Mostrando las entradas para la consulta google educación ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta google educación ordenadas por fecha. Ordenar por relevancia Mostrar todas las entradas

PISA 2025: 5 causas capitales del desastre y 6 posibles soluciones

Debate sobre #PISA2015 en el programa La Noche En Jake
Imagen de 2016, explicando en ETB los resultados de PISA 2015 en prime time. Contexto del artículo: Hace más de 8 años que me jubilé con 65 años. Desde entonces me he centrado en otros temas, pero siempre he sido un educador. Comencé con 22 años, en 1975, como Profesor Titular de Didáctica de las Matemáticas y Ciencias Experimentales en la UPV-EHU. En 1985 pasé al Gobierno Vasco como responsable de Tecnología y Educación, y luego muchos años como responsable de Innovación Educativa. He escrito y divulgado mucho sobre PISA (posts aquí recogidos). En este primer artículo, he preferido apuntar medidas generales, a escala universal. Seguirá una entrada sobre el caso de la Comunidad Autónoma de Euskadi, con soluciones que siguen siendo oportunas, muchas de ellas como lo eran tras PISA 2015 (leer aquí). Tampoco en este texto he apuntado razones permanentes y obvias que diferencian en resultados de comprensión lectora a alumnado de la misma edad que estudia en comunidades bilingües respecto a monolingües, y más si es con idiomas tan distantes lingüísticamente.

Los resultados de PISA 2025, publicados el 8 de septiembre de 2026, nos han dejado anonadados. Era esperable el declive. porque confirma lo que ya se insinuaba en PISA 2018 y PISA 2022 (PISA 2021 no pudo realizarse por la pandemia), pero no en esa grado de pérdida de nuestras generaciones de infancia y juventud. Cae peligrosamente el rendimiento de los adolescentes de 15 años en lectura, matemáticas y ciencias ha seguido deteriorándose en buena parte del mundo rico. No se trata de un tropiezo puntual ni, según la propia OCDE, de un artefacto del instrumento. Es un cambio de época educativa, visible a la vez en el promedio de la OCDE, en España y, con particular intensidad, en el País Vasco.

PISA no mide “cultura general” ni fidelidad al currículo nacional. Mide la capacidad de aplicar conocimientos a problemas nuevos. Por eso su caída no es un dato administrativo: es un indicador de la capacidad cognitiva colectiva con la que una generación entra en la vida adulta, en un momento en que la inteligencia artificial y la complejidad informativa exigen precisamente lo contrario: atención sostenida, lectura de textos largos, razonamiento y perseverancia.

La pregunta útil no es quién tiene la culpa. Es qué ha cambiado en los estudiantes, en las familias, en el profesorado, en las aulas, en los sistemas y en la sociedad, y qué se puede corregir con evidencia, no con eslóganes. Repasamos, a continuación y con una extensión inhabitual, las principales causas de la bajada de resultados y algunas fórmulas clave para recuperar el aprendizaje requerido para un futuro incierto.

Hay momentos en los que una estadística deja de ser simplemente una estadística. Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE el 8 de septiembre de 2026, constituyen uno de esos momentos. Más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías han participado en esta evaluación internacional y el diagnóstico es inequívoco: el deterioro del rendimiento no afecta únicamente a un país o a un determinado modelo educativo. La OCDE registra una caída generalizada y sitúa el rendimiento medio de sus países miembros en mínimos históricos en matemáticas, lectura y ciencias.

Por tanto, sería un error interpretar el resultado exclusivamente como un «fracaso un agente o una comunidad», del mismo modo que sería tranquilizador atribuirlo únicamente a la pandemia, a los teléfonos móviles, a una determinada ley educativa o a la supuesta falta de esfuerzo de los adolescentes. El problema es más profundo, multifactorial y estrepitoso por fallo sistémico de todos los intervinientes. Estamos ante una disrupción cultural, tecnológica y educativa de gran alcance. Y precisamente por eso las soluciones tampoco pueden reducirse a apuntar hacia algo en concreto y menos aún a cambiar alguna ley cada pocos años.

Premisa crucial: la caída es internacional. La primera conclusión obliga a abandonar cualquier explicación exclusivamente nacional. Entre 2015 y 2025, la puntuación media de la OCDE cayó 22 puntos en matemáticas y 28 puntos en lectura. En ciencias, donde PISA 2025 situó su principal foco de evaluación, también se produjo un descenso, aunque considerablemente menor.

La magnitud es extraordinaria porque PISA no está describiendo solamente una oscilación coyuntural. La tendencia descendente venía manifestándose desde antes de la pandemia en numerosos sistemas. La COVID-19 agravó probablemente un problema que ya existía, pero no lo creó desde cero. Esta distinción es fundamental. Si pensamos que todo se debe a los confinamientos, nuestra respuesta será recuperar simplemente las clases perdidas. Si entendemos que existe una transformación estructural del aprendizaje, necesitaremos rediseñar parte del sistema.

1. Primera causa: la pandemia, pero no como explicación total. La pandemia provocó interrupciones escolares, aislamiento social, pérdida de rutinas, dificultades familiares y una aceleración improvisada de la educación digital. Su impacto sobre determinados grupos fue especialmente intenso. Pero la propia evidencia de PISA 2022 ya advertía de que no existe una relación sencilla entre duración del cierre escolar y caída del rendimiento. Algunos sistemas con cierres relativamente prolongados tuvieron resultados mejores que otros con interrupciones menores. 

La pandemia debe entenderse, por tanto, como un acelerador. Aceleró tendencias anteriores: desigualdad, problemas de salud mental, pérdida de hábitos de lectura, dependencia tecnológica, dificultades de concentración, absentismo y debilitamiento de determinados vínculos entre escuela y familia. La cuestión no es volver a 2019. Es aprender a educar en una sociedad que ya no es la de 2019.

2. Segunda causa: la revolución de la atención. Probablemente estamos ante uno de los cambios menos comprendidos de nuestro tiempo. Durante siglos, aprender significaba fundamentalmente concentrarse durante períodos prolongados. Ahora vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpir la concentración. Móviles, redes sociales, vídeos breves, videojuegos, notificaciones y plataformas digitales compiten permanentemente por la atención de los adolescentes.

No es una cuestión moral. Es una cuestión cognitiva. La atención sostenida es un recurso limitado. Y la escuela tiene que competir con industrias cuyo modelo económico consiste precisamente en maximizar el tiempo de permanencia del usuario. PISA ofrece señales relevantes. En 2022, alrededor del 30% de los estudiantes de los países de la OCDE declaraba distraerse por dispositivos digitales durante las clases. Además, la utilización moderada de dispositivos para aprender podía asociarse positivamente con el rendimiento, mientras que el uso excesivo o recreativo presentaba relaciones negativas. La conclusión no debería ser «tecnología sí» o «tecnología no». Debe ser: tecnología dentro cuando mejora el aprendizaje; tecnología fuera cuando destruye la atención.

3. Tercera causa: hemos debilitado la lectura profunda. La caída en comprensión lectora merece una consideración especial. Leer no significa únicamente descodificar palabras. Significa construir significado, inferir, relacionar ideas, distinguir hechos y opiniones, interpretar argumentos, reconocer matices y mantener información en la memoria de trabajo. La lectura profunda necesita tiempo. Y necesita una cierta tolerancia al aburrimiento. Una generación acostumbrada al desplazamiento permanente de contenidos puede encontrar especialmente difícil enfrentarse a un texto largo, complejo y sin recompensas inmediatas.

España ofrece aquí una señal preocupante: en PISA 2025 obtiene 451 puntos en lectura, frente a 474 en 2022. Es su peor resultado histórico en esta competencia.  La respuesta debería ser inequívoca: hay que volver a enseñar a leer mucho, despacio y críticamente. No solamente en Lengua. También en Ciencias, Matemáticas, Historia, Filosofía y Tecnología. Un alumno que no comprende un problema escrito difícilmente podrá resolverlo matemáticamente, aunque conozca las operaciones.

4. Cuarta causa: menor esfuerzo cognitivo. Existe otro fenómeno que conviene abordar sin prejuicios generacionales. Aprender cuesta. La memoria, la práctica deliberada, la resolución de problemas, la escritura y la lectura exigente requieren esfuerzo. La educación contemporánea ha incorporado con razón metodologías activas, aprendizaje por proyectos, colaboración, creatividad y competencias. El problema aparece cuando estos enfoques se interpretan como sustitutos de los conocimientos básicos, y no como instrumentos para utilizarlos. 

No existe pensamiento crítico sin conocimientos. No existe creatividad sólida sin dominio de un campo. No existe competencia científica sin fluidez matemática. No existe inteligencia artificial bien utilizada sin criterio intelectual. La educación debe recuperar un equilibrio entre conocimiento y competencia, contenidos y aplicación, memoria y comprensión.

5. Quinta causa: la inteligencia artificial cambia las reglas. PISA 2025 incorpora explícitamente el nuevo contexto de la inteligencia artificial. El problema no es que los estudiantes utilicen ChatGPT, Gemini, Claude u otros sistemas. El verdadero problema sería que la IA sustituyera precisamente las operaciones cognitivas que la escuela pretende desarrollar. Si una máquina resume, redacta, calcula, traduce y resuelve problemas, la educación debe plantear una pregunta nueva: ¿Qué necesitamos seguir aprendiendo los humanos cuando las máquinas pueden ejecutar buena parte de las tareas intelectuales rutinarias? La respuesta no puede ser «nada».

Debe ser exactamente la contraria: necesitamos más comprensión, más capacidad para formular preguntas, más razonamiento, más verificación, más cultura científica, más pensamiento crítico y más capacidad para distinguir una respuesta plausible de una respuesta verdadera. La IA debería convertirse en tutor, simulador, interlocutor y herramienta de investigación, no en sustituto del esfuerzo intelectual.

España: el problema es especialmente serio. España llega a PISA 2025 con resultados históricamente bajos. La puntuación nacional se sitúa en 457 puntos en matemáticas, 451 en lectura y 477 en ciencias. Respecto a 2022, las pérdidas son aproximadamente de 16 puntos en matemáticas, 23 en lectura y 8 en ciencias. El dato resulta particularmente preocupante porque España ya había experimentado retrocesos en las ediciones anteriores. 

En PISA 2022, la OCDE constataba que los resultados españoles habían descendido respecto a 2015 en las tres competencias. No parece razonable atribuir todo el deterioro a una única reforma educativa. Tampoco sería científico afirmar que la LOMLOE es por sí sola responsable del descenso. Los estudiantes evaluados en PISA 2025 han pasado por una combinación de circunstancias: pandemia, transformación digital, cambios curriculares, nuevas pautas familiares, mayor diversidad social y lingüística, modificaciones en las prácticas docentes y cambios culturales profundos. La respuesta debería ser, por tanto, igualmente sistémica. 

Euskadi: una alarma especialmente insufrible. El caso vasco merece un análisis específico porque Euskadi había construido durante décadas una reputación de sistema educativo relativamente sólido y equitativo. Los resultados de PISA 2025 obligan a revisar esa percepción. Euskadi obtiene 460 puntos en matemáticas, 419 en lectura y 459 en ciencias, frente a 482, 466 y 480 respectivamente en PISA 2022. La caída es particularmente dramática en comprensión lectora:47 puntos menos.

En lectura, Euskadi queda en la parte inferior de las comunidades autónomas. No es un pequeño retroceso estadístico. Es una señal estructural. Y precisamente por eso sería un error responder mediante una explicación simplista —por ejemplo, atribuirlo exclusivamente al modelo lingüístico, a la inmigración, a la metodología competencial o al uso de pantallas—. Cada una de esas hipótesis puede ser investigada. Ninguna debería convertirse automáticamente en una conclusión causal. 

El propio organismo vasco de evaluación, ISEI-IVEI, señala que PISA 2025 incorpora además nuevas dimensiones relacionadas con el aprendizaje en el mundo digital y la lengua extranjera, mientras ciencias constituye la competencia principal de la edición. Euskadi necesita ahora investigación educativa propia, no solamente interpretación política de las tablas.

El factor socioeconómico sigue siendo determinante. PISA demuestra reiteradamente que el contexto familiar importa. En España, el estatus socioeconómico y cultural continúa siendo un predictor relevante del rendimiento. En PISA 2022 explicaba aproximadamente el 14% de la variabilidad del rendimiento matemático, frente al 15% en el conjunto de la OCDE. Pero hay una conclusión igualmente importante: la escuela sí puede compensar parcialmente las desigualdades de origen.

El objetivo no debería ser conseguir que todos los alumnos obtengan exactamente el mismo resultado. Eso sería imposible y tampoco deseable. El objetivo es que el origen familiar determine lo menos posible el destino educativo. Para ello hacen falta refuerzos tempranos, orientación, tutorías, becas, apoyo lingüístico, educación infantil de calidad y una atención mucho más individualizada.

Pasemos a las fórmulas urgentes que puedan corregir esta aterradora deriva.

1. Primera fórmula: recuperar la lectura. La medida más barata y probablemente una de las más poderosas sería establecer un innovador Plan Vasco y Español de Lectura Profunda. Entre 30 y 45 minutos diarios de lectura sostenida y cumplimiento estricto. Libros completos. Textos científicos. Ensayos adaptados. Literatura clásica. Prensa de calidad, si se encuentra. Y después, conversación y escritura. No se trataría de convertir la lectura en una asignatura más, sino en una infraestructura intelectual transversal. Un estudiante que lee bien aprende mejor prácticamente todo. 

2. Segunda fórmula: volver a enseñar explícitamente los fundamentos. Necesitamos recuperar una idea aparentemente antigua y profundamente moderna: lo básico debe dominarse. Ortografía, vocabulario, sintaxis, cálculo, álgebra, proporcionalidad, estadística, razonamiento científico, comprensión de gráficos, escritura argumentativa. Después vendrán los proyectos interdisciplinarios, la creatividad, la programación, la robótica y la inteligencia artificial. Pero no antes. Un sistema educativo innovador no es aquel que utiliza más aplicaciones. Es aquel que consigue que sus estudiantes aprendan más y mejor. 

3. Tercera fórmula: una política inteligente de pantallas. Ni tecnofobia ni tecnolatría. Un buen colegio del siglo XXI debería poder utilizar tablets, ordenadores, simuladores, laboratorios virtuales e inteligencia artificial y, simultáneamente, establecer períodos protegidos sin dispositivos. La evidencia disponible sugiere precisamente esa moderación: un uso educativo limitado puede resultar beneficioso, mientras que la distracción digital se relaciona negativamente con el rendimiento. La pregunta correcta no es «¿hay tecnología en el aula?». Es: «¿Qué aporta esta tecnología que el estudiante no podría aprender mejor de otra manera?» 

4. Cuarta fórmula: dignificar y reconocer al profesorado. Ninguna reforma educativa funcionará sin profesores preparados, motivados y con tiempo para enseñar. Hay que reducir tareas burocráticas, mejorar la formación permanente, reforzar la carrera profesional y atraer talento hacia la docencia. Y hay que proporcionar al profesorado herramientas eficaces para gestionar aulas heterogéneas. PISA 2022 ya mostraba la importancia del apoyo docente: los estudiantes que percibían mayor disponibilidad de ayuda del profesor presentaban mejores resultados matemáticos. La innovación educativa no debería consistir en pedir al profesor que haga cada año diez cosas nuevas. Debería consistir en ayudarle a hacer mejor las cosas esenciales.

5. Quinta fórmula: intervenir antes. Una caída detectada a los 15 años puede haberse iniciado a los 7, a los 9 o incluso antes. Por ello necesitamos sistemas de alerta temprana. Si un niño presenta dificultades persistentes de comprensión lectora en tercero de Primaria, no deberíamos esperar hasta Secundaria. La regla debería ser sencilla: detectar pronto, intervenir pronto y evaluar si la intervención funciona. Esto exige evaluaciones diagnósticas rigurosas, pero no convertir la escuela en una sucesión interminable de exámenes. Evaluar no es examinar continuamente. Evaluar es obtener información útil para tomar mejores decisiones. 

6. Sexta fórmula: menos teorías, más evidencias. España necesita superar el ciclo perverso de las reformas educativas. Cada cambio político modifica currículos, terminología, prioridades y estructuras. El profesorado vuelve a empezar. 

Una política educativa madura debería establecer objetivos para diez o quince años. Por ejemplo: elevar sustancialmente la comprensión lectora; reducir el porcentaje de alumnado por debajo del nivel básico; aumentar el alumnado excelente; mejorar matemáticas y ciencias; reducir las brechas socioeconómicas; mejorar la formación docente; disminuir la distracción digital; integrar la IA con criterios pedagógicos. Y medir anualmente el progreso. No esperar tres años hasta PISA. 

Una propuesta específica para Euskadi. Euskadi debería responder al resultado con un nuevo Pacto Escolar por el Aprendizaje, construido sobre evidencia y no sobre trincheras políticas. Debería incluir al menos: 1. Un plan extraordinario de comprensión lectora. 2. Refuerzo intensivo de matemáticas y ciencias. 3. Evaluación externa e independiente de las metodologías utilizadas. 4. Investigación rigurosa sobre el impacto de los modelos lingüísticos. 5. Programas específicos para alumnado inmigrante recién incorporado. 6. Formación avanzada del profesorado en IA y alfabetización digital. 7. Regulación efectiva de móviles durante la jornada escolar. 8. Reducción de burocracia docente. 9. Tutorías individualizadas para alumnado vulnerable. 10. Publicación transparente y pormenorizada de indicadores de progreso.

Y una undécima medida sine quo non: recuperar la ambición. Euskadi no debería conformarse con estar cerca de la media estatal o europea. Por esfuerzo histórico, por inversión mantenida y por imperativo de supervivencia debería aspirar de nuevo a situarse entre los sistemas europeos de mayor rendimiento y equidad.

La OCDE también necesita aprender de PISA. A modo de recopilación final, es preciso comprender que el problema no es exclusivamente vasco, ni español, ni de toda la OCDE. Si numerosos sistemas educativos avanzados están retrocediendo simultáneamente, la propia OCDE debería promover una investigación internacional sobre las causas. Necesitamos saber cuánto corresponde a: pandemia; digitalización; móviles; redes sociales; inteligencia artificial; hábitos familiares; lectura; salud mental; absentismo; disciplina; motivación; cambios curriculares; composición demográfica; condiciones docentes,... Y, sobre todo, necesitamos estudios longitudinales que permitan distinguir correlación de causalidad. PISA es extraordinariamente valioso, pero es una fotografía periódica. Para comprender la película necesitamos más datos y mucha más investigación. 

Tampoco debemos convertir PISA en una competición de rankings. PISA no mide toda la educación. No mide directamente la calidad humana de una escuela, la creatividad completa de una persona, su ciudadanía, su felicidad, su ética o su capacidad para construir relaciones. Por eso sería absurdo reducir la educación a una tabla de posiciones. Pero también sería absurdo despreciar PISA cuando los resultados son malos. Las dos posiciones extremas son intelectualmente cómodas y científicamente pobres. PISA es un termómetro. No es la enfermedad. Pero cuando el termómetro marca fiebre, conviene investigar. Y en 2025 la fiebre es alta. 

Una apelación a la verdadera innovación educativa. Quizá la lección más profunda de PISA 2025 sea paradójica. Para preparar el futuro no necesitamos necesariamente una escuela más tecnológica. Necesitamos una escuela más inteligente en el uso de la tecnología. Una escuela que enseñe a leer cuando todos consumen fragmentos. A calcular cuando existen calculadoras. A escribir cuando existe la IA generativa. A memorizar aquello que conviene tener disponible mentalmente. A investigar cuando existe Google, Quora, ChatGPT,... A contrastar cuando existen millones de respuestas. A conversar cuando proliferan las pantallas. Y a pensar cuando las máquinas empiezan a hacerlo extraordinariamente bien. La innovación educativa no consiste en introducir cada novedad. Consiste en conservar lo que funciona (siempre ha sido mucho más difícil de discernir que lo que hay que sumar) y cambiar aquello que ha dejado de funcionar. 

Una década para recuperar el aprendizaje. El resultado de PISA 2025 debería provocar preocupación, pero no pesimismo. Los sistemas educativos pueden y deben cambiar. Existen países y territorios que han demostrado que es posible combinar equidad y excelencia. PISA identifica sistemas capaces de mantener buenos niveles de competencia básica junto con una distribución relativamente equitativa del rendimiento. La cuestión no es descubrir una fórmula mágica. No existe. La fórmula real es mucho menos espectacular y mucho más exigente: buenos profesores, buenos directores, familias implicadas, alumnos que estudian, currículos coherentes, evaluación rigurosa, lectura abundante, matemáticas sólidas, ciencia, disciplina razonable, tecnología bien utilizada y políticas educativas estables.

Y, por encima de todo, una sociedad adulta y consciente que vuelva a transmitir a sus jóvenes una idea esencial: aprender merece la pena. PISA 2025 no debería ser recordado dentro de diez años como el momento del desastre educativo. Debería convertirse en el momento en que decidimos cambiar de rumbo. No para volver al pasado. Sino para construir una escuela capaz de preparar a nuestros hijos y nietos para un mundo que será simultáneamente más tecnológico, más complejo y más humano. Porque la verdadera pregunta que plantea PISA no es qué posición ocupa España o Euskadi en una clasificación. La cuestión más trascendente es: ¿Qué estamos haciendo hoy para que las próximas generaciones puedan comprender mejor el mundo que nosotros? Y esa respuesta todavía está en nuestras manos.

@enjakeETB #PISA2015

Imagen de PISA 2015. Posts previos nuestros sobre PISA

Gafas Ray-Ban Meta 2 Wayfarer: IA en los ojos

La gorra interfiere con las Gafas Ray-Ban Meta 2 Wayfarer

Álbum creciente de imágenes.


Ver el mundo con inteligencia artificial integrada en la montura. Hay inventos que llegan demasiado pronto y fracasan por ello. Las Google Glass de 2013 fueron un prototipo brillante entregado a un mundo que aún no sabía qué hacer con él: cámaras apuntando a los interlocutores, interfaces torpes y el estigma social del «glasshole». Una década después, la lección parece aprendida. Las Ray-Ban Meta Gen 2 Wayfarer representan el intento más maduro hasta la fecha de fusionar tecnología ponible con diseño que no asusta a nadie. 


La herencia del icono. El modelo Wayfarer cumplió setenta años en 2022. Su silueta —trapezoidal, gruesa, inconfundible— ha sobrevivido a modas, generaciones y subgéneros culturales. Que Meta y Luxottica eligieran precisamente esa montura para incrustar micrófonos, altavoces y una cámara ultra gran angular de 12 megapíxeles no es un detalle menor: es una declaración de intenciones. El diseño mantiene el ADN clásico de Ray-Ban, con más de 150 combinaciones de montura y cristales disponibles para ajustarse a todo tipo de estilos. La tecnología se camufla; el objeto se desea por sí mismo antes de que el usuario sepa que lleva IA encima.


Qué puede hacer este wearable (posts). Las gafas permiten capturar fotos y vídeos, escuchar música, realizar llamadas manos libres y consultar al asistente Meta AI en movimiento, con traducción en vivo en seis idiomas y contando. La cámara ultra gran angular, ubicada en la esquina de la montura, permite capturar fotos y vídeos en calidad 3K de hasta tres minutos, gestionando los archivos directamente desde las gafas. Los comandos son del tipo «Hey Meta, haz una foto» o «¿Qué edificio es ese?», activando la visión artificial del sistema para identificar objetos en tiempo real. 


Respecto a la primera generación, la mejora es sustancial en los dos parámetros que más importan al usuario común: calidad de imagen y autonomía. La Gen 2 graba a 6,5 megapíxeles frente a los 2,6 de la generación anterior, y su batería alcanza las 8 horas de uso frente a las 4 horas previas, con hasta 19 horas en espera. El estuche de carga añade una reserva adicional considerable para el uso durante todo un día sin conexión a la corriente.

La dimensión educativa y social. Para quienes trabajan en educación o comunicación, este tipo de dispositivo plantea interrogantes que van más allá de la hoja de especificaciones. Una cámara integrada en las gafas, prácticamente invisible para el interlocutor, reconfigura los supuestos de privacidad en entornos presenciales: aulas, reuniones, consultas médicas. La IA embebida que identifica objetos, traduce conversaciones y responde preguntas en tiempo real amplía las posibilidades de accesibilidad —para personas con discapacidad visual o barreras lingüísticas— pero también multiplica los vectores de vigilancia pasiva.

En redes sociales, la fricción entre grabar y no grabar desaparece. El gesto de levantar el teléfono, que aún actúa como señal social de «voy a registrar esto», queda eliminado. Esa ausencia de señal es, precisamente, lo que más debate ha generado en foros especializados: ¿qué ocurre con el consentimiento cuando la cámara pesa menos que un par de cristales graduados?

El momento del mercado. Las Ray-Ban Meta Gen 2 se posicionan como la opción mainstream del segmento a 379 euros, integrando Meta AI vía LLaMA 4 con capacidad de responder preguntas, traducir e identificar objetos a través de la cámara. Por encima existen ya alternativas con pantalla incorporada en una lente, como las Ray-Ban Meta Display lanzadas en septiembre de 2025 a 799 euros, que abren el siguiente capítulo de esta historia.

El mercado de gafas inteligentes lleva años prometiendo un futuro que no terminaba de llegar. La segunda generación de Ray-Ban Meta no resuelve todos los dilemas éticos ni alcanza la sofisticación de la realidad aumentada plena. Pero sí logra algo que sus predecesores no consiguieron: que la gente las lleve puestas sin que nadie las mire raro. En tecnología de consumo, ese es, a menudo, el verdadero punto de inflexión.

@agirregabiria

Desayunando en AlicanTerapia

♬ původní zvuk - Jaro Kvarin

Democratizar la AI: Conversan Andrew Ng y Astro Teller

En el ecosistema de la tecnología de vanguardia, pocas conversaciones poseen la densidad intelectual de un encuentro entre Andrew Ng (otros posts) y Astro Teller. Ng, figura seminal en el aprendizaje profundo y cofundador de Google Brain y Coursera, representa la convergencia entre el rigor académico y la visión empresarial. 

Por su parte, Astro Teller —quien porta el legado de una estirpe científica como nieto del físico Edward Teller— dirige X, la "fábrica de moonshots" de Alphabet, donde lo imposible se desglosa en hitos de ingeniería. El reciente encuentro entre ambos no solo es una mirada retrospectiva a los orígenes de la inteligencia artificial moderna, sino un manifiesto sobre cómo esta tecnología redefinirá la pedagogía y la estructura misma de la sociedad. 

El Origen de una Herejía: La Apuesta por la Escala. La conversación se inicia en los pasillos de Stanford y los primeros días de Google X. Ng relata cómo, en 2010, la idea de "escalar" redes neuronales era recibida con escepticismo, incluso con hostilidad, por la comunidad académica. Mientras los expertos de la época se obsesionaban con algoritmos artesanales y soluciones matemáticas elegantes, Ng sostenía una hipótesis basada en datos: el tamaño importaba [04:42]. 

Inspirado por experimentos de neuroplasticidad —donde el tejido cerebral puede aprender a procesar señales visuales aunque originalmente estuviera destinado a las auditivas—, Ng propuso la existencia de un "algoritmo de aprendizaje único" [06:20]. Esta visión sugería que no necesitábamos miles de softwares especializados, sino un sistema lo suficientemente vasto para procesar cualquier tipo de datos. Fue esta "herejía" la que llevó a la creación de Google Brain, validada posteriormente por el famoso "artículo de los gatos", donde una red neuronal descubrió por sí misma el concepto de un felino tras analizar miles de horas de YouTube sin supervisión humana [45:25]. 

Educación: De la Escasez a la Abundancia. Para Ng, la educación no es solo una rama de su carrera, sino una obsesión personal que lo llevó a fundar Coursera. En el diálogo, plantea una visión profundamente democratizadora: la inteligencia humana es cara y difícil de escalar, pero la inteligencia artificial tiene el potencial de ser ubicua y económica [41:00].

Ng visualiza un futuro donde cada niño en el planeta cuente con un "ejército de tutores" personalizados y asesores de salud [41:11]. Esta transición de la educación como un bien de lujo a un servicio público masivo es, quizás, el moonshot más ambicioso de todos. La IA no sustituirá al docente, sino que liberará al sistema de las limitaciones de la ratio profesor-alumno, permitiendo una mentoría uno a uno que hoy solo está al alcance de las élites.

La Nueva Alfabetización: Programar en la Era de la Asistencia. Un punto disruptivo en la conversación es la defensa de Ng sobre la programación universal. En un mundo donde la IA puede generar código, algunos sugieren que aprender a programar es redundante. Ng argumenta lo contrario: la habilidad de comunicarse con las máquinas y dirigirlas es la nueva alfabetización [39:54].

El "código asistido" reduce las barreras de entrada, permitiendo que cualquier individuo convierta una idea en un prototipo funcional en horas, no en meses. Esta aceleración de los "bucles de aprendizaje" —un concepto que Astro Teller enfatiza como vital para cualquier innovación— define la ventaja competitiva del futuro: no es la IA la que reemplazará a las personas, sino las personas que usan IA las que reemplazarán a las que no lo hacen [46:23]. 

Filosofía Moonshot: Velocidad y Seguridad Psicológica. Astro Teller aporta una dimensión crucial sobre la gestión del talento y la innovación. Ambos coinciden en que el éxito de Google Brain en X se debió a la creación de un "entorno seguro" para el experimento radical [50:10]. La capacidad de fallar rápido, sin poner en riesgo la "nave nodriza (Google)", permitió a Ng y su equipo ejecutar a una velocidad órdenes de magnitud superior a la media corporativa.

Teller subraya la importancia de la "estanqueidad de los bucles de aprendizaje": el tiempo que transcurre entre una hipótesis y un resultado evaluable [50:43]. En la frontera del conocimiento, el aprendizaje es el único producto real; si ese bucle se reduce, la innovación se vuelve inevitable.

Conclusión: Un Futuro de Colaboración Simbiótica. La charla entre Ng y Teller nos deja una lección fundamental: el futuro de la tecnología no reside en la complejidad aislada, sino en su aplicación para elevar la condición humana. Desde los primeros días de las GPU y los clústeres de CPU hasta los modelos fundacionales de hoy, la trayectoria ha sido clara: mayor escala, mayor accesibilidad.

Como intelectuales y educadores, el reto es preparar a la próxima generación no solo para consumir tecnología, sino para construir junto a ella. En palabras de Andrew Ng, el objetivo final es que cada ser humano sea mucho más poderoso, apoyado por una inteligencia artificial que actúa como un multiplicador de su propia voluntad y creatividad.