • Equipo recomendado: Unos prismáticos estándar (7x50 u 8x42) o una cámara con trípode te permitirán apreciar detalles del borde de la sombra y la superficie lunar.

Cómo los eclipses revolucionaron la ciencia

Hoy veremos toda la ciencia derivada de los eclipses: del hallazgo del helio a la relatividad general. Desde la historia más remota, de la Sombra a la Luz haremos un repaso de la Revolución Científica de los Eclipses. Durante milenios, el oscurecimiento repentino del cielo infundió un pavor sagrado en las civilizaciones antiguas. Sin embargo, la transición del mito a la razón convirtió estos fenómenos de alineación cósmica en laboratorios naturales insustituibles. La observación rigurosa de la sombra de la Tierra y la Luna no solo permitió desentrañar los engranajes de la mecánica celeste, sino que transformó de forma radical nuestra comprensión de la materia, la luz y la estructura misma del universo. 

La primera escala del Cosmos: Antigüedad y Geometría. El valor científico de los eclipses se manifestó tempranamente en la Grecia clásica. Al observar la sombra circular que la Tierra proyectaba sobre la Luna durante un eclipse lunar, Aristóteles dedujo de manera empírica la esfericidad de nuestro planeta. Décadas más tarde, Aristarco de Samos e Hiparco de Nicea emplearon la geometría de los eclipses para calcular, con una precisión asombrosa para su época, las distancias relativas y proporciones entre la Tierra, la Luna y el Sol. Aquellos breves momentos de penumbra ofrecieron a la humanidad su primera regla métrica para medir el cosmos.

El descubrimiento de nuevos elementos: La espectroscopia solar. Con la llegada del análisis espectral en el siglo XIX, los eclipses solares totales abrieron una ventana inédita hacia la composición de las estrellas. En condiciones habituales, el deslumbrante resplandor de la fotosfera impide analizar las capas externas del Sol. Durante el eclipse total del 18 de agosto de 1868, observado desde la India, el astrónomo francés Jules Janssen y el británico Norman Lockyer analizaron de forma independiente la luz de la corona solar.

Al descomponer la luz de las prominencias solares, detectaron una línea de emisión amarilla inédita hasta entonces. Norman Lockyer concluyó que correspondía a un elemento desconocido en la Tierra y lo bautizó como helio (del griego Helios, Sol). No sería hasta 1895 cuando el químico William Ramsay aisló el helio en nuestro planeta, convirtiendo al eclipse de 1868 en el único evento científico donde se descubrió un elemento químico en el espacio antes que en la corteza terrestre.


La curva del espacio-tiempo: La prueba decisiva de Einstein. El hito científico más emblemático vinculado a un eclipse ocurrió el 29 de mayo de 1919. Albert Einstein había formulado en 1915 su Teoría de la Relatividad General, postulando que la gravedad no es una fuerza distante, sino una curvatura del espacio-tiempo provocada por la masa. Según la teoría, la masa del Sol debía desviar la trayectoria de la luz proveniente de estrellas lejanas.


Para comprobarlo era indispensable fotografiar estrellas situadas justo detrás del disco solar, algo técnicamente imposible salvo durante la totalidad de un eclipse. El astrofísico Sir Arthur Eddington organizó dos expediciones históricas a la isla de Príncipe y a Sobral (Brasil). Al comparar las posiciones estelares durante la penumbra con las fotografías nocturnas previas, se midió exactamente la deflexión predicha por Einstein. El resultado no solo confirmó la relatividad, sino que catapultó al físico alemán a la fama mundial y reescribió la física moderna.


Un legado científico en constante evolución. Hoy en día, aunque instrumentos como el coronógrafo o los observatorios espaciales permiten simular eclipses artificiales, los eclipses totales naturales siguen ofreciendo oportunidades únicas. Permiten estudiar la baja corona solar, el comportamiento de la ionosfera terrestre y validar modelos de dinámica atmosférica. Los eclipses representan la quintaesencia de la divulgación pedagógica: un espectáculo natural fascinante que nos recuerda que las mayores respuestas de la ciencia a menudo aguardan en la brevedad de una sombra.

Cultura y simulacro: Baudrillard predijo la posverdad

En 1978, cuando Editorial Kairós encargó a Pedro Rovira la traducción de unos ensayos dispersos de Jean Baudrillard, nadie podía sospechar que aquel volumen modesto, Cultura y simulacro, contenía ya el germen de una de las intuiciones más inquietantes del pensamiento contemporáneo: la sospecha de que la realidad, tal y como la entendíamos, había dejado de existir. Casi medio siglo después, en plena era de algoritmos, deepfakes y realidades aumentadas, el libro se lee menos como una reliquia académica que como un mapa —él mismo hubiera apreciado la ironía— de nuestro presente.

Jean Baudrillard (Reims, 1929 – París, 2007) fue sociólogo de formación y filósofo por vocación. Estudió filología germánica en la Sorbona, tradujo a Marx y a Brecht, y en 1966 defendió en Nanterre una tesis dirigida por Henri Lefebvre. Tras dedicar sus primeros libros —El sistema de los objetos y La sociedad de consumo— a diseccionar el fetichismo de las mercancías, derivó hacia una crítica radical de la representación que lo convirtió, junto a Lyotard y Deleuze, en una de las voces centrales de la posmodernidad. Su fama mundial llegó más tarde, cuando los hermanos Wachowski convirtieron su obra mayor, Simulacra and Simulation (1981), en atrezo filosófico de Matrix, gesto que el propio autor recibió con escepticismo: sospechaba, no sin razón, que el cine había simplificado su tesis hasta la caricatura.

El corazón de Cultura y simulacro es el ensayo «La precesión de los simulacros», donde Baudrillard invierte la célebre fábula de Borges sobre los cartógrafos del Imperio, que dibujaban un mapa tan detallado que terminaba por cubrir el territorio. Hoy, sostiene, ya no queda territorio que precise mapa: es el mapa —el modelo, el simulacro— el que genera el territorio, y son sus jirones los que se pudren en el desierto de lo real. De ahí nace la hiperrealidad, ese régimen donde la copia ya no remite a ningún original y donde Disneylandia cumple una función precisa: hacer creer que fuera de sus muros, en Los Ángeles, en América entera, existe todavía algo real.

Los ensayos que completan el volumen —«El efecto Beaubourg», «A la sombra de las mayorías silenciosas» y «El fin de lo social»— trasladan esa lógica al terreno político. Baudrillard describe a las masas como un agujero negro que absorbe sin devolver: ni la historia, ni la ideología, ni el sentido logran atravesarlas, porque las masas no son sujeto político sino pura inercia neutralizadora. La tesis dialoga, sin buscarlo, con La rebelión de las masas de Ortega y Gasset: donde el pensador temía la imposición de la mediocridad mayoritaria, Baudrillard describe algo aún más inquietante, una masa que ni siquiera aspira a imponerse, que simplemente disuelve cuanto se le arroja. Hannah Arendt, desde otra tradición, había advertido ya cómo las sociedades de masas erosionan el espacio común donde la política resulta posible; Baudrillard lleva esa erosión hasta su extremo lógico.

Leído hoy, el libro se adelanta con precisión inquietante a nuestro presente: campañas electorales convertidas en escenificación de signos, atentados que se disputan en el terreno de la interpretación antes que en el de los hechos, redes que fabrican consenso sin referente real alguno. No es casualidad que Cultura y simulacro recupere lectores en la era de la inteligencia artificial generativa, cuando distinguir una imagen real de una sintética ha dejado de ser un ejercicio académico para volverse cotidiano. Baudrillard no ofrece salidas ni consuelos —nunca fue su estilo—, pero sí una herramienta afilada para nombrar el vértigo. Volver a este librito de apenas doscientas páginas sigue siendo, cerca de cinco décadas después, un ejercicio de higiene intelectual.

Resumen: Baudrillard, medio siglo después: cuando el mapa devora el territorio. Qué nos enseña «Cultura y simulacro» sobre las redes y la IA. De Borges a Baudrillard: el simulacro que sustituyó a la realidad. Por qué releer a Baudrillard en la era de los deepfakes.

Ley de Goodhart-Campbell: Si el mapa sustituye al territorio

Hoy nos detendremos en la famosa Ley de Goodhart-Campbell. Porque hay leyes que no rigen la materia sino la conducta de quienes la miden, y entre ellas ninguna resulta tan incómodamente fértil como la que hoy conocemos como ley de Goodhart-Campbell. El economista Charles Goodhart la formuló en 1975 para criticar la política monetaria británica, advirtiendo que cualquier regularidad estadística tiende a colapsar en cuanto se ejerce presión sobre ella con fines de control. 

El sociólogo Donald T. Campbell había llegado también, en 1976, a una conclusión paralela desde la evaluación de políticas sociales: cuanto más se emplea un indicador cuantitativo para tomar decisiones, más se corrompe y más distorsiona los procesos que pretendía vigilar. La formulación popular, atribuida a la antropóloga Marilyn Strathern, la resume con una economía admirable: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser una buena medida. 

El fenómeno no es una curiosidad técnica, sino una lección sobre la naturaleza misma del conocimiento aplicado. Toda métrica nace como representación parcial de una realidad más rica; funciona mientras permanece inocente, mientras nadie actúa deliberadamente para satisfacerla. En el instante en que se convierte en criterio de recompensa o castigo, los agentes racionales —y no hace falta que sean cínicos, basta con que sean razonables— reorientan su comportamiento hacia el número y no hacia el fin que el número debía representar. Ortega y Gasset advirtió que las ideas se convierten en creencias cuando dejamos de cuestionarlas; algo semejante ocurre con los indicadores, que de instrumentos pasan a ser dogmas administrativos en cuanto se institucionalizan.

Los ejemplos abundan y son familiares para cualquier profesor. Cuando la calidad educativa se reduce a resultados en pruebas estandarizadas, los centros terminan enseñando para el examen y no para la comprensión, erosionando precisamente lo que el examen debía certificar. Cuando la productividad médica se mide en número de intervenciones, se multiplican las intervenciones innecesarias. Cuando el rendimiento policial se mide en detenciones, se detiene más y se investiga menos. En cada caso el indicador sobrevive, pero la realidad que nombraba se ha desvanecido detrás de él, sustituida por su propia sombra estadística.

Esta patología revela algo más profundo sobre la relación moderna entre poder y cuantificación. Hannah Arendt observó que la administración burocrática tiende a sustituir el juicio por el procedimiento, precisamente porque el procedimiento es medible y el juicio no. La ley de Goodhart-Campbell describe el precio de esa sustitución: ganamos gestionabilidad y perdemos verdad. No se trata de un defecto corregible con mejores estadísticas, sino de una tensión estructural entre la vida —siempre excesiva, siempre desbordante respecto de cualquier categoría— y los instrumentos que empleamos para gobernarla. Unamuno hubiera reconocido aquí una variante de su desconfianza hacia los sistemas que aspiran a encerrar lo viviente en fórmulas cerradas.

La respuesta razonable no es abandonar la medición, tarea imposible para cualquier sociedad compleja, sino cultivar una relación más humilde con ella: multiplicar los indicadores para que ninguno concentre por sí solo el poder de definir el éxito, mantener espacios de evaluación cualitativa que ningún número sustituye, y recordar constantemente que toda métrica es un mapa, nunca el territorio. La universidad, la sanidad, la administración pública y la propia investigación científica —sometida hoy a la tiranía de las citas y los índices de impacto— harían bien en releer a Goodhart y Campbell no como una anécdota de la economía de los setenta, sino como una advertencia permanente contra la tentación de confundir lo que se mide con lo que importa.

Resumen: La ley de Goodhart-Campbell: cuando medir se convierte en mentir. El número que devora la realidad que pretendía representar. De indicador a dogma: la corrupción silenciosa de las métricas. Cuando el mapa sustituye al territorio: la ley de Goodhart.

@stgoallamand

El problema no es la métrica. El problema es olvidar para qué la estás usando. Ahorrar, vender o invertir no son objetivos en sí mismos: son medios para lograr algo más grande. Cuando optimizas solo el número, terminas saboteando el resultado que buscabas desde el inicio. Usa los números como brújula, no como destino. Ahí está la verdadera diferencia. #FinanzasPersonales #MetasFinancieras #LeyDeGoodhart #EducaciónFinanciera #PensamientoEstratégico

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