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Reglas para la dirección del espíritu de Descartes

Tras un agradable encuentro con Santiago Fernández y Sebas Álvarez (foto), a propuesta de Santiago repasamos y redescubrimos las Reglas cartesianas de 1628. Sienta las bases de la arquitectura del método cartesiano de pensamiento. ¿Por qué seguimos acudiendo a los clásicos del siglo XVII cuando buscamos rigor mental y claridad conceptual en nuestro propio aprendizaje? Quienes nos hemos dedicado durante décadas a la docencia de las ciencias experimentales y de la matemática sabemos bien que la búsqueda de un método sólido no es un debate pretérito, sino una exigencia metodológica permanente.

Redactadas hacia 1628 por René Descartes y publicadas de forma póstuma en 1701, las Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii) constituyen su obra germinal (1596-1650). Aunque el texto quedó inconcluso —de las treinta y seis reglas proyectadas solo se redactaron veintiuna—, contiene la matriz filosófica y epistemológica que más tarde cristalizaría en el célebre Discurso del método (1637). 

En este tratado, Descartes no busca acumular saberes dispersos, sino disciplinar la razón. Como hemos observado al analizar el desarrollo de las ideas científicas, el propósito cartesiano era unificar la ciencia bajo un único criterio de certeza matemática. Para ello, establece dos operaciones fundamentales de la mente: la intuición, entendida como la aprehensión clara e distinta de un concepto por la luz de la razón, y la deducción, que conecta de forma lógica unas verdades con otras. 

Entre las reglas más representativas, destacamos las siguientes: 

 - Regla I: La orientación de la mente debe dirigirse a formar juicios sólidos y verdaderos sobre todo lo que se le presenta.
- Regla II: Sólo debemos ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento certero e indudable parecen bastar nuestros espíritus. 
- Regla III: Buscar la intuición evidencia y la deducción cierta, rechazando la mera conjetura. 
- Regla V: Reducir gradualmente las proposiciones complicadas y oscuras a otras más simples, para elevarse luego por los mismos pasos al conocimiento de las demás.

René Descartes nació en La Haye en Touraine el 31 de marzo de 1596 y falleció en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Formado en el colegio jesuita de La Flèche, su vida itinerante por Europa —que incluyó estancias prolongadas en la República de las Provincias Unidas— estuvo marcada por la búsqueda infatigable de un saber fundamentado en la razón humana y no en la mera autoridad escolástica.

Recomendamos vivamente la relectura atenta de estas Reglas para la dirección del espíritu a docentes, estudiantes e investigadores. Nos recuerdan que el verdadero conocimiento exige orden, simplicidad y una depuración constante de los prejuicios. "Aprender no es acumular datos, sino ordenar la mente para alcanzar la verdad", cita de René Descartes.

Otra Escuela es posible, con Tonucci en Euskadi

Hoy, tras una agradable y fructífera reunión con Neli Zaitegi e Isabel Galende (foto), recogemos de Isabel un documental reciente, inspirador y refrescante grabado en Euskadi. Ha sido en Zizurkil y Abaltzisketa con dos de las Eskola Txikiak (Escuelas Rurales Vascas), grabación que presentamos al inicio sobre Otra escuela es posible, con Francesco Tonucci (ver en otros posts nuestros) y la mirada de los niños. 

¿Cuándo fue la última vez que un niño decidió algo importante en tu ciudad o en tu escuela? Francesco Tonucci (Fano, Italia, 1940), pedagogo e investigador del Consiglio Nazionale delle Ricerche de Roma, lleva décadas formulando esa pregunta, y también dibujándola con el seudónimo de Frato, en viñetas de humor tierno y afilado. 

Su tesis es sencilla de enunciar y difícil de practicar: los niños no son futuros ciudadanos, son ciudadanos de pleno derecho desde hoy. De ahí nació en 1991 el proyecto «La ciudad de los niños», en su Fano natal, con alcaldes dispuestos a escuchar a los consejos infantiles y a cambiar aceras, plazas y rutas escolares según sus propuestas. De ahí también su insistencia en que la escuela deje de ser un lugar donde se transmite y se evalúa, para ser un lugar donde se investiga, se pregunta y se juega con el conocimiento.

Hemos observado, en tantos años de aulas y conversaciones con maestros, que lo más difícil no es la pedagogía, sino renunciar a la comodidad de la rutina: la lección magistral, el libro de texto único, los deberes interminables. Tonucci propone lo contrario: tiempo, autonomía, entornos seguros para ir solos al colegio y un currículo que parta de la curiosidad real del alumnado. Nada de utopías abstractas: se trata de decisiones pequeñas, de centros, municipales y cotidianas.

"Si la escuela no cambia la vida de los niños que acoge, la escuela no sirve para nada", afirma Francesco Tonucci.Y aquí, en Euskal Herria, donde tanto debemos a la educación, conviene preguntarse qué parte de esa mirada ya practicamos y cuál nos falta. Recomendamos leer a Tonucci, empezando por Con ojos de niño, y buscar sus viñetas de Frato. Después, dejar el libro y salir a la calle con alguien de ocho años. Veremos nuestro barrio con otros ojos. ¿Lo probamos?

Llamada a la acción: Leer a Tonucci este trimestre y compartir una propuesta con el centro escolar o el ayuntamiento. Objetivos: a 2 años, una ruta escolar segura y autónoma en un barrio; a 5, un consejo infantil con voz real en decisiones municipales; a 10, que la participación infantil sea norma y no excepción. Evaluación: cada año, número de propuestas infantiles adoptadas, niños que van solos al colegio y encuesta de bienestar al alumnado. ---> Sigue una imagen de Carmen y yo con Tonucci en 2015. 

Con Francesco Tonucci, Carmen de la Sen y Mikel Agirregabiria. Foto realizada por la organización de #ICOT2015

Ramón Llull: el monje del siglo XIII que soñó la computación

Hacia 1263, un cortesano mallorquín llamada Ramon Llull compone versos de amor para una dama que no es su esposa cuando, según cuenta la Vida coetánea, se le aparece Cristo crucificado. No era un hombre de libros: era senescal, estaba casado con Blanca Picany, tenía dos hijos y hacía de trovador a ratos. De aquella escena nació uno de los proyectos más extravagantes de la Edad Media: un método para razonar con cualquiera, fuera cristiano, judío o musulmán, a partir de principios que todos pudieran aceptar. Siete siglos después, Ramon Llull aparece citado entre los antepasados de la informática. ¿Cómo llega un trovador a ese puesto? 

Del palacio al Puig de Randa. Llull dejó la corte, aprendió árabe con la ayuda de un esclavo musulmán y se retiró al monte de Randa, donde escribió la primera versión de su Arte, la Ars compendiosa inveniendi veritatem, hacia 1274. En 1276 fundó el colegio de Miramar para enseñar lenguas a futuros misioneros y ya no paró: Montpellier, París, Roma, Chipre, Túnez. Dejó más de doscientas cincuenta obras en catalán, latín y, quizá, árabe, y fue de los primeros en usar una lengua vernácula para expresar ideas filosóficas y científicas. 

Qué es realmente el Ars Magna. No es un libro, sino un sistema que reescribió durante cuatro décadas. Su forma última, la Ars generalis ultima, llegó hacia 1308, junto a una versión abreviada, el Ars brevis. La mecánica es de una sencillez desconcertante: un alfabeto de letras que designan conceptos —bondad, grandeza, eternidad, poder— y figuras de círculos concéntricos que se hacen girar para combinarlos. Cada giro propone una relación entre ideas que el pensador debe examinar, no aceptar sin más. La intuición de fondo es que, si los atributos divinos son compartidos por las tres religiones, la discusión puede empezar por lo común. Llull concebía su Arte como herramienta para dialogar entre iguales, no para vencer a nadie. 

Un legado discutido. Sus ideas fueron polémicas ya en vida. En 1376 el papa Gregorio XI condenó sus enseñanzas por confundir fe y razón, y hoy la Iglesia lo venera como beato. Su muerte es incierta: la tradición habla de lapidación en el norte de África, aunque su tumba está en Palma. En 1666, el joven Leibniz recogió en su Dissertatio de arte combinatoria la idea de combinar conceptos elementales: criticaba los detalles de Llull, pero le fascinaba la visión de conjunto (Public Domain Review). De ahí procede la fama de precursor del ordenador, que explora el volumen Ramon Llull: From the Ars Magna to Artificial Intelligence, editado por Fidora y Sierra. Conviene, aun así, no exagerar. Los especialistas advierten de que la lógica formal moderna tiene poco que ver con el Arte y de que, desde Leibniz, se ha atribuido un protagonismo excesivo a la combinatoria (Fidora). 

Girar la rueda, discutir el resultado. Llull persiguió una ilusión que nos resulta familiar: un procedimiento que ordene el saber y deje la verdad a un paso. Pero su método solo funcionaba en conversación; las ruedas daban preguntas, no sentencias. Hoy, cuando las máquinas combinan palabras a una velocidad que él no habría imaginado, quizá lo valioso del Arte no sea la rueda, sino quien la hace girar y con quién discute lo que sale.

Propuesta de acción (2 a 10 años). En los dos primeros años, leer el Libro del Amigo y del Amado y una introducción rigurosa al Arte, como la guía de Anthony Bonner (The Art and Logic of Ramon Llull, Brill, 2007), y publicar una reseña de cada uno; se evalúa con las dos reseñas escritas. A cinco años, escribir una pequeña serie de textos divulgativos que expliquen el Arte con ejemplos propios y recoger comentarios de lectores no especialistas. A diez años, haber sostenido con una biblioteca o centro cívico un círculo de conversación entre personas de creencias y culturas distintas, con cuatro sesiones anuales; se evalúa con asistencia, diversidad de participantes y un breve cuestionario final sobre si salieron del encuentro entendiendo mejor al otro.