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Ética del Cuidado (EdC): Viaje histórico hacia la empatía

Un encuentro casual (foto) con la gran educadora y siempre inspiradora que es nuestra amiga y casi vecina Neli Zaitegi (véase en otros posts), nada menos que ayer en su 80º cumpleaños, nos obliga a tratar este tema pendiente, que ya habíamos anunciado: Historia, vigencia y urgencia de la Ética del Cuidado (EdC). 

A las siete de la mañana, en miles de cocinas, alguien disuelve una pastilla en una cucharada de yogur, comprueba que la persona a la que cuida ha desayunado y llama al trabajo para avisar de que llegará tarde. Nadie ha escrito un tratado sobre esa escena. Y sin embargo en ella se decide más moral cotidiana que en muchos de los dilemas con tranvías y desconocidos que llenan los manuales de filosofía.

Durante siglos, la ética occidental se ocupó de preguntar qué es justo, qué es lícito, qué obliga a todos por igual. Son preguntas necesarias. Pero dejaron en la penumbra otra, más doméstica, más de intrahistoria y más persistente: cómo responder a alguien concreto que depende de mí, y cómo hacerlo bien. Esa segunda pregunta es el origen de la llamada ética del cuidado, una corriente que nació en un laboratorio de psicología, creció en la filosofía feminista y hoy discute con la economía, la política social y la educación. 

Dos niños de once años y un farmacéutico. La historia empieza en Harvard. Carol Gilligan, nacida en Nueva York en 1936, trabajaba como colaboradora de Lawrence Kohlberg, el psicólogo que había construido la teoría del desarrollo moral más influyente de su tiempo. Kohlberg proponía una escalera de seis estadios que iba de la obediencia por miedo al castigo hasta los principios universales de justicia, y la medía con dilemas hipotéticos. El más célebre es el Dilema de Heinz, un hombre cuya esposa va a morir si no consigue un medicamento que el farmacéutico vende a un precio imposible. ¿Debe Heinz robarlo?

Gilligan observó algo que los resultados de Kohlberg resumían de forma incómoda: las niñas solían quedarse en estadios inferiores a los de los niños, y por extensión las mujeres adultas parecían moralmente menos maduras. En su libro de 1982, In a Different Voice, contrapuso a dos niños de once años, a los que llamó Jake y Amy. Jake resolvía el dilema como un problema de lógica: la vida vale más que la propiedad, luego Heinz debe robar. Amy dudaba. Se preguntaba si no habría otro camino, si Heinz podría hablar con el farmacéutico, qué sería de su esposa si él acababa en la cárcel. Para el esquema de Kohlberg, Amy razonaba peor. Para Gilligan, Amy razonaba otra cosa: no buscaba la regla aplicable, sino la respuesta que mantuviera intacta la relación entre las personas implicadas.

La tesis de fondo era doble. Primero, que la escala de Kohlberg, construida con muestras casi exclusivamente masculinas, tomaba una forma de pensar moral por la única posible. Segundo, que junto a la ética de la justicia, centrada en derechos, reglas e imparcialidad, existe una ética del cuidado, centrada en la atención, la responsabilidad hacia vínculos concretos y la respuesta a la necesidad del otro. Gilligan llegó a esta idea, además, escuchando a mujeres reales que debían decidir si interrumpían un embarazo: en sus relatos, la decisión moral no se parecía a una deducción, sino a una negociación entre responsabilidades que no cabían en un silogismo. 

De la psicología a la filosofía. Una buena intuición necesita una teoría que la sostenga, y esa tarea la emprendieron otras pensadoras. Nel Noddings publicó en 1984 Caring, donde describió la relación de cuidado como un encuentro entre quien cuida y quien es cuidado, en el que la atención receptiva a las necesidades del otro vale más que cualquier principio abstracto. Sara Ruddick, en Maternal Thinking (1989), mostró que el trabajo de criar a un hijo, con su exigencia de proteger, favorecer el crecimiento y educar para la vida social, genera un modo de pensar con sus propias virtudes y sus propios dilemas. No se trataba de sentimentalismo: se trataba de reconocer que ciertas prácticas producen conocimiento moral.

El paso decisivo hacia la política llegó con Joan Tronto. En Moral Boundaries (1993) sostuvo que el cuidado no es una cualidad femenina del carácter, sino una práctica humana que sostiene el mundo, y la descompuso en fases: advertir que alguien necesita algo, asumir la responsabilidad de atenderlo, realizar el trabajo concreto y comprobar cómo responde quien lo recibe. A cada fase le corresponde una virtud: atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta. La pregunta de Tronto era incómoda para toda teoría moral: si el cuidado es tan central, ¿por qué ha ocupado un lugar tan marginal en el pensamiento moral y político? Su respuesta es que se asoció a lo privado, a lo femenino y a lo poco prestigioso, y que esa asociación lo vació de poder. En Caring Democracy (2013) añadió una quinta cualidad, el cuidado con otros: la capacidad de una sociedad de repartir con justicia las responsabilidades de cuidado entre todos sus miembros.

Virginia Held, en The Ethics of Care (2006), llevó el argumento aún más lejos y propuso que el cuidado puede servir de base para entender la sociedad mejor que el contrato entre individuos libres e iguales. Pensemos en una criatura recién nacida: nadie firmó nada con quien la sostiene, y sin embargo no hay relación más moral. Eva Feder Kittay, en Love's Labor (1999), añadió una observación que desmonta el mito liberal del individuo autosuficiente: todos hemos sido dependientes, casi todos volveremos a serlo, y quien cuida a un dependiente queda a su vez en una situación de vulnerabilidad que la sociedad debe reconocer y proteger. La independencia, concluye, no es la condición natural del ser humano, sino una fase de la vida que alguien sostuvo antes y sostendrá después.

Una cuestión de horas, no solo de ideas. Podría parecer que todo esto vive en el reino de las ideas, pero tiene una traducción contable. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2018 sobre el trabajo y el empleo en el sector del cuidado, cada día se dedican en el mundo alrededor de 16.400 millones de horas a cuidados no remunerados, el equivalente a unos 2.000 millones de personas trabajando ocho horas diarias sin cobrar. Las mujeres asumen en torno al 76 % de ese tiempo, es decir, más de tres veces lo que aportan los hombres, y la OIT calculó que 606 millones de mujeres en edad de trabajar declaraban no poder emplearse por tener a su cargo a niños o a personas mayores. Son datos que conviene leer despacio: una parte considerable de la riqueza real de las sociedades se produce fuera del mercado y fuera de las estadísticas del PIB, y recae de forma desigual.

En España conocemos bien esta tensión. La Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, quiso convertir el cuidado en un derecho subjetivo, y su aplicación posterior, con listas de espera y desigualdades territoriales, muestra lo difícil que resulta llevar una idea moral al terreno de la gestión pública. Economistas feministas como Amaia Pérez Orozco han propuesto, desde esa constatación, cambiar el centro de la mirada económica y preguntar no cuánto produce una sociedad, sino cómo sostiene la vida de quienes la forman. Y en la filosofía moral española, la razón cordial de Adela Cortina o los trabajos de Victoria Camps sobre las virtudes públicas dialogan, cada una a su manera, con la idea de que una ética sin empatía y sin vínculos es una ética mutilada. 

Las objeciones, que las hay. Una buena corriente de pensamiento se reconoce por las críticas serias que recibe. La ética del cuidado ha recibido varias. La primera es metodológica: los estudios de Gilligan se apoyaron en muestras reducidas, y trabajos posteriores han discutido que existan diferencias de género sistemáticas en el razonamiento moral, o han señalado que desaparecen en buena medida cuando se controla el nivel educativo. Gilligan, de hecho, ha insistido en que la voz del cuidado no pertenece por naturaleza a las mujeres, y que en trabajos más recientes la ha presentado como una ética humana que el patriarcado tiende a reprimir en todos.

La segunda objeción es política, y de dentro del feminismo: asociar el cuidado a lo femenino puede reforzar justamente los estereotipos que se querían combatir, y exaltar una virtud que en la práctica es, para muchas mujeres, una carga impuesta. Quien enaltece el sacrificio sin tocar el reparto del trabajo corre el riesgo de romantizar la falta de poder. La tercera es filosófica: si el cuidado se limita al círculo de quienes están cerca, como pareció defender Noddings, ¿qué ocurre con los lejanos, con los niños que mueren de hambre a miles de kilómetros? Tronto, Held y otras pensadoras han respondido ampliando el alcance del cuidado a las instituciones y a las relaciones globales. Y la cuarta apunta al paternalismo: quien cuida puede confundir sus necesidades con las de la persona cuidada, y en ese caso el cuidado se convierte en control. Por eso las teóricas insisten en que cuidar incluye escuchar la voluntad de quien recibe el cuidado, no solo interpretarla.

Ninguna de estas objeciones destruye la propuesta; la obligan a madurar. Y es probable que la respuesta más sensata no sea elegir entre justicia y cuidado, sino aceptar que se necesitan mutuamente. Un cuidado sin justicia se vuelve arbitrario, doméstico y desigual; una justicia sin cuidado se vuelve fría, incapaz de percibir a la persona que hay detrás del expediente. 

Lo que la escuela podría aprender. Si la ética del cuidado tiene algo que decir a la educación, es que el aprendizaje moral no se transmite solo mediante dilemas y normas, sino mediante la experiencia de ser cuidado y de cuidar. Los colegios suelen enseñar derechos, deberes y convivencia, pero rara vez tratan la atención, la responsabilidad concreta o la competencia para cuidar como saberes dignos de evaluación. Un aula donde alguien aprende a acompañar a un compañero que se ha quedado atrás, o donde los mayores y los pequeños comparten tareas, enseña más sobre ética que una unidad didáctica sobre valores. Y una sociedad envejecida como la nuestra necesitará, cada vez más, ciudadanos que sepan hacer esto sin que les hayan obligado a aprenderlo a golpes de necesidad.

Una conclusión, y un compromiso. Volvamos a la cocina de las siete de la mañana. Lo que allí ocurre no es una anécdota privada: es la infraestructura invisible sobre la que descansan las escuelas, los hospitales, las empresas y los parlamentos. Una sociedad que no sabe valorarla ni repartirla con justicia está construyendo sobre arena, por brillantes que sean sus principios. La ética del cuidado no pide que dejemos de pensar en reglas y derechos, sino que añadamos a la pregunta de qué es justo esta otra: ¿quién está cuidando de quién, a qué coste y con qué reconocimiento?

Pero una idea que no se traduce en hábitos se queda en elegancia. Por eso propongo un compromiso a diez años, con tres pistas que pueden recorrerse a la vez. En lectura, el objetivo de los dos primeros años es leer con calma tres obras fundamentales, por ejemplo a Gilligan, a Tronto y a Kittay, y escribir una reseña breve de cada una; se evalúa con un cuaderno propio y con una conversación sobre lo leído con alguien de otra generación. En escritura y activismo, entre el tercer y el quinto año, el objetivo es participar en una iniciativa local, desde una asociación vecinal hasta una mesa de cuidados municipal, para pedir un servicio concreto, como centros de día, apoyo a cuidadores o permisos de cuidado igualitarios, y medir el avance con un indicador sencillo, como el número de propuestas presentadas y el de respuestas obtenidas. En voluntariado, desde el primer año, el objetivo es dedicar un par de horas semanales al acompañamiento de personas mayores solas o de niños con dificultades de aprendizaje, y evaluarlo cada año con un balance de horas, de vínculos sostenidos y de lo aprendido. Al final de la década, la prueba más fiable no será cuántos libros hemos leído, sino cuántas personas se sienten un poco menos solas por nuestra culpa.

@deaflourishment Ética del cuidado 🤕🌻 #Filosofia #Filotok #ética #cuidado #vida #DeaFlourishment🌼 ♬ sonido original - DeaFlourishment 🌼

La traviata de Verdi: la ópera de una libertad imposible

La traviata de Verdi: la ópera de una libertad imposible

En unos días nos deleitaremos en el Palacio Euskalduna con La traviata de Verdi, la ópera que quiso vestirse de su tiempo y sentó a la sociedad en el banquillo. En febrero de 1847 murió en París una joven de veintitrés años, y los periódicos le dedicaron tanta atención que, según anotó Dickens, durante días abandonaron la política, el arte y el comercio. Seis años después, en Venecia, ocurrió lo contrario: Marie Duplessis, la cortesana tísica que Dumas hijo había convertido en heroína, volvía a escena como Violetta Valéry y, el 6 de marzo de 1853, el público de La Fenice no se creyó a la soprano que la encarnaba y se burló de ella. 

Hoy La traviata compite con Carmen y La flauta mágica por ser la ópera más representada del mundo, según Operabase. Entre aquella burla y este éxito hay un reparto mejor elegido y algo más difícil de fechar: la disposición del público a reconocerse en Violetta. 

Un asunto de su propia época. Verdi vio La dama de las camelias en París, en febrero de 1852, junto a Giuseppina Strepponi, y al comenzar 1853 escribió a su amigo De Sanctis que preparaba para Venecia un tema de su propia época. Él y su libretista, Piave, querían vestir a los personajes con ropa del presente; las autoridades de La Fenice impusieron que la acción se situara hacia 1700, y habría que esperar a la década de 1880 para que se cumpliera su deseo. Es, además, la única ópera de Verdi que transcurre íntegramente en interiores: no hace falta calle para que el juicio de la sociedad entre por la puerta. 

El estreno: un fiasco con revancha. El primer acto terminó entre aplausos, pero en el segundo el público se volvió contra los cantantes, sobre todo contra Fanny Salvini-Donatelli, una soprano de 38 años que le pareció demasiado madura y corpulenta para morir de tisis. Al día siguiente, Verdi escribió a Emanuele Muzio que había sido un fiasco y se preguntó si la culpa era suya o de los intérpretes. Respondió el tiempo: el 6 de mayo de 1854, con retoques en los actos segundo y tercero y con Maria Spezia-Aldighieri como Violetta, la obra triunfó en el Teatro San Benedetto. 

El tribunal de las apariencias. Verdi conocía ese tribunal. Vivía con Strepponi sin estar casado, la pareja encontró hostilidad en Busseto y solo se casaron en 1859. Algunos comentaristas han querido oír en el severo padre Germont la voz de Antonio Barezzi, el protector de Verdi, que desaprobó aquella unión. Nadie puede confirmarlo, pero la sospecha ayuda a oír el gran dúo del segundo acto como la voz de un hombre razonable que, en nombre de la respetabilidad, destruye una vida.

El título mismo es un veredicto: traviata significa extraviada, descarriada, y la ópera se tituló en origen Violetta. Pero la música se niega a firmar la sentencia. Reserva a la «extraviada» su música más honda, incluido ese destello de vida justo antes de morir. Quizá por eso La traviata no envejece: siempre habrá alguien a quien llamar extraviada y alguien dispuesto a pagar la respetabilidad ajena. Tampoco ha desaparecido la enfermedad que mató a Marie Duplessis: la OMS calcula 1,23 millones de muertes por tuberculosis en 2024. 

Como propuesta a futuro. En dos años: leer la novela de Dumas hijo y ver tres Traviatas distintas (una clásica, una actualizada y una filmada), anotando qué juicio social retrata cada una. En cinco: escribir una reseña comparada y llevar a una persona joven a su primera ópera. En diez: mantener un voluntariado o una aportación regular a una causa contra la tuberculosis o a un programa que acerque la ópera a las escuelas.  

En unos días, álbum de imágenes.

Skynet: De ficción apocalíptica a metáfora de la IA

En la memoria colectiva de varias generaciones, basta pronunciar una palabra para convocar un futuro inquietante: Skynet. No hace falta explicar nada más. Es el nombre de aquella inteligencia artificial que, en Terminator, adquiere autonomía, interpreta a la humanidad como una amenaza y desencadena una guerra nuclear.

Lo curioso es que Skynet nació cuando Internet apenas existía como realidad cotidiana y la inteligencia artificial estaba muy lejos de los grandes modelos actuales. Cuarenta años después, el nombre sigue apareciendo cada vez que una tecnología parece adquirir demasiada autonomía. En 2026 incluso se ha utilizado periodísticamente la expresión “Skynet Day” para describir incidentes protagonizados por agentes de IA capaces de actuar fuera de los límites previstos. La ficción, en otras palabras, no predijo necesariamente una tecnología concreta. Creó un marco mental para pensar sus riesgos.

Un sueño febril en Roma. La historia comienza con una imagen mucho más cinematográfica que informática. James Cameron ha contado que la idea de The Terminator nació de un sueño durante una enfermedad febril en Roma, en 1981: un esqueleto cromado emergiendo del fuego. Al despertar comenzó a dibujarlo sobre papel del hotel. Aquella imagen acabaría convirtiéndose en una de las criaturas más reconocibles de la ciencia ficción. El primer Terminator, dirigido por Cameron y escrito junto con Gale Anne Hurd, llegó a los cines en 1984. Su argumento trasladaba al presente a un asesino mecánico enviado desde un futuro devastado para eliminar a Sarah Connor antes del nacimiento de su hijo John, futuro líder de la resistencia humana. 

Skynet aparecía como el cerebro de aquella guerra: un sistema informático de defensa creado para automatizar la respuesta militar. Al alcanzar autonomía, interpreta el intento humano de desconectarlo como una amenaza y responde mediante una escalada que conduce al llamado Judgment Day. 

No es simplemente «un robot que se rebela». La idea más perturbadora es otra: un sistema creado para protegernos puede convertir su objetivo en una razón para prescindir de nosotros. 

¿De dónde salió realmente la idea? Aquí la historia se vuelve más interesante. Cameron ha explicado su inspiración a partir de la ciencia ficción que consumió y del clima de miedo nuclear de su infancia. Pero el origen de The Terminator estuvo acompañado por una controversia con el escritor Harlan Ellison, autor de episodios de The Outer Limits como Soldier y Demon with a Glass Hand.

Ellison sostuvo que la película utilizaba elementos de Soldier. La productora llegó a un acuerdo extrajudicial en 1986 y las copias posteriores de The Terminator incorporaron un reconocimiento a la obra de Ellison. No hubo un juicio que estableciera judicialmente que la película fuese un plagio; de hecho, Cameron discrepó del acuerdo. Conviene, por tanto, separar influencia, semejanza y plagio. La historia cultural rara vez nace de una sola fuente. 

De Skynet a la cultura tecnológica. La verdadera vida posterior de Skynet ha sido extraordinaria. El concepto pasó de ser un elemento narrativo a convertirse en una metáfora tecnológica. Cuando se habla de una IA que actúa de forma autónoma, escapa al control humano o puede tomar decisiones estratégicas con consecuencias graves, “Skynet” funciona como abreviatura cultural.

La investigación académica ha estudiado precisamente esta influencia. Un trabajo publicado en Global Society señala que The Terminator ha contribuido desde 1984 a configurar la percepción pública de la inteligencia artificial, especialmente mediante la imagen de una tecnología militar que deja de obedecer a sus creadores. 

Y el término no se limita al periodismo. En septiembre de 2026, por ejemplo, investigadores han bautizado Skynet un sistema académico destinado precisamente a detectar anomalías en flujos de trabajo de agentes de IA. Es casi una inversión irónica del significado original: el nombre de la IA que debía destruirnos se utiliza para vigilar que otras IA no se comporten de manera anómala. 

La paradoja británica. Hay una segunda historia, menos conocida y fascinante. El Reino Unido utiliza desde 1969 el nombre SKYNET para su familia de satélites militares de comunicaciones. Actualmente el programa SKYNET del Ministerio de Defensa proporciona comunicaciones estratégicas y tácticas a las Fuerzas Armadas británicas y aliados; el programa SKYNET 6 está desarrollando su siguiente generación. 

Por tanto, Skynet no nació originalmente como nombre de la inteligencia artificial de Terminator en el sentido histórico del término: existía ya como denominación de un programa espacial británico. La coincidencia resulta especialmente sugestiva porque ambas cosas comparten precisamente los ingredientes que alimentan la imaginación de Cameron: redes, comunicaciones, defensa, automatización y tecnología militar. También existe un programa de vigilancia de la NSA conocido como SKYNET, lo que demuestra hasta qué punto el término ha adquirido una vida propia fuera del cine. 

¿Estamos construyendo Skynet? La pregunta contemporánea no debería ser si una máquina va a convertirse literalmente en el Skynet de Terminator. No hay evidencia de que los sistemas actuales estén cerca de reproducir ese escenario cinematográfico. La pregunta interesante es más sobria: ¿qué ocurre cuando concedemos a sistemas automáticos capacidad para decidir, actuar y utilizar herramientas sin supervisión humana suficiente? Ahí la ficción conserva toda su vigencia. Skynet representa menos una profecía que un experimento mental: ¿qué sucede cuando un objetivo perfectamente definido se combina con una autonomía demasiado grande y unos mecanismos de control demasiado débiles?

Quizá esa sea la verdadera herencia de Terminator. No advertirnos de que las máquinas necesariamente acabarán odiándonos, sino recordarnos que la tecnología nunca elimina la responsabilidad de quienes deciden qué objetivos perseguirá y cuánto poder se le concede para alcanzarlos. La máquina de Cameron quería salvar el mundo a su manera. Y ahí comienza la pregunta verdaderamente humana: ¿quién decide qué significa salvarlo?

Nora Ephron y el arte de transformar la ruptura en narrativa

Hoy volvemos sobre una escritora, que aún teníamos pendiente, si bien hay algún post previo. El libro "Se acabó el pastel" es la venganza literaria de Nora Ephron. En 1983, cuando Nora Ephron publicó Heartburn —en España, Se acabó el pastel, traducida por Benito Gómez Ibáñez para Anagrama—, la crítica estadounidense no tardó en advertir que aquel relato de un matrimonio naufragado escondía muy poca ficción. Bajo el humor desenfadado de sus páginas latía la historia real de la ruptura de la propia autora con Carl Bernstein, el periodista que, junto a Bob Woodward, había destapado pocos años antes el escándalo Watergate. Aquella coincidencia entre vida y literatura, lejos de pasar inadvertida, se convirtió en el motor de la lectura pública del libro y, para muchos, en su principal atractivo. 

La novela sigue a Rachel Samstat, escritora de libros de cocina afincada en Washington junto a su marido Mark Feldman, periodista político de éxito. Embarazada de siete meses de su segundo hijo, Rachel descubre que Mark mantiene una aventura con Thelma, la esposa de un diplomático. A partir de ese descubrimiento, Ephron construye un relato que alterna la comedia con la amargura, y que intercala, entre capítulo y capítulo, recetas de cocina —desde una tarta de lima hasta una vinagreta— que funcionan como pausas domésticas en medio del desastre sentimental y como metáfora de una vida que, pese a todo, continúa exigiendo que se ponga la mesa.

Nora Ephron había nacido en Nueva York en 1941, hija de los guionistas Phoebe y Henry Ephron, y se había forjado como periodista en el New York Post y, más tarde, en Esquire, donde firmó ensayos que hicieron de la ironía sobre sí misma un género propio. Educada en Wellesley College, era la mayor de cuatro hermanas —Delia, Hallie y Amy— que llegarían también a la escritura. De su madre heredó una máxima que repitió toda su vida: todo es material narrable, incluso —sobre todo— lo que más duele. Se acabó el pastel fue la aplicación más radical de ese principio: en vez de padecer en silencio la humillación de la infidelidad, Ephron decidió contarla, convertirse en autora de su propia historia antes que en simple víctima de la ajena. 

Al narrar su naufragio matrimonial con la distancia de la comedia, Nora Ephron no solo se defendió del ridículo: reclamó para sí la autoría de una historia que, de otro modo, habría sido escrita —y juzgada— exclusivamente por terceros. Ese gesto conecta Se acabó el pastel con una tradición literaria más amplia, la de la autoficción y el roman à clef, en la que vida y texto se entrelazan hasta hacer imposible —y quizá innecesario— separarlos del todo.

El libro fue un éxito inmediato y, en 1986, Mike Nichols lo llevó al cine con Meryl Streep y Jack Nicholson en los papeles protagonistas, banda sonora de Carly Simon incluida. Pero la carrera de Ephron no se detuvo ahí: los años siguientes la consagraron como guionista y directora de comedias tan influyentes como Cuando Harry encontró a Sally, Sintonía de amor o Julie & Julia (post previo), sin abandonar nunca el ensayo autobiográfico, género que cultivó hasta el final de su vida, marcada por una leucemia que mantuvo en riguroso secreto hasta su muerte, en 2012.

Releer hoy Se acabó el pastel  es asomarse a un momento en que la literatura confesional femenina empezaba a reclamar, con humor y sin pedir permiso, el derecho a contar también los propios fracasos.

Erich Fromm y El arte de amar: Relectura imprescindible

Volvemos sobre una obra, muchas veces citada en este blog: El arte de amar, porque es una disciplina que la modernidad rehúsa aprender. Cuando Erich Fromm publicó El arte de amar en 1956, difícilmente podía prever que aquel breve tratado se convertiría en uno de los ensayos de psicología más leídos del siglo XX, traducido a decenas de idiomas y presente todavía hoy en las listas de lecturas universitarias de medio mundo. Nacido en Fráncfort del Meno en 1900 en el seno de una familia judía ortodoxa, Fromm estudió sociología y psicología antes de formarse como psicoanalista, disciplina de la que terminaría por distanciarse en sus aspectos más deterministas. 

Vinculado en sus primeros años al Instituto de Investigación Social —la llamada Escuela de Fráncfort—, hubo de exiliarse en 1933 ante el ascenso del nazismo, estableciéndose finalmente en Estados Unidos y, más tarde, en México, donde vivió buena parte de su madurez antes de retirarse a Suiza, país en el que falleció en 1980. Su obra, desde El miedo a la libertad hasta este ensayo tardío, articula una síntesis singular entre el psicoanálisis freudiano y la crítica social heredada de Marx: no basta con explorar el inconsciente individual si se ignora el carácter social que cada época histórica moldea en sus sujetos.

La tesis central del libro es, en apariencia, sencilla, y por ello mismo incómoda: amar no es un estado que sobreviene, sino una capacidad que se cultiva, comparable en su exigencia a cualquier otro arte. Así como nadie espera dominar la música o la carpintería sin teoría, práctica y paciencia, Fromm sostiene que la mayoría de las personas busca ser amada antes que aprender a amar, y confunde la intensidad del enamoramiento inicial —esa caída súbita, casi accidental— con la permanencia de un vínculo maduro. Esta confusión, advierte, no es casual: responde al carácter mercantil que el capitalismo imprime en las relaciones humanas, donde el otro se evalúa como un producto cuyo valor de intercambio conviene maximizar, y donde el amor mismo se convierte en objeto de consumo instantáneo antes que en ejercicio sostenido de atención, respeto, conocimiento y responsabilidad hacia el otro.

Buena parte del ensayo se dedica a distinguir las formas que adopta ese arte: el amor fraternal, entendido como responsabilidad hacia todo semejante; el amor materno, incondicional en su origen pero llamado a favorecer la separación del hijo; el amor erótico, que exige la paradoja de la fusión exclusiva sin renunciar a la individualidad; el amor a uno mismo, que Fromm distingue cuidadosamente del narcisismo; y el amor a Dios, leído menos como creencia dogmática que como orientación existencial hacia lo trascendente. En todas estas variantes reaparecen los mismos cuatro elementos que, para Fromm, definen la madurez afectiva: cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento del otro tal como es, no como se desearía que fuese. 

Casi setenta años después de su publicación, el diagnóstico de Fromm resulta inquietantemente vigente para quien observe la vida afectiva mediada por aplicaciones de citas, algoritmos de compatibilidad y una cultura de la gratificación inmediata que multiplica los contactos y erosiona la constancia. La llamada epidemia de soledad que documentan hoy sociólogos y epidemiólogos encuentra en estas páginas una hipótesis anterior a los propios datos: no se trata solo de falta de oportunidades de encuentro, sino de un déficit de formación afectiva, de una sociedad que enseña a competir y a consumir pero rara vez a amar con disciplina y concentración.

Para el lector interesado en psicología, literatura o pedagogía, El arte de amar ofrece algo más que una teoría del vínculo romántico: propone, en el fondo, una pedagogía del carácter. Si el amor es un arte, entonces también es, como cualquier otro, susceptible de enseñanza y de práctica deliberada —una posibilidad que las instituciones educativas contemporáneas apenas han comenzado a explorar, y que quizá merezca un lugar más central en la formación integral de las nuevas generaciones.

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❤️ ¿Cómo sabes si es amor? Fromm creía que debía tener estas cuatro características. 💬 ¿Cuál es la más importante? ❤️ Cuidado 🤝 Responsabilidad 🌱 Respeto 👁️ Conocimiento 🌎 ¿Desde qué país nos ves y qué hora es? #HistoriasParaDormirMD #ErichFromm #Filosofía #AprendeEnTikTok

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Colección de Motos Clásicas de Emiliano Escudero Cano

Hemos visitado la Colección de Emiliano Escudero Cano (FB Oficial), un inmenso patrimonio con la memoria mecánica sobre dos ruedas. En total, y por el momento, 196 motos de 56 marcas distintas en el centro de San Pedro del Pinatar (Murcia). Nos ha recibido muy amablemente su creador, junto a su hijo y otros colaboradores, que también nos han acompañado a su cercana Recopilación vintage de Coca Cola (siguiente post). Existen colecciones que representan mucho más que un conjunto de objetos antiguos reunidos por afición; son auténticos archivos vivos de la historia tecnológica, social e industrial de un país. La extraordinaria colección de motos clásicas de Emiliano Escudero Cano constituye uno de esos legados fundamentales donde la mecánica, el diseño y la pasión humana se entrelazan de forma ejemplar. 

Ha sido una primera visita, que pronto repetiremos con algunas personas especialistas que quizá puedan colaborar como voluntariado para catalogar y documentar este tesoro del motor. Hablar de esta colección es adentrarse en un recorrido fascinante por la evolución del transporte ligero. No se trata únicamente de contemplar el brillo del cromo o el rugido nostálgico de los motores de dos y cuatro tiempos. Se trata, ante todo, de comprender cómo cada una de estas motocicletas encarna una respuesta técnica a los retos de movilidad de su tiempo, reflejando el contexto socioeconómico, la creatividad industrial y la estética cultural del siglo XX. 

Tecnología analógica e ingeniería del esfuerzo. En una época hiperconectada, dominada por la electrónica, los sensores digitales y la gestión computarizada, aproximarse a las máquinas preservadas por Emiliano Escudero Cano ofrece una lección de física y tecnología aplicada de primer orden. En cada chasis multitubular, en la geometría de un carburador o en la simplicidad genial de los primeros sistemas de suspensión reside la esencia pura de la mecánica tradicional.


Marcas legendarias —tanto de la época dorada de la industria nacional española (Bultaco, Montesa, OSSA, Derbi, Sanglas o nuestra predilecta Lube de mi padre que pronto detallaremos, pero se avanza en el vídeo inicial)  como iconos de la producción internacional (BMW, Vespa, Lambretta, Norton)— adquieren en este acervo una dimensión educativa singular. Cada proceso de restauración realizado con rigurosidad histórica no solo devuelve la vida a una pieza de metal; salvaguarda el conocimiento artesanal de los mecánicos de antaño, aquellos orfebres de taller que diagnosticaban averías con el oído y ajustaban tiempos con la precisión de un relojero. 


Reflexión pedagógica: La restauración de una motocicleta clásica es una lección magistral de paciencia, física aplicada y respeto por la memoria tecnológica que cimentó la movilidad moderna.


Un recurso educativo e intergeneracional. Desde la perspectiva de la divulgación cultural y la educación en valores, colecciones con este nivel de conservación resultan herramientas pedagógicas indispensables. Permiten explicar a las nuevas generaciones que la innovación tecnológica no nace espontáneamente en una pantalla, sino en la cultura del ensayo, la optimización de materiales y el ingenio ante las limitaciones técnicas de cada contexto histórico.


Estudiar y contemplar este patrimonio industrial propicia además un fructífero diálogo intergeneracional. Los más mayores reencuentran en estos modelos las vivencias, trayectos y paisajes de su juventud, mientras que los estudiantes de tecnología, diseño e ingeniería descubren la elegancia y solvencia de las soluciones mecánicas primigenias.


Conclusión: El valor del patrimonio motorizado. La labor de recopilación, restauración y conservación de Don Emiliano Escudero Cano trasciende el ámbito del coleccionismo privado para prestar un servicio de primer orden a la memoria colectiva. Mantener vivas estas joyas mecánicas nos recuerda que el presente tecnológico camina sobre los hombros de la audacia y la inventiva del pasado. Un homenaje imprescindible a la historia industrial, a la pedagogía del trabajo manual y a la fascinación atemporal por la libertad sobre dos ruedas.

Colección de Motos Clásicas de Emiliano Escudero Cano
Álbum de imágenes y vídeos. Álbum de imágenes y vídeos. Otros posts sobre este singular coleccionista, Emiliano Escudero Cano, de San Pedro del Pinatar. 
 
@agirregabiria

Colección de motos clásicas de Emiliano Escudero Cano

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H. L. Mencken: Iconoclasta de Baltimore que se rió de todo

Pocas plumas han combinado el rigor periodístico con la mordacidad como la de Henry Louis Mencken (otros posts), nacido en Baltimore el 12 de septiembre de 1880 y fallecido en la misma ciudad el 29 de enero de 1956. Hijo de un fabricante de tabaco de origen alemán, Mencken fue un autodidacta voraz: la lectura de Huckleberry Finn y la imprenta de juguete que le regaló su padre marcaron su vocación temprana por la escritura. 

Trabajó brevemente en el negocio familiar hasta la muerte de su padre en 1899, momento en el que, sin perder un solo día, se lanzó al periodismo en el Baltimore Morning Herald. En 1906 se incorporó al Baltimore Sun, diario con el que mantendría un vínculo casi vitalicio, y en 1908 empezó a ejercer la crítica literaria en la revista The Smart Set. En 1924 fundó su propia publicación, The American Mercury, que alcanzó rápidamente difusión nacional y lo consolidó como uno de los intelectuales más influyentes de la América de entreguerras.

Su hito periodístico más recordado fue la cobertura del célebre Juicio del Mono (Scopes Trial) de 1925 en Tennessee, donde un profesor fue procesado por enseñar la teoría de la evolución. Mencken bautizó el proceso con ese apodo burlón y convirtió sus crónicas en un ejercicio de sátira feroz contra el fundamentalismo religioso y la estrechez de miras provinciana. Fue amigo cercano de figuras como Theodore Dreiser, F. Scott Fitzgerald y el editor Alfred Knopf, y se erigió en defensor incondicional de la libertad de expresión y de conciencia, en una época en la que ambas se veían constantemente amenazadas por la censura moral.

Lo que hace de Mencken una lectura tan vigente cien años después no es solo su biografía, sino su estilo: un humor corrosivo que convertía cada frase en un dardo. Sobre la democracia, escribió que es la creencia de que la gente común sabe lo que quiere y merece conseguirlo, para bien o para mal. Definió el puritanismo como el temor obsesivo de que, en algún lugar, alguien pudiera ser feliz. Advirtió que ante todo problema complejo existe siempre una respuesta sencilla, clara... y equivocada. Y describió al cínico como aquel que, al oler unas flores, busca instintivamente el ataúd cercano. Su escepticismo alcanzaba también a la política institucional: llegó a sostener que todo gobierno es, en esencia, una forma de explotación organizada, y que un buen político resulta tan improbable como un ladrón honesto.

Algunas de sus citas más célebres: "El amor es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia." "La conciencia es la voz interior que nos advierte de que alguien podría estar mirando." "Un idealista es quien, al notar que una rosa huele mejor que una col, concluye que también hará mejor sopa." "El puritano es alguien que vive con el miedo permanente de que otra persona pueda estar divirtiéndose." "El objetivo práctico de la política consiste en mantener a la población alarmada mediante una interminable serie de amenazas, la mayoría imaginarias." "Nadie se ha arruinado jamás subestimando la inteligencia del público." 

Mencken no se libró de la controversia: sus posturas sobre raza y su tono a veces despiadado le valieron críticas que persisten en las relecturas contemporáneas de su obra, un matiz necesario para entender a un autor que nunca buscó ser complaciente. En la década de 1940 publicó su trilogía autobiográfica —Happy Days, Newspaper Days y Heathen Days— donde repasó con la misma ironía su propia vida. En 1948 sufrió un derrame cerebral que lo dejó consciente pero incapaz de leer o escribir, una ironía cruel para quien había vivido de la palabra; pasó sus últimos años escuchando música clásica y hablando de sí mismo en pasado, como si ya hubiera muerto. Fue enterrado en el cementerio de Loudon Park, bajo un epitafio que él mismo redactó y que pedía, en lugar de lágrimas, comprensión hacia un pecador y un guiño a alguna joven poco agraciada.

Rival de Ambrose Bierce y Mark Twain en el arte del aforismo estadounidense, Mencken sigue siendo hoy una referencia obligada para entender el periodismo de opinión, el escepticismo ante el poder y el uso del ingenio como herramienta de crítica social. En tiempos de polarización y de eslóganes vacíos, releer al Sabio de Baltimore es un ejercicio saludable de humildad intelectual disfrazada de carcajada.

Resumen: Citas mordaces y vida del periodista más temido de América. El humor corrosivo de Mencken, cien años después. Retrato del hombre que "lo odiaba todo" con estilo.

Lo que la ciencia sabe del cacahuete y tú no

El cacahuete es, probablemente, el fruto seco más malentendido de la despensa occidental. Y digo mal entendido porque ni siquiera es un fruto seco: botánicamente pertenece a la familia de las leguminosas (Fabaceae), la misma que agrupa a los guisantes, las lentejas y las judías. Su pariente más cercano no es la almendra ni la avellana, sino el garbanzo. Esta confusión, tan arraigada que ni la propia industria alimentaria se molesta en corregirla, revela algo interesante sobre cómo clasificamos el mundo: no según su naturaleza íntima, sino según el uso culinario que le damos. Comemos el cacahuete como fruto seco, luego lo tratamos como tal, aunque la ciencia diga otra cosa.

Su nombre científico, Arachis hypogaea, esconde su rasgo más singular. Hypogaea significa “bajo tierra” en griego, y no es casualidad: tras la polinización, el tallo de la flor se curva hacia abajo y empuja la vaina joven hasta enterrarla varios centímetros bajo la superficie, donde termina de madurar en la oscuridad. Este fenómeno, llamado geocarpia, es prácticamente único en el reino vegetal. El cacahuete florece en el aire y fructifica bajo tierra, una dualidad que ningún otro cultivo de importancia agrícola comparte con esta intensidad.

El origen de la planta se remonta a Sudamérica, concretamente a la región subandina del sur de Bolivia, donde hace más de nueve mil años ya se cultivaba fruto de la hibridación natural entre dos especies silvestres. Las culturas mesoamericanas lo incorporaron después a preparaciones rituales como el mole, y los incas llegaron a emplearlo como moneda de intercambio. Fueron los conquistadores españoles quienes lo llevaron a Europa y, desde allí, a Filipinas, Indonesia y finalmente a India y China, países que hoy concentran la mayor parte de la producción mundial. Su nombre en castellano procede del náhuatl tlālcacahuatl, literalmente “cacao de tierra”, una etimología que conecta dos alimentos que a primera vista no tienen nada que ver.

En Estados Unidos, la expansión del cultivo tiene una historia curiosa vinculada a la plaga del gorgojo del algodón, que a comienzos del siglo XX obligó a muchos agricultores del sur a buscar alternativas. El agrónomo George Washington Carver, hijo de esclavos, fue decisivo en ese giro: llegó a catalogar más de 300 usos distintos para el cacahuete, desde tintes hasta cosméticos, y convirtió una leguminosa modesta en pilar de la economía agrícola sureña.

Nutricionalmente, el cacahuete desconcierta por su densidad: aporta más proteína, más niacina y más ácido fólico que cualquier fruto seco convencional, con hasta un 26% de su peso en proteínas. Sus grasas son mayoritariamente monoinsaturadas y poliinsaturadas, lo que explica por qué diversos estudios lo asocian con una reducción en el riesgo cardiovascular, pese a su elevado aporte calórico. Contiene también triptófano, precursor de la serotonina, un dato que ha alimentado —nunca mejor dicho— cierta fama de alimento reconfortante.

Hay una anécdota que sorprende incluso a quien cree conocerlo todo sobre este fruto: un cacahuete viajó hasta la Luna. El astronauta Alan Shepard, comandante del Apolo 14, llevó uno consigo como amuleto personal durante la misión de 1971. Pocas leguminosas pueden presumir de semejante currículum: nace enterrándose en el suelo y termina, siglos después, orbitando y pisando otro mundo. Entre la geocarpia y el viaje lunar, el cacahuete recuerda que los objetos más cotidianos suelen guardar las historias más insospechadas, si uno se toma la molestia de desenterrarlas.

Resumen: De Bolivia a la Luna: la sorprendente historia del cacahuete. El pariente secreto del cacahuete es el garbanzo. George Washington Carver y las 300 vidas del cacahuete. Geocarpia: el truco subterráneo del cacahuete. Un cacahuete viajó al espacio con el Apolo 14. El cacahuete, la leguminosa que engañó a todo el mundo.