En el verano de 1969, un joven recién licenciado en matemáticas Harvard recorría Europa con poco dinero y mucha curiosidad. Se llamaba Richard Gott, tenía 22 años, luego sería astrofísico y se detuvo ante el Muro de Berlín. Como cualquier viajero de la Guerra Fría, se preguntó cuánto tiempo más seguiría allí. Como casi nadie, llegó a una respuesta con un razonamiento que cabe en una servilleta.
Un turista sin información privilegiada. Gott sabía lo mismo que cualquiera: el muro tenía ocho años. Ni diplomacia secreta ni olfato político. De esa ignorancia sacó su argumento. Si nada hace especial el momento de su visita, lo razonable es suponer que llegó en un instante cualquiera de la vida del muro. Con un 50% de probabilidad estaba en los dos cuartos centrales de esa vida, ni en el primero ni en el último. Si se hallaba al comienzo de ese tramo, quedaba por delante el triple de lo ya vivido; si al final, un tercio. Con ocho años a cuestas, el muro duraría entre dos años y ocho meses y veinticuatro años más. Cayó en noviembre de 1989, 20 años después de su visita.
De Copérnico al calendario. El nombre del método, principio de mediocridad, es una declaración de intenciones. Copérnico nos retiró del centro del universo y la astronomía posterior no ha hecho sino confirmar que ocupamos un lugar corriente. Gott propone aplicar esa misma humildad al tiempo: tampoco habitamos un instante privilegiado. Es el principio de mediocridad, que conviene entender en sentido estadístico y no como reproche: casi todos los observadores viven en momentos corrientes, sencillamente porque los momentos corrientes son la mayoría.
En 1993 lo formalizó en Nature. Con un 95 % de confianza, lo que observamos hoy durará entre 1/39 y 39 veces su edad actual. El día de la publicación consultó The New Yorker y calculó el intervalo de cierre de las 44 obras que estaban en cartel en Broadway y fuera de él. Según el relato de Timothy Ferris en 1999, 36 habían cerrado ya, todas dentro de su intervalo. Aplicado a nuestra especie, con unos 200.000 años de existencia, el cálculo arroja entre unos 5.100 y 7,8 millones de años más. Una cifra que consuela y que, vista de cerca, también inquieta.
Un argumento, no un oráculo. Conviene no confundir el método con una bola de cristal. Los intervalos son anchos, y que el muro cayera dentro del suyo no prueba mucho: con márgenes tan generosos, acertar es relativamente fácil. Físicos y filósofos siguen discutiendo cuándo es válido, y una objeción frecuente es que sirve como punto de partida para quien no sabe nada, no como veredicto para quien sí sabe. Si conocemos algo más sobre el objeto, ese conocimiento pesa más que la aritmética. Brandon Carter formuló una variante del llamado argumento del fin del mundo en ese mismo 1993 (posts previos); Gott llegó a la suya de forma independiente.
Lo valioso, a mi juicio, es la lección de método. La ignorancia no obliga al silencio: una suposición mínima produce un intervalo que puede ser refutado. Unamuno hablaba del hambre de inmortalidad como núcleo del sentimiento trágico de la vida; Gott propone el reverso, una aritmética de la finitud que no pide consuelo sino precisión.
Una propuesta para los próximos años. Lectura. En los próximos seis meses, lee el artículo original( de Gott en Nature y la entrevista de Ferris. Objetivo: explicar el método a otra persona sin fórmulas. Escritura y práctica. Cada enero, durante cinco años, anota diez pronósticos de duración (un comercio del barrio, una serie, un proyecto educativo) con su intervalo del 50 %. Evaluación: al cabo de esos años, comprueba si aciertas cerca de la mitad, que es lo que un intervalo bien calibrado debería dar. Voluntariado. En un plazo de dos a diez años, organiza un taller intergeneracional en un centro escolar o un centro de mayores, titulado «Predecir con humildad». Evaluación: número de sesiones, participantes y cuántos son capaces de aplicar el método a un caso propio.
En 1969, un estudiante de 22 años se paró ante el Muro de Berlín, que tenía ocho años, y se preguntó cuánto duraría. Richard Gott no sabía nada de política: solo sabía que su visita no tenía nada de especial. https://t.co/gtT4lbNnuk Con esa humildad calculó que caería entre 2 y 24 años después. Cayó a los 20. Es el principio de mediocridad: no vivimos en un momento privilegiado. ¿Sirve para predecir una obra de Broadway, una empresa o nuestra especie? Lo cuento con sus límites y su belleza. 👇 In 1969, a 22-year-old student stood before the Berlin Wall, then eight years old, and wondered how long it would last. Richard Gott knew nothing about politics, only that there was nothing special about his visit. From that humility he worked out the Wall would fall between 2 and 24 years later. It fell after 20. That is the mediocrity principle: we don't live at a privileged moment. Can it forecast a Broadway show, a company, or our own species? I explore its beauty and its limits. 👇 1969an, 22 urteko ikasle batek Berlingo Harresiaren aurrean gelditu zen, zortzi urte zituela, eta galdetu zion bere buruari zenbat iraungo zuen. Richard Gottek ez zekien politikaz ezer; bakarrik, bere bisitan ez zegoela ezer berezirik. Apaltasun horretatik abiatuta, 2 eta 24 urte geroago eroriko zela kalkulatu zuen. 20 urtera erori zen. Hori da mediokritatearen printzipioa: ez gara une pribilegiatu batean bizi. Balio al du antzerki-lan baten, enpresa baten edo gure espeziearen iraupena aurreikusteko? Hemen kontatzen dut, bere mugekin. 👇 En 1969, un étudiant de 22 ans s'arrête devant le mur de Berlin, alors âgé de huit ans, et se demande combien de temps il tiendra. Richard Gott ne savait rien de politique : seulement que sa visite n'avait rien de spécial. De cette humilité, il déduit que le mur tomberait entre 2 et 24 ans plus tard. Il est tombé après 20. C'est le principe de médiocrité : nous ne vivons pas à un moment privilégié. Peut-il prévoir la durée d'une pièce à Broadway, d'une entreprise ou de notre espèce ? J'en raconte la beauté et les limites. 👇
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) October 17, 2026
@1bit1pixel3 La regla que predice cuánto durará cualquier cosa En 1969, un joven físico adivinó cuánto le quedaba al Muro de Berlín sabiendo solo que tenía 8 años. Richard Gott razonó como Copérnico: no estoy en un momento especial, sino en un instante cualquiera de la vida del Muro. Si partes una vida en cuatro trozos, la mitad de las veces caes en los dos del centro, y ahí lo que le queda está entre 1/3 y 3 veces lo que ya ha vivido. Con 8 años, eso era entre 2 años y 8 meses y 24 años: caería entre 1972 y 1993. Cayó el 9 de noviembre de 1989. En 1993 lo repitió con los 44 musicales en cartel en Nueva York (con un 95 % de confianza, entre 1/39 y 39 veces): de los 36 que habían cerrado años después, los 36 lo hicieron dentro de su predicción. Y con los ~200.000 años que contaba entonces para la humanidad, le salía que nos quedan entre 5.100 y 7,8 millones de años. Ojo: la regla solo vale cuando no sabes nada más de lo que mides. Para una persona de 90 años falla, porque de las personas sabemos mucho. El método sigue discutido entre físicos y filósofos. #Shorts #matematicas #probabilidad #murodeberlin ♬ sonido original - 1Bit1Pixel





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