Límpiate los dientes tras cada comida, y al menos dos veces al día durante dos minutos cada vez: Por la mañana, después del desayuno, y por la noche, antes de acostarse. Espere 30 minutos para cepillarse los dientes después de consumir alimentos y bebidas ácidas y dulces. Limpiar tus dientes parece una tarea sencilla, pero la técnica lo es todo para evitar el sarroy las caries. No se trata de "fregar" con fuerza, sino de ser preciso. Aquí sigue una guía definitiva para una limpieza profesional en casa:
1. Preparación: Menos es más. Cantidad de pasta: No necesitas cubrir todo el cepillo como en los anuncios. Una cantidad del tamaño de un guisantees suficiente para un adulto. Seco es mejor: No mojes el cepillo ni la pasta antes de empezar. El cepillado en seco genera menos espuma inicial, lo que permite que las cerdas barran mejor la placa.
2. La Técnica de Bass (La técnica de oro). La mayoría cometemos el error de cepillar de lado a lado. En su lugar, prueba esto: El ángulo de 45°: Coloca las cerdas del cepillo apuntando hacia la línea de la encía en un ángulo de 45 grados. Es ahí donde se esconde la mayor parte de la placa. Movimientos vibratorios: Realiza movimientos cortos y suaves de vibración o circulares, seguidos de un barrido hacia afuera (lejos de la encía). Orden lógico: Divide tu boca en 4 cuadrantes y dedica 30 segundos a cada uno. No olvides las caras internas de los dientes, que suelen ser las grandes olvidadas.
3. El toque final. La lengua: Cepilla suavemente tu lengua de atrás hacia adelante para eliminar bacterias que causan el mal aliento. ¡No te enjuagues con agua!: Este es el consejo más difícil de seguir. Escupe el exceso de pasta, pero no te enjuagues la boca con agua inmediatamente. Si lo haces, eliminas el flúor concentrado que acaba de quedar sobre el esmalte, perdiendo su efecto protector.
Algunas preguntas frecuentes: ¿Es preciso mojar el cepillo de dientes antes del dentífrico?No es necesario —ni recomendable— mojar el cepillo de dientes antes de aplicar el dentífrico. ¿Por qué no conviene mojarlo antes? 1º Por dilución del dentífrico: el agua reduce la concentración de flúor y de los agentes activos desde el primer contacto. 2º Menor eficacia mecánica: el dentífrico se vuelve más espumoso y resbaladizo, lo que puede disminuir la fricción necesaria para arrastrar la placa. 3º Sensación engañosa de limpieza: más espuma no equivale a mejor limpieza.
Qué recomiendan los profesionales: Cepillar durante dos minutos. Escupir y no enjuagarse en exceso; dejar una fina capa de flúor favorece su acción protectora. Enjuagar el cepillo al final, no antes. Mojar ligeramente el cepillo después de poner el dentífrico. Antes sólo puede considerarse si existe hipersensibilidado rechazo al sabor intenso, pero no aporta beneficios clínicos.
Llevamos unos meses disfrutando del combinado de teclado y ratón que componen el Logitech MX Keys S Combo. Precio alto, 229€, pero ha sido un regalo de Aitor por mi 73º cumpleaños. Llega muy bien empaquetado y protegido, se instala fácilmente por Bluetooth o por su propio USB, y su tacto y precisión son inigualables. Disponen de innumerables funciones, como el dictado por voz para no teclear, que aún no he probado exhaustivamente.
Una delicia inalámbrica, con cargas que duran semanas y semanas. Buena iluminación del teclado, inteligente gestión para auto-desconectarse cuando no se utilizan estos periféricos, lo que redunda en que sus propias baterías apenas se desgastan. Lo más divertido es usar el mismo teclado con hasta tres equipos diferentes (PC, iPad,...).
Ayer volvimos a citar a Perec, y no es la primera vez (posts anteriores). Queremos dedicarle un post de homenaje a Georges Perec: el escritor que convirtió las restricciones en libertad. Georges Perec (1936-1982) ocupa un lugar singular en la literatura del siglo XX. No es el más célebre de los escritores franceses, pero sí uno de los más inclasificables: novelista, ensayista, crucigramista, cineasta ocasional y miembro del legendario OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), el taller de literatura potencial fundado por Raymond Queneau y François Le Lionnais en 1960. Su obra, aparentemente lúdica, esconde una de las meditaciones más hondas sobre la memoria, la identidad y el vacío que ha producido la literatura contemporánea.
La vida como materia literaria.Perec nació en París en el seno de una familia judía de origen polaco. Su padre murió en la Segunda Guerra Mundial y su madre fue deportada y asesinada en Auschwitz. Esa ausencia radical —la del origen, la de la lengua materna, la de los padres— vertebra toda su escritura, aunque raramente de forma directa. Perec no escribió sobre el Holocausto; escribió alrededor de él, con una estrategia de rodeo que resulta tanto más devastadora cuanto más silenciosa.
Su obra autobiográfica más explícita, W ou le souvenir d'enfance (1975), alterna dos relatos aparentemente inconexos: una novela de aventuras protagonizada por un niño llamado Gaspard Winckler y los fragmentos de una autobiografía interrumpida. Solo al final el lector comprende que ambos hilos convergen en una alegoría sobre los campos de exterminio. La literatura como cifra, como modo de decir lo que no puede decirse de frente.
El juego como método. Lo que distingue a Perec de sus contemporáneos es su relación con la restricción formal. Para el OuLiPo, las reglas no son una camisa de fuerza sino un trampolín: la limitación libera la imaginación de sus inercias. Su novela La Disparition (1969) está escrita sin utilizar en ningún momento la letra e, la más frecuente del francés. No se trata de un truco vacío: la ausencia de esa vocal es también la ausencia de la madre (mère), del padre (père), de los seres queridos (aimée). El lipograma se convierte en elegía.
Su obra más ambiciosa, La Vie mode d'emploi (1978), describe en un instante detenido los cuartos de un edificio parisino y las vidas de sus habitantes. La estructura se basa en el recorrido del caballo de ajedrez por un tablero de diez por diez; cada capítulo incorpora elementos tomados de listas combinatorias cuidadosamente elaboradas. El resultado no es un ejercicio matemático sino una novela humana, polifónica y melancólica, sobre el tiempo que pasa y las historias que quedan inconclusas. Georges Perec murió de cáncer a los 45 años, sin haber terminado varios de sus proyectos. También eso forma parte de la obra.
Lo cotidiano como territorio. Perec fue también el escritor de lo infraordinario. En Tentative d'épuisement d'un lieu parisien (1975) se sentó durante tres días en la Place Saint-Sulpice y tomó nota de todo: los autobuses que pasaban, los peatones, las palomas, los cambios de luz. No buscaba lo extraordinario sino lo que habitualmente pasa desapercibido. "Lo que nos interroga", escribió, "es quizás no tanto lo insólito como lo cotidiano". Esa atención minuciosa al detalle doméstico, a los objetos, a las listas, a los inventarios, conecta a Perec con una tradición que va de Flaubert a Proust y que en nuestros días resurge con fuerza en la autoficción y en la escritura de lo real.
¿Puede una novela escribirse sin usar la letra más frecuente? ¿Puede el juego formal contener la memoria del dolor? https://t.co/YAhIfEO5ta La obra de Georges Perec demuestra que sí. Mi nuevo post recorre su universo: desde La Disparition hasta La Vie mode d’emploi, explorando… pic.twitter.com/wGutYOvQ5q
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) May 5, 2026
«Être Parisien, ce n’est pas être né à Paris, c’est y renaître.» (Ser parisino no es nacer en París, sino renacer allí), señaló Sacha Guitry. Pocas ciudades del mundo han generado una mitología tan densa y tan disputada como París. Capitales más grandes existen; urbes más antiguas, también. Pero ninguna ha logrado convertirse, con tal persistencia a lo largo de los siglos, en un estado de ánimo. Y nadie lo formuló con mayor precisión y elegancia que Sacha Guitry, ese dramaturgo, actor y cineasta de la Belle Époque tardía que hizo del ingenio su firma más reconocible.
El hombre que encarnó París. Alexis Georges Pierre Sacha Guitry nació en San Petersburgo en 1885 —paradoja biográfica que la cita convierte en autobiografía involuntaria— y murió en París en 1957. Hijo del gran actor Lucien Guitry, creció entre bambalinas y salones literarios, absorbiendo desde niño ese arte tan parisino de decir lo profundo con ligereza y lo trivial con aparente seriedad. Escribió más de ciento veinte obras de teatro, dirigió una treintena de películas y cultivó una imagen pública de dandi brillante e irremediablemente enamorado de su ciudad.
Su relación con París fue, en efecto, la gran historia de amor de su vida —más estable, desde luego, que sus cinco matrimonios, todos ellos con actrices célebres. Se le atribuye haber dicho que un hombre que pierde a su mujer y a su perro al mismo tiempo comprende cuánto echaba de menos al perro. Ese filo irónico, capaz de herir y de hacer reír en el mismo instante, es la marca inconfundible de su estilo.
Pero Guitry fue también algo más que un ingenioso de salón. Durante la ocupación alemana de París sufrió acusaciones de colaboracionismo —fue arrestado en 1944 y posteriormente exonerado— en un episodio que enturbia su legado y lo humaniza a la vez, recordándonos que los espíritus más refinados no están necesariamente a salvo de los dilemas morales más brutales de su tiempo.
La frase es, en apariencia, sencilla. Ser parisino no es una cuestión de cuna, sino de renacimiento. Pero bajo esa aparente ligereza —tan característica del esprit français— late una reflexión filosófica de considerable profundidad sobre la identidad, el aprendizaje y la transformación personal.
El peso del nacimiento y la libertad de la elección. Durante siglos, la pertenencia a un lugar fue una cuestión de sangre y de suelo. Se era bretón, provenzal o alsaciano antes incluso de comprender qué significaba serlo. La modernidad, sin embargo, fue abriendo lentamente otra posibilidad: la de elegir a qué comunidad, a qué ciudad, a qué tradición cultural se desea pertenecer. París, más que ninguna otra metrópolis occidental, encarnó ese ideal.
Desde el siglo XIX, la ciudad fue destino de artistas, escritores y pensadores que llegaron desde los rincones más diversos del mundo —Apollinaire desde Polonia, Picasso desde Málaga, Hemingway desde Illinois, Beckett desde Dublín— y que, sin embargo, terminaron siendo inseparables del paisaje cultural parisino. No nacieron en París, pero en París renacieron. La ciudad los rehízo.
La pedagogía implícita de una ciudad. Hay en la cita de Guitry una dimensión educativa que merece atención. Renacer implica un proceso: no es una transformación instantánea, sino el resultado de una exposición prolongada, de una escucha activa, de lo que podría llamarse —en términos pedagógicos— un aprendizaje experiencial de la más alta intensidad.
París enseña a quien se deja enseñar. Sus cafés son aulas sin horario; sus museos, bibliotecas sin índice; sus mercados, lecciones de historia social. Caminar por el Marais o detenerse ante el Sena al atardecer no es turismo: es, para quien lo vive con atención, el inicio de una conversación con la civilización europea en su versión más concentrada y más exigente.
En este sentido, la frase de Guitry conecta con una tradición intelectual que va de Montaigne —quien consideraba el viaje como forma suprema de autoconocimiento— hasta la filosofía contemporánea del lugar y la identidad. No somos solo lo que nacemos; somos también lo que aprendemos a amar.
La ciudad como texto literario. La literatura francesa ha tratado París no como escenario, sino como protagonista. Balzac la cartografió socialmente; Baudelaire la convirtió en símbolo de la modernidad melancólica; Perec la fragmentó en inventarios cotidianos de insólita belleza. Todos ellos, a su manera, confirman la intuición de Guitry: uno no comprende París al llegar, sino al volver; no al visitarla, sino al habitarla; no al mirarla, sino al dejarse mirar por ella. Esa capacidad de la ciudad para interpelar al viajero, para hacerle preguntas que no sabía que llevaba consigo, es quizás su rasgo más literario y más pedagógico a la vez.
Coda final. La próxima vez que alguien regrese de París con esa extraña mezcla de melancolía y plenitud que la ciudad deja como rastro, convendrá recordar a Guitry. No es nostalgia lo que siente. Es, simplemente, que ha comenzado a renacer.
Ser de París o de Bilbao no es cuestión de nacimiento, sino de identidad vivida. https://t.co/0zsBr34l79 Como diría Sacha Guitry: se renace en los lugares que nos transforman. Viajar, leer, habitar… es aprender a ser de muchos sitios sin dejar de ser uno mismo. 🌍✍️
Hoy hablamos de un animalito que vive con nosotros en Alicante y lo hemos fotografiado desde hace años: La salamanquesa, un prodigio en miniatura que vive incomprendido en nuestra casas. Hay animales que coexisten con el ser humano durante siglos sin recibir el reconocimiento que merecen. La salamanquesa —ese pequeño reptil de ojos grandes, piel translúcida y movimientos furtivos que aparece en las paredes al caer la noche— es uno de ellos. Lejos de ser una criatura que inspire temor o desagrado, la salamanquesa es un organismo extraordinario, cuya biología desafía intuiciones y cuya presencia en nuestros ecosistemas domésticos y naturales resulta francamente beneficiosa.
Taxonomía y diversidad. La salamanquesa común (Tarentola mauritanica) pertenece al orden Squamata, suborden Gekkota, uno de los linajes de reptiles más antiguos y diversificados del planeta. Los gecos —como se denominan en conjunto— comprenden más de 1.800 especies distribuidas por todos los continentes habitados, colonizando hábitats que van desde los desiertos más áridos hasta las selvas tropicales. En la península ibérica conviven principalmente dos especies: la mencionada Tarentola mauritanica, robusta y de aspecto casi pétreo, y la salamanquesa rosada (Hemidactylus turcicus), más delgada y de coloración rosácea. Ambas son perfectamente inofensivas para el ser humano.
La maravilla de sus patas. Pocos rasgos biológicos han fascinado tanto a los científicos como la capacidad de la salamanquesa para desplazarse por superficies verticales e incluso invertidas, incluyendo el cristal. Durante décadas se especuló con la existencia de alguna sustancia adhesiva; la realidad es aún más elegante. Sus dedos están recubiertos de millones de microestructuras piliformes llamadas setas, que a su vez se ramifican en estructuras aún más finas denominadas espatulae. Estas estructuras generan fuerzas de Van der Waals, interacciones electromagnéticas débiles pero que, multiplicadas por millones de contactos simultáneos, producen una adhesión suficiente para sostener el peso del animal. Este hallazgo ha inspirado toda una rama de la ingeniería biomimética, con aplicaciones en adhesivos reutilizables, robótica y materiales de nueva generación.
Depredador silencioso, aliado ecológico. Desde una perspectiva funcional, la salamanquesa presta un servicio ecosistémico de notable valor. Es un depredador especializado en artrópodos: mosquitos, polillas, cucarachas, mosquitos tigre, jejenesy toda suerte de insectos que el ser humano considera, con razón, molestos o vectores de enfermedad. Una sola salamanquesa puede consumir varios cientos de insectos a lo largo de una noche de actividad. En zonas mediterráneas como la costa valenciana o el litoral andaluz, donde la presión de insectos durante los meses cálidos es considerable, su labor silenciosa equivale a un control biológico natural, gratuito y sin efectos secundarios.
Fisiología y comportamiento. La salamanquesa es un reptil ectotermo, es decir, regula su temperatura corporal mediante el comportamiento: busca superficies cálidas durante el día —paredes soleadas, rocas, fachadas orientadas al sur— y se activa al anochecer, cuando los insectos atraídos por la luz artificial abundan. Su visión nocturna es excepcional: sus pupilas, de tipo vertical, pueden dilatarse extraordinariamente en condiciones de baja luminosidad. Poseen también receptores olfativos en la lengua, que utilizan con frecuencia para explorar el entorno.
Otro rasgo llamativo es su capacidad de autotomía caudal: ante un depredador, la salamanquesa puede desprenderse voluntariamente de su cola, que continúa moviéndose para distraer al agresor mientras el animal escapa. La cola se regenera posteriormente, aunque la nueva estructura carece de vértebras óseas, reemplazadas por cartílago.
Una invitada que merece bienvenida. La presencia de una salamanquesa en el hogar no es señal de suciedad ni de descuido; es, al contrario, indicador de un microentorno ecológicamente activo. En muchas culturas mediterráneas y orientales se la considera un animal de buen augurio, y la etnobiología recoge una larga tradición de convivencia respetuosa con este reptil. Frente al impulso —aún demasiado frecuente— de apartarla o eliminarla, la biología y la razón ecológica invitan a exactamente lo contrario: observarla, respetarla y agradecerle, en silencio, su discreta y eficaz labor nocturna. La salamanquesa no pide nada. Solo una pared, un poco de luz y la oportunidad de hacer su trabajo.
La salamanquesa no es un bicho molesto: es tu mejor aliada nocturna https://t.co/Zfsp6mE3mr🦎 Controla mosquitos, polillas y otros insectos sin químicos, protegiendo el equilibrio ecológico desde paredes y techos. Inofensiva, discreta y fascinante, este pequeño reptil es pura… pic.twitter.com/nddzgaDAvG
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) May 4, 2026
Comprobamos que nunca habíamos destinado un post a Joël Dicker, un fenómeno literario suizo. Elegimos una obra en la que abandona el thriller y conquista todas las edades: La muy catastrófica visita al zoo. Una fábula coral repleta humor y pedagogía. Hay libros que llegan con una promesa inhabitual: la de poder ser leídos por cualquier persona, desde los siete hasta los ciento veinte años.
Esa es la declaración de intenciones con la que Joël Dicker presenta La muy catastrófica visita al zoo (Alfaguara, 2025), su obra más reciente y, sin duda, la más sorprendente de su carrera. No porque sea inferior a sus thrillers anteriores, sino porque apunta en una dirección radicalmente distinta: la del humor coral, la mirada infantil y la crítica social disfrazada de aventura.
La trama: una catástrofe que nunca llega sola. Es víspera de Navidad. La clase de Joséphine acaba de regresar del zoológico, pero algo ha salido muy mal. Nadie sabe exactamente qué ha ocurrido, y los padres de la niña están decididos a averiguarlo. Mientras la investigación avanza, comprendemos poco a poco que una catástrofe nunca llega sola, que las apariencias engañan y que los acontecimientos pueden tomar un giro que nadie imagina. En el centro del misterio: una inundación, un bloqueo de tuberías con plastilina y un grupo de niños que venían de una escuela especial y se enfrentan al mundo —y a sus prejuicios— con una desarmante honestidad.
La novela se construye con los mecanismos que han hecho famoso a Dicker: los giros narrativos, los saltos temporales, los finales que reconfiguran lo anterior. Pero aquí esos recursos sirven una historia más luminosa, menos oscura que sus grandes thrillers, narrada con un ritmo ágil que recuerda, por momentos, a los clásicos de la literatura infantil europea. Una novela corta que se lee de un tirón y que contiene una magia que perdurará en la mente de cada uno de sus lectores.
Más allá de la anécdota: educación, democracia y diversidad. Lo que distingue a esta obra de un simple relato de aventuras es su carga reflexiva. La novela está repleta de guiños sobre nuestra sociedad, sobre la democracia, la educación inclusiva y el rol de los padres y de los maestros. Los niños protagonistas, venidos de una escuela especial, son víctimas de burlas e incomprensión al integrarse en un centro ordinario. Dicker no moraliza; prefiere dejar que los hechos hablen solos, con esa técnica suya de revelar la crueldad cotidiana sin estridencias. El resultado es una obra que invita a pensar sobre la diferencia, la empatía y la fragilidad de los sistemas educativos cuando se enfrentan a la diversidad real.
El propio autor ha explicado el propósito que guió la escritura: quería un libro que pudiera ser compartido por lectores de toda condición y edad, sin distinciones, que sirviera de puente entre generaciones y que recuperara el placer sencillo y poderoso de leer juntos.
Lo que hace singular su trayectoria es precisamente esta capacidad de reinvención. El autor que durante años cultivó la tensión del thriller de largo aliento decide ahora descender a la escala de una excursión escolar para demostrar que la condición humana —su ridiculez, su ternura, su injusticia— cabe perfectamente en una historia breve, narrada por una niña, sobre una visita al zoo que acaba en inundación. Y que, incluso así, hay preguntas que siguen siendo grandes.
La muy catastrófica visita al zoo no es la obra más ambiciosa de Dicker, pero sí quizás la más generosa. Un libro que no pide nada al lector salvo que deje de correr durante unas horas. En tiempos de fragmentación y prisa, eso tiene más mérito del que parece.
La muy catastrófica visita al zoo, de Joël Dicker, transforma una simple excursión escolar en una poderosa metáfora del caos, la memoria y el aprendizaje. https://t.co/CpX4nFX1jb Bajo una mirada infantil cargada de ironía, la novela revela cómo el desorden también educa y deja… pic.twitter.com/Or9JUSDkOI
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) May 4, 2026
Hoy repasamos«El buen mal», de Samanta Schweblin, cuando las buenas intenciones nos borran. Hay libros que se leen deprisa y se digieren despacio. El buen mal (Penguin Random House / Seix Barral, 2025), el cuarto volumen de cuentos de la argentina Samanta Schweblin, pertenece con toda justicia a esa categoría. Son apenas 120 páginas —«tan delgado que un abejorro enfurecido pudiera traspasarlo», ha escrito algún reseñista— y sin embargo su peso específico sobre el lector se extiende durante días. Galardonado con el Premio Aena de Narrativa como el mejor libro de la literatura hispanoamericana de 2025, el título ya circula en inglés como Good and Evil and Other Stories, en la traducción de Megan McDowell para Knopf.
La autora es una voz que lidera un nuevo canon latinoamericano. Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Sus dos primeros libros de cuentos, antologados en Pájaros en la boca y otros cuentos, obtuvieron los premios Fondo Nacional de las Artes y Casa de las Américas 2008. Su primera novela, Distancia de rescate (2014), fue nominada al Premio Booker Internacional, obtuvo los premios Shirley Jackson y Tournament of Books, y fue llevada al cine por Claudia Llosa para Netflix. En 2018 publicó su segunda novela, Kentukis, nominada también al Premio Booker Internacional. Siete casas vacías (2015) obtuvo el Premio Narrativa Breve Ribera del Duero y el National Book Award en 2022. Traducida a cuarenta lenguas, Schweblin reside desde hace más de diez años en Berlín, desde donde escribe y enseña escritura creativa. Ha sido finalista del International Booker Prize en tres ocasiones: un récord que la sitúa en la primera línea de la narrativa mundial en español.
El libro: seis relatos en el filo de lo cotidiano. El epígrafe que abre el libro es de Silvina Ocampo: «Lo raro siempre es más cierto». Una declaración de principios que resume con exactitud el universo narrativo de Schweblin. El buen mal contiene seis cuentos que juegan con lo familiar y lo extraño, llevando a los personajes a situaciones cotidianas que, de repente, se vuelven inquietantes. En uno de los más celebrados, «Bienvenida a la comunidad», una mujer que ha intentado suicidarse sin éxito regresa a casa, esconde sus notas y retoma mecánicamente el ritmo de la vida doméstica, mientras su percepción del mundo adquiere una cualidad onírica e inquietante.
Los cuentos plantean hasta dónde las supuestas buenas intenciones pueden socavar nuestras vidas: la sobreprotección, la necesidad de perdón, la culpa, e incluso el amor y la empatía, pueden atentar contra la propia singularidad. El título mismo es un oxímoron que la autora no resuelve, sino que habita con maestría: el bien y el mal no son aquí fuerzas opuestas, sino facetas indistinguibles de los mismos vínculos humanos.
Las voces que lo celebran. La crítica internacional ha respondido con entusiasmo. Joyce Carol Oates describe los relatos como «poderosamente evocadores e inquietantes, como sueños febriles que flotan entre las reconfortantes familiaridades de la vida doméstica y los visionarios vuelos del inconsciente». Por su parte, Colum McCann señala que «los personajes se encuentran en un punto sin retorno, atrapados en el instante en que lo siniestro irrumpe en sus vidas. Algunos se transforman, otros se aíslan, otros se debaten entre la culpa y la ternura. Todos están impulsados por la incertidumbre».
Especialmente reveladora es la lectura de Ute Pappelbaum: «Los personajes hablan en primera persona, pero este "yo" no es un centro, sino un eco. Las barreras que separan lo deseado de lo indeseado, lo inofensivo de lo violento, son tan porosas que resultan inexistentes».
Por qué leerlo ahora. El buen mal está pensado y escrito para los amantes de las paradojas, para los que entienden la vida como un juego entre la realidad y el milagro. En un contexto cultural donde la narrativa de género —el thriller, el romance— domina las listas de ventas, Schweblin propone algo más exigente y más duradero: una literatura que no explica, no consuela y no cierra. Una literatura que, precisamente por eso, permanece. George Saunders la llama «una de las escritoras más fascinantes del mundo», y Enrique Vila-Matas afirma que leerla produce «un antes y un después». Pocas veces el consenso crítico resulta tan unánime —y tan merecido.
📚 El buen mal de Samanta Schweblin no se lee: se siente como una grieta en lo cotidiano. Seis relatos donde lo inquietante no llega de fuera, ya estaba dentro. https://t.co/RtTPjPJ6gm Breve, preciso, perturbador: literatura que incomoda y obliga a pensar. Si te interesa el… pic.twitter.com/04wqCIJ5i9
Hoy repasamos "Los miserables", una novela que sigue actual, porque es un paradigma de cuando la literatura se convierte en conciencia ética. Hay libros que pertenecen a su época y libros que pertenecen a la eternidad. Los miserables (1862), de Victor Hugo, es inequívocamente de los segundos. Novela, alegato, catedral narrativa, documento histórico y tratado moral a la vez, esta obra monumental sigue interpelando al lector contemporáneo con una urgencia que no ha perdido un gramo de su vigencia original.
Victor Hugo: el hombre que fue más grande que sus libros. Victor Hugo nació en Besanzón el 26 de febrero de 1802, hijo de un general napoleónico y una madre de convicciones realistas y católicas. Esa tensión de origen —entre el orden establecido y la rebeldía íntima— atravesaría toda su existencia. Poeta prodigio, dramaturgo revolucionario con Hernani (1830), novelista de primer orden con Notre-Dame de París (1831), fue también diputado, par de Francia y, finalmente, exiliado político. Cuando Napoleón III dio su golpe de Estado en 1851, Hugo abandonó Francia y no regresó hasta la caída del Imperio, en 1870. Vivió en Jersey y en Guernesey, donde escribió gran parte de su obra mayor. Murió en París el 22 de mayo de 1885. Su funeral congregó a más de dos millones de personas. Pocos escritores han sido tan llorados y tan leídos en vida.
La novela y su arquitectura moral. Los miserables narra la historia de Jean Valjean, un exconvicto que cumplió diecinueve años de prisión por robar un pan para alimentar a sus sobrinos hambrientos. Liberado, marcado por el estigma social, Valjean se cruza con el obispo Myriel, cuya generosidad inaudita —le regala los candelabros de plata que él mismo era lo único que no le había robado— desencadena una transformación moral que es el verdadero motor de la novela. Frente a él, el inspector Javert: la ley encarnada en un hombre que jamás concibe la posibilidad de la redención.
Hugo construye una galería de personajes que funcionan como arquetipos sin perder nunca su humanidad concreta: la desgraciada Fantine, la pequeña Cosette, el pícaro y entrañable Gavroche, el estudiante Enjolras. Cada uno porta una fracción de la miseria —económica, social, moral— que el autor quiere radiografiar. La acción transcurre entre la batalla de Waterloo (1815) y las barricadas de la insurrección de junio de 1832, un arco histórico que Hugo utiliza para examinar la fragilidad de las promesas de la Revolución francesa.
Lo que hace grande a esta novela. La grandeza de Los miserables no reside únicamente en su arquitectura narrativa, sino en la pregunta que formula y que permanece sin respuesta satisfactoria: ¿puede una sociedad llamarse justa cuando condena a sus miembros más vulnerables por los efectos de su propia desigualdad? Hugo no es un revolucionario en sentido estricto; es algo más incómodo: un humanista que exige coherencia. No pide que caiga el orden, pide que el orden sea digno de su nombre.
La novela fue un fenómeno editorial inmediato. Traducida a docenas de lenguas, adaptada al teatro, al cine y a la escena musical, Los miserables ha sobrevivido a todas las formas de consumo cultural sin agotarse en ninguna. Cada generación la relee y encuentra en ella su propio retrato.
Una obra que sigue siendo necesaria. En un tiempo en que la desigualdad vuelve a colonizar el debate público y la cuestión de la dignidad humana se plantea con renovada urgencia, Los miserables no es un clásico polvoriento sino un texto activo. Leer a Hugo hoy es reconocer que las preguntas esenciales no cambian, solo cambian los nombres de quienes las padecen. Jean Valjean sigue caminando por alguna parte.