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Museo del Mar de San Pedro del Pinatar, memoria de cofradía

El Museo del Mar de San Pedro del Pinatar es patrimonio vivo en manos de sus protagonistas, los pescadores de ambos mares. Hay museos construidos por instituciones y hay museos construidos por comunidades. Los primeros responden a políticas culturales; los segundos, a una necesidad más honda: la de preservar lo que uno mismo ha vivido antes de que el tiempo lo borre. El Museo del Mar de San Pedro del Pinatar pertenece a esta segunda y más rara categoría.

Único edificio de la Comarca del Mar Menor dedicado exclusivamente al arte de la pesca, el museo pertenece a la Cofradía de los Pescadores, una circunstancia que no es un mero detalle administrativo, sino la clave que explica su carácter y su valor. No es un museo sobre los pescadores; es un museo de los pescadores, gestionado por quienes conocen el mar desde adentro.

Origen y fundación. El museo fue fundado en 1980 por don Lázaro Escudero Alarcón, patrón mayor de la Cofradía, con la intención de divulgar y dar a conocer la cultura y la historia de la pesca en el Mar Menor y el Mediterráneo. Escudero Alarcón representaba ese tipo de figura que la sociología del trabajo reconoce como “trabajador orgánico”: alguien que, al retirarse del oficio, no abandona su saber, sino que lo convierte en legado colectivo. Su iniciativa fue el germen de lo que hoy es una institución cultural de referencia en la comarca murciana.

En 2013, la familia Pérez Gracia acometió una remodelación integral del espacio, trasladándolo a dependencias más amplias dentro de la propia Cofradía e incorporando nuevas colecciones y exposiciones. Un crecimiento que refleja el arraigo de la iniciativa en la comunidad local.

Las colecciones: cuando los objetos narran. Lo que el visitante encuentra al cruzar el umbral es una lección de materialidad cultural. Las colecciones incluyen maquetas de las redes tradicionales de la pesca local —encañizadas, paranzas, pantasana—, fotografías antiguas de faenas marineras, una colección de barcos tradicionales a vela latina y embarcaciones históricas como carabelas o galeones. 

A estas piezas se suman colecciones de caracolas marinas, dentaduras de peces, caparazones de moluscos, colecciones de nudos marineros y mapas cartográficos. Cada objeto es, en sí mismo, un documento etnográfico: habla de técnicas, de saberes transmitidos de generación en generación, de una relación entre el ser humano y el ecosistema lacunar del Mar Menor que difícilmente podría comprenderse a través de la sola palabra escrita.

Las encañizadas merecen mención especial. Se trata de un sistema ancestral de pesca mediante estructuras de cañas que aprovechan los movimientos migratorios de los peces entre el Mar Menor y el Mediterráneo. Las maquetas de las encañizadas de Punta de Algas constituyen una ventana desde la que asomarse a una tradición que es sello de identidad del pueblo pinatarense. 

Un museo ante el reto de la continuidad. El director del museo, José Benito Pérez, ha señalado que espacios como este son imprescindibles para conservar la historia de localidades como San Pedro del Pinatar: “Si no mantenemos este tipo de espacios, la cultura se pierde”. A su juicio, la cultura marinera sigue arraigada en el municipio, pero la pesca atraviesa momentos de dificultad y las generaciones que continúan la tradición familiar escasean.

Esta tensión entre permanencia y transformación es, precisamente, lo que convierte al museo en un espacio educativamente relevante. No es un recinto nostálgico: es un lugar donde el pasado interpela al presente y donde la pregunta sobre el futuro de los oficios del mar se vuelve urgente.

Para visitantes: El museo tiene su sede en el Edificio del Hogar del Pescador, en la Plaza de España, centro neurálgico de San Pedro del Pinatar. El horario de visita es de miércoles a domingo, de 9:30 a 13:30 horas. Para grupos, es recomendable concertar visita previa a través de la Cofradía. Una visita al Museo del Mar combina perfectamente con un paseo por el parque regional de las Salinas y Arenales, declarado zona Ramsar, convirtiendo San Pedro del Pinatar en un destino de turismo cultural y natural de primer orden en la costa murciana. Ver álbum creciente de imágenes.

@agirregabiria

Museo del Mar de San Pedro del Pinatar (Murcia)

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III Ruta de Coches Superdeportivos Clásicos y Modernos

III Ruta de Coches Superdeportivos Clásicos y Modernos
Grabación hecha por nuestro Tesla.

Hemos acudido a la visita a San Pedro del Pinatar (Murcia) de la III Ruta de Coches Superdeportivos Clásicos y Modernos. Una delicia ver estos motores legendarios junto al Mar Menor. El más significativo era un Ferrari 488 GTB, acompañado de varios Porsche,...

San Pedro del Pinatar: Donde el turismo se encontró con los superdeportivosEl domingo 24 de mayo de 2026, la localidad murciana de San Pedro del Pinatar vivió una jornada singular en la que el turismo cultural, la pasión automovilística y la convivencia ciudadana confluyeron gracias a la III Ruta de Coches Superdeportivos Clásicos y Modernos. El evento convirtió durante unas horas las inmediaciones del Museo Municipal Palacio Barón de Benifayó en un auténtico museo al aire libre dedicado al automóvil de excepción. 

La iniciativa reunió vehículos de distintas épocas y filosofías mecánicas: desde elegantes deportivos clásicos de combustión atmosférica hasta modernos superdeportivos de altas prestaciones, herederos de una industria automovilística donde diseño, ingeniería y tecnología conviven en permanente evolución. Más allá del atractivo visual de modelos legendarios, la ruta sirvió también como escaparate turístico para uno de los municipios más emblemáticos del litoral murciano.

A partir de las once de la mañana, los automóviles quedaron expuestos en una muestra estática que atrajo tanto a aficionados especializados como a familias, curiosos y visitantes ocasionales. El rugido contenido de motores italianos, alemanes o británicos contrastaba con la tranquilidad mediterránea de un municipio conocido por sus salinas, sus playas y su estrecha relación con el Mar Menor.

El recorrido no se limitó al componente automovilístico. Los participantes realizaron además una visita guiada al mural de la princesa rusa, explicada por su autor, el artista Goyo 203, junto al museo pinatarense. Esta combinación de patrimonio urbano, arte contemporáneo y cultura del motor evidenció cómo los eventos temáticos pueden enriquecer la oferta turística de una ciudad y diversificar su atractivo.

La presencia de coches clásicos aporta además un valor histórico y educativo que trasciende el mero espectáculo. Cada vehículo representa una época concreta de la evolución industrial: avances en aerodinámica, materiales, seguridad o diseño mecánico. Contemplar un deportivo de los años setenta junto a un híbrido contemporáneo permite observar, casi como en una lección de historia tecnológica, cómo ha cambiado la relación entre potencia, eficiencia y sostenibilidad.

En este tipo de encuentros también aparece una dimensión social frecuentemente olvidada. Los propietarios de estos automóviles suelen actuar como auténticos conservadores de patrimonio mecánico. Restaurar y mantener un clásico requiere conocimientos técnicos, paciencia y una considerable inversión emocional y económica. El automóvil deja entonces de ser solamente un medio de transporte para convertirse en memoria cultural rodante.

Para San Pedro del Pinatar, la cita supone igualmente una oportunidad estratégica. El municipio lleva años potenciando un turismo diverso que combina naturaleza, gastronomía, deporte y patrimonio. Eventos relacionados con el motor permiten atraer visitantes fuera de la temporada estrictamente veraniega y generan actividad económica en hostelería, comercio y restauración. Además, proyectan una imagen moderna y dinámica capaz de conectar con públicos muy diferentes.

No es casual que este tipo de concentraciones proliferen en numerosas ciudades españolas. Existe un creciente interés intergeneracional por el automóvil emocional frente a una movilidad cada vez más digitalizada y automatizada. En una época dominada por pantallas, asistentes inteligentes y electrificación, los coches clásicos y superdeportivos mantienen intacta cierta capacidad de fascinación estética y sensorial.

La III Ruta de Coches Superdeportivos Clásicos y Modernos demostró así que el motor puede integrarse plenamente en una experiencia cultural y turística de calidad. Entre salinas, palmeras y brisa mediterránea, San Pedro del Pinatar ofreció una imagen distinta del turismo: una donde patrimonio, tecnología, diseño y pasión compartida circulaban por la misma carretera. 

Mural a La Princesa Rusa en San Pedro del Pinatar

Goyo203

Con ocasión de una cita de coches deportivo, hemos visitado el nuevo mural de grandes dimensiones rinde homenaje, en las inmediaciones del Museo Barón de Benifayó, a la leyenda de La Princesa Rusa en San Pedro del Pinatar. Esta monumental obra ha sido realizada por el destacado artista pinatarense José Luis Martínez Escudero, conocido como Goyo 203, gracias a la colaboración de la Concejalía de Cultura con el galerista y promotor cultural Darío Vigueras, en el marco del 25 aniversario del museo. 

El alcalde de San Pedro del Pinatar, Pedro Javier Sánchez; la edil de Cultura, Carmen María López; y el director del Museo Barón de Benifayó, Marcos David Gracia, junto a Darío Vigueras y Goyo 203, han visitado hoy esta obra que recrea una de las leyendas más célebres y extendidas del municipio. 

El artista ha contado con plena libertad para la realización de este mural, basado en la leyenda de la princesa rusa de San Pedro del Pinatar, la cual narra el trágico amor y asesinato de una noble amante del Barón de Benifayó en la Isla del Barón (Mar Menor). Se dice que su fantasma, una figura de luz blanca, se aparece a pescadores y merodea el actual museo, evocando una historia de traición y celos del siglo XIX. 

El autor ha explicado que a esta leyenda ha sumado la historia personal de su familia. Una tatarabuela suya, de profesión trovera y que regentaba una posada, fue cortejada por el altanero Barón de Benifayó, quien la obsequió con una muñeca de porcelana y vidrio. Esta pieza aún permanece en la familia y ha servido también de inspiración al artista para esta obra. 

El alcalde ha alabado el trabajo realizado por Goyo 203, destacando que refleja a la perfección ese misterio que envuelve a la leyenda de La Rusa y que se convertirá en una excelente carta de presentación para las personas que visiten el municipio y el museo. 

José Luis Martínez Escudero (San Pedro del Pinatar, 1982), conocido artísticamente como Goyo 203, comenzó a pintar de forma autodidacta desde su infancia, convirtiendo su pasión en su forma de vida. Actualmente está considerado como un reconocido pintor de arte urbano en la Región de Murcia, habiéndose posicionado con éxito en otras ciudades nacionales y europeas. 

El trabajo de Goyo 203 está enfocado en el desarrollo y ejecución de rostros de gran formato, sobresaliendo por una gran expresividad lograda mediante la exaltación de elementos como los ojos, los cuales trabaja con minucioso detalle. Los críticos de arte destacan una evolución y madurez evidente en su obra, tanto en sus creaciones de estudio como en sus trabajos de gran formato. En ellos se observa una transición del realismo al surrealismo, con el uso de técnicas que van desde el impresionismo hacia un nuevo post-expresionismo.

Álbum de fotos y vídeos
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Goyo203 explica el mural a la leyenda de La Rusa

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Palacio Museo Barón de Benifayó en San Pedro del Pinatar

Para un museólogo como soy, con un selecto Máster universitario de dos años pero sin demasiada trayectoria profesional, hoy ha sido un lujo completar la visita a dos palacios, de un mismo linaje: Benifayó entre tierra firme (San Pedro del Pinatare Isla Mayor o del Barón (Mar Menor). Hoy hemos visitado el Palacio Museo Barón de Benifayó, repleto de historia, arquitectura y memoria colectiva; hace unos días vimos en barco su palacete réplica menor (posts previo). Nos ha recibido su Director, Marcos David Gracia Antolinos, quien muy amablemente nos ha hecho un resumen de esta joya demasiado poco reconocida. Incluso nos ha invitado a una exposición temporal "Cuarenta años de historia viva" que este próximo viernes 8 de mayo se inaugura. 

Hay edificios que trascienden su función original para convertirse en depositarios de la memoria de todo un territorio. El Palacio Museo Barón de Benifayó, en San Pedro del Pinatar (Región de Murcia), es uno de esos lugares privilegiados donde la arquitectura, la historia nobiliaria y el patrimonio arqueológico y etnográfico convergen en una visita que sorprende por su densidad cultural.

Un encargo aristocrático con ecos universales. El palacio fue construido en el siglo XIX como residencia de veraneo, en un momento en que San Pedro del Pinatar comenzaba a despuntar como destino estival de la alta burguesía. Su promotor fue Don Julio Falcó d’Adda, perteneciente a la casa italiana de Saboya y emparentado con las más ilustres familias de la nobleza española, quien encargó el proyecto al arquitecto madrileño Lorenzo Álvarez Capra. La construcción se terminó en 1892. 

Lo que hace singular a este encargo va más allá de su destinatario: el palacete es una réplica reducida del Pabellón de España en la Exposición Universal de 1873, lo que convierte al edificio en un eco construido de la modernidad internacional del siglo XIX, trasplantado a un enclave costero del Mediterráneo español. Álvarez Capra concibió así una obra que dialoga, desde la periferia levantina, con las grandes corrientes arquitectónicas de su época.

La magia del neomudéjar frente al Mar Menor. Se trata de una residencia rural de carácter palacial, formada por varios cuerpos de edificación que en su aspecto externo toman la forma romántica de una especie de castillo con almenas y torreones, rodeada por un gran parque. El resultado es un ejercicio de eclecticismo romántico que entronca con la corriente neomudéjar: el uso del ladrillo en canto o punta, frecuente en la arquitectura mudéjar, permite marcar los diversos motivos y decoraciones de la fachada.

La relación del edificio con su contexto urbano también merece atención: originalmente disponía de unos extensos terrenos ajardinados que fueron cedidos, a finales del siglo XX, en su mayor parte al municipio por la condesa de Campo Hermoso y Villar de Felices, convertidos en el parque adyacente con su nombre. Una generosidad aristocrática tardía que hoy beneficia a residentes y visitantes por igual.

Un duelo, una isla y un segundo palacete. La historia del Barón no se agota en San Pedro del Pinatar. Detrás de su arraigo murciano hay un episodio de novela: el Barón retó a duelo a un adversario y, casual o intencionadamente, lo mató, por lo que fue procesado y condenado a prisión durante varios años. La cárcel que le correspondió no fue cualquiera: la Isla Mayor pertenecía a la marina española y era prisión militar, y a ella fue enviado Don Julio Falcó a cumplir su condena. Unos seis años pasó rodeado de agua salada pero, posiblemente por ser quien era, recibía visitas y obtenía permisos para visitar los alrededores. El Barón se enamoró de la isla y su entorno.

Cumplida la condena, lejos de alejarse del lugar de su reclusión, el aristócrata lo hizo suyo: adquirió la Isla Mayor para recreo y caza, mandando construir el palacete neomudéjar que todavía existe. El mismo arquitecto Álvarez Capra diseñó ambos edificios siguiendo un esquema común, aunque con diferencias notables: el de San Pedro disponía de dos torres y estaba rodeado de un gran jardín, mientras que el de la isla contaba con una sola torre y escasas plantas por la falta de agua dulce y el tipo salino del terreno. Así, la isla debe su segundo nombre —Isla del Barón— precisamente a quien levantó ese palacio neomudéjar en su cima volcánica.

Hoy la isla es propiedad privada y de acceso muy restringido, lo que confiere al palacete insular una aureola de misterio que contrasta con la accesibilidad del museo de San Pedro. En el recorrido que realizan los turistas por la isla pueden ver por fuera este inmueble, así como otras edificaciones que todavía se mantienen en uso, y subir a la torre para contemplar el paisaje. Dos arquitecturas gemelas, pues, separadas por las aguas del Mar Menor: una abierta al público como museo vivo, la otra custodiada por la distancia y la propiedad privada como reliquia casi inaccesible.

Leyendas y propietarios: La Casa de la Rusa. Todo gran edificio acumula capas de historia y, a menudo, de leyenda. El palacio es también conocido como la «Casa de la Rusa», al ser vivienda de una señora de esa nacionalidad durante unos años. Aunque la historiografía local matiza que no hay constancia documentada de ello, la denominación popular ha persistido con la tenacidad que solo tienen los mitos urbanos bien arraigados. Sus últimos propietarios fueron los Condes de Villar de Felices, quienes finalmente donaron el inmueble al Ayuntamiento, asegurando así su preservación y uso público.

El museo: tres miradas sobre el territorio. Hoy el palacio alberga el Museo Arqueológico y Etnográfico de San Pedro del Pinatar, que organiza su discurso expositivo en tres grandes ejes temáticos de notable interés didáctico. La sección de arqueología ofrece una muestra de los principales hallazgos del municipio, tanto terrestres como submarinos, así como una selección de fósiles y material de culturas prehistóricas del sureste, con piezas que abarcan desde el mundo ibérico y romano hasta el medieval e islámico. La etnografía, por su parte, recorre la vida cotidiana de dos mundos paralelos: la burguesía que se asentó en San Pedro del Pinatar a finales del siglo XIX construyendo sus residencias de verano, y las gentes de a pie que con su trabajo levantaron el municipio, representadas a través de oficios como la pesca, la agricultura, las salazones y la industria salinera.

Y quizás el rincón más entrañable sea la colección de juguetes antiguos: más de 300 juguetes cedidos o donados por colaboradores, que recorren la historia del juguete desde los más antiguos tirachinas, canicas y trompas hasta los primeros videojuegos de ordenador. Un viaje generacional que conecta emocionalmente con visitantes de cualquier edad.

Una visita que merece el desvío. El Palacio Museo Barón de Benifayó es mucho más que una parada turística convencional. Es un lugar donde la ambición estética de un aristócrata decimonónico, la sabiduría popular de una comunidad costera y los estratos arqueológicos de siglos convergen bajo un mismo techo almenado. Y para quien mire desde sus ventanas hacia el horizonte azul del Mar Menor, sabrá que en el centro de esas aguas se alza, inaccesible y silenciosa, la isla que el mismo Barón amó lo suficiente como para hacer de su prisión un hogar.

Palacio Museo Barón de Benifayó

Álbum de imágenes. Post en elaboración que continuará creciendo.

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Palacio Museo Barón de Benifayó

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Las cinco islas del Mar Menor: naturaleza, historia y misterio

Durante toda la travesía en barco por el Mar Menor, el guía nos irá explicando todos los detalles de las cinco islas del Mar Menor: la isla Perdiguera, la isla del Barón, la isla Ronda, la isla del Ciervo y la isla del Sujeto . ¿Sabíais que son de origen volcánico y que albergan espacios protegidos?

Además, durante el paseo en barco descubriremos que el Mar Menor es la laguna salada más grande de Europa. A bordo del barco podremos disfrutar de su clima, la calidad de sus aguas y el entorno natural que rodea a este paisaje. Después de una hora y media navegando por la costa murciana, regresaremos a tierra firme.

Las cinco islas del Mar Menor: un archipiélago interior en el corazón del Mediterráneo. El Mar Menor, situado en el sureste de la Región de Murcia, constituye la laguna costera de agua salada más extensa de Europa, con una superficie aproximada de 135 kilómetros cuadrados . Separado del Mediterráneo por La Manga, esa lengua de tierra de apenas trescientos metros de anchura en algunos puntos, este mar interior alberga en su seno cinco islas de origen volcánico que concentran en poco espacio una extraordinaria densidad de historia, ecología y cultura popular. Conocerlas es aproximarse a uno de los ecosistemas más singulares y frágiles de la península ibérica.

La Isla del Ciervo es, con diferencia, la más accesible y visitada. Unida a La Manga mediante una pasarela peatonal, su nombre evoca la presencia histórica de ciervos en sus costas, aunque hoy la fauna terrestre se reduce a aves y reptiles. Sus dimensiones modestas —apenas ocho hectáreas— no impiden que acoja una vegetación de matorral mediterráneo bien conservada y unas vistas panorámicas que permiten contemplar simultáneamente las dos masas de agua que la rodean. Es la puerta de entrada simbólica al archipiélago interior.

La Isla Mayor, también conocida como Isla del Barón —en referencia al barón de Benifayó, que la adquirió en el siglo XIX—, es la más extensa del conjunto, con unas catorce hectáreas. Históricamente cultivada y habitada de forma estacional, conserva restos de edificaciones que hablan de una economía vinculada a la pesca y la agricultura de secano. Su posición central en la laguna la convierte en un punto de referencia visual constante para quienes navegan el Mar Menor.

La Isla Perdiguera, cuyo topónimo alude a las perdices que antaño la poblaban, es quizás la más célebre entre aficionados a la vela y el submarinismo. Sus aguas circundantes, de escasa profundidad y notable transparencia, ofrecen fondos de Posidonia oceanica —la fanerógama marina cuya presencia es indicador de calidad ecológica— y restos arqueológicos subacuáticos que testimonian siglos de navegación comercial romana y fenicia. La isla forma parte de los espacios protegidos de la Región de Murcia.

La Isla Rondella es la más pequeña del grupo y la menos frecuentada. De morfología casi circular —de ahí su nombre— y escasa elevación sobre el nivel de la laguna, representa el arquetipo de islote residual volcánico. Su interés radica principalmente en su papel como refugio de aves acuáticas, especialmente limícolas y ardeidas durante los períodos migratorios, lo que la convierte en un enclave de observación ornitológica de primer orden.

La Isla de las Encañizadas, situada en el extremo norte, próxima a los canales que comunican el Mar Menor con el Mediterráneo, cierra el conjunto con una particularidad histórica relevante: las encañizadas son sistemas tradicionales de pesca mediante cañas entretejidas, una técnica que los pescadores locales han empleado durante siglos para capturar la lisa, el mújol y la dorada en su tránsito entre las dos masas de agua. Esta isla es, en cierta medida, un monumento vivo a la cultura pesquera del sureste español.
Las cinco islas comparten un origen geológico común: forman parte del campo volcánico de Cartagena-La Unión, cuya actividad se desarrolló fundamentalmente durante el Mioceno superior, hace entre seis y diez millones de años. Esta herencia geológica confiere a sus suelos una composición mineralógica particular que condiciona tanto la vegetación como la fauna que las habita.

El Mar Menor atraviesa hoy una crisis ecológica severa , derivada de la presión urbanística, la agricultura intensiva y la sobrecarga turística. La suerte de estas cinco islas está indisolublemente ligada a la de la laguna que las sostiene. Comprenderlas, visitarlas con responsabilidad y reivindicar su protección no es solo un acto de turismo consciente: es también un ejercicio de ciudadanía ambiental en defensa de un patrimonio natural irreemplazable.
@agirregabiria

Travesía en barco por el Mar Menor: Isla Mayor o del Barón

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Golas de La Manga: Los canales naturales entre dos mares

La Manga del Mar Menor no es solo un capricho urbanístico o un destino de sol y playa; es, ante todo, una anomalía geográfica fascinante. Se trata de un cordón litoral de unos 22 kilómetros que separa el Mediterráneo (el "Mar Mayor") de una de las lagunas hipersalinas más grandes del mundo. Sin embargo, este muro de arena no es estanco. La Manga "respira" a través de sus golas.

¿Qué es exactamente una gola? Desde un punto de vista geomorfológico, una gola es un canal natural que comunica una albufera o laguna costera con el mar abierto. En el caso del Mar Menor, estas aberturas son las responsables de la renovación de sus aguas, regulando tanto su temperatura como su salinidad. Son, en esencia, las arterias por las que circula la vida y el equilibrio químico de la zona.

Un recorrido por la geografía del intercambio. Históricamente, el Mar Menor contaba con cinco golas principales, cada una con una personalidad y un impacto ecológico distinto:

Gola de la Encañizada: Situada al norte, es la más septentrional y natural. Su nombre evoca las encañizadas, un arte de pesca tradicional de origen árabe que aprovecha las migraciones de los peces entre ambos mares mediante laberintos de cañas y redes.

Gola de El Estacio: Originalmente un canal somero y estrecho, fue drásticamente transformado en los años 70 para permitir el paso de embarcaciones de recreo. Esta intervención es un punto crítico en la historia ambiental de la laguna.

Golas del Ventorrillo y del Charco: Canales menores que serpentean entre islotes bajos y carrizales, fundamentales para la biodiversidad de aves acuáticas.

Gola de Marchamalo: Ubicada al sur, es un canal artificial que conecta con las Salinas de Marchamalo, un paisaje donde la industria y la naturaleza convergen en tonos rosáceos.

La ciencia del desequilibrio. La relevancia educativa de las golas reside en su capacidad para alterar el ecosistema. Durante siglos, el Mar Menor mantuvo una salinidad muy superior a la del Mediterráneo debido a la escasa profundidad y la alta evaporación. Las golas eran estrechas, limitando el intercambio.

Sin embargo, el dragado de la Gola de El Estacio en 1973 cambió las reglas del juego. Al ensanchar y profundizar el canal, se produjo una "mediterraneización" de la laguna: la salinidad descendió y la temperatura se suavizó, permitiendo la entrada de especies invasoras y alterando la flora autóctona.

El flujo de agua en las golas no solo depende de las mareas (mínimas en el Mediterráneo), sino de la presión atmosférica y los vientos. Un fuerte viento de Levante puede "empujar" el agua hacia el interior de la laguna, elevando su nivel.

Turismo con conciencia: ¿Por qué visitarlas? Para el viajero culto, las golas ofrecen una experiencia que trasciende el baño. Visitar la zona de Las Encañizadas —especialmente al atardecer— permite observar un paisaje casi lunar, donde el agua apenas cubre unos centímetros y la frontera entre el cielo y el mar se difumina. Es un santuario de paz donde se puede entender la lucha constante entre la erosión marina y la sedimentación.

En síntesis final, las golas de La Manga son mucho más que accidentes geográficos; son testimonios de la historia geológica de la Región de Murcia y recordatorios de nuestra responsabilidad ambiental. Comprender su funcionamiento es el primer paso para proteger un Mar Menor que, hoy más que nunca, necesita que sus pulmones funcionen en perfecta sintonía con su naturaleza original.

@agirregabiria

La gola de Marchamalo

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La calle más larga de España: Gran Vía de La Manga

Con nada más y nada menos que 19 kilómetros de longitud, la Gran Vía de La Manga del Mar Menor, situada entre Cartagena (los 3 primeros km y luego San Javier), Murcia, es la calle más extensa de toda España. Sus casi 20 kilómetros de calle suponen un fenómeno muy curioso.

Bajo el descriptivo apelativo de La Manga se encierra un curioso capricho orográfico que ha venido siendo uno de los símbolos que mejor identifican el litoral murciano como enclave turístico: un cordón extendido a lo largo de, aproximadamente, 24 km entre Cabo de Palos y la Punta del Mojón, que pone límites naturales a la laguna de agua salada conocida como Mar Menor.

Cuando escuchamos el nombre "Gran Vía", nuestra mente suele volar automáticamente al bullicio de Madrid o a la elegancia de Barcelona. Sin embargo, si lo que buscas es la verdadera reina de la longitud, tienes que mirar hacia el sureste, donde la tierra se vuelve un suspiro entre dos mares.

Hablamos de la Gran Vía de La Manga, en la Región de Murcia. Con sus casi 19 kilómetros de recorrido, ostenta el título de la calle más larga de España. Pero no es una calle cualquiera; es la columna vertebral de un capricho geológico único en el mundo: Un trayecto entre dos aguas.

Lo que hace especial a esta avenida no es solo su kilometraje, sino su ubicación. Imagina conducir con el Mar Mediterráneo a tu derecha y el Mar Menor a tu izquierda. Es, literalmente, una línea de asfalto que mantiene unido un paraíso turístico. Punto emblemático: El Puente del Estacio, un puente levadizo que permite el paso de embarcaciones entre ambos mares. Destino final: Termina en la zona de La Veneziola, donde la carretera se rinde ante los canales y la naturaleza.

¿Se puede recorrer a pie? Poder, se puede... si tienes la resistencia de un maratoniano y un suministro generoso de protector solar. Aunque técnicamente es una vía urbana, su escala es casi interurbana. Es el lugar perfecto para un road trip costero con las ventanillas bajadas, sintiendo el salitre en la cara. 

Dato curioso: Aunque la Gran Via de les Corts Catalanes en Barcelona suele disputar el trono por número de portales, en términos de distancia lineal continua, la de La Manga no tiene rival. Si planeas visitarla, no lo hagas con prisa. La Gran Vía de La Manga no es solo un camino para llegar a un sitio; en este caso, el camino es el destino.

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Amanecer desde la habitación en el Levante

Amanecer desde la habitación, con el sol sobre el faro de la Isla Hormiga
La Manga (Murcia) en seis pinceladas:
  1. Es un capricho geológico de 21 km que actúa como frontera entre dos aguas.

  2. Separa el ímpetu del Mediterráneo de la calma absoluta del Mar Menor.

  3. Ofrece el lujo de elegir oleaje y temperatura con solo cruzar una calle.

  4. Su fisonomía de "lengua de tierra" es una rareza morfológica única en Europa.

  5. Funciona como un balneario natural gracias a sus lodos y aguas hipersalinas.

  6. Es el único lugar donde puedes ver el sol nacer y morir siempre sobre el mar.

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¿Dónde estamos hoy?

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Hidroaviones militares amerizados en Lekeitio

Hidroaviones errantes en Lekeitio en las dos guerras mundiales (PDF)

Quien haya visitado las fiestas de Lekeitio o cualquier txoko del País Vasco probablemente conozca o haya tarareado sus versos: "Aeroplano bi pasa-ta, bat itsasora jausi" (Dos aeroplanos han pasado, uno ha caído al mar). Es una de esas canciones que parecen haber existido siempre, parte del folclore inmemorial. Sin embargo, esta melodía no es una leyenda anónima; es la crónica musical de un suceso muy real, documentado y extraordinario que convirtió un pequeño puerto pesquero en el escenario de un incidente diplomático en plena Primera Guerra Mundial.

En las brumosas costas del Cantábrico, donde el mar se funde con el cielo vasco, un episodio singular irrumpió en la neutralidad española durante la Gran Guerra. El 2 de julio de 1917, en plena efervescencia del conflicto mundial, un hidroavión francés descendió bruscamente sobre las olas, a unas cuatro millas náuticas de Lekeitio (Bizkaia). No era un combate heroico ni un bombardeo audaz, sino un drama mecánico que unió, por unas horas, la tecnología bélica con la solidaridad pescadora. Este suceso, narrado en crónicas locales como las de El Correo y El Pueblo Vasco, revela no sólo la fragilidad de la aviación incipiente, sino también las tensiones diplomáticas en un país que, bajo el gobierno de Eduardo Dato, se esforzaba por mantener su neutralidad ante las potencias en guerra.

Para entender este interludio, debemos retroceder al contexto de la Primera Guerra Mundial. En 1917, el frente occidental se estancaba en trincheras sangrientas, mientras el Atlántico se convertía en un tablero letal para la guerra submarina alemana. Francia, aliada de los Ententes, impulsaba su aviación naval como escudo contra los U-Boote que acechaban los convoyes mercantes. La Aéronautique Maritime, fundada en 1912, contaba ya con más de 200 aparatos y bases en puertos como Brest y Cherburgo. Los hidroaviones, pioneros en patrullas antisubmarinas, eran esenciales: despegaban de aguas protegidas, vigilaban horizontes amplios y lanzaban bombas rudimentarias sobre sumergibles enemigos. Según historiadores como aquellos de Naval Encyclopedia, Francia produjo miles de estas máquinas entre 1914 y 1918, transformando la guerra en tres dimensiones.

El protagonista de nuestra historia era un Donnet-Denhaut DD, un biplano de patrulla marítima diseñado por los ingenieros Jérôme Donnet y Louis Denhaut en 1915. Este modelo, apodado "flying boat" por su fuselaje flotante, representaba el pináculo de la innovación aeronáutica gala. Con una envergadura de 16,28 metros, longitud de 10,80 metros y propulsado por un motor Lorraine-Dijon de 160 caballos, alcanzaba velocidades de 130 km/h y una autonomía de unos 500 kilómetros. Armado modestamente con dos bombas de 52 kg y ametralladoras Lewis, el DD se destinaba a misiones de reconnaissance y caza de submarinos. Producido en serie desde 1916, más de 400 unidades sirvieron en la Escadre de Chasse francesa, hundiendo o ahuyentando decenas de U-Boote. El nuestro, marcado con "445 D.D." y las tricolores en la cola, despegaba probablemente de Biarritz o Bayona, en una ruta rutinaria de vigilancia costera.

Aquel 2 de julio, el sol del estío teñía el horizonte cuando dos hidroaviones franceses surcaban el cielo desde Bayona hacia el cabo Matxitxako. Eran las cinco de la tarde. A las seis, viraron rumbo de regreso, pero a las seis y media, el DD 445 comenzó a toser: un fallo en el motor, quizá un sobrecalentamiento o avería en el carburador —defectos comunes en estos aparatos expuestos a la salitre marina—. El piloto, un teniente de la Armada francesa cuya identidad se perdió en las crónicas (posiblemente un oficial de la base de Saint-Trojan), no tuvo opción: amerizó bruscamente a unas seis millas de Lekeitio. Su mecánico, compañero anónimo en esta odisea, lo secundó en la maniobra. El compañero aéreo orbitó dos o tres veces, evaluando el drama, antes de huir hacia Francia. Para alertar a la base, soltaron dos palomas mensajeras —un anacronismo poético en la era de la radio incipiente— y, más tarde, arrojaron las bombas al mar para aligerar la carga.

La costa vizcaína, ajena al fragor bélico pero sensible a sus ecos, respondió con prontitud. El farero Francisco de Etxebarria avistó la humareda de socorro y encendió la baliza. Pescadores locales, curtidos en tormentas atlánticas, zarparon en sus traineras. La Miren Begoña, capitaneada por Severiano de Mendiola —un patrón legendario en las sagas marineras de Lekeitio—, llegó primera. Con pericia marinera, amarraron el aparato con chicotes resistentes y lo remolcaron hacia el puerto. Dieciséis lanchas se unieron en procesión improvisada, como una flota de guardianes del mar. A las ocho y media de la tarde, el hidroavión "pescado" —así lo bautizaron los diarios— atracaba en el muelle, ante una multitud eufórica que obstruyó las calles. El teniente y su mecánico, ilesos pero exhaustos, declararon ante el comandante naval español antes de reposar en la fonda local.

El epílogo se tiñó de intriga diplomática. Al día siguiente, 3 de julio, el puerto bullía: curiosos de Bilbao, Gernika y más allá llegaban en automóviles y bicicletas, convirtiendo Lekeitio en un improvisado museo aéreo. Dos lanchas pesqueras armadas francesas —posiblemente de la armada auxiliar— aparecieron para remolcar el DD mar adentro, pero la Armada española, celosa de la soberanía, lo impidió. El 4 de julio, el piloto regresó de madrugada con un vicecónsul galo, negociando en susurros. Finalmente, el 5 de julio, un buque de guerra francés obtuvo permiso oficial y zarpó con el tesoro recuperado: aparato y tripulación intactos rumbo a casa.

Este incidente, aparentemente menor, agitó las aguas políticas españolas. Periódicos como El Nervión y El Pueblo Vasco denunciaron la intrusión aérea francesa como violación del espacio neutral, temiendo un precedente para alemanes o británicos. Gregorio Balparda, en un artículo mordaz, criticó al gabinete Dato por su "minimización e inacción", advirtiendo de escaladas si el cielo vasco se convertía en ruta bélica. España, exportadora de wolframio y tungsteno a ambos bandos, navegaba en frágil equilibrio; este "pescado" aéreo recordaba que la neutralidad era un hilo tenso.

Hoy, un siglo después, el DD 445 evoca la audacia de la aviación naciente: máquinas de madera y lona que desafiaron océanos y guerras. En Lekeitio, donde cuatro hidroaviones han amerizado en un siglo:

 - El citado y bien documentado hidroplano del  2 de julio de 1917.

Otro hidroavión francés rescatado en 1917 por el "Nueva Magdalena" y llevado a Pasaia. Este evento pudo originar otros versos de la canción sobre el reparto de la recompensa ("dieciocho duros partilla") y una cena de celebración en el Hotel Beitia

-Un tercero francés accidentado en 1920.

- El cuarto, un hidroavión alemán el 24 de septiembre de 1943 (noticia)—, el "Reina de los Ángeles n°2" remolcó a puerto un hidroavión alemán de la Luftwaffe. Persiste el eco de Mendiola y su Miren Begoña, símbolo de hospitalidad transfronteriza. Esta historia nos invita a reflexionar: en tiempos de conflicto global, ¿qué une más, las fronteras o las manos extendidas sobre las olas?

Hotel Doblemar: Del lujo de los ´70 al renacimiento turístico

El Hotel Doblemar, inaugurado en 1978 por el empresario Tomás Maestre, se erigió como un símbolo del auge turístico en La Manga del Mar Menor durante las décadas de 1970 y 1980. Con 510 habitaciones, se convirtió en el hotel más grande de la Región de Murcia, destacando por su diseño moderno y la inclusión de un casino, aprovechando la reciente legalización del juego en España. 

A lo largo de los años, el Doblemar fue testigo de la evolución del turismo en la zona, atrayendo a visitantes nacionales e internacionales. Sin embargo, enfrentó desafíos significativos, incluyendo problemas estructurales que llevaron a su venta en 1975 y un cierre temporal en 2014 debido a dificultades financieras. 

En 2016, la cadena Roc Hoteles adquirió y rehabilitó el establecimiento, invirtiendo 16 millones de euros y generando 140 empleos directos. Reabierto como AluaSun Doblemar, el hotel ha recuperado su posición como un referente del turismo vacacional en La Manga, adaptándose a las nuevas demandas del sector y contribuyendo a la revitalización de la zona. 

Su historia refleja tanto el auge turístico de la zona como los desafíos del desarrollo urbanístico. A mediados de la década de 1970, el empresario Tomás Maestre impulsó la construcción de dos hoteles gemelos: el Doblemar y el Lagomar, ambos de once plantas y categoría de cuatro estrellas. 

Estos proyectos buscaban aumentar significativamente la capacidad hotelera de La Manga, aportando casi 2.000 camas adicionales. Sin embargo, defectos en la construcción llevaron a Maestre a vender ambos hoteles en 1975 y a entablar un prolongado litigio con la empresa constructora Dragados y Construcciones. 

El Hotel Doblemar fue inaugurado el 26 de noviembre de 1978, coincidiendo con la legalización del juego en España en 1977. Aprovechando esta nueva legislación, el hotel albergó un casino, convirtiéndose en un atractivo adicional para los visitantes. Durante sus primeros años, el Doblemar fue un símbolo de lujo y modernidad, atrayendo a turistas nacionales e internacionales. 

Con capacidad de 510 habitaciones, fue el hotel más grande de la Región de Murcia. Situado en la vertiente del Mar Menor, en el kilómetro 7 de la Gran Vía de La Manga. Contaba con un casino, galerías comerciales y otros servicios que lo posicionaban como un referente turístico. En 2014, el hotel cerró sus puertas debido a problemas financieros de la cadena Husa, que gestionaba el establecimiento. La falta de inversión en mantenimiento y mejoras llevó al cierre durante la temporada alta de ese año.

En 2016, la cadena Roc Hoteles adquirió el Doblemar, invirtiendo 16 millones de euros en su rehabilitación. La reapertura del hotel supuso la creación de 140 empleos directos y la revitalización de una zona clave para el turismo en La Manga. Tras su renovación, el hotel opera bajo el nombre Aluasun Doblemar, ofreciendo servicios orientados al turismo vacacional familiar e internacional. Frente al hotel, existían galerías comerciales que, con el paso del tiempo, quedaron en desuso y fueron declaradas en ruina. En 2024, el Ayuntamiento de San Javier inició su demolición para recuperar espacios públicos y mejorar la accesibilidad a la playa desde la Gran Vía.

El Hotel Doblemar representa una parte significativa de la historia turística de La Manga del Mar Menor (post previo), reflejando tanto su esplendor pasado como los esfuerzos actuales por adaptarse a las nuevas demandas del sector y preservar el entorno natural.

Historia de La Manga del Mar Menor (Murcia)

La Manga del Mar Menor  en Murcia (otros posts) es una franja de arena estrecha y alargada que separa el Mar Menor (una gran laguna salada) del Mar Mediterráneo. Tiene unos 22 kilómetros de largo y su anchura varía entre 100 y 1.200 metros. Esta formación natural es única en Europa. 

Orígenes geológicos: Hace miles de años, la zona era una bahía abierta al Mediterráneo. Pero con el tiempo, las corrientes marinas y los sedimentos fueron formando una serie de bancos de arena, que terminaron cerrando la bahía casi por completo, dando origen al Mar Menor. Solo quedó comunicación con el Mediterráneo a través de canales naturales llamados golas

Época antigua: Los romanos ya conocían el Mar Menor, al que llamaban “Lacus Spartarius”. Usaban la zona para pescar y extraer sal. Más tarde, en la Edad Media, la zona estaba casi despoblada, solo usada por pescadores y pastores. 

Siglos XIX y XX: Hasta mediados del siglo XX, La Manga era un territorio prácticamente virgen, cubierto de dunas y vegetación silvestre. Se accedía en barca o con dificultad. En los años 1960 empezó su transformación radical. El empresario Tomás Maestre lideró un proyecto de urbanización para convertir La Manga en un gran destino turístico, con hoteles, apartamentos, puertos deportivos (como el famoso Puerto Tomás Maestre) y avenidas. 

Hoy en día: La Manga es uno de los destinos turísticos más importantes de Murcia y del sureste de España, famosa por sus playas tanto en el Mar Menor como en el Mediterráneo. También enfrenta desafíos medioambientales serios debido al desarrollo intensivo y la contaminación del Mar Menor, lo que ha generado gran preocupación en los últimos años.

Cómo La Manga del Mar Menor se transformó en un gran destino turístico por etapas. La transformación turística (años 1950-1970) Hasta mediados del siglo XX, La Manga era una lengua de tierra aislada, llena de dunas, matorrales, alguna torre de vigilancia costera (como la Torre del Charco o Torre de La Encañizada), y utilizada solo por pescadores que practicaban técnicas tradicionales como la pesca de encañizadas (redes fijas en el agua para capturar peces). 
El gran cambio comenzó en 1961, cuando el Estado encargó la ordenación del territorio a la empresa La Manga Campo de Golf S.A., dirigida por el promotor murciano Tomás Maestre Aznar. Él tuvo una visión muy clara: convertir aquella franja salvaje en una especie de “Costa Azul” española. En esos primeros veranos, los turistas llegaban a veces en jeep o coche descapotable porque las primeras carreteras eran de tierra y arena, ¡y muchas veces se atascaban! 

Algunas acciones clave fueron: 
- Urbanización masiva: Se trazaron carreteras, se parcelaron terrenos para construir apartamentos, chalets, hoteles y centros comerciales. 
- Infraestructuras nuevas: Se construyó la carretera principal que recorre La Manga de norte a sur, lo que permitió el acceso fácil en coche. También se diseñaron paseos marítimos y zonas verdes. 
- Puerto deportivo Tomás Maestre: Inaugurado en 1973, permitió el acceso de embarcaciones al Mar Menor desde el Mediterráneo, reforzando la oferta de turismo náutico. 
- Campo de golf: Muy cerca, en Los Belones, se creó el La Manga Club Resort, inaugurado en 1972, con hoteles de lujo, campos de golf de nivel internacional y villas, atrayendo a turistas de alto nivel adquisitivo, incluidos británicos y alemanes. 
- Campañas de promoción: Se lanzó una intensa campaña de marketing nacional e internacional para vender la imagen de La Manga como “paraíso de sol y playa”. 

Durante los años 70 y 80, La Manga se consolidó como un destino veraniego muy popular entre familias españolas, especialmente de Madrid y Murcia, pero también empezó a atraer turismo extranjero. Era una época dorada: playas casi interminables, temperaturas suaves, dos mares a elegir para bañarse, deportes acuáticos, pesca, vela, golf, vida nocturna… 

El desarrollo rápido trajo también efectos negativos: Se alteraron ecosistemas de dunas y humedales. Hubo sobreexplotación urbanística, sin suficiente planificación ecológica. El Mar Menor empezó a mostrar signos de deterioro debido a la presión turística, vertidos agrícolas y construcciones. 

La conversión de La Manga en destino turístico fue una de las operaciones de urbanización más grandes de la costa mediterránea española en el siglo XX. Cambió totalmente la naturaleza del lugar, lo modernizó, lo popularizó… pero también dejó problemas medioambientales con los que aún hoy se lucha. 

Los primeros hoteles en La Manga.  Cuando empezó la urbanización en los años 60, los primeros hoteles surgieron para alojar a los primeros turistas que llegaban atraídos por el “nuevo paraíso”. Algunos de los más importantes fueron: 

- Hotel Galúa (inaugurado en 1967): Uno de los hoteles más emblemáticos de La Manga. Situado en una pequeña península que entra en el mar, tiene vistas impresionantes al Mediterráneo. Era un hotel moderno para la época, con piscina, terrazas frente al mar y acceso directo a la playa. Todavía hoy sigue siendo un símbolo de los primeros tiempos turísticos. 
- Hotel Entremares (apertura a finales de los 60): Situado justo en la entrada norte de La Manga, entre el Mar Menor y el Mediterráneo. Se pensó como un hotel de salud y bienestar, muy avanzado para su tiempo, con tratamientos de talasoterapia (terapia marina). Post previo.
- Hotel Doblemar (inaugurado en los años 70): Otro hotel histórico, situado en una zona amplia de playa en el Mar Menor, pensado para grandes grupos familiares y turistas europeos. Post siguiente.

Además, empezaron a construirse urbanizaciones y pequeños apartamentos turísticos, como Euromanga, Villas Caravaning, y más tarde La Manga Club (que aunque está un poco hacia el interior, estaba totalmente vinculado al boom de La Manga). 

Post en elaboración. A completar en las próximas horas.

Viajes desde La Manga (Murcia)

La Manga del Mar Menor, en la Región de Murcia, es un destino turístico único que ofrece una combinación de playas, naturaleza, actividades náuticas y una vibrante vida nocturna. A continuación, te presento un resumen de lo mejor que puedes visitar y hacer en esta zona:

🏖️ Playas y Naturaleza

Playa de Veneziola: Ubicada en el extremo norte de La Manga, esta playa destaca por su tranquilidad y aguas cristalinas. Cala del Pino: Una pequeña cala rodeada de pinos, ideal para familias y para disfrutar de un entorno más íntimo. Parque Regional de Calblanque: Situado cerca de La Manga, este parque natural ofrece playas vírgenes, dunas y senderos para los amantes de la naturaleza.

🌅 Miradores y Lugares Emblemáticos

Mirador de Monte Blanco:  Ofrece vistas panorámicas del Mar Menor y del Mediterráneo, siendo un lugar perfecto para contemplar el paisaje. Puente de la Risa (nuestras imágenes): Un puente con una inclinación peculiar que se ha convertido en una atracción turística por su diseño y las sensaciones que provoca al cruzarlo. La Veneciola: Una urbanización con canales navegables que recuerda a Venecia, ofreciendo un entorno pintoresco y único.

🚤 Actividades Náuticas y Excursiones

Deportes acuáticos: La Manga es ideal para practicar vela, windsurf, kitesurf, piragüismo y paddle surf, gracias a sus condiciones climáticas y a la presencia de escuelas especializadas. Paseos en barco: Se ofrecen excursiones en barco por el Mar Menor y el Mediterráneo, incluyendo visitas a la Isla Grosa y El Farallón, dos islas volcánicas de gran valor ecológico.

🛍️ Ocio y Vida Nocturna

Puerto Deportivo Tomás Maestre: Un puerto deportivo que cuenta con una amplia oferta de restaurantes, bares y tiendas, siendo un lugar animado para pasear y disfrutar del ambiente. Plaza Bohemia y El Zoco:  Dos zonas comerciales y de ocio donde encontrarás una gran variedad de locales, desde tiendas hasta bares y discotecas, ideales para disfrutar de la vida nocturna.
Visita al Puente de la Risa, km 18 de La Manga (Murcia)

La La Manga del Mar Menor es un destino que combina relax, naturaleza y diversión. Os sugerimos este itinerario en tres días: 

Primer día: Escapada exprés imprescindible.

Mañana: Playa de Levante: Comienza el día con un baño en esta playa de arena dorada y aguas cristalinas. Mirador de Monte Blanco: Disfruta de vistas panorámicas del Mar Menor y el Mediterráneo. Tarde: Puerto Deportivo Tomás Maestre: Pasea por el puerto, disfruta de la gastronomía local y contempla los barcos. Puente de la Risa: Cruza este peculiar puente y disfruta de su singular diseño. Noche: Cena en La Manga: Prueba platos típicos como el caldero del Mar Menor en alguno de los restaurantes locales.

Segundo día: Para un fin de semana relajante

Parque Regional de Calblanque. Explora este parque natural con playas vírgenes y senderos entre duna. Cala del Pino. Relájate en esta cala rodeada de pinos, ideal para familiaLa Veneciola. Visita esta urbanización con canales navegables que recuerda a Venecia.

Tercer 3 día: Para una experiencia completa

Excursión en barco:  Realiza una excursión en barco por el Mar Menor y visita la Isla Grosa y El Farallón. Parque Regional de las Salinas y Arenales de San Pedro del Pinatar:  Observa flamencos y otras aves en este humedal protegido. Atardecer en la Playa de Veneziola:  Disfruta de un atardecer tranquilo en esta playa ubicada en el extremo norte de La Manga.