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Vida y obra de Anne Carson, Premio Nobel de Literatura

Vida y obra de Anne Carson, Premio Nobel de Literatura

Teníamos pendiente leer la obra de Anne Carson, una filóloga que convirtió las palabras en un laboratorio, una escritora sin fronteras, que recoge de los clásicos para iluminar el presente y que ha merecido el Premio Nobel de Literatura 2026. Su arte es convertir el conocimiento en poesía con una literatura que rompe los géneros, reivindica la libertad de la poesía y nos anima a aprender a mirar de otro modo. La literatura sigue viva cuando el pasado deja de ser una respuesta y vuelve a convertirse en una pregunta.

A los quince años, en una librería de Ontario, una adolescente aburrida abrió una edición bilingüe de Safo. A un lado, un griego impenetrable y hermoso; al otro, su traducción. Ese hueco entre dos páginas, el lugar donde un texto se rinde o se reinventa, es el territorio en el que Anne Carson ha vivido desde entonces. El 8 de octubre de 2026, la Academia Sueca le concedió el Nobel de Literatura por una obra audaz que dialoga con sentido del juego con la tradición clásica y ha creado formas nuevas para la literatura contemporánea. 

Una alumna de latín que quiso aprender griego. Anne Carson nació en Toronto en 1950, hija de un empleado de banca que cambiaba de destino por Ontario. Fue una profesora de latín, Alice Cowan, quien se ofreció a enseñarle griego a la hora del almuerzo, y la propia Carson dice que le debe su carrera. Abandonó dos veces la Universidad de Toronto, pasó un tiempo en las artes gráficas y regresó para licenciarse en 1974 y doctorarse en 1981 con una tesis sobre Safo. Ha enseñado en McGill y en Míchigan. Una trayectoria de abandonos y regresos, como sus libros. 

Los géneros, rotos como papiros. Su primer libro, Eros. Poética del deseo (1986), parte de una idea del griego: el deseo es siempre un triángulo, y eros significa carencia. Con Autobiografía de rojo (1998) contó de nuevo el mito de Gerión en una novela en verso. La belleza del marido (2001), «un ensayo ficticio en 29 tangos», le valió el Premio T. S. Eliot. En Nox (2010) convirtió en libro el duelo por su hermano, de quien llevaba años sin noticias. En Norma Jeane Baker of Troy hizo coincidir a Marilyn Monroe con Helena de Troya. Y tradujo a Safo, Sófocles y Eurípides: su versión de Antígona subió a escena en 2015 con Juliette Binoche. Es, según Reuters, la decimonovena mujer que recibe el Nobel de Literatura. 

Conocer es completar lo que falta. Hay un recorrido histórico en esta obra, y es el de la búsqueda del conocimiento. Safo nos llegó en jirones: copistas, bibliotecarios y papirólogos han tratado durante siglos de saber algo a partir de lo que falta. Carson convierte esa cadena en método. Ella misma señala la etimología como punto de partida de toda su obra, y el comité del Nobel habla de la obsesión del filólogo por las palabras unida al deseo del poeta de encontrar sentidos nuevos. Conocer no sería poseer, sino mirar el hueco con paciencia. Lo resumió así: «Si supiera qué es la poesía no tendría necesidad de escribir». 

El universo intelectual de Carson desdibuja con elegancia las fronteras entre ensayo filosófico, crítica literaria y creación poética. Frente a la inmediatez efímera que caracteriza al ecosistema digital contemporáneo, su producción reivindica la lentitud de la lectura, la precisión terminológica y la profundidad del análisis intergeneracional. Su magisterio recuerda que educar y aprender son actos de profunda humildad epistémica: reconocer lo que ignoramos para poder nombrarlo con rigor. En un tiempo fascinado por la automatización de la respuesta rápida, Carson contrapone la belleza del dilema, la investigación tenaz y el valor transformador de las Humanidades.

Una propuesta a diez años. Leer a Carson pide lentitud, y la lentitud se entrena. Durante los dos primeros años, lea un libro suyo por año (Eros. Poética del deseo, Autobiografía de rojo, La belleza del marido, todos en castellano) y anote cada semana una palabra con su etimología. Meta: 100 palabras y tres reseñas breves; se evalúa releyendo el cuaderno al final. Hacia el quinto año, organice en una biblioteca o aula un taller intergeneracional de traducción de fragmentos de Safo de Mitilene, con 10 a 12 participantes; se evalúa por asistencia (al menos el 75 %) y por un cuadernillo final. Al décimo año, un círculo de lectura estable, con encuesta anual de satisfacción y un registro de textos propios publicados.

Réplica de la Nao Victoria en Portugalete

Conferencia de Tomás Mazón, rutaelcano.com, a quien veremos este miércoles.
Recomendamos su libro: Elcano, viaje a la historia. Edición V Centenario: 98       

Apurando fechas, finalmente ayer domingo visitamos la Nao Victoria en Portugalete. Era el último día para subir a bordo. Hemos sentido un vértigo especial al ser verdaderamente conscientes de lo que supuso navegar hacia lo desconocido hace más de quinientos (500) años? Hace pocos días nos acercábamos a la terminal de cruceros Getxo 1 para admirar el imponente buque escuela ARC Gloria de la Armada de Colombia (post). Ayer, domingo 18 de octubre de 2026, la historia naval nos convoca de nuevo, esta vez en la otra margen de nuestra Ría. La legendaria réplica de la Nao Victoria apuraba sus últimas horas atracada en el Puerto de la Canilla de Portugalete.

Esta embarcación de doscientas (200) toneladas, una fiel recreación construida por maestros carpinteros de ribera en madera de pino e iroko, evoca la mayor hazaña marítima de la historia: la primera circunnavegación del globo terráqueo. Tras zarpar en 1519 al mando de Fernando de Magallanes, solo dieciocho (18) hombres regresaron exhaustos en 1522 bajo la capitanía del guipuzcoano Juan Sebastián Elcano. Esta réplica, además, atesora su propia gloria: entre 2004 y 2006 logró dar la vuelta al mundo, siendo el primer barco histórico en conseguirlo en tiempos modernos. 

Hemos observado a lo largo de estos últimos días cómo el muelle portugalujo se llenaba de familias, curiosos y estudiantes. Según nuestra experiencia, recorrer sus cubiertas y descender a la bodega es el mejor modo de comprender las extremas condiciones de vida de aquellos marineros. Las entradas estaban disponibles en taquilla o en la web oficial (8 € adultos, 4 € niños y acceso gratuito para menores de 5 años).

¿Cuánto cuesta medir el mundo? A quienes zarparon de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519 les costó tres años, cuatro de los cinco barcos y a la inmensa mayoría de la tripulación: salieron alrededor de 240 hombres y regresaron dieciocho (18), el 6 de septiembre de 1522, a bordo de la Victoria, bajo el mando de un marino de Getaria, Juan Sebastián Elcano. Ayer, domingo 18 de octubre de 2026, pudimos pisar la cubierta de una réplica de aquel navío sin salir de la ría del Nervión.

Los datos, según la Fundación Nao Victoria, son estos. La nao atracó el 6 de octubre en el Puerto de la Canilla de Portugalete y abrió sus cubiertas al público del 8 al 18, con horario ininterrumpido de 10:00 a 20:00. Ayer era, por tanto, la despedida. Es además el primer puerto español al que regresa tras una gira europea de ocho meses por más de veinte puertos de España, Francia, Alemania, Países Bajos y Reino Unido. 

Conviene recordar qué es y qué no es esta nave. No es el barco de 1522, que se perdió hace siglos, sino una réplica construida con rigor histórico y convertida en museo flotante (junto al Museo Rialia -posts). Ya ha dado su propia vuelta al mundo, entre 2004 y 2006, y ha recorrido cientos de puertos de Estados Unidos y Europa. Esa es quizá su mejor lección: una nao de madera no se contempla, se navega. La visita permite recorrer las cubiertas, bajar a la bodega y conocer la vida de la joven tripulación que hoy sigue embarcándose. 

Hay algo muy nuestro en esta escala. Elcano era vasco de Getaria, y la Primera Vuelta al Mundo (1519-1522) se parece poco a una gesta de héroes de estatua y mucho a una historia de hambre, motines, escorbuto y obstinación. Basta asomarse a la ría para entender la desproporción entre aquel casco de madera y el océano. Quien quiera ir con niños, que vaya: se les queda grabado para siempre que el planeta, un día, fue desconocido.

Recomendamos, para quien se quede sin tiempo hoy, leer la crónica de Antonio Pigafetta, testigo y cronista del viaje, que cuenta la travesía con una frescura que sorprende. Eskerrik asko a Portugalete por la acogida y a la Fundación por traer la historia hasta casa.

Y un pequeño reto con fecha. En dos años, visitar el Espacio Exploraterra de Sanlúcar, donde empezó todo. En cinco, haber leído a Pigafetta y una biografía de Elcano y habérselas contado a alguien joven. En diez, haber dedicado algún tiempo al voluntariado cultural o marítimo. Para evaluarlo, una libreta con un apunte al año: qué hemos leído, visitado y compartido.

Réplica de la Nao Victoria en Portugalete

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Ética del Cuidado (EdC): Viaje histórico hacia la empatía

Un encuentro casual (foto) con la gran educadora y siempre inspiradora que es nuestra amiga y casi vecina Neli Zaitegi (véase en otros posts), nada menos que ayer en su 80º cumpleaños, nos obliga a tratar este tema pendiente, que ya habíamos anunciado: Historia, vigencia y urgencia de la Ética del Cuidado (EdC). 

A las siete de la mañana, en miles de cocinas, alguien disuelve una pastilla en una cucharada de yogur, comprueba que la persona a la que cuida ha desayunado y llama al trabajo para avisar de que llegará tarde. Nadie ha escrito un tratado sobre esa escena. Y sin embargo en ella se decide más moral cotidiana que en muchos de los dilemas con tranvías y desconocidos que llenan los manuales de filosofía.

Durante siglos, la ética occidental se ocupó de preguntar qué es justo, qué es lícito, qué obliga a todos por igual. Son preguntas necesarias. Pero dejaron en la penumbra otra, más doméstica, más de intrahistoria y más persistente: cómo responder a alguien concreto que depende de mí, y cómo hacerlo bien. Esa segunda pregunta es el origen de la llamada ética del cuidado, una corriente que nació en un laboratorio de psicología, creció en la filosofía feminista y hoy discute con la economía, la política social y la educación. 

Dos niños de once años y un farmacéutico. La historia empieza en Harvard. Carol Gilligan, nacida en Nueva York en 1936, trabajaba como colaboradora de Lawrence Kohlberg, el psicólogo que había construido la teoría del desarrollo moral más influyente de su tiempo. Kohlberg proponía una escalera de seis estadios que iba de la obediencia por miedo al castigo hasta los principios universales de justicia, y la medía con dilemas hipotéticos. El más célebre es el Dilema de Heinz, un hombre cuya esposa va a morir si no consigue un medicamento que el farmacéutico vende a un precio imposible. ¿Debe Heinz robarlo?

Gilligan observó algo que los resultados de Kohlberg resumían de forma incómoda: las niñas solían quedarse en estadios inferiores a los de los niños, y por extensión las mujeres adultas parecían moralmente menos maduras. En su libro de 1982, In a Different Voice, contrapuso a dos niños de once años, a los que llamó Jake y Amy. Jake resolvía el dilema como un problema de lógica: la vida vale más que la propiedad, luego Heinz debe robar. Amy dudaba. Se preguntaba si no habría otro camino, si Heinz podría hablar con el farmacéutico, qué sería de su esposa si él acababa en la cárcel. Para el esquema de Kohlberg, Amy razonaba peor. Para Gilligan, Amy razonaba otra cosa: no buscaba la regla aplicable, sino la respuesta que mantuviera intacta la relación entre las personas implicadas.

La tesis de fondo era doble. Primero, que la escala de Kohlberg, construida con muestras casi exclusivamente masculinas, tomaba una forma de pensar moral por la única posible. Segundo, que junto a la ética de la justicia, centrada en derechos, reglas e imparcialidad, existe una ética del cuidado, centrada en la atención, la responsabilidad hacia vínculos concretos y la respuesta a la necesidad del otro. Gilligan llegó a esta idea, además, escuchando a mujeres reales que debían decidir si interrumpían un embarazo: en sus relatos, la decisión moral no se parecía a una deducción, sino a una negociación entre responsabilidades que no cabían en un silogismo. 

De la psicología a la filosofía. Una buena intuición necesita una teoría que la sostenga, y esa tarea la emprendieron otras pensadoras. Nel Noddings publicó en 1984 Caring, donde describió la relación de cuidado como un encuentro entre quien cuida y quien es cuidado, en el que la atención receptiva a las necesidades del otro vale más que cualquier principio abstracto. Sara Ruddick, en Maternal Thinking (1989), mostró que el trabajo de criar a un hijo, con su exigencia de proteger, favorecer el crecimiento y educar para la vida social, genera un modo de pensar con sus propias virtudes y sus propios dilemas. No se trataba de sentimentalismo: se trataba de reconocer que ciertas prácticas producen conocimiento moral.

El paso decisivo hacia la política llegó con Joan Tronto. En Moral Boundaries (1993) sostuvo que el cuidado no es una cualidad femenina del carácter, sino una práctica humana que sostiene el mundo, y la descompuso en fases: advertir que alguien necesita algo, asumir la responsabilidad de atenderlo, realizar el trabajo concreto y comprobar cómo responde quien lo recibe. A cada fase le corresponde una virtud: atención, responsabilidad, competencia y capacidad de respuesta. La pregunta de Tronto era incómoda para toda teoría moral: si el cuidado es tan central, ¿por qué ha ocupado un lugar tan marginal en el pensamiento moral y político? Su respuesta es que se asoció a lo privado, a lo femenino y a lo poco prestigioso, y que esa asociación lo vació de poder. En Caring Democracy (2013) añadió una quinta cualidad, el cuidado con otros: la capacidad de una sociedad de repartir con justicia las responsabilidades de cuidado entre todos sus miembros.

Virginia Held, en The Ethics of Care (2006), llevó el argumento aún más lejos y propuso que el cuidado puede servir de base para entender la sociedad mejor que el contrato entre individuos libres e iguales. Pensemos en una criatura recién nacida: nadie firmó nada con quien la sostiene, y sin embargo no hay relación más moral. Eva Feder Kittay, en Love's Labor (1999), añadió una observación que desmonta el mito liberal del individuo autosuficiente: todos hemos sido dependientes, casi todos volveremos a serlo, y quien cuida a un dependiente queda a su vez en una situación de vulnerabilidad que la sociedad debe reconocer y proteger. La independencia, concluye, no es la condición natural del ser humano, sino una fase de la vida que alguien sostuvo antes y sostendrá después.

Una cuestión de horas, no solo de ideas. Podría parecer que todo esto vive en el reino de las ideas, pero tiene una traducción contable. Según el informe de la Organización Internacional del Trabajo de 2018 sobre el trabajo y el empleo en el sector del cuidado, cada día se dedican en el mundo alrededor de 16.400 millones de horas a cuidados no remunerados, el equivalente a unos 2.000 millones de personas trabajando ocho horas diarias sin cobrar. Las mujeres asumen en torno al 76 % de ese tiempo, es decir, más de tres veces lo que aportan los hombres, y la OIT calculó que 606 millones de mujeres en edad de trabajar declaraban no poder emplearse por tener a su cargo a niños o a personas mayores. Son datos que conviene leer despacio: una parte considerable de la riqueza real de las sociedades se produce fuera del mercado y fuera de las estadísticas del PIB, y recae de forma desigual.

En España conocemos bien esta tensión. La Ley 39/2006, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia, quiso convertir el cuidado en un derecho subjetivo, y su aplicación posterior, con listas de espera y desigualdades territoriales, muestra lo difícil que resulta llevar una idea moral al terreno de la gestión pública. Economistas feministas como Amaia Pérez Orozco han propuesto, desde esa constatación, cambiar el centro de la mirada económica y preguntar no cuánto produce una sociedad, sino cómo sostiene la vida de quienes la forman. Y en la filosofía moral española, la razón cordial de Adela Cortina o los trabajos de Victoria Camps sobre las virtudes públicas dialogan, cada una a su manera, con la idea de que una ética sin empatía y sin vínculos es una ética mutilada. 

Las objeciones, que las hay. Una buena corriente de pensamiento se reconoce por las críticas serias que recibe. La ética del cuidado ha recibido varias. La primera es metodológica: los estudios de Gilligan se apoyaron en muestras reducidas, y trabajos posteriores han discutido que existan diferencias de género sistemáticas en el razonamiento moral, o han señalado que desaparecen en buena medida cuando se controla el nivel educativo. Gilligan, de hecho, ha insistido en que la voz del cuidado no pertenece por naturaleza a las mujeres, y que en trabajos más recientes la ha presentado como una ética humana que el patriarcado tiende a reprimir en todos.

La segunda objeción es política, y de dentro del feminismo: asociar el cuidado a lo femenino puede reforzar justamente los estereotipos que se querían combatir, y exaltar una virtud que en la práctica es, para muchas mujeres, una carga impuesta. Quien enaltece el sacrificio sin tocar el reparto del trabajo corre el riesgo de romantizar la falta de poder. La tercera es filosófica: si el cuidado se limita al círculo de quienes están cerca, como pareció defender Noddings, ¿qué ocurre con los lejanos, con los niños que mueren de hambre a miles de kilómetros? Tronto, Held y otras pensadoras han respondido ampliando el alcance del cuidado a las instituciones y a las relaciones globales. Y la cuarta apunta al paternalismo: quien cuida puede confundir sus necesidades con las de la persona cuidada, y en ese caso el cuidado se convierte en control. Por eso las teóricas insisten en que cuidar incluye escuchar la voluntad de quien recibe el cuidado, no solo interpretarla.

Ninguna de estas objeciones destruye la propuesta; la obligan a madurar. Y es probable que la respuesta más sensata no sea elegir entre justicia y cuidado, sino aceptar que se necesitan mutuamente. Un cuidado sin justicia se vuelve arbitrario, doméstico y desigual; una justicia sin cuidado se vuelve fría, incapaz de percibir a la persona que hay detrás del expediente. 

Lo que la escuela podría aprender. Si la ética del cuidado tiene algo que decir a la educación, es que el aprendizaje moral no se transmite solo mediante dilemas y normas, sino mediante la experiencia de ser cuidado y de cuidar. Los colegios suelen enseñar derechos, deberes y convivencia, pero rara vez tratan la atención, la responsabilidad concreta o la competencia para cuidar como saberes dignos de evaluación. Un aula donde alguien aprende a acompañar a un compañero que se ha quedado atrás, o donde los mayores y los pequeños comparten tareas, enseña más sobre ética que una unidad didáctica sobre valores. Y una sociedad envejecida como la nuestra necesitará, cada vez más, ciudadanos que sepan hacer esto sin que les hayan obligado a aprenderlo a golpes de necesidad.

Una conclusión, y un compromiso. Volvamos a la cocina de las siete de la mañana. Lo que allí ocurre no es una anécdota privada: es la infraestructura invisible sobre la que descansan las escuelas, los hospitales, las empresas y los parlamentos. Una sociedad que no sabe valorarla ni repartirla con justicia está construyendo sobre arena, por brillantes que sean sus principios. La ética del cuidado no pide que dejemos de pensar en reglas y derechos, sino que añadamos a la pregunta de qué es justo esta otra: ¿quién está cuidando de quién, a qué coste y con qué reconocimiento?

Pero una idea que no se traduce en hábitos se queda en elegancia. Por eso propongo un compromiso a diez años, con tres pistas que pueden recorrerse a la vez. En lectura, el objetivo de los dos primeros años es leer con calma tres obras fundamentales, por ejemplo a Gilligan, a Tronto y a Kittay, y escribir una reseña breve de cada una; se evalúa con un cuaderno propio y con una conversación sobre lo leído con alguien de otra generación. En escritura y activismo, entre el tercer y el quinto año, el objetivo es participar en una iniciativa local, desde una asociación vecinal hasta una mesa de cuidados municipal, para pedir un servicio concreto, como centros de día, apoyo a cuidadores o permisos de cuidado igualitarios, y medir el avance con un indicador sencillo, como el número de propuestas presentadas y el de respuestas obtenidas. En voluntariado, desde el primer año, el objetivo es dedicar un par de horas semanales al acompañamiento de personas mayores solas o de niños con dificultades de aprendizaje, y evaluarlo cada año con un balance de horas, de vínculos sostenidos y de lo aprendido. Al final de la década, la prueba más fiable no será cuántos libros hemos leído, sino cuántas personas se sienten un poco menos solas por nuestra culpa.

@deaflourishment Ética del cuidado 🤕🌻 #Filosofia #Filotok #ética #cuidado #vida #DeaFlourishment🌼 ♬ sonido original - DeaFlourishment 🌼

Vida del muro de Berlín según el principio de mediocridad

Vida del muro de Berlín según el principio de mediocridad

En el verano de 1969, un joven recién licenciado en matemáticas Harvard recorría Europa con poco dinero y mucha curiosidad. Se llamaba Richard Gott, tenía 22 años, luego sería astrofísico y se detuvo ante el Muro de Berlín. Como cualquier viajero de la Guerra Fría, se preguntó cuánto tiempo más seguiría allí. Como casi nadie, llegó a una respuesta con un razonamiento que cabe en una servilleta. 

Un turista sin información privilegiada. Gott sabía lo mismo que cualquiera: el muro tenía ocho años. Ni diplomacia secreta ni olfato político. De esa ignorancia sacó su argumento. Si nada hace especial el momento de su visita, lo razonable es suponer que llegó en un instante cualquiera de la vida del muro. Con un 50% de probabilidad estaba en los dos cuartos centrales de esa vida, ni en el primero ni en el último. Si se hallaba al comienzo de ese tramo, quedaba por delante el triple de lo ya vivido; si al final, un tercio. Con ocho años a cuestas, el muro duraría entre dos años y ocho meses y veinticuatro años más. Cayó en noviembre de 1989, 20 años después de su visita. 

De Copérnico al calendario. El nombre del método, principio de mediocridad, es una declaración de intenciones. Copérnico nos retiró del centro del universo y la astronomía posterior no ha hecho sino confirmar que ocupamos un lugar corriente. Gott propone aplicar esa misma humildad al tiempo: tampoco habitamos un instante privilegiado. Es el principio de mediocridad, que conviene entender en sentido estadístico y no como reproche: casi todos los observadores viven en momentos corrientes, sencillamente porque los momentos corrientes son la mayoría.

En 1993 lo formalizó en Nature. Con un 95 % de confianza, lo que observamos hoy durará entre 1/39 y 39 veces su edad actual. El día de la publicación consultó The New Yorker y calculó el intervalo de cierre de las 44 obras que estaban en cartel en Broadway y fuera de él. Según el relato de Timothy Ferris en 1999, 36 habían cerrado ya, todas dentro de su intervalo. Aplicado a nuestra especie, con unos 200.000 años de existencia, el cálculo arroja entre unos 5.100 y 7,8 millones de años más. Una cifra que consuela y que, vista de cerca, también inquieta.

Un argumento, no un oráculo. Conviene no confundir el método con una bola de cristal. Los intervalos son anchos, y que el muro cayera dentro del suyo no prueba mucho: con márgenes tan generosos, acertar es relativamente fácil. Físicos y filósofos siguen discutiendo cuándo es válido, y una objeción frecuente es que sirve como punto de partida para quien no sabe nada, no como veredicto para quien sí sabe. Si conocemos algo más sobre el objeto, ese conocimiento pesa más que la aritmética. Brandon Carter formuló una variante del llamado argumento del fin del mundo en ese mismo 1993 (posts previos); Gott llegó a la suya de forma independiente.

Lo valioso, a mi juicio, es la lección de método. La ignorancia no obliga al silencio: una suposición mínima produce un intervalo que puede ser refutado. Unamuno hablaba del hambre de inmortalidad como núcleo del sentimiento trágico de la vida; Gott propone el reverso, una aritmética de la finitud que no pide consuelo sino precisión. 

Una propuesta para los próximos años. Lectura. En los próximos seis meses, lee el artículo original( de Gott en Nature y la entrevista de Ferris. Objetivo: explicar el método a otra persona sin fórmulas. Escritura y práctica. Cada enero, durante cinco años, anota diez pronósticos de duración (un comercio del barrio, una serie, un proyecto educativo) con su intervalo del 50 %. Evaluación: al cabo de esos años, comprueba si aciertas cerca de la mitad, que es lo que un intervalo bien calibrado debería dar. Voluntariado. En un plazo de dos a diez años, organiza un taller intergeneracional en un centro escolar o un centro de mayores, titulado «Predecir con humildad». Evaluación: número de sesiones, participantes y cuántos son capaces de aplicar el método a un caso propio.

@1bit1pixel3 La regla que predice cuánto durará cualquier cosa En 1969, un joven físico adivinó cuánto le quedaba al Muro de Berlín sabiendo solo que tenía 8 años. Richard Gott razonó como Copérnico: no estoy en un momento especial, sino en un instante cualquiera de la vida del Muro. Si partes una vida en cuatro trozos, la mitad de las veces caes en los dos del centro, y ahí lo que le queda está entre 1/3 y 3 veces lo que ya ha vivido. Con 8 años, eso era entre 2 años y 8 meses y 24 años: caería entre 1972 y 1993. Cayó el 9 de noviembre de 1989. En 1993 lo repitió con los 44 musicales en cartel en Nueva York (con un 95 % de confianza, entre 1/39 y 39 veces): de los 36 que habían cerrado años después, los 36 lo hicieron dentro de su predicción. Y con los ~200.000 años que contaba entonces para la humanidad, le salía que nos quedan entre 5.100 y 7,8 millones de años. Ojo: la regla solo vale cuando no sabes nada más de lo que mides. Para una persona de 90 años falla, porque de las personas sabemos mucho. El método sigue discutido entre físicos y filósofos. #Shorts #matematicas #probabilidad #murodeberlin ♬ sonido original - 1Bit1Pixel

24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

¿Puede un comic o un tebeo enseñar a leer mejor que un manual? Quienes hemos pasado media vida entre aulas y bibliotecas sabemos que sí, y que además lo hace sonriendo. Hoy, viernes 16 de octubre de 2026, arranca en Getxo la vigésima cuarta edición del Salón del Cómic de Getxo, que se prolonga hasta el domingo 18 con entrada gratuita.

Un detalle de calendario: la cita adelanta este año sus fechas habituales para no coincidir con la San Diego Comic-Con de Málaga. La zona comercial se reparte entre la plaza Estación de Las Arenas, la calle Ibaiondo y la plaza Santa Eugenia, con cuarenta (40) puestos de librerías, fanzines y editoriales, entre ellas Astiberri, Joker, Elkar y Harriet. El horario es de 11:00 a 14:30 y de 17:00 a 21:00 (el domingo, hasta las 20:00). Las charlas, los talleres y las firmas se concentran en Romo Kultur Etxea. 

Lo más literario del programa llega hoy mismo. A las 19:00 se entregan los premios del Salón a dos trayectorias: el autor gallego Miguelanxo Prado y el editor y divulgador Laureano Domínguez. Después, a las 19:15, Domínguez conversa sobre «El placer de editar tebeos» y, a las 20:00, Prado sobre «Trazos de tinta». Quien edita decide qué llega a las manos del lector, y quien dibuja decide cómo se lee. Dos oficios que merecen homenaje.

Para quienes educamos, hay una cita señalada. A las 11:00 de esta mañana, la charla «Las chicas leen y hacen cómics», con Higinia Garay y Josune Muñoz, estaba dirigida al alumnado de 6.º de Primaria (11-12 años). Leer y dibujar son las dos mitades de una misma alfabetización.

Entre los invitados figuran Teresa Valero, autora del thriller social Contrapaso, y Juan Díaz Canales, Premio Nacional del Cómic y creador, junto a Juanjo Guarnido, de Blacksad. Acuden también Lorenzo Montatore, Miguel Brieva y Clara y Olivia Cábez. Conversan este sábado sobre «La fuerza del cómic europeo», una prueba más de que la novela gráfica ya no necesita pedir permiso a la literatura.

"El cómic es un arte secuencial que exige la participación intelectual y activa del lector", cita de  Will Eisner. Otro dato que invita a pensar: la exposición «La IA deshumaniza: ¿a quién beneficia?», comisariada por el Colectivo de Autoras de Cómic, puede visitarse en la sala de muestras de Romo Kultur Etxea. Una pregunta incómoda y necesaria en un salón de dibujantes. 

Recomendamos acercarse aunque sea una hora, con niños o sin ellos. Y proponemos un reto sencillo: leer un cómic al mes. A dos (2) años, quince (15) títulos leídos y uno regalado a un joven lector. A cinco (5) años, un pequeño club de lectura de viñeta en casa o en el aula. A diez (10) años, haber contagiado la costumbre a alguien más. Para evaluarlo basta una libreta con título y fecha, revisada cada Navidad. ¿Empezamos esta semana?

24º Salón del Cómic de Getxo

Álbum de imágenes y vídeos.

@agirregabiria

24º Salón del Cómic de Getxo: 40 puestos, 3 días y gratis

♬ Pyrite Drive - Honeydew Heights

Buque escuela ARC Gloria: Velero colombiano creado en Bizkaia

ARC Gloria, el buque escuela de la Armada de Colombia con raíces en Bizkaia

Hoy hemos tenido la oportunidad de visitar y subir a bordo del ARC Gloria, el buque escuela de la Armada de Colombia con raíces en Bizkaia, atracado en Getxo. Caminar por sus cubiertas, contemplar sus tres mástiles y descubrir de cerca los espacios donde se forman los futuros oficiales colombianos nos ha permitido conectar con una historia que une el mar, la educación y dos territorios: Colombia y Bizkaia. El objetivo era contar con un buque escuela donde los cadetes de la Escuela Naval Almirante Padilla pudieran curtirse en las artes tradicionales de la navegación, la maniobra y la disciplina naval.

Hay algo especialmente emocionante en comprobar que este velero, símbolo de la Armada colombiana, fue construido aquí, en nuestros astilleros vizcaínos. La ría de Bilbao, tantas veces vinculada a la industria, la ingeniería y el trabajo de generaciones de profesionales, también fue el lugar donde comenzó la historia de una embarcación destinada a recorrer los océanos. 

De los astilleros vizcaínos a los mares del mundo. La historia del Gloria de la ARC (Armada de la República de Colombia) se remonta a 1966, cuando Colombia decidió adquirir un velero para completar la formación de los futuros oficiales de su Armada. El contrato de construcción se formalizó el 6 de octubre de aquel año con la Sociedad de Construcción Naval Española. El casco comenzó a construirse en abril de 1967 en los astilleros de Celaya, en Bilbao. De hecho, Astilleros Celaya no solo construyó este navío. A saber, de sus míticas gradas salieron también otros grandes veleros americanos como el Guayas de Ecuador, el Simón Bolívar de Venezuela y el Cuauhtémoc de México.

El 2 de diciembre de 1967 se celebró su botadura. El barco recibió el nombre de Gloria en homenaje a Gloria Zawadsky de Rebéiz, esposa del ministro de Defensa colombiano Gabriel Rebéiz Pizarro, uno de los principales impulsores del proyecto. El 7 de septiembre de 1968 se celebró en la ría de Bilbao el acto oficial de izado de la bandera colombiana. Poco después, el velero emprendió su viaje hacia América y llegó a Cartagena de Indias el 11 de noviembre de 1968. Desde entonces, el ARC Gloria ha llevado el nombre de Colombia por numerosos puertos internacionales. 

Una escuela que navega. ¿Qué se aprende a bordo de un velero que no siempre se puede enseñar en un aula? Los cadetes practican navegación, maniobras, comunicaciones y orientación, pero su formación va mucho más allá de las destrezas técnicas. La vida en el mar exige disciplina, cooperación, capacidad de decisión y confianza mutua. Cada maniobra recuerda que el conocimiento teórico debe contrastarse con la realidad y que el éxito colectivo depende de la responsabilidad individual.

Hoy, al recorrer sus cubiertas en Getxo, hemos podido acercarnos a esa dimensión educativa. Un buque escuela no es simplemente un barco histórico ni una pieza de ingeniería naval: es un espacio de aprendizaje donde las decisiones tienen consecuencias, las condiciones cambian y el trabajo en equipo resulta imprescindible. También es un embajador flotante. En cada puerto que visita, el Gloria representa a Colombia, acerca su cultura a otros países y crea oportunidades de encuentro entre ciudadanos de distintas procedencias.

Una historia compartida entre Colombia y Bizkaia. La visita de hoy nos recuerda que el patrimonio industrial vizcaíno no se limita a los edificios, las fábricas o las infraestructuras que permanecen en nuestro territorio. También vive en las obras que construimos y que, décadas después, siguen cumpliendo una función al otro lado del mundo. El Gloria constituye un magnífico ejemplo de esa proyección internacional. Su historia nos permite relacionar la ingeniería naval con la educación, la memoria industrial con las relaciones internacionales y la tradición marinera con la formación de nuevas generaciones.

Hoy no nos hemos limitado a contemplar el velero desde el muelle de Getxo: hemos podido subir a bordo y acercarnos a su historia desde dentro. Esa experiencia convierte los datos históricos en algo más tangible y nos ayuda a comprender mejor el vínculo entre nuestra ría y los mares de Colombia. Recomendamos conocer el ARC Gloria siempre que exista la oportunidad. Porque algunos barcos transportan mercancías, otros conectan puertos y unos pocos llevan también una escuela a bordo. Un velero nacido en Bizkaia, una bandera colombiana y generaciones de cadetes aprendiendo a navegar. Una historia compartida que hoy hemos tenido la suerte de vivir en primera persona. Eskerrik asko, Gloria, por acercarnos Colombia a Getxo.

Buque Escuela ARC Gloria de Colombia

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@agirregabiria

Buque Escuela ARC Gloria de Colombia

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Sapere aude: Ausencias que aún no ha tratado este blog

Concluimos hoy con este post esta revisión interna del blog, pero cumpliendo la promesa de ver lo que callan las etiquetas y los análisis: Los temas escasos o inexistentes de este blog. ¿Qué dice de un blog lo que no se ha tratado y que preocupa a la mayoría? Dice, para empezar, que en octubre de 2026, tras más de 10.500 entradas, no figura ninguna etiqueta sobre vivienda, soledad, inmigración ni clima. Es el reverso del recuento anterior: allí contamos lo que más hemos escrito; aquí, lo que aún no hemos tratado.

Conviene leer los silencios con el mismo método. Una etiqueta ausente no prueba que un tema no se haya tocado (puede esconderse bajo educación, sociedad o tecnología), pero sí que no tuvo casa propia, y lo que no tiene casa se encuentra mal y se cita peor. Además, nombrar un tema no es adelantar una tesis: es comprometerse a tratarlo con datos y con todas las voces. Los vacíos caen en las mismas tres columnas del recuento anterior (temas, formatos y lugares), y cada uno de los cinco ejes proyecta su sombra: ahí buscamos. 

La educación como lente tiene sus rincones sin pulir. Entre las 4292 entradas de educación, las etiquetas de matiz son escasas: Educación Especial (14), adolescencia (17), absentismo (6), inclusión digital (4). Faltan la convivencia y el acoso escolar, la salud mental y las pantallas, la neurodiversidad, la formación profesional, la evaluación en tiempos de IA y la neurociencia del aprendizaje: preguntas que hoy están en cualquier claustro y en cualquier cocina.

Compartir en abierto es el eje que más huellas conserva de su época: web2.0 (810), twitter (334), eeepc (43). Falta lo de ahora: desinformación y deepfakes, estafas y privacidad, polarización en las redes. La propia inteligencia artificial, que ya asoma en nuestras entradas recientes tiene la etiqueta AI (en inglés), pero son escasos los formatos de hoy: videojuegos (juegos suma 45), series o cómic.

Lo local, como puerta al mundo, también tiene fronteras sin cruzar. Bizkaia suma 375 etiquetas; Gipuzkoa, 20, y Araba, 22; Navarra e Iparralde no tienen ninguna. Faltan la memoria colectiva y la convivencia, el pasado industrial y obrero de la ría, la bertsolaritza y las voces nuevas de la literatura vasca más allá de Atxaga. Y un tema de futuro: el euskara ante la traducción automática y la IA.

La ética cívica y esperanzada (solidaridad 582, ética 573, paz 515) tiene su contrapunto en lo concreto y áspero: no hay etiqueta para vivienda ni alquiler, la inmigración y la diversidad apenas asoman (interculturalidad, 7) y, dentro de ecología (312), no figuran clima ni energía. Son terrenos de debate intenso, y por eso piden un tono neutral, con datos y fuentes.

La memoria entre generaciones (familia 599, nietos 328, infancia 322) mira quizá más hacia el comienzo de la vida. Del otro extremo hay poco: madurez (84), nostalgia (34); ni soledad no deseada, cuidados, duelo, jubilación o pensiones, ni biología o medicina, que explican por qué vivimos más. Unamuno escribió Del sentimiento trágico de la vida: ahí hay un ancla para tratar el asunto con hondura.

Cinco ejes, cinco sombras: lo que callan las etiquetas no es necesariamente desinterés, sino trabajo por hacer. Y empezar es la mitad, según Horacio (siglo I a. C.): «Dimidium facti qui coepit habet: sapere aude, incipe», es decir, «tiene hecha la mitad quien ha empezado: atrévete a saber, empieza».

Proponemos un ejercicio a tres (3) años. Objetivo: abrir una etiqueta nueva sobre un tema que te cueste (vivienda, soledad, clima, el que sea) y escribir o leer sobre él una vez por trimestre, hasta sumar doce (12) piezas en octubre de 2029. Evaluación: cada octubre, contarlas, anotar cuántas fuentes distintas has consultado y qué opinión tuya ha cambiado. ¿Nos acompañas?