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Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

Capitalismo actual y fragilidad social: lecturas cruzadas

¿Puede crecer indefinidamente una economía en un planeta finito? La pregunta no es nueva. En 1972 el informe Los límites del crecimiento, que un equipo del MIT preparó por encargo del Club de Roma, advertía de que, si seguían las tendencias de entonces, el planeta tocaría sus límites en el plazo de un siglo. Han pasado más de cincuenta (50) años y la discusión sigue abierta, quizá más viva que nunca. Proponemos una lectura cruzada de ensayos recientes que miran el mismo cuadro desde ángulos opuestos, y que conviene leer juntos precisamente porque discrepan.

Jason Hickel, en Menos es más (2020), sostiene que las economías ricas deberían usar menos materia y energía sin renunciar al bienestar: decrecer, pero con orden. Daniel Susskind, en Growth: A Reckoning (2024), defiende que el crecimiento ha financiado buena parte de la sanidad y la educación que disfrutamos, y que lo sensato es orientarlo, no frenarlo. 

El trabajo es el segundo escenario. Daron Acemoglu y Simon Johnson, dos de los tres premios Nobel de Economía de 2024, recuerdan en Poder y progreso (2023) que la tecnología no reparte sus frutos por sí sola: durante varias décadas de la primera revolución industrial los salarios ingleses apenas mejoraron mientras la producción se disparaba. Importa, dicen, quién decide hacia dónde se dirige la innovación.

Y la inteligencia artificial vuelve urgente la pregunta. En enero de 2024 el Fondo Monetario Internacional, por boca de Kristalina Georgieva, estimó que cerca del 40 % del empleo mundial está expuesto a ella, y alrededor del 60 % en las economías avanzadas. «Expuesto» no significa «destruido»: según ese análisis, la mitad de esos puestos podría salir reforzada y la otra mitad ver recortados salarios o contrataciones.

De ahí a la fragilidad social hay un paso. Anne Case y Angus Deaton lo dieron con datos en Deaths of Despair and the Future of Capitalism (2020): en Estados Unidos, la mortalidad de los adultos blancos de mediana edad sin título universitario aumentó por suicidios, sobredosis y enfermedades del hígado ligadas al alcohol, mientras mejoraba la de quienes sí lo tenían. Michael Sandel, en La tiranía del mérito (2020), añade una tesis incómoda para quienes enseñamos: si prometemos que el esfuerzo y el título llevan lejos, quien no llega recibe, además de la desventaja, el mensaje de que se lo merece.

En Bizkaia conocemos esa fragilidad. Bilbao se cita como ejemplo de reconversión: de los altos hornos y los astilleros de la ría a un museo, el Guggenheim, inaugurado el 18 de octubre de 1997. Aquel cambio también dejó a muchas familias sin el oficio que las sostenía. Los indicadores (PIB, productividad, empleo) cuentan la historia; la fragilidad vive en lo que el bilbaíno Miguel de Unamuno llamó intrahistoria: «la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia» (En torno al casticismo, 1895). 

¿Qué queda de este cruce? Que discutimos menos sobre cifras que sobre prioridades: cuánto crecimiento, para quién, con qué empleos y con qué reparto de la dignidad. Proponemos un compromiso de lectura a diez (10) años. Primer objetivo, para 2028: leer dos (2) de estos libros, uno que nos dé la razón y otro que no, y discutirlos con alguien que piense distinto. Segundo, para 2031: convocar un círculo de lectura en un aula, una biblioteca o un local de barrio. Tercero, para 2036: comprobar si hemos cambiado de opinión en algo. Para evaluarlo basta una libreta con cada título, su tesis, la mejor objeción y una revisión cada octubre. ¿Cuántos libros incómodos hemos leído este año?

Otros posts nuestros sobre el tecnofeudalismo y la economía en forma de K. Eskerrik asko por leernos.

Economía en forma de K: Crecer más pero repartir menos

La economía en forma de K: cuando el progreso deja de ser compartido. Durante décadas asumimos que las crisis y las recuperaciones seguían trayectorias comunes: en V, cuando el rebote era rápido; en U, cuando la travesía era lenta pero uniforme; en L, cuando el estancamiento se instalaba sin remedio. La pandemia de 2020 introdujo una letra nueva en el alfabeto económico: la K. El término, acuñado por el economista Peter Atwater, describe algo más inquietante que un simple ciclo: una bifurcación estructural en la que unos sectores, empresas y hogares ascienden con fuerza mientras otros descienden o se estancan, dentro del mismo periodo y bajo las mismas condiciones macroeconómicas.

En 2026 esa letra ha dejado de ser una metáfora pasajera para convertirse en el diagnóstico dominante de la economía global. Los organismos internacionales anticipan un crecimiento mundial moderado, en torno al 2,9%, con la inteligencia artificial y el sector de defensa como principales motores de expansión. Pero ese crecimiento no se reparte: la inversión, la productividad y las cotizaciones bursátiles suben por el trazo ascendente de la K, mientras los salarios reales, el empleo industrial y el consumo de las rentas medias y bajas transitan el trazo descendente.

El caso estadounidense resulta paradigmático. El gasto de los hogares con mayores ingresos —muchos de ellos beneficiados por la revalorización de sus carteras de inversión y planes de pensiones— sostiene buena parte del consumo agregado, mientras las familias más expuestas a la inflación en alimentación, vivienda y energía recurren al crédito o a sus ahorros para llegar a fin de mes. En América Latina el fenómeno adopta otra forma: sectores exportadores como el agro, la minería o la energía crecen y generan divisas, pero apenas crean empleo, mientras la industria manufacturera orientada al mercado interno sigue rezagada.

Lo que estas geografías tienen en común es una misma lección: el crecimiento agregado ha dejado de ser un buen indicador del bienestar colectivo. Puede haber expansión del PIB y, simultáneamente, deterioro de las condiciones de vida de una mayoría silenciosa. Es la vieja advertencia que ya intuyeron Ortega y Gasset y Hannah Arendt sobre las sociedades de masas: el progreso técnico no garantiza por sí solo cohesión ni justicia; requiere instituciones que lo redistribuyan.

La inteligencia artificial añade una capa nueva a esta bifurcación. Quienes poseen capital, cualificación digital o acceso a formación continua capturan las ganancias de productividad; quienes desempeñan tareas automatizables afrontan sustitución, precariedad o la necesidad de reconvertirse sin apenas red de apoyo. La brecha, por tanto, no es solo de renta, sino de capacidades y de tiempo disponible para adaptarse.

Frente a este diagnóstico, la respuesta no puede limitarse a la política monetaria o fiscal. La educación pública de calidad, la formación continua accesible y las políticas de solidaridad intergeneracional son las herramientas que permiten enderezar, aunque sea parcialmente, el trazo descendente de la K. No se trata de frenar la innovación, sino de asegurar que sus frutos —como recordaba el espíritu comunitario tan arraigado en la cultura vasca— se compartan con quienes quedan fuera de sus circuitos.

La economía en forma de K no es una fatalidad natural, sino el resultado de decisiones colectivas: fiscalidad, inversión pública, negociación colectiva y acceso al conocimiento. Reconocer la forma de la letra es el primer paso; decidir si la dejamos abierta o la volvemos a unir en un solo trazo compartido es, todavía, una elección política y ética.

@hernan.castro11 La economía no está creciendo igual para todos. Mientras algunos suben rápido con tecnología y habilidades digitales… otros se quedan atrapados. Entender esta tendencia puede marcar la diferencia. Anticípate. #EconomíaEnK #FuturoDelTrabajo #InteligenciaArtificial #Tecnología #EducaciónFinanciera #Oportunidades #CambioGlobal #AprenderIA #desarrollopersonal #2030 #Tendencias #MentalidadDeCrecimiento ♬ sonido original - Hernan Castro