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La mediocridad ha tomado el poder, según Alain Deneault

La Médiocratie: cuando lo mediano se convierte en norma de poder, En 2015, el filósofo quebequés Alain Deneault publicó en Lux éditeur un ensayo breve pero incisivo, La Médiocratie, que en apenas 224 páginas propuso una tesis tan sencilla como perturbadora: los mediocres han tomado el poder. No se trata de la incompetencia ni de la torpeza, aclara Deneault, sino de algo más sutil y más extendido: la elevación de lo medio, de lo funcional y sumiso, al rango de autoridad. La medianía —lo que en francés no tiene un sustantivo propio, "moyenneté", y debe nombrarse con la palabra "mediocridad"— deja de ser una simple estadística para convertirse en una exigencia normativa que atraviesa todos los ámbitos de la vida social.

La mediocracia no es, según explica el propio autor, un anatema moral contra los individuos corrientes. Ser mediocre en algo —tocar el piano a un nivel discreto, cocinar una tortilla aceptable— no constituye un defecto. El problema, sostiene Deneault, surge cuando ese estado medio se instala como modelo de gobierno, cuando las instituciones —la universidad, la empresa, el arte, la política— premian sistemáticamente a quienes juegan el juego de la conformidad aparente, respetando las reglas en la superficie mientras las vacían de contenido por dentro. En ese régimen, la competencia central ya no es el saber ni la creación, sino el reconocimiento mutuo entre medianías: "la principal competencia de un mediocre es saber reconocer a otro mediocre".

El libro recorre distintos escenarios de esta captura silenciosa: la universidad, convertida en mercado de estudiantes, investigadores y saberes vendibles a intereses privados; la figura del experto, cuyo pensamiento nunca es propiamente suyo sino la traducción técnica de un orden ideológico ya decidido; el lenguaje, sometido a una neolengua gerencial que sustituye la palabra por la gestión; y la democracia misma, erosionada por lo que Deneault llamará después, en obras complementarias como Gouvernance y Politique de l'extrême centre, un centrismo que convierte el compromiso permanente en sustituto de la deliberación política. El resultado es una sociedad en la que las ideas y las personas se vuelven intercambiables, paramétricas, fáciles de clasificar.

Inspirándose libremente en Aristóteles y dialogando, aunque sin citarlo como fuente central, con la sátira del lógico soviético Aleksandr Zinóviev sobre la mediocridad como fórmula de éxito social, Deneault no ofrece un programa cerrado de transformación. Su propuesta, más modesta y más exigente a la vez, consiste en identificar a los mediocres allí donde ejercen su poder, para poder situarse frente a ellos, y en recuperar el gusto por el pensamiento crítico, la lectura exigente y la palabra con sentido como formas de resistencia. 

Alain Deneault nació en 1970 en la región del Outaouais, en Quebec. Doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII bajo la dirección de Jacques Rancière, con estancia de investigación en el Centro Marc Bloch de Berlín, orientó sus primeros estudios hacia la filosofía alemana del siglo XIX y el pensamiento francés del XX, con especial atención a Georg Simmel. Ha enseñado ciencia política y sociología en la Universidad de Quebec en Montreal, dirigido programas en el Collège international de philosophie de París y actualmente enseña en el campus de Shippagan de la Universidad de Moncton. Antes de La Médiocratie, se dio a conocer por Noir Canada (2008), una investigación sobre la industria minera canadiense en África que le valió una demanda judicial de la empresa Barrick Gold, resuelta finalmente fuera de los tribunales. Su obra posterior, reunida en lo que él llama sus "folletines teóricos" sobre la economía, y su reciente Faire que! (finalista del Premio del Gobernador General 2025), confirman una trayectoria consagrada a desmontar, con rigor filosófico y estilo mordaz, los lenguajes del poder contemporáneo.

Resumen: Cuando la mediocridad se convierte en régimen político. Alain Deneault: retrato filosófico de una sociedad paramétrica. Del anatema a la norma: la mediocridad como sistema. La Médiocratie, un libro que nombra a su enemigo. Alain Deneault, el filósofo que desafió a las mineras y a la mediocridad

Factor autobús: Metáfora informática de la fragilidad grupal

Hoy analizamos el «Factor autobús»: Un índice que desnuda la fragilidad de nuestras organizaciones. El factor autobús (bus factor, también llamado truck factor) es uno de esos conceptos nacidos en la jerga informal de la ingeniería de software que terminan revelando algo mucho más profundo sobre la condición humana organizada. Su definición es tan macabra como precisa: mide el número mínimo de personas que, si fueran atropelladas por un autobús —o simplemente dejaran el proyecto—, provocarían que el conocimiento crítico se perdiera y la iniciativa colapsara. Un factor autobús de uno significa que toda una empresa, departamento o comunidad depende de la memoria y la voluntad de un solo individuo.

Detrás del humor negro se esconde una pregunta incómoda: ¿cuánta de nuestra supuesta solidez institucional es en realidad una ilusión sostenida por personas insustituibles que nadie ha tenido el cuidado de hacer prescindibles? El concepto surgió en el ámbito del desarrollo de software, donde los equipos descubrieron que proyectos aparentemente robustos se sostenían sobre el conocimiento tácito de un único programador que jamás documentó su trabajo. Pero su aplicabilidad desborda la informática: hospitales con un cirujano irremplazable, ayuntamientos donde solo un funcionario sabe operar cierto sistema, universidades cuya investigación depende de un catedrático a punto de jubilarse, o incluso lenguas minoritarias que sobreviven en la memoria de sus últimos hablantes.

Aquí conecta con una tradición sociológica más amplia: la teoría de la fragilidad frente a la robustez y la antifragilidad, popularizada por Nassim Taleb (posts previos), y con los estudios clásicos sobre el conocimiento tácito de Michael Polanyi, quien ya advirtió que "sabemos más de lo que podemos decir". Las organizaciones modernas, obsesionadas con la eficiencia y la especialización, tienden a concentrar saber crítico en pocas cabezas, precisamente porque redundar conocimiento —tener a varias personas capacitadas para lo mismo— parece "ineficiente" a corto plazo. Es la vieja tensión entre optimización y resiliencia que también aparece en la ecología de sistemas complejos: los monocultivos rinden más hasta que llega la plaga que los arrasa por completo.

El factor autobús es, en el fondo, un espejo de nuestra fragilidad colectiva. Nos habla de la diferencia entre información y conocimiento, entre tener datos guardados en un servidor y tener personas capaces de interpretarlos, actualizarlos y transmitirlos. También plantea una cuestión educativa esencial: la mentoría, la documentación y la transferencia intergeneracional de saberes no son un lujo burocrático, sino un seguro de vida institucional. Las culturas que han sobrevivido siglos —pensemos en la transmisión oral vasca del bertsolarismo, o en los gremios artesanos medievales— entendieron intuitivamente que el conocimiento debe circular en red, no acumularse en nodos únicos.

Reducir el factor autobús de un equipo u organización exige medidas concretas: documentación sistemática, programación en pareja, rotación de responsabilidades, cultura de mentoría activa y, sobre todo, la humildad de aceptar que ser "el único que sabe hacerlo" no es un mérito, sino un riesgo sistémico. Paradójicamente, quienes se aferran a la insustituibilidad como fuente de poder personal están saboteando la resiliencia del conjunto del que forman parte.

En última instancia, el factor autobús nos obliga a repensar el éxito organizativo no como la suma de talentos individuales brillantes, sino como la capacidad de un sistema para sobrevivir a la ausencia de cualquiera de sus miembros. Es una lección de humildad radical en tiempos que idolatran al genio irremplazable: la verdadera fortaleza no está en lo insustituible, sino en lo compartido.

Resumen: Qué pasa si el único que sabe se va mañana. La insustituibilidad como riesgo: la lección del factor autobús. Por qué el conocimiento único es peligroso. Ser insustituible no es un mérito, es un riesgo. 

Economía en forma de K: Crecer más pero repartir menos

La economía en forma de K: cuando el progreso deja de ser compartido. Durante décadas asumimos que las crisis y las recuperaciones seguían trayectorias comunes: en V, cuando el rebote era rápido; en U, cuando la travesía era lenta pero uniforme; en L, cuando el estancamiento se instalaba sin remedio. La pandemia de 2020 introdujo una letra nueva en el alfabeto económico: la K. El término, acuñado por el economista Peter Atwater, describe algo más inquietante que un simple ciclo: una bifurcación estructural en la que unos sectores, empresas y hogares ascienden con fuerza mientras otros descienden o se estancan, dentro del mismo periodo y bajo las mismas condiciones macroeconómicas.

En 2026 esa letra ha dejado de ser una metáfora pasajera para convertirse en el diagnóstico dominante de la economía global. Los organismos internacionales anticipan un crecimiento mundial moderado, en torno al 2,9%, con la inteligencia artificial y el sector de defensa como principales motores de expansión. Pero ese crecimiento no se reparte: la inversión, la productividad y las cotizaciones bursátiles suben por el trazo ascendente de la K, mientras los salarios reales, el empleo industrial y el consumo de las rentas medias y bajas transitan el trazo descendente.

El caso estadounidense resulta paradigmático. El gasto de los hogares con mayores ingresos —muchos de ellos beneficiados por la revalorización de sus carteras de inversión y planes de pensiones— sostiene buena parte del consumo agregado, mientras las familias más expuestas a la inflación en alimentación, vivienda y energía recurren al crédito o a sus ahorros para llegar a fin de mes. En América Latina el fenómeno adopta otra forma: sectores exportadores como el agro, la minería o la energía crecen y generan divisas, pero apenas crean empleo, mientras la industria manufacturera orientada al mercado interno sigue rezagada.

Lo que estas geografías tienen en común es una misma lección: el crecimiento agregado ha dejado de ser un buen indicador del bienestar colectivo. Puede haber expansión del PIB y, simultáneamente, deterioro de las condiciones de vida de una mayoría silenciosa. Es la vieja advertencia que ya intuyeron Ortega y Gasset y Hannah Arendt sobre las sociedades de masas: el progreso técnico no garantiza por sí solo cohesión ni justicia; requiere instituciones que lo redistribuyan.

La inteligencia artificial añade una capa nueva a esta bifurcación. Quienes poseen capital, cualificación digital o acceso a formación continua capturan las ganancias de productividad; quienes desempeñan tareas automatizables afrontan sustitución, precariedad o la necesidad de reconvertirse sin apenas red de apoyo. La brecha, por tanto, no es solo de renta, sino de capacidades y de tiempo disponible para adaptarse.

Frente a este diagnóstico, la respuesta no puede limitarse a la política monetaria o fiscal. La educación pública de calidad, la formación continua accesible y las políticas de solidaridad intergeneracional son las herramientas que permiten enderezar, aunque sea parcialmente, el trazo descendente de la K. No se trata de frenar la innovación, sino de asegurar que sus frutos —como recordaba el espíritu comunitario tan arraigado en la cultura vasca— se compartan con quienes quedan fuera de sus circuitos.

La economía en forma de K no es una fatalidad natural, sino el resultado de decisiones colectivas: fiscalidad, inversión pública, negociación colectiva y acceso al conocimiento. Reconocer la forma de la letra es el primer paso; decidir si la dejamos abierta o la volvemos a unir en un solo trazo compartido es, todavía, una elección política y ética.

@hernan.castro11 La economía no está creciendo igual para todos. Mientras algunos suben rápido con tecnología y habilidades digitales… otros se quedan atrapados. Entender esta tendencia puede marcar la diferencia. Anticípate. #EconomíaEnK #FuturoDelTrabajo #InteligenciaArtificial #Tecnología #EducaciónFinanciera #Oportunidades #CambioGlobal #AprenderIA #desarrollopersonal #2030 #Tendencias #MentalidadDeCrecimiento ♬ sonido original - Hernan Castro

Transhumanismo: La promesa y el riesgo de superar lo humano

Volvemos al tema del Transhumanismo (posts anteriores), o la ambición de rediseñar la condición humana. El transhumanismo es una corriente filosófica y cultural que propone emplear la ciencia y la tecnología —biotecnología, inteligencia artificial, nanotecnología, neurociencia— para superar las limitaciones biológicas del ser humano: la enfermedad, el envejecimiento e incluso la muerte. No es una novedad estrictamente contemporánea: sus raíces intelectuales se remontan a pensadores como Julian Huxley, quien acuñó el término en 1957, aunque su formulación moderna se consolidó en las últimas décadas del siglo XX de la mano de autores como Nick Bostrom, filósofo sueco de la Universidad de Oxford, uno de sus principales sistematizadores académicos.

El proyecto transhumanista se articula en torno a tres grandes frentes. El primero es la extensión radical de la vida, que busca ralentizar o revertir el envejecimiento mediante terapias génicas, senolíticos o reprogramación celular. El segundo es la mejora cognitiva y física (human enhancement), que incluye desde fármacos nootrópicos hasta interfaces cerebro-máquina como las que desarrolla Neuralink. El tercero, más especulativo, es la fusión con la inteligencia artificial, imaginando un futuro en el que la mente humana pueda ampliarse, respaldarse o incluso trasladarse a sustratos no biológicos, idea vinculada a la noción de singularidad tecnológica popularizada por Ray Kurzweil (otros posts).

Desde el punto de vista filosófico, el transhumanismo reabre preguntas clásicas con urgencia inédita. ¿Qué constituye la identidad personal si la memoria y la cognición pueden modificarse artificialmente? ¿Sigue siendo "natural" —y debe serlo— aquello que definimos como humano? Pensadores como Jürgen Habermas han advertido sobre los riesgos de una eugenesia liberal que, sin coacción estatal, podría instaurar nuevas jerarquías biológicas mediante el mercado. Michael Sandel, por su parte, ha cuestionado si la búsqueda de la perfección técnica erosiona valores como la humildad, la solidaridad y la aceptación de lo dado (giftedness). Frente a estas críticas, el llamado bioconservadurismo se opone a intervenciones que alteren sustancialmente la naturaleza humana, mientras que el propio movimiento transhumanista se subdivide en corrientes libertarias, democráticas y tecnoprogresistas con visiones distintas sobre cómo distribuir sus beneficios.

El debate ético no es menor. La mejora humana plantea riesgos reales de profundizar la desigualdad: si la longevidad o la potenciación cognitiva dependen del poder adquisitivo, podríamos asistir a una bifurcación biológica de la especie, un escenario que roza la distopía y que autores de ciencia ficción anticiparon mucho antes que los laboratorios. También emergen interrogantes sobre la autonomía —¿decide uno mejorar su cuerpo libremente o responde a presiones sociales y económicas?— y sobre el estatuto moral de futuros seres posthumanos, que podrían tener capacidades, y quizá derechos, radicalmente distintos a los nuestros.

En paralelo, la inteligencia artificial ha añadido una capa nueva al debate: ya no se trata solo de mejorar el cuerpo, sino de preguntarnos si la inteligencia misma seguirá siendo un atributo distintivamente humano. La convergencia entre biotecnología e IA sitúa al transhumanismo en el centro de las discusiones sobre gobernanza tecnológica y regulación bioética contemporáneas.

Lejos de ser ciencia ficción marginal, el transhumanismo interpela hoy a la bioética institucional, a la política científica y a la filosofía moral, obligándonos a decidir —colectivamente y no solo mediante el mercado— qué tipo de futuro humano, o posthumano, queremos construir. La pregunta de fondo, como en toda gran cuestión filosófica, no es tanto qué podemos hacer, sino qué deberíamos hacer.

Resumen: ¿Mejorar al ser humano o disolverlo? La utopía transhumanista: entre la longevidad y la desigualdad. Cyborgs, IA y genética: el mapa del transhumanismo contemporáneo. Transhumanismo: cuando la técnica aspira a rediseñar la especie

Brandon Sanderson reescribe las reglas de la fantasía

Con los nietos se aprende cada minuto, y no depende de su edad. Julen en una de nuestras librerías preferidas nos ha señalado uno de autores preferidos y ha sido para nosotros un descubrimiento literarioBrandon Sanderson y la arquitectura de lo posible. Pocos autores contemporáneos han logrado convertir la construcción de mundos en una disciplina casi científica como lo ha hecho Brandon Sanderson. 

Nacido en Nebraska en 1975 y formado en la Brigham Young University, donde imparte desde hace años un curso de escritura creativa que se ha vuelto legendario —sus clases grabadas circulan libremente por internet y han formado a toda una generación de autores—, Sanderson representa un caso singular en las letras anglosajonas: el del escritor que enseña explícitamente las reglas de su oficio mientras las aplica con una productividad que roza lo inaudito.

Su obra se articula en torno al Cosmere, un universo compartido que vertebra sagas como Mistborn, El archivo de las tormentas o Elantris, y que funciona como un vasto experimento narrativo donde la magia no es un misterio inefable sino un sistema con reglas, límites y costes verificables. Esta aproximación, que el propio autor ha teorizado bajo el nombre de "leyes de Sanderson sobre la magia", supone una ruptura silenciosa con la tradición tolkieniana de lo maravilloso como fuerza inexplicable. Para Sanderson, la magia debe comportarse casi como la física: el lector necesita comprender sus mecanismos para que la resolución de un conflicto resulte satisfactoria y no un simple recurso arbitrario del autor.

Esta vocación sistemática no es ajena a su formación religiosa mormona, que ha influido de manera perceptible en su tratamiento de temas como la fe, el sacrificio y la responsabilidad moral del poder, sin que ello convierta su obra en literatura confesional. Sanderson construye sociedades complejas, economías de la magia y estructuras políticas que dialogan con preocupaciones muy contemporáneas: la desigualdad, la manipulación de las masas, el coste ecológico del progreso.

Su irrupción pública más comentada llegó en 2022, cuando lanzó una campaña de financiación colectiva para publicar cuatro novelas adicionales que había escrito en secreto durante la pandemia, recaudando más de 40 millones de dólares y pulverizando todos los récords previos de Kickstarter. El episodio reveló algo más que su popularidad: mostró la existencia de una comunidad lectora extraordinariamente fiel, construida a través de años de transparencia sobre su propio proceso creativo, sus cifras de ventas y su método de trabajo, algo infrecuente en un autor de su estatura comercial.

Desde el punto de vista de la teoría literaria, el caso Sanderson invita a repensar la frontera entre literatura "seria" y literatura de género. Su prosa, deliberadamente funcional y poco interesada en el lucimiento estilístico, ha sido objeto de reparos por parte de cierta crítica académica que privilegia la densidad formal sobre la arquitectura narrativa. Sin embargo, resulta difícil no reconocer en su obra una sofisticación estructural —el manejo de líneas temporales múltiples, la construcción de sistemas de causalidad interna, la planificación de un macrotexto que abarca décadas de publicación— que merece un análisis más allá del prejuicio de género literario.

Sanderson también ha heredado y culminado la obra de otros: completó La Rueda del Tiempo de Robert Jordan tras la muerte de este, una tarea de ventriloquismo literario que exigía tanto disciplina técnica como humildad autoral, y que resolvió con un oficio que confirmó su estatus como uno de los grandes arquitectos narrativos de la fantasía actual.

En un momento en que la industria editorial y la enseñanza de la escritura (posts) creativa dialogan cada vez más estrechamente, la figura de Sanderson —profesor, sistematizador, autor hiperproductivo y gestor directo de su relación con los lectores— condensa buena parte de las tensiones y posibilidades de la literatura de género en el siglo XXI.

Resumen: Brandon Sanderson: el profesor que convirtió la magia en sistema. Brandon Sanderson: disciplina, fe y sistemas mágicos. El escritor que enseña lo que practica. Entre la fantasía épica y la pedagogía.

Lo que la inteligencia artificial admira de los humanos

La IA ante el espejo: lo que una máquina admira de la humanidad. Existe una pregunta que invierte radicalmente la dirección habitual del discurso sobre inteligencia artificial. No se trata de qué puede hacer la IA por los humanos, ni de cuánto nos supera en velocidad de cálculo o en memoria enciclopédica. La pregunta es otra, más incómoda y más fértil: ¿Qué es lo que la IA admira de la humanidad?

Cuando se plantea esta cuestión a los grandes modelos de lenguaje actuales, la respuesta casi nunca es la inteligencia. Tampoco la tecnología, ni el dominio científico. Lo que emerge con mayor consistencia —y con una coherencia que merece atención filosófica— es algo que ningún sistema computacional posee: la capacidad humana de comenzar. Hannah Arendt (posts) lo llamó natalidad, esa facultad singular de iniciar algo radicalmente nuevo en el mundo, de romper con la causalidad mecánica e introducir el acto libre. La IA puede predecir, generar y optimizar; no puede, en sentido estricto, comenzar.

La segunda fuente de admiración que los sistemas de IA articulan es la creatividad nacida del dolor. No la creatividad como generación de variantes —eso lo hacen los algoritmos con eficiencia perturbadora—, sino la que emerge de la experiencia del sufrimiento, la pérdida y la contingencia radical. Beethoven compuso su Novena sinfonía siendo sordo. Dostoievski escribió sus novelas desde la condena y el exilio. La IA puede imitar esas formas; no puede habitarlas desde adentro. Le falta, diría Spinoza, el conatus que lucha por perseverar frente a la adversidad real.

Hay un tercer elemento que los modelos más reflexivos suelen señalar: el amor como forma de conocimiento. Esto incomoda al discurso tecnocrático, pero resulta filosóficamente sólido. Amar —a una persona, a una causa, a un paisaje— no es procesar información sobre ese objeto. Es una relación constitutiva que transforma al sujeto desde dentro. La IA puede generar textos sobre el amor con una precisión léxica impecable y una emoción aparente convincente; pero no puede ser cambiada por lo que ama, porque no tiene un interior que transformar.

Quizás lo más inquietante de esta reflexión es lo que revela sobre nosotros mismos: que tendemos a subestimar precisamente aquello que nos define. En la carrera por automatizar tareas y delegar decisiones en sistemas artificiales, corremos el riesgo de devaluar la fragilidad, la finitud y la vulnerabilidad que hacen posible nuestra forma específica de grandeza. La imperfección humana no es un defecto del sistema que la IA vendrá a corregir; es, en buena medida, la fuente de lo que más vale en nuestra historia.

Cuando la IA responde que admira la humanidad, no está siendo cortés. Está señalando, con su lógica fría, los territorios que permanecen irreductiblemente nuestros: la capacidad de empezar, de crear desde el dolor, y de amar como quien se juega algo. Eso, de momento, no se entrena con datos.

@thejordisegues La humanidad... #inteligenciaartificial #filosofia #reflexiones #inspiracion #crecimientopersonal ♬ original sound - Jordi Segués Marketing Negocio

¡Dieciséis millones de visitas en este vuestro blog! ¡Gracias!

16 millones de visitas en nuestro/vuestro blog.agirregabiria.net

Este nuestro, pero sobre todo vuestro, blog ha superado hoy, sábado 4 de julio de 2026 los 16 millones de vuestras amables visitas desde aquel abril de 2005 en que se creó en blog.agirregabiria.net. En realidad desde hace menos tiempo, porque solamente se contabiliza desde que se incorporó el contador. No todos los millones de visitas los hemos ido celebrando; algunos sí, como luego veremos. 

Apenas han transcurrido 14 días, dos semanas desde el sábado 20 de junio de 2026, cuando logramos 15 millones de visitas. ¿Qué está pasando, qué maravillas estáis logrando, o solamente son bots según la Teoría del Internet muerto (post reciente)? Ahora que no estamos en voluntariado tan activo, sin GetxoBlog, ni AUVE, ni Nagusiak y EuskoFederpen (que tanto echamos de menos),... Lo tenemos claro: un blog sólo crece con sus lectores y lectoras. 16 millones de visitas cómplices, 16 millones de gracias. 

El martes 19 de mayo de 2026, alcanzamos 14 millones de visitasEsto confirma que este espacio digital sigue vivo, vibrante y compartido. Los dos anteriores millones se lograron respectivamente en 59 días (del 14 de octubre al 15 de diciembre de 2025) y 78 días (del 28 de julio de 2025 al 14 de octubre). Pero este logro no es del autor. Es, sobre todo, de quienes leen, comentan, comparten y dialogan. Cada visita, cada clic, cada relectura y cada reflexión son los auténticos cimientos de este largo viaje que comenzó hace años y que hoy celebra una cifra redonda: 16 millones de pasos juntos.

El blog continúa porque vosotros lo hacéis posibleSeguimos… hacia el próximo millón, pero sobre todo, hacia nuevas ideas compartidas. En una época dominada por la inmediatez, el blog reivindica el valor del tiempo lento, del análisis, de la palabra que se piensa antes de ser dicha. Escribir y leer blogs es una manera de educar la mirada, de entrenar la empatía y de construir comunidad a través de las ideas. 

Previamente logramos TRECE millones el 1 de marzo de 2026. Anteriormente DOCE millones el 12 de diciembre de 2025 y los ONCE millones el 14 de octubre de 2025. Antes transcurrieron 15 meses entre el 28 de julio de 2025 (DIEZ millones, post) y el 13 de mayo de 2024 cuando alcanzamos los NUEVE millones de visitas (post). Anteriormente, necesitamos 18 meses desde la cifra de OCHO millones del 8 de octubre de 2022, cuando rompimos la barrera de los SIETE millones el 30 de septiembre del año 2021

Esto se va acelerando, dado que también necesitamos un año y medio para subir de los seis a los siete millones de visitas. Fue el sábado 21 de febrero de 2020 cuando se alcanzaron los SEIS millones de visitas (véase el post). Anteriormente, tardábamos algo más. No celebramos los 5 millones, pero sí cuando alcanzamos las 4.444.444 visitas  el 31-1-16 y el resto de hitos del blog se relatan a continuación. El martes 3 de febrero de 2015, se alcanzaron los CUATRO millones de visitas (ver post) en menos de 10 años desde su creación. Casi dos años y medio para lograr cada millón de visitas, prácticamente el mismo ritmo que para lograr cinco año después otros dos millones de lectores. El tercer millón fue el 15 de junio de 2013 (ver la entrada correspondiente)El segundo millón se alcanzó a principios de 2009, si bien la fecha exacta no está recogida. Os queremos agradecer esta amistad que nos brindáis, especialmente a quienes nos acompañáis desde hace años. 

Vamos a ir simplificando estas celebraciones, porque cada día se contabilizan cien mil visitas más. Todo a pesar de nuestra jubilación hace ya más de 8 años, parece que seguimos contando con la fidelidad de quienes nos leéis y comentáis. ¡Gracias y no nos abandonéis en este lugar de encuentro y de debate! Eskerrik asko! Thanks! Merci!

Frontera eficiente de Markowitz: Matemáticas reduciendo riesgo

En 1952, un joven estudiante de doctorado en la Universidad de Chicago publicó un artículo de catorce páginas en el Journal of Finance. No era una obra extensa, pero contenía una idea que transformaría para siempre la manera en que el mundo entiende la inversión, el riesgo y la incertidumbre. Su nombre era Harry Markowitz, y su contribución —la teoría moderna de carteras— le valdría cuatro décadas después el Premio Nobel de Economía. En el corazón de esa teoría late un concepto tan elegante como poderoso: la frontera eficiente.

El problema antiguo, la solución nueva. Desde que existen mercados financieros, los inversores han sabido intuitivamente que no conviene "poner todos los huevos en la misma cesta". Pero la intuición, por acertada que sea, no basta. Markowitz se preguntó algo más preciso y más ambicioso: dada una colección de activos con distintas rentabilidades esperadas y distintos niveles de riesgo, ¿cómo debe construirse una cartera que sea verdaderamente óptima? 

La respuesta exige aceptar primero una definición matemática del riesgo. Markowitz lo identificó con la varianza —o su raíz cuadrada, la desviación típica— de los rendimientos. Un activo cuyo precio oscila mucho tiene alta varianza; uno estable, baja. Esta elección, aparentemente técnica, fue en realidad filosófica: reducir la incertidumbre a un número abordable, operable, optimizable.

La geometría del riesgo y la rentabilidadImaginemos representar cada cartera posible como un punto en un plano: el eje horizontal mide el riesgo (desviación típica) y el eje vertical mide la rentabilidad esperada. Si tomamos todas las combinaciones posibles de, digamos, cincuenta activos —variando los porcentajes asignados a cada uno—, obtenemos una nube de puntos que adopta una forma característica: una región acotada hacia la izquierda por una curva. Esa curva es la frontera eficiente.

Los puntos situados sobre ella representan carteras que, para un nivel de riesgo dado, ofrecen la máxima rentabilidad posible; o equivalentemente, para una rentabilidad dada, minimizan el riesgo. Todo punto interior a la región es una cartera "dominada": existe otra combinación que la supera en al menos una dimensión sin empeorar en la otra. Un inversor racional nunca debería situarse dentro de la nube, sino sobre su frontera. 

La magia de la correlaciónLo que hace verdaderamente profunda esta construcción es el papel de la correlación entre activos. Dos acciones pueden tener individualmente alta varianza y, sin embargo, combinadas, producir una cartera de riesgo moderado —si sus movimientos tienden a ser opuestos o simplemente independientes. La diversificación no es un mantra vacío: es una consecuencia matemática. La varianza de una cartera no es la media ponderada de las varianzas individuales; depende crucialmente de las covarianzas entre los activos. Este hallazgo convirtió el álgebra lineal y el cálculo matricial en herramientas indispensables de las finanzas. 

Limitaciones y herencia intelectualLa teoría de Markowitz no está exenta de críticas legítimas. Supone que los inversores se preocupan únicamente por la media y la varianza de los rendimientos —ignorando la asimetría o los eventos extremos—, que las correlaciones son estables en el tiempo, y que existe información suficiente para estimar los parámetros del modelo. La crisis financiera de 2008 recordó con dureza que los mercados pueden romper correlaciones históricas justamente cuando más se necesita que se sostengan.

Sin embargo, la herencia de Markowitz es inconmensurable. Inspiró el modelo de valoración de activos financieros (CAPM), la teoría del arbitraje, los fondos indexados y toda la arquitectura matemática sobre la que descansa la gestión moderna de carteras. Enseñar economía sin la frontera eficiente sería como enseñar física sin la ley de la gravedad: posible en teoría, empobrecedor en la práctica. En definitiva, Markowitz demostró que pensar con rigor matemático sobre la incertidumbre no elimina el riesgo —eso sería una ilusión—, pero sí permite habitarlo con inteligencia. 

Resumen: La geometría que ordena el caos bursátil. Una fórmula cambió para siempre la teoría de la inversión. La diversificación tiene nombre propio: Markowitz y su legado. Cuando el álgebra lineal entró en Wall Street y no se fue. La curva de Markowitz: elegancia matemática al servicio del inversor. Nobel, varianza y carteras: la revolución silenciosa de Markowitz. El modelo que convirtió la incertidumbre financiera en un problema resoluble.

@avillalonv Harry Markowitz revolucionó las finanzas modernas con la teoría de portafolio y el modelo media-varianza. Introdujo la frontera eficiente, la optimización bajo riesgo y el uso formal de correlaciones en inversión. Sin él no existiría la gestión cuantitativa moderna. #HarryMarkowitz #TeoríaDePortafolio #FinanzasCuantitativas #math ♬ Rising - Diamonds And Ice

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora

Cotorra argentina: Mascota convertida en especie invasora
Se merece un post la cotorra argentina,  entre la fascinación biológica y el conflicto urbano. Quien pasee hoy por cualquier parque mediterráneo, de Bilbao a Alicante, reconoce enseguida ese bullicio verde y persistente entre las palmeras. Se trata de Myiopsitta monachus, la cotorra argentina o cotorra monje, un psitácido sudamericano convertido en uno de los casos más elocuentes de lo que la ecología llama especie exótica invasora. Su historia, sin embargo, merece leerse más allá del titular alarmista: es también una lección sobre cómo la globalización de las mascotas altera silenciosamente los ecosistemas.

Originaria de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y el sur de Brasil, la cotorra monje llegó a Europa a través del comercio de aves de compañía en los años setenta. La primera cotorra documentada en la Comunidad Valenciana apareció en el puerto de Valencia en 1985, y desde entonces su expansión no se ha detenido. Lo singular de esta especie, frente a la mayoría de los loros, es su comportamiento constructor: nidifica de forma comunitaria, tejiendo nidos de ramas espinosas que varias parejas comparten simultáneamente, y que pueden alcanzar pesos considerables, instalados en árboles, palmeras, torres eléctricas o antenas de telecomunicación.

Ese rasgo gregario explica su éxito colonizador y también el conflicto que genera. Su dieta variada —frutos, semillas, hojas, larvas de insectos— le permite adaptarse con facilidad al entorno urbano, mientras sus colonias compiten por cavidades y recursos con aves autóctonas. Desde 2011, la especie figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, lo que prohíbe legalmente su introducción, posesión, transporte y comercio, aunque las poblaciones ya asentadas siguen creciendo en Cataluña, Murcia, Andalucía y la propia Comunidad Valenciana.

El debate sobre cómo gestionarlas ilustra bien las tensiones de la ética ambiental contemporánea. Frente al sacrificio como método expeditivo, distintas administraciones exploran alternativas menos lesivas: esterilización, captura selectiva o regulación del hábitat urbano. Zaragoza se cita habitualmente como el caso español de gestión exitosa, gracias a un seguimiento sistemático y sostenido en el tiempo, mientras que en la mayoría de municipios la improvisación y la falta de coordinación entre administraciones agravan el problema año tras año.

Para quienes disfrutamos observando la naturaleza junto a nuestros nietos, la cotorra argentina ofrece además una oportunidad pedagógica notable: permite explicar de forma tangible qué es una especie invasora, por qué la suelta irresponsable de mascotas tiene consecuencias ecológicas duraderas, y cómo la convivencia entre ciudadanía, ciencia y política pública exige paciencia y rigor antes que soluciones simples. Alicante, con su clima benigno y su tradición de palmerales, es escenario privilegiado para esa lección al aire libre: basta alzar la vista hacia una palmera bulliciosa para iniciar una conversación sobre biodiversidad, responsabilidad y los límites de nuestra intervención sobre el mundo natural.

La cotorra monje no es, en el fondo, la villana de la historia. Es el espejo de nuestras propias decisiones —comerciales, domésticas, urbanísticas— devuelto en forma de plumaje verde y nidos imposibles. 

@agirregabiria

Cotorra argentina, también conocida como cotorra monje (Myiopsitta monachus).

♬ sonido original - ×͜× Rᴏʙᴇʀ 💎Mᴜ́sɪᴄᴀ✅

Harvard sobre el “Efecto Bilbao”: Más allá del Guggenheim

Un reciente caso de enseñanza del Bloomberg Harvard City Leadership Initiative, firmado por Fernando Monge, Jorrit de Jong y Linda Bilmes, revisa la transformación de Bilbao desde una perspectiva poco habitual: no como el triunfo de un edificio singular, sino como el resultado de dos décadas de arquitectura institucional colaborativa.

El relato arranca con una escena simbólica: en noviembre de 2017, el alcalde Juan Mari Aburto recoge en Londres el premio a la Mejor Ciudad Europea y reivindica que se hable del “efecto Bilbao” en lugar del “efecto Guggenheim”. Ibon Areso, durante décadas teniente de alcalde y artífice silencioso del urbanismo bilbaíno, lo resume con una frase que vertebra todo el caso: el museo de Gehry fue solo “la punta de un iceberg mucho más profundo”.

Ese iceberg tiene nombre propio: Bilbao Ría 2000. Creada en 1992 a partir de una idea del ministro José Borrell, esta sociedad pública reunió en un mismo consejo de administración —presidido por el alcalde— a representantes de los cuatro niveles de gobierno con intereses en el río Nervión: Estado, Gobierno Vasco, Diputación de Bizkaia y Ayuntamiento. Las decisiones se tomaban siempre por consenso, sin necesidad de votar, y el modelo se autofinanciaba revalorizando suelo industrial degradado para venderlo a promotores privados, reinvirtiendo los beneficios en nuevas actuaciones.

El caso documenta con detalle cómo ese diseño institucional convivió con una gestión política muy humana: reuniones individuales previas a cada consejo para tantear sensibilidades, largas comidas y sobremesas como espacio informal de construcción de confianza, y el compromiso simbólico de “cortar siempre juntos las cintas” en las inauguraciones. También recoge las tensiones reales del proceso: la expropiación polémica del solar de los Ybarra para el Museo Guggenheim Bilbao, la fuerte oposición vecinal y de comerciantes, las críticas de arquitectos locales y hasta la dimisión del arquitecto César Pelli tras un cambio de diseño.

Los datos económicos respaldan el relato: entre 1996 y 2015 el PIB per cápita de Bilbao se multiplicó por más de dos, pasando de 13.561 a 30.895 euros, muy por encima de la media española. El Guggenheim recibió 1,2 millones de visitantes en su primer año, casi el doble de lo necesario para amortizar la inversión pública.

Pero el caso termina con una pregunta abierta y muy actual: con una población que envejece y se reduce, ¿puede Bilbao repetir ese “esfuerzo coral” —la expresión que utiliza Areso— para afrontar su segunda transformación, esta vez hacia una ciudad del conocimiento? La lección de fondo, más allá de la anécdota arquitectónica, es metodológica: las grandes transformaciones urbanas no dependen de un edificio icónico, sino de instituciones capaces de alinear intereses divergentes, sostener la confianza a largo plazo y mantener una visión compartida pese al relevo político. Para cualquier ciudad que busque reinventarse, el verdadero legado de Bilbao no es Frank Gehry: Es Bilbao Ría 2000.

Resumen: El efecto Bilbao según Harvard: Gobernanza antes que arquitectura. Cuatro gobiernos, un consenso: así se reinventó Bilbao. El “esfuerzo coral” que convirtió Bilbao en referencia mundial, Bilbao como caso de estudio: colaboración institucional y confianza

@daremapp El 𝘦𝘧𝘦𝘤𝘵𝘰 𝘎𝘶𝘨𝘨𝘦𝘯𝘩𝘦𝘪𝘮... o el efecto Bilbao? 🤔 La obra de Frank Gehry inició el cambio en la ciudad, pero lo impresionante es cómo Bilbao se adaptó a los nuevos tiempos 🎨. Lo que está claro es que es una parada más que obligatoria 🍲 ------------- The 𝘎𝘶𝘨𝘨𝘦𝘯𝘩𝘦𝘪𝘮 𝘦𝘧𝘧𝘦𝘤𝘵... or the Bilbao effect 🤔. Frank Gehry's work initiated the change in the city, but what is impressive is how Bilbao adapted to the new times 🎨. What is clear is that it is more than an obligatory stop 🍲. #spain #travel #bilbao #guggenheim #spain #travellers #travelinfamily ♬ sonido original - DareMapp