
@agirregabiria X. Triatlón Olímpico de Getxo
♬ sonido original - Mikel Agirregabiria

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Hemos ido al muelle de Gorliz, como hacíamos en nuestra infancia pescando panchitos. La playa de Gorliz, con sus 842 metros de arena dorada resguardados por la ría del Butrón y la punta de Astondo, es uno de esos litorales donde el paisaje y la historia comparten la misma orilla. Familias, surfistas y caminantes disfrutan hoy de un espacio certificado por su calidad turística, pero pocos reparan en que ese mismo enclave fue elegido, a comienzos del siglo XX, como remedio contra una de las plagas más silenciosas de la época: la tuberculosis ósea infantil.
En 1919, gracias al impulso de la Diputación de Bizkaia, abrió sus puertas el Sanatorio Marino de Gorliz, el cuarto de España y el primero construido íntegramente en hormigón armado. Sus amplias galerías, orientadas al mar, permitían sacar las camas de los niños enfermos para que el sol y la brisa marina hicieran su trabajo terapéutico. Detrás de esta empresa estuvo Enrique de Areilza (1860-1926), cirujano bilbaíno que había dedicado dos décadas a atender a los mineros de Triano y que supo trasladar esa misma vocación social a la infancia más desfavorecida.
En reconocimiento a su labor, en 1926 se inauguró en Astondo, frente a la bahía y al propio hospital, un monumento obra del escultor Moisés de Huerta. La estatua, sobria y vuelta hacia el mar que tanto contribuyó a sanar. Pasear hoy por el paseo marítimo de Gorliz es, así, un ejercicio doble: de ocio y de conocimiento. La playa invita al descanso; el monumento, a preguntarse cuántas historias de esfuerzo colectivo laten bajo cada rincón que damos por descontado.
@agirregabiria Paseo por Gorliz (Bizkaia) con las gafas Meta Ray-Ban
♬ Aurora Gust - Larry Pockets
@agirregabiria Paseo por Gorliz (Bizkaia) con las gafas Meta Ray-Ban
♬ Drum Machine Heartbeat - Half Past Nine
El cierre del 42.º Festival Internacional de Folk de Getxo, celebrado este domingo 13 de septiembre en la Plaza Estación de Las Arenas, ha correspondido a una de las voces más personales del panorama flamenco actual: La Jose. A las 18:30, tras el desfile de la fanfarria Kutxus Areatxu y como preludio del emotivo homenaje a Xalbador con el que el certamen bajaba el telón, la cantante granadina ofreció un concierto gratuito que sintetiza, quizá mejor que ningún otro de esta edición, la vocación de frontera que define al festival vizcaíno desde hace más de cuatro décadas.
Nacida en Granada, La Jose —cantaora, compositora, bailarina autodidacta y letrista— construye su identidad artística desde una herencia doblemente mestiza: hija de una madre paya aficionada al baile y de un padre gitano entregado al cante más puro, ha hecho de ese cruce el eje de una voz versátil, capaz de transitar sin estridencias entre el flamenco, la copla y el folclore ibérico. Su carrera, iniciada en los tablaos granadinos antes de proyectarse por Madrid y por escenarios de media Europa —Gran Bretaña, Portugal, Francia, Italia, Bosnia, Macedonia, Alemania— y de países tan alejados como Colombia o Cuba, fue decantándose hacia un lenguaje propio a partir de un primer disco, Espiral, en el que ya apuntaba la madurez interpretativa que hoy la distingue.
Conviene situar esta actuación en el marco más amplio de una edición del Getxo Folk que ha vuelto a demostrar que el folk, lejos de ser un género fósil, funciona como espacio de tránsito entre lo propio y lo ajeno. Junto a La Jose, esta 42.ª edición ha reunido en Muxikebarri, en Las Arenas y en el entorno de la playa de Ereaga a figuras como la fadista portuguesa Dulce Pontes, la histórica banda bretona Gwendal o el conjunto irlandés Flook, además de proyectos que, como la colaboración entre Xabi Aburruzaga, Xabier Díaz y Adufeiras de Salitre, tienden puentes entre Euskadi y Galicia. Es la misma lógica que, aplicada al caso de La Jose, permite entender el flamenco no como un patrimonio cerrado sino como una tradición viva que, igual que el bertsolarismo homenajeado en la clausura, se piensa a sí misma en relación con su circunstancia, por retomar la conocida fórmula orteguiana: cada intérprete es, también, el resultado de las culturas que lo atraviesan y lo constituyen.
Con actuaciones como la de este domingo, el Getxo Folk reafirma su condición de escaparate de músicas de raíz leídas desde una sensibilidad contemporánea y comprometida, y confirma, edición tras edición, que la mejor manera de honrar una tradición no consiste en preservarla intacta, sino en dejarla respirar y transformarse en contacto con otras.
@agirregabiria La Jose en Getxo Folk
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El eclipse lunar parcial del próximo viernes 28 de agosto de 2026 se desarrollará durante la madrugada y el amanecer. La fase de máxima cobertura ocurrirá cuando la Luna se encuentre a baja altura sobre el horizonte en dirección Oeste - Suroeste (SSO), por lo que es esencial situarse en zonas con perspectiva despejada hacia esa orientación (tierra adentro).
Horarios del eclipse (madrugada del 28 de agosto)
Dónde observarlo en Mil Palmeras y alrededores:
Playa de Mil Palmeras. Ofrece una amplia visión del cielo nocturno y un entorno accesible para situarse cómodamente durante la madrugada. Aunque la Luna estará al oeste (hacia el interior de la costa), la amplitud del paseo y de la playa permite encontrar zonas despejadas lejos de obstáculos inmediatos.
Torre de la Horadada. Situada a corta distancia al sur de Mil Palmeras, esta franja litoral cuenta con amplias explanadas abiertas. Sus vías de acceso despejadas facilitan enfocar el horizonte terrestre hacia el oeste sin interferencia de grandes edificios.
Consejos prácticos:
🌕🌑 ¡Madruga para mirar al cielo! El viernes 28 de agosto de 2026, un espectacular eclipse lunar parcial teñirá de tonos rojizos y cobrizos buena parte de la Luna. En España será visible de madrugada: la fase parcial comenzará hacia las 04:34 y el máximo llegará a las 06:12,… pic.twitter.com/qXW2g4gfTw
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) August 26, 2026
Para quienes disfrutamos combinando viajes, tecnología y educación, la visita resulta especialmente recomendable. No se trata únicamente de contemplar objetos históricos, sino de comprender cómo un pequeño municipio del litoral murciano llegó a convertirse en uno de los grandes referentes españoles de la formación aeronáutica gracias a la presencia de la Academia General del Aire, establecida en San Javier desde 1943.
El recorrido comienza con salas dedicadas a la vida cotidiana tradicional. Herramientas agrícolas, útiles de pesca, recreaciones de viviendas populares y documentos históricos permiten descubrir cómo vivían generaciones anteriores en torno al Mar Menor. Estas colecciones etnológicas ofrecen un excelente recurso didáctico para comprender la evolución económica y social de la comarca y constituyen un magnífico complemento para cualquier visita familiar o escolar.
Uno de los elementos más llamativos del museo se encuentra en su patio central: un Dornier Do 27, donado por el Ejército del Aire al Ayuntamiento de San Javier. Este avión utilitario alemán realizó su primer vuelo en 1955 y fue uno de los primeros modelos fabricados en Alemania tras la Segunda Guerra Mundial. Destacó especialmente por sus extraordinarias capacidades STOL (Short Take-Off and Landing), es decir, por poder despegar y aterrizar en distancias muy reducidas, característica que lo convirtió en un aparato muy versátil para misiones de enlace, observación, rescate y transporte ligero.
La presencia del Dornier Do 27 no es casual. Simboliza el vínculo permanente entre San Javier y la aviación española. Durante décadas, miles de pilotos militares iniciaron aquí su formación, contribuyendo a convertir la localidad en la auténtica “Ciudad del Aire”. Ese legado continúa hoy vivo mediante espacios como el Museo Aeronáutico Tiflológico (MAT), situado en el paseo marítimo de Santiago de la Ribera, que complementa la visita con maquetas táctiles accesibles para personas con discapacidad visual y tecnologías basadas en códigos QR y realidad virtual. Un magnífico ejemplo de cómo la innovación tecnológica puede hacer el patrimonio más inclusivo.
Especialmente interesante resulta observar cómo ambos museos representan dos maneras complementarias de divulgar el conocimiento. Mientras el Museo de San Javier contextualiza la historia local y conserva objetos originales cargados de memoria, el MAT apuesta por la accesibilidad universal y por nuevas formas de interacción entre el visitante y el patrimonio. Ambos demuestran que la tecnología no sustituye al museo tradicional, sino que amplía sus posibilidades educativas.
Desde una perspectiva pedagógica, la visita invita además a reflexionar sobre la importancia de preservar la memoria tecnológica. Un avión como el Dornier Do 27 no es únicamente una máquina; representa décadas de innovación en ingeniería aeronáutica, cooperación industrial europea y evolución de los sistemas de formación de pilotos. Del mismo modo que conservamos castillos o iglesias, también debemos proteger los testimonios materiales de la revolución tecnológica del siglo XX.
Quien visite San Javier (Murcia) descubrirá mucho más que playas y deportes náuticos. Encontrará un municipio donde la historia, la cultura y la ciencia conviven de forma natural. El Museo de San Javier ofrece precisamente esa experiencia: un viaje que conecta tradición y modernidad, patrimonio e innovación, humanidad y tecnología.
En tiempos donde la inteligencia artificial y la digitalización transforman nuestra manera de aprender, espacios como este nos recuerdan que el conocimiento sigue necesitando lugares físicos donde observar, tocar, preguntar y comprender. Porque la mejor tecnología educativa continúa siendo aquella que despierta la curiosidad y convierte cada visita en una oportunidad para seguir aprendiendo.
✈️🏛️ Del campo al cielo. Pocos lugares explican tan bien la evolución de un territorio como el Museo de San Javier (#Murcia). Tradición agrícola, memoria del Mar Menor y pasión aeronáutica convergen junto al histórico Dornier Do 27, símbolo de la Academia General del Aire. Un… pic.twitter.com/q304U34BV8
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 24, 2026
@agirregabiria Museo de San Javier (Murcia)
♬ Selling Stars - Dante Cooper
Escribir exige silencio, concentración, mucha lectura de temas innovadores y una cierta soledad productiva. Las vacaciones familiares, en cambio, están hechas de ruido, interrupciones felices y presencia constante. Cuando un nieto reclama atención —para un baño en la playa, un cuento antes de la siesta, una partida de ajedrez improvisada— la escritura pierde, y gana la vida. No es una derrota: es una jerarquía de prioridades que el verano nos obliga a hacer explícita.
Hay, sin embargo, una compensación intelectual en esta tensión. Las vacaciones con nietos son también una fuente inagotable de materia prima narrativa. Las relaciones intergeneracionales —el modo en que los abuelos transmiten valores, curiosidad y memoria a las nuevas generaciones— constituyen uno de los temas más fértiles para quien reflexiona sobre educación, tecnología y familia. Cada verano compartido con nietos deja anécdotas, preguntas y aprendizajes que, tarde o temprano, encontrarán su lugar en el blog, aunque sea con retraso.
La clave quizás no esté en escribir más durante el verano, sino en observar mejor. Tomar notas mentales, fotografiar momentos, dejar que las ideas maduren sin la presión de publicar de inmediato. El blog puede esperar unas semanas; la infancia de los nietos, no. Septiembre siempre trae tiempo para transformar en palabras lo que julio y agosto regalaron en experiencia. Al final, esta incompatibilidad estacional entre crianza compartida y escritura no es ningún problema a resolver, sino un ritmo natural que conviene aceptar con serenidad.
Horas y horas de diversión garantizadas, mientras lo preparas, limpias y montas. Luego puede que los #nietos lo utilicen algunos minutos. Recomendable cama elástica o saltador. pic.twitter.com/3dbD29DeSL
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) July 9, 2026
Hay una pedagogía que no se enseña en ningún manual y que, sin embargo, resulta más eficaz que cualquier discurso bienintencionado: la que ejercen los abuelos simplemente viviendo delante de sus nietos. Cuando la diferencia de edad entre los menores abarca de los ocho a los dieciséis años, el reto no es transmitir un mensaje único, sino sostener una coherencia que cada uno pueda interpretar desde su propio estadio de desarrollo. Una breve estancia veraniega en una casa costera ofrece, en este sentido, un laboratorio privilegiado.
El primer aprendizaje, acaso el más sutil, es el del tiempo. A los setenta años, liberados ya de la tiranía productiva que organiza la vida adulta, los abuelos pueden mostrar —no explicar, mostrar— que existe un ritmo distinto al de la inmediatez digital. Un paseo sin destino fijo, una sobremesa que se prolonga sin que nadie mire el reloj, una tarde dedicada a observar el mar: estos gestos comunican, sin pronunciar palabra, que el tiempo lento no es tiempo perdido. Para el nieto de dieciséis años, probablemente el más expuesto a la aceleración contemporánea, este contraste puede operar como una grieta por la que se cuela una intuición valiosa: la de que la calma también es una forma de inteligencia.
El segundo eje es el cuidado del entorno natural, especialmente pertinente en un contexto costero. Enseñar a no dejar rastro en la playa, a reconocer mareas, a respetar la fauna marina, conecta de manera natural con una sensibilidad ecológica que hoy resulta más urgente que nunca. Lo interesante es que este aprendizaje se despliega en distintos registros según la edad: para el más pequeño es juego y asombro; para el de doce años, conocimiento que empieza a articularse en categorías; para el mayor, una posible puerta hacia una conciencia ambiental más amplia y políticamente informada.
Pero quizá el ejemplo más perdurable —y el que la psicología del desarrollo y la sociología de la memoria familiar coinciden en señalar como decisivo— es la transmisión narrativa. Contar la propia infancia, la juventud, los errores y los aciertos, no como sermón sino como relato genuino, deja una huella que ningún consejo directo logra igualar. Los nietos rara vez recuerdan lo que se les ordenó hacer; sí recuerdan, en cambio, las historias escuchadas mientras se pelaba fruta en la cocina o se jugaba una partida de cartas en el porche. Esa narrativa oral, casi artesanal, es quizá la forma más antigua de educación que existe, y el verano —con su disponibilidad de tiempo compartido— es su escenario natural.
Finalmente, está la coherencia en lo cotidiano: el trato hacia un vecino, la manera de resolver un imprevisto sin perder la serenidad, la gratitud expresada ante lo simple. Son gestos que no buscan ser pedagógicos y que, precisamente por eso, lo son más que cualquier intento deliberado de educar. Si hay una conclusión posible, es esta: el mejor ejemplo que pueden dar unos abuelos no es un mensaje, sino una presencia. No se trata de qué se dice, sino de cómo se vive delante de quien observa. Y los nietos, a cualquier edad, observan siempre más de lo que parece.
Solemos comer o cenar en una terraza desde donde se ven muchos coches... descapotables. Caros o no tanto, pero en ocasiones uno de cada cuatro o cinco vehículos particulares va descapotado (álbum de imágenes tomadas en tres minutos en La Zenia). La presencia masiva de descapotables en la costa de Alicante, no es casualidad. Responde a una combinación perfecta de factores climáticos, demográficos y turísticos. Estas son las cinco razones principales:
1. El factor climático: El "Eterno Verano". Alicante disfruta de un microclima excepcional con más de 300 días de sol al año y temperaturas medias que rondan los 18-20°C incluso en invierno. Humedad y brisa: A diferencia del interior de España, donde el calor puede ser sofocante, la brisa marina permite circular sin techo de forma agradable durante gran parte del día. Estacionalidad extendida: Mientras que en el norte de Europa un descapotable solo se aprovecha dos meses, en la Costa Blanca se puede disfrutar prácticamente de enero a diciembre.
2. Perfil del residente: El "Expatriado" Europeo. La provincia de Alicante tiene una de las mayores concentraciones de residentes extranjeros de España (británicos, alemanes, escandinavos y centroeuropeos). Cumplimiento de un sueño: Muchos de estos residentes son jubilados con un poder adquisitivo medio-alto que ven en el descapotable el símbolo máximo del estilo de vida mediterráneo que no podían disfrutar en sus países de origen. Mercado de segunda mano: Existe un mercado muy fluido de vehículos de este tipo importados o comprados localmente para estancias vacacionales.
3. El auge del "Rent-a-Car" de ocio. Alicante cuenta con uno de los aeropuertos con más tráfico de ocio de la península. Experiencia turística: Muchas agencias de alquiler han diversificado su flota incluyendo descapotables (desde el clásico Fiat 500C hasta modelos de gama alta) porque los turistas buscan que el trayecto por las carreteras costeras sea parte de la experiencia vacacional.
4. Orografía y rutas escénicas. La costa de Alicante no es solo playa; es muy montañosa. Carreteras como las que bordean el Cabo de la Nao o las que suben hacia el interior (como el valle de Guadalest) ofrecen vistas espectaculares. Conducir por estas rutas con la visión 360° que permite un descapotable convierte un simple desplazamiento en una actividad recreativa por sí misma.
5. Estatus y "Postureo". No se puede ignorar el factor social. Lugares como los puertos deportivos de Campomanes o Denia son puntos de encuentro donde el coche es una extensión de la imagen personal. El descapotable encaja perfectamente en esa estética de lujo y relax que proyecta la Costa Blanca.
Si nos ceñimos estrictamente a los datos de matriculaciones de vehículos y volumen de mercado en España, el título de "la provincia de los descapotables" se lo disputan tres zonas muy concretas, dependiendo de si miramos el volumen total o la densidad por habitante:
1. Alicante (La reina de la densidad y el residente extranjero). Si paseas por la calle y cuentas cuántos ves, Alicante (especialmente la zona de la Marina Alta y Baja) es probablemente la provincia con mayor densidad de descapotables de uso particular en la península. La altísima concentración de residentes europeos jubilados y de mediana edad con alto poder adquisitivo hace que el "cabrio" sea aquí un coche del día a día, y no solo un capricho de fin de semana.
2. Baleares / Mallorca (La reina del alquiler). Si contamos tanto los coches particulares como las gigantescas flotas de las empresas de rent-a-car, Baleares es, con diferencia, la provincia con más descapotables rodando en los meses de primavera y verano. Para el turista europeo, alquilar un descapotable para recorrer la Sierra de Tramuntana o las calas de Menorca es casi un ritual, lo que obliga a las agencias locales a tener miles de estos vehículos en stock.
3. Málaga / Costa del Sol (La reina del lujo). Málaga compite directamente con Alicante en el plano peninsular. Zonas como Marbella, Estepona o Puerto Banús concentran el mayor número de descapotables de gama alta y superdeportivos (Ferrari, Porsche, Aston Martin) de toda España. Si Alicante es la provincia del descapotable "estilo de vida", Málaga es la del descapotable de gran lujo.
¿Te has fijado en cuántos coches descapotables circulan por la Costa Blanca? 🏎️ https://t.co/gJWP30q8qS☀️ Alicante se ha convertido en la auténtica capital de los vehículos sin techo en España, y no es casualidad. Desde la Marina Alta hasta Altea, su clima excepcional con más de… pic.twitter.com/JMlv3X9azn
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) May 14, 2026
La Manga del Mar Menor no es solo un capricho urbanístico o un destino de sol y playa; es, ante todo, una anomalía geográfica fascinante. Se trata de un cordón litoral de unos 22 kilómetros que separa el Mediterráneo (el "Mar Mayor") de una de las lagunas hipersalinas más grandes del mundo. Sin embargo, este muro de arena no es estanco. La Manga "respira" a través de sus golas.
¿Qué es exactamente una gola? Desde un punto de vista geomorfológico, una gola es un canal natural que comunica una albufera o laguna costera con el mar abierto. En el caso del Mar Menor, estas aberturas son las responsables de la renovación de sus aguas, regulando tanto su temperatura como su salinidad. Son, en esencia, las arterias por las que circula la vida y el equilibrio químico de la zona.
Un recorrido por la geografía del intercambio. Históricamente, el Mar Menor contaba con cinco golas principales, cada una con una personalidad y un impacto ecológico distinto:
Gola de la Encañizada: Situada al norte, es la más septentrional y natural. Su nombre evoca las encañizadas, un arte de pesca tradicional de origen árabe que aprovecha las migraciones de los peces entre ambos mares mediante laberintos de cañas y redes.
Gola de El Estacio: Originalmente un canal somero y estrecho, fue drásticamente transformado en los años 70 para permitir el paso de embarcaciones de recreo. Esta intervención es un punto crítico en la historia ambiental de la laguna.
Golas del Ventorrillo y del Charco: Canales menores que serpentean entre islotes bajos y carrizales, fundamentales para la biodiversidad de aves acuáticas.
Gola de Marchamalo: Ubicada al sur, es un canal artificial que conecta con las Salinas de Marchamalo, un paisaje donde la industria y la naturaleza convergen en tonos rosáceos.
La ciencia del desequilibrio. La relevancia educativa de las golas reside en su capacidad para alterar el ecosistema. Durante siglos, el Mar Menor mantuvo una salinidad muy superior a la del Mediterráneo debido a la escasa profundidad y la alta evaporación. Las golas eran estrechas, limitando el intercambio.
Sin embargo, el dragado de la Gola de El Estacio en 1973 cambió las reglas del juego. Al ensanchar y profundizar el canal, se produjo una "mediterraneización" de la laguna: la salinidad descendió y la temperatura se suavizó, permitiendo la entrada de especies invasoras y alterando la flora autóctona.
El flujo de agua en las golas no solo depende de las mareas (mínimas en el Mediterráneo), sino de la presión atmosférica y los vientos. Un fuerte viento de Levante puede "empujar" el agua hacia el interior de la laguna, elevando su nivel.
Turismo con conciencia: ¿Por qué visitarlas? Para el viajero culto, las golas ofrecen una experiencia que trasciende el baño. Visitar la zona de Las Encañizadas —especialmente al atardecer— permite observar un paisaje casi lunar, donde el agua apenas cubre unos centímetros y la frontera entre el cielo y el mar se difumina. Es un santuario de paz donde se puede entender la lucha constante entre la erosión marina y la sedimentación.
En síntesis final, las golas de La Manga son mucho más que accidentes geográficos; son testimonios de la historia geológica de la Región de Murcia y recordatorios de nuestra responsabilidad ambiental. Comprender su funcionamiento es el primer paso para proteger un Mar Menor que, hoy más que nunca, necesita que sus pulmones funcionen en perfecta sintonía con su naturaleza original.
@agirregabiria La gola de Marchamalo
♬ Spring waltz - melodic techno - Reverie Soul