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El tiempo que no se recupera: una lección de felicidad

Nos gustó Una cuestión de tiempo (About Time, 2013), o cómo vivir cada instante como si fuera el últimoPorque el tiempo no se recupera. O quizás sí. Pero es una película que no olvidarás con el tiempo. Richard Curtis lo intenta con ternura, humor y una melancolía que cala hondo. Hay películas que se anuncian como comedias románticas y terminan siendo algo mucho más hondo: una reflexión sobre la felicidad, la pérdida y el arte de habitar el presente. Una cuestión de tiempo (About Time, Reino Unido, 2013) pertenece a esa rara categoría de films que engañan al espectador para bien, conduciéndole desde la risa hacia la emoción sin que advierta el instante exacto en que se produjo el cambio.

Richard Curtis: el arquitecto de las emociones británicas. Escrita y dirigida por Richard Curtis, About Time es una comedia dramática y romántica británica protagonizada por Domhnall Gleeson, Rachel McAdams y Bill Nighy. Curtis es ya un nombre mítico en el género: el hombre que escribió Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y Love Actually lleva décadas codificando el amor con acento inglés, esa mezcla de torpeza, ironía y sinceridad que resulta tan universalmente reconocible.

About Time fue solo su tercera película como director, y el propio Curtis reconoció que probablemente sería la última en ese rol, aunque aseguró que continuaría vinculado a la industria cinematográfica. La génesis de la idea surgió durante un almuerzo con un amigo, cuando salió el tema de la felicidad. Al admitir que no era verdaderamente feliz, la conversación derivó hacia la descripción de un día ideal; Curtis se dio cuenta entonces de que aquel almuerzo constituía precisamente uno de esos días, lo que le llevó a escribir una película sobre cómo se alcanza la felicidad en la vida cotidiana. Pensando que el concepto resultaba demasiado "simple", decidió añadir el elemento del viaje en el tiempo.

Argumento: el tiempo como segunda oportunidad. La película trata sobre un joven con la capacidad de viajar en el tiempo que intenta cambiar su pasado con la esperanza de mejorar su futuro. Tim Lake (Gleeson), al cumplir veintiún años, recibe de su padre una revelación extraordinaria: los hombres de su familia pueden desplazarse al pasado. Basta encontrar un espacio oscuro, cerrar los ojos y apretar los puños. Con ese don aparentemente irresistible, Tim se lanza a conquistar el amor de Mary (McAdams) y a enmendar los errores de su vida cotidiana. Pero el relato evoluciona con inteligencia: Curtis deja muy claro que hay hechos y momentos que solo se tienen que vivir una vez, y que viajar en el tiempo y tratar de prevenir ciertos desastres puede causar muchos otros, borrando incluso a personas de la propia vida. El verdadero viaje no es temporal, sino interior.

Un reparto de altura. El joven actor Domhnall Gleeson se maneja de manera perfecta entre lo cómico y lo dramático, siendo uno de los puntos fuertes de la película junto con el guión. Bill Nighy impregna ese toque de dulzura y elegancia muy británica que resulta imprescindible para el tono del film. Rachel McAdams, completamente diferente al estilo de papeles que había interpretado anteriormente, aparece aquí más dulce y natural, formando con Gleeson una dupla perfecta. En los papeles secundarios destacan Tom Hollander, Lydia Wilson como la frágil y entrañable hermana Kit Kat, y una breve pero memorable aparición de Margot Robbie.

Inteligente y dulce, divertida y realmente emotiva, About Time no es una película perfecta en términos técnicos. Los críticos han señalado los agujeros de la trama relacionados con el viaje en el tiempo, y su metraje podría haberse recortado. Pero esos defectos se disuelven ante la autenticidad de lo que propone: que la verdadera magia no está en retroceder en el tiempo, sino en aprender a vivir cada jornada con plena conciencia. "Todos viajamos juntos a través del tiempo, cada día de nuestras vidas. Todo lo que podemos hacer es disfrutar al máximo de este extraordinario viaje", dice Tim en su monólogo final. Pocas moralejas cinematográficas resultan tan genuinas.

En 2025, la película fue incluida en la edición "Readers' Choice" de la lista del The New York Times con las 100 mejores películas del siglo XXI, alcanzando el puesto 160. Un reconocimiento tardío, pero merecido, para una obra que ha ido ganando adeptos con los años.

@ruso.recs ⏳ “About Time” (2013) no es solo una historia de amor. Es un recordatorio de que cada día, por más simple que parezca, puede ser extraordinario si sabemos vivirlo de verdad. Una película que te hace reír, llorar y valorar el presente. ❤️🎬 #AboutTime #LiveTheMoment #TimeTravelMovie #MovieThatStaysWithYou #RomanticDrama #FilmRecs #EmotionalCinema #Movies #DomhnallGleeson #RachelMcAdams ♬ original sound - Ruso.recs

El zoo como metáfora del desorden humano

Comprobamos que nunca habíamos destinado un post a Joël Dicker, un fenómeno literario suizo. Elegimos una obra en la que abandona el thriller y conquista todas las edades: La muy catastrófica visita al zoo. Una fábula coral repleta humor y pedagogía. Hay libros que llegan con una promesa inhabitual: la de poder ser leídos por cualquier persona, desde los siete hasta los ciento veinte años. 

Esa es la declaración de intenciones con la que Joël Dicker presenta La muy catastrófica visita al zoo (Alfaguara, 2025), su obra más reciente y, sin duda, la más sorprendente de su carrera. No porque sea inferior a sus thrillers anteriores, sino porque apunta en una dirección radicalmente distinta: la del humor coral, la mirada infantil y la crítica social disfrazada de aventura.

La trama: una catástrofe que nunca llega sola. Es víspera de Navidad. La clase de Joséphine acaba de regresar del zoológico, pero algo ha salido muy mal. Nadie sabe exactamente qué ha ocurrido, y los padres de la niña están decididos a averiguarlo. Mientras la investigación avanza, comprendemos poco a poco que una catástrofe nunca llega sola, que las apariencias engañan y que los acontecimientos pueden tomar un giro que nadie imagina. En el centro del misterio: una inundación, un bloqueo de tuberías con plastilina y un grupo de niños que venían de una escuela especial y se enfrentan al mundo —y a sus prejuicios— con una desarmante honestidad.

La novela se construye con los mecanismos que han hecho famoso a Dicker: los giros narrativos, los saltos temporales, los finales que reconfiguran lo anterior. Pero aquí esos recursos sirven una historia más luminosa, menos oscura que sus grandes thrillers, narrada con un ritmo ágil que recuerda, por momentos, a los clásicos de la literatura infantil europea. Una novela corta que se lee de un tirón y que contiene una magia que perdurará en la mente de cada uno de sus lectores. 

Más allá de la anécdota: educación, democracia y diversidad. Lo que distingue a esta obra de un simple relato de aventuras es su carga reflexiva. La novela está repleta de guiños sobre nuestra sociedad, sobre la democracia, la educación inclusiva y el rol de los padres y de los maestros. Los niños protagonistas, venidos de una escuela especial, son víctimas de burlas e incomprensión al integrarse en un centro ordinario. Dicker no moraliza; prefiere dejar que los hechos hablen solos, con esa técnica suya de revelar la crueldad cotidiana sin estridencias. El resultado es una obra que invita a pensar sobre la diferencia, la empatía y la fragilidad de los sistemas educativos cuando se enfrentan a la diversidad real.

El propio autor ha explicado el propósito que guió la escritura: quería un libro que pudiera ser compartido por lectores de toda condición y edad, sin distinciones, que sirviera de puente entre generaciones y que recuperara el placer sencillo y poderoso de leer juntos. 

Joël Dicker nació en Ginebra en 1985. En 2010 obtuvo el Premio de los Escritores Ginebrinos con su primera novela, Los últimos días de nuestros padres. Fue, sin embargo, La verdad sobre el caso Harry Quebert (2013) la que lo catapultó a la fama internacional: galardonada con el Premio Goncourt des Lycéens, el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa y el Premio Lire, fue traducida a cuarenta y dos idiomas y se convirtió en un fenómeno literario global. Junto a El Libro de los Baltimore (2016) y El caso Alaska Sanders (2022), conforma la trilogía del personaje Marcus Goldman. A estas obras se suman La desaparición de Stephanie Mailer (2018) y El enigma de la habitación 622 (2020). Con veintidós millones de lectores en todo el mundo, Dicker es hoy uno de los narradores europeos más leídos del siglo XXI.

Lo que hace singular su trayectoria es precisamente esta capacidad de reinvención. El autor que durante años cultivó la tensión del thriller de largo aliento decide ahora descender a la escala de una excursión escolar para demostrar que la condición humana —su ridiculez, su ternura, su injusticia— cabe perfectamente en una historia breve, narrada por una niña, sobre una visita al zoo que acaba en inundación. Y que, incluso así, hay preguntas que siguen siendo grandes.

La muy catastrófica visita al zoo no es la obra más ambiciosa de Dicker, pero sí quizás la más generosa. Un libro que no pide nada al lector salvo que deje de correr durante unas horas. En tiempos de fragmentación y prisa, eso tiene más mérito del que parece.

@uncapituloconvic 📚 ¿Merece la pena el nuevo libro de Jöel Dicker? 🦒 Hoy os traigo la reseña de “La muy catastrófica visita al zoo” el nuevo thriller juvenil/infantil del autor de La verdad sobre el caso Harry Quebert o Un animal salvaje. 👉🏻 Totalmente diferente a sus anteriores novelas de thriller, pero igualmente adictivo. Pero, ¿pagaría otra vez 20€ por él? #booktok #booktokespaña #joeldicker #lamuycatastroficavisitaalzoo #reseñalibro #reseñaliteraria #thrilleejuvenil #thriller #librosthriller #thrillerbook #joeldickerbooks #fyp #parati #creatorsearchinsights #Invertido ♬ Demise of a Nation - Secession Studios

Lo raro es una advertencia, según Schweblin en "El buen mal"

Hoy repasamos «El buen mal», de Samanta Schweblin, cuando las buenas intenciones nos borran. Hay libros que se leen deprisa y se digieren despacio. El buen mal (Penguin Random House / Seix Barral, 2025), el cuarto volumen de cuentos de la argentina Samanta Schweblin, pertenece con toda justicia a esa categoría. Son apenas 120 páginas —«tan delgado que un abejorro enfurecido pudiera traspasarlo», ha escrito algún reseñista— y sin embargo su peso específico sobre el lector se extiende durante días. Galardonado con el Premio Aena de Narrativa como el mejor libro de la literatura hispanoamericana de 2025, el título ya circula en inglés como Good and Evil and Other Stories, en la traducción de Megan McDowell para Knopf.

La autora es una voz que lidera un nuevo canon latinoamericano. Samanta Schweblin nació en Buenos Aires en 1978. Sus dos primeros libros de cuentos, antologados en Pájaros en la boca y otros cuentos, obtuvieron los premios Fondo Nacional de las Artes y Casa de las Américas 2008. Su primera novela, Distancia de rescate (2014), fue nominada al Premio Booker Internacional, obtuvo los premios Shirley Jackson y Tournament of Books, y fue llevada al cine por Claudia Llosa para Netflix. En 2018 publicó su segunda novela, Kentukis, nominada también al Premio Booker Internacional. Siete casas vacías (2015) obtuvo el Premio Narrativa Breve Ribera del Duero y el National Book Award en 2022. Traducida a cuarenta lenguas, Schweblin reside desde hace más de diez años en Berlín, desde donde escribe y enseña escritura creativa. Ha sido finalista del International Booker Prize en tres ocasiones: un récord que la sitúa en la primera línea de la narrativa mundial en español.

El libro: seis relatos en el filo de lo cotidiano. El epígrafe que abre el libro es de Silvina Ocampo: «Lo raro siempre es más cierto». Una declaración de principios que resume con exactitud el universo narrativo de Schweblin. El buen mal contiene seis cuentos que juegan con lo familiar y lo extraño, llevando a los personajes a situaciones cotidianas que, de repente, se vuelven inquietantes. En uno de los más celebrados, «Bienvenida a la comunidad», una mujer que ha intentado suicidarse sin éxito regresa a casa, esconde sus notas y retoma mecánicamente el ritmo de la vida doméstica, mientras su percepción del mundo adquiere una cualidad onírica e inquietante.

Los cuentos plantean hasta dónde las supuestas buenas intenciones pueden socavar nuestras vidas: la sobreprotección, la necesidad de perdón, la culpa, e incluso el amor y la empatía, pueden atentar contra la propia singularidad. El título mismo es un oxímoron que la autora no resuelve, sino que habita con maestría: el bien y el mal no son aquí fuerzas opuestas, sino facetas indistinguibles de los mismos vínculos humanos.

Las voces que lo celebran. La crítica internacional ha respondido con entusiasmo. Joyce Carol Oates describe los relatos como «poderosamente evocadores e inquietantes, como sueños febriles que flotan entre las reconfortantes familiaridades de la vida doméstica y los visionarios vuelos del inconsciente». Por su parte, Colum McCann señala que «los personajes se encuentran en un punto sin retorno, atrapados en el instante en que lo siniestro irrumpe en sus vidas. Algunos se transforman, otros se aíslan, otros se debaten entre la culpa y la ternura. Todos están impulsados por la incertidumbre».

Especialmente reveladora es la lectura de Ute Pappelbaum: «Los personajes hablan en primera persona, pero este "yo" no es un centro, sino un eco. Las barreras que separan lo deseado de lo indeseado, lo inofensivo de lo violento, son tan porosas que resultan inexistentes».

Por qué leerlo ahora. El buen mal está pensado y escrito para los amantes de las paradojas, para los que entienden la vida como un juego entre la realidad y el milagro. En un contexto cultural donde la narrativa de género —el thriller, el romance— domina las listas de ventas, Schweblin propone algo más exigente y más duradero: una literatura que no explica, no consuela y no cierra. Una literatura que, precisamente por eso, permanece. George Saunders la llama «una de las escritoras más fascinantes del mundo», y Enrique Vila-Matas afirma que leerla produce «un antes y un después». Pocas veces el consenso crítico resulta tan unánime —y tan merecido.

@silmar.ebooks En cada uno de los cuentos de El buen mal, Samanta Schweblin nos abduce a otra dimensión donde quedamos en contacto íntimo con sus personajes. Si querés leer este libro o estas buscando algún otro no dudes en consultarnos. #el buen mal #Samanta Schweblin #libro #ebook #epub #pdf #digital #librodigital #silmar ♬ sonido original - Silmar Ebooks

73 años tratando de vivir, aprender, compartir y amar

Family Agirregabiria: Carmen, Leire, Mikel y Aitor TOP ¿1989?
Foto de hace 37 años, ya con hijos y mirando al futuro
Gracias a quienes habéis recordado este 73º cumpleaños,...

Cumplir 73 años invita, más que a celebrar, a pensar. No en el sentido solemne de quien se siente obligado a justificar su trayectoria, sino en el de quien reconoce que la vida, vista con la distancia que da el tiempo, se parece más a un cuaderno de campo que a una autobiografía ordenada. Hoy, al mirar atrás, descubro que mis pasos —a veces firmes, a veces vacilantes— han estado guiados por una convicción persistente: la educación, la ciencia, la filosofía y la sociología no son disciplinas aisladas, sino formas complementarias de comprender y mejorar el mundo.

He vivido estos 26.663 días entre dos Viernes Santo (el de 1953 y de 2026) como un aspirante a aprendiz constante. La docencia me enseñó que el aula es un laboratorio de humanidad, un espacio donde las ideas se ensayan, se discuten y, con suerte, se transforman. Cada estudiante que he encontrado ha sido una pregunta nueva, una invitación a revisar mis certezas. Quizá por eso nunca he sentido la tentación de convertirme en un profesor que dicta verdades; siempre me he sentido más cómodo como acompañante intelectual, como quien abre puertas y señala caminos sin imponer destinos.

La escritura, por su parte, ha sido mi modo de ordenar el pensamiento. No escribo para dejar un legado, sino para comprender mejor aquello que me inquieta: la aceleración tecnológica, los cambios culturales, las tensiones entre tradición y modernidad, la fragilidad de los vínculos humanos. A veces me pregunto si mis textos han logrado acompañar a otros en sus propias búsquedas. Me basta con saber que, al menos, han sido honestos con mis dudas y mis esperanzas.

A los 73 años, descubro que la sociología me ha enseñado a mirar lo colectivo sin perder de vista lo singular. La filosofía, a preguntar sin prisa. La literatura, a escuchar los matices de la experiencia humana. Y la educación, a confiar en que cada generación trae consigo una forma inédita de interpretar el mundo. Esa confianza es, quizá, mi mayor celebración: seguir creyendo que el futuro merece ser pensado con rigor, pero también con ternura.

No puedo negar que el paso del tiempo deja su huella. Sin embargo, lejos de sentirlo como un límite, lo vivo como una ampliación del horizonte. La edad me ha regalado una perspectiva que no tenía a los treinta ni a los cincuenta: la capacidad de aceptar la complejidad sin necesidad de resolverla del todo. Hoy sé que la vida intelectual no consiste en acumular respuestas, sino en cultivar preguntas que nos mantengan despiertos.

Este cumpleaños no es un cierre, sino un umbral. Me gustaría seguir escribiendo, enseñando, conversando, aprendiendo. Me gustaría seguir participando en debates que incomoden y en proyectos que ilusionen. Me gustaría, sobre todo, seguir siendo parte de una comunidad que cree en el valor del pensamiento crítico y en la fuerza transformadora de la educación.

Si algo he aprendido en estas siete décadas largas es que la vida se sostiene en los vínculos: los que construimos con quienes nos rodean, los que tejemos con las ideas y los que mantenemos con nosotros mismos. Hoy celebro esos vínculos. Celebro el privilegio de haber vivido rodeado de personas curiosas, generosas y exigentes, especialmente Carmen (53 años juntos), nuestros hijos, nietos, sobrinas, ahijadas y ahijados. Celebro la oportunidad de seguir aportando, aunque sea modestamente, a un mundo que necesita más reflexión y menos estridencia.

Julen jugando con su primer periódico... en papel TOP
A mis 73 años y por todas ellas y ellos, sigo creyendo que pensar es un acto de esperanza. Y hoy, más que nunca, quiero seguir practicándolo. Aún hay tiempo para libros sin leer, ideas sin madurar, lectores sin encontrarQuiero seguir escribiendo. Quiero seguir aprendiendo. Quiero seguir creyendo —con Spinoza (posts), con Arendt (posts), con todos los pensadores que han acompañado estas páginas— que el conocimiento es el camino más corto hacia la solidaridad, y que la ignorancia es siempre el origen del miedo.
 

Del costumbrismo al compromiso: Periplo de Norman Rockwell

Hoy volvemos al arte descriptivo de una época y un territorio con uno de los máximos representantes de la  la historia del arte de la Estados Unidos: Norman Rockwell (1894-1978). Aunque frecuentemente ignorado por la crítica académica, su obra constituye una reflexión profunda sobre la identidad, los valores y las contradicciones de la sociedad norteamericana del siglo XX. Pintor de la vida cotidiana, Rockwell elevó el género de la ilustración comercial a la categoría de arte social, documentando con precisión fotográfica y sensibilidad humanista los momentos que definen la experiencia común.

Nacido en Nueva York, Rockwell mostró talento artístico desde la infancia. Formado en instituciones prestigiosas como la Art Students League, publicó su primer trabajo ilustrado a los dieciséis años. A partir de 1916 y hasta 1963, fue el ilustrador oficial de la revista The Saturday Evening Post, donde sus portadas se convirtieron en iconos visuales de la cultura estadounidense. Su carrera abarca la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial y la turbulenta década de los sesenta, períodos que reflejó con realismo emotivo y capacidad narrativa extraordinaria.

El lenguaje plástico de Rockwell se caracteriza por su hiperrealismo compositivo, combinando precisión técnica con una narrativa visual que cuestiona la superficie de lo aparentemente trivial. Utilizaba fotografías de referencia, modelos reales y un minucioso trabajo de estudio para captar gestos, expresiones y detalles arquitectónicos. Su paleta, aunque rica en matices, privilegia tonalidades cálidas y naturales que evocan intimidad. Lo distintivo de su propuesta radica en la capacidad de revelar, mediante la representación fiel de lo ordinario, la complejidad moral, las ansiedades sociales y los valores compartidos de la América media: la familia, el trabajo, la fe, pero también la soledad, el prejuicio y la injusticia.

Entre sus obras más emblemáticas figuran: Four Freedoms (1943)—una serie que visualiza los derechos fundamentales enunciados por Roosevelt; Freedom from Fear (1943)—padres colocando a sus hijos en la cama durante la guerra; The Problem We All Live With (1964)Ruby Bridges (post previo de 2025), la primera niña afroamericana en una escuela de integración; Thanksgiving: Homecoming (1945)—la reunión familiar en su máxima vulnerabilidad y Girl at the Mirror (1954)—la transición de la infancia a la adolescencia vista con ternura y melancolía. Estas obras trascienden la anécdota para convertirse en documentos de la conciencia colectiva, espacios donde lo visual y lo ético se entrelazan.

Durante décadas, la obra de Rockwell fue desdeñada por la crítica como kitsch o sentimentalismo burgués. Sin embargo, las últimas décadas han presenciado una rehabilitación historiográfica que reconoce en ella una forma sofisticada de crítica social y un testamento sobre la modernidad estadounidense. Su influencia se advierte en artistas contemporáneos interesados en la representación realista de la experiencia ordinaria. Rockwell nos enseña que la dignidad de la vida cotidiana y la capacidad de verla con amplitud moral constituyen actos de resistencia visual y educativa. 

Su obra se conserva hoy principalmente en el Norman Rockwell Museum, situado en Stockbridge, donde se guardan cientos de pinturas, bocetos y documentos. Allí puede apreciarse cómo su mirada evolucionó desde la idealización de la vida cotidiana hacia una mayor conciencia social.

Rockwell supo capturar algo que muchos artistas persiguen sin lograrlo: la capacidad de convertir escenas ordinarias en imágenes universales. Sus cuadros siguen funcionando como ventanas a la memoria colectiva, recordándonos que el arte también puede surgir de los pequeños gestos y de la vida diaria.

@art.studio.daily Norman Rockwell (1894-1978), American regionalism, USA #normanrockwell #normanrockwellpainting #americanregionalism #americanrealism ♬ Take Me Home, Country Roads - John Denver

Adiós a la ternura melancólica de Alfredo Bryce Echenique

Ayer, 10 de marzo de 2026, la literatura en español perdió a Alfredo Bryce Echenique, quien falleció en Lima (Perú) a los 87 años. Con su partida se cierra un capítulo fundamental en la narrativa latinoamericana contemporánea, marcado por una voz literaria inconfundible que supo combinar el humor, la melancolía y la observación social para crear un universo narrativo de profunda humanidad.

Nacido en Lima el 19 de febrero de 1939 en el seno de una familia vinculada al sector financiero peruano, Bryce Echenique se licenció en Derecho en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde posteriormente obtuvo el doctorado en Letras. Sin embargo, su verdadera vocación se manifestó en la literatura, ámbito en el que alcanzó reconocimiento internacional con su primera novela, Un mundo para Julius, publicada en 1970. 

Esta obra revolucionó la narrativa peruana al presentar un retrato de la alta sociedad limeña desde la mirada de un niño que descubre las contradicciones, discriminaciones y abusos de su propio entorno familiar y social. La novela, que cumplió 55 años en 2025, sigue siendo considerada un clásico de la literatura hispanoamericana y constituye una lectura esencial para comprender las dinámicas sociales del Perú contemporáneo.

A diferencia de otros autores de su generación, Bryce Echenique optó por una narrativa que privilegiaba la ternura, el humor y la empatía con sus personajes, alejándose del realismo confrontacional característico de gran parte de la literatura latinoamericana de la época. Su estilo narrativo, cálido y cercano, estableció un puente entre el llamado boom latinoamericano y las generaciones posteriores de escritores, consolidando una voz propia que supo captar las sutilezas del sentimiento humano sin caer en el patetismo ni en el juicio moral.

Su producción literaria se extendió a lo largo de más de cinco décadas e incluyó novelas como Tantas veces Pedro (1977), La vida exagerada de Martín Romaña (1981), El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1985) y No me esperen en abril (1995), novela que el propio autor consideraba la más querida de su obra y que definió como su trabajo más exigente. Bryce Echenique exploró recurrentemente temas como el desarraigo, la memoria, el exilio y la experiencia de los latinoamericanos en Europa, reflejando su propia trayectoria vital, ya que residió gran parte de su vida en Francia y España.

Su obra recibió múltiples galardones a lo largo de su trayectoria, entre los que destacan el Premio Casa de las Américas (1968), el Premio Nacional de Literatura del Perú (1972), el Premio Planeta (2002) por El huerto de mi amada, y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances (2012), uno de los reconocimientos más prestigiosos para escritores en lengua española. Además de sus novelas y cuentos, publicó varios libros de carácter autobiográfico, como Permiso para vivir (1993), en los que reconstruyó episodios de su vida personal y literaria con la misma franqueza y humor que caracterizaron su ficción.

Algunas de sus citas que recordamos"Mi patria son los amigos". "Muchas veces, sólo el humor nos permite sobrevivir al espanto". "Lo mío ha sido contar y nada más". “A cada uno su pena, pero a todos la alegría”

El fallecimiento de Bryce Echenique ha generado numerosas reacciones en el ámbito cultural de Perú y América Latina. Escritores, instituciones y lectores han destacado su capacidad para retratar la condición humana con sensibilidad y honestidad, así como su contribución a la formación de varias generaciones de lectores. 

Sus restos fueron velados en la Casona de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, institución donde estudió y que representó un espacio fundamental en su formación intelectual. Con la muerte de Alfredo Bryce Echenique, la literatura en español pierde a uno de sus narradores más singulares y entrañables, cuya obra seguirá siendo leída y valorada por su capacidad para captar la complejidad del alma humana y las contradicciones de la sociedad contemporánea.

@minculturape

La literatura peruana despide a una de sus figuras más representativas. 📚🕊️ Alfredo Bryce Echenique dejó una obra que retrató con profundidad las contradicciones de la sociedad peruana y la experiencia humana en su conjunto. Su obra, que hizo propias la inteligencia, el humor y la sensibilidad, es un legado que ahora enriquece la tradición narrativa del Perú. 🇵🇪✨

♬ sonido original - Ministerio de Cultura del Perú

Cinefórum sobre "El chico que domó el viento"

Nos invitan al Cinefórum de DerechosEnRed, proyecto apoyado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación y la Diputación Foral de Bizkaia. Será el próximo 4 de febrero de 2026 a las 17.30 horas en Romo Kultur Etxea (Getxo) y se proyectará la película "El chico que domó el viento".

Seguirá un debate a cargo del getxoztarra Eneko Arberas, responsable de impacto social de la Fundación Creamos de Ciudad de Guatemala y Begoña Guzmán, especialista en gestión cultural, educación e innovación social en UNEtxea.

El chico que domó el viento es una obra profundamente humanista que conecta cine, ciencia y educación. Dirigida con sobriedad por Chiwetel Ejiofor, la película narra la historia real de William Kamkwamba , un adolescente de Malawi que, en medio de una devastadora hambruna, logra construir un aerogenerador artesanal para salvar a su comunidad.

Ejiofor ha subrayado en diversas ocasiones su intención de mostrar el poder transformador del conocimiento , incluso en contextos de extrema pobreza. El guión, fiel al espíritu del libro, evita el sentimentalismo fácil y apuesta por un realismo contenido, donde la curiosidad científica y la perseverancia son los verdaderos motores del relato.

En el reparto destaca Maxwell Simba , convincente y natural como William, y el propio Ejiofor, que interpreta al padre con una mezcla de dureza y ternura que aporta profundidad emocional. Los actores han señalado el reto de contar una historia real sin edulcorarla, respetando tanto el sufrimiento como la dignidad de sus protagonistas. La película resulta especialmente valiosa desde una perspectiva educativa: celebra la alfabetización científica, el pensamiento crítico y la imaginación como herramientas de supervivencia y progreso. Un cine inspirador, honesto y necesario.

Entrada gratuita. Inscripciones en 620237036https://forms.gle

Releyendo a clásicos, como Cervantes o Joyce

Los autores clásicos que aborrecimos en la educación secundaria, por qué merecen una segunda oportunidad en la etapa adulta. Cómo leer a Joyce (otros posts) y a Cervantes (otros posts) sin morir en el intento (y por qué ahora sí nos gustarán). Don Quijote y Ulises no eran aburridos: Sólo que entonces éramos demasiado jóvenes. La redención de las grandes obras tras la obligatoriedad de la secundaria. Quizá los odiamos a los 16 años… hoy los necesitamos a los 30, 50 o 70 años. Ahora sin exámenes ni resúmenes obligatorios: hoy daremos una guía para redimirlos.

Muchos, no todos, guardan cicatrices literarias de nuestra adolescencia. Para muchos, el Quijote representa tardes interminables descifrando un castellano impenetrable, mientras que Ulises —si tuvieron la desgracia de encontrárselo en bachillerato— equivale a un trauma permanente. Pero ¿y si el problema nunca fueron ellos, sino el sistema que nos obligó a leerlos cuando aún no estábamos preparados?

El fracaso pedagógico: cuando enseñar mata el placer La educación secundaria comete un error fundamental al abordar los clásicos: los trata como deberes morales en lugar de experiencias estéticas. Se nos impone la lectura de obras maestras con el mismo espíritu con que se administra un medicamento amargo pero necesario. El resultado es predecible: generaciones enteras asocian a Cervantes con el aburrimiento y a Joyce con la incomprensión.

El problema radica en la brecha cognitiva y experiencial. Un adolescente de 15 años carece del bagaje vital para apreciar la melancolía de Don Quijote contemplando su biblioteca en llamas, o la densidad del monólogo interior de Molly Bloom. La ironía cervantina requiere haber conocido el desengaño; la experimentación joyceana exige familiaridad previa con las convenciones narrativas que dinamita. Pedirles a los estudiantes que disfruten estas obras es como esperar que un novato aprecie el jazz avant-garde sin haber escuchado nunca música. Lo que no nos dijeron es que Leopold Bloom también es obscenamente divertido, tierno y sucio.

Además, la metodología es desastrosa. Los clásicos se diseccionan en busca de "temas" y "recursos literarios", convirtiendo la lectura en una autopsia. Se fragmenta el texto en capítulos obligatorios, se exigen resúmenes que demuestren que se ha leído (aunque no se haya comprendido), y se evalúa mediante exámenes que miden memorización, no sensibilidad. No es sorprendente que muchos estudiantes terminen odiando precisamente aquello que debería liberarlos.

La relectura adulta: Descubrir lo que siempre estuvo ahí Volver al Quijote con treinta o cuarenta años es una revelación. Lo que en la adolescencia parecía un ladrillo polvoriento se transforma en una comedia sofisticada sobre la naturaleza de la ficción y la realidad. El humor de Cervantes —sutil, compasivo, profundamente humano— cobra sentido cuando uno ha vivido lo suficiente para reconocer sus propias quijotadas: esos momentos en que la imaginación choca contra el mundo real.

La madurez permite apreciar la ternura con que Cervantes trata a su protagonista enloquecido. Don Quijote no es simplemente un loco ridículo, sino un idealista conmovedor en un mundo pragmático y desencantadoSus fracasos resuenan porque todos hemos sido derrotados por la realidad. Su dignidad, incluso en el ridículo, nos conmueve porque reconocemos en él nuestra propia vulnerabilidad. Alonso Quijano no es solo un loco; es un hombre que se niega a aceptar que el mundo es un lugar gris, burocrático y sin magia. Su lucha es la lucha contra el cinismo. Y Sancho Panza deja de ser el tonto glotón para convertirse en la representación de la lealtad más pura. La relectura adulta revela que el Quijote es un libro sobre cómo mantener la dignidad cuando la realidad te dice que eres irrelevanteEso es algo que un adolescente difícilmente puede captar, pero que un adulto siente en los huesos.

Con Joyce ocurre algo similar, aunque más extremo.  Ulises es objetivamente difícil, pero la dificultad es parte de su placer. Leerlo como adulto, sin la presión de un examen inminente, permite saborear su virtuosismo lingüístico, su ambición enciclopédica, su humor escatológico y su celebración de lo ordinario. Leopold Bloom, caminando por Dublín durante un día cualquiera, se convierte en un héroe moderno precisamente por su normalidad. Pero esa revelación exige paciencia, curiosidad y cierta experiencia de vida. Joyce es, ante todo, divertido y profundamente humano.

Cómo leerlos ahora: estrategias para la segunda oportunidad: 

Busca alternativas: Escuchar audiolibros como puerta de entrada o lee en grupo, para compartir dudas y descubrimientos enriquece la experiencia.

Elimina la obligación. Lee sin presión, sin calendario, sin necesidad de "terminarlo". Los clásicos no son montañas que conquistar, sino territorios que explorar.

Busca ediciones comentadas. Una buena introducción y notas al pie pueden iluminar referencias oscuras sin infantilizar al lector. Para el Quijote, la edición del Instituto Cervantes es accesible; para Joyce, las guías de lectura son prácticamente necesarias.

Acepta la dificultad. No entenderlo todo no es fracaso, es parte del proceso. Joyce escribió Ulises para mantener ocupados a los críticos durante siglos. No necesitas descifrar cada alusión para captar su belleza.

Lee en voz alta. Cervantes y Joyce escribieron con un oído exquisito para el ritmo y la sonoridad. Escuchar el texto añade una dimensión que la lectura silenciosa pierde.

Contextualiza sin academicismo. Comprender la España del siglo XVII o la Irlanda colonial enriquece la lectura, pero no te conviertas en historiador. Una biografía breve de los autores suele bastar.

Los clásicos que odiaste en el instituto no eran los culpables. El momento era erróneo, el enfoque era equivocado, y tu yo adolescente simplemente no estaba listo. Ahora sí lo estás. Dale a Cervantes y a Joyce —y a todos esos libros que abandonaste con resentimiento— la segunda oportunidad que merecen. Puede que descubras que el problema nunca fue la literatura, sino cómo te enseñaron a no amarla.

Helen Levitt: La fotógrafa poeta de las calles de Nueva York

Helen Levitt (1913-2009) fue una de las fotógrafas más singulares del siglo XX, una cronista silenciosa que supo transformar la vida callejera de Nueva York en poesía visual. Sin grandes declaraciones teóricas, sin afán de protagonismo, Levitt construyó una obra que capturó momentos efímeros, gestos espontáneos y escenas cotidianas que hoy conforman un retrato único de la infancia, la marginalidad y el teatro improvisado de la ciudad.

De vendedora de revelado a fotógrafa icónicaHelen Levitt nació en Brooklyn, en el seno de una familia de inmigrantes judíos. A diferencia de otros grandes fotógrafos de su generación, no estudió arte ni buscó un camino académico: comenzó trabajando revelando fotografías en una tienda del Bronx. Allí descubrió la magia del proceso fotográfico y, sobre todo, la importancia del encuadre y del instante. 

Su vida cambió hacia 1936, cuando conoció a Henri Cartier-Bresson, figura clave de la fotografía callejera. Él le enseñó el uso de la Leica de 35 mm y el valor del “instante decisivo”. Levitt interiorizó esa filosofía, pero la llevó a su propio terreno: si Cartier-Bresson buscaba geometrías perfectas, ella buscaba humanidad, espontaneidad, juego y vulnerabilidad.

Durante los años treinta y cuarenta comenzó a recorrer los barrios populares de Nueva YorkHarlem, Lower East Side, Spanish Harlem— con una mirada respetuosa y discreta. En 1943, el MoMA dedicó una exposición a su trabajo, algo excepcional para una joven fotógrafa de apenas treinta años.

En los años cincuenta se volcó también en la fotografía en color, cuando casi nadie lo hacía con intención artística. Publicó dos libros fundamentales: A Way of Seeing (1965, junto a James Agee) y In the Street (1987). Pasó largas temporadas trabajando con cineastas como Luis Buñuel y Janice Loeb, con quien codirigió In the Street (1952), uno de los primeros documentales urbanos rodados con cámara oculta. Pese a su reconocimiento, Levitt evitó la fama y concedió muy pocas entrevistas. Vivió siempre en Nueva York y fotografió casi exclusivamente su ciudad. 

La mirada Levitt: poesía, juego y humanidadLa obra de Helen Levitt destaca por su capacidad para captar el teatro espontáneo de la calle. Su temática más célebre es la infancia, no desde una mirada idealizada, sino como un territorio de libertad, creatividad y supervivencia. Sus fotografías de niños jugando en aceras, step-ladders y solares vacíos siguen siendo, décadas después, representaciones inigualables del juego urbano.

Características de su estilo

1. Fotografía callejera humanistaFrente al tono documental o sociológico de otros fotógrafos de la época, Levitt se centró en la dimensión lúdica y emotiva de la vida diaria. Sus imágenes no pretenden explicar la ciudad, sino observarla.
2. Composición intuitivaSus fotografías parecen “accidentales”, pero esconden una enorme precisión: equilibrio entre figuras, uso del espacio negativo, diagonales suaves y una composición casi coreográfica.
3. Humor y ternuraLevitt encontraba ironía en pequeños gestos: un niño disfrazado, una pareja discutiendo, unas manos que asoman por una ventana. Su sentido del humor es sutil y profundamente humano.
4. El color como narrativaFue pionera en el uso del color en la calle. La serie de los años cincuenta y sesenta, parcialmente perdida tras un robo en su estudio, muestra su habilidad para usar el color no como adorno sino como fuerza expresiva.

Obras y fotografías emblemáticasAunque gran parte de su obra es difícil de reducir a una lista, destacan:
- Los murales de tiza en Harlem (1938-1941): imágenes de dibujos infantiles sobre muros, símbolo de creatividad en contextos de pobreza.
- Niños jugando en la calle: quizá su serie más célebre, donde captura juego, alegría y riesgo en un Nueva York lleno de vida.
- In the Street (1952): film documental que amplía su mirada fotográfica al movimiento.
- Serie en color de los años cincuenta y sesenta: escenas de gente anónima en esquinas, autobuses, portales y aceras.

Su obra puede encontrarse en museos como el MoMA, el Metropolitan Museum of Art y el Centre Pompidou, pero también en libros que han recuperado su legado. 

Legado: la fotógrafa invisible que lo vio todoHelen Levitt influyó en generaciones de fotógrafos, desde Joel Meyerowitz hasta Vivian Maier. Su discreción la mantuvo lejos del foco mediático, pero su sensibilidad y su manera única de narrar la vida urbana la han convertido en una figura imprescindible de la fotografía del siglo XX. Hoy su obra es una invitación a mirar: a reconocer belleza en lo ordinario, poesía en lo frágil y humanidad en lo efímero. Su legado es, sobre todo, una ética de la mirada.

Aquí se puede ver nuestra Serie de Fotógrafas Célebres.