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Reality+: David Chalmers dice que lo virtual es realidad genuina

Hoy nos detendremos a analizar una vieja sospecha o paranoia muy habitual, inducida o natural, en muchos de nosotros. Lo haremos con el libro Reality+ de David Chalmers y la realidad que cabe en unas gafas. 

¿Y si el mundo en el que desayunamos esta mañana fuese un programa? Con esa pregunta, vieja como la filosofía y nueva como un casco de realidad virtual, abre David Chalmers Reality+: Virtual Worlds and the Problems of Philosophy, publicado en enero de 2022 por W. W. Norton. Chalmers, nacido en Australia y profesor en la Universidad de Nueva York, es conocido desde 1994 por formular el «problema difícil de la conciencia»: por qué sentir algo se parece a algo. Aquí cambia de escala y se pregunta qué es, en el fondo, lo real.

Su tesis cabe en una frase y es valiente: los mundos virtuales son realidades genuinas, no sucedáneos. Un objeto digital, dice, tiene poderes causales sobre nuestra experiencia, existe de verdad en el ordenador y puede importarnos tanto como una mesa. Lo llama «realismo virtual». Lo que ocurre dentro de un mundo virtual puede ser tan auténtico como lo que ocurre fuera, y una vida plena puede vivirse en él.

El libro recorre los clásicos con ojos nuevos. El demonio maligno de Descartes (Meditaciones metafísicas, 1641) y la caverna de Platón se convierten en antepasados de Matrix. La hipótesis de la simulación, formulada por el filósofo sueco Nick Bostrom en 2003 en su artículo «Are You Living in a Computer Simulation?», pasa de pesadilla escéptica a hipótesis metafísica. Si vivimos en una simulación, no se sigue que nada exista: solo cambiaría la naturaleza de lo que existe. Las mesas, las montañas y el café siguen ahí, hechos de otra materia, de información. Es una idea que mareará a unos y consolará a otros.

Quizá lo más hermoso es que esta discusión tan de 2022 ya la tuvimos en castellano en 1914. En Niebla, Miguel de Unamuno hace que Augusto Pérez visite a su autor para protestar porque este quiere matarlo, y el autor le replica que él no es más que un ente de ficción. Augusto se rebela, y el lector sale dudando de quién es más real de los dos. 

Según nuestra experiencia, el libro tiene una virtud rara en filosofía: se deja leer. Son unas 500 páginas que alternan rigor y humor, con ejemplos de videojuegos, realidad aumentada e interfaces cerebrales. Quien enseña sabe lo difícil que es que un alumno de 16 años se interese por Descartes, y quien tenga un casco de realidad virtual en casa, o un nieto que lo tenga, encontrará aquí una excusa magnífica para empezar la conversación. 

Queda una cuestión ética que Chalmers no esquiva: si esos mundos son reales, lo que ocurre en ellos tiene consecuencias éticas. Hay que pensar en la dignidad de quien habita una plataforma, en los derechos digitales, en quién manda en un universo que es propiedad de una empresa. Esa tarea nos espera a todos.

Recomendamos Reality+ a quien guste de pensar despacio, y recomendamos releer Niebla a continuación, a modo de contrapunto. Y una pregunta final, de las que no se resuelven en una tarde: si mañana supieras con certeza que tu mundo es una simulación, ¿vivirías de otra manera? Yo, desde luego, seguiría escribiendo este blog.

Para pasar a la acción (horizonte 2–10 años): Leer: un libro de filosofía al trimestre, empezando por Reality+, y Niebla en el segundo. Objetivo a 2 años: 8 lecturas comentadas. Evaluación: una ficha de 200 palabras por libro en el blog. Escribir: una entrada mensual que cruce tecnología y humanidades. Objetivo a 5 años: 60 entradas. Evaluación: revisión anual de visitas y comentarios. Voluntariado y activismo: ofrecer un taller de alfabetización digital y pensamiento crítico en una biblioteca o aula de Getxo y Bilbao. Objetivo a 10 años: 100 personas formadas. Evaluación: encuesta de 5 preguntas al inicio y al final de cada taller.

Reglas para la dirección del espíritu de Descartes

Tras un agradable encuentro con Santiago Fernández y Sebas Álvarez (foto), a propuesta de Santiago repasamos y redescubrimos las Reglas cartesianas de 1628. Sienta las bases de la arquitectura del método cartesiano de pensamiento. ¿Por qué seguimos acudiendo a los clásicos del siglo XVII cuando buscamos rigor mental y claridad conceptual en nuestro propio aprendizaje? Quienes nos hemos dedicado durante décadas a la docencia de las ciencias experimentales y de la matemática sabemos bien que la búsqueda de un método sólido no es un debate pretérito, sino una exigencia metodológica permanente.

Redactadas hacia 1628 por René Descartes y publicadas de forma póstuma en 1701, las Reglas para la dirección del espíritu (Regulae ad directionem ingenii) constituyen su obra germinal (1596-1650). Aunque el texto quedó inconcluso —de las treinta y seis reglas proyectadas solo se redactaron veintiuna—, contiene la matriz filosófica y epistemológica que más tarde cristalizaría en el célebre Discurso del método (1637). 

En este tratado, Descartes no busca acumular saberes dispersos, sino disciplinar la razón. Como hemos observado al analizar el desarrollo de las ideas científicas, el propósito cartesiano era unificar la ciencia bajo un único criterio de certeza matemática. Para ello, establece dos operaciones fundamentales de la mente: la intuición, entendida como la aprehensión clara e distinta de un concepto por la luz de la razón, y la deducción, que conecta de forma lógica unas verdades con otras. 

Entre las reglas más representativas, destacamos las siguientes: 

 - Regla I: La orientación de la mente debe dirigirse a formar juicios sólidos y verdaderos sobre todo lo que se le presenta.
- Regla II: Sólo debemos ocuparnos de aquellos objetos para cuyo conocimiento certero e indudable parecen bastar nuestros espíritus. 
- Regla III: Buscar la intuición evidencia y la deducción cierta, rechazando la mera conjetura. 
- Regla V: Reducir gradualmente las proposiciones complicadas y oscuras a otras más simples, para elevarse luego por los mismos pasos al conocimiento de las demás.

René Descartes nació en La Haye en Touraine el 31 de marzo de 1596 y falleció en Estocolmo el 11 de febrero de 1650. Formado en el colegio jesuita de La Flèche, su vida itinerante por Europa —que incluyó estancias prolongadas en la República de las Provincias Unidas— estuvo marcada por la búsqueda infatigable de un saber fundamentado en la razón humana y no en la mera autoridad escolástica.

Recomendamos vivamente la relectura atenta de estas Reglas para la dirección del espíritu a docentes, estudiantes e investigadores. Nos recuerdan que el verdadero conocimiento exige orden, simplicidad y una depuración constante de los prejuicios. "Aprender no es acumular datos, sino ordenar la mente para alcanzar la verdad", cita de René Descartes.