Por algún extraño motivo, hoy hemos ojeado de nuevo un libro muy querido: La muerte de Iván Ilich. Publicada por Lev Tolstoi en 1886, representa una de las reflexiones más penetrantes de la literatura occidental sobre la mortalidad, la autenticidad existencial y el significado de la vida. Esta novela breve, que cuenta los últimos meses de un magistrado ruso ordinario, trasciende los límites del relato realista para convertirse en una meditación filosófica sobre cómo vivimos y qué significa enfrentar nuestra finitud.
Lev Nikoláievich Tolstoi (1828-1910) fue uno de los novelistas más influyentes de su época, autor de dos monumentales epopeyas realistas: Guerra y paz y Anna Karénina. En el momento de escribir La muerte de Iván Ilich, Tolstoi ya había experimentado su propia crisis existencial, una transformación espiritual que lo llevó a rechazar los valores burgueses de su clase y a buscar una vida más auténtica, guiada por la ética cristiana y la austeridad. Este cambio vital tiñe cada página de la novela, dotándola de una urgencia moral que trasciende la mera ficción.
La banalidad de una vida ordinaria. El genio de Tolstoi consiste en presentar a Iván Ilich no como un personaje excepcional, sino como un funcionario ejemplar del establishment zarista: ambicioso, correcto en sus formas, preocupado por el reconocimiento social y el confort material. Su vida ha sido una sucesión de pasos calculados hacia el éxito: una carrera administrativa respetable, un matrimonio conveniente, una casa decorada según las modas de San Petersburgo. Sin embargo, esta vida aparentemente exitosa es, en esencia, hueca. Iván Ilich nunca se ha cuestionado realmente nada; ha vivido de acuerdo con las expectativas de su entorno, no conforme a sus propios valores o deseos genuinos.
La enfermedad como desveladora. La afección que aqueja a Iván Ilich —una dolencia indeterminada que lo consume lentamente— actúa como catalizador de la verdad. A medida que la enfermedad progresa, sus preocupaciones mundanas se erosionan. Los médicos, con su jerga profesional y su incapacidad para tratarlo efectivamente, se revelan como impostura. Su familia, lejos de reconfortarlo, lo ve como un obstáculo. Incluso su esposa, que lo cuida físicamente, no lo entiende ni lo acompaña en su tormento psicológico. En esta soledad radical, Iván Ilich es obligado a enfrentar una pregunta que había evitado toda su vida: ¿Por qué vivió como vivió?
La búsqueda de significado. Lo notable en Tolstoi es que no ofrece respuestas fáciles ni consuelos religiosos superficiales. Iván Ilich sufre sin redención aparente durante la mayor parte de la novela. Sin embargo, en los últimos momentos, cuando finalmente cesa su resistencia y abandona su ego, experimenta algo cercano a la liberación. No es la muerte la que se revela como enemiga, sino la vida falsa que ha vivido(otros posts sobre la muerte). El alivio llega cuando acepta haber estado equivocado, cuando renuncia a justificar su existencia pasada.
Una lección moderna. La muerte de Iván Ilich mantiene su poder porque plantea una pregunta que cada lector debe responderse: ¿vivimos auténticamente, o simplemente jugamos el papel que se espera de nosotros? En una época de consumo acelerado, redes sociales y competencia constante, la advertencia de Tolstoi resulta más urgente que nunca. Esta novela no es sobre la muerte, sino sobre la vida: sobre el valor de examinarla, de cuestionarla, de vivirla con consciencia antes de que sea demasiado tarde.
La muerte no llega al final: revela cómo hemos vivido. En La muerte de Iván Ilich, León Tolstói desmonta la ilusión del éxito social y enfrenta al lector con una pregunta incómoda: ¿vida auténtica o apariencia? https://t.co/UGeutlnEV9 Una obra breve, intensa y profundamente… pic.twitter.com/jFLfO44VtQ
Una vez más repetiremos el poema "Las guerras mienten", una reflexión
desde la perspectiva de nuestro admirado Eduardo Galeano (muchos más posts). La
afirmación de que «las guerras mienten» no es una frase hecha o un eslogan
pacifista vacío, sino una observación profunda sobre cómo los conflictos
armados distorsionan la realidad, manipulan el lenguaje y secuestran la verdad.
Eduardo Galeano, el periodista y escritor uruguayo, comprendió esta verdad con
la claridad de quien ha visto de cerca cómo se fabrican las narrativas del
poder mientras se silencian las voces de quienes padecen las consecuencias
reales de la violencia.
Toda
guerra comienza con una mentira o, al menos, con un espectro de mentiras
cuidadosamente tejidas. Los conflictos armados no se declaran simplemente por
el deseo de combatir, sino que requieren de un relato legitimador, una
narración que convenza a poblaciones enteras de que la violencia es necesaria,
justa o inevitable. Galeano reconocía que el primer arma de cualquier potencia
militar no es el fusil o la bomba, sino el control de la narrativa: qué se
cuenta, cómo se cuenta y, crucialmente, qué se oculta. Las imágenes que llegan
a nuestras pantallas, las palabras que eligen los comentaristas, los datos que
se publican y los silenciados estratégicamente configuran una realidad que
raramente coincide con la experiencia vivida por los afectados.
La
ética política de Galeano residía precisamente en su compromiso con desmontar
estas mentiras, en su obsesión por restituir la verdad a través de la palabra.
Su periodismo y su escritura literaria funcionaban como actos de resistencia:
cada artículo, cada crónica, cada poema era un esfuerzo por nombrar lo que
otros pretendían ocultar, por devolver dignidad a los invisibilizados, por
hacer que la realidad de los despojados fuese audible en medio del fragor de la
propaganda oficial. Escribir contra las guerras significaba, para Galeano,
escribir la verdad que ellas intentaban acallar.
La
educación en tiempos de conflicto adquiere entonces una importancia capital. Si
las guerras prosperan en la ignorancia y la desinformación, la educación
crítica —aquella que enseña a cuestionar las narrativas oficiales, a buscar
fuentes diversas, a escuchar las voces marginadas— se convierte en una forma de
resistencia pacifista. Galeano nos recuerda que nuestra responsabilidad como
lectores, ciudadanos y pensadores es la de permanecer vigilantes ante las
mentiras que se nos presentan como verdades.
En
nuestros días, cuando las guerras continúan y las mentiras proliferan en
múltiples canales, la lección de Galeano permanece vigente. La lucha por la paz
no es únicamente un combate militar o diplomático; es también una batalla por
la verdad, por el derecho a narrar nuestras propias historias, por la capacidad
de construir significado frente al ruido de la propaganda. Las guerras mienten
porque necesitan mentir para existir. Nuestra tarea es insistir en la verdad,
en toda su complejidad e incomodidad.
Eduardo Hughes
Galeano nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Desde joven se dedicó al
periodismo, trabajando como redactor y director de la revista Marcha, uno de los
espacios intelectuales más importantes de América Latina. Su obra se
caracterizó por combinar el rigor informativo con la sensibilidad literaria,
creando un estilo propio que desafiaba las fronteras entre periodismo, ensayo y
creación narrativa.
Perseguido por la
dictadura militar uruguaya, Galeano se exilió en 1973, viviendo en Argentina,
España y México. Durante estos años escribió su obra más conocida, «Las venas
abiertas de América Latina» (1971, leer en PDF), un análisis apasionado y crítico de la
historia económica y política del continente, así como sus célebres «Memoria
del fuego» (1982-1986) y «El libro de los abrazos» (1989). Su escritura se
caracterizaba por defender a los olvidados, cuestionar las verdades oficiales y
reivindicar el poder transformador de la palabra.
Galeano fue un
intelectual comprometido con la justicia social, la paz y la dignidad humana.
Su legado trasciende sus libros: su manera de entender la política, la ética y
la educación como actos inseparables de la resistencia contra la mentira y la
opresión permanece como referencia fundamental para quienes creen que otro
mundo es posible. Falleció en Montevideo en 2015, pero su voz sigue
interpelando a lectores de todo el mundo.
“Las guerras mienten”: Eduardo Galeano nos recuerda que antes de las bombas llegan las palabras. Narrativas que disfrazan intereses, convierten invasiones en “liberación” y silencian a las víctimas. https://t.co/aVsSaMBIXc Leer a Galeano hoy es un acto de resistencia crítica… pic.twitter.com/jZPGu53p8s
Hoy, 14-3-26, es de obligado cumplimiento escribir un obituario dedicado a Jürgen Habermas, a quien recuerdo haber citado en trabajos y oposiciones ya por 1981 en torno a la filosofía de la ciencia. Pocos pensadores han influido tanto en la reflexión contemporánea sobre la democracia, la comunicación y la vida pública como Jürgen Habermas. Filósofo y sociólogo alemán, su obra ha marcado durante más de medio siglo el debate intelectual sobre la racionalidad, la esfera pública y el papel del diálogo en las sociedades democráticas. Rendirle homenaje no significa únicamente recordar a un gran teórico, sino reconocer una forma de pensar la convivencia basada en la argumentación, la crítica y la búsqueda de consensos razonables.
Nacido en 1929 en Düsseldorf, Habermas creció en una Alemania marcada por la devastación moral y política de la Segunda Guerra Mundial. Esa experiencia histórica fue decisiva en su trayectoria intelectual. Muy pronto se vinculó con la llamada segunda generación de la Escuela de Frankfurt, heredera del pensamiento crítico desarrollado por figuras como Theodor W. Adorno, Max Horkheimer y Herbert Marcuse. Sin embargo, Habermas amplió y transformó ese legado al introducir una perspectiva centrada en la comunicación y en las posibilidades racionales del diálogo democrático.
Su pensamiento alcanzó una formulación sistemática con la monumental obra Teoría de la acción comunicativa (1981). En este trabajo, Habermas propone que la racionalidad humana no se limita al cálculo instrumental o técnico, sino que también se manifiesta en la comunicación orientada al entendimiento. Cuando los individuos dialogan en condiciones de libertad, igualdad y ausencia de coerción, pueden llegar a acuerdos racionales. Esta idea se convirtió en el fundamento de su propuesta ética y política: la llamada “ética del discurso”.
Según este enfoque, las normas sociales y políticas sólo pueden considerarse legítimas si podrían ser aceptadas por todos los afectados en un proceso de deliberación libre. La democracia, por tanto, no es únicamente un mecanismo electoral, sino un proceso continuo de argumentación pública. De ahí surge el concepto de “democracia deliberativa”, hoy ampliamente discutido en la filosofía política y la teoría democrática.
La influencia de Habermas se extiende mucho más allá de la filosofía académica. Sus ideas han alimentado debates en la sociología, la teoría del derecho, la ciencia política, la ética aplicada y los estudios sobre medios de comunicación. Además, su presencia en el espacio público ha sido constante: a lo largo de décadas ha intervenido en discusiones sobre la integración europea, la memoria histórica alemana, la globalización o el papel de la religión en sociedades secularizadas.
Un rasgo notable de su trayectoria es la convicción de que la filosofía no debe permanecer encerrada en la academia. Habermas ha defendido siempre la responsabilidad del intelectual en el debate público, entendiendo que la crítica racional y el intercambio argumentativo son condiciones esenciales para preservar la democracia.
Homenajear a Jürgen Habermas es, en última instancia, reivindicar la fuerza de la razón pública. Frente al ruido y la simplificación, su filosofía recuerda que la democracia depende de algo tan frágil y tan poderoso como la conversación racional entre ciudadanos libres.
Jürgen Habermas nos recordó que la democracia no vive solo en las urnas, sino en el diálogo público. Filósofo clave de nuestro tiempo, defendió la razón compartida, la ética del discurso y la deliberación como bases de una sociedad libre. https://t.co/236YiTOpXU En tiempos de… pic.twitter.com/4KOxkEO6Fw
Hace tiempo queríamos escribir de la otredad (varios posts ya), de pensar al otro, de entender cuál es el espejo inevitable de nuestra propia identidad.La otredad —o alteridad— designa aquella condición esencial mediante la cual reconocemos la existencia del otro como diferente de nosotros mismos. Lejos de constituir un mero concepto abstracto, la otredad opera comofundamento del reconocimiento mutuo en nuestra vida social, ética y política. Comprender su naturaleza significa interrogarse sobre cómo nos relacionamos con quienes no somos nosotros, cómo definimos los límites de nuestra identidad y qué implicaciones morales emergen de estos encuentros.
La tradición filosófica occidental ha abordado la otredad desde múltiples ángulos. Hegel introduce en su dialéctica del amo y el esclavo la idea de que la conciencia de sí requiere necesariamente del reconocimiento por parte de otra conciencia. No hay yo sin tú; la identidad se construye relacionalmente, en el espejo que nos devuelve la mirada ajena.
Emmanuel Levinas radicaliza esta perspectiva al situar al Otro como instancia que precede y fundamenta la ética misma. El rostro del otro —vulnerable, expuesto— nos interpela antes de cualquier decisión racional, exigiéndonos una responsabilidad que no hemos elegido pero que nos constituye como sujetos morales. En esta lectura, la otredad no es una categoría secundaria sino el acontecimiento primordial de la existencia ética.
Jean-Paul Sartre, por su parte, explora la experiencia fenomenológica del otro como aquella mirada que nos objetiva, que nos convierte en cosa observada. "El infierno son los otros", escribe, capturando la tensión inherente a toda relación donde la libertad de cada conciencia amenaza la del otro.
Dimensiones sociológicas y políticas. Más allá de la filosofía pura, la otredad adquiere densidad particular en el análisis sociológico de las dinámicas de inclusión y exclusión. Toda comunidad define sus fronteras estableciendo quiénes pertenecen al "nosotros" y quiénes quedan relegados al territorio de lo ajeno. Esta operación, aparentemente neutra, encierra mecanismos de poder que determinan jerarquías, privilegios y subordinaciones.
Los estudios poscoloniales han revelado cómo la construcción del "otro" ha servido históricamente para justificar dominaciones imperiales. Edward Said documenta en su análisis del orientalismo cómo Occidenteconstruyó una imagen exótica y subalterna de Oriente, proyectando sobre él características que permitían legitimar su intervención civilizatoria. La otredad, así entendida, no es un dato natural sino una producción cultural atravesada por relaciones de fuerza.
El dilema contemporáneo del reconocimiento. Las sociedades plurales actuales enfrentan el desafío de gestionar la otredad sin caer en dos extremos igualmente problemáticos: la asimilación forzosa —que niega la diferencia exigiendo homogeneidad— o el relativismo absoluto —que imposibilita cualquier diálogo genuino entre perspectivas distintas.
El filósofo canadiense Charles Taylor propone una "política del reconocimiento" donde la identidad individual y colectiva requiere del reconocimiento auténtico por parte de los demás. No basta la tolerancia pasiva; se necesita valoración activa de la diferencia como constitutiva de una comunidad plural.
Sin embargo, este reconocimiento no implica aceptación acrítica de toda diferencia. Implica más bien la construcción de espacios comunes donde identidades diversas puedan coexistir sin renunciar a principios éticos compartidos. La tensión entre universalismo y particularismo permanece como problema filosófico y político irresuelto.
Hacia una ética de la hospitalidad. La otredad nos confronta con una pregunta esencial: ¿cómo habitamos un mundo compartido con quienes son radicalmente diferentes? Jacques Derrida introduce el concepto de "hospitalidad incondicional", una apertura al otro que precede cualquier cálculo o condición. Esta hospitalidad, imposible e imprescindible a la vez, señala el horizonte utópico de una convivencia que reconozca la alteridad sin pretender domesticarla.
En definitiva, pensar la otredad significa reconocer que nuestra humanidad se juega precisamente en cómo nos relacionamos con la diferencia que nos interpela, nos desafía y, en última instancia, nos constituye.
En un mundo diverso y conectado, comprender la otredad es más urgente que nunca. No somos identidades aisladas: nos construimos en relación con los demás. https://t.co/ZFafRNZqUY Reconocer al otro —su cultura, su mirada, su diferencia— no debilita nuestra identidad, la enriquece.… pic.twitter.com/RZ5VxswJgn
Para celebrar el 8 de marzo (otros posts), hemos escrito sobre un pasaje del que hace casi 4 años decidimos escribir,... Entre las numerosas narraciones del Libro del Génesis, pocas poseen una densidad humana tan notable como la historia de las hermanas Lea (Lía, Léa, Leah,..)y Raquel (Rachel,..). Este relato, situado en los capítulos 29 al 35, combina elementos familiares, morales y simbólicos que han fascinado a lectores, teólogos y literatos durante siglos. Más que una simple genealogía, constituye un drama doméstico que explica el origen de las doce tribus de Israel y refleja tensiones universales: amor, rivalidad, deseo de reconocimiento y destino.
La historia comienza con la llegada de Jacoba la tierra de su tío Labán. Allí conoce a sus primas Lea y Raquel. La tradición bíblica describe a Raquel como hermosa y a Lea como menos agraciada, aunque de mirada delicada. Jacob se enamora profundamente de Raquel y acuerda con Labán trabajar durante siete años para poder casarse con ella. Sin embargo, la noche de la boda su suegro lo engaña y le entrega como esposa a Lea, la hija mayor.
El episodio introduce uno de los motivos literarios más característicos de la Biblia: el engaño que retorna sobre quien antes engañó. Jacob, que años atrás había obtenido mediante astucia la bendición destinada a su hermano Esaú, se convierte ahora en víctima de un ardid semejante. Para casarse finalmente con Raquel, acepta trabajar otros siete años.
La convivencia de las dos hermanas dentro del mismo matrimonio genera una rivalidad que atraviesa todo el relato. Jacob ama especialmente a Raquel, pero Lea es fértil y comienza a tener hijos: Rubén, Simeón, Leví y Judá, entre otros. Raquel, en cambio, permanece estéril durante largo tiempo, lo que en el contexto cultural del antiguo Oriente Próximo constituía una profunda desdicha.
Es en la onomástica de los hijos de Lea donde encontramos la literatura del dolor. Rubén ("Dios ha visto mi aflicción"), Simeón ("Dios ha oído"), Leví ("Ahora se unirá mi marido a mí"). Cada nombre es un grito de auxilio, una búsqueda de validación en el corazón de un hombre que mira pero no ve. Sin embargo, al llegar a su cuarto hijo, algo cambia. Lo llama Judá, que significa "Alabaré". Lea deja de buscar la mirada de Jacob para encontrar su suficiencia en la trascendencia. Es un momento de madurez pedagógica: la renuncia al deseo de ser amado como condición para la gratitud.
Con el tiempo, Raquel consigue finalmente tener un hijo, José, figura central en los capítulos posteriores del Génesis y protagonista de una de las narraciones más influyentes de la literatura bíblica. Más tarde dará a luz a Benjamín, pero morirá durante el parto, en un episodio que añade un tono trágico al relato.
Jacob, através de sus dos esposas y sus dos concubinas, tuvo 12 hijos biológicos varones (patriarcas de las tribus de Israel) y una hija (Dina). Con Lea (1º Rubén, 2º Simeón, 3º Leví, 4º Judá, 9º Isacar,10º Zabulón y Dina). Con Bilha -sierva de Raquel- 5º Dan, 6º Neftalí. Con Zilpa -sierva de Lea- 7º Gad, 8º Aser. Con Raquel, 11º José y 12º Benjamín.]
Más allá de su dimensión histórica o religiosa, la historia de Lea y Raquel ha sido leída como una profunda exploración de la condición humana. El texto presenta dos formas distintas de sufrimiento : el de Lea, que busca desesperadamente el amor de su esposo, y el de Raquel, que siendo amada anhela aquello que no posee, la maternidad. En ambas se manifiesta una tensión universal entre deseo y reconocimiento.
Lea y Raquel (y pronto escribiremos de Sara, abuela paterna de Jacob), por tanto, no son únicamente personajes de una antigua genealogía. Representan dos rostros del deseo humano: el anhelo de ser amado y el deseo de plenitud. Entre ambas tensiones se despliega una de las narraciones más humanas y complejas del Libro del Génesis, un relato que, milenios después, continúa invitando a reflexionar sobre familia, destino y sentido.
¿Por qué recordamos la belleza de Raquel pero olvidamos la mirada de Lea? 👁️📜https://t.co/BxNIXV7egg En el Génesis, el drama de las hijas de Labán no es solo una disputa familiar; es un tratado sobre el deseo, la identidad y la paradoja de lo sagrado. Mientras Jacob se pierde en… pic.twitter.com/QCz39jbgjM
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) March 8, 2026
A finales del siglo XIX, Antón Chéjov formuló uno de los principios más influyentes de la teoría narrativa moderna. En una carta a Aleksandr Lazarev-Gruzinsky, el dramaturgo ruso escribió: "Si en el primer acto cuelgas una pistola en la pared, en el segundo o tercero debe dispararse inevitablemente. Si no va a dispararse, no debería estar colgando ahí". Este enunciado, aparentemente simple, encierra una profunda reflexión sobre la naturaleza de la ficción y sus diferencias con la vida real.
El principio del arma de Chéjov establece que todo elemento introducido en una narración debe cumplir una función relevante para la trama. No se trata de una regla inflexible, sino de una exigencia de economía dramática: cada detalle presentado al lector o espectador genera una expectativa que debe ser satisfecha. La pistola colgada en la pared no es meramente decorativa; es una promesa narrativa.
Esta idea contrasta radicalmente con la experiencia cotidiana. La realidad está repleta de elementos superfluos, de objetos que nunca cumplen función alguna, de personas que cruzan nuestro camino sin dejar rastro. La vida carece de argumento, de estructura dramática, de resolución satisfactoria. La ficción, en cambio, debe construir un universo donde la causalidad no sea azarosa sino significativa, donde los elementos se relacionen entre sí formando una red de sentido.
El cine absorbió este principio con particular intensidad. Hitchcock era maestro en plantar detalles aparentemente triviales que adquirían relevancia crucial más tarde. En sus manos, un vaso de leche, unas tijeras o una llave podían transformarse en pivotes narrativos. La cámara, al enfocar un objeto, le otorga inevitablemente peso semiótico: el espectador asume que ese plano tiene propósito.
Sin embargo, el rifle de Chéjov también admite interpretaciones más sutiles. No necesariamente debe "dispararse" en sentido literal. Puede dispararse simbólicamente, puede no dispararse precisamente para subvertir expectativas, puede existir como amenaza latente que transforma el comportamiento de los personajes sin llegar a materializarse. Algunos autores contemporáneos juegan deliberadamente con estas expectativas, colocando pistolas que nunca disparan para generar tensión o para comentar irónicamente sobre las convenciones narrativas mismas.
La aplicación filosófica del principio trasciende lo puramente técnico. Implica una reflexión sobre cómo dotamos de significado al mundo mediante la selección y el énfasis. Al narrar, no reproducimos la realidad sino que la interpretamos, destacando ciertos elementos y descartando otros. La pistola de Chéjov nos recuerda que la narrativa es esencialmente un acto de jerarquización semántica.
En el ámbito educativo, este principio resulta invaluable para enseñar escritura creativa. Ayuda a los estudiantes a distinguir entre descripción ornamental y construcción dramática, entre acumulación de detalles y arquitectura narrativa. Les enseña que escribir ficción no consiste en transcribir la realidad con todas sus redundancias, sino en crear sistemas cerrados de significación donde cada parte contribuye al todo.
No obstante, conviene advertir contra su aplicación dogmática. La literatura moderna ha explorado con frecuencia la inclusión deliberada de elementos "superfluos" para crear efectos de realismo, de absurdo o de crítica a las convenciones narrativas tradicionales. Autores como Robbe-Grillet o Perec han construido obras enteras desafiando la economía dramática tradicional.
La pistola de Chéjov permanece vigente no como mandato restrictivo sino como principio organizador que cada autor puede acatar, matizar o subvertir según sus intenciones estéticas. Nos recuerda que la ficción, a diferencia de la vida, debe justificar sus elementos, construir coherencia a partir de la selección consciente, transformar el caos de la experiencia en el cosmos del relato.
🎭 La pistola de Chéjov es una de las reglas más elegantes de la narrativa: si aparece una pistola en el primer acto, debe dispararse después. https://t.co/yvlkscHU7m No habla de armas, sino de economía narrativa, coherencia y respeto al lector. Cada objeto, frase o detalle en… pic.twitter.com/k5HXQcjXTC
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) March 7, 2026
Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado a las 02 am de hoy, domingo 1 de marzo de 2026, losTRECE millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó enblog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos.
¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. Doce millones de visitas cómplices, doce millones de gracias. Una cifra de más de 70.000 visitas algún día, que impresiona más por lo que significa que por lo que mide.
En apenas 79 díashemos sumado un millón más de lecturas, lo que confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 13 millones de pasos juntos.
En tiempos de atención dispersa, lograr que tantos sigan regresando a un blog es casi un acto de resistencia cultural. Significa que todavía hay quienes buscan profundidad en la era del zapping, palabras con sentido en medio del ruido y diálogo en lugar de monólogo.
A todos vosotros —lectores fieles, visitantes curiosos, amigos invisibles—: gracias por leer, por estar, por seguir. El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas.
La escritura en este blog es nuestra forma actual de compartir aprendizajes, educar y de humanizar. Escribir en un blog no es solo publicar contenido: es sembrar pensamiento en el espacio público. Cada entrada es una conversación abierta, una invitación al aprendizaje conjunto y continuo, una oportunidad para enseñar y, sobre todo, para seguir aprendiendo de los demás.
En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas.
Los blogs, lejos de haber desaparecido, siguen siendo aulas abiertas y permanentes, donde cada lector puede convertirse también en autor, cada experiencia en lección, y cada diálogo en un acto de humanidad compartida. Once millones de visitas son once millones de aprendizajes. Gracias por seguir haciendo posible este espacio de encuentro entre educación, pensamiento y vida. Finalizamos con nuestra cita propia: “Cada palabra que se comparte es una semilla de humanidad.” — (Original, mikel.agirregabiria.net)
Esta transición de 12 a 13 millones de visitas, a día de hoy y según Blogger, ha supuesto pasar de 10.283 a 10.384 entradas publicadas (apenas 101 posts más). Mencionando a nuestro Flickr desde 2005 que nos ha acompañado estos VEINTE AÑOS de BLOG también se ha producido un inexplicable arreón.
En solamente estos 79 días mágicos hemos llegado a34,35 millones de visitas en Flickr cuando antes antes eran 29,94 millones de visitas para 280.200 imágenes actuales. Hace 18 meses fueron casi 15 millones de visitas en Flickr para las entonces 273.014 imágenes (si bien muchas son privadas o abiertas sólo a familiares o amistades). Con 8 millones las cifras fueron de casi 14 millones de visitas en Flickr para las 200.500 imágenes de aquel momento.
A pesar de nuestra jubilación hace ya más de 7 años y 10 meses, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!
🚀 ¡TRECE MILLONES de gracias! 🚀 En la era del ruido y la atención dispersa, alcanzar 13.000.000 de visitas es más que una cifra: es un acto de resistencia cultural. https://t.co/29bAEdujPP Este blog nació en 2005 para sembrar pensamiento, y hoy celebramos 13 millones de pasos… pic.twitter.com/PXr2Zvzhx7
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) March 1, 2026