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Bloggers, los nuevos Don Quijotes

Blogger con Don Quijote y Sancho Panza en Alcalá de Henares
En la casa natal de Miguel de Cervantes en Alcalá de Henares en 2010.

Don Quijote de la Mancha fuera un héroe o un antihéroe, con sus imaginarias o reales hazañas, decidió recorrer el mundo buscando desfacer agravios y enderezar entuertos. Alonso Quijano, con cincuenta años cuando emprendió su primera salida,  mantuvo una inquebrantable fe, fe no de raíz religiosa sino fe en su misión que jamás perdería. 

No existe mejor metáfora del espíritu blogger, donde una persona se compromete -con valor objetivo o no- en su particular aventura de dar testimonio del universo que le apasiona, tomando causa por lo que cree de valor y luchando contra gigantes o molinos de viento. Ahora que estamos preparando el XIII Encuentro Anual de GetxoBlog, ahora que nos preguntamos no tanto si persisten quienes escriben blogs como si hay quienes leen blogs, reivindicamos la opción muy personal de elegir ser blogger.

Don Quijote de la Mancha ofrecía un tratamiento burlesco y desmitificador de la tradición caballeresca, lo que la conforma como la primera novela moderna y una de las mejores obras literarias de la historia junto al Decamerón (Giovanni Boccaccio), la Divina Comedia (Dante Alighieri), Hamlet (William Shakespeare), Crimen y Castigo (Fiódor Dostoievski) o 1984 (George Orwell). 

Los blogs o el periodismo ciudadano aspiran a completar la visión informativa de los medios de comunicación actuales que, para sobrevivir, han de servir a intereses múltiples, a veces contradictorios como el destinatario panorama lector, los anunciantes, los intereses ocultos,... 

A los bloggers, puede sucederles como a Don Quijote"... del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro”. Pero creen, a pies juntillas que "Quien anda mucho y lee mucho, ve mucho y sabe mucho". Y aspiran a lo máximo: "Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni utopía ni locura, es justicia". 

Jamás tratéis de convertir a alguien con la singularidad de un blogger, o de Don Quijote, en un miembro más de una mesnada o una hueste. Personas hay con mentalidad de caballero y otras de mesnadero. Eso sí, sabiendo que “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro”. Como un blogger responde con su blog, así diría Don Quijote: Cada cual, Sancho, es hijo de sus obras. 

Un blogger, como Don Quijote, lo es por una motivación interna, por esa fe en su misión. Poco importa que tenga muchos o pocos seguidores. A Don Quijote le bastaba con contar con su fiel escudero Sancho Panza,

Aprendamos las enseñanzas de Don Quijote de la Mancha: "La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida. . Al bien hacer nunca le falta recompensa. De los mayores pecados que comete el hombre la soberbia es el mayor dicen algunos, pero el desagradecimiento es mayor, digo yo". 

Quien se define como blogger ama su libertad, respeta las decisiones de los demás y lucha por lo que cree es de justicia. No tiene más que su nombre como tesoro, que nunca traicionará. Nunca sabremos si el destino nos llevará a identificarnos con Don Quijote o con Sancho Panza (véase foto), pero nuestra andadura no se desviará por nada ni por nadie. Concluimos con nuestra frase preferida desde siempre y entre todas las citas: "Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo será imposible". Quizá sea locura, pero un blogger busca una humanidad de seres únicos y singulares, bondadosos y valientes, entusiastas y solidarios.

El personaje superfluo

La vida se experimenta como un relato. La felicidad no es sino un modo de relatarse lo que nos acontece y cómo reaccionamos ante ello. El modo de contarnos lo que vivimos es decisivo, para mejorar nuestras sensaciones y percepciones, así como animar al tipo de acciones con las que situarnos en nuestro contexto vital.

Y en un relato son imprescindibles los personajes. No importa qué tipo de relato elijamos, aun en la inmensidad de seres humanos, siempre hay un personaje constante con mayor o menor protagonismo, que seguidamente desvelaremos.

La actualidad puede definirse como la era del ensimismamiento, individual y colectivo,... El tiempo de las sociedades y electorados rebeldes, que añoran pasados descritos y recordados con benevolencia frente a los turbios presagios de futuros inciertos. Una época donde los arraigados británicos ("somewheres") votan BrExit, donde los descontentos norteamericanos eligen a Trump con su "American First",... Un momento de mirarse el ombligo con demasiada insistencia, y tanto entre las personas más viejas como entre las más jóvenes,...

Nuestra propuesta es que esa figura redundante pierda peso frente a los demás figurantes, para de ese modo lograr mayor realización y mayor felicidad, aunque pueda parecer paradójico. Nuestra tesis predica que no nos detengamos con obsesión en detallar los matices de ese personaje, por sería en detrimento de descubrir y disfrutar de la grandeza del resto de intervinientes,...

Como habréis deducido a estas alturas de la narración el personaje superfluo somos cada uno de nosotros. Si nuestro relato vital focaliza en quienes nos acompañan, en quienes nos ayudan y en quienes ayudamos, en lugar de centrarnos en nuestra modesta figura, la vida real se nos mostrará en toda su magnificencia y con todas las oportunidades que generosamente nos brinda.

Abundar en el personaje superfluo, ese yo que nos empequeñece, nos conduciría al "hombre superfluo" definido en la literatura rusa. Aquellos inútiles soñadores, príncipes como Oneguin de Alexandr Pushkin o el Oblómov de Iván_Goncharov, incluso como el mismo Hamlet o los héroes byronianos quienes a pesar de su talento y formación caían en el nihilismo de ser incapaces de mejorar su vida, la de su familia y la de su sociedad,... 

¡Despertemos y arrinconemos al nimio personaje superfluo, ese irrisorio yo ruin (que re-interpretaría a Ortega y Gasset como "yo soy yo y mi mascota, mis viajes,..."), que nos sumerge en una espiral de intrascendente aburrimiento!

El mejor libro de la Historia

Diez imprescindibles libros que todos deberíamos haber releído varias veces, y que pueden descargarse gratuitamente desde Internet.

Muchos críticos consideran que el mejor libro de la historia de la literatura universal es “El Ingenioso Hidalgo Don Qujote de la Mancha”, escrito por Miguel de Cervantes a principios del siglo XVII. Otros creen que también podrían optar al primer puesto “La Divina Comedia” de Dante Alighieri, “Madame Bovary” de Gustave Flaubert, u obras de William Shakespeare como ”Hamlet”, “Otelo” o el “Rey Lear”.

Entre los más clásicos más modernos, en la cumbre siempre han figurado títulos tan variados como “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski (o “Crimen y castigo” del mismo autor que fue mi primer gran libro), “Guerra y paz” de Tolstói, “La montaña mágica” de Thomas Mann o el más reciente “Ficciones”, un texto de Jorge Luis Borges del año 1944.

Muchos creen que el libro principal es alguno de carácter sagrado: la “Biblia”, el “Corán”, o el “Talmud”,… Todos de innegable valor literario e indudable trascendencia histórica. Otras obras de reconocimiento universal, como el "Ulises” de James Joyce, se excluyen porque nunca facilitaron su lectura.

Cada persona mantiene sus propias preferencias. Por su valor educativo para quienes se inician en la lectura, quizá algunos profesores nos decantaríamos por “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, “Moby Dick” de Herman Melville, “Las aventuras de Tom Sawyer” de Mark Twain, o “La vuelta al mundo en 80 días” de Julio Verne,… Como lema final, se podría apuntar que en todo tiempo y lugar el mejor libro fue y será el que a más personas y en más lenguas, con menos páginas y requisitos previos, enseña más, alegra más, libera más y aviva más.

Con-vencedores y con-vencidos

Algunos prefieren ser vencedores con - vencidos. Muchos preferimos que todos pasemos de vencidos en la violencia a convencidos en la paz.

Es eterno el tema de vencedores y vencidos. La ley del universo y de la historia es contundente: ¡Ay de los vencidos! Pero los vencedores más célebres parece que se sorprendieron de lo significa vencer sin convencer. Napoleón señaló: “Lo que más me extraña de este mundo es la impotencia de la fuerza. De los dos poderes, fuerza e inteligencia, a la larga el sable siempre es vencido por el espíritu” o “Un gobierno que sólo se sostiene en las bayonetas es un gobierno vencido”. Su gran adversario, el Duque de Wellington, también opinaba que “Únicamente una batalla perdida puede ser más triste que una batalla vencida”.

Más recientemente otros han hablado de vencedores y vencidos. Pinochet se delató cuando declaró: “Aquí no hay ni vencedores ni vencidos, pero sepan estos últimos”... Más cercanamente, Fraga Iribarne declaró: “La victoria en la guerra sólo se consigue cuando se hace ganar también a los vencidos”,… en la etapa de la transición. El mismo Juan Carlos I recordaba que “No quería, a ningún precio, que los vencedores de la guerra civil fueran los vencidos de la democracia”. Pero la mejor cita es la de un clásico (Lucano): “¡Tan miserable es salir vencedor en una guerra civil!”.

La humanidad no ha conocido hasta la fecha sino una historia de odio, donde no cabían más que dos héroes: Hamlet, el impotente, y Macbeth, el vencedor. Y ambos son atormentados por espectros. Con ese maniqueo esquema bipolar, de buenos y malos, de vencedores y vencidos,… hemos crecido. Los filósofos lo mitigaron, pero no lo superaron. Nietzsche sugirió “También los vencedores son vencidos por la victoria”, o Maquiavelo creyó “Los pueblos sométense voluntariamente al imperio de quien trata a los vencidos, no como enemigos, sino como hermanos”.

Son insuficientes consejos como éstos, porque suponen que debe haber vencidos: “Con la misma mano con que vence, protege a los vencidos. El vencedor siempre honra al que ha vencido. Es perdonar al vencido, el triunfo de la victoria. La mayor satisfacción del vencedor consiste en perdonar al vencido. La paz es conveniente al vencedor y necesaria al vencido”. Ya no queremos victorias, ni victorias ni victoriosos que impliquen vencidos. La concordia crea invencibles, invencibles convencidos y sin vencidos. Quien domina por la fuerza no ha vencido a su enemigo. Preferimos el amor, en cuyas contiendas es indiferente vencer o ser vencido, porque siempre se gana.

Quizá, en ocasiones, la vida nos vence, y el sentimiento de vencidos se mantiene. Pero no es vencido sino quien creer serlo. Ya no aspiramos a ser vencedores de otros, sino de nosotros mismos como Buda predica: “vencedor es quien se vence a sí mismo”. Sin necesidad de que nos enfrentemos los unos con los otros, la vida nos somete a una escuela de adversidad, frente a la desigualdad, frente a la enfermedad, frente a la muerte. La naturaleza humana nos orienta hacia la solidaridad con las víctimas, con quienes generosamente no buscan revancha sino el fin del infortunio para todos.

El concepto vencer es propio del caduco lenguaje militar: en una civilización madura el gran verbo es convencer. En la guerra, sea quien sea el que se pueda llamar vencedor, no hay ganador, sólo perdedores, sólo hay vencidos; en la paz, todos somos ganadores y vencedores de nosotros mismos. Una sana democracia no acoge vencedores y vencidos, sino que sólo caben convencedores y convencidos. Pidamos a nuestros dirigentes que se transmuten, yVersión .DOC para imprimir convirtámonos cada uno de nosotors, en vendedores de paz ante nuestros convecinos.

Imprimir con: mikel.agirregabiria.net/2006/convencidos.htm

El mito de Ofelia

Un drama descrito en un cuadro favorito de muchos que somos románticos corregibles.

La desdichada Ofelia de la tragedia "Hamlet", es hija literaria de Shakespeare, como la gentil Desdémona o la dulce Julieta. Ofelia, prometida del atormentado príncipe Hamlet, se vuelve loca cuando éste, por confusión, mata a Polonio, chambelán de Hamlet y padre de Ofelia. En su desvarío, Ofelia vagabundea junto a un lago, recogiendo flores, y muere ahogada en las fangosas aguas. El nombre "Ofelia" parece estar inspirado en el griego "he ofeleía" (el socorro, la ayuda). Se ignora si Shakespeare se basó en algún precedente literario, como la novela pastoril Arcadia, publicada por el italiano Sanazzaro en 1504.

La mejor imagen de Ofelia puede verse en la londinense Galería Tate, en un famoso óleo del precoz pintor John Everett Millais, considerado como el sucesor de Turner. Es la obra emblemática en el más puro estilo del romanticismo inglés. Millais deseó realizar este tema inspirado en Shakespeare, si bien una joven ahogada no era muy habitual en los cuadros de mediados del siglo XIX. Ello brindó al artista innumerables posibilidades de experimentar lo relacionado con la ausencia de gracia y equilibrio. Como modelo posó Elizabeth Siddal, una bella doncella que trabajaba en una sombrerería y que se convirtió en la modelo favorita de los artistas del momento, casándose posteriormente con Rossetti. Lizzy posó en incómodas condiciones permaneciendo durante horas sumergida en un baño de agua tibia. El resultado es una obra hipnotizadora y escalofriante cargada de poesía, en la que encontramos el realista naturalismo de los prerrafaelitas, alejado de las tendencias académicas del arte oficial de su época.

Cuando Ofelia muere, pasando "de su melodioso canto a su turbia muerte" ("from her melodious lay to Muddy death"), se convierte en un imposible objeto de deseo. Ofelia cae cual estrella fugaz en un cielo de tragedia. Sentimos su sufrimiento y la vemos morir tan pronto, alejándose agua abajo con la luz de su sonrisa en los labios, como se desvanece cielo abajo la luz de los cometas fugitivos. Queremos quejarnos como ella en el único instante en que se lamenta: "To have seen what I have seen, see what I see!" (Haber visto lo que he visto, ver lo que veo). Porque hay un Hamlet en el fondo de todo corazón humano, y en la oscuridad de la conciencia de ese Hamlet, resta siempre el centelleo de alguna luz que no supimos recoger. La luminaria pasó, pero su estela queda, y jamás volverá aquella sonrisa a inundar con su hechizo nuestra existencia.

El primer amor es la forma genuina de la felicidad, quizá la única: Ánima vaga, impalpable, huidiza, como Ofelia. Momentánea en cada vida, eterna en la memoria. Como Ofelia, un cielo que se nos ofreció y desdeñamos. Podemos pensar que Shakespeare, al dar vida mental a la divina hechura de su alma, presintió que en ella fundía para siempre las eternas aspiraciones del sentimiento ideal de todo corazón humano en todos los países y en todas las edades. Nunca produjo el arte una creación más pura, ni divinizado una realidad más humana, ni concebido una verdad más esplendente. El arte no demuestra, pero el arte presiente.

¿A qué aspira el ser humano? A todo cuanto ofrece Ofelia: sencillez, candor, sinceridad, inocencia en deseos y en pensamientos, delicadeza en sentimientos y en actos, capacidad para todos los afectos, desde temblar ante la presencia de su amante hasta tambalearse en su delirio de huida.

El cadáver de Ofelia, ¡ay!, todavía sigue muriendo. Perecer como sucumbe Ofelia, nos sigue susurrando una belleza mágica, arrebatadora y sublime en el bosque sombrío donde aún habitan seres solitarios. Ojalá supiéramos encontrar los amores posibles, esas pasiones enfrenadas que posibilitan amores realizables y resistibles. Si nos moviésemos por buenos instintos, hallaríamos con facilidad querencias finitas, propias de amantes mortales que se atrevieron a amar.

Podemos ser felices

Receta para disfrutar de momentos dichosos en la comedia trágica de la vida.

La existencia, demasiado frecuentemente, nos hace sentirnos como David enfrentándose a los gigantes filisteos, sabiendo que sólo una vez en la Historia David ganó a Goliat. Nos abruma el sentimiento del mítico Sísifo, que cada jornada subía su roca a la cima para verla caer cada anochecer.

Somos fallidos perdedores, émulos del Hamlet de Shakespeare, del Fausto de Goethe y del Raskolnikov de Dostoievsky. Nos debatimos atormentados entre lo mímico mínimo y lo típico lícito, entre lo nítido físico y lo cívico lívido, entre lo tímido lírico y lo cínico rígido. Hemos vivido el ricino de lo finito y, quizá con sigilo, un pellizco del divino infinito.

Merecemos ser felices: Si no podemos abrazar a un ser querido, al menos evoquemos su recuerdo. Si no podemos oír una voz amiga, escuchemos una canción de amor. Si estamos solos, advirtamos el palpitar de nuestro corazón que late acompasadamente con otros. Si no podemos escapar de las preocupaciones, démonos un minuto de descanso. Si no podemos ver la esperanza cerca, cerremos los ojos. Si no podemos dormir sin pesadillas, soñemos despiertos. Si hoy no podemos ser dichosos, esperemos un nuevo mañana. Si la muerte nos ronda, confiemos en el más allá. Si no podemos ser felices, siempre nos queda el recurso de ser… inocentes.

La única fórmula de la alegría es sentirnos livianos, como ángeles capaces de volar al tomarse a sí mismos muy a la ligera. Kierkegaard nos dio un consejo: "La puerta de la felicidad se abre hacia fuera". Sólo olvidándonos de nuestro yo y pensando en los demás podremos ser dichosos. La felicidad es para quien la busca… en los demás. Vivamos tan intensa y altruistamente como podamos. No podremos ser felices sino regalando felicidad.
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