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Adiós a Dolly Parton: La voz del country

El martes 25 de agosto de 2026, la música country perdió a su figura más luminosa. Dolly Parton falleció a los ochenta años en Nashville, Tennessee, tras una breve batalla contra el cáncer, según confirmó su equipo de prensa. La noticia, anunciada por su sobrino y jefe de seguridad Bryan Seaver a través de un vídeo preparado años antes por la propia artista, sumió en el luto a generaciones de oyentes que habían crecido con su voz como banda sonora.

Nacida el 19 de enero de 1946 en una familia humilde del este de Tennessee, Dolly Rebecca Parton encarnó como pocas el arquetipo del sueño americano forjado desde la nada. Con doce hermanos y una infancia marcada por la precariedad económica, aprendió a cantar en la iglesia y a componer antes de cumplir los diez años. 

Su llegada a Nashville en 1964 no fue una mera mudanza geográfica: fue el inicio de una revolución cultural que desafiaría las jerarquías de género y clase del país más conservador de Estados Unidos. A mediados de la década de 1970, ya era una reina indiscutible de la industria, con canciones como Jolene, Coat of Many Colors e I Will Always Love You —esta última inmortalizada por Whitney Houston— que superaron los cien millones de ventas y mil millones de reproducciones digitales.

Sin embargo, reducir su legado a las cifras sería un error de apreciación histórica. Parton fue, ante todo, una narradora de lo cotidiano. Sus letras hablaban de mujeres abandonadas, de madres sobrevivientes, de la dignidad del trabajo asalariado y de la resiliencia de las comunidades rurales. En ese sentido, su obra funciona como un documento etnográfico del sur de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX: un testimonio cantado de las tensiones entre tradición y modernidad, entre la identidad regional y la homogeneización global.

Su dimensión pública trascendió el ámbito musical. Como empresaria, fundó Dollywood, un parque temático en las estribaciones de las Montañas Humeantes que se convirtió en motor económico de su región natal. Como filántropa, creó la Imagination Library, un programa educativo sin fines de lucro que ha enviado millones de libros gratuitos a niños de todo el mundo, motivada por el analfabetismo de su padre, quien abandonó la escuela para trabajar en la granja. Cuando los incendios forestales arrasaron las Smokies en 2016, Parton no se limitó a las donaciones: organizó un teletón y canalizó recursos directos a las familias damnificadas. En 2025, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas le otorgó el Premio Humanitario Jean Hersholt, un reconocimiento que selló su compromiso con la educación y la equidad social.  

La reacción a su muerte ha sido inmediata y transversal. Miley Cyrus, su ahijada, escribió que era "un día devastador para la humanidad". El presidente Donald Trump ordenó que las banderas ondearan a media asta durante una semana. Parton deja atrás un vacío difícil de llenar no solo porque fue una intérprete excepcional —con diez premios Grammy y 55 nominaciones, la tercera mujer más nominada en la historia del galardón—, sino porque supo construir un puente entre lo popular y lo trascendente, entre el entretenimiento y la pedagogía.

Su familia ha anunciado que se celebrará un pequeño servicio privado y ha pedido que, en lugar de flores, se realicen donaciones a la Imagination Library. Es un gesto coherente con una vida dedicada a dar: Parton no solo cantó sobre la esperanza; la distribuyó en forma de libros, de cheques mensuales para damnificados y de sonrisas desplegadas en cada escenario que pisó. Su voz calla, pero su biblioteca seguirá hablando.

Saludar al llegar, despedirse al partir: Normas de cortesía

Llega el fin de agosto y es tiempo de despedidas y llegadas. Y con ello, la prueba del protocolo que es el arte universal de saber llegar y saber retirarse. Y conviene repasar esa delicada arquitectura de la cortesía, sobre el modo educado de saber llegar y, aún más decisivo, el saber despedirse. Brevemente repasaremos desde la hospitalitas clásica al omotenashi: la ética del saludo y la despedida. Así se marcan las pautas cada vez menos conservadas de aparecer y retirarse como se debe, con la precisa gramática invisible de la elegancia social. 

El sentido comunitario del saludo y la despedida para una correcta transición entre espacios. La convivencia en comunidad no se sostiene únicamente mediante leyes escritas o códigos normativos; se nutre, en primer lugar, de una filigrana cotidiana de gestos sutiles pero determinantes. Entre estos ritos mínimos de la urbanidad, dos destacan por su sencillez y su profundo impacto ético: la obligación de saludar al incorporarse a un espacio compartido y el deber de despedirse al abandonarlo. A menudo considerados meros formalismos, un análisis desde la pedagogía de la convivencia y la sociología revela que constituyen la estructura misma que articula nuestra interacción con el prójimo: los corchetes que delimitan el encuentro humano. 


El filósofo Emmanuel Levinas (otros posts nuestros) recordaba que la ética comienza en la atención hacia el rostro del otro. Bajo esa premisa, la iniciativa de quien llega al pronunciar el saludo inicial representa un acto de reconocimiento ontológico: es el recién llegado quien pide permiso simbólico para alterar, con su sola presencia, el equilibrio de la estancia. No en vano, en la tradición japonesa, el concepto de omotenashio la etiqueta del dōjō impone una inclinación precisa (rei) al cruzar el dintel, marcando la transición de la esfera exterior al recinto sagrado del grupo. Del mismo modo, en el mundo árabe, el inequívoco As-salamu alaykum —«la paz sea contigo»— es la llave verbal indispensable con la que el viajero o el visitante inaugura su interacción con la comunidad. En todos los meridianos, la omisión del saludo al entrar no se lee como simple distracción, sino como una declaración de indiferencia o una intrusión no deseada.


No menos determinante resulta el arte de la partida. Si saludar es anunciar la presencia, despedirse es restituir la armonía del grupo que permanece. Quien se va tiene el deber de cerrar el ciclo de la interacción. La retirada furtiva —aquello que los anglosajones denominan French leave y los franceses, en deliciosa simetría, partir à l'anglaise— genera una discontinuidad incómoda, un vacío sin explicaciones. En la cultura mediterránea, la despedida suele dilatarse en una conversación pausada en el dintel de la puerta, un rito de transición donde se refrenda el afecto y se proyecta el reencuentro. En el humanismo clásico, despedirse era expresar gratitud (hospitium) por el tiempo compartido y devolver al espacio la tranquilidad original. 


Desde una perspectiva educativa y humanista, estas formas invisibles son las que salvan a las sociedades modernas del anonimato deshumanizante. En una época paulatinamente inclinada hacia el individualismo y la prisa digital, recordar que la iniciativa del encuentro pertenece al que llega y la responsabilidad de la clausura al que parte supone educar en la atención hacia el otro. No se trata de imponer rigideces protocolarias, sino de cultivar la sensibilidad social.


La comunidad, en definitiva, no se edifica sobre la indiferencia. Saludar al entrar y despedirse al salir son las señas de identidad de quien comprende que vivir en sociedad exige presencia, conciencia y respeto. Son los cimientos invisibles y cosmopolitas que transforman un simple aglomerado de individuos en una verdadera comunidad humana.

Hiperarte Thomasson: Arqueología de lo inútil en la ciudad

Los objetos Thomasson: cuando lo inútil se convierte en arte. Hay un tipo de belleza que solo emerge por accidente. No la buscó ningún arquitecto, no la firmó ningún escultor, y sin embargo late en cada ciudad que envejece: puertas que se abren al vacío, escaleras que no conducen a ninguna parte, barandillas que ya no sostienen nada. A este fenómeno, el artista japonés Genpei Akasegawa lo bautizó en la década de 1980 como "Thomasson" o "Hiperarte Thomasson", un término que designa una estructura inútil, una anomalía arquitectónica que ha dejado de cumplir su función original y que, precisamente por ello, se convierte en obra de arte en sí misma.

El origen del nombre es una de esas ironías que solo la historia sabe fabricar. En 1981, los Yomiuri Giants ficharon al bateador estadounidense Gary Thomasson con un contrato millonario, pero su rendimiento en Japón resultó decepcionante: en su primera temporada batió el récord de eliminaciones sin batear, y la segunda la pasó casi entera en el banquillo, hasta que una lesión de rodilla puso fin a su carrera. Akasegawa, aficionado al béisbol, encontró en aquel jugador carísimo e improductivo la metáfora perfecta para lo que llevaba tiempo observando en las calles de Tokio: objetos costosos de mantener, incapaces ya de cumplir ninguna función, pero conservados con un cuidado casi devocional. 

El primer Thomasson documentado apareció en 1972, durante un paseo del artista por el barrio de Yotsuya. Se trataba de una escalera que no llevaba a ningún sitio: sin puerta arriba, sin acceso abajo. Lo desconcertante no era solo su inutilidad, sino que su pasamanos mostraba señales evidentes de reparación reciente, como si alguien, en algún departamento municipal olvidado, siguiera dedicándole mantenimiento pese a que hacía tiempo que había perdido todo sentido práctico. Esa contradicción —el cuidado invertido en lo que ya no sirve— es el núcleo filosófico del concepto: el objeto sobrevive a su propósito y, al hacerlo, se transforma en otra cosa.

Con el tiempo, Akasegawa y sus alumnos de la escuela Bigakko fueron catalogando variantes: puentes que no cruzan nada, túneles que no atraviesan nada, ventanillas de billetes tapiadas, balcones sin puerta de acceso. En 1981 fundó el Thomasson Observation Center, un archivo fotográfico casi entomológico de estas ruinas domésticas, y llegó a distinguir categorías con nombres tan inquietantes como poéticos, entre ellas la de los postes telefónicos cortados a media altura.

Lo que distingue al Thomasson de otras formas de arte encontrado —el ready-made duchampiano, por ejemplo— es precisamente la ausencia de intención. Nadie diseñó estas estructuras para ser contempladas; su condición artística nace por sustracción, cuando la función desaparece pero la forma permanece, cuidada, casi venerada por una burocracia que no sabe o no quiere borrarla. El Thomasson no tiene autor: solo un observador capaz de reconocerlo.

Para la arquitectura y el urbanismo contemporáneos, el concepto ofrece algo más que una curiosidad estética. Nos obliga a mirar la ciudad no como un sistema perfectamente funcional, sino como un palimpsesto de decisiones abandonadas, de infraestructuras que sobreviven a los planes que las originaron. En un mundo obsesionado con la eficiencia y la obsolescencia programada, el Thomasson propone una mirada distinta: la de detenerse ante lo que ya no sirve para nada y, sin embargo, sigue ahí, insistiendo en su presencia. Es una lección de humildad para cualquier disciplina que aspire a la funcionalidad total, y un recordatorio de que la belleza, a veces, solo aparece cuando dejamos de exigirle un propósito a las cosas.

Resumen: La belleza involuntaria de lo que ya no sirve. Cuando la ciudad conserva lo que ha dejado de tener sentido. Genpei Akasegawa y el arte que nadie quiso crear. Lo que sobrevive sin propósito: una lección de arquitectura. El mantenimiento de lo inservible como forma de arte. Fotografiar las cicatrices funcionales de la ciudad.

@la.inercia Una de mis historias favoritas sobre la arquitectura y el arte es El Thomasson. Un elemento arquitectónico convertido en arte por su propia inutilidad. Algo que llamaríamos, hiperarte gracias al artista contemporáneo que lo descubrió y trabajó como arte conceptual y que incluso, se volvió colaborativo. Para saber el origen del nombre recomiendo a Pedro Torrijos que hizo un video muuuuy chulo sobre el tema ❤️ #arquitectura #architecture #historiadelarte #arte #arquitectos ♬ sonido original - la.inercia

El monje que vendió su Ferrari: Fábula del éxito personal

Hace tiempo teníamos un borrador de este libro clásico de autoayuda, El monje que vendió su Ferrari: cuando el éxito exterior no basta. Hay libros que no se leen tanto como se atraviesan, y "El monje que vendió su Ferrari" (1996), de Robin S. Sharma, pertenece a esa categoría de fábulas contemporáneas que buscan menos la sofisticación literaria que la eficacia terapéutica. 

Su protagonista, Julian Mantle, es un abogado de éxito fulminante —mansión, coche deportivo, honorarios desorbitados— que se derrumba, literalmente, en pleno tribunal, víctima de un infarto que funciona como umbral simbólico entre dos vidas posibles. A partir de ahí, Sharma construye una narración de raíz clásica: el héroe abandona su mundo conocido, viaja a un territorio remoto —el Himalaya, poblado por los sabios de Sivana— y regresa transformado para transmitir lo aprendido. Es, en esencia, el viaje del héroe de Joseph Campbell trasladado al lenguaje del management y la autoayuda de finales del siglo XX.

El libro se sostiene sobre siete virtudes o "pilares de la sabiduría" —el dominio de la mente, el propósito definido, la disciplina, el tiempo, el servicio desinteresado, la simplicidad y el presente— que Sharma dramatiza a través de metáforas fáciles de recordar: el jardín como símbolo de la mente que hay que cultivar, el faro como imagen de un propósito claro, el reloj de arena como recordatorio de que el tiempo es el único capital irrecuperable. Esta arquitectura mnemotécnica explica en buena medida su éxito comercial: más de tres millones de ejemplares vendidos y traducciones a medio centenar de idiomas convierten a esta fábula en uno de los fenómenos editoriales del género de autoayuda contemporáneo.

Conviene, sin embargo, leer el libro con la distancia crítica que merece cualquier texto de este tipo. Su estructura dicotómica —Occidente frente a Oriente, materialismo frente a espiritualidad, prisa frente a contemplación— simplifica tensiones que la tradición filosófica ha tratado con mayor matiz. Ortega y Gasson recordaba que "yo soy yo y mi circunstancia", y esa circunstancia no siempre permite el retiro purificador que Sharma propone como solución universal: no todos disponen de los recursos, el tiempo o el privilegio de vender el Ferrari, precisamente porque no todos han tenido uno. Unamuno, por su parte, entendía el sentimiento trágico de la vida no como algo que se resuelve mediante fórmulas de autoayuda, sino como una tensión permanente entre razón y fe, entre finitud y anhelo de eternidad, que ninguna fábula de sabios himalayos disuelve del todo.

Aun así, sería injusto despachar el libro como mera literatura de aeropuerto. Su mensaje central —que la vida contemplativa y la vida activa no son necesariamente incompatibles, que el éxito medido en posesiones puede convivir con un vacío interior profundo— conecta con una tradición filosófica mucho más antigua, de Spinoza a los estoicos, que distinguía entre bienes verdaderos y bienes aparentes. Leído así, como puerta de entrada popular a preguntas que la filosofía lleva siglos formulando, el libro cumple una función legítima: introduce a millones de lectores en la posibilidad de examinar su propia vida, aunque sea con herramientas conceptuales modestas.

Para el lector que llega desde la filosofía o la literatura, "El monje que vendió su Ferrari" funciona mejor como síntoma cultural que como sistema de pensamiento: revela una época obsesionada con la aceleración, el rendimiento y el agotamiento, y el hambre consiguiente de relatos que prometan una salida sencilla. Su valor pedagógico —especialmente en contextos de educación emocional— es innegable; su profundidad filosófica, más discutible. Como toda fábula, simplifica para enseñar. La tarea del lector maduro es tomar la enseñanza sin renunciar a la complejidad de la vida real que la fábula, por necesidad, deja fuera.

Robin S. Sharma nació el 16 de junio de 1964 en Port Hawkesbury, Canadá. Se licenció en derecho en la Universidad de Dalhousie y ejerció durante algunos años como profesor de derecho antes de continuar su carrera como abogado litigante. Dejó esa profesión a los veinticinco años, una experiencia personal que se convirtió en el germen de su obra más célebre.

"El monje que vendió su Ferrari" fue inicialmente autopublicado; su éxito llegó cuando Sharma coincidió por casualidad con Ed Carson, expresidente de HarperCollins, editorial que supo promocionar el libro hasta convertirlo en un fenómeno global. Publicado en el año 2000 por HarperCollins, ha vendido más de tres millones de copias hasta 2013 y ha sido traducido a 51 idiomas diferentes, lo que llevó a Sharma a abandonar la abogacía para dedicarse por completo a la escritura.

Desde entonces se ha consolidado como uno de los conferenciantes y expertos en liderazgo más reconocidos internacionalmente. Ha sido reconocido como el segundo mejor experto en liderazgo por una publicación independiente y dirige Sharma Leadership International Inc., firma de formación en liderazgo cuyos clientes han incluido a GE, Nike, FedEx, NASA, Unilever, Microsoft e IBM. Es autor de una veintena larga de libros, entre ellos "El club de las 5 de la mañana" y "El líder que no tenía cargo", y suele resumir su filosofía en la máxima "lidera sin título", que resume su convicción de que el liderazgo es una actitud personal antes que un cargo jerárquico. Actualmente reside en Toronto.

Resumen: Siete virtudes para una vida simple: releer a Robin Sharma hoy. Del bufete al Himalaya: el viaje interior de un abogado agotado. ¿Autoayuda o filosofía práctica? Una metáfora sobre el tiempo que no recuperamos. El libro que vendió tres millones de copias hablando de vacío interior.

@ygarciacorpas La técnica de la rosa. (El monje que vendió se Ferrari) #crecimientopersonal #crecimientoespiritual #yosvanygarcia #crecimiento ♬ sonido original - YGarciaCorpas

Frontera eficiente de Markowitz: Matemáticas reduciendo riesgo

En 1952, un joven estudiante de doctorado en la Universidad de Chicago publicó un artículo de catorce páginas en el Journal of Finance. No era una obra extensa, pero contenía una idea que transformaría para siempre la manera en que el mundo entiende la inversión, el riesgo y la incertidumbre. Su nombre era Harry Markowitz, y su contribución —la teoría moderna de carteras— le valdría cuatro décadas después el Premio Nobel de Economía. En el corazón de esa teoría late un concepto tan elegante como poderoso: la frontera eficiente.

El problema antiguo, la solución nueva. Desde que existen mercados financieros, los inversores han sabido intuitivamente que no conviene "poner todos los huevos en la misma cesta". Pero la intuición, por acertada que sea, no basta. Markowitz se preguntó algo más preciso y más ambicioso: dada una colección de activos con distintas rentabilidades esperadas y distintos niveles de riesgo, ¿cómo debe construirse una cartera que sea verdaderamente óptima? 

La respuesta exige aceptar primero una definición matemática del riesgo. Markowitz lo identificó con la varianza —o su raíz cuadrada, la desviación típica— de los rendimientos. Un activo cuyo precio oscila mucho tiene alta varianza; uno estable, baja. Esta elección, aparentemente técnica, fue en realidad filosófica: reducir la incertidumbre a un número abordable, operable, optimizable.

La geometría del riesgo y la rentabilidad. Imaginemos representar cada cartera posible como un punto en un plano: el eje horizontal mide el riesgo (desviación típica) y el eje vertical mide la rentabilidad esperada. Si tomamos todas las combinaciones posibles de, digamos, cincuenta activos —variando los porcentajes asignados a cada uno—, obtenemos una nube de puntos que adopta una forma característica: una región acotada hacia la izquierda por una curva. Esa curva es la frontera eficiente.

Los puntos situados sobre ella representan carteras que, para un nivel de riesgo dado, ofrecen la máxima rentabilidad posible; o equivalentemente, para una rentabilidad dada, minimizan el riesgo. Todo punto interior a la región es una cartera "dominada": existe otra combinación que la supera en al menos una dimensión sin empeorar en la otra. Un inversor racional nunca debería situarse dentro de la nube, sino sobre su frontera. 

La magia de la correlación. Lo que hace verdaderamente profunda esta construcción es el papel de la correlación entre activos. Dos acciones pueden tener individualmente alta varianza y, sin embargo, combinadas, producir una cartera de riesgo moderado —si sus movimientos tienden a ser opuestos o simplemente independientes. La diversificación no es un mantra vacío: es una consecuencia matemática. La varianza de una cartera no es la media ponderada de las varianzas individuales; depende crucialmente de las covarianzas entre los activos. Este hallazgo convirtió el álgebra lineal y el cálculo matricial en herramientas indispensables de las finanzas. 

Limitaciones y herencia intelectual. La teoría de Markowitz no está exenta de críticas legítimas. Supone que los inversores se preocupan únicamente por la media y la varianza de los rendimientos —ignorando la asimetría o los eventos extremos—, que las correlaciones son estables en el tiempo, y que existe información suficiente para estimar los parámetros del modelo. La crisis financiera de 2008 recordó con dureza que los mercados pueden romper correlaciones históricas justamente cuando más se necesita que se sostengan.

Sin embargo, la herencia de Markowitz es inconmensurable. Inspiró el modelo de valoración de activos financieros (CAPM), la teoría del arbitraje, los fondos indexados y toda la arquitectura matemática sobre la que descansa la gestión moderna de carteras. Enseñar economía sin la frontera eficiente sería como enseñar física sin la ley de la gravedad: posible en teoría, empobrecedor en la práctica. En definitiva, Markowitz demostró que pensar con rigor matemático sobre la incertidumbre no elimina el riesgo —eso sería una ilusión—, pero sí permite habitarlo con inteligencia. 

Resumen: La geometría que ordena el caos bursátil. Una fórmula cambió para siempre la teoría de la inversión. La diversificación tiene nombre propio: Markowitz y su legado. Cuando el álgebra lineal entró en Wall Street y no se fue. La curva de Markowitz: elegancia matemática al servicio del inversor. Nobel, varianza y carteras: la revolución silenciosa de Markowitz. El modelo que convirtió la incertidumbre financiera en un problema resoluble.

@avillalonv Harry Markowitz revolucionó las finanzas modernas con la teoría de portafolio y el modelo media-varianza. Introdujo la frontera eficiente, la optimización bajo riesgo y el uso formal de correlaciones en inversión. Sin él no existiría la gestión cuantitativa moderna. #HarryMarkowitz #TeoríaDePortafolio #FinanzasCuantitativas #math ♬ Rising - Diamonds And Ice

Perfect Days: Lección de felicidad y sabiduría cotidianas

Necesitamos fórmulas de felicidad, y hay películas que nos descubren que la rutina puede convertirse en una inmejorable filosofía de vida. Wim Wenders lo muestra en Tokio, con esta oda poética a lo cotidiano. Hirayama, es un humilde limpiador de baños que nos enseña a vivir, con la belleza del instante y el arte de existir. Un regreso triunfal de Wenders a la gran ficción.

Hay películas que no cuentan una historia, sino que son una manera de mirar. Perfect Days (2023), de Wim Wenders, pertenece a esa categoría infrecuente y valiosa: la del cine que no aspira a sorprender sino a desacelerar, a devolver al espectador la capacidad de reparar en lo que siempre estuvo ahí. 

El director: Wenders y su amor por Japón. Wim Wenders nació en 1945 en Düsseldorf y formó parte de aquella corriente cinematográfica conocida como el Nuevo Cine Alemán. En 1984 ganó una incontestable Palma de Oro con la mítica París, Texas y continuó cosechando éxitos con El cielo sobre Berlín, donde reivindicó su estilo de explorar la pérdida y la incomunicación desde un punto de vista elegíaco. 

Su relación con Japón es antigua y profunda: en 1985 había rodado Tokio-Ga, sobre la vida del director Yasujiro Ozu, el cineasta con el que, según sus propias palabras, más había aprendido en su vida. Perfect Days es, en cierta medida, el reencuentro definitivo con esa influencia: Wenders hizo esta película en Tokio, íntegramente hablada en japonés y con actores de ese mismo origen, afirmando que cada vez que regresa a Japón tiene la inequívoca sensación de estar en su casa.

El origen de la película es tan peculiar como su resultado. Wenders recibió una invitación a Tokio de Koji Yanai, hijo del magnate fundador del gigante textil Uniqlo, y lo que en principio debía ser un cortometraje o serie sobre los modernos retretes públicos de la ciudad —diseñados por arquitectos de renombre como Tadao Ando o Kengo Kuma— se transformó en algo mucho mayor. El director encontró en ese encargo humilde la semilla de una historia universal.

El guion: dos miradas, una voz. El guion es obra conjunta de Wenders y el productor japonés Takuma Takasaki. Takasaki, conocedor profundo de la sociedad tokiota y de sus códigos de silencio y cortesía, aportó la textura local y la verosimilitud del personaje; Wenders, la mirada contemplativa del viajero que ve lo que los nativos ya no saben ver. El resultado es una escritura que prescinde casi por completo del diálogo explícito: los personajes comunican con gestos, miradas y rutinas. El guion no explica; sugiere.

El reparto: Yakusho y la actuación del siglo. El protagonista absoluto es Kôji Yakusho, nacido en 1956 en la prefectura de Nagasaki, uno de los actores más populares y prolíficos del cine japonés contemporáneo, que comenzó su vida profesional como empleado de ayuntamiento antes de lanzarse a su carrera artística. Su Hirayama —limpiador de baños públicos, lector empedernido, coleccionista de casetes, fotógrafo de árboles— es una proeza de contención: Wenders le había dado muy poca información sobre el personaje, lo que obligó al actor a construirlo desde adentro, con una economía expresiva que recuerda a los grandes del cine silente. Su actuación le valió el premio al Mejor Actor en el Festival de Cannes 2023. Le acompañan con solidez Tokio Emoto como Takashi, el joven colega irresponsable que funciona como contrapunto cómico y existencial; Arisa Nakano como Niko, la sobrina que irrumpe en la vida de Hirayama abriendo grietas en su pasado; y Yumi Asou como Keiko, la hermana con quien el protagonista mantiene una relación envuelta en silencios que lo dicen todo.  

La historia: el esplendor de lo ordinario. Hirayama lleva una existencia meticulosamente organizada: disfruta de pequeños placeres como escuchar música en casete, leer literatura clásica en librería de segunda mano, fotografiar árboles y observar el mundo con atención casi poética. No hay trama en el sentido convencional. La película sigue sus días con una fidelidad casi documental: el despertar al alba, la furgoneta recorriendo Tokio al son de Lou Reed o Patti Smith, la limpieza minuciosa de los retretes de diseño, el almuerzo bajo los árboles, la lectura nocturna. A medida que la historia avanza, encuentros inesperados van revelando capas ocultas de su historia personal, marcada por decisiones dolorosas y una renuncia voluntaria a una vida más convencional. Pero Wenders no resuelve ni juzga: deja que cada espectador llene el vacío con sus propias preguntas.

Un concepto japonés atraviesa silenciosamente toda la película: el komorebi, esa palabra sin equivalente en español que designa la luz que se filtra a través de los árboles, esos pequeños y bonitos espectáculos que damos por sentados o que ni siquiera vemos. Hirayama los fotografía con devoción casi religiosa. Wenders los filma con la misma.

Un film necesario. La fotografía de Franz Lustig, habitual colaborador de Wenders, emplea un formato de pantalla reducido que funciona adecuadamente, creando una intimidad que amplía paradójicamente el mundo interior del personaje. La banda sonora —Lou Reed, Patti Smith, Van Morrison, Nina Simone— no es decorado sino argumento: cada canción dialoga con el estado emocional de Hirayama con una precisión que la dramaturgia convencional jamás alcanzaría.

Que Perfect Days haya sido nominada como la primera película de un director no japonés para representar a Japón en los Óscar dice mucho sobre el talento de Wenders y demuestra su profundo respeto por la cultura nipona. Pero más allá de premios y reconocimientos, esta película importa porque hace algo que el cine hace muy pocas veces bien: convencer al espectador, durante dos horas, de que una vida sin ambición desmedida puede ser verdaderamente plena. Salir de la sala y mirar los árboles de otra manera es, quizá, la mejor crítica que cabe escribir sobre ella.

¿Qué es la vida, en una palabra?

Una selección de mentes brillantes, ordenados por año de nacimiento, nos definen la existencia: Un mosaico que va del arte al dolor, del poder a la absoluta libertad. Hay otras muchas reflexiones, sin autoría contrastada: La vida es el tiempo. La vida es la pregunta. La vida es el aprendizaje. La vida es la sorpresa. La vida es la posibilidad. La vida es el relato que dejamos. La vida es el arte de comenzar de nuevo. La vida es aquello que ocurre mientras hacemos planes ¿The Beatles?). La vida es un préstamo del universo. Personalmente, me quedo con la propuesta de Gandhi,... 

Edad Antigua

Lao Tse (c. 604 a.C.) – El vacío. Buda (c. 563 a.C.) – El desapego. Confucio (551 a.C.) – La virtud. Heráclito (c. 540 a.C.) – El cambio. Sócrates (c. 470 a.C.) – Una prueba. Platón (c. 427 a.C.) – La sombra. Aristóteles (384 a.C.) – La mente. Epicuro (341 a.C.) – El placer. Agustín de Hipona (354 d.C.) – La inquietud.

Edad Media y Renacimiento

Rumi (1207) – El retorno. Leonardo da Vinci (1452) – La observación. Bernat Etxepare (c. 1480) – La palabra. Teresa de Ávila (1515) – El castillo. Miguel de Cervantes (1547) – La ilusión. Pedro Agerre "Axular" (1556) – La demora. William Shakespeare (1564) – El teatro.

Edad Moderna (Siglos XVII y XVIII)

René Descartes (1596) – La duda. Baruch Spinoza (1632) – Dios mismo. Isaac Newton (1643) – La ley. David Hume (1711) – La costumbre. Immanuel Kant (1724) – El deber. Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770) – El espíritu. Arthur Schopenhauer (1788) – El sufrimiento.

Siglo XIX

Charles Darwin (1809) – La adaptación. Søren Kierkegaard (1813) – La angustia. Karl Marx (1818) – La idea. Fiódor Dostoievski (1821) – El infierno. Lev Tolstói (1828) – La búsqueda. Friedrich Nietzsche (1844) – El poder. Sigmund Freud (1856) – La muerte. Nikola Tesla (1856, julio) – La frecuencia. Henri Bergson (1859) – La duración. Resurrección María de Azkue (1864) – La raíz. Miguel de Unamuno (1864) – La agonía. Evaristo Bustinza "Kirikiño" (1866) – La ironía. Marie Curie (1867) – El experimento. Mahatma Gandhi (1869) – El amor. Bertrand Russell (1872) – La competencia. Pío Baroja (1872) – La aventura. Carl Gustav Jung (1875) – El símbolo. Antonio Machado (1875) – El camino. Albert Einstein (1879) – El conocimiento. Aurelio Arteta (1879) – La luz. Pierre Teilhard de Chardin (1881) – La convergencia. Pablo Picasso (1881) – El arte. José Ortega y Gasset (1883) – La circunstancia. Franz Kafka (1883) – Solo el comienzo. Fernando Pessoa (1888) – Los otros. Ludwig Wittgenstein (1889) – El límite. Xabier Lizardi (1896) – La flor efímera. Federico García Lorca (1898) – La sangre. Xavier Zubiri (1898,) – La realidad. Jorge Luis Borges (1899) – El laberinto.

Siglo XX y Contemporáneos

Pablo Neruda (1904) – El deseo. Jean-Paul Sartre (1905) – La elección. Esteban Urkiaga "Lauaxeta" (1905) – El fuego. Hannah Arendt (1906) – La acción. Simone de Beauvoir (1908) – La conquista. Jorge Oteiza (1908) – La forma vacía. Simone Weil (1909) – La espera. Albert Camus (1913) – La rebelión. Koldo Mitxelena (1915) – La memoria. Juan Rulfo (1917) – Los muertos. Eduardo Chillida (1924) – El espacio. Gabriel García Márquez (1927) – La soledad. Txillardegi (1929) – La lengua. Gabriel Aresti (1933) – La resistencia. Stephen Hawking (1942) – La esperanza. Ramon Saizarbitoria (1944) – La herida. Bernardo Atxaga (1951) – El extranjero. Steve Jobs (1955) – La fe.

Agnotología: Filosofía y educación ante la ignorancia fabricada

Hoy nos detendremos en la Agnotología, la ciencia que estudia cómo se fabrica la ignorancia. Porque no toda ignorancia es accidental: Muchas veces el desconocimiento es tiempos de posverdad. Existe un arte oscuro de mantener al público desinformado, fabricando dudas para que sepamos mucho menos de lo que podríamos conocer. Con casos que van del tabaco al cambio climático, veremos cómo se industrializa la ignorancia manufacturada y quiénes son sus cómplices en la era digital. Porque esa confusión provocada es un negocio enormemente rentable.

La ignorancia no siempre es inocente. Existe una creencia implícita, heredada del proyecto ilustrado, según la cual la ignorancia es simplemente la ausencia de conocimiento: un vacío que la educación, la ciencia y la información están llamadas a llenar. Bajo esta premisa, la difusión del saber equivale automáticamente a la reducción del desconocimiento. Sin embargo, hay una disciplina relativamente joven que ha venido a perturbar este optimismo epistemológico con una pregunta incómoda: ¿y si la ignorancia, en ciertos casos, no es un punto de partida sino un punto de llegada deliberadamente construido?

Esa disciplina se llama agnotología, término acuñado por el historiador de la ciencia Robert N. Proctor en la Universidad de Stanford, quien la definió como el estudio cultural de la ignorancia y la duda, con especial atención a su producción activa. La palabra procede del griego agnosis (desconocimiento) y logos (estudio), y designa un campo que, pese a su nombre técnico, describe fenómenos perfectamente reconocibles en nuestra vida cotidiana.

El caso fundacional: la industria del tabaco. El punto de origen de la agnotología no es filosófico sino escandalosamente mundano. Proctor, junto a la lingüista Londa Schiebinger, comenzó investigando cómo las tabacaleras norteamericanas respondieron durante décadas a la creciente evidencia científica sobre el vínculo entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón. La respuesta no fue negar frontalmente los datos, sino algo mucho más sofisticado: financiar investigaciones alternativas, promover «expertos» con opiniones discordantes, sembrar dudas sobre la metodología de los estudios adversos y sostener públicamente que «la ciencia aún no ha dicho su última palabra». El objetivo no era demostrar que el tabaco fuera inocuo, sino mantener el estado de incertidumbre el tiempo suficiente para preservar el mercado.

Esta estrategia —que los propios ejecutivos de la industria denominaron internamente manufacturing doubt, fabricación de dudas— se convirtió en el modelo canónico de lo que Proctor llamaría ignorancia manufacturada: no la ignorancia que resulta de no haber investigado aún, sino la que se produce activamente para bloquear, demorar o desacreditar el conocimiento existente.

Tres formas de ignorancia. La agnotología distingue, al menos, tres grandes categorías. La primera es la ignorancia nativa, aquella que simplemente aún no ha sido explorada por la ciencia. La segunda es la ignorancia perdida, conocimientos que existieron y se extraviaron por causas históricas, culturales o políticas. La tercera, y más inquietante, es la ignorancia estratégica, producida deliberadamente por actores con intereses en que determinadas verdades no circulen: corporaciones, gobiernos, lobbies, o incluso algoritmos de plataformas digitales optimizados para el engagement, que con frecuencia privilegian el contenido controvertido sobre el riguroso.

Un problema político y educativo. Lo que hace de la agnotología una herramienta conceptual de primer orden para el siglo XXI es su capacidad de desplazar la pregunta. En lugar de preguntar únicamente ¿qué sabemos?, nos invita a interrogar ¿quién se beneficia de que no sepamos? Esta inflexión epistemológica tiene consecuencias directas para la filosofía política: si la ignorancia puede ser un instrumento de dominación, entonces combatirla no es solo una tarea pedagógica sino una exigencia democrática.

El negacionismo climático, las campañas de desinformación sobre vacunas, o la confusión sistemáticamente alimentada en torno a ciertos debates electorales, responden todos a la misma gramática que Proctor detectó en los archivos de Philip Morris: no se trata de convencer de una mentira, sino de impedir que la verdad consolide su autoridad.

Enseñar a dudar bien. La respuesta educativa no puede ser ingenua. Frente a la duda manufacturada, la tentación es reivindicar sin matices la autoridad de los expertos. Pero la agnotología también nos advierte de que el escepticismo crítico —la duda legítima, socrática— es precisamente el antídoto que los fabricantes de ignorancia han aprendido a imitar y corromper. La tarea es, entonces, más exigente: enseñar a distinguir entre la duda que abre el conocimiento y la duda que lo clausura; entre el pensamiento crítico y su simulacro interesado.

En un ecosistema informativo saturado, saber lo que no sabemos, y por qué no lo sabemos, puede ser tan decisivo como el conocimiento mismo.