Dos de los nietos pequeños pixelados en su vuelta en avión.
Tras una estancia de nueve días con todos nuestros nietos (desde el 30 de junio), retomamos el ritmo habitual de publicación del blog. El verano trae consigo una paradoja que muchos abuelos blogueros conocemos bien: el tiempo que ganamos con los nietos es, precisamente, el tiempo que antes dedicábamos a escribir. Compatibilizar vacaciones con nietos y la disciplina de un blog no es tarea sencilla, y seguramente no debería serlo porque la prioridad de los nietos es indudable.
Escribir exige silencio, concentración, mucha lectura de temas innovadores y una cierta soledad productiva. Las vacaciones familiares, en cambio, están hechas de ruido, interrupciones felices y presencia constante. Cuando un nieto reclama atención —para un baño en la playa, un cuento antes de la siesta, una partida de ajedrez improvisada— la escritura pierde, y gana la vida. No es una derrota: es una jerarquía de prioridades que el verano nos obliga a hacer explícita.
Hay, sin embargo, una compensación intelectual en esta tensión. Las vacaciones con nietos son también una fuente inagotable de materia prima narrativa. Las relaciones intergeneracionales —el modo en que los abuelos transmiten valores, curiosidad y memoria a las nuevas generaciones— constituyen uno de los temas más fértiles para quien reflexiona sobre educación, tecnología y familia. Cada verano compartido con nietos deja anécdotas, preguntas y aprendizajes que, tarde o temprano, encontrarán su lugar en el blog, aunque sea con retraso.
La clave quizás no esté en escribir más durante el verano, sino en observar mejor. Tomar notas mentales, fotografiar momentos, dejar que las ideas maduren sin la presión de publicar de inmediato. El blog puede esperar unas semanas; la infancia de los nietos, no. Septiembre siempre trae tiempo para transformar en palabras lo que julio y agosto regalaron en experiencia. Al final, esta incompatibilidad estacional entre crianza compartida y escritura no es ningún problema a resolver, sino un ritmo natural que conviene aceptar con serenidad.
Hay una pedagogía que no se enseña en ningún manual y que, sin embargo, resulta más eficaz que cualquier discurso bienintencionado: la que ejercen los abuelos simplemente viviendo delante de sus nietos. Cuando la diferencia de edad entre los menores abarca de los ocho a los dieciséis años, el reto no es transmitir un mensaje único, sino sostener una coherencia que cada uno pueda interpretar desde su propio estadio de desarrollo. Una breve estancia veraniega en una casa costera ofrece, en este sentido, un laboratorio privilegiado.
El primer aprendizaje, acaso el más sutil, es el del tiempo. A los setenta años, liberados ya de la tiranía productiva que organiza la vida adulta, los abuelos pueden mostrar —no explicar, mostrar— que existe un ritmo distinto al de la inmediatez digital. Un paseo sin destino fijo, una sobremesa que se prolonga sin que nadie mire el reloj, una tarde dedicada a observar el mar: estos gestos comunican, sin pronunciar palabra, que el tiempo lento no es tiempo perdido. Para el nieto de dieciséis años, probablemente el más expuesto a la aceleración contemporánea, este contraste puede operar como una grieta por la que se cuela una intuición valiosa: la de que la calma también es una forma de inteligencia.
El segundo eje es el cuidado del entorno natural, especialmente pertinente en un contexto costero. Enseñar a no dejar rastro en la playa, a reconocer mareas, a respetar la fauna marina, conecta de manera natural con una sensibilidad ecológica que hoy resulta más urgente que nunca. Lo interesante es que este aprendizaje se despliega en distintos registros según la edad: para el más pequeño es juego y asombro; para el de doce años, conocimiento que empieza a articularse en categorías; para el mayor, una posible puerta hacia una conciencia ambiental más amplia y políticamente informada.
Pero quizá el ejemplo más perdurable —y el que la psicología del desarrollo y la sociología de la memoria familiar coinciden en señalar como decisivo— es la transmisión narrativa. Contar la propia infancia, la juventud, los errores y los aciertos, no como sermón sino como relato genuino, deja una huella que ningún consejo directo logra igualar. Los nietos rara vez recuerdan lo que se les ordenó hacer; sí recuerdan, en cambio, las historias escuchadas mientras se pelaba fruta en la cocina o se jugaba una partida de cartas en el porche. Esa narrativa oral, casi artesanal, es quizá la forma más antigua de educación que existe, y el verano —con su disponibilidad de tiempo compartido— es su escenario natural.
Finalmente, está la coherencia en lo cotidiano: el trato hacia un vecino, la manera de resolver un imprevisto sin perder la serenidad, la gratitud expresada ante lo simple. Son gestos que no buscan ser pedagógicos y que, precisamente por eso, lo son más que cualquier intento deliberado de educar. Si hay una conclusión posible, es esta: el mejor ejemplo que pueden dar unos abuelos no es un mensaje, sino una presencia. No se trata de qué se dice, sino de cómo se vive delante de quien observa. Y los nietos, a cualquier edad, observan siempre más de lo que parece.
Si como yo (aún sabiendo que las ballenas son un tipo de mamífero) no te has preguntado nunca como se nutre a un ballenato (balleno-beboncio). ¿Sabías que la madre contrae músculos especializados alrededor de la glándula mamaria y eyecta la leche directamente hacia la boca abierta de la cría?. No hay succión. Hay inyección. La leche tampoco se parece a ninguna leche conocida. El proceso completo dura segundos. La cría abre la boca, la madre activa los músculos, y la transferencia termina. Una cría de ballena azul recibe hasta 600 litros de leche al día. Engorda aproximadamente 90 kilogramos cada 24 horas. Mira bien: el procesa dura lo que dura el vídeo; menos de 7 segundos.
El milagro submarino: cómo se alimenta un ballenato. Hay preguntas científicas que parecen sencillas hasta que uno se detiene a formularlas con rigor. Una de ellas es esta: ¿cómo puede una cría de ballena mamar bajo el agua sin ahogarse, sin labios capaces de succionar y en el interior del animal más grande que ha existido jamás sobre la Tierra? La respuesta es un prodigio de ingeniería evolutiva.
Las ballenas son mamíferos que regresan al mar hace unos cincuenta millones de años, pero conservan el imperativo biológico de amamantar a sus crías. La evolución, sin embargo, no podía trasplantar sin más el mecanismo terrestre de succión al entorno marino. Tuvo que reinventarlo por completo. Los ballenatos carecen de labios flexibles para la succión, como los que poseen la mayoría de los mamíferos terrestres. Por ello, la madre dobla sus músculos abdominales para exponer el pezón —normalmente oculto bajo pliegues de piel para mantener la hidrodinámica del cuerpo— e inyecta activamente la leche en la boca de la cría.
El proceso es tan delicado como espectacular. El ballenato recibe la leche de la madre por expulsión activa de ella, no por succión propia. La madre eleva levemente el pedúnculo caudal mientras la cría se acerca en forma oblicua a su vientre. Las sesiones duran apenas unos segundos —entre quince y cincuenta y cinco en las ballenas jorobadas— porque la cría no puede respirar y alimentarse simultáneamente, y debe emerger a la superficie con frecuencia.
La eficiencia compensa la brevedad. La leche de la ballena azul contiene alrededor de un 40% de grasa y un 13% de proteínas, frente al cuatro y uno por ciento respectivamente de la leche humana. Los ballenatos azules ingieren unos 190 litros diarios y ganan 90 kilogramos en cada jornada. A lo largo del periodo de lactancia, de unos ocho meses, casi duplican su tamaño, pasando de los siete u ocho metros al nacer a los quince cuando son destetados.
La ciencia aún guarda misterios en este proceso. Presenciar la lactancia en ballenas es extraordinariamente raro: en un estudio de casi doscientas parejas madre-cría de ballenas jorobadas en Hawái, los investigadores solo observaron cuatro casos claros de amamantamiento. La naturaleza, en su sabiduría más antigua, reserva sus milagros más íntimos para quien tiene la paciencia de esperar.
La alimentación del ballenato es, en definitiva, una metáfora evolutiva: la vida encuentra siempre el camino, aunque ese camino transcurra a 20 metros de profundidad, en 30g segundos, a cuarenta grados de grasa y en silencio absoluto. Así sobrevive el mayor bebé de la Tierra.
Hoy volvemos a las inagotables distopías, como cuando la historia tomó otro camino:
Philip K. Dick, el visionario inquieto de California (ver en otros posts), sobre el mundo que pudo ser en el libro El hombre en el castillo (1962). Philip
Kindred Dick (Chicago, 16 de diciembre de 1928 – Santa Ana, California, 2 de
marzo de 1982) es una de las figuras más influyentes de la ciencia ficción del
siglo XX y, con el paso del tiempo, uno de los escritores más reivindicados por
la crítica literaria seria.
Criado en Berkeley entre dificultades económicas y
emocionales, estudió brevemente en la Universidad de California antes de
dedicarse por entero a la escritura. Su vida estuvo marcada por la precariedad,
los matrimonios múltiples, las crisis nerviosas y una obsesión filosófica
permanente por una pregunta que atraviesa toda su obra: ¿qué es real?
La obra: anatomía de una derrota que nunca ocurrió. Publicada en
1962 y galardonada con el Premio Hugo al año siguiente, El hombre en el
castillo (The Man in the High Castle) es la novela de historia alternativa más
influyente jamás escrita. Su premisa es tan simple como perturbadora: los
Aliados perdieron la Segunda Guerra Mundial. Alemania y Japón se repartieron el
mundo, incluidos los Estados Unidos, divididos en una zona de ocupación nazi al
este y una zona japonesa al oeste, con una franja central neutral.
La acción
transcurre en 1962, quince años después de la derrota aliada. Dick no construye
una trama de aventuras ni de resistencia heroica: nos sumerge en la cotidianidad
de ese mundo distorsionado a través de varios personajes —un comerciante de
antigüedades, una artesana, un funcionario japonés, un agente nazi— cuyas vidas
se entrecruzan en torno a un elemento central: la existencia de una novela
prohibida dentro de la novela, titulada La langosta se ha posado, que describe
un mundo en el que los Aliados sí ganaron la guerra. Pero ese mundo alternativo
dentro de la ucronía no es exactamente el nuestro, lo que abre un juego de
espejos dizzying que obliga al lector a preguntarse cuál de las realidades, si
alguna, es la verdadera.
Dick utilizó
el I Ching —el milenario oráculo chino— tanto como recurso narrativo dentro del
libro como método personal de escritura para tomar decisiones argumentales, lo
que dota a la novela de una extraña cadencia entre el determinismo y el azar.
El resultado es una meditación sobre la naturaleza de la historia, la
autenticidad de los objetos y las personas, y la capacidad humana para vivir
bajo regímenes totalitarios sin perder del todo la dimensión moral.
Voces del castillo: fragmentos para la reflexión: «No
hay nadie que no tenga una historia alternativa. No hay nadie cuya vida no haya
podido ser de otro modo si el azar hubiera soplado diferente.» «¿Qué
es lo auténtico? El objeto antiguo no tiene valor por ser viejo, sino por haber
existido, por haber formado parte del tiempo. El pasado es la única realidad
que no podemos falsificar.» «Los
nazis han ganado. Y sin embargo, algo en ellos sabe que han perdido. El poder
absoluto no convence ni siquiera a quienes lo ejercen.»
Una novela para nuestro tiempo. El hombre en
el castillo no es solo un ejercicio de imaginación histórica: es una
advertencia filosófica. Dick nos recuerda que el fascismo no es una anomalía
del pasado sino una posibilidad siempre latente, y que la democracia, la
libertad y la dignidad son conquistas frágiles que pueden revertirse. La novela
anticipa debates que hoy resultan urgentes: la posverdad, la manipulación de la
memoria histórica, la banalización del mal —en el sentido arendtiano— y la
resistencia ética individual frente a sistemas opresivos.
La
adaptación televisiva producida por Amazon (2015-2019) amplió el universo
dickiano con notable fidelidad al espíritu original, introduciendo la novela a
nuevas generaciones. Pero el texto de 1962 conserva una densidad intelectual y
una ambigüedad metafísica que ninguna pantalla ha podido replicar del todo.
Leer a Dick sigue siendo un acto subversivo: nos devuelve la pregunta esencial
que las ideologías totalitarias siempre intentan suprimir: ¿y si todo hubiera
podido ser diferente?
¿Vivimos en una simulación o en la peor de las ucronías? 👁️ En 1962, Philip K. Dick publicó 'El hombre en el castillo', desafiando los límites de la historia y la cordura. No era solo ciencia ficción; era una radiografía de nuestros miedos políticos y la fragilidad de la verdad.… pic.twitter.com/4LSDBgc5vi
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 26, 2026
En homenaje a George Orwell, cuyo aniversario se conmemora hoy, os preguntamos por vuestra distopía literaria preferida. Orwell escribió una de las más conocidas, "1984", pero hay muchas otros autores como Aldous Huxley ("Un mundo feliz"), Philip K. Dick ("El hombre en el… pic.twitter.com/PKLZmTNRpY
Aún estoy conmovido con el libroViaje al país de los blancos, de Ousman Umar: Un niño que vio un avión y cruzó el Sahara, una odisea entre la supervivencia y la dignidad. Porque hay obras que incomodan porque revelan lo que preferimos ignorar. Viaje al país de los blancos (Penguin Random House, 2019), del escritor ghanés Ousman Umar, es uno de ellos: un testimonio autobiográfico que convierte la experiencia migratoria en literatura sin perder ni un gramo de verdad.
Ousman Umar salió de Ghana siendo un niño, cruzó el Sáhara a pie, el mar en patera y vio morir en el camino a la mayoría de sus compañeros de viaje, entre ellos a su mejor amigo. Recorrió 21.333 kilómetros para llegar a Barcelonacruzando ocho países y tardó cinco años en hacerlo. El joven ghanés llegó a Fuerteventuraen diciembre de 2004, 48 horas después de iniciar el tramo final en patera y haberse quedado sin combustible en alta mar. Tras ser atendido por Cruz Roja, pasó 33 días en el Centro de Internamiento de El Matorral y fue derivado a Málaga. El 24 de febrero de 2005 llegó a Barcelona.
Después de meses durmiendo en la calle, fue acogido por una familia, comenzó sus estudios y consiguió trabajo como mecánico de bicicletas. En 2012, con sus primeros ahorros, fundó NASCO Feeding Minds con el objetivo de mejorar la educación en su país de origen. En 2018 se integró además en el equipo de Proactiva Open Arms. Hoy, Ousman Umar es conferenciante, activista y escritor reconocido en toda España.
La obra narra la odisea de un joven que arriesgó su vida por un futuro mejor. El relato arranca en la sabana africana, con una infancia sencilla marcada por la comunidad, la oralidad y una escuela a siete kilómetros de casa. El giro lo provoca un avión que sobrevuela el cielo natal: desde ese momento, el protagonista quiso ser piloto, ingeniero, todo, menos negro. Esa frase, lanzada con la crudeza desarmante de la infancia, sintetiza el núcleo psicológico del libro: la migración no es únicamente una huida de la pobreza, sino también la búsqueda de una identidad que el mundo exterior ha devaluado.
A los trece años, Ousman inicia su periplo. La travesía del Sahara es el corazón más duro del relato: días sin agua, compañeros que mueren de sed o de agotamiento, la violencia arbitraria de los traficantes de personas, la radical soledad del desierto. No hay épica gratuita; la narración avanza con una sobriedad que resulta más aterradora que cualquier dramatismo. Tras el desierto llega el Mediterráneo, otra frontera mortal donde fallece Musa, su mejor amigo, en la patera contigua. La aleatoriedad de la supervivencia —por qué él y no otro— atraviesa todo el libro como una pregunta sin respuesta.
La llegada a Europa no cierra la odisea: la abre en otra dirección. La primera noche que durmió en una casa con comodidades y confort, se puso a llorar como un niño. Europa no era el paraíso prometido, y esa decepción es también una de las lecciones más perturbadoras del libro para el lector occidental. Ousman descubrió que el paraíso no estaba en Europa, sino en el corazón de cada ser humano, y que la educación es la clave para acceder a él.
Citas del libro y de su autor: El texto incluye pasajes de una densidad moral considerable. Algunos de los más citados por lectores y reseñistas son los siguientes: «Cuatro años después de comenzar esa hazaña, logré llegar a España y, tras varios meses durmiendo en la calle, me acogió una familia. La primera noche que dormí en su casa, pese a las comodidades y el confort, me puse a llorar como un niño. ¿Por qué había sufrido tanto?» «La idea de NASCO Feeding Minds es crear las condiciones en Ghana para que los jóvenes de allí no sientan la tentación de pasar por las penalidades por las que tuve que pasar. Que nadie más muera en el desierto o en el mar.» Y en la apertura del libro, con esa voz que mezcla ingenuidad y lucidez: «Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa.»
Por qué leerlo. Viaje al país de los blancos no es un libro de denuncia al uso, aunque denuncia. No es literatura de victimismo, aunque narra un sufrimiento casi inconcebible. Es, ante todo, un ejercicio de humanismo activo: el relato de alguien que, habiendo tenido todas las razones para amargarse, eligió la generosidad como proyecto de vida. En una época en que el debate migratorio se ha reducido a cifras y eslóganes electorales, este testimonio devuelve el rostro a las estadísticas. Ahora, el autor necesita contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar. Un libro breve, urgente y necesario.
@dandoecotv_ 🌍 DE CRUZAR EL MAR EN PATERA A INSPIRAR A MILES DE PERSONAS 💙 Ousman Umar dejó África con solo 13 años buscando una oportunidad para cambiar su vida. Un viaje marcado por el miedo, el sufrimiento y la esperanza que estuvo a punto de costarle la vida. 🙏 Gracias a la ayuda de personas que creyeron en él, consiguió salir adelante, estudiar y construir un futuro que hoy inspira a miles de personas. Su historia ha dado lugar a un libro y a una película. 🗣️ «Me ha tocado el Euromillón muchas veces», afirma al recordar a quienes le tendieron la mano cuando más lo necesitaba. 💬 ¿Crees que historias como la suya ayudan a cambiar la forma de ver la inmigración y la superación personal? 👇 Te leemos en comentarios. #ÚltimaHora#Superación#HistoriasQueInspiran#Actualidad#DandoEcoTV♬ sonido original - 🗣️Dando Eco TV| Noticia Viral
Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 20 de junio de 2026, losQUINCE millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó enblog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos.
¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. Quince millones de visitas cómplices, quince millones de gracias.
Apenas han transcurrido 31 días desde el martes 19 de mayo de 2026,cuando alcanzamos 14 millones de visitas. Menos que los 79 días que necesitamos para cada uno de los dos millones anteriores. Fueron 13 millones el 1 de marzo de 2026 (79 días). Esto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 15 millones de pasos juntos.
El blog continúa porque vosotros lo hacéis posible. Seguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas.
Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque en apenas 3 días ya se contabilizan un cuarto de millón más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!
📊 ¡15 millones de gracias! Hoy celebramos un hito extraordinario: 15 millones de visitas en un blog nacido en 2005 con una sencilla vocación de compartir ideas, educación, tecnología, innovación, literatura, filosofía y aprendizaje a lo largo de la vida. https://t.co/ih3aGsBjYi… pic.twitter.com/qUZ3maCeUN
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 23, 2026
El 8 de junio de 1972, el fotógrafo Nick Ut capturó una imagen que el mundo no pudo ignorar ni olvidar. Por la carretera de Trang Bang, al sur de Vietnam, corría una niña de nueve años completamente desnuda, con los brazos abiertos y la boca abierta en un grito mudo. Su cuerpo ardía con napalm. Su nombre era Phan Thị Kim Phúc, y aquella fotografía —Premio Pulitzer al año siguiente— se convirtió en el símbolo más devastador de la guerra de Vietnam y, por extensión, de todas las guerras que castigan a los inocentes.
Lo que la imagen no podía mostrar era lo que vino después: el dolor. Las quemaduras cubrían el cuarenta por ciento de su cuerpo. Fue hospitalizada durante catorce meses. Sufrió diecisiete operaciones a lo largo de su vida. Los médicos no esperaban que sobreviviera. Sobrevivió.
Una infancia secuestrada por la propaganda. El gobierno comunista vietnamita comprendió rápidamente el valor propagandístico de aquella niña convertida en símbolo internacional. Kim Phúc fue utilizada como reclamo político durante años: exhibida ante periodistas, sometida a entrevistas controladas, obligada a representar el papel de víctima del imperialismo estadounidense. Sus estudios de medicina en Cuba —donde finalmente pudo escapar del guion oficial— le abrieron la mente y el corazón hacia otras formas de comprender el sufrimiento y la reparación. En 1992, durante una escala técnica en Terranova, Kim Phúc y su marido desembarcaron y solicitaron asilo en Canadá. Fue su segunda huida: la primera del fuego, la segunda de la mentira.
El budismo, el evangelio y el perdón. En su infancia había sido educada en el caodaísmo, religión sincrética vietnamita. Pero fue la conversión al cristianismo, ya adulta, lo que ella misma describe como el verdadero punto de inflexión. El perdón —no la resignación, sino el perdón activo, elegido, trabajado— se convirtió en el eje de su existencia. En 1996, durante una ceremonia en el Monumento a los Veteranos de Vietnam en Washington D.C., Kim Phúc pronunció unas palabras que conmovieron al mundo: «Si pudiera hablar cara a cara con el piloto que lanzó aquel napalm, le diría que lo perdono». El piloto, John Plummer, que había cargado con la culpa durante décadas, estaba entre el público. Se abrazaron.
La Fundación y el presente. Desde Canadá, donde reside con su familia, Kim Phúc fundó en 1997 la Kim Foundation International, dedicada a proporcionar asistencia médica y psicológica a niños víctimas de conflictos bélicos en todo el mundo. En 1997 fue nombrada Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, cargo que sigue ejerciendo con plena convicción. Ha publicado su memoria, Fire Road (2017), y continúa ofreciendo conferencias en universidades, parlamentos y foros internacionales.
Hoy, con más de setenta años, Kim Phúc sigue cargando las cicatrices físicas que el napalm le dejó para siempre. Pero lo que ofrece al mundo no son cicatrices: es un testimonio radical de que la dignidad humana puede sobreponerse al horror más extremo. En tiempos en que las imágenes de niños heridos en conflictos contemporáneos saturan nuestras pantallas sin apenas provocar reacción, la historia de Kim Phúc nos recuerda que detrás de cada fotografía hay una vida entera que merece ser escuchada, protegida y, sobre todo, no repetida.
La niña que ardió en 1972 lleva más de medio siglo enseñándonos algo que los tratados de paz rara vez consiguen: que el verdadero fin de una guerra ocurre dentro de cada persona, y que el perdón no es debilidad sino la forma más exigente de valentía.
Hace poco leíamos leíamos en El Correo a una librera de Getxo que apuntaba este libro como el más leído en nuestro municipio. Y nunca le habíamos dedicado un post, aunque sí varios a su autor Zweig. El mundo de ayer (leer parte en PDF) es la memoria de una Europa que el odio destruyó.
El autor, Stefan Zweig, ciudadano del mundo sin patria, nació en Viena el 28 de noviembre de 1881, en el seno de una familia judía
acomodada de la alta burguesía austro-húngara. Formado en la Viena imperial
—ese crisol cultural irrepetible donde convivían Mahler, Freud, Schnitzler y Klimt—, estudió Filosofía y Letras en Viena y Berlín, y pronto se convirtió en
uno de los escritores en lengua alemana más leídos del mundo. Traductor,
biógrafo, dramaturgo y narrador, Zweig cultivó una prosa de precisión
quirúrgica y extraordinaria sensibilidad psicológica.
En 1934, acosado
por el ascenso del nazismo y el antisemitismo, abandonó Austria y emprendió un
exilio que lo llevó a Londres, Nueva York y finalmente a Petrópolis, en Brasil.
Allí, en la madrugada del 22 de febrero de 1942, Stefan Zweig y su segunda
esposa, Charlotte Altmann, pusieron fin a sus vidas mediante una sobredosis de
barbitúricos. Había terminado de escribir El mundo de ayer apenas unas semanas
antes de su muerte. El libro se publicó póstumamente en 1942.
La obra se
articula en grandes capítulos que van desde la juventud dorada en Viena —la
ciudad de la cultura, la tolerancia y el refinamiento— hasta la irrupción de la
Primera Guerra Mundial, la efímera ilusión de la República de Weimar, el terror
nazi y la Segunda Guerra Mundial. Zweig describe la Belle Époque con una
nostalgia que no es meramente sentimental, sino política y filosófica: aquella
Europa de fronteras abiertas, de pasaportes innecesarios y de intercambio
cultural sin trabas representaba para él la promesa más alta de la modernidad.
El naufragio
de esa promesa ocupa el centro dramático del relato. Con una lucidez
estremecedora, Zweig narra cómo el nazismo, la propaganda, el miedo y el
resentimiento fueron desmontando, pieza a pieza, el edificio de la convivencia
ilustrada que él había conocido. El antisemitismo, la quema de libros, la
persecución de los intelectuales, el exilio de la inteligencia europea: todo
ello desfila ante el lector con una verosimilitud que ningún manual de historia
puede igualar.
Zweig también
dedica páginas memorables a sus encuentros con figuras como Rodin, Rilke, Romain Rolland, Gorki, Freud, Joyce, Hofmannsthal y Herzl —cuya visión sionista
comprendió tarde, como él mismo reconoce—. Estos retratos funcionan como
pequeños lienzos de época, pero revelan también la fe de Zweig en la cultura
como antídoto frente a la barbarie, una fe que los hechos acabarían
desmintiendo.
Voces del libro: citas para la memoria: "Nunca había sido la Tierra más bella, nunca había sido la
libertad más grande, nunca había sido la riqueza más abundante, nunca había
sido la fe en el progreso más ardiente." "El judío europeo era, de todos los europeos, el más
europeo; había asimilado mejor que ningún otro pueblo la cultura
occidental." "Antes de la Primera Guerra Mundial, el mundo pertenecía a
todos. Cada uno podía ir adonde quisiera y quedarse cuanto tiempo le pareciese.
No existían permisos, no existían visados." "Quizás la mayor tragedia de mi generación es que hayamos
vivido en tres mundos distintos sin poder adaptarnos a ninguno de ellos." "He visto cómo las grandes ideologías colectivas destruyen
al individuo, al que solo le queda la opción de someterse o ser
destruido."
Vigencia: un espejo para el presente. Leer El mundo
de ayer en el siglo XXI no es un ejercicio de nostalgia histórica. Es una advertencia. Zweig describe con precisión los mecanismos mediante los cuales
una sociedad cultivada puede deslizarse hacia la intolerancia, el autoritarismo
y la violencia. La rapidez del derrumbe —apenas una década separa la República
de Weimar del Tercer Reich— interpela directamente a cualquier lector que viva
en una democracia y crea que los avances civilizatorios son irreversibles.
La escritura de Zweig es al mismo tiempo elegante y
urgente, íntima y universal. Su mirada sobre Europa —una mirada que amó ese
continente con la intensidad de quien lo perdió todo— convierte este libro en
una de las grandes obras de la literatura del siglo XX y en una lectura
imprescindible para quien quiera entender cómo el odio organizado puede arrasar
en pocos años lo que tardó generaciones en construirse.
Hay preguntas que la humanidad formula desde sus orígenes sin que ninguna respuesta las clausure definitivamente. «¿Cuál es el sentido de la vida?» es, acaso, la más persistente de todas ellas. No porque los seres humanos carezcan de respuestas —las tienen, y en abundancia—, sino porque cada generación las hereda, las pone a prueba y las reformula desde sus propias coordenadas históricas, culturales y existenciales.
Conviene, antes de ensayar cualquier respuesta, deslindar el propio interrogante. Preguntar por el «sentido» puede significar cosas bien distintas: preguntar por un propósito que trasciende al individuo, por un valor que justifica el esfuerzo de existir, o simplemente por una coherencia narrativa que nos permita reconocernos como protagonistas de algo más que una sucesión de hechos azarosos. No es lo mismo la pregunta del adolescente que atraviesa su primera crisis de identidad que la del anciano que contempla el horizonte de su vida completa. El interrogante es el mismo; quienes preguntan, no.
Las tradiciones filosóficas han ofrecido respuestas radicalmente distintas, y todas ellas merecen ser tomadas en serio. Para Aristóteles, el sentido residía en la eudaimonía, esa floración plena de las capacidades propias que alcanza quien vive conforme a la virtud y al ejercicio de la razón. Lejos de todo hedonismo, la vida con sentido era aquella en que el ser humano desarrollaba lo mejor de sí mismo en el seno de una comunidad política. La polis no era el telón de fondo, sino la condición misma de la existencia lograda.
El pensamiento religioso aportó otra dimensión: el sentido venía de fuera, donado por un Creador, y la vida humana cobraba su verdadero peso en la perspectiva de una trascendencia que la desbordaba. Esta respuesta, históricamente dominante en Occidente, no se limitó a consolar: estructuró calendarios, rituales, comunidades enteras. La muerte, así, no suprimía el sentido sino que lo transformaba.
La modernidad ilustrada desplazó el fundamento hacia el sujeto autónomo. Kant situó la dignidad en la libertad moral: el ser humano es fin en sí mismo, y ningún propósito exterior puede subordinarlo a la lógica de un medio. El sentido ya no venía del cosmos ni de la revelación, sino de la capacidad de darse a uno mismo una ley que uno mismo pudiera universalizar. Era una respuesta exigente y, en cierto modo, solitaria.
El siglo XX, marcado por catástrofes de escala sin precedentes, puso a prueba estas respuestas con una brutalidad que ninguna teoría abstracta había anticipado. Viktor Frankl (muchos posts), psiquiatra vienés superviviente de los campos de exterminio nazis, propuso desde su logoterapia que el ser humano puede soportar casi cualquier condición si encuentra un para qué. El sentido no se inventa ni se otorga: se descubre en la actitud con que uno afronta el sufrimiento inevitable, en la obra que crea o en el amor que da y recibe. Esta respuesta, nacida del extremo del horror, tiene una fortaleza moral que pocas otras pueden reclamar.
El existencialismo —Sartre, Camus, Heidegger— apostó, en cambio, por la ausencia de sentido previo: la existencia precede a la esencia, y el ser humano está condenado a construir desde la libertad aquello que ningún orden cósmico ni ninguna esencia predeterminada le ofrece. El absurdo no es una falla del mundo: es su condición. Y sin embargo, Camus concluyó que hay que imaginar a Sísifo feliz. El desafío al sinsentido es ya una forma de sentido.
Hoy, la neurociencia, la psicología positiva y la sociología contemporánea aportan nuevas capas a la pregunta. Estudios transculturales sugieren que las personas con mayor bienestar subjetivo suelen compartir tres ingredientes: relaciones significativas, la sensación de contribuir a algo que las trasciende y la experiencia del crecimiento personal. No es una respuesta filosófica, pero tampoco la contradice.
La pregunta por el sentido de la vida no tiene una respuesta correcta que pueda depositarse en un manual y transmitirse sin más. Lo que sí puede transmitirse es la disposición a formularla con rigor, a habitarla con honestidad y a revisarla a lo largo de una vida que, como escribió Ortega y Gasset, es siempre tarea, siempre quehacer, siempre proyecto. Quizá en esa disposición misma —en la voluntad de no resignarse a vivir sin examinarse— resida ya, modestamente, algo parecido a una respuesta.
¿Para qué vivimos? Es la pregunta que atraviesa toda la historia de la filosofía, desde Aristóteles hasta Viktor Frankl. https://t.co/shwohDguGY En una época de hiperconexión, incertidumbre y cambios acelerados, buscar el sentido de la vida sigue siendo el mayor desafío humano.… pic.twitter.com/PbFpAOjrL1
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 23, 2026
@darte_formacion 🧭 Quizá el sentido de la vida no es algo que encuentras… sino algo que respondes. Viktor Frankl lo expresó de una forma brutal: no eres tú quien le pregunta a la vida cuál es tu propósito… es la vida la que te lo pregunta a ti. Y eso cambia todo. Porque entonces el propósito no aparece como una idea mágica que compras, descubres o desbloqueas de golpe. No viene empaquetado en una frase bonita ni en un curso. ⚠️ El sentido se responde. Con lo que haces. Con cómo vives. Con las decisiones que tomas cuando nadie te aplaude. Con la forma en la que sostienes lo difícil, eliges lo importante y te posicionas frente a tu propia vida. ✨ A veces no te falta encontrar “tu propósito”. Te falta empezar a responder con más verdad a la vida que ya tienes delante. 💛 El sentido no siempre se descubre pensando más. Muchas veces se revela viviendo de otra manera. #ViktorFrankl#PropositoDeVida#DesarrolloPersonal#CrecimientoPersonal#Reflexion♬ sonido original - D'Arte Formación
Circula por Internet, atribuido con devoción a Jean d'Ormesson, un texto breve titulado Le train de ma vie —El tren de mi vida— que comienza así: al nacer, subimos a un tren y encontramos a nuestros padres, y creemos que viajarán siempre con nosotros. Pero en alguna estación descienden, y el viaje continúa sin ellos. Un texto de apenas unas decenas de líneas que ha recorrido millones de pantallas, ha sido leído en funerales y bodas, susurrado en hospitales y copiado en cuadernos de adolescentes. El problema —o quizás la gracia— es que los investigadores literarios no han podido localizar este fragmento en ninguna obra ni discurso oficial de d'Ormesson. Todo apunta a que se trata de un texto anónimo que el imaginario colectivo decidió, con una especie de justicia poética, colocar bajo la firma del escritor francés más amado de su generación.
Y sin embargo, pocas atribuciones resultan tan comprensibles. Jean d'Ormesson, fallecido en 2017 a los 92 años, era uno de los intelectuales más populares entre los franceses, que apreciaban su optimismo frente a la desesperanza de muchos de sus colegas. Él mismo definía sus libros como «una especie de Prozac para almas atormentadas», y su último título llevaba por nombre Je dirai malgré tout que cette vie fut belle —Diré pese a todo que esta vida ha sido bella—, una declaración que podría servir de epílogo al texto del tren sin perder ni una gota de autenticidad. Estudió en la Escuela Normal Superior de París y se especializó en letras, historia y filosofía, antes de convertirse en académico, periodista, novelista y en lo que los franceses llaman, con afecto, le prof de lettres des Français: el maestro de letras de los franceses.
La metáfora del tren como representación del transcurso vital tiene una larga historia en la literatura y el pensamiento occidental. Desde las meditaciones de Marco Aurelio sobre el paso del tiempo hasta las imágenes ferroviarias de Tolstói o la filosofía bergsoniana de la duración, el viaje en tren ha funcionado como espejo del tiempo irreversible: todo avanza en una sola dirección, las estaciones se suceden sin posibilidad de retorno, y los pasajeros suben y bajan según leyes que nos sobrepasan. Lo que el texto atribuido a d'Ormesson añade es una modulación sentimental y ética al mismo tiempo: los otros no son mero paisaje, sino compañeros de vagón cuya presencia o ausencia nos define.
La estructura narrativa del texto es engañosamente sencilla. Comienza con la infancia —el encuentro con los padres— y va desplegando, en orden casi cronológico, los vínculos que conforman una vida: hermanos, amigos, amores, hijos. Cada uno ocupa su asiento durante un trecho, y luego desciende. Algunos lo hacen de manera ruidosa y dolorosa; otros, «tan discretamente que no nos damos cuenta de que han abandonado su asiento». Esta distinción no es menor: hay pérdidas que dejan cicatriz y pérdidas que solo se reconocen en retrospectiva, cuando la ausencia ya es antigua y el nombre apenas emerge de la memoria. La sabiduría del texto reside precisamente en no jerarquizar: ambas formas de partir merecen atención.
El desenlace apunta hacia una ética del presente que tiene resonancias estoicas y también budistas: no sabemos en qué estación descenderemos, de modo que la única respuesta razonable es vivir con gratitud, perdonar a tiempo y procurar dejar buenos recuerdos en quienes continúan el viaje. Es una filosofía sin asperezas, quizás demasiado luminosa para algunos, pero que en Jean d'Ormesson —real o imaginado como autor— encuentra su portavoz natural.
Que un texto anónimo haya necesitado un nombre para circular, y que ese nombre haya sido el suyo, dice algo revelador sobre la función social de los autores. La autoría no es solo un dato bibliográfico: es una promesa de coherencia, un marco interpretativo. Cuando leemos este texto creyendo que es de d'Ormesson, lo leemos de otra manera: con la gravedad serena de alguien que se sabe mortal y ha decidido celebrar la vida de todas formas. La ficción de autoría, en este caso, no engaña; ilumina.
Al final, quizás importe menos quién escribió Le train de ma vie que el hecho de que alguien lo escribió, de que millones lo han reconocido como propio, y de que d'Ormesson —con su elegancia aristocrática y su incurable amor por la existencia— sigue siendo, incluso más allá de la muerte, el tipo de escritor a quien uno querría atribuirle las palabras más hermosas sobre el viaje que todos, sin excepción, estamos haciendo juntos.
🚂 ¿Y si la vida no fuera una carrera, sino un viaje en tren? Jean d’Ormesson nos regaló una de las alegorías más hermosas sobre la existencia: "Le train de ma vie". https://t.co/R6vCvHQrWi Subimos al nacer, nuestros padres bajan en alguna estación dejándonos su equipaje, y… pic.twitter.com/5CT5BwJG22
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 16, 2026
Insistimos con escritoras desaparecidas prematuramente y hace medio siglo al menos. Hoy con AnneSexton, la poetisa que hizo del abismo literatura. Ella escribió desde el borde de la existencia, como terapia, como obra de arte y con el coraje de nombrarse a sí misma.
Hay escritoras cuya obra no puede separarse de su vida sin perder algo esencial, no por falta de ambición artística, sino porque la vida misma fue el material con el que trabajaron. AnneSexton pertenece a esa estirpe exigente y perturbadora. Nacida en Newton, Massachusetts, en 1928, y muerta por su propia mano en 1974, dejó una obra poética que sigue siendo hoy uno de los hitos más incómodos y necesarios de la literatura norteamericana del siglo XX.
Sexton llegó a la poesía de forma tardía y casi accidental. Tras años de crisis nerviosas, hospitalizaciones y una maternidad vivida con ambivalencia, un médico le sugirió que escribiera. Lo que comenzó como ejercicio terapéutico se convirtió en vocación absoluta. En 1957 ingresó en el seminario de John Holmes en Boston, donde conoció a Maxine Kumin, quien sería su amiga y confidente literaria de por vida. Poco después estudió con Robert Lowell, en cuyas clases coincidió con Sylvia Plath. Tres nombres, tres destinos trágicos, una misma voluntad de hacer de la experiencia interior materia poética sin concesiones.
Su primer libro, To Bedlam and Part Way Back (1960), estableció de inmediato su registro: una voz directa, clínica en ocasiones, capaz de hablar de la locura, el internamiento y el cuerpo femenino con una franqueza que escandalizó a parte de la crítica y deslumbró a otra. La etiqueta de “poesía confesional” —acuñada para describir también la obra de Lowell y Plath— le quedó adherida para siempre, aunque Sexton nunca la aceptó con comodidad. Confesar, para ella, no era exhibicionismo sino un acto de rigor: nombrar lo que la sociedad prefería silenciar.
Con All My Pretty Ones (1962) consolidó su dominio del poema largo y narrativo, y en 1967 obtuvo el Premio Pulitzer por Live or Die, colección que dramatiza de forma casi diaria la tensión entre el impulso de seguir viviendo y el de abandonar. El título lo dice todo: cada poema es una elección provisional.
Pero quizás su obra más audaz sea Transformations (1971), en la que reescribe diecisiete cuentos de los hermanos Grimm con ironía feroz, humor negro y una mirada feminista avant la lettre. Cenicienta, Rapunzel, Blancanieves dejan de ser figuras pasivas para convertirse en espejo de las convenciones que aprisionan a las mujeres reales. Este libro, radicalmente distinto en tono a su poesía anterior, demostró que Sexton no era una voz de un solo registro, sino una artista capaz de reinventarse.
Su valoración literaria ha fluctuado con el tiempo. Los detractores —los hubo y los hay— argumentaron que su obra era demasiado autobiográfica para ser gran literatura, como si la distancia fuera condición del arte. Pero las generaciones posteriores, y en particular la crítica feminista desde los años ochenta en adelante, han reivindicado a Sexton como una escritora que abrió territorios prohibidos: la depresión, el aborto, el incesto, la menstruación, el deseo femenino. Habló de lo que no se hablaba, y lo hizo con un dominio formal impresionante, combinando metros tradicionales con el verso libre en una síntesis que pocas veces suena forzada.
Anne Sexton murió el 4 de octubre de 1974, a los 45 años. Su obra completa, reunida póstumamente, ocupa el lugar incómodo que merece: entre los grandes de su generación, sin las atenuaciones que a veces se aplican a quienes escribieron desde el margen. Leerla hoy sigue siendo una experiencia que no deja indiferente, porque habla de la condición humana con la única moneda que siempre ha sido válida: la verdad dicha en voz alta.
📚✨ Cuando Anne Sexton tomó los cuentos de los hermanos Grimm, no los suavizó: los desmontó. https://t.co/KdbZ5phqV1 En Transformaciones convirtió a Blancanieves, Cenicienta o Rapunzel en espejos incómodos de la sociedad, cuestionando los estereotipos femeninos, los finales… pic.twitter.com/Lg4OkHqpYF
— Mikel Agirregabiria (@agirregabiria) June 14, 2026